Études sur la Littérature française au XIXe siècle - Tome 1 Madame de Staël, Chateaubriand
Chapter 7
En esto finca justamente nuestra queja más amarga contra Miguel de Cervantes: quejas, también de él, con ser quien es, las tenemos. Alonso Fernández de Avellaneda le lleva a las justas de Zaragoza al invencible don Quijote, y lejos de hacerle justar y romper lanzas con el señor de Charni o con Diego Pimentel, le hace consumar mil necias locuras en la calle, para que le arrastren a la cárcel y le den de azotes. Cervantes, que si no mató al hijo de su imaginación cuando le vio infamado, debió haberle hecho comparecer más alto y garboso en el escenario de la caballería, endereza su camino a Cataluña, y con un cartel infamante a la espalda, le hace dar vueltas por las calles de Barcelona, seguido de un tropel de muchachos burladores, de canalla soez y pícaros, que empiezan a echarle cohombros y cortezas de naranja. Para colmo de absurdo y negadez, allí está don Antonio Moreno, su huésped, exponiéndole a la mofa de la ciudad y los insultos de los rufianes; don Antonio Moreno, hombre de bien y de chapa, según nos le da a conocer Cervantes mismo. Los azotes con el cartel, allá se van: el uno se hundió, pero el otro también cayó. Esta escena del Quijote, sin propiedad, porque no es caballeresca; sin decoro, porque las virtudes del héroe están escarnecidas; sin gracejo, por insulsa, es el tributo que los grandes escritores suelen pagar al mal gusto y el error. El paso de don Quijote en las calles de Barcelona con un cartel infamatorio en la espalda es la burla de Milton en su poema, esa gran majadería donde los demonios se están riendo de los ángeles y haciéndoles fuego de cañón: es Childe Harold cuando se da cordelejo con los trascantones y palanquines de Newgate.
«Sólo en Virgilio, el más puro, más atinado de los autores, no hay -dicen- ni un solo pasaje indecoroso. Y vaya esta excepción, por ser la única, en abono de Cervantes. ¡Oh, y cómo don Quijote no hubiera pensado jamás en ir a Barcelona! Los caballeros andantes lo son, cabalmente porque corren el mundo en busca de las aventuras; aventuras que los están esperando por encrucijadas y despoblados, no por ciudades curiosas y nada fantásticas. Princesas a la grupa de caballeros moros, gigantes desemejables, endriagos y vestiglos, malandrines y follones, en los caminos y las sierras. Palacios encantados, ciudadelas de honda cava y ancho foso, castillos de torres de plata, enanos, atalayas, encantadores, mágicos, ¿en dónde sino en los Pirineos? O váyase a Damiata el aventurero; allí puede cortarle la cabeza al perverso nigromante descaminador y despoblador de las embocaduras del Nilo. Los ejércitos de Alifanfarón de Trapobana y Pentapolín del arremangado brazo, ¿se les encuentra en la esquina de la calle por ventura, entre los regatones que van gritando: «¡Albillo como el agua!, ¡besugo!, besugo»? Todo eso es aventura, y aventura no ocurre donde el policía anda arrastrando el sable, sino donde un loco gracioso puede embestir a mansalva con cuanto vizcaíno y cuanto fraile encuentra por esos mundos de Dios. Don Quijote en Barcelona es un eclipse lamentable: Sancho Panza ha casi desaparecido, y es lástima. Pues el sarao..., ¡qué sarao! Señoras de rumbo, cuales deben ser las que componen estas fiestas, en casas tan principales como la de don Antonio Moreno; niñas en quienes inocencia y delicadeza no pueden ir separadas; hermosas que obligan a la consideración y el respeto con el porte elevado y señoril, no son para burlarse de un pobre loco, así, como gente de escalera abajo, con tanta ordinariez y grosería, y menos cuando el caballero es huésped de la casa, circunstancia que imprime en él carácter de sagrado. En vez de un concurso de reinas y doncellas caballerescas, donde el gran don Quijote hubiera resplandecido por la cortesía, están allí cuatro locas que le toman, le hacen dar vueltas, le pisan, le cansan, le marean, le botan y le dejan arrastrando en tierra. «Caballero andante es una cosa que en dos palabras se ve apaleado y emperador: hoy está la criatura más desdichada del mundo, y mañana tendrá dos o tres coronas que ofrecer a su escudero». Esto sí; mas caballero andante no es utensilio de galopín, ni objeto que está a los pies de los caballos. ¿No sabían, sin duda, las señoras catalanas que caballeros andantes son señores a quienes sirven las Gracias, cuyos pies lavan los Amores con agua de jazmín y rosa? «Nunca fuera caballero De damas tan bien servido, Como fuera Lanzarote Cuando de Bretaña vino: Princesas curaban de él, Doncellas de su rocino».
Los palos, como anexos a los andantes, no los envilecen ya; y como el darlos y el recibirlos viene en ellos vertiendo sal, los admite de buen grado el lector, y aun los echara menos, si faltaran; pero los azotes..., pero el cartel..., pero el baile... Je veulx qu'ils donnent une nazarde à Plutarque sur son nez, dice el autor de los Ensayos, et qu'ils s'eschauldent à injurier Senèque en moi. Il fault musser ma foiblesse soubs ces grands credits. Sí, que le den un papirotazo a don Juan Bowle en mi nariz, y se abran a la injuria contra don Diego Clemencín, si hay españoles sin ojos para ver, sin oídos para oír. Don Quijote en Barcelona es un salsa de perro, un raya en el agua indigno de la púrpura imperial. Mas ¿qué importa ese montón de tierra en medio del verde bosque donde cantan las aves del paraíso tantas y tan bellas y con tan grata melodía? Mujer fuerte, ¿quién la hallará? Obra sin defecto, ¿dónde estará? El Quijote, grandiosa epopeya de costumbres, no pudo haber salido sin ningún desbarro que por el contraste nos hiciese admirar la perfección y gracia de la obra en su conjunto; bien así como el desperfecto fortuito de una cara hermosa está recomendando lo cumplido de las facciones y poniéndonos en el artículo de exclamar: «¡Qué ojos!, ¡qué labios! Sin esa excrecencia impertinente, esa mujer fuera una diosa».
{{t4|Capítulo XI == Entre los pecados y vicios de las buenas letras, el peor, a los ojos de los humanistas hombres de bien, es, sin duda, el que llamamos plagio o robo de pensamientos y discursos. Crisipo en la antigüedad era maestro tan sin escrúpulo, que tomaba lo suyo donde lo encontraba; y suyo era, en su concepto, lo bueno, lo grande que los filósofos alcanzaban a idear y expresar en la academia, el pórtico o el liceo. Corneille, en nuestros tiempos, ha tomado con admirable franqueza de los autores cuanto ha sido de su gusto y lo ha vendido por original. Ni en el filósofo antiguo ni en el poeta moderno acredita eso pobreza de inteligencia, sino así una como familiaridad y confianza, mediante las cuales los bienes de sus amigos son como suyos, y por tanto buenos para el uso propio.
Había en un plantel de educación superior un estudiante de los más notables por el ingenio, los bienes de fortuna y la posición social de sus señores padres. Rico además, su guardarropa era tan abundante, que bien hubieran podido salir de él de tiros largos todos sus condiscípulos. Pues este gran señor de colegio hacía lo que Crisipo, tomaba lo suyo donde lo encontraba, y suyo era pantalón, capa o sombrero que podía haber a las manos. Y no que fuese guardoso ruin de lo propio, sino al contrario, tan maniabierto, que los pobretes de entre sus camaradas se emperejilaban, acicalaban y componían por la mayor parte a costa suya. Eso de echarse encima el primer mantón que hallaba, y largarse a la calle, era de todos los días; y muchas veces le sucedió coger y ponerse un turumbaco o torre de Francia de un buen viejo catedrático, casado en segundas nupcias y doctor en teología; con lo cual queda dicho que el sombrero, si no del tiempo de la conquista, por lo menos anterior al serenísimo Carlos IV, que Dios tenga en su santa gracia. Acuérdome haberle topado una ocasión en el portal del Arzobispo de la ciudad de Quito, muy puesto en orden con su buen manteo negro, de vueltas peladas y desflecadas, y el susodicho turumbaco o torre de Francia, el cual por lo quebrado del ala parecía sombrero de tres picos. Verle y echarme a reír, todo fue uno. Él iba de prisa, según su costumbre: sin pedirme explicaciones ni echarme el guante, pasó ese como Santo Tomás o San Atanasio, que así me figuro han de haber andado los teólogos de su época. Como entro yo en el colegio, he allí un clérigo que se me llega cojín cojeando y me interroga: «¿No ha visto en alguna parte a ese loco de Vicente? Aquí me tienes que se fue con mi manteo, pensando que era su capa. -El manteo de usía, señor, y el sombrero del doctor Angulo: por allá va».
Las prendas que tomaban Crisipo y Corneille eran, sin duda, más elegantes y valiosas; pues yo supongo que no habrán ido a enriquecer sus obras con arandeles y argamandeles teológicos que los hubieran vuelto ridículos por extremo. Escritores hay tan sin género de aprensión, que ni siquiera se toman la molestia de dar otra forma a las alhajas que saltean; donde otros están haciendo memoria y averiguando consigo mismos si tal idea no pertenece a tal filósofo, si este pensamiento no lo expresó ya ese historiador o poeta. «La verdad es común a todos, -dice uno que se burla de los que le acusan de plagiario: -el que la dice antes, no le quita a nadie el derecho de decirla después». Con la autoridad del viejo gascón, el filósofo de los Ensayos ahora poco mencionado, pudiéramos prohijar o repetir ciertas cosas que cuadran con nuestra índole; mas entre el crear y el imitar, entre el tener y el coger, entre el producir y el pedir, la palma se la llevará siempre el ingenio rico y fecundo que halla cosas nuevas, o reviste las conocidas de tal modo que vienen a parecer originales y sorprendentes. La imaginación no es más que la memoria en forma de otra facultad: si esta es ocurrencia nuestra o puro recuerdo antiguo y confuso, no lo sabemos; mas como no somos de los que toman su bien en donde lo hallan, hemos querido advertirlo en orden a la materia de este capítulo. Pongamos que la idea es de autor antiguo o moderno; ¿quién nos quitaría a nosotros el poder de amplificarla y desenvolverla según el caudal de nuestras facultades? Sí, la imaginación es la memoria, la memoria tergiversada de tal modo, que no se conoce ella misma: imaginación es memoria cuyos mil eslabones rotos y dispersos va tomando la inteligencia y acomodándolos de manera de formar con ellos imágenes nunca vistas, las cuales son anagramas de las vistas y conocidas. No hay figura que no sea un recuerdo o un conjunto de recuerdos: de muchas reminiscencias, la imaginación pergeña un cuadro hermoso y nuevo. Esto nos engolfaría quizá en el sistema de Aristóteles, según el cual nada hay en el entendimiento que no haya pasado por los sentidos. Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu. Pero las ideas innatas mismo, ¿acaso lo son ni se llaman así porque le ocurren a uno por la primera vez, sin que antes a nadie le hubiesen ocurrido, sino porque, según el sentir de algunos, nacen con el hombre, sin que en ellas tenga parte la enseñanza del mundo, ni las lecciones que le dan al alma la luz, el calor ni los objetos palpables? Puede haber ideas innatas, y esto en ninguna manera da al través con este axioma: «La imaginación no es más que la memoria tomada por partes, y acomodada de cierto modo que viene a parecer facultad distinta». Un hombre privado de memoria, de hecho queda sin imaginación: le faltan los recuerdos, las vagas y lejanas reminiscencias, y no le es dado componer esos conjuntos admirables en que el alma se recrea teniendo debajo de su albedrío a esa esclava activa y pintoresca que llamamos imaginación. El orden y la exactitud en los fenómenos y los acontecimientos constituyen la memoria: imaginación, en cierto modo, es desorden y olvido de la memoria. Un collar de piedras preciosas de diferentes colores artísticamente engarzadas representará la memoria: el diamante cristalino, el rubí que está echando fuego, el zafiro de celestes visos, la verde esmeralda, el ónice apagado, todos con sus significaciones respectivas, darán idea de la memoria, esta rica facultad que si se desquicia un punto, cae desbaratada; y las mismas piezas, sueltas y revueltas en resplandeciente muchedumbre, son elementos de la imaginación. Sin almáciga de ideas, no hay facultad imaginativa; y como sin recuerdos el círculo de ideas sería menguadísimo, resulta que la memoria es el aparador suntuoso donde la imaginación toma lo que necesita para sus portentos, los cuales a su vez van a cebar la fuente donde está bebiendo de día y de noche la inteligencia humana.
Este introito psicológico va encaminado a un hecho, y es dar a saber a nuestros lectores, si nos los depara el cielo, que las escenas de nuestra obrita titulada Capítulos que se le olvidaron a Cervantes no son casos ficticios ni ocurrencias no avenidas; mas antes acontecimientos reales y positivos en su totalidad, o convertidos en cuadros completos, gracias a un miembro, un toque, un brochazo que, hiriendo nuestros ojos, se han ido adentro a despertar en el alma el mundo de sensaciones que suele estar pendiente de una reminiscencia entorpecida. Muchas escenas puestas en tono caballeresco son las comunes y diarias, sin otra dificultad para componer de ellas un paso fabuloso, que echarle a la historia cortapisas y arrequives con sabor a antigüedad y caballería. Pocas aventuras o lugares de nuestro libro recordarán otros de Cervantes; ni podía ser de otro modo, su puesto que, como llevamos dicho, las por nosotros referidas son historias pasadas a nuestra vista o de las cuales tenemos conocimiento. Componer un libro original en materia agotada por Cervantes nadie dirá que no es un esfuerzo laudable de la imaginación; pero como nos hemos puesto acordes en que la imaginación no tiene gran parte en la obrita, vendríamos a la necesidad de echar mano por el ingenio, si ya fuésemos tan menguados que achacásemos a él lo que tal vez no llamará la atención de los doctos y seguramente no correrá la gran suerte del libro de Cervantes, don Eugenio Hartzenbusch le dijo a un notable viajero sudamericano: «He leído la obra que usted me presentó. El artículo titulado «Poesía de los moros» es de todo mi gusto. En cuanto al «Capítulo que se le olvidó a Cervantes», le diré a usted que, por bueno que sea, es imitación, y como tal, de menos mérito que las excelentes partes originales que contiene El Cosmopolita». Don Eugenio, por la cuenta, olvidó el gran caso que la Academia Española y los humanistas han hecho en todo tiempo de lo que ha sonado aun remotamente a Cervantes; los dos capítulos disparatados que un desconocido dio a luz en Alemania vinieron a París haciendo ruido, y merecieron el análisis y el juicio de literatos de cuenta. La continuación de Avellaneda fue semillero de contrapuntos y disquisiciones literarias tan ardorosas, que apenas si han caído las altas llamas que al principio se levantaron de esa hoguera. El Quijote de la Cantabria, por del todo necio e insignificante, no ha alcanzado más favor que el inmediato olvido. En cuanto a las imitaciones de Guillén de Castro, Calderón de la Barca, Meléndez Valdés y otros autores ilustres, claro se está que el imitar a un gran ingenio no es cosa de tener en poco, una vez que ésos de más de marca arrimaron el hombro a tan dura labor. El toque está en el éxito, lo repetimos: si Guillén de Castro o Meléndez Valdés hubieran salido bien, sus obras hubieran sido de gran mérito; así como un Partenón levantado por otro Fidias, en siendo igual al de este maestro, no alcanzara menos admiración que el primitivo. Si para honra del género humano y gloria de nuestro tiempo naciese en la poética tierra de Urbino un artista que tomase, no el cuerpo solamente, sino también el alma de la Transfiguración, y compusiese una obra tan cumplida como la que hoy es riqueza del Vaticano, ¿sería menos admirable que el prototipo de los pintores? Quien nos componga una Eneida, en nada inferior a la que ya tenemos, le damos por aprovechado. Boyardo y Berni se están paseando fraternalmente por los Campos Elíseos, y Cástor y Pólux no se hacen mala obra el uno al otro. El punto finca en haber ganado el derecho a la media inmortalidad; ventolera de la cual, gracias a Dios, nos hallamos muy apartados.
El caso fue que un tiranuelo de esos que no pueden vivir en donde hay un hombre y llaman enemigos del orden a los campeones de la libertad, nos tomó un día y nos echó a un desierto. No tantos años como Juan Crisóstomo en el Pitio, pero allí vivimos algunos sin trato social, sin distracciones, sin libros; ¡sin libros, señores, sin libros! Si tenéis entrañas, derretíos en lágrimas. Por rehuir el fastidio, o quizá los malos pensamientos, tomamos la pluma y pusimos por escrito en tono cervantino una escena que acababa de ofrecernos el cura del lugar, ignorantón medio loco y aquijotado; y fue que un día recogió los clérigos de esos contornos y las parroquias vecinas, y todos juntos se remontaron a la cresta oriental de los Andes, a horcajadas en sus mulas y machos, en busca de una Purísima que había nacido entre las marañas de la sierra. A la Virgen halláronla en un cepejón, con cara, ojos, boca tan patentes, que allí luego dieron orden de que se erigiese una capilla; y en tanto que llegaban los romeros con la romería, vistiéronse ellos de salvajes con musgos, líquenes, hojas, y en horrendas figuras comparecieron en la plaza del pueblo, todos ellos con máscaras extravagantes, gritando que la Virgen había nacido en el monte. Un matasiete que a la sazón se hallaba en el pueblo con una brigada de soldados, tomando a burla las charreteras de lechuga de aquellos fantasmas, monta a caballo lanza en ristre, y sin averiguación ninguna los arremete de tan buena gana, que los que no se encomiendan a los pies caen mal feridos. Nosotros moríamos de risa en nuestra ventana, sintiendo sí que no hubiesen venido a tierra cuatro monigotes más a los golpes de ese invencible caballero. La cosa no era para echada al olvido: y como hubiésemos anteriormente dado a la estampa un escritillo titulado «Capítulo que se le olvidó a Cervantes», el cual fue acogido con aplauso en la América del Sur, quizá porque era un venablo contra el susodicho tiranuelo que harto tenía de Quijote, buscándonos el diablo, describimos la escena; y por aprovecharnos de ciertos estudios que teníamos hechos de la lengua castellana y del ingenioso hidalgo, pasamos adelante, hasta cuando a la vuelta de seis meses los capítulos hechos y derechos eran sesenta; ¡sí, señores, sesenta! De estos, los cincuenta serán escoria: como se nos cuajen los diez, y rueden en el crisol en forma de granos y pepitas relucientes, felices nos estimaremos y ricos además con tan humildes preseas.
La fábula de Cervantes de nada tiene menos que de original: libro es de caballería, y peste de su tiempo eran los tales. Asunto, estilo, lenguaje, escenas, todo es en el Quijote pura imitación de Amadís de Gaula, Don Belianís de Grecia, Palmerín de Inglaterra y más adefesios que eran las delicias del señor Don Carlos V y sus fantásticos y aventureros conterráneos. El triunfo de Cervantes fue la sátira boyante, el golpe tan acertado, que la enorme locura de ese siglo, herida en el corazón, quedó muerta, cual toro en la plaza de Valladolid a manos de don Diego Ramírez, o en la de Sevilla a las de don Pedro Ponce de León, de una sola espadada. Exclusivamente el objeto fue propio de Cervantes: lo demás, bien así la esencia como la forma, pura imitación. Y con esa imitación ha pasado a ser uno de los más célebres autores de cuantos son los que componen la república literaria. Ese objeto no era ya para nosotros, puesto que nuestro maestro lo llenó trescientos años ha; y por lo mismo, para ver de conciliar algún interés a nuestro invento, han sido necesarios muchos requisitos, con los cuales no sabemos si hemos cumplido. Llenar todos los números en cualquier materia es perfección; y obra perfecta ni mujer fuerte ¿quién la hallará? Nuestro ánimo ha sido disponer un libro de moral, no un «Pantagruel» para la risa, ni Le moyen de parvenir para gula de los sentidos: Rabelais y Richet no aciertan ni a sernos agradables, menos a servirnos de numen. Verdad es que Molière y La Fontaine sabían esos autores de memoria; pero La Fontaine, ese viejo libidinoso que ha poetizado la sensualidad, vistiendo de Musa a la corrupción, ¿puede ser él mismo ejemplo saludable? Cervantes es cristiano, delicado, honesto, y ríe riendo da heridas mortales en los vicios y las preocupaciones de los hombres. El género es el más difícil: haber acometido la empresa es laudable osadía, a buen seguro; llevarla a felice cima no es para nosotros, pues no pensamos que nuestro libro pueda pasar por las picas de Flandes. Si él llegare a caer por aventura en manos de algún culto español, queda advertido este europeo que hemos escrito un Quijote para la América española, y de ningún modo para España; ni somos hombre de suposición que nos juzguemos con autoridad de hacerle tal presente, a ella dueña del suyo, ese tan grande y soberbio que se anda coronado por el mundo. Con todo, si vosotros, ¡oh españoles!, ¡oh hijos de nuestros padres!, ¡oh hermanos en religión, lengua y costumbres!, si vosotros llegáredes a ver nuestra obra, a leella, examinalla y juzgalla, sed, no generosos con lo indebido, pero sí benévolos hasta donde lo comporten vuestra gran literatura y la gloria del príncipe de vuestros ingenios! «E en el nueso pecho, que piadoso e amoroso es, meteredes un buen porqué de amor e gratitud», para hablar con el Bachiller Fernán Gómez de Cibdad Real.
Pero Cervantes, argüís, le dejó muerto y enterrado a don Quijote, a fin de que nadie osase tocarle después de él; ¿cómo sucede que nos le presentáis vivo y efectivo, en carne y hueso, después de tantos años como ha que es polvo y nada en las entrañas de la sepultura? ¿Sois acaso Geneo o Mambreo, mágicos, que imitan los milagros de los profetas?, ¿o Abarís, ese brujo sublime que sobre una flecha encantada pasa montes, cruza mares?, ¿o Apolonio, que resucita muertos? -No, señores: ni si quiera don Enrique de Villena o Pedro Balayarde: a don Quijote no le hemos resucitado: no hemos hecho sino seguirle la pista a su conductor; olvido que le sucede, asunto nuestro es. Por esta razón la obrita lleva por título Capítulos que se le olvidaron a Cervantes; y limpios nos hallamos de ese grande negro hecho que se llama exhumación. Fáltanos tan sólo advertir que los personajes que en ellos hacen figura son todos reales y positivos, tomados de la naturaleza, bien así los en quienes concurren las virtudes, como esos bajos y feos que están brillando por el mal carácter o los vicios. No somos nosotros de los que tienen creído que no conviene aludir a las personas: la ley alude muy bien al delincuente cuando le señala para la horca; el juez cae en una personalidad con sentenciarle, nombrándole una y mil veces. Los perversos, los infames han de pagar la pena de sus obras: díganlo si no emperadores, reyes, papas, tiranos, obispos, curas, malvados grandes y pequeños que Dante Alighieri ha hecho muy bien de poner en el profundo, aun viviendo muchos de los que él encuentra por allá en pleno goce de los suplicios eternos. Miguel Ángel, por su parte, lo menos que hace es ponerles en sus pinturas orejas de burro a los pícaros sus malquerientes. Vayan éstos a quejarse a Su Santidad, y le oirán: «Si Miguel Ángel te pusiera en el purgatorio, de allí te sacara yo a fuerza de sufragios; pero en el infierno, caro mio, nulla est redemptio».