Études sur la Littérature française au XIXe siècle - Tome 1 Madame de Staël, Chateaubriand

Chapter 4

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«Miren el ignorante... ¡Y cómo se propasa el atrevido! -exclama por ahí algún buen chapetón celoso de las patrias glorias-: no sabiendo que España cuenta un Guillén de Castro, un Alarcón, un Quevedo, ¿cómo se atreve a dar puntada en esto que llamamos buenas letras? Si por el verso, allí están los Argensolas, los Ercillas, los Riojas, los Herreras, los Garcilasos, ¡oiga usted!, los Garcilasos... Si por la prosa, los Hurtados de Mendoza, los Fuenmayor, los Marianas, los Granadas, los Jovellanos. Desde el Arcipreste de Hita, ninguna nación más aventajada en ingenios poéticos; y desde el Infante Juan Manuel, ninguna más fecunda en prosistas de primera clase. ¿Y ahora viene este bárbaro instruidillo a poner el de España después de otros asientos en el consistorio de los grandes hombres? ¿Ignora, sin duda, que Rui Díaz hizo pedazos de un puntapié el sillón de marfil del embajador de su majestad cristianísima, con decir que a nadie le tocaba la precedencia donde se hallaba el del rey su señor?». Envaine usted, seor Carranza: no digo yo que España sea más pobre que otra ninguna en varones de pro y loa. ¿Cómo lo he de decir, cuando sabemos todos desde Paulo Mérula, que es la nación donde los ingenios son felices? Digo solamente que uno es ser hombre distinguido y otro ser grande hombre, de esos que el mundo consagra en el templo de la Inmortalidad e imprime en ellos el carácter que los vuelve sacerdotes de la inteligencia. No se me oculta que el Cid de Guillén de Castro fue la vena que el insigne trágico francés picó para su obra maestra. Voiture, Molière, La Fontaine beneficiaron las ricas minas de Quevedo, Alarcón, el conde Lucanor; y con elementos ajenos han hecho las preseas con que resplandece la literatura moderna. El metal ha salido de España; el arte, el primor los han puesto los franceses. Entre los unos, los grandes ingenios han llegado a ser de renombre universal; entre los otros, su gloria respeta los términos de la nación. Injusticia será del mundo, pero es así. Dura lex, sed lex.

Cervantes ha superado los obstáculos que los dioses y los hombres oponen a los que intentan pasar a la inmortalidad: después de dos siglos de luchar desde la tumba con la indiferencia de los vivos, prevalece, y el mundo le proclama dueño de una de las mayores inteligencias que ha producido el género humano. La Sagrada Escritura, la Ilíada, la Eneida, ¿cuál, en el mismo espacio de tiempo, ha sido más repetida y traducida que el Quijote? Por poco que uno sepa entenderse con la pluma, ya le vierten al inglés; al francés, no hay Perogrullo que no se haga traducir. En Alemania hay sabios que estudian a los ignorantes, hombres de talento que analizan a los tontos. Los italianos son grandes traductores; todo lo traducen: está bien.

Que nos traduzcan al griego, al latín, esas lenguas muertas, difuntos sabios que yacen amajestados con el polvo de veinte siglos, esto ya puede excitar nuestra vanidad. Don Quijote anda en ruso: el edicto de Pedro el Grande sobre que se rasuren todos cuantos son sus vasallos, no le alcanza a las barbas moscovitas con que se pandea en su viaje de Moscovia a San Petersburgo.

Anda en sueco, en danés: la antigua Escandinavia no con templó en las nubes, entre las sombras de los guerreros, otra irás belicosa y temible.

Anda en polaco: había más que Juan Kosciusho hubiera convocado un día a todos los caballeros andantes que anduviesen por el Norte. Tal pudiera haber venido entre ellos que bastase para dar al través con el poder del cosaco; y no se hallara el gran patriota en el artículo de escribir en la nieve con la punta de su espada: Finis Poloniae.

Anda en rumano: las orillas del Danubio le ven pasar armado de todas armas, caballero sobre el corcel famoso que el mundo conoce con nombre de Rocinante. Si no acomete allí de pronto una alta empresa, es por falta de barco encantado.

Anda en catalán, anda en vascuence: ¡oh Dios!, anda en vascuence... ¿Cómo sucede que no ande todavía en quichua? Dios remediará: los hijos de Atahualpa no han perdido la esperanza de ver a ese grande hombre vestir la cushma de lana de paco, en vez del jubón de camusa con que salió de la Argamasilla.

Cervantes presumía de haber compuesto una obra maestra, habiendo compuesto su novela de Persiles y Segismunda, y tenía bien creído que los presentimientos de inmortalidad y gloria con que andaba endiosado desde niño, eran efectos anticipados de esta creación. No sabemos si algún francés de mal gusto haya vuelto a su lengua el tal Persiles; el Quijote, en el cual su autor miraba poco, ha sido puesto en griego, latín, lenguas muertas; en francés, inglés, portugués, italiano y alemán, lenguas vivas; en sueco, danés, lenguas semibárbaras, aunque de pueblos muy adelantados; en ruso, polaco y húngaro, lenguas duras y terribles, lenguas de osos y carrascas; en catalán, vascuence, lenguas extravagantes. ¿Qué otro autor, inglés, francés, alemán, italiano ha merecido los honores de las nieves perpetuas y los de la zona tórrida? Miguel de Cervantes Saavedra es el más singular, el más feliz de los grandes escritores modernos; y los españoles no tienen por qué soltar el moco y soplarse amenazando, cuando decimos de España que no tiene sino a Cervantes. ¿Cuáles son las naciones que cuentan con muchos de esa talla? Por docenas, no hay sino gigantes pequeñuelos. Uno es el que empuña el cetro: el de España empúñalo Cervantes.

Pues hubo por ahí un don Valentín Foronda, un don Agustín Montiano, un Isidro Perales o don Blas Nasarre, que tomaron sobre sí el desvalorar a Cervantes; ¡y fueron españoles ésos! Si se salen con la suya, ¿cuál es príncipe de los ingenios españoles? Alonso Fernández de Avellaneda. Gran cosa.

Don Diego Clemencín afirma en sus anotaciones que algunos pasajes del Quijote de Avellaneda hacen reír más que los de Cervantes. Puede ser; pero de la risa culta, risa de príncipes y poetas, a la risa del albardán, alguna diferencia va. Pantalón y Escapín hacen también reír en el escenario, y no por su sal de gallaruza han de tener la primacía sobre esos delicados representantes que, huyendo de la carcajada montaraz, se van tras la sonrisa leve, la cual, como graciosa ninfa, hurta el cuerpo y se esconde por entre los laberintos luminosos del ingenio. La carcajada es materia bruta: molida, cernida, tras mil operaciones de química ideal, daría quizá una sonrisa de buenos quilates; bien como el oro no comparece sino en granos o pepitas diminutas, apartados los otros metales groseros y la escoria que lo abriga en las entrañas. Escritor cuya habilidad alcanza la obra maestra de mantener a los lectores en perpetua risa invisible, es gran escritor; y risa invisible la que no se cuaja en los labios en abultadas formas, desfigurando el rostro humano con ese hiatus formidable que en los tontos deja ver la campanilla, el garguero y aun el corazón de pulpa de buey. La risa agigantada es como un sátiro de horrible catadura: la sonrisa es una sílfide que en alas de sombra de ángel vuela al cielo del amor y la felicidad modesta. No digo que Cervantes no sea dueño de carcajadas muchas y muy altas y muy largas; pero en las de este divino estatuario de la risa hay tal sinceridad y embeleso, que no sentimos la vergüenza de habernos reído como destripaterrones, sino después de habernos saboreado con el espeso almíbar que chorrea de sus sales. Cervantes, por naturaleza y estudio, es decente y bien mirado: honestidad, pulcritud, las Musas que le están hablando al oído con esa voz armónica y seductora a la cual no resisten los hombres de fino temperamento. Avellaneda, por el contrario, goza en lo torpe, lo soez: sus gracias son chocarrerías de taberna, y las posturas con las cuales envilece a su héroe no inspiran siquiera el afecto favorable de la compasión, por cuanto en ellas más hay de ridículo y asqueroso que de triste e infeliz. El mal hijo de Noé, burlándose de la desnudez de este venerable patriarca, ha incurrido en la maldición de Dios y el aborrecimiento de los hombres: asimismo el bajo rival de Cervantes, riéndose y haciendo reír de la desnudez y fealdad de don Quijote, ha concitado la antipatía de los lectores y granjeado su desprecio.

Yo me figuro que entre Cervantes y Avellaneda hay la propia diferencia que entre los teatros de primera clase de las grandes capitales europeas, y esos teatritos ínfimos donde ciertos truhanes enquillotran a la plebe de los barrios más obscuros de las ciudades. El Teatro Francés, verbigracia, en París, en cuyo proscenio son puestas a la vista las obras maestras de Molière y Beaumarchais: donde el Misántropo desenvuelve su gran carácter: donde Tartufo asombra con los falsos aspectos de la hipocresía: donde don Juan pone por obra los arbitrios de su ingenio tenebroso y su corazón depravado: donde el Barbero de Sevilla derrama a manos llenas la grata sal que cura tristezas y remedia melancolías: donde don Basilio enamora con su papel de confidente, al cual tan sólo por el respeto debido a la sotana no le designamos con el nombre de echacuervos: donde las chispas del ingenio hacen un ruidecillo que parece música de alegres aves, y las malicias del amor vuelan encarnadas en cuerpos de donosos silfos. Allí, ante esa representación grandiosa de las costumbres desenvueltas por la inteligencia de primer orden, la carcajada no tiene cabida: si se atrevió a venir, a la puerta se quedó, contenida por la estatua de Voltaire, el cual nunca se rió como echacantos, risa alta y pesada, sino bajito, pian pianino, y en forma de puntas buidas metió su risa por el corazón de los errores y las verdades, los vicios y las virtudes. Así como Rabelais es el padre de la risa francesa, así Molière es el padre de la sonrisa: sonrisa culta, pura; sonrisa de buena fe, de buena casta; sonrisa agradable, saludable; sonrisa señora, sonrisa reina, que temería caer en la desconsideración de las Musas, si se abultase en términos de dar en risa declarada: sonrisa sin voz ni ruido: estampa muda, pero feliz, donde el placer ejecuta sus mudanzas, asido de las manos con esa deidad amable que nombramos alegría.

Avellaneda es brutal hasta en sus donaires: no de otro modo los trufaldines de la Barrera del Infierno dan saltos de chivo, gruñen como cerdos, embisten como toros, y profieren sandeces de más de marca para hacer reír a la gente del gordillo que está revuelta al pie de esas tablas miserables. Por donde podemos ver que en justicia el monje ruin que irrogó tantos agravios al autor del Quijote, no es su competidor, menos su émulo: rival es, porque obran en él envidia, odio, deseos nefandos, y el rival no ha menester prendas ni virtudes, siendo, como éstas son, excusadas para el efecto de aborrecer y maldecir. Admíranos, por tanto, que hubiese habido entre los sensatos españoles quienes diesen la preferencia a la obra sin mérito del supuesto Alonso Fernández de Avellaneda sobre la fábula inmortal de Miguel de Cervantes, príncipe de sus ingenios. Yo supongo que la buena fe no mueve el ánimo de estos autores; y si por desgracia la abrigasen cuando juzgan a Cervantes inferior, y con mucho, al tal Avellaneda, harto fundamento nos darían para que a nuestra vez sintiésemos mal respecto de su inteligencia. Las proezas de la envidia no son de ahora: esta es la primogénita de las ruines pasiones: Abel es menor que Caín. El cisne de Mantua fue mil veces acosado por cuervos que echaban graznidos siniestros en torno suyo; pero el lodo que Mevio y Bavio le arrojaron, no llegó jamás a ensuciarle la blanca pluma, y así limpio, casto, puro ha pasado hasta nosotros e irá pasando a las generaciones venideras. Horacio, juez supremo en poesía, proclama a Virgilio el primero de los poetas, después de Homero; Ovidio canta los triunfos de su maestro; Tuca, Vario, en gran prosa, ensalzan al autor de las Geórgicas, y poseídos del furor divino conmueven el universo con la admiración gratísima con que le vuelven inmortal. Mecenas tiene a honra ser su amigo: Augusto cifra su gloria en tenerle a su lado: el mundo todo se inclina ante el foco de luz que brilla en esa cabeza, el fuego sagrado que arde en ese pecho y vuela al cielo en llamas poderosas. Y hay un Mevio que le insulta, le calumnia, le denigra; un Bavio que hace fisga de él, le escupe, le escarnece. El bien y el mal, la luz y las tinieblas, la verdad y la mentira son leyes de la naturaleza: querer hallar solas a las divinidades propicias, es querer lo imposible. No tenemos idea del bien, sino porque existe el mal: la luz no fuera nuestro anhelo perpetuo, si no reinara la obscuridad; y la verdad sería cosa sin mérito, si no estuviese de día y de noche perseguida y combatida por la mentira.

Para un Sócrates un Anito, un Melito: en no existiendo estos antifilósofos, ¿quién acusara al maestro? Para un Sócrates un Aristófanes: sin este poeta-histrión, ¿quién se burlara de las virtudes?

Para un Homero un Zoilo; si no, la envidia se queda con su hiel en el pecho. Para un Homero un Escalígero; si no, la basura no cubre las piedras preciosas.

Para un Virgilio un Mevio, un Bavio: preciso era que inteligencia superior, corazón sensitivo, alma pura, buenas costumbres, poesía en sus más erguidas y hermosas disposiciones tuvieran enemigos que las hicieran resaltar con el contraste de los vicios fingidos por la calumnia.

Alfesibeo es un mágico que por medio de sus encantos obliga a salir de la ciudad a Dafnis, su amada, y venirse a él a pesar suyo. «¡Hechicero, hechicero!», grita Mevio. «¡Brujo, brujo!», grita Bavio. Los personajes imaginados por el poeta son el poeta mismo: las aventuras de los pastores de Virgilio son de Virgilio mismo. Así hemos presenciado casi en nuestros tiempos la cruzada impía que los perversos junto con los ineptos han hecho contra uno de los mortales más llenos de inteligencia y virtud que pueden salir del género humano: virtud, entendiéndose por ella ahora esa gran disposición del alma a lo bello y lo grande, aun cuando los tropiezos de la tierra y la maldad de los hombres le hubiesen aproximado al que la poseía a los vicios, y por ventura al crimen. El Giaur fue hijo de una imaginación candente, nacido entre torbellinos de humo negro y encrespado; no fue persona real, de carne y hueso: Manfredo, ese como Doctor Fausto de los Alpes, que aterra con sus cavilaciones y da espanto con sus evocaciones, no fue el poeta que le dio vida soplando en su propio corazón con la fuerza del alma desesperada. El Corsario, ese terrible ladrón de los mares, para quien la vida de sus semejantes vale menos que la de un insecto, no fue el mismo que ideó su carácter y le dio cuerpo hermoso. Y con todo, sus contemporáneos temieron, aborrecieron, combatieron a ese poeta, tomándole, mal pecado, por los héroes de sus poemas, cuando las virtudes, virtudes grandes, se gallardeaban como reinas en su corazón inmenso. Lord Byron no es ya el vampiro que se harta de carne humana en el cementerio a media noche, y entra en su palacio a beber vino en un cráneo de gente convertido en copa: no es ya el don Juan Tenorio que engaña y seduce, fuerza y viola, se come a bocados honestidad y pudor, sin respeto humano ni divino, esclavo de la concupiscencia: no es ya el homicida secreto que ha derramado sangre inocente, por averiguar misterios perdidos en la vana ciencia de la alquimia. No es nada de esto: desvanecida la impostura, purificado el juicio, la generación presente ve en él, no al ateo, no al criminal, sino al poeta, al gran poeta, y nada más. Desgracias excepcionales y dolores profundos le volvieron hosco y bravo: así como amaba el amor, cual otro Vicario de Wakefield, así le obligó el mundo injusto y perverso a amar el odio; Lord Byron amó y aborreció: amó como serafín, aborreció como demonio. Su alma, en tempestuoso vaivén entre estos dos abismos, cobró proporciones, unas veces de ente divino, otras de hijo del infierno. Bregando, forcejando, gritando, aleteando cual águila loca, vivió el poeta su vida de suplicio, devorado el pecho por una legión de ángeles convertidos en furias. Así a Virgilio, en otro tiempo, quisieron atribuirle vicios y culpas de sus héroes; cuando su buena índole, la apacibilidad de su genio, su bondadosa mansedumbre le volvían amable para todos los que no abrigasen en su seno esa víbora inspiradora de maldades que llamamos envidia.

En una de las comarcas de Italia más ricas y hermosas nació un niño a principios del siglo decimocuarto. Las Gracias tuvieron cargo de él durante los años de su infancia: las Musas le tomaron por su cuenta desde que tuvo uso de razón. Bien así como el caballero de la Ardiente Espada había nacido con una hoja de fuego estampada en el pecho, asimismo ese niño parecía ceñir sus sienes con una corona luminosa, la cual era por ventura una mirada especial con que la Providencia quiso agraciar al recién nacido. Esa sombra de luz celeste fue precursora de la corona verdadera con que los hombres, admirados, honraron y distinguieron a ese niño andando el tiempo: Francisco Petrarca fue coronado en el Capitolio por mano del Senador, en una de esas solemnidades que no suelen prevenir los Gobiernos sino para las grandes ocasiones. Quince mancebos de las familias patricias de Roma, vestidos de escarlata, van precediendo al poeta con sendas palmas en la mano: los altos dignatarios del Estado, los senadores metidos en lobas de terciopelo verde, siguen tras él con diferentes insignias cada uno: el pueblo, en multitud inmensa, forma una procesión interminable. Ahógase en gente el Capitolio: Orso, senador, se levanta en pie y exclama: «¡Oh tú, el mayor de los poetas, ven y recibe la corona del mérito!». El poeta, pálido, pero hirviendo en mudo júbilo, da cuatro pasos apoyado en las Musas invisibles; el Senador le pone en la cabeza una corona de laurel, mientras el pueblo asorda la ciudad y los montes vecinos con un aplauso gigantesco. Incontinenti salen todos y se dirigen a la Basílica de San Pedro, en cuyas aras deposita el poeta, como ofrenda a la Divinidad, la corona que ha ganado por medio de la inteligencia.

En un mismo día Francisco Petrarca había recibido cartas del Senador romano, del Canciller de la universidad de París y del rey de Nápoles, por las cuales le llamaba cada uno con instancia a recibir «la corona del ingenio». Rara coincidencia que causó en el agraciado una como supersticiosa maravilla de gran poder en su ánimo. Decidiose por Roma, y no fue mucho: la ciudad de los Césares, la ciudad de los Papas, la capital del mundo era siempre más que otra cualquiera, aun cuando esta fuese París, teatro de las grandes representaciones y los triunfos de Abelardo. Voltaire ha intentado achicar a Petrarca, poniéndole atrás de ciertos poetas franceses, muertos para la posteridad: Petrarca vive, y su corona, la corona del Capitolio, está resplandeciendo a los ojos del género humano. El palaciego de Federico ha salido mal en esto como en muchas cosas. Un bardo amabilísimo de nuestro siglo, bardo cristiano y sencillo, le lleva la contra al viejo descreído de Ferney, y sostiene que Petrarca es el primero de los poetas de los tiempos modernos, sin que ha ya uno solo en Francia, Inglaterra, Italia misma que le alcance al solitario de Vaclusa, y menos que le tome la delantera. Lamartine es tan propasado en sus fervores, que por poco que delire da en lo absurdo: si no fuera tan serio, tan grave, tan superior este hombre, haría reír muchas veces, como cuando afirma que un verso de Petrarca vale más que toda la prosa de Platón. Montaigne diría justamente lo contrario, esto es, que una línea de la prosa de Platón vale más que todos los versos de Petrarca. Si el uno de estos críticos es más admirable como poeta, el otro es más respetable como filósofo y merece más crédito; si bien es verdad que a juzgar de los poetas líricos por la idea que de ellos tienen Montaigne y Montesquieu, esos ergotistas, como los llama el viejo gascón, no son ni para servir a la mesa de los hombres de mérito. Lamartine, del oficio al fin, propone exageraciones que a poca costa las llamarían disparates los filósofos.

Hubo por el mismo tiempo un pobrecito llamado Serafín Aquilano que dio en metrificar a despecho de las hijas del Parnaso. Los envidiosos de Petrarca pararon la oreja, le animaron. El vatecito ardió en celos, se puso de puntillas, se estiró cuanto pudo, y alargando el brazo, pensó que había tocado las estrellas. Los aborrecedores de Petrarca se pusieron a gritar: «¡Viva Serafín Aquilano! ¡El Fénix ha parecido! ¡Pan ha resucitado!». Y Petrarca no fue nada desde entonces: pospuesto, insultado, arrinconado, el amante de Laura se dejó estar llorando en silencio su amor infeliz en su recepto de Aviñón, sin que le diesen pena las vociferaciones y los embustes de sus enemigos. Serafín Aquilano estaba triunfante: sus obritas, mil veces reimpresas en ediciones primorosas, corrían por Italia en alas de la envidia. La conspiración era verdaderamente atroz, atroz y eficaz: el pobre Serafín, ídolo facticio de los perversos, llegó a tenerse por el Apolo, no de la mitología, sino de la realidad, del Olimpo cristiano donde Júpiter mismo le ensalzara con una mirada de distinción. Serafín por aquí, Serafín por allí: todo era Serafín Aquilano, gran poeta. Orso coronando a Petrarca en el Capitolio a nombre de Italia y su siglo; la Universidad de París rindiendo homenaje al ermitaño de Vaclusa; el rey de Nápoles, Roberto, el sabio rey, saliendo al encuentro del poeta con la diadema en la mano, dieron en tierra con la falsa gloria de Aquilano, y levantaron a Francisco Petrarca una estatua impalpable, más preciosa que el oro, más sólida que el bronce.

La misma táctica hemos visto después en contra de Racine, quien tuvo también no pocos envidiosos denigradores. ¡Y digo si el autor de Atalía pudiera haber tenido competidores ni en tiempo de Sófocles! Un crítico célebre llama a la Andrómaca la obra maestra del teatro; «pero Atalía -dice- es la obra maestra del entendimiento humano». El rey Luis XIV prohibió la representación de esta obra sublime, «porque -dijo- semejante majestad no puede dejar de ser profanada en manos mortales». Tragedia cuya fuente es la Biblia, Atalía es un monumento religioso: el templo de Salomón, Acab, la reina perseguidora de Dios; idólatras, judíos; las pasiones más profundas del género humano puestas en giro con habilidad maravillosa; poesía que corre a torrentes de la cumbre del Oreb; versos de cadencia pura; sentimientos del ánimo, como si los hombres fueran todos réprobos o santos; catástrofes estupendas; lenguaje inimitable: he aquí Atalía, he aquí el poeta que la compuso. Pues hubo quienes tuviesen a Racine por inferior a Pradón, muy inferior: un tal Pradón, un cierto Pradón, un Pradón, un hombre llamado Pradón, que ha sido poeta, dicen, y ha imaginado piezas teatrales de alto coturno. Racine se está hombreando ante los siglos con los grandes trágicos griegos: Esquilo, Eurípides, Sófocles, sus maestros, se ponen de pies cuando él entra en su academia, y le señalan alto puesto. En Roma no tiene igual: Séneca es interesante cuando, entrando el conspirador en el palacio de Augusto, le hace decir al gran déspota: «Cina, toma una silla»; pero muy lejos se halla el poeta romano del francés cuando éste levanta el vuelo y va a llamar a las puertas de la Belleza Infinita.

En los tiempos modernos Shakespeare es el intérprete más poderoso de las pasiones mundanas, el gran levita del terrenal amor; Racine, en Atalía, es el poeta de las pasiones divinas. Las obras donde entren Dios y la religión serán siempre superiores a las que versan puramente sobre cosas humanas.