Études sur la Littérature française au XIXe siècle - Tome 1 Madame de Staël, Chateaubriand

Chapter 5

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La estrategia de la envidia, en todo tiempo, ha sido oponer los mediocres a los ingenios superiores, procurando que del ensalzamiento desmedido de los primeros resulte la desestima que los ruines ansían para los segundos. Esta providencia infame suele ser tan común, que todos los días la vemos puesta por obra, aun entre nosotros, pequeñuelos. Si uno amenaza con prevalecer por el talento sobre amigos y enemigos, allí están todos, unidos con los lazos del odio, para echarse ladrando sobre el pícaro que tiene la avilantez de ser más que ellos. Dotole naturaleza con sus altos dones: ellos se los niegan, y se cierran en su dictamen. Inteligencia, no señor; un poco de imaginación, y nada más; superficie, epidermis ligera; rásquesele con vigor, y el tonto comparece.

Sabiduría, sabiduría... si sabe que no sabe nada; y no a la manera del hijo de Sofronisco, sino nada, lo que llama nada. Sabe lo necesario para deslumbrar a los ignorantes y embaucar a los bobos: sabe que es un pícaro. Sabe que somos nobles y traemos la bolsa herrada. Sabe... ¿qué más sabe? «Que nosotros no sabemos leer ni escribir», responde el más hombre de bien y sincero de los señores.

Sensibilidad exquisita, don de lágrimas, poesía del dolor: todo es ficción; es un perverso. Si pudiera, exterminara al género humano: es asesino teórico; no le falta sino la práctica; ¿y quién sabe? Si Dios no me estuviera viendo, yo dijera que ese se tiene guardados sus dos o tres homicidios. ¿No le ven la cara? ¡Qué cara!

Rectitud, probidad; bribón: como el no puede nada, piensa que el buscar la vida es reprensible. Si estuviera en su mano, nadie tuviera cosa; todo fuera suyo.

Austeridad, severidad; malvado: no deja pasar un punto, ni el menor: todo lo ve, todo lo censura, todo lo condena. Es un argos el canalla: manos puercas, uñas largas, no perdona. Mata uno un lobo; allí está el para sacarnos los efectos de la embriaguez, para insultarnos con las purezas de la templanza. Él llama templanza eso de no beber, no esparcirse nunca. ¿Ese zanguango no ha enamorado en su vida?, ¿no sabe que faldas sin copas no son sombreros?

¡Virtud, oh virtud, pobre virtud, el mundo no es tu reino! Amenazas, peligros, ofensas, por dondequiera te rodean; y aun muy feliz si no sucumbes, mordida de perros, acoceada de asnos, devorada de tigres. ¡Virtud, oh virtud, santa virtud!, levanta el vuelo, huye, enciérrate en el cielo, adonde no podrán seguirte los demonios que con nombre de hipocresía, envidia, soberbia, odio insano, corrupción, infestan este valle, no de lágrimas, sino de hiel y sangre; valle obscuro, lóbrego, por donde van corriendo en ruidoso tropel esas fieras que se llaman desengaños, venganza, difamación, calumnia, asesinato, impudicia, blasfemia, tras las virtudes que huyen a trompicones, y al fin caen en sus garras dando armónicos suspiros que suben a la gloria en forma de almas puras.

Mevio y Bavio persiguieron a Virgilio; Serafín Aquilano fue superior a Petrarca; Pradón vio para abajo a Racine; todo por una misma causa. La envidia es ciega, y con todo ve muy bien a qué centro tira sus líneas. He allí, pues, un tal Alonso Fernández de Avellaneda que sin empacho se pregona superior a Cervantes en ingenio, y por vía de comprobar sus aserciones le llama pobre, mendigo, manco y otras de estas. Que pagado por un aborrecedor oculto hubiese el fraile infame escrito su mal libro, ya pudiéramos haberlo llevado en paciencia; que haya en España hombres de entendimiento harto confuso y de intención harto menguada para desdeñar la obra inmortal de Cervantes por el polvo y ceniza de Avellaneda, esto es lo que no nos cabe en el juicio. ¿En qué estaría pensando don Agustín Montiano cuando dijo que si algunos preferían a Cervantes era porque andaban muy desvalido el buen gusto y la ignorancia de bando mayor? Este mal español recibió, sin duda, lecciones del viejo barbalonga, ese calvo de agrio corazón y aguda lengua que hiere en la gloria de Homero y trata de apagar la luz que irradia por el mundo. Zoilo, osado antiguo que tuvo la soberbia de concebir envidia por el ciego de Chio, este pontífice de los dioses y padre de las Musas; Zoilo no puede enseñar el bien y la verdad; siendo como es la envidia encarnada en miembros de un hermoso, pero irritado demonio. Para volverse respetable aun en el ejercicio de la difamación, Zoilo contaba con esa calva sublime que ha pasado a la posteridad, y esa barba de Termosiris que en largas madejas blancas se le descuelga por el pecho hasta el ombligo. Si Montiano careció de estas ventajas, fue dos veces tonto y dos veces atrevido en su empresa de dar al través con la fama de Cervantes.

Si es disposición secreta de la Providencia que los hombres de facultades intelectuales eminentes y virtudes superiores han de vivir sus cuatro días en la tierra devorando privaciones y amarguras, no lo podríamos afirmar ni negar antes de que hubiésemos examinado la materia en disquisiciones filosóficas altas y profundas. Los que de primera entrada cortan por los argumentos y lo resuelven todo por la autoridad del orgullo y en nombre de la ignorancia, dirían buenamente que esa ley tácita del Hacedor contra los varones ínclitos no existe. Ya lo han dicho cuando, censurando la desgracia en general y haciendo mofa de ciertas lágrimas ilustres, han afirmado que todo hombre es dueño de su suerte. La teoría, como principio, es infundada y hasta necia: en la práctica, los que han puesto en campo esa doctrina reciben mil heridas por mil defectos de armadura. Todo hombre es dueño de su suerte: ¿de manera que los hambrientos, los desnudos, los desheredados de la fortuna, grandes y pequeños, no han de imputar sus desdichas sino a ellos mismos, a su propia incapacidad e indolencia? Tan duros pensadores no recibirán, sin duda, la recompensa que el Hijo de Dios tiene ofrecida a los que ejercen la caridad movidos santamente por la misericordia. «Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; desnudo me hallé, y me vestisteis; preso estuve, y me visitasteis: venid, ¡oh! los benditos de mi Padre, a recibir el premio de vuestras buenas obras». Si el hambre, la sed, la desnudez, la prisión de los desventurados del mundo provinieran de los peores vicios, cuales son pereza y soberbia, el juez infinito no les prometiera con tanto amor y gratitud el premio con que de antemano glorifica a los hombres justificados. En la Escritura, indigencia, necesidad son tan santas como las virtudes que les ponen remedio: dad al pobre, dice el Señor; no dice: dad al ocioso, como si fuera lo propio el vicio que la desgracia. Hambre puede tener uno a pesar del trabajo; sed a despecho de la actividad, y carecer de vestido, sin que valgan afanes y pasos por este mundo injusto y ciego. Entre los idólatras mismos la más innegable de las divinidades era la Fortuna: Sila cargaba al pecho una imagen de esta diosa, y sabido es que se llamaba feliz, atribuyendo a una ley providencial sus triunfos y felicidades, y de ningún modo a las concepciones de su entendimiento ni a la fuerza de su brazo.

Negar la existencia de la fortuna, allá se iría con negar su rueda, máquina real y bien a la vista, que va moliendo en sus vueltas a la mitad del género humano, al paso que a la otra la toma en el suelo y la coloca frente a frente con el sol. Los más ruines, ineptos, perversos, canallas suelen ser los que más resplandecientes se levantan en sus cucharas, y allí se están, echándole un clavo a la dicha rueda, insultando al universo con la incapacidad y la perversidad triunfantes. Si todo hombre es dueño de su suerte, ¿cómo viene a suceder que la inteligencia divina en el autor de la Ilíada, la sabiduría excelsa en el maestro de Fedón, el valor indómito y la rectitud inquebrantable en el competidor de Demóstenes, las grandes virtudes reunidas en el mayor de los griegos, no los volvieron a estos seres privilegiados los más prósperos de los mortales, y dichosos según que regulamos la felicidad con advertencia a esta vida y el modo de vivirla? Ni por tontos, ni por cobardes, ni por enemigos del trabajo habrán pasado a la posteridad esos nuestros semejantes que han engrandecido su siglo con su gloria, santificando al propio tiempo su desgracia con la miseria sufrida en amor de la filosofía. Verdad es que ellos no ansiaron las riquezas; y en no buscándolas ahincadamente, ellas no vinieron a pararse en sus umbrales. Empero muchos hubo que bien hubieran querido tener lo necesario, y en quienes el sudor de su frente nada pudo. Desdichas, pesadumbres, dolores son herencia de la flor del género humano; y esa flor se compone de los grandes poetas, los filósofos sublimes, los héroes magnánimos, los patriotas ilustres. Hay en Jámblico un pensamiento que hace meditar mucho acerca de la inmortalidad y el porvenir de las criaturas. Dice este mago divino que las lágrimas que derramamos en este mundo, las penas que devoramos son castigos de malas obras que hicimos en una vida anterior; y que purgadas esas culpas, cuando pasemos a otra, seremos más felices no, pero sí menos desgraciados; hasta cuando, a fuerza de purificarnos por medio del llanto y levantarnos por las virtudes, vengamos a disfrutar de la gloria eterna en el seno del Todopoderoso.

Esta transmigración oculta en sus entrañas un mundo de sabiduría y esperanza: los que padecen actualmente se hallan en la vía purgativa, como hubiera dicho un teólogo cristiano: los que padecen más, están más cerca del remedio: los que están pecando y gozando en el crimen; los malos, egoístas, perseguidores y torpes, van despacio, muy atrás de esas almas ligeras, medio lavadas ya con las lágrimas, cernidas, digamos así, de la mayor parte de la escoria; sacudidas al viento acrisolador, y enderezadas al cielo con rumbo hacia la luz. Job había pasado por muchas vidas, según el filósofo nigromante: hallábase a las puertas del descanso eterno y raspándose con una teja la lepra en la calle; repudiado de su esposa, abandonado de sus hijos, olvidado de sus amigos en medio del suplicio del alma y el corazón; enfermo el cuerpo, sus harapos revueltos en inmundicia; llagas puras los miembros; sin pan contra el hambre, sin agua contra la sed; clavado en un potro, y volviendo los ojos a Dios, es el emblema de la paciencia y el reflejo de la gloria fundido en una aureola de esperanza. Job, viejo, pobre, dejado de todos; enfermo, víctima de mil dolencias e imposibilidades, lleva vividas muchas vidas, en las cuales ha sido, según la idea de Jámblico, afortunado desde luego, después feliz como lo entiende el mundo, a manta de Dios en esto de riquezas y placeres, que son cartas desaforadas para con el padre de las virtudes. Job está viviendo la última vida humana: la lepra, la teja, llaves con las cuales, pasando por la sepultura, dejando allí los huesos, ha de abrir ese gran candado de oro cuyas cifras y combinaciones son imposibles para los que aún no hemos padecido lo que el hambriento y el leproso. ¡Oh felices de nuestro tiempo!, ved las pruebas por las cuales tenéis que pasar, medid los escalones que tenéis que subir, y si sois para echar una mirada escrutadora a la eternidad, derramad torrentes de lágrimas, abrumados por estos verdaderos tormentos futuros que llamáis hacienda, placer, dicha y contento. Vosotros sois los últimos de los tiempos: soles se apagarán, estrellas caerán, mundos se destruirán, y vosotros, de catástrofe en catástrofe, tendréis mucho que ver y padecer, primero que vengáis a distinguir la felicidad verdadera de la falsa, y reposar en el gremio de Dios, único lugar donde podemos tenernos por felices; felices, porque allí el mal es imposible y el bien llena el universo a nuestros ojos de un océano de luz donde se están irguiendo en figuras impalpables las épocas del mundo y los pasos de la gloria. ¿A quién le sería dado romper esta escala eterna, y revolver las cosas de manera de acomodarlas a sus propias extravagantes ideas, habiéndolas sacado de la jurisdicción de una ley infinita?

La Fortuna, divinidad de los gentiles, ha venido a ser Genio para los cristianos, llamándose Destino. El destino es cosa tan fuerte, que por mucho que nos neguemos a confesarlo, viendo lo estamos y devorando sus agravios. Destino es poder oculto, profundo, misterioso: destino es persona invisible de obras que tienen cuerpo: destino es ser inaveriguado: su corazón está en el centro de la nada, y su mano recorre el mundo hiriendo en las teclas de la vida. Los hombres, figuras diminutas puestas sobre ese órgano gigantesco, saltan a su vez cada uno, cuando el destino o la fortuna ha puesto el dedo en la suya, y unos caen derribados, otros se yerguen más; estos dan saltos y se quedan a medio caer; esos suben de un bote a otro andamio del instrumento; tales bailan en buen compás, cuales se resbalan y andan a gatas, formando este conjunto triste unas veces, ridículo otras, y ruidoso siempre, que llamamos comedia humana.

Nosotros pensamos que no hay hombre dueño de su suerte, si no son los sabios que están en contacto con la Divinidad por medio de la sabiduría, y los santos que tratan con ella median te las virtudes practicadas con voluntad y conocimiento. Los monarcas no son dueños de su suerte, porque tienen heredado el trono. Los grandes no son dueños de su suerte, porque su amo y señor los puede echar abajo de un puntapié el día que se les enoje. Los ricos no son dueños de su suerte, porque muchas veces no deben sus riquezas al sudor de su frente, y porque un tirano o un ladrón se las pueden quitar el día menos pensado y dejarlos en la calle. Los hijos de la fortuna no son dueños de su suerte, porque esta prostituta mal intencionada los concibe del viento a media noche y los pone en cuna de oro, sin que ellos sepan cómo ni cuándo. ¿Quién les niega la existencia a los hijos de la fortuna? ¡Hola, filosofillo!, ¿eres tú quien viene ahora con que los herederos incapaces del reino, los opulentos con haberes ajenos, los dignatarios, los nobles de favor por una parte; los ciegos esclarecidos, los tullidos ilustres, los mendigos célebres por otra, son todos fabricantes de su propia felicidad o desventura? ¿Cuáles son los méritos de tanto pícaro, tanto ruin, nacidos para el hurgón y la esportilla, que están ahí bajo el solio con nombre de presidentes, ministros y generales? ¿Dónde los hechos estupendos, las proezas, las virtudes de esos bribones que en casi toda la tierra tienen monopolizados tesoros, placeres y alegrías, en tanto que los buenos, los inteligentes, los activos, los virtuosos, los amigos del género humano, trabajando sin cesar por el bien común, las luces y la libertad, se ven obligados a remojar sus propias manos con sus lágrimas y comérselas a media noche? Veo allí un hombre sentado en lugar eminente, con cara de señor de un pueblo y dueño de una vasta porción de territorio: el cielo de terciopelo carmesí que le da sombra, los almohadones en que asienta sus pies rústicos, las lámparas que alumbran la sala indican que ese se halla bajo el solio: es presidente de una república, tiene facultades omnímodas, y puede hacer, en bien o en mal, lo que se le antoje. Su cara es grosera; sus ojos bestiales se están ofreciendo para que leamos en ellos vicios e ignorancia; su cerviz formidable gravita sobre ese rostro de animal hecho magistrado. Este como hipopótamo de carne humana no sabe leer ni escribir, no tiene idea del mérito; el bien y el mal no son nada sino con relación a su propia conveniencia: Estado, gobierno, leyes, cosas para él de significación ninguna; acciones, no sino malas en su vida; antecedentes, infames; esperanzas, para su patria la ruina; para él, el cadalso. Sirvió de esbirro, de verdugo a otro tirano; vivió del tablaje y la estafa; ni pundonor como soldado, ni hazañas de valiente: pereza y ociosidad, subiendo y bajando por ese cuerpo desmedido, le tienen a mediodía en el lecho, dormida el alma a las sensaciones y los cuidados del ser inteligente. Jamás ha movido un dedo para agenciarse el pan como hombre de bien; pan y vino, sobre tarja, y que le busquen en Ginebra. Inútil para todos, sus ruines propensiones y sus malas obras le vuelven perjudicial para sus semejantes, tanto más cuanto que de continuo se halla fuera de sí con el recargo de licores incendiarios que le embrutecen y enfurecen más y más. Este perverso sin luces, este ignorante sin virtudes, que si algo merece es la escoba o la horca, se está muy formal entre cortinas de damasco, llamándose dictador y disponiendo de vidas y haciendas.

Mirad allí ese rico que ve para abajo a los demás. Su casa es un palacio: el cedro oloroso, el ébano, labrados de mano maestra, componen su mobiliario. La seda anda rodando: alcatifas primorosas ofrecen bellos colores a los ojos, suavidad a las plantas de su dueño: dorados bronces, porcelanas de Sèvres, elegantes candelabros son adorno de sus rinconeras; y una araña de cien luces, suspendida en el cenit del grandioso aposento, está llamando los ojos a su cadena de oro y a la turbamulta de iris infantiles que van y vienen entre los prismas resonantes. ¡Pues la mesa de este gran señor! Los dos reinos son sus tributarios; la perdiz provocativa, el pichón delicado, el capón suculento, allí están a su albedrío, haciendo requiebros a su paladar esquilimoso. Ni por lejano el mar deja de ofrecerle sus productos: el rico gusta de peces finos: el salmón, hele allí alto y esponjado incitando el apetito con sus gordos filamentos. La tortuga, presente; en sopa real entrega al ansia del regalón acaudalado sus sabrosas entrañas. La anguila, no subsiste: ¿quién puede pasar sin ese artículo singular, esperanza del hambre rica, satisfacción de cultos comedores? Ahora tú, reino vegetal, ven y pon en el festín tus hongos, tus trufas, tus espárragos, tus coliflores, tus berzas diferentes, y no escatimes ni la raíz profunda, ni el grano en leche de que tanto gustan príncipes y potentados.

Por los bosques de Fontainebleau anda saltando alegre de árbol en árbol el faisán, libre y feliz en sus amores. Su esposa, su amiga, en la frondosidad de un haya se está en el nido, y entre sus alas sus polluelos, bebiendo la vida en el corazón que les reparte calor a todos. El macho los contempla pensativo sobre una rama próxima, y vive en el amor de su hembra y el cariño de sus hijos. Un estallido se difunde por el bosque: derramado en todas direcciones, se va como un trueno deshecho; el pájaro amante yace en tierra, las alas en cruz, el pescuezo torcido, la sangre chorreando por las fauces. Al otro día esta pieza será el plato principal de la comida del señor marqués o el señor duque. ¡Lástima que el águila real del Cáucaso no sea de comer, y dos veces desgraciado el rico en que naturaleza no haya destinado el león del Asia para sus antojos y sus gulas! Ahora pues, ¿este gran señor labró su riqueza con el sudor de su frente? ¿Empuñó la esteva, borneó el hacha en el profundo monte? No; ni corrió los mares desafiando las tempestades, ni fue a la guerra y dio grandes hazañas por cuantiosos estipendios. La inteligencia, no la beneficia; el vigor natural, no lo ejercita: no compra ni vende para comer, no arrima el hombro al trabajo a ninguna hora: heredó el inepto, y en la herencia funda su orgullo; o robó el miserable, y en el crimen finca su gloria.

Un anciano está bajando a tientas por un cerro de Ática, apoyado en un bordón: paso entre paso, en una hora no ha descendido diez toesas. Cada guijo un tropezón, cada hoyo una caída. Ni un perro le guía al infelice, porque es ciego tan desgraciado que el lazarillo fuera en él boato reprensible. Por dicha le importa poco que el sol se ponga: oriente y occidente, mañana y tarde, día y noche, todo es lo mismo para él; sus ojos duermen a la luz, y él anda por el mundo a tienta-paredes, hijo de las sombras, cuyo seno conmueve con dolorosos suspiros. Llegó por fin a la ciudad: palpando las murallas, cerca de una tienda, supo que estaba donde oídos humanos pudieran reconocer la presencia de un hambriento, sediento y desnudo, y levantó la voz, cantó un fragmento de poema. «¡El ciego, -exclaman adentro-, el ciego de la montaña ha venido! Pide pan en nombre de sus héroes; démoselo en nombre de los dioses: Homero es una bendición en todas partes». Y una mujer caritativa sale, toma al viejo, le entra en su tienda, le da de comer y le abriga con sus propias mantas. Al otro día el ciego besó la mano a su bienhechora, se despidió y se fue a cantar a otra puerta y pedir caridad en otra parte, Había trabajado cuando mozo: fue mercader, corrió mares, visitó puertos: el ciego había sudado la santa gota de la actividad humana, buscando la vida, combatiendo a la muerte, ganando terreno sobre la miseria: fuerza intelectual, fuerza moral, fuerza física estuvieron en continuo movimiento en esa persona dotada de todas las fuerzas; y sin embargo la desgracia, andando sobre el, bien como tigre que se aferra sobre el elefante, le siguió y le devoró sin consumirlo muchos años. Ese antiguo estaba en la última vida, como Job: por la inteligencia, la sensibilidad la virtud y las desgracias, iba a entrar en la categoría de los entes superiores, después de haber vivido siglos en mil formas. ¿Quién negará el influjo de una divinidad recóndita sobre ciertos individuos providenciales? Ni el talento, ni la habilidad, ni el trabajo pueden nada contra su suerte; suerte negra, en cuyos laboratorios no se destilan sino lágrimas para los predilectos de la naturaleza, y vino de Chipre y ambrosía para los hijos de la fortuna.

En un barrio obscuro de Londres, casi fuera de la ciudad, vivía bajo humilde techo un hombre de años en un cuartito mezquino en casa ajena. Este hombre, viejo y ciego, como el anterior, no contaba con más arbitrios que los escasos dineros que sacaba de sus versos vendidos por sus hijas. Su mujer se cansó de él; sus hijas mismas le hicieron traición, en cierto modo. Lloraba el viejo, porque era desgraciado: el pan, mal seguro, no de cada día; vino, nunca por sus manteles. En cuanto a la luz artificial, importábale poco, puesto que ni la veía, ni sabía si estaba o no ardiendo en su aposento. Llegó a tener hambre el mísero: devorola santamente en memoria de lo que en otro tiempo se había satisfecho. Porque éste sí, para ser ciego, había visto más que todos; para carecer de lo necesario, había nadado en lo superfluo; para ser desconocido y triste, había brillado en la corte al lado de un poderoso. Ahora, no solamente se come las manos, sino también huye de sus semejantes: sus compatriotas no pueden oír su nombre sin dejarse arrebatar de la venganza; y si supieran que está vivo, no le fuera bien contado, pues de debajo de las piedras le sacaran. Este mendigo ha sido ministro poderoso de un gran tirano, ha encubierto malas obras, ha sufrido se derrame sangre, sangre de reyes. El ciego oculto en una callejuela de Londres, el muerto de hambre, el zarrapastrón, es Milton, ministro de Oliverio Cromwell. Cuando perteneció en cuerpo y alma a la política; cuando fue malo, cómplice de un regicida, opresor de su patria, las riquezas le asediaron, los bienes del mundo le abrumaron: triunfos y placeres, suyos fueron: llamándose feliz, anduvo el cuello erguido, los ojos insolentes. Hoy que no es el hombre de la sangre, sino el de las lágrimas: no el de la ambición, sino el de la abnegación; no el del orgullo, sino el de la modestia; no el del crimen, sino el de las virtudes, los bienes de fortuna han huido de él cacareando como aves espantadas. Riqueza y virtud implica: hambre, dolores, ayes agudos, con rostros de ángeles enemigos o demonios propicios, forman la cariátide sobre la cual está sentada la suerte de los grandes hombres. Milton, ministro de Cromwell, fue rico y feliz: Milton, poeta del Paraíso Perdido, fue menesteroso y esencialmente desgraciado. No hay duda en que un Genio invisible va guiando hacia la gloria por entre abrojos y cardos a los hijos distinguidos de la naturaleza.