Études sur la Littérature française au XIXe siècle - Tome 1 Madame de Staël, Chateaubriand
Chapter 6
En una carrera aristocrática de París vivía de igual modo hasta ayer otro hombre, dueño de un palacio suntuosísimo. El viajero que andando del parque de Monceau al Arco de la Estrella ha pasado por la Alameda Friedland, ha visto, sin duda, una como morada real de piedra viva y dorados capiteles. El oro, la pedrería fina ruedan a destajo en esa mansión de príncipes. Lacayos de librea, con ancha franja amarilla en el sombrero negro, están para saltar al pescante de la carroza que va a salir al poder de cuatro caballos árabes. No esperan sino al amo. Hele allí: baja ya las gradas de mármol: su rostro viene ardiendo en un bermejor que no es de la naturaleza: gruesos diamantes al pecho en forma de botones: un carbunclo, envidia de reinas, está fulgurando en el meñique del príncipe o señor. Viejo parece éste a pesar de la juventud facticia del afeite. Su mirada contiene un mundo de desprecio por el género humano: es millonario de sangre real; sus semejantes no son semejantes suyos; los aborrece o los desdeña. Bajó, sube al dorado coche, el látigo chasquea, los nobles corceles toman sublime trote, devoran la distancia, y luego comparece la real carroza en las encrucijadas del Bosque de Boloña, donde está hirviendo la nobleza de Francia. Ese príncipe que tiene entrambos pies en la cúspide de la prosperidad humana por lo que toca a las comodidades, las riquezas, los honores, ¿será por ventura hombre de mérito que ha llegado a ese punto por sus obras? No: es un maniático, medio loco y medio idiota; vive y ha vivido siempre hundido en los vicios; carece de inteligencia, y no le envalentona siquiera el brío fementido de la soberbia. Nada ha hecho en su favor: ni ha pensado, ni ha trabajado, ni ha deseado cosa ninguna, y todo lo tiene y todo le sobra, y con su esplendor insulta la modestia de los hombres de virtudes. He aquí otra prueba viviente del principio sentado en mala hora por el seudo filósofo: «Todo hombre es autor de su propia fortuna»; principio que trae consigo una torpe falsedad y una calumnia a los desgraciados ilustres que no han perdido una hora de la vida ni se han dado punto de reposo, trabajando en la obra de los buenos, que es la civilización y la felicidad del género humano. Difícil sería para cualquiera aducir pruebas de que una divinidad oculta persigue incesantemente a los hombres que prevalecen por la inteligencia y la sensibilidad; y trayendo la proposición al campo del raciocinio, vendríamos a parar en que las desgracias anexas a esos individuos vienen a ser naturales, por cuanto en lo menos que ellos piensan es en su comodidad, y no se van desalados tras los bienes de fortuna, debajo de cuyo imperio militan los hombres vulgares, los ruines, los egoístas, y toda esa caterva que compone el globo despreciable de las ciudades y las naciones. Y todavía, ante el cuadro lastimoso de poetas, filósofos, inventores de las cosas, descubridores de mundos, grandes escritores, políticos eminentes, héroes de la virtud que se van a la eternidad oprimidos por el hambre, rendidos de fatiga, acoceados por sus semejantes, empapados, en sus propias lágrimas, no habrá quien nos quite del corazón que un misterio inescrutable se está desenvolviendo en ellos desde el principio del mundo; misterio que vendrá por ventura a sernos revelado el último día de los tiempos, cuando las tinieblas vuelen rotas a la nada, y el cielo abierto nos inunde en luz nueva y nos harte de verdad. Entonces admirados diremos: «Esto había sido», y nos postraremos ante el Dueño de los secretos humanos y divinos, y levantaremos a Él los ojos y exclamaremos: «¡Señor, tu obra es buena! ¡Señor, tu obra es perfecta! ¡Señor, tu obra es santa!».
Las naciones ofrecen todas ejemplares de esta guerra del mundo a los hombres que son honra y gloria de su especie: no hay una de la cual no pudiéramos decir lo que de Irlanda: Hibernia semper incuriosa suorum. El escándalo que ha dado Portugal dejando pedir limosna y morir de hambre al mayor de sus hijos, lo ha dado Inglaterra en Milton, Alemania en Weber y en Mozart, Francia en Molière, Italia en Dante, España en Colón y en Cervantes. Las que no han erigido estatuas a sus varones ínclitos, las erigirán luego; mas yo tengo para mí que ni la diadema de laurel que ciñe la frente de los bustos del Alighieri, ni el fulgor que despiden los retratos de Camoens, ni el bronce que condecora la ciudad de Madrid representando a Miguel de Cervantes, les van a saciar en la eternidad las hambres que padecieron, aliviar los dolores que sufrieron, ni enjugar las lágrimas que derramaron. Cosa es que le hace a uno erizar se los cabellos y correrle por las carnes un fatídico hormiguillo ver a Cristóbal Colón padecer y gemir en triste abandono, tendido en la obscuridad en un rincón de Valladolid. El monarca estaba al corriente de la situación del gran descubridor; los españoles sabían del modo que estaba agonizando el dueño de un mundo; y Colón se moría sin auxilio humano, si bien el divino, hombre predestinado al fin para la gloria, no podía faltarle. Expiró. Tan luego como el gobierno de su majestad supo que el Almirante había fallecido, se colocó sobre la envidia y la indolencia, y allí fueron los decretos reales para engrandecer y en noblecer al difunto; allí las exequias de príncipe; allí la admiración escandalosa; allí el dolor resonando en llanto sublime del uno al otro extremo de la monarquía. El que acababa de morir cual un mendigo, nacía para la grandeza en ese instante: ese cadáver cubierto de harapos, insepulto, caliente aún, es augusto como cuerpo de rey. El día que murió Colón nació para los pueblos civilizados, la gratitud le reconoció y el amor le empezó a mecer en cuna de oro. El día de su muerte nacen los hombres verdaderamente grandes. El mayor de los griegos, herido en el campo de batalla, teme arrancarse el acero que tiene clavado en el corazón, hasta que no sabe el éxito de la jornada; y como sus compañeros de armas acudiesen a el apellidando victoria, y luego al verle rompiesen a llorar perdidos: «¡Tebanos!, -les dice el héroe expirante-, vuestro general no ha muerto; al contrario, hoy, hoy, este día tan glorioso es cuando nace Epaminondas». Se arranca la espada del costado y muere. El día de su muerte nacía Epaminondas; el día de su muerte nació Cristóbal Colón; el día de su muerte nacen todos los hombres para quienes vivir es morir trabajando al yunque de la gloria.
En las naciones para las cuales caridad es parte de la sabiduría, y no se tienen por cultas si no practican las obras de misericordia, los ciegos tienen hospicios donde las comodidades rayan en lujo; los tullidos no hacen sino alargar el brazo para tomar el pan y el vino; los paralíticos reposan en suaves lechos y por medio de máquinas ingeniosas vacan a todos los movimientos necesarios; los sordomudos se crían, se educan, aprenden a oír y hablar por medio de inventos maravillosos, imaginados con amor ardiente por los filántropos; los niños desvalidos tienen socorro, los expósitos hallan madre; las malas mujeres, ¡hasta ellas!, pueden refugiarse en un palacio, cansadas del vicio, atraídas por el aliento de la virtud. Los inválidos son dueños de alcázares faustosos: allí tiene cada uno su cómoda celda, su pegujalito donde toma el sol y siembra su repollo; el refectorio, aseado, abundante; la cama limpia, los claustros o corredores alegres, con luz de sol mañana y tarde. Sólo para los sabios, los filósofos, los poetas, los varones perilustres no han levantado hasta ahora en ninguna parte un asilo conveniente, y muy dichoso ha de ser Luis Camoens si halla una tarima en el hospital de mendigos. Edgardo Poe, el joven inspirado, el gran poeta de los Estados Unidos del Norte, se andaba hasta ahora poco arrastrando por calles y tabernas, cubierto de lodo, tristemente feo y despreciable; y ese cuerpo de borracho había sido santuario de las Musas. Andrés Chénier no se escapó del hospicio o de la esquina de la calle, sino gracias al patíbulo que le recogió a tiempo. Cuando este amable ingenio se daba de calabazadas contra las paredes de su calabozo exclamando: «¡Lástima!, algo hay aquí en esta cabeza», no sabía que lo que le iba a tomar el verdugo le hubiera tomado la miseria; o más bien, lo supo, porque a fuero de apasionado a las letras humanas, Minerva le había ya ungido con el aceite mágico que confiere órdenes de gloria con imposiciones de hambre y harapos. Beker, el Tirteo de la Germania amenazada, fue infeliz hasta el último suspiro. Gilbert padeció cuanto alcanzan a padecer seres humanos. Hoffmann, gotoso, llagado el cuerpo, mortalmente dolorido, se hace arrastrar a la ventana para ver desfilar a sus ojos la comparsa de la comedia universal. Éste al fin no fue tan desdichado: en medio de sus enfermedades incurables, sus dolores intensos, sus privaciones, le queda un bien: su esposa no le abandona ni le asquea; al contrario, santamente enamorada, vierte sobre las úlceras de su corazón el bálsamo de sus lágrimas, al tiempo que suaviza con benéficas unturas las dolorosas escoriaciones de sus miembros. Feliz mil veces el que puede decir: «Mi mujer», y descansar en su seno, y morir en sus brazos, oyéndola pronunciar juntamente el nombre de Dios y el de su marido, envueltos en lágrimas que el ángel de la guarda está recogiendo en ánfora invisible.
Don Manuel de la Revilla, escritor contemporáneo de los más notables de la Península, se ha empeñado en quitarle a Cervantes la joya más preciosa de su diadema negándole en mala hora la miseria y las desgracias, por sincerar a su patria de la nota de egoísta e indolente. ¿No sabe don Manuel que no hay verdadera gloria sin desgracia, y que el infortunio es el hoplita descubridor que les va abriendo el campo a los varones ínclitos? Oui, la glorie t'attend: mais arrête et contemple A quel prix on pénètre en ces parvis sacrés: Vois, l'Infortune assise à la porte du temple En garde les degrés.
El infortunio, sí, señor, el infortunio es el dragón que cuida las manzanas de oro en el jardín de las Hespérides: el que de sea apoderarse de ellas a todo trance, ha de pelear con ese monstruo y vencerle en singular batalla; y puesto que le venza, no ha de salir sino chorreando sangre el cuerpo, el corazón herido, el alma ensayada al fuego. Terrible es esa aventura: los cruzados que fueron en busca de Reinaldo pasaron por entre los demonios que guardaban la mansión encantada de Armida en forma de grifos, tigres y serpientes, apartándolos y enmudeciéndolos con la varilla de virtudes: contra los custodios de la gloria, esta manzana de oro cuyas entrañas abrigan sabores y placeres inmortales, no hay varilla de virtudes. Esos monstruos no huyen; se les van encima a los atrevidos, y se les comen el alma, rompiéndoles el cuerpo con uñas envenenadas. Terrible es esa aventura: para acometerla, el caballero ha de ser de los más famosos andantes, de esos que, armados de todas armas, van sobre el endriago y le cortan la cabeza, dejando allí los vestidos y la mitad de su sangre. Don Manuel de la Revilla nos recuerda que el duque de Béjar y el conde de Lemos fueron caritativos para con Cervantes, y que éste no padeció las necesidades que nuestro siglo acostumbra echar sobre la nación hispana como otros tantos cargos de mezquindad y egoísmo. ¡El duque de Béjar! ¿Ese grande de España que con sus dádivas no consiguió sino labrar el olvido del agraciado? ¡Cómo daría, cuánto daría el pobre duque, cuando su nombre ni más volvió a salir de los labios de Cervantes desde que éste hubo recibido su limosna! O la dio como suelen dar los soberbios, despreciando y alabándose, o fue tan cicatero, que lejos de infundir gratitud en el pecho del hambriento, infundió desprecio; pero desprecio humano y generoso, de esos que se duermen y quedan muertos en el silencio.
Clemencín da mucho a entender y deja al lector mucho que adivinar con sus cultas reticencias, tocante a la frialdad del más agradecido de los hombres para con el señor duque protector. El conde de Lemos sí, más constante y bien intencionado; pero generoso, ni él. ¿Cómo sucede que estos ricos, estos botarates que echan por la ventana veinte mil duros en una noche de luminarias o en un festín de quinientos platos; cómo sucede, repetimos, que estos que tienen para hartar de ficédula, pitirrojo, alondra y ave del paraíso, asentados con brazos de mar de Tokay y Roederer, a sus reyes, sus parientes, sus camaradas, sus amigos tan opulentos como ellos, no dan a un pobre ilustre de una vez para toda la vida, o cuando menos para algunos años, y no que le obligan a estar volviendo a sus umbrales y llamando a sus puertas cada día? El conde de Lemos alcanza nuestra gratitud por los beneficios que hizo a Cervantes y en él al género humano; pero si tomando el quinto de su renta anual le hubiera asegurado su fortuna con una casita de campo, una heredad donde el hombre de ingenio hubiera ido a sepultarse, tranquilo respecto del pan de cada día, a la gratitud hubiéramos agregado la admiración, y tendríamos placer en llamarle Augusto al señor conde, siquier Mecenas, protectores apasionados del talento y las virtudes.
El embajador de Francia mostró una ocasión viva sorpresa en Madrid de ver que hombre como Cervantes no estuviese aposentado en un palacio y servido como príncipe a costa del Gobierno. Esto nos reduce a la memoria la hermosa fundación de los atenienses llamada Pritaneo, donde los ciudadanos que habían merecido bien de la patria por la inteligencia, la sabiduría, el heroísmo, las virtudes extraordinarias, se recogían a vivir a expensas de la República, la cual no escatimaba ni el tesoro común, ni los miramientos debidos a tan singulares personajes. Logista Cario, llegando a tiempo a la buhardilla de la ciudad de Burdeos para que Inarco Celenio no fuese a la cárcel, le está preguntando con tristeza al señor de la Revilla ¿si no pudiéramos decir hoy como en tiempo de Cervantes: Iberia semper incuriosa suorum? Hubo extranjeros que pasaron a España sin más objeto que conocer a tan egregio varón; y muchas veces se llenaron de asombro al ver la inopia en que se estaba consumiendo ese grande hombre. ¿No estaría Cervantes tan bien en su patria, cuando se insinuó con los Argensolas para que le llevasen consigo a Nápoles? Éstos, menos hidalgos que poetas, se lo ofrecieron, y burlaron, su esperanza con el olvido. Desengaños, amarguras a cada paso en el autor del Quijote. Don Manuel de la Revilla cumple con su deber cuando intenta salvar a España salvando a Cervantes; pero el defecto de armadura está allí, y bien a la vista. Más decimos: los españoles no han conocido el mérito, o más bien todo el mérito de su gran compatriota, sino cuando éste, dando golpes en su tumba desde adentro, ha llamado la atención del mundo con un ruido sordo y persistente. Y aun así, no son los españoles los primeros que le han oído, sino ciertos insulares cosmopolitas para quienes son patria propia las naciones donde descuellan grandemente la inteligencia y el saber humano. Los ingleses, con su admiración alharaquienta por Cervantes, sus traducciones del Quijote, sus comentarios, le han sacado a la luz del día y le han puesto al autor entre Homero, Platón, Virgilio, Tácito y los autores más esclarecidos de todos los tiempos, y su obra entre la Ilíada, la Lusiada, la Divina Comedia, el Decamerón, el Orlando Furioso y más obras que acostumbramos llamar clásicas y maestras. España descuenta hoy día con el amor y los honores el olvido y los ultrajes que devoró Cervantes en la tierra; y tan alto el precio en que tiene a su grande hombre, que no le sería bien contado al que hoy saliese volviéndose notable con la menor ofensa a su memoria. Nosotros, gracias a Dios, hemos respetado siempre a ese rey de la pluma; y tanto le hemos compadecido por lo infeliz, que nunca hemos contemplado en su suerte sin sentir húmedos los ojos. En cuanto a volver por él, ni tenemos contra quién ahora, ni nuestras fuerzas serían para entrar en tan grandiosa estacada. Con todo, si acudieren caballeros aventureros que nos repartan el sol, aquí estamos los mantenedores, no como el doncel de don Enrique, puesto el encaje, sino el rostro descubierto, para que se vea si el semibárbaro de América es paladín leal ni tiene miedo.
Hay un español para quien los defectos mismos de Cervantes son perfecciones dignas de imitación, y sus errores axiomas y reglas del lenguaje más cumplido. Garcés, en sus Fundamentos del vigor y la elegancia de la lengua castellana, obra de mérito incuestionable, pone de muestras lugares del Quijote que harto dan a conocer que el autor no tuvo gran cuenta con la tersura y pulidez requeridas siempre por las obras de tomo. Virgilio impuso a sus testamentarios Tuca y Vario la obligación de echar al fuego la Eneida, porque no la había traído al cepillo tantas veces cuantas él quisiera: Cervantes no leyó ni una sola su manuscrito, y así lo dio a la estampa, lleno de lunares, como todo el mundo sabe. El autor de los Fundamentos arriba mencionados es un peripatético antiguo, de esos que se hubieran dejado moler en un pilón antes que entrar en cuentas con el maestro. Pero el magister dixit no es razón, y los votos pedarios no resuelven los grandes asuntos de interés general y perpetua trascendencia. Ni el respeto debido a la autoridad de Cervantes, ni el peligro de caer en vanistorio han sido bastantes para que nos abstengamos de hacer una tácita censura de ciertos pasajes donde flaquea ese gran entendimiento, donde verosimilitud y decoro están brillando por la ausencia. Decimos tácita censura, porque nunca nuestra osadía hubiera acometido la obra de corregir de manera didáctica los que a nosotros nos parecen defectos, en un corazón, eso sí, con los críticos más autorizados de España y otras naciones. Si Homero mismo cae en esa pesada soñolencia de que habla Horacio, quandoque bonus dormitat Homerus, ¿qué mucho que otro cualquiera, por despierto que ande a las prescripciones del arte y las advertencias del buen gusto, rinda la cabeza a esa deidad indolente que suele nacer de la fatiga y el descuido?
En mala hora el triste Avellaneda fue a tomarle en el camino a don Quijote, y le llevó a las justas de Zaragoza, cumpliendo con el programa de Cervantes: si esto no sucede, el caballero andante, en manos de su legítimo conductor, va allá, y en teatro más adecuado para su índole y su profesión, sigue desenvolviendo su gran carácter de paladín esforzado e invencible caballero. Allí, en la estacada, su gentil persona está como en su centro: a las justas de Zaragoza concurren, suponemos, Beltrán Duguesclin, Pierre de Brecemont, Miser Jaques de Lalain, el señor de Bouropag, Juan de Merlo, don Fernando Guevara, Suero de Quiñones y otros muchos aventureros de las naciones caballerescas. Don Quijote de la Mancha se afirma sobre los estribos, requiere su buena lanza, y ora venid juntos, ora venid solos, da sobre ellos, andando tan brioso y activo Rocinante, que no parece sino que le han nacido alas a posta para esa aventura. Concluida la batalla, las princesas y señoras de alta guisa que están en sus tablados de colgaduras de terciopelo, baten palmas exclamando: «¡Honra y prez a la flor y nata de los andantes caballeros! Bien venido sea a estos reinos el desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, sombra y arrimo de doncellas menesterosas!». Y luego oye el vencedor un suspiro largo y apasionado, y se encuentran los suyos con unos ojos negros que le están devorando, y viene una dueña y a furto le dice: «Señor don Quijote, lléguese a ese palacio, si es servido, que mi señora la princesa Lindabrides quisiera comunicar con su gallardía cuatro razones». Pero no, nada de esto que es tan propio de don Quijote; sino que ¡el miserable Avellaneda le coge y le hace dar de azotes en la cárcel! ¡Azotes a don Quijote de la Mancha, el carácter más elevado, el loco más respetable por la virtud, el más honesto y digno de cuantos son los hombres! Ese don Quijote preso, con sentencia de azotes sobre sí, la pena de los infames, ¿para qué sirve ya? Después de los azotes, Jesús mismo no tiene sino morir: ni desdicha, ni vilipendio, ni dolor como ese en el mundo: el que los lleva cúrese con la muerte del género humano, o sucumba: el sepulcro únicamente puede serle disculpa a la opinión de los hombres. Me acomodaron con ciento, decían los ladrones descarados, cuando se usaba ese horrible castigo. «A espaldas vueltas me dieron el usado centenar»,
dice otro pícaro sin vergüenza. ¡Y la pena de los rufianes, los alcahuetes y los pillos al dechado del pundonor y la hidalguía, a don Quijote de la Mancha! Si un vecino compasivo no le salva, azotan a don Quijote, y el menguado Avellaneda está triunfante.
Addison ideó un carácter en el cual concurriesen todas las virtudes filosóficas y morales, y lo encarnó en la persona de sir Roger de Coverley, la cual triunfa en el Espectador de la Gran Bretaña, ni más ni menos que un buen hombre Ricardo de Benjamín Franklin. Sir Roger es bueno, pacífico, sufrido; sir Roger es amable, ameno, abunda en instrucción y buen juicio; sir Roger profesa la tolerancia, mira con benevolencia al prójimo, perdona agravios y no los irroga jamás. Girando en la órbita de la modestia, sir Roger expone ideas elevadas, practica las buenas obras, sus costumbres son irreprensibles. Sir Roger es el timbre de Addison, quien le eleva y purifica más y más en cada número de su insigne periódico. Con justicia aborrecemos nosotros los colaboradores: Addison tuvo un colaborador, en hora menguada. De repente, un día aciago, sin que su amigo, protector y padre tuviese noticia de su desgracia, sir Roger comparece en una taberna, alzando el codo, cosa que nunca había hecho, en una escena vergonzosa entre mujeres de mal vivir. El Espectador genuino, el austero Addison, estuvo en un tris de caerse muerto cuando le vio: aturdido, desesperado, entra a su casa y le mata a sir Roger de Coverley. Al otro día, en el número siguiente, el pobre sir amaneció muerto. Todos sintieron y todos aplaudieron: un gran carácter envilecido de repente debe morir. Steele, el colaborador de Addison, cometió un abuso de confianza: sir Roger no era suyo: si tuvo necesidad de un hombre bajo, ¿por qué no fue a buscarle entre los mandilejos de la hampa? No de otro modo Alonso Fernández de Avellaneda ha tomado a don Quijote de la Mancha, le ha metido en la cárcel entre carlancones y delincuentes, y le ha condenado a pena de azotes. ¡Azotes a don Quijote de la Mancha, caballero de los Leones, emulo de Amadís de Gaula, amante de la sin par Dulcinea, que mañana tendrá dos o tres coronas con que premiar a sus escuderos!