L'Illustration No. 3228, 7 Janvier 1905
Chapter 1
INTRODUCCIÓN
Perdidas de Villalar en la sangrienta jornada, de los bravos comuneros las últimas esperanzas, sus gavillas por doquiera rendidas o derrotadas, el arzobispo Merino a Toledo gobernaba. Doña María Padilla aun con briosa arrogancia, digna de mejor fortuna y de más dichosa causa, a pesar el Arzobispo y las tropas castellanas, teníase con sus gentes defendida en el alcázar, pues en someterse al Rey Toledo la más rehacia ciudad siendo, a ella acudieron de todas partes de España cuantos comuneros fieles a su partido quedaban. Avivaban en secreto con astucia y con audacia la fe de doña María, y gentes la reclutaban, noticias proporcionándola, con dineros y con armas, los que en la ciudad vivían y en su fortuna esperaban. Distinguíase entre todos doña Elvira de Montadas, fanatizada al extremo por políticas patrañas. De la mujer de Padilla del valor enamorada, otra heroína como ella llegar a ser anhelaba. Hermosa y rica, de amantes y galanes rodeada, mucho la Elvira podía, mucho la Elvira lograba. Después que muchos prosélitos logró inducir por sus gracias, a un mozo rico y gallardo con doble intento escuchaba. Era don Juan de Zamora mancebo de noble casa, hijo de una noble viuda que en el mancebo adoraba. Seguido había éste siempre del Emperador la causa,. y contra los comuneros combatido en cien batallas; mas ciego de amor por ella, y poco ducho en las cábalas de cortesanos amaños, en ganarle no dudaba. Tan sencilla en otro tiempo como hermosa y como ingrata esta engañosa sirena, esta fanática dama, a don Pedro de Guzmán tenía muy empeñada, con mil promesas de amor, de casamiento palabra. Mas de ilustrísimo tronco el de Guzmán siendo rama, al rey don Carlos primero asistía en Alemania, al servicio de un magnate que iba en boga en la privanza del bizarro Emperador, que con su amistad le honraba. Así las cosas del mundo se trastornan y se cambian, y así mudan a las gentes el tiempo y las circunstancias. Don Pedro, en la imperial corte del bullicio se cansaba, y se doblaba su amor con el tiempo y la distancia, y la distancia y el tiempo el de su Elvira menguaba, y el diablo de la política, de su alma se apoderaba. A su patria y a su amor, Guzmán con volver soñaba, y ella soñaba quimeras de libertad y de patria. Él, por volver a Toledo y a los pies de su adorada, honor, ambición y dicha desatinado olvidaba. Ella, por dar con sus hechos a su nombre eterna fama, pensaba con necio orgullo en quiméricas hazañas. Recordaba su hermosura él, en ausencia adorándola, y ella olvidaba su amor por quien no se lo estimaba. Servíase la Padilla y la gente a ella allegada, de su influencia en el pueblo, de sus amaños y cábalas; y creía ser Elvira el faro de su esperanza, la fe de sus corazones, la alcaldesa de su alcázar. Creía que a una voz suya, en la ocasión arriesgada como por doña María por ella se levantaran; que todos los comuneros, en el peligro mirándola, la regla soberanía dividirían entrambas. Y en estos sueños de gloria la doña Elvira embriagada, perdía cuanto tenía y las leyes provocaba. Así son todos los necios, a cuanto ignoran se lanzan, lo que les importa olvidan y sólo el desprecio ganan.
Y mientra en la rebelión ella a don Juan empeñaba, enamorado don Pedro se volvía para España.
En oculto gabinete de la habitación de Elvira, a deshora de la noche con ella don Juan platica, y aunque él no entiende palabra de su enredada política, porque la adora fanático, a cuanto exige se obliga. {|
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Y así diciendo, mostróle una entrada doña Elvira, por do guiaba a la torre la excusada escalerilla; y oyendo seña secreta que por la opuesta la hacían, abrió y dio paso a un tercero, siguiendo la escena misma. Era el tal un hombre viejo, cuyo exterior parecía de soldado y mercader composición peregrina. Negra y cumplida una capa, todo su cuerpo envolvía, mostrándose bajo de ella el espadón de su cinta. Y nadie acaso mirándole, asegurar osaría si era sangriento bandido o usurero prestamista, pues en su torvo semblante a un mismo tiempo se pintan la audacia del bandolero y el temor de quien conspira. Saludó brusco a la dama, que a adelantarse lo invita, y plática tal trabóse entre aquel hombre y Elvira: {|
Abrió la dama a don Juan la puerta do se escondía, y anudóse, terciando él, la plática interrumpida.
Hablaron unos momentos la dama y el prestamista, y volviéronse a don Juan con irónica sonrisa.
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Y dando en estas palabras fin a tal conversación, salió Gabriel, y tras él, don Juan Zamora salió: aquel soñando quimeras de política ambición, y estotro soñando hazañas para conseguir su amor. Mas ¡cuánto los pensamientos del hombre efímeros son; un soplo de viento puede desbaratar el mejor!
Por un estrecho postigo que da a obscuro callejón, de casa de doña Elvira salían ambos a dos, Gabriel y don Juan Zamora, con extrema precaución, para no hacer al salir innecesario rumor, cuando, volviendo la esquina, ante ellos se presentó un caballero embozado, que les dijo en ronca voz: «Sin pasar más adelante, muestren, hidalgos, quién son, o cuerpo a cuerpo conmigo en campo aquí mismo sois.» Y echando mano al acero, en medio se colocó del espacio que dejaba entre ellos el callejón. Entre los tres un momento grave silencio reinó, que al cabo rompió Gabriel dando tal contestación: —Seáis quien fuereis, buen hombre, necio es tal arrojo en vos, pues está de parte nuestra, con la fuerza, la razón. —Caballeros, está dicho, repuso el otro: yo estoy en guardar ese postigo, pues interesa a mi honor. —Ved que os podéis engañar. —Mirad que conozco yo toda la gente que habita esta casa; y si no sois o amigos, o deudos de ella, contrarios en conclusión sois míos: conque mostraos, u os doy por tales si no. —Como queráis, don Juan dijo; y asiendo de su espadón para el embozado fuese, que a tajos le recibió. Siguióle Gabriel a poco, con la pérfida intención de embestirle de repente fingiéndose mediador, mas el caballero incógnito, conociendo la traición, y siendo sin duda ducho en tales lances, se echó contra la tapia, quedando cara a cara con los dos. Don Juan se bate harto bien, que es muy diestro reñidor, y lo que en seso le falta, le sobra en el corazón. El tiempo de acometerle, Gabriel aguarda traidor, cuando le tenga en apuro de don Juan la decisión; mas vano, pese a su astucia, el intento le salió, porque es mucha la destreza del osado retador, y en el momento en que acaso toca cerca la ocasión un buen tajo de revés la muñeca le alcanzó. Soltó Gabriel un ¡ay! ronco al repentino dolor; volvió don Juan la cabeza, pero tiempo no le dió el bravo desconocido para entender la razón de su grito, porque el pecho atravesado sintió. De una distracción el punto aprovechando veloz, metióse a fondo el incógnito y en tierra a don Juan tendió. Reinó el silencio un momento, pero al alarmante son de los gritos de Gabriel, el barrio se alborotó. Asomaron por las rejas ya una antorcha, ya un farol, diciendo diversas voces: «¡Al asesino! ¡Al ladrón! Y una rápida mirada al caballero bastó para ver que era don Juan víctima de su valor. Echóse, pues, al postigo por donde salir los vio, mas encontrando cerrado por dentro el grueso portón, y ya de cerca sintiendo de armas y gentes rumor, con rapidez silenciosa. la opuesta esquina ganó.
De política aquí, lector querido, la narración cansada interrumpamos, y del cuento en mis libros prometido á la historia más plácida volvamos. Tan larga introducción precisa ha sido, para que desde aquí nos entendamos, pues anudado a ella lo restante, sigue mi tradición de aquí adelante.
En una granja que las ondas riegan del espumoso Tajo, y do los daños de la revuelta popular no llegan, doña Inés de Zamora hace dos años que vive retirada, de mundanos placeres olvidada. Viuda de un caballero de ilustrísima cuna, madre no más de un joven heredero, y dueña de una pródiga fortuna, sus bienes administra rectamente, y cuida el porvenir del hijo ausente. Noble matrona de costumbres puras y pensamientos graves, da gracias al Señor por sus venturas, y él de su corazón tiene las llaves; y de su hijo el amor tan solamente entra en su corazón, vive en su mente. El hijo, como hidalgo y en la opulencia y el poder nacido, pues es forzoso que se ocupe en algo, sus vasallos valiente ha reunido, y en el distrito de su misma tierra a favor de su Rey hace la guerra. Pérfidas compañías y torpe inexperiencia, malearon tal vez, hace ya días, la política fe de su conciencia, y, acaso indignos de él, necios amores le aprestan venideros sinsabores. Doña Inés no lo ignora, y aunque mil veces la advirtió severa el precipicio adonde va, le adora, y de los años y experiencia espera que, visto de su amor el desatino, entre de su deber en el camino. En la fe de sus padres educada y ciega lealtad de sus mayores, temo que su alma joven, conquistada por los principios sea innovadores, y engañado su hijo, acaso olvide lo que su religión y Rey le pide. Y en este pensamiento embebecida estaba como siempre, en aposento de su alquería oculto, y combatida tal vez por interior presentimiento, cuando dentro escuchó de su alquería confuso estruendo y sorda gritería. De su fiel mayordomo en tono recio oyó la voz que a alguno amenazaba, y otra que desconoce, y con desprecio a sus justas preguntas contestaba; y abriendo de su cámara la puerta, salió a ver del rumor la causa cierta. En los hombros sin capa, sin sombrero en la cabeza, y agua destilando de sus ropas, hallóse a un caballero con sus fieles sirvientes disputando; mas el supuesto de éstos desmentía su traje militar y gallardía. —¿Qué es esto? preguntó la noble viuda. —Desventuras, señora, de un amante infeliz, a quien no ayuda ni el cielo, ni la ingrata a quien adora, respondió el caballero en tono de dolor, triste y severo. —Veo que sois hidalgo en vuestro porte y arreo militar; mi esposo en vida lo fue también y frecuentó la corte. Vuestro afán decid, pues, y si salida puede dar una dama a vuestro apuro, de mi escaso favor estad seguro. —A solas ha de ser, porque aventuras de nobles caballeros no fío mucho yo que estén seguras en lenguas de pecheros; y acaso serán tales, que a quien me ayude ser podrán fatales. —Despejad.—Y saliendo de la estancia,. dentro de ella con él a su señora dejaron los criados, y a su instancia ella volvió, diciendo:—Hablad ahora, señor soldado; vuestro duelo sepa, y fiad en que haré cuanto en mí quepa. —Señora, oídme, pues: Ha un año largo que con mi Rey partí para Alemania, al lado suyo con honroso cargo; y una ingrata mujer dejé en España, por quien ciego de amor lloré al partirme, jurándola volver al despedirme; mas mudóla mi ausencia, y un amigo que desde la niñez me fue constante del hecho me escribió, como testigo que ocupó mi lugar pronto otro amante, y que en tramas políticas metida, su suerte a la política va unida; y otras razones mil, señora, excuso, pues de vuestra atención veo que abuso. Volvíme a España enamorado, y ciego de celos y furor, mas esperando en volver a encender su amante fuego, y aun a mi amigo crédito negando. Llegué a Toledo, y por mis propios ojos la razón quise ver de mis enojos: de las nocturnas sombras al abrigo, entré en su calle y espié su casa. Señora perdonad si esto que os digo aún los ojos en lágrimas me arrasa. —Seguid. —Vi las ventanas de su cuarto; mas verlas ¡ay de mí! pesóme harto. Las sombras vi cruzar tras los cristales de un hombre que con ella platicaba, y noté, para colmo de mis males, que un embozado la mansión rondaba, y en ella por postigo entró secreto que en mi ausencia se abrió: y ¡ay! ¿con qué objeto? En un obscuro callejón desierto les esperé gran trecho, y aguardara años cabales hasta verlo abierto, y hasta que tal infamia ver lograra. Parecieron, por fin, dos juntamente, y atajélos el paso airadamente. Yo no sé qué les dije, mas fui breve, y mi enojo no bien satisfaciendo (como a todo un celoso audaz se atreve), a estocadas con ambos emprendiendo, ya fuera mi razón, ya fuera el arte, a uno de ellos pasé de parte a parte. —¡Desdichado de vos! —Estoy muy cierto de que yace sin vida. Mas las voces del vivo junto al muerto trajeron gente, y apelé a la huida; mas sin duda mi pérfido destino les marcó en las tinieblas mi camino. —¿Os siguen? —Sí: corrí sin guía alguna; pero vi que era inútil mi trabajo y que me abandonaba la fortuna, cuando a la orilla me encontré del Tajo. La justicia detrás y éste delante, muerte por muerte, la elegí al instante. Al agua me arrojé desesperado, y sacóme mi esfuerzo a la otra orilla, mas al tocarla, en el opuesto lado, vi llegar de corchetes la cuadrilla. Por las peñas trepé, y a esta alquería llegué por fin. Tal es la historia mía. Ahora, si noble sois, si habéis amado algún día, señora, por cuanto hayáis en vida idolatrado, no me desamparéis en esta hora; ved que es ciega la furia de los celos, y vuestra compasión premien los cielos. —¿Al muerto conocéis? —No. —Fue un arrojo; mas no temáis, que si el Señor me auxilia, salvo seréis, y lograré el enojo callar y la razón de su familia. Venid: voy a ocultaros diligente, que tal vez oigo ya rumor de gente. Dineros os dará con un caballo; partid en cuanto partan, por opuesto camino, y medio tomaré, si le hallo, para apartar de vos fin tan funesto. Venid: pues que fiáis en mi nobleza, no burlaré ¡por Dios! vuestra franqueza.
Y hablando así la viuda generosa, en camarín secreto le escondía mientras entraba en turba tumultuosa la justicia del Rey por su alquería.
Con grandes voces se meten por los cuartos adelante los corchetes y ronderos, con antorchas y con sables. «¡Hacia aquí tomó camino! ¡Aquí debió de ampararse! ¡No quede un rincón por verse! Muchachos, ¡que no se escape!» Esto en varias direcciones se oía por todas partes, y a pretexto de justicia, se aprestaban al pillaje. Hormigueaban los curiosos y los valientes que salen a ayudar a los que vencen sin que los avise nadie. Ya por la atrevida turba empezaba a susurrarse si son o no comuneros los dueños de aquel paraje, y ya entre ellos empezaba el caso a comentariarse, diciendo que el muerto es noble y de las tropas Reales, y pues que aquí dan amparo al que logró asesinarle, traidores son y rebeldes los que allí capa lo hacen. Y comenzaban con esto los villanos a arrimarse a los objetos que vían de peso y transporte fácil. Ya con voces imperiosas alborotaba el alcalde con lo de «entregarle al Rey», cuando, de él mismo delante, por dentro abriendo una puerta, doña Inés salió a atajarle, vistiendo luto y cercada de domésticos y pajes. Al ver su bizarro porte y su severo semblante, tuviéronse respetuosos, y ella rompió en voces tales: —¿Qué busca el Rey en mi casa? ¿Por qué tanta gente trae, cual si fuera mi alquería castillo que va a asaltarle? ¿Desde cuándo se acostumbra que así a los nobles se trate, y en el nombre de las leyes sus aposentos se allanen? La justicia, enhorabuena, en nombre del Rey, que pase: mas los villanos del vulgo que se esperen en la calle. Señor golilla, al momento esa gente despejadme, porque desde vos abajo no he de responder a nadie Quedó el alcalde aturdido, de repente al encontrarse con una noble matrona donde supuso jayanes; y haciendo salir la gente, con ella a solas quedándose, en tono de desagravio empezó por «perdonadme…» mas la generosa dama interrumpióle la frase diciendo:—Oigo a la justicia: ¿Qué tiene el Rey que mandarme? —Un asesino, señora, que ha conseguido fugarse vadeando el río, esconderse debe por estos parajes. —Supongo que la justicia tan poco honor no me hace que crea que yo le oculto, contra el Rey por auxiliarle. —Señora… —Podéis entrar mis cámaras adelante, y prender a ese asesino dondequiera que le hallareis. —Me basta vuestra palabra: vuestro nombre y vuestra sangre conozco, y en quien sois vos tamaño crimen no cabe; mas tenéis muchos criados; sus aposentos dejadme mirar, por si alguno de ellos es conocedor del lance. —Todos son criados viejos, de quien salgo responsable, mas cumplid vuestro deber como quiera que gustareis. La casa tiene bodegas, y horno, y pajar, y corrales; registrad una por una sus divisiones, alcalde. Partió el golilla, por obra a ponerlo, y saludándole gravemente doña Inés, volvió en su cuarto a encerrarse.
Mientras abajo el alcalde la casa revuelve toda, y registrando las cuadras va pasando de una en otra, doña Inés, en su aposento con el caballero a solas, de esta manera le dice con baja voz cautelosa: —Tomad, caballero, ese oro, que os bastará por ahora para poner con la fuga en cobro vuestra persona. Un potro abajo os aguarda que os sacará en pocas horas del alcance de las leyes: buscad tierra que os esconda, que yo quedo tras de vos. Mas decidme, por la honra de vuestra fama, ¿le heristeis en liza leal? —Señora, Pedro de Guzmán me llamo, y nunca en lid alevosa tomaron parte Guzmanes. —Con vuestro nombre me sobra, Guzmán; por un asesino preguntaron, y mi boca no mintió cuando os negaba, ni obré de la ley en contra. —Señora, podéis jurarlo sobre las sagradas hojas del Evangelio; le he muerto cara a cara, y sin dolosa estratagema o ventaja que me fuera valedora; dos eran en contra mía; ved si la razón me abona. —Está bien; y pues la casa ya esas gentes abandonan, partid por el lado opuesto, Guzmán, y el cielo os acorra. —Y si algún día… —Ya basta, partid. —Adiós, pues, señora.
Con una mano en la llave y una lámpara en la otra, delante del caballero la dama, a guiarle pronta; envuelta en cumplida capa la descompuesta persona, pronto a seguir el hidalgo a su noble bienhechora, sin movimiento quedaron ambos a dos, tumultuosas voces oyendo en el patio, sin que la razón conozcan. Ayes y gritos de espanto y maldiciones rabiosas al mismo tiempo escuchaban, y conocen que se agolpa la gente otra vez, pues oyen de las pisadas monótonas el rumor, que va creciendo, y del murmullo la ronca armonía, y por los vidrios ven crecer de las antorchas la luz, que ilumina el patio do pasa la escena incógnita. —¿Qué es esto? dijo la dama. —Sábelo Dios, en voz sorda la contestó el caballero, presa de angustia recóndita. —Esperad, añadió ella; y acudiendo temerosa a un corredor que da al patio, por la ventana se asoma. Dió un grito que heló en las venas de Guzmán su sangre toda, diciendo: «Es él… ¡Hijo mío!», la desdichada matrona. Corrió el caballero ansioso a la vidriera, y la atónita mirada al patio tendiendo, vio su desventura toda. En hombros de los criados, de la ancha herida en la boca brotando aún la roja sangre, yace don Juan de Zamora, y de su traje y su rostro, por las señas que lo toma con ojos desencajados de las inmóviles órbitas, reconoce el de Guzmán en el mancebo a quien lloran, el mismo a quien en la calle mató por su mano propia. Cayó en un sillón la viuda bajo el dolor que la agobia, de amargo llanto en los ojos con dos abrasadas gotas, y de rodillas ante ella cayó en silencio en la alfombra el matador caballero, víctima a inmolarse pronta. —¿Qué hacéis? le dijo la dama, así mirándole absorta. —Matadme, dijo Guzmán; y en esta palabra sola comprendiendo por entero aquella trágica historia, «¡Maldito seas!» le dijo la horrorizada matrona. Duró un momento el silencio de aquesta escena angustiosa, que al fin rompió el caballero con voz apenada y cóncava, diciéndola: —Dios lo quiere; cumplid con su ley, señora, y entregadme a la justicia, pues en sus manos me arroja. —Sí, sí, repuso la dama, desatinada y furiosa, levantándose: es muy justo, y cualquier pena es muy corta para tamaño delito; caiga en ti su sangre toda. Y al corredor dirigióse para ponerlo por obra; mas túvose de repente, y con, calma, aunque en faz torva, díjole: —Jamás un noble recuerda lo que perdona. Caballero, levantaos; la vista consoladora de ese santo crucifijo en el corazón me toca; pues os amparé ignorando vuestra culpa y mi congoja, no es justo que conociéndolas os abandone traidora. En nombre de Jesucristo, que dió su vida en el Gólgota por salvarnos a los dos, id libre, Guzmán. —Señora… —Id, y que en cuenta me tome resolución tan heroica, al llamarme ante su juicio en mi postrimera hora.
Atónito el caballero, quiso hablar, mas imperiosa abrió la dama la puerta que fuga le brinda cómoda, y mostrando con un gesto una escalerilla lóbrega, tomóla, asiendo la lámpara, y el caballero, siguióla.
Volvió a los pocos momentos pálida y acongojada, y cayendo arrodillada ante la imagen de Dios exclamó, oyendo a don Pedro que escapaba a toda brida: «Señor, si ese hombre lo olvida, tenédmelo en cuenta vos.»
Todo lo devora el tiempo, todo; y el bien como el mal, como el vicio la virtud, se hunden en su obscuridad. Todo se borra y se olvida, todo al cabo viene a dar en la sima del silencio, en el caos de la edad. No porque la noble viuda pudiera olvidar jamás al hijo de sus entrañas, al desdichado don Juan; no, ¡por Dios! En su hora última, luchando el alma tenaz por desasirse del cuerpo, fue éste su postrer afán. Mas del hijo y de la madre ninguno respira ya, que a aquél le mató don Pedro, y a ésta la mató el pesar. Mas queda el autor del duelo, y años transcurridos van desde aquella horrible noche; y aquel suceso fatal, y aquel perdón que debió del cielo a la gran piedad, ¿quién sabe si en su memoria borrados al cabo están? ¿Quién sabe si los recuerda como una aventura más de su existencia azarosa, de su vida militar? ¡Tal vez a la corte vuelto tras largos años Guzmán, ni de Toledo se acuerda, ni pensó en volver allá! De todo el mundo ignorada la mano que audaz, oculta, causó la muerte de un hombre provocándole a lid tal, preséntase por doquiera don Pedro, y doquier que va, recibido es cual merece caballero tan cabal. Bien mirado por su Rey, de grandes en amistad, sin más familia allegada, ni deudos por quien mirar que un mozo de quince abriles, hermano suyo carnal, con buen humor, libre tiempo y oro largo que gastar, se encuentra en el apogeo de la dicha mundanal; y dicen los que le tratan: «¡Dichoso es el tal Guzmán!»
Y si no lo es, ¡vive Dios que lo sabe aparentar! porque es la vida que lleva un continuo carnaval. Siempre de un festín en otro va pasando sin cesar: o amigos se los aprestan, o él a amigos se los da. Las damas de más belleza le quieren por lo galán; los hombres más envidiosos, por lo franco y liberal. Nadie tiene más apuros ni aventuras que contar, nadie más oro prestado, que nunca cobrar podrá; mas nadie tiene un amigo más sincero y más leal, ni a nadie se halla más pronto en cualquier necesidad. Salúdanle los mendigos con silencioso ademán, porque saben ya que en él es no tener el no dar. Y como en gastar dineros no va nunca más allá de lo que pueden sus rentas, vive sin necesitar pedir lo que dio prestado a sus amigos, lo cual hace que eterna le guarden incólume su amistad. Y envídianle los soldados su brío y porte marcial, y los cortesanos todos su noble afabilidad. Recibe su hermano de él educación bien cabal, mas como la suya propia, educación militar. Las armas y los caballos predilección especial gozan en ánimo de ambos, y las fiestas de lidiar. Los toros son y las cañas su diversión familiar, la caza y el ejercicio su remedio universal para matar el fastidio y el dolor para calmar. Y como en tales recreos aliciente es principal la compañía de gentes de activa jovialidad, todos sus amigos se hacen alegres hasta cansar, y a prestarle compañía todos dispuestos están. Don Pedro, que hombre es de mundo y de mente perspicaz, lo ve, lo calla y lo aprecia en lo que vale no más; mas no don Félix, su hermano, que el mundo conoce mal, y aun en la amistad se fía, y fía en la lealtad de cuantos quieren venderle un cariño fraternal. Y aunque sus potros lo montan y usan sus armas, y van a todas partes con él, de él dejándose obsequiar, ni interés sospecha en ellos, porque de él es incapaz, ni sus frases, con sus obras pondera en balanza igual. Y este fue su paso en vago, este el impulso no más que a triste fin lo condujo con violencia fatal.