Études sur la Littérature française au XIXe siècle - Tome 1 Madame de Staël, Chateaubriand

Chapter 8

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Un gran autor moderno ha dicho: «Por poco interés que yo tenga por mí mismo, nunca seré tan menguado que vaya a indisponerme con un hombre de talento, de esos que pudieran transmitir mi fama a la posteridad, concitando contra mí el odio de mis semejantes, o haciendo reír de mi persona al mundo entero». Ese poco interés por sí mismos lo tienen muchos: como adrede molestan, ofenden, persiguen en toda forma a los que pueden ponerlos en los quintos infiernos, o retratarlos con orejas de burro, o hacerlos apalear muy a su sabor con don Quijote. Desahogos ruines, no son nuestros; pero sí hemos castigado maldades en los perversos, vicios en los corrompidos, bajezas en los canallas: difamación, envidia, ridiculez, páganlas allí al punto difamadores, envidiosos y ridículos. ¡Bonitos somos nosotros para dejarlos con el tanto a tanto pícaro, traidor, villano o declaradamente infame como nos han salido al paso en las encrucijadas de la vida! Por dicha, armados de armas defensivas impenetrables, como la verdad, que es cota de malla; la serenidad, que sirve de loriga; la ausencia de miedo, que es morrión grandioso; con nuestra espada al hombro, hemos pasado por entre la muchedumbre enemiga, derribando a un lado y a otro malos caballeros, malandrines y follones. Virtud es el perdón: perdón para los enemigos; crímenes, desvergüenzas, ingratitudes, maldades, al verdugo. Ahórquelas en cuerpo fantástico; mas sepa el delincuente que está ahorcado. Ya es mansedumbre que parte límites con la beatitud no haber transmitido a la posteridad los nombres de los que con sus acciones han incurrido en esta pena. Atributo de Dios es el perdón; Dios perdona, pero envía el ángel exterminador al campo de sus enemigos, y ¡ay de los malvados!

Ensayo o estudio de la lengua castellana tituláramos esta obrita, si tuviéramos convencimiento de haber salido bien en lo de rehuir los vicios con los cuales la corrompe y destruye la galicana moderna, y de habernos aprovechado al propio tiempo de las luces que en el asunto han derramado clásicos escritores, como Capmany, Mayáns, Clemencín, Baralt, Bello y otros maestros bien así españoles como suramericanos. Mas cuando estamos señalando los defectos del vecino y fiscalizando su manera de escribir, no sabemos si nosotros mismos vamos cayendo en otros peores; y así, por no volvernos culpables de fatuidad sobre la nota de ignorantes, hemos preferido la culpa del atrevimiento, bautizándola con el nombre de Capítulos que se le olvidaron a Cervantes. Siempre que hemos contemplado en la triste situación a que ha venido nuestro hermoso idioma por obra de malos traductores y ruines viajeros, nos ha ocurrido preguntarnos a nosotros mismos: ¿Cómo sucede que cuando la española daba la ley en Europa, puesta sobre todas las lenguas cultas; cuando ella ocupó el lugar de la latina en la diplomacia; cuando ingenios como Pedro Corneille, Molière, Voiture le tomaban sus asuntos junto con su estilo; cuando ella era la lengua de la educación pulida en la sala resplandeciente; cuando los políticos discutían los grandes intereses de las naciones, los oradores sagrados hablaban con Dios y los hombres, los galanes melifluos les contaban sus cuitas a las hermosas, todo en habla castellana; cómo sucede, repetimos, que con tal uso y predominio la francesa no llegó a corromperse, ni quedó desfigurada y echada a perder, como se halla la nuestra en boca y manos de la inmensa mayoría de hablantes y escribientes de uno y otro mundo? Los traductores franceses eran hombres de saber y entender, que así poseían la una como la otra lengua: al paso que los españoles del día no saben ni una ni otra, salvo el puñado de personas de ciencia y juicio, que no le puede faltar a nación de tan grandes proporciones. En los unos era móvil de sus obras el amor a las letras humanas; los otros van a caza de dinero: ésos miraban con religiosa veneración a su idioma, éstos lo tienen por artículo de mercancía, el cual, para que sea de moda, ha de estar a la francesa.

Maestros originales, inventores, muchos y muy grandes ha tenido España en todo tiempo; y para artífices delicados de la lengua y pulidores de todas sus partes, ningún pueblo como ella. ¿Pero en dónde, en dónde ahora los Granadas, los Marianas, los Leones? Las Teresas de Jesús ¿qué se hicieron? Los Nierembergues ¿dónde fueron? Ávila, Malón de Chaide, Yepes, frailes insignes que ilustraron el convento y dieron nombre a su siglo con sus obras, ¡qué dirían si, sacudiendo el polvo de los siglos que gravitan sobre ellos, se levantaran y oyeran la infame algarabía en que tratan expresar sus ruines pensamientos estos hijos de la piedra que hoy se llaman periodistas, novelistas y poetas! Grandes autores castellanos, ya no abundan; grandes traductores, ya no nacen; y esto debe causar la constelación del mundo ser tan envejecida, que perdida la mayor parte de la virtud, ya no puede llevar el fruto que debía. Parece que Garci Ordóñez de Montalvo dictaba estas palabras en el siglo XV, para que en el XIX las aplicáramos a nuestro idioma, hiriendo con ellas a los adúlteros que van en busca de mujer ajena, y los incestuosos cuya descendencia no puede menos que adolecer de mil imperfecciones y defectos. Las ondas majestuosas que en la Guerra de Granada corren por sobre los tiempos y los acontecimientos pasados, comunicando profundo respeto a los lectores; los armoniosos raudales en que Fuenmayor hace pasar la vida de Pío V, repitiendo la gravedad y numerosidad de los Anales de Tácito; el gracejo culto y fino, el lenguaje inimitable de Lazarillo de Tormes; la frase ajustada y elegante de El pícaro Guzmán de Alfarache, la propiedad, gracia y maestría de Calixto y Melibea; la sal ática de Rinconete y Cortadillo en ese hablar de todo en todo castizo; nada de esto, nada, tiene hoy imitadores: ni Juan Valdés sirve de maestro, ni Covarrubias ha compuesto para nosotros su gran léxico o Tesoro de la lengua castellana.

Nosotros, españoles y americanos, traducimos a los gazapos que amuchigan en esa madriguera inmensa que se llama París. Nuestros padres leían y volvían a su lengua las grandes obras de los clásicos griegos y latinos, esas en que se halla contenida la sabiduría de la antigüedad; pero los tiempos pasaron en que Sueyros, Balbuenas y Colomas traducían a Salustio, Cicerón y Tácito, y hoy vemos en las librerías españolas hacinamientos de novelillas, verdaderos cachivaches de la literatura, o libracos llenos de milagros y absurdos con que indoctos y perversos fomentan la ignorancia del pueblo sin filosofía. Si los amantes de las letras universales tomaran a pechos el verter a su idioma las obras útiles o magistrales de los autores modernos, aún no tan malo; mas por una traducción de la Decadencia y caída del Imperio Romano, tenemos cien romancitos franceses en los cuales el escritor les cuenta los bajos a sus heroínas, sin descuidarse de advertirnos si tienen buena o mala pierna, y le hacen al héroe el nudo de la corbata. Mor de Fuentes y Bergnes de las Casas son dos, dos aprovechados y buenos traductores: la turbamulta de galiparlistas encendidos de amor por los títeres del Sena se compone de millares. Traducid, españoles, pero traducid a Fenelón, Bossuet, Lacordaire; traducid a Corneille, Molière, Racine; traducid a Boileau, el Horacio moderno; traducid a Chateaubriand, Lamartine, Hugo el poeta; traducid a Thierry, a Michelet; traducid a Villemain, a Sainte Beuve. Traducid a Montalembert, Dupanloup, si sois papistas; a De Maistre, a Veuillot, si adoráis al verdugo en el patíbulo. Si sois libre pensadores, traducid a Laplace, Littré; si amables utopistas, a Flammarión, Delaage; si herejes declarados, a Renán, Peyrat. Para la tierra, Buffón, Cuvier, Gay-Lussac; para el cielo, Arago, Laplace otra vez, Letellier. Si os embelesan los misterios del magnetismo, traducid a Mesmer y Puysegur. Si en todo y para todo queréis autores franceses, ahí están en ilustre muchedumbre historiadores, oradores, científicos, filósofos, y hasta novelistas, grandes novelistas, como el autor de René, el de Obermann, el de Corina.

Traducidnos la Enciclopedia, por Dios; traducídnosla, vos otros que sois, ¡oh españoles! tan amigos y partidarios de Rousseau, Diderot, d'Alembert, Grimm y más puntos luminosos de la gran constelación del siglo XVIII, cuya estrella polar, el hélice del infierno, es Francisco María Arouet, convertido en Voltaire por obra y gracia del demonio. Pero esos libritos, esas novelitas, esos santitos, esas estampitas de que están atestadas las librerías de Madrid y Barcelona, todo traducidito de los autorcitos más chiquitos del Parisito del día o de la noche, ¡oh! estas chilindrinas son la vergüenza de la España moderna, la vergüenza de la América hispana. Este flujo por traducir todo lo insignificante, todo lo inútil, todo lo bajo; esta pasión por los romances de menor cuantía, donde no falta una condesa que viva amancebada con su criado, ni Adriana de Cardoville que no cierre la cortina sobre ella y su príncipe Djalma; estos romances cuyo protagonista ha de hacer mil trampas y picardías; estas obras magnas de comer y beber con mujeres de ruin fama; esto de no acostarse hasta las dos de la mañana, ni levantarse hasta las doce; todo esto es escoria, amigos míos: de ella no sacaremos jamás un grano de oro, por mucho que seamos avisados en la alquimia de la sociedad humana. Vivir como perdidos, matarse como impíos, ¡qué historia, qué páginas! El héroe de la novela francesa duerme de día, come y bebe de noche, hace pegas abominables a los maridos, tiene duelos o retos a la espada, pide prestado y hace milagros, se arruina, pierde su querida, se despecha, va y se vuela la tapa de los sesos. Esta monserga atroz, este embolismo de pasiones arrastradas, vicios y caídas, puesto en rengloncitos que parecen escalera, sin unidad, sin número, sin gracia; esta literatura de lupanar ¿os seduce tanto, los cristianos, los austeros, los juiciosos españoles? Confianza, pues, en Dios, los hijos míos, decía Antonio Pérez; que el Señor os tiene a su cargo: confianza, pues, en el demonio, los hijos míos, dice España, que Pateta os tiene cogidos de las agallas, y no os dejará ni el día de las cuentas y perdones. Traducid lo santo, lo sabio, lo poético, lo filosófico, lo moral; traducidlo y traducidlo bien, a fin de que nosotros, hermanos menores vuestros, no recibamos malas lecciones, malos ejemplos, y vengamos a ser tan ignorantes y corrompidos como... los autores que nos mandáis en mezquina, despreciable galiparla.

Se quejan los españoles de que los suramericanos estamos corrompiendo y desfigurando la lengua castellana, y no están en lo justo: si esto sucede, mal pecado, obra de ellos es: ellos traducen el Telémaco de este modo, y nos envían sus traducciones por nuestro dinero. «Y los gallos cantaban, y las gallinas cacareaban, y los caballos relinchaban, y los burros rebuznaban, y los perros ladraban, y los puercos puerqueaban, y los cuchillos cortaban...». «¡Qué más cuchillo que esta porreña descripción! -exclama don Antonio Capmany examinando la hábil obra de un compatriota suyo; -¡cuchillo de palo, y bien a la vista!». A esta clase de traducciones, acostumbrados están los españoles modernos, entre los cuales no hay ni un Coloma para los Anales, ni un doctor Laguna para Dioscórides, ni un Jáuregui para el Tasso. Moratín, desde luego, no podía menos que ser buen traductor: un buen autor traducirá bien, mal que le pese. Gorostiza no pone la pica en Flandes, pero pasa; y en poco está que don Eugenio de Ochoa no sea intérprete cumplido. Larra hizo una buena traducción de Lamennais: las Palabras de un creyente hallaron eco grave y sereno en Fígaro, ¡quién lo creyera!, y el autor de El castellano viejo pudo hablar como profeta antiguo. A los españoles, como a nosotros que somos carne de su carne, hueso de sus huesos, nos sobran aptitudes; lo que nos falta es educación: ya lo dijo Paulo Mérula muchos siglos ha, y entonces, como ahora, le estamos sacando verdadero.

Aunque es verdad también que torrentes de ineptitud se descuelgan de traducciones castellanas como las con que han deshonrado su idioma ciertos peninsulares eminentes en las letras humanas. El Genio del Cristianismo obra a la cual no debiera uno llegar sino después de santas abluciones en la fuente Castalia, ha sido escarnecido y ha quedado maltrecho, en términos que si ese Padre de la Iglesia coronado por las Musas que se llama Chateaubriand saliese de la tumba, lloraría por los vivientes, como Raquel, y se volvería a la eternidad en busca del olvido.

«Ella sola (la Iglesia) sabía hablar y deliberar; ella sola mantuviera una cierta dignidad, y se hiciera respetable, cuando ninguna otra cosa lo fuera. Se la viera sucesivamente oponerse a los excesos del pueblo y despreciar la cólera de los reyes. La superioridad de sus luces debían inspirarle generosas ideas en política, que ni conocieran ni tuvieran los otros órdenes. Colocada en medio de ellos, debían darle mucho que temer los grandes, y nada los comunes...; por eso en tiempos de turbación se la viera adherirse con preferencia al voto de los últimos. El más venerable objeto que ofrecían nuestros estados generales fuera aquel banco de ancianos obispos, etc., etc.».

He aquí los tiempos del verbo reducidos a uno solo, y declarada inútil y abolida la conjugación. Suelen los autores servirse del indefinido condicional en lugar del pretérito pluscuamperfecto, por rehuir la importuna consonancia que resulta de muchas oraciones que concurren en el propio caso; mas nadie, nadie, ningún escritor que merezca este título, ha usado jamás del indefinido por el imperfecto, y menos por el perfecto o pasado absoluto. Ese buen español no conoce ni tiempo ni modo, si no son los suyos. Dios le dé oído a ese monstruo, que no debe de tenerlo, para que no le zozobre ni desespere esa carretilla infernal de eras, donde no hay parvas de trigo, sino chícharos y cizaña. ¿Supo su lengua ni la francesa el que tradujo de este modo una de las obras más floridas y amenas de nuestro tiempo? ¿Y la Academia Española no lo privó del agua y el fuego a tan insigne malhechor?

«Destruid el culto católico, y en cada ciudad habréis de menester un tribunal con prisiones y verdugos». Esto dice Chateaubriand, ortodoxo sistemático. El conde José de Maistre, campeón de la Iglesia a todo trance, sostiene que sin verdugo no puede existir ninguna sociedad de hombres. Et nunc intelligite. Para mi propósito no importa cosa la contradicción de esos dos furibundos ultramontanos: según el uno, al faltar la Iglesia, el verdugo es indispensable; según el otro, la Iglesia no puede existir sin el verdugo. Allá se averigüen: mi negocio es entregarle al patíbulo al facineroso de menester; y por fas o por nefas, católico o protestante, allá va a manos del señor conde don José. «Toda expiación requiere sangre», dice también ese sublime apóstol del cadalso; derrame la de ese delincuente, y quede purificada la lengua castellana.

«Aunque Roma vista por dentro se parece hoy a las demás ciudades de Europa, toda vez conserva ella un cierto carácter particular; porque ninguna otra presenta una tal mezcla de arquitectura y de ruinas, a contar desde el panteón de Agripa... La hermosura del sexo es también otra señal que la distingue de las demás ciudades. Admírase de otra parte en los romanos un cierto tono de carnes, que los pintores llaman color histórico... Una otra particularidad de Roma es los rebaños de cabras».

Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal, líbranos, Señor, de todo mal. Paréceme que he visto al diablo a media noche en el endriago espantoso que allí queda estampado a la española. Toda vez conserva ella: toutefois elle conserve. El castellano es no obstante, sin embargo conserva cierto carácter particular, echando fuera ese ella y ese un, cáncanos asquerosos que no sufre cuerpo limpio.

A contar desde el panteón: à compter dès le Panthèon. Este a contar traducen, los que saben, por el gerundio, y dicen: contando o tomando del panteón; y el que escribe a contar desde el panteón de Agripa, puede muy bien irse a revolcar en los establos de Augías.

«La hermosura del sexo es también otra señal». También y otra, pleonasmo: ora el uno, ora el otro, y Cristo con todos. ¡La hermosura del sexo! Ya dijo el traductor que la había visto a Roma por adentro, y así pudo darnos esa señal. En cuanto a saber si Roma es varón o hembra, averígüelo Vargas; pues el sexo nos deja en ayunas de esa noticia. El bello sexo suelen decir los poco entendidos en lengua castellana; los doctores en ella dicen el sexo femenino, y con más llaneza y elegancia, las mujeres, cuando hablan de las hijas de Eva, estas nuestras dulces enemigas que nos tienen hartos de amarguras.

«Admírase de otra parte en los romanos un cierto tono de carnes, que los pintores llaman color histórico». Si las carnes son las de una vieja facsímile de don Quijote, el tono debe sonar a los oídos del viajero seca y estridentemente, como quien ofrece a la historia de los pintores más huesos que carne, más pergamino que suculenta grasa. Si yo escribiera algún día mis confesiones, a modo de San Agustín, diría que esas carnes ni en Roma me han gustado, ni pienso que ese color de pernil, cual debe de ser por adentro el de las brujas del Trastebere, sea el color histórico. De otra parte, quiero decir, por otra parte, esos rebaños de cabras no es una otra particularidad; son otra particularidad, que no le va en zaga al muslo ahumado de la vieja, ni a lo que el insigne hablista vio por adentro en Roma.

«A Pedro fue a quien se le mandó primeramente de amar más que los otros apóstoles, y de pacer y gobernarlo todo». Siendo cierta esa orden, no sería sino la orden del día del prefecto de Marsella, quien, debiendo tocar allí el emperador Napoleón el Grande, mandó lo que sigue: «El ejército se alegrará por batallones: los batallones principiarán a sentirse dichosos por el flanco derecho». Amor mandado, amor a palos. Jesús a nadie mandó que le amase; a fuerza de amor y bondad, de mansedumbre y virtud, se hizo amar; y si Pedro le amó con pasión más viva, fue por haber sido el predilecto de sus discípulos. Mandar más amor: la esencia es tan errónea, como desapacible la forma de esta cacofonía.

Ya el pobre San Pedro está amando por mandato; ahora le obligan también a pacer: a modo de oveja, de buey, ¿cómo pace el mayor de los apóstoles? Lo que Jesús le mandó fue apacentar el rebaño o la grey que dejaba a su cuidado, y de ningún modo ir rumiando por dehesas ajenas.

Esta orden del día de Jesucristo, seamos justos, no es del traductor, sino del editor: cualquiera puede verla en la nota 15, y exclamar: «¡Para tal traductor, tal editor!». En siendo yo que ellos, no diría exclamar sino exclamarse, como lo van diciendo a cado paso uno y otro: s'écrier. Vergüenza deben de tener los españoles cultos de que en España se publiquen semejantes libros, y pasen éstos los mares con los honores de la pasta primorosa, para venir a ser ludibrio de los semibárbaros de América. Mandar de amar, mandar de pacer, ¡oh Dios!

Y bien, hermano, ¿le pesa a usted de haber sufrido algún poco?, dice un trapista moribundo a su abad. (Nota L). La lección que el fraile estaba dando al superior de su convento era buena; mas si dijo «le pesa a usted de haber sufrido algún poco», habló en castellano como hablara un palanquín de Tarazona. Bueno es morirse; mas somos de parecer que in articulo mortis, lejos de quebrantar preceptos ni transgredir leyes de ninguna clase, debemos arrepentirnos de haberlos quebrantado y transgredido. De otra suerte, al infierno principal, infierno madre, veréis agregado, réprobos, el de los suplicios especiales de los que prostituyen la lengua de su patria y la echan en el cieno.

«Nos acercamos del convento, y volvimos a ocuparnos en el taller», escribe un francés metido fraile huyendo del Terror. En Francia se habrá acercado del convento; en España tenía que acercarse al convento; y si acertaba a meterse de rondón, y ganar el laberinto de Creta de patios, traspatios, sótanos y bodegas, podía escapar del hacha de Robespierre.

«Allí ya se carda, ya se hila, ya se teje. En tanto que posible, todo cuanto debe servir para los hermanos se trabaja por ellos mismos». Pare imposibile, dicen los italianos de una cosa a que se oponen la razón y la verosimilitud. Imposible parece, ciertamente, que un español alcance a disfrazar, corromper y subvertir de tal manera la lengua de sus padres. ¿Habrá oído ese bendito en Madrid, Sevilla, Granada, y menos Toledo, ni a la gente de la hampa, decir en tanto que posible? En tant que possible, dicen los franceses; nosotros decimos en lo posible, cuanto cabe y otras expresiones tan graciosas como castizas. Si los hermanos hilaban y tejían con el primor que ese literato escribía el castellano, burdas han de haber sido esas telas, bien como para monjes de la Trapa.

«Porque me haría escrúpulo de despedir a un hombre que se salva del mundo, para venir aquí a trabajar por su alma» Esto dice el abad, tratando del consabido gabacho que se salva del mundo, por librarse de la guillotina. El dicho abad de la Trapa se hacía escrúpulo de darle con las puertas en las narices a ese buen candidato para novicio; y no era para él cargo de conciencia hacerle salir por la tangente del globo terráqueo; pues no otra idea inspira esto de salvarse del mundo. El abad no; el traductor es el Arquímedes que así le echa como con trabuco al país de los selenitas a ese digno compatriota de madama de Chantal. Salvarse del mundo, por huir del siglo, ponerse en cobro, retraerse en un monasterio y entregarse a las meditaciones de la muerte, seguro está que lo diga ni el suramericano más indocto.

«Yo no sé cómo la conversación vino a rodar sobre la Val-Santa, cuyos pobres padres se habían visto forzados a salvarse en Rusia». Salvarse en Rusia es como salvarse en el infierno; y si los pobres padres se salvaron en diciembre, doble condenación. El Alighieri nos ha contado que los suplicios perdurables no son el fuego y el plomo derretido solamente, sino también la nieve de los polos. Pues así como hay infierno frío, así ha habido cielo frío. Con todo, el buen cristiano preferirá siempre salvarse remontando en espíritu a la diestra de Dios padre, donde reina un calorcillo de beatitud eterna, a salvarse en Rusia al lado de esos cosacos que parecen osos. Salvarse en Rusia, se sauver en Russie, por huir a Rusia: esto es de perder el juicio.

«Considerando la vanidad de las cosas terrestres, he resuelto no curarme sino de la eternidad». Y del mal de piedra, y de la gota, y de los otros achaques, ¿por qué no se quiere curar? En todo caso, mejor sería salvarse en Rusia sano y bueno, que llevando a cuestas media arroba de lamparones, broncocele o papera. Mas cabalmente ése quiere curarse de lo único que no se debe curar, pues si la eternidad es una efermedad, enfermedad divina ha de ser, ¡dichosos los que la padecen en el seno de Dios! Don Antonio Solís dice que Hernán Cortés no se curaba sino cuando no tenía de qué cuidar. Tan cierto es esto, que una ocasión, hallándose de purga, montó a caballo, y les dio una mano tan buena a los indios de Tlaxcala, que les quitó la gana de venírsele encima cuando sabían que estaba enfermo. Lo que el infeliz traductor quiso decir fue: que había el francés converso tomado la determinación de olvidar el mundo y no dirigir sus pensamientos sino a las cosas eternas. Curarse de una cosa, por cuidar de ella, es obsoleto. Si yo padeciera de virtudes, y estuviera amenazado con la gloria, no cuidaría de curarme; antes por el contrario, me abstendría de todo medicamento: no tomara soberbia, ni avaricia, ni lujuria, ni ira, ni gula; ni aguantara frotaciones de envidia, ni me dejara untar pereza, a fin de que se cumpliera cuanto antes la feliz conminación. Los materialistas, los ateos, viven empeñados en curarse y en curar a sus semejantes de la eternidad, que para ellos es sarna perruna.