Études sur la Littérature française au XIXe siècle - Tome 1 Madame de Staël, Chateaubriand
Chapter 9
«¡Ah, que debiéramos exclamar, que cuanto hacemos aquí en el mundo por el cielo es todo bien poca cosa!». No tengo a la vista el original francés; mas probablemente él dice: Ah! que nous devrions nous écrier que tout ce que nous faisons ici dans le monde pour le ciel est bien peu de chose! En sabiendo los vocablos de esa lengua, su construcción allí está en ese castellano. ¡Ah!, que debiéramos exclamar a nuestra vez, que a nadie le es dado buscar la vida ni allegar dinero por medios ilícitos; y medio ilícito y reprobado es meter la hoz en mies ajena, y abalanzarse uno a lo que no sabe ni entiende. Cuentan que lord Byron, viajando por Italia, supo que un escritor zarramplín había acometido a traducir el Manfredo, uno de sus mejores poemas. El noble lord mandó llamar al traductor, y le dijo: «¿Cuánto piensa usted ganar con su traducción? -Ochocientos escudos, por lo menos, milord». El poeta cantó allí los ochocientos, y dijo: «Los que usted se propone ganar; y estos quinientos de adehala, para que no vuelva a pensar en traducir ninguna de mis obras». El señor vizconde de Chateaubriand le hubiera dado cincuenta mil reales, su cartera de Negocios extranjeros encima, al literato español, para que no le tradujese el Genio del Cristianismo. Dirán quizá algunos peninsulares que a posta hemos tomado la peor de sus traducciones, cual es la hecha en Valencia «con arreglo a la séptima edición francesa», para muestra de la literatura española. No nos pesa nuestra malicia; pésanos echarles ejemplos de esa calaña a manta de Dios. Hemos preferido la gran obra de Chateaubriand, por ser ella la lectura predilecta de los jóvenes que se dedican a las humanidades: si fuera necesario, les daríamos en rostro con mil versiones de obras tan magistrales como las Veladas de San Petersburgo.
«Dejaron de existir la Olimpia, la Elide, el Alpheo, y el que se propondría encontrar el Peloponeso en el Perú, sería menos ridículo que el que lo buscase en la Morea». El que lo buscase en la Morea, decimos nosotros, sería todavía menos ridículo que el que dice: El que se propondría encontrar, en vez de el que se propusiera o propusiese hallar. Podemos encontrar lo que no estamos buscando; si buscamos alguna cosa, puede ser que la hallemos. En cuanto a la forma del subjuntivo usada por el traductor, cualquier payo sabe que no puede concurrir en primer término con la terminación en ase, buscase.
«En latín hay escrita una obra con el mismo título; pero aquellos son vuelos a propósito para quebrarse el cuello». En castellano se rompe la cabeza el tonto que echa a volar sin alas; en francés se quiebra el cuello, o se casse le cou. Y a los que a fuerza de ignorancia y atrevimiento se vuelven reos de lesa lengua, no les quebramos el cuello; les torcemos el pescuezo.
«Todo el que se apartará de esta idea girará eternamente alrededor del principio, como la aurora de Bernouille». El futuro absoluto en segundo término requiere el subjuntivo o el condicional por correspondiente. Decimos pues: todo el que se aparte, o se apartare... girará, como la aurora de Bernouille, o como el cometa de Tico Brahe, o como la luna de Flammarión, con selenitas y todo; mal que le pese a la Curia Romana.
«Un ministro que ardería en cólera al oír defender la existencia del purgatorio, nos concedería de buen grado un lugar de expiación». Decimos arder de cólera, y montar en cólera; arder en cólera, no es castizo; y si lo fuese, todavía sería error garrafal y ofensa a la sintaxis usar del subjuntivo en esa terminación, cuando la que corresponde en este caso es la en iera: un ministro que ardiera de cólera, nos concedería, etc.; o un ministro que ardiese de cólera, nos concedería el lugar consabido de tormento. Puede esta ser verdad de a folio; pero lo es de a folio y medio la proposición contraria; esto es: Un canónigo que muriera de cólera, o se atragantara al acordarse de la abolición del diezmo; un cura que se diera a todos los diablos de que le negasen la existencia del purgatorio, no se ahorcarían porque les pusiesen en duda la del infierno. Esto consiste en que del infierno no sacan maldita la cosa, y el purgatorio les deja buenos cuartos. La saca de almas es un pontazgo de la Edad media: el moro Galafre no sacaba más del puente de Mantible.
«Mas si consideramos los hombres los unos con respecto a los otros, ¿qué sucederá de ellos?» Sucederá que a los tontos de capirote les demos algunos papirotazos, y a los ignorantes audacísimos los pongamos atados pies y manos a las puertas de la Duquesa, para que esta noble dama junto con su doncella Altisidora les den quinientos mil pellizcos y los dejen con más cardenales que el Sacro Colegio. Los que saben considerar no consideran los hombres, sino a los hombres, y cualquier cosa que suceda, no sucede de ellos, sino con ellos.
«Todo al contrario, querido conde», dice el Senador en la Velada nona. Tout au contraire, mon cher comte. Seríamos nosotros capaces de investir a la Academia Española de poder coercitivo y poner a sus órdenes un cuerpo de gendarmes, para que sepultase en negros calabozos a estos violadores y asesinos de la lengua. Y si ella hubiere menester un gran ejecutor, nuestro voto es por el señor conde José de Maistre, quien no se anda en chiquitas y corta cabezas por daca esas pajas. Si obras como el Telémaco, el Genio del Cristianismo y las Veladas de San Petersburgo son traducidas de este modo, ¿qué suerte correrán las novelitas de París, ese pan de cada día de la gente frívola, incapaz de cosa grande y buena? Verdad es también que en punto a galiparla e insensatez los suramericanos no les cedemos una mínima. «De mal cuervo mal huevo», dice el Comendador Griego en su colección de refranes. «De tal palo tal astilla», responde Juan de Mallara. De semejantes traductores españoles no es mucho nazcan autores americanos semejantes a ellos. Nada nos quedaremos a deber en nuestro comercio galo-hispano con nuestros frères del Manzanares, el Guadalquivir y el Tajo; porque si ellos traducen el Telémaco con ese aire y ese aquel tan sumamente grato, nosotros somos autores originales de lo más curioso. El Tajo, el Tajo... ¡Oh Tajo, en cuya ciudad provecta, la imperial Toledo, no había terciopelero ni espadero que no las cortase en el aire en esto del hablar pulido! ¡Pobre España, para quien todo es sufrimientos en el día! Si está enferma, está sufriendo; si se halla corta de facultades, está sufriendo; si le aquejan dolores físicos o morales, está sufriendo. Se le va una hija con el sastre, se le llueve la casa, los comunistas de Cartagena le dan en que merecer: todo es sufrimientos. Ya no padece, vieja ingrata, como padecieron sus abuelas: la Cava padeció; ¡y digo si no habrá padecido la bellaca al ver cómo su amante salía por ahí gritando: «¡Moros hay en la tierra!». Hormesinda, hermana de Pelayo, padeció; pero así, llora llorando, se casó con su moro. ¡Vaya!, ¿y no se había de casar? ¿Era tonta por si acaso? No se halla un Munuza a la vuelta de cada esquina, y menos Munuza como aquél, tan bien carado y valiente. La hermana de don Alonso el Casto, esa chica que vosotros conocéis, amigos chapetones; pues esa casta princesa que las hubo con el conde de Saldaña, y os benefició, a furto, como dicen las crónicas, con Bernardo del Carpio; esa guapa moza de blando corazón y duras carnes, padeció: natural es que haya padecido cuando el rey su hermano y señor hubo puesto los Pirineos entre él y ella, habiéndolos encerrado tan bien a ella como a él, para que el uno muriese y el otro naciese en el encierro. La infanta doña Urraca, sitiada en su ciudad de Zamora, padeció y el señor don Sancho, sitiador, no fue tan galantuomo que digamos, sino un gentleman, como dicen los ingleses; un ambicioso, belitre, descortés y mal mirado caballero en hacer padecer tanto a la bella señora la princesa Urraca. Urraquita, Urraquilla... tímida era y modesta en gracia de Dios; y a ésta sí que no se le podía llegar y besarla durmiendo, porque ni padecía de despechada, ni aguantaba pulgas, ni sufría olvidos o pretericiones. Y si no, vedla cómo se le sube a las barbas a su señor padre don Fernando I en su lecho de muerte:
«Morir os queredes, padre, Sant Miguel os haya el alma: Mandaste las vuestras tierras A quien bien se os antojara: A mí, porque soy mujer, Dejáisme desheredada. Irme he por esas tierras Como una mujer errada Y este mi cuerpo daría A quien bien se me antojara, A los moros por dinero, A los cristianos por gracia. De lo que ganar pudiere Haré bien por la vuestra alma. Allí preguntara el rey: ¿Quién es esa que así habla? Calledes, hija, calledes, Non digades tal palabra...».
Conque para esa señorita el padecer y el sufrir eran cosas muy diversas; tan diversas, que si la envidia, la cólera, el terror de quedarse en la calle le causaban padecimientos morales capaces de quitarle el juicio; el sufrimiento, el santo sufrimiento, ese freno de oro que nos contiene y detiene al labio del abismo del despecho, no reprobaba en ella esas tan audaces como feas determinaciones. «Irme he por esas tierras Como una mujer errada, Y este mi cuerpo daría A quien bien se me antojara».
La infanta doña Urraca y todas ellas padecieron: los españoles que hoy no padecen, sufren. España sí padece, puesto que ni lo sabe ni lo advierte. A la hembra desamorada, a la adelfa le sepa el agua. Le ha perdido el amor a su hermoso idioma; que padezca, aun cuando no alcance espíritus para el noble sufrimiento, y quiera irse ella también por esas tierras «En traje de peregrina: A los cris... Mas faga cuenta Que las romeras a veces Suelen parar en rameras»,
según que se proponía doña Urraca. Nosotros también sufrimientos, todo nos lo sufrimos; sufren los indios, sufren los negros: ¿qué mucho que suframos los seudo-europeos, cuasimalayos o semiafricanos? Cuenta con pago, señores nobles del Pichincha, el Funza, el Rímac y el Plata. No diréis por lo menos que no servís de novillos o de puertas para este rehilete o, si suena mejor, venablo. No hay gusto que se iguale con llamarle vieja a una vieja, negro a un negro, tonto a un tonto, pícaro a un pícaro: si hay satisfacción comparable con esta, es la de llamarle vieja a una presumida que las da de joven; cholo, roto o lépero a un Capoche por cuyas venas corre sangre de Benavides de León o de Zúñigas de Villamanrique. Tontos, gracias a Dios, muchas veces los hemos llamado a hombres de más talento que nosotros, merced a la vanidad o a la cólera; mas en cuanto a calificar de bribón a uno de bien, nunca nos ha tentado el diablo, ni ha sido de nuestro gusto. Y con esto volvemos a los indios.
Por la mayor parte, íbamos a decir, en las ciudades interiores de la América del Sur, la bacía la llevan los indios, sin que el barbero de Sevilla les eche el pie adelante en lo de parlanchines, bellacos, alcahuetes y bebedores. Un día, pasando nosotros por una calle, el barbero, o señor rapador, según se expresa don Quijote, de calzón y zapato de medio pie, estaba plantado en el umbral de su tienda: no en el dintel, como dicen los que ahora escriben, porque no estaba colgado. Acertó a pasar asimismo una india de pollera colorada y rebozo amarillo, cubierto el cuello de cuentas y corales como huevos de paloma, que era un pescuezo de pavo en su más soberbio esponjamiento. «¿Cómo está la comadre? -Está sufriendo», le oímos responder al pícaro. Había parido la pazpuerca, y el bribonazo del indio llamaba a eso estar sufriendo. ¿Qué esperanza nos queda de vol ver a oír ni hablar la lengua castellana en ningún tiempo? Cuando las indias empiezan a hallarse en estado interesante y están sufriendo, podemos dar por vendida, perdida y concluida; traicionada, abortada y desbaratada; enferma, enteca y muerta la dicha lengua; lengua en la cual las mujeres antiguas, y no tan antiguas como las Hermengardas, Hermentrudas y Hormesindas, ni como las Berenguelas, Guiomares y Faviolas, sino allá no más por los tiempos de las doñas Engracias y doñas Pilares, estas mujeres, decimos, estaban preñadas, si eran llanas e ingenuas; encintas, si más cultas; y parían o daban a luz un hijo en haz y paz de nuestra santa madre Iglesia, la cual imprimía en ellos con sal y agua carácter de Juan, Diego o Antonio; Dolores, Mercedes o Gertrudis. Ahora no: ninguna quiere estar encinta; preñada, menos. Aunque se llame Ambrosia y le mane azufre por el ojo izquierdo, está en estado interesante; y no pare por nada de esta vida, sino desembaraza y se pone a sufrir de nuevo. Dudamos que cuando están en estado interesante nos interesen más que cuando delgadas, iguales, ligeras y vivas andan conquistando el mundo con sus negros ojos y sus labios rubicundos. Para un pobre que ve ahí amontonados en un rincón seis chicos muertos de hambre y harapientos, no debe de ser tampoco de gran interés el estado de la que le viene amenazando a más andar con el séptimo cachorro. Y castiguemos de paso otro dislate, que así pervierte la idea como la forma, el estilo como el lenguaje. Estado indica permanencia, fijeza, carácter que por su invariabilidad viene a ser natural e inherente al individuo; y aún por eso decimos que el del matrimonio es un estado, dando a entender que esta cadena orinecida, pesada y crujiente, ni el diablo la puede romper, ni el mísero mortal suspenderla en la puerta de su casa e irse por el mundo libre y suelto. La de las cosas que no aterran con la perpetuidad se llama situación. ¡Medrados estábamos si el estado interesante de nuestras Evas; Hebes y Niebes fuera cosa perpetua! Por dicha no es sino situación con término fijo, al fin del cual vuelven a interesarnos las que tienen la letra menuda y poseen el arte de embarnecer, sonrosearse, aderezarse y salir andando, erguida la cabeza, repujado el pecho, amables los ojos y la boca. Mientras nuestras mujeres no vuelvan a los dichosos tiempos de estar encintas, no hemos de ver el renacimiento de la lengua castellana; y mientras no estén de parto en brazos de la madre naturaleza, todo ha de ser desembarazo para ellas y embarazo para nosotros. ¿Por qué no querrán parir llana y cristianamente las de ahora, como lo estilaron las doñas Mencías y doñas Violantes que nos sirven de tatarabuelas? No faltan ya monarquistas y republicanas, aristócratas y demócratas, patricias y plebeyas que estén acuchadas o de couches, porque las francesas sont accouchées o se disponen para leurs couches. ¡Santo Dios! ¿Hay más que decir, como apuntamos arriba, que van a parir o están de parto? Si no quieren o no deben estarlo, escóndanse, sepúltense, métanse debajo de la tierra, que esto al fin es prudente y menos malo que estar de couches.
Entre el sufrir y el padecer va la propia diferencia que entre la virtud y la necesidad: padecemos a más no poder, y muchas veces dándonos a todos los diablos de nuestra negra fortuna. En este caso es cuando menos nos cumple decir que sufrimos, por cuanto el sufrimiento es acto del espíritu muy acepto para con Dios, una cosa misma con la resignación. Sufrir es llevar en paciencia nuestra suerte, los trabajos que nos agobian y las penas que estamos devorando: sufrir es ponernos en manos de la Providencia Divina, obedecer sus decretos y quedarnos humildemente a la esperanza: sufrir es ejercitar el ánimo en la filosofía, romperlo a la guerra del mundo y burlarnos santamente de los rigores de la injusticia: sufrir es ser hombre o mujer fuerte sobre quien nada pueden ni privaciones, ni provocaciones, ni linaje de agravios: sufrir es levantarse sobre el pantano donde están hirviendo cólera, desaliento, desesperación, quejas amargas, propósitos malignos. Sufrimiento es filosofía: Sócrates sabe sufrir; ni las injurias de Aristófanes le irritan, ni el molino de Xantipa le saca de sus quicios, ni la precipitación de los treinta tiranos le exaspera. Sufrimiento es santidad: San Bartolomé sabe sufrir; desollado de los pies a la cabeza, se echa su piel al hombro dando gracias a Dios, y se va sin maldecir a los verdugos. Sufrimiento es sabiduría: Galileo sabe sufrir; preso, encadenado, oyendo chirriar a cuatro pasos la hoguera con que le amenazan, tranquilo exclama: E pur si muove. Sufrimiento es grandeza de alma: héroes, filósofos, grandes monarcas, mártires, han probado que poseían la virtud del sufrimiento, con afrontar serenos los insultos de la fortuna y morir tan grandes en la desgracia como habían vivido en la prosperidad resplandeciendo en el poder y las virtudes. Sufrimiento es virtud, virtud que trae gloria en sus luminosas entrañas. No sufren sino los fuertes; los bajos, los cobardes, los pobres de espíritu padecen: su estrella es padecer; pero no sufren, pues si suyo fuera el sufrir, eleváranse sobre sí mismos, y padecieran menos, y fueran grandes por el sufrimiento. En cuanto a los malvados, sabed que ellos son los que padecen verdaderamente, y tanto más cuanto que no sufren: sufrimiento y soberbia son enemigos; si hay malvado que no cultive la soberbia, gran maravilla es. El hipócrita es malvado, y no la cultiva: malvado humilde, rastrero: es un santo por defuera; por dentro, todo infierno. La soberbia no sale en él al mundo, esto es todo: su corazón está hirviendo en las más negras pasiones. El padecer puede muy bien andar sin el sufrir: desgraciados, todos lo somos por fas o por nefas, ca mucho padecemos y poco sufrimos. Si el sufrimiento absorbiera las malas lágrimas, las lágrimas de soberbia, cólera, impotencia, nuestros padecimientos cobraran aspecto de propicios y vinieran a ser virtudes en nosotros. Así, cambiando los vocablos, pervierten las ideas los ignorantes y los vanos; y los vanos, pues habéis de saber que muchos hablan y escriben mal a sabiendas: timbre es para los necios estropear y pervertir la lengua propia, como del chacoloteo innoble de su boca resulte la opinión de ser tenidos por hombres que han vivido o viajado en Francia. ¿No sería mejor aprender la lengua francesa sin olvidar la castellana?, ¿cultivar las extranjeras sin consentir en que se remonte la nacional? ¡Y qué lengua!: la de hablar con Dios; la lengua muda del éxtasis en Santa Teresa; la de la oración hablada en San Juan de la Cruz; la de la elocuencia eclesiástica en Fray Luis de Granada; la de la poesía en Fray Luis de León, Herrera y Rioja; la de la historia en Mariana; la de la novela en Hurtado de Mendoza; la de la política en Jovellanos; la del amor en Meléndez Valdés; la de la risa en Fígaro; ¡qué lengua!; la de la elocuencia profana en Castelar: ¡qué lengua!
Por dicha, bien así en España como en América, los que van a la guerra debajo del pendón del siglo de oro no son pocos. Ignorancia y ridiculez están en el bando opuesto, el cual es más numeroso que los ejércitos que sitiaban a Albraca. Traductores ignorantes, novelistas afrancesados, viajeros fatuos son nuestros enemigos: nosotros nos afrontamos con ellos, y si no podemos llevárnoslos de calles, defendemos el campo palmo a palmo; ni hay impío de ellos a quien le sea concedido penetrar en el santa santorum de nuestro angélico idioma. Desde Capmany que se levantó como un gigante contra sus corruptores, hasta don Aureliano Fernández-Guerra que le está sacando sobre sus hombros, muchos campeones y muy bizarros los ha habido. Don Diego Clemencín ha revuelto y profundizado el Tesoro de la lengua castellana, de Covarrubias, haciendo que reviertan para arriba montones de riqueza pura; ha puesto en manos de los aficionados el Diálogo de la lengua, de Juan Valdés; ha descompuesto el Quijote coyuntura por coyuntura, y nos ha mostrado los secretos de la complicada anatomía para cuyo estudio no basta la vida de un hombre. Clemencín es benemérito de la lengua, sagaz recopilador de cuantas noticias pueden convenir para su posesión completa. Don Rafael María Baralt, con su Diccionario de galicismos, ha hecho un servicio de tomo y lomo a sus compatriotas, dándoles copia de luces y remitiéndolos adonde más largamente se contiene. Parece que los españoles le estudian poco, a pesar de las recomendaciones de Hartzenbusch; los hispano-americanos mucho le debemos a ese ilustre hijo de Venezuela que alcanzó un sillón en la Academia Española. Monlau en su Diccionario etimológico; Puigblanc, Gallardo y otros muchos peninsulares amigos del buen decir, se están oponiendo a pecho descubierto a las irrupciones de los bárbaros que bebiendo las turbias aguas del Sena pierden memoria, amor patrio, respeto a sus padres, y vuelven, las armas en la mano, contra esos santos difuntos que se llaman Rivadeneira, Hurtado de Mendoza, Quevedo, Cervantes, Argensolas, Jovellanos.
Entre los escritores del día los hay puros, ricos, elegantes, y esta es gran fortuna, que hacen rostro a esas montoneras furiosas de galomaníacos que ora hablando, ora escribiendo, quieren dar al través con la lengua patria. En la América española, en cada república existe un grupo de aficionados en cuyo centro arde a la continua el fuego de Vesta, el fuego puro y misterioso, que si se apagara temblaran los dioses mismos. De presumir es que andando el tiempo, merced a la labor constante de este puñado de jóvenes beneméritos, la pobrecita limosnera de Voltaire recoja sus harapos, y la reina de Carlos V se vuelva a echar sobre los hombros su mantón de púrpura. C'est une pauvrette qui fait l'aumône â tout le monde, decía el dios de Ferney, hablando de la lengua francesa. Tanto ha dado la desnuda y tanto ha recibido la vestida, que es vergüenza. El castellano de hoy no es sino el francés corrompido. «El inglés, -decía Alejandro Dumas el viejo- no es más que el francés mal pronunciado». Ese amable Sileno lo decía por tener y dar de que reír: nosotros estamos hablando en verdad y conciencia. ¡Qué es ver, mi Dios, un escritor español con gran fama de talento escribir de París un monstruo de lengua, mitad Gervasio, mitad Protasio, que quien no supiere una y otra no entenderá palabra! ¿Ese periodista corresponsal, o ha puesto en olvido su idioma, o se tiene pensado que el mestizo vale más, en tiempo de democracia, que el godo neto por cuyas venas corre sangre de Leovigildos y Pelayos? La lengua castellana en manos de los grandes escritores clásicos es como el Amazonas, caudaloso, grave, sereno: sus ondas ruedan anchamente, y sin obstáculo van a rempujar y desalojar el Océano, que se retira, y vuelve a él con los brazos abiertos. Todo es paz y grandeza en esa vena del diluvio: cuando hay alteraciones, las tempestades son sublimes, como cuando Fray Luis de Granada, santamente irritado, exclama con los profetas: «¿Qué ha sido tu corazón sino un cenegal y un revolvedor de puercos? ¿Qué tu boca sino una sepultura abierta por do salían los malos olores del alma que está adentro muerta? ¿Qué tus ojos sino ventanas de perdición y ruina?».
«Abrieron su boca sobre ti tus enemigos, y silbaron, y regañaron con sus dientes, y dijeron: Tragaremos: este es el día que esperábamos; hallámoslo, vímoslo».
«Allí fueron conturbados los príncipes de Edom y temblaron los poderosos de Moab».
Estas son tormentas grandiosas en boca de ese monje profético: oímos el trueno, hemos visto el rayo, y la espada del ángel del Señor, rompiendo esas nubes tremebundas, amenaza a los impíos y soberbios. Fuenmayor, en su Vida de Pío V, se espacia a un lado y a otro: es el Helesponto por donde ruedan los caudales de dos mares. Hurtado de Mendoza ha levantado un monumento a nuestra lengua en su Guerra de Granada como historiador, y en Lazarillo de Tormes otro como novelista de costumbres. Ved si no esta manera de referir, ¡y qué manera!:
«Montaña áspera, valles al abismo, sierras al cielo, barrancos y derrumbaderos sin salida: ellos, gente suelta».
¿Hay precisión y gracia? Las más hermosas figuras están cometidas en este pasaje, con mano maestra, ¡y en qué frase, si pensáis! Santa Teresa es hablista insigne: «Toda me parecía estaba descoyuntada y con grandísimo desatino de cabeza; toda encogida, hecha un ovillo, sin poderme mover, más que si estuviera muerta».
«Tienen los niños un acelerado llorar que parece van a ahogarse; y con darles a beber cesa luego aquel demasiado sentimiento».