Études sur la Littérature française au XIXe siècle - Tome 1 Madame de Staël, Chateaubriand

Chapter 3

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Nuestra esperanza era perdida, si este libro estuviera a leer en manos de enemigos solamente; pues sucede que aun con nuestros amigos no estamos en gracia, sino en cuanto nos reconocemos inferiores a ellos y confesamos nuestra inferioridad: la subordinación nos salva de su aborrecimiento. Mas quizá nos lean también hombres benignos, que remitiéndonos la osadía, no hagan mérito sino del estudio que para semejante obra ha sido necesario; y mirando las cosas en justicia, nos examinen, si no con respeto, siquiera con benevolencia. Muchos habrá que tengan en poco estos capítulos sin haberlos leído: esto nos causa desde ahora menos pesadumbre que si jueces competentes y enterados del caso nos condenaran al olvido. Admira en ocasiones ver cuán de poco son los que dan un corte en las mayores dificultades; pero causa más admiración aún que los areopagitas saquen bien al que acomete una empresa mayor que su poder. No a la ojeriza de los envidiosos, pero al escaso mérito del escritor se debe las más veces su mal éxito: la virtud de las cosas está en ellas mismas, no en la, opinión de los que juzgan de ellas: las buenas prevalecen, las sublimes quedan inmortales. No hemos de temer la rechifla de los incipientes, más aún el silencio de los doctos; no la furia de los censores de mala fe, sino la desdeñosa mansedumbre de los jueces rectos. El aura popular es muchas veces vientecillo que sale de la nada y corre ciego: reputaciones hay como hijos de la piedra; no sabe uno quién las ha hecho, pero semejan esos gigantes soberbios que suelen figurar las nubes, erguidos e insolentes mientras no corren por ahí los vientos. Ignorantes sabios, tontos de inteligencia, guarda materiales ilustres, en todas partes vemos: no tienen ellos la culpa: el vulgo es con frecuencia perverso distribuidor de fama, que no sabe a quién eleva ni a quién deprime. Foción se tiene por perdido al oírse aplaudir por la gente del pueblo: el consensum eruditorum de Quintiliano sanciona las obras de los ingenios eminentes, y los señala para la inmortalidad.

Si fue el ánimo de ese hombre, dirán buenos y malos, componer un curso de moral, según que él mismo lo insinúa, ¿cómo vino a suceder que prefiriese la manera más difícil? ¿Puede él tomar a don Quijote en las manos sin que se desperfeccione la figura más rara, delicada, original y graciosa que nunca ha imaginado ingenio humano? ¿Y qué será el Sancho Panza salido de esa pluma, la cual, si no es de avestruz, no es sin duda la maravillosa que Cervantes arrancó al ave Fénix, y tajada y aguzada por un divino artista, le acomodó éste entre sus dedos maestros? ¡Pluguiese al cielo que tan lejos nos hallásemos de Avellaneda, como debemos de hallarnos de Cervantes! Por lo menos es verdad que si no ha sido nuestro el levantarnos a la altura del segundo, no hemos descendido a la bajeza del primero. «Los más torpes adulterios y homicidios, dice Bowle, hacen el sujeto de dos cuentos sin ningún propósito ni moral en este libro» (el de Avellaneda). Adulterios y homicidios, ¡gran asunto para enseñar deleitando y oponerse a los vicios que en diarias irrupciones devastan el imperio de las buenas costumbres! ¿Quién ha de temer dar al mundo los propios motivos de reprobación que ese fraile desventurado? Lo que sí nos infunde temor es el convencimiento de que aproximarse a modelo como Cervantes no le será dable sino a otro hijo predilecto de la naturaleza, a quien esta buena madre conciba del dios de la alegría en una noche de enajenamiento celestial.

Tómese nuestra obrita por lo que es -un ensayo, bien así en la substancia como en la forma, bien así el estilo como el lenguaje. ¡El lenguaje! Nadie ha podido imitar el de Cervantes ni en España, y no es bueno que un americano se ponga a contrahacerlo. ¡Bonito es el hijo de los Andes para quedar airoso en lo mismo que salieron por el albañal ingenios como Calderón y Meléndez! La naturaleza prodiga al semibárbaro ciertos bienes que al hombre en extremo civilizado no da sino con mano escasa. La sensibilidad es suma en nuestros pueblos jóvenes, los cuales, por lo que es imaginación, superan a los envejecidos en la ciencia y la cultura. El espectáculo de las montañas que corren a lo largo del horizonte y obscurecen la bóveda celeste haciendo sombra para arriba; los nevados estupendos que se levantan en la Cordillera, de trecho en trecho, cual fortificaciones inquebrantables erigidas allí por el Omnipotente contra los asaltos de algunos gigantes de otros mundos enemigos de la tierra: el firmamento en cuyo centro resplandece el sol desembozado, majestuoso, grande como rey de los astros: las estrellas encendidas en medio de esa profunda, pero amable obscuridad que sirve de libro donde se estampa en luminosos caracteres la poesía de la noche: los páramos altísimos donde arrecian los vientos gimiendo entre la paja cual demonios enfurecidos: los ríos que se abren paso por entre rocas zahareñas, y despedazándose en los infiernos de sus cauces, rugen y crujen y hacen temblar los montes; estas cosas infunden en el corazón del hijo de la naturaleza ese amor compuesto de mil sensaciones rústicas, fuente donde hierve la poesía que endiosa a las razas que nacen para lo grande. El pecho de un bárbaro dotado de inteligencia inculta, pero fuerte; de sensibilidad tempestuosa, es como el océano en cuyas entrañas se mueven descompasadamente y se agitan en desorden esos monstruos que temen al sol y huyen de él, porque su elemento es otro obscuro y frío.

La época del arte es la de la madurez de las naciones, dado que arte es el conjunto armónico de los conocimientos humanos recogidos en un punto y componiendo obras maestras, bien como los rayos de luz forman el fuego en los espejos ustorios. El poeta no ha menester otra sabiduría que la natural. Sabiduría natural es la idea que tenemos del Hacedor del mundo y sus portentos visibles e invisibles; la sensibilidad, que embebiéndose en un objeto, da nacimiento al amor; la facultad de gozar de las bellezas físicas y morales, y de ver por detrás de ellas el principio creador de las cosas; la tendencia a la contemplación, cuando, engolfados en una vasta soledad, clavamos los ojos y el pensamiento en la bóveda celeste; la correlación inexplicable con los seres incorpóreos que andamos buscando en el espacio, las nubes, los astros; el cariño inocente que nos infunden las estrellas que resplandecen y palpitan en la alta obscuridad, cual serafines recién nacidos a quienes el Sacerdote del universo da el bautismo de la bienaventuranza eterna; estas y muchas otras componen la ciencia de los que no saben aún la aprendida en la escuela de una larga civilización. Bien así en el individuo como en la sociedad humana en general, la mañana de la vida es la fresca, alegre, poética: al poeta siempre nos le figuramos joven y hermoso: el Víctor Hugo de las Odas y Baladas, el de las Orientales, el de las Hojas de Otoño, con sangre hirviente, espíritu impetuoso, mirada vencedora, ése es el poeta, mancebo feliz a quien las Gracias preparan lecho de flores en los recodos encantados de los jardines de Adonis: la corona de mirto cae bien sobre esa frente que resplandece iluminada por las Musas, bella y pura representación de la poesía. Homero es viejo; nunca y nadie le ve joven; pero su estro no desdice de las canas venerables de ese anciano maravilloso. Júpiter requiere un cantor que infunda más respeto que cariño, más admiración que benevolencia.

La novela es obra de arte. Para que sea buena, el artista ha de ser consumado. Ni Goldsmith hubiera compuesto su Vicario de Wakefield, ni Fielding su Jonatham de Wield, ni Richardson su Clara Harlowe, ni Walter Scott sus Aguas de San Ronán, sin un profundo conocimiento del corazón humano, las costumbres, los vicios, las miserias de sus semejantes; y para llegar a ese conocimiento, que de suyo es una sabiduría, tiempo y observación necesitaron, a más de aquella malicia sutil y bienhechora con que algunos ingenios nacen agraciados, la cual sirve para herir en los vicios y curar las llagas muchas y muy grandes que afean a la sociedad humana. Un ignorante pudiera hacer quizá un buen trozo de poesía lírica, si le suponemos poseído n del furor divino, esa llama que prenden las Hijas del Parnaso animando el verde mirto con su soplo milagroso. Mas será para él cosa imposible idear y poner en ejecución una epopeya, una tragedia o una novela, rateos de las humanidades que requieren estudios, sobre las disposiciones naturales del escritor. No supo lo que se dijo el que llamó ingenio lego a Cervantes: a más de lo que tuvo de aprendido, poseyó éste la ciencia infusa con que Dios suele aventajar a los entendimientos de primer orden; esa ciencia que no hace sino indicar lo que dos o tres siglos después ha de ser descubierto, y propone en forma de sospecha lo que brilla como verdad en el centro del porvenir. El Quijote no es obra de simple inspiración, como puede serlo una oda; es obra de arte, de las mayores y más difíciles que jamás han llevado a cima ingenios grandes.

Tienen de particular las obras maestras que, cuando uno las lee, piensa que él mismo pudiera haberlas imaginado y compuesto: ¡son tan cumplidas en naturalidad y llaneza! Hanos sucedido experimentar uno como dolor absurdo de que Chateaubriand se nos hubiese anticipado en Chactas y Atala. Traidor: así es como esos ambiciosos nos frustran nuestras glorias. ¿Qué mozalbete presumido de literato no piensa que él hubiera muy bien compuesto esa novelilla? Eche mano a la pluma de René, y verá si no pesa tanto como el martillo de un cíclope. Los gigantes labran con mucha holgura esas piezas con que los dioses atan contra las rocas del Cáucaso a los insolentes; los hombres comunes no alcanzan sino lo que dice con lo exiguo de sus fuerzas y su infeliz habilidad. Y cabalmente por eso hemos tomado sobre nosotros obra que tiene por título: Capítulos que se le olvidaron a Cervantes. Si a estotro ladrón del fuego sagrado le hacen el honor de castigarle, que sea con las cadenas de Prometeo: esas con que las Gracias prendieron y aherrojaron al malicioso hijo de Venus, serán buenas para este atrevidillo: un provocador de más de la marca requiere el buitre inmortal, que aleteando sobre él de siglo a siglo se regale en sus entrañas. Entre la furia y el desprecio, la eternidad de la pena y el olvido, si uno tiene sangre en el ojo, se quedará a lo cruel. No hay cosa más dura que la suavidad de la indiferencia.

No es raro que en orden a los hombres poco comunes los juicios de los otros difieran hasta el extremo de constituir opiniones encontradas. Para unos, Cervantes era ingenio lego, esto es, carecía de los conocimientos sin los cuales no puede haber gran escritor; para otros, el epitafio del Albusense, puesto sobre su losa, hubiera sido mezquino de justicia y alabanza:

«Aquí yace el que supo cuanto se puede saber».

Exceso de admiración, o atrevimiento por ventura, pues a nadie le ha sido dado hasta ahora imaginar siquiera cuanto puede saber el hombre, menos aún verse privilegiado con la sabiduría que alcanzará cuando a fuerza de siglos, experiencia, padecimientos, llegue a su perfectibilidad el género humano; y esto, si algún día viene a perfeccionarse en términos que vea rostro a rostro al Incógnito que nos oculta en su seno las luces por las cuales andamos suspirando en estas aspiraciones honoríficas con que nos dignificamos, cuando nos tenemos por superiores a nosotros mismos.

Cervantes fue astrólogo judiciario: los secretos de los astros le eran conocidos; el porvenir se le descubría en la bóveda celeste estampado en signos portentosos. Por lo que tuvo de hechicero, pudiera muy bien haber servido de miga a un auto de fe: por lo de brujo, no hubiera hecho mala figura en los conventículos de Zugarramurdi.

Fue jurisconsulto: los Aruncios y Eserninos, los Antistios y Capitones no conocieron más a lo grande esta gran ciencia de las leyes que enseña e impone la justicia a los hombres.

Fue médico: de esos que toman en la mano la naturaleza palpitante, en sus convulsiones echan de ver los males que nos aquejan, y guiados por nuestros ayes, van a dar con el remedio en las entrañas de la sabiduría.

Fue poeta: peregrino venerable, subió al Parnaso, se alojó en la morada de las Musas, y tuvo relaciones misteriosas con los genios de esa montaña santa. Los dioses se hospedaron en casa de Sófocles: aquí es al contrario; un hombre llega a la mansión de los inmortales.

Fue teólogo: florezca en tiempo de los Santos Padres, y el obispo de Hipona no se llevara la palma así con tanta holgura, como si para él no pudieran nacer competidores.

Fue músico: la flauta encantada de Anfión no conmovía tanto el alma de los árboles y las piedras, ni las entonaciones guerreras de Antigenides despertaban más furor en Alejandro.

Fue cocinero: en la sociedad culinaria de Cleopatra hubiera sido presidente a votos conformes: nadie mejor que él guisa y dispone los raros pajarillos de que gustan los Tolomeos.

Fue sastre, gran sastre, digno de un imperio: las calzas de don Quijote se muestran allí acreditando que nadie más que él estuvo en los secretos de la noble indumentaria. Si Apolo usase jubón y herreruelo, ¿a quién sino a Cervantes se dirigiría? ¿Qué otra cosa fue el autor del Quijote? Hic stupor est mundi.

¡Dios de bondad! Para ser uno de los más peregrinos, más admirables escritores, no hubo menester esa sabiduría universal con que algunos le enriquecen desmedidamente, dadivosos de lo que a ellos mismos les falta. ¿En dónde, cuándo estudió tanto? ¿Supo de inspiración todas las cosas? Los ingenios de primera línea tienen una como ciencia infusa que está brotando a la continua de la inteligencia. Los filósofos antiguos pensaban que el espíritu profético lo bebían algunos hombres privilegiados en ciertos vapores sutiles que la madre tierra echa de sí en sus horas de pureza, fecundada por los rayos del sol: de este modo hay una ciencia que estudian los individuos extraordinarios, no en aulas, no en universidades, sino en el gran libro de la naturaleza, cuyos caracteres, invisibles para los simples mortales, están patentes a los ojos de esos semidioses que llamamos genios. Cervantes había estudiado poco, y supo algo de todo: empero la perspicacia anexa a entendimientos como el suyo le conciliaba aptitud para decir verdades que no tenía averiguadas, para sentar principios que no son sino cosas problemáticas para los que no se fijan en ellos con esa intensión y fuerza a las cuales no resiste lo desconocido. Realmente admira verle aplicar a un loco un método medicinal no descubierto aún, y con todas las reglas de un científico. Hahnemann, inventor de la homeopatía, ¿no supo que un español mayor que él con dos cientos años, si no escribió de propósito acerca de su gran sistema, lo ensayó con buen éxito, y de este modo lo dejó planteado? Uno de los comentadores más prolijos de Cervantes, don Vicente de los Ríos, pretende que la enfermedad de don Quijote, descrita por él, compone un curso completo del mal de la locura; si bien ninguno de sus biógrafos ha descubierto que el soldado de Lepanto hubiese sido nunca médico o físico sabidor. Da entrada a su admiración el dicho don Vicente con reparar en los años del hidalgo argamasillesco, el cual, según sabemos todos, frisaba con los cincuenta, «año climatérico -dice-, muy ocasionado a la demencia». En esto no ajusta su parecer con el de cierta amable loca, quien, por la substancia de su expresión, debe pasar por autoridad en la materia. Visitando un día el czar de Rusia el hospital de la Salpêtrière en París: «Bobas mías, -les dijo a unas loquitas jóvenes que le rodeaban-, ¿hay muchas locas de amor entre las francesas?». La misma achispada respondió en un pronto: «Desde que vuestra majestad está en Francia, muchas, señor».

Ahora, pues, el amor es achaque de la juventud, enfermedad florida a cuyo influjo se abren las rosas del corazón y dan de sí esas emanaciones gratísimas que nos hacen columbrar los olores del cielo. Las estadísticas de los hospicios de dementes en las grandes ciudades señalan como principal el número de los locos de amor, en uno y otro sexo, prevaleciendo el femenino. ¿Provendrá esto de que las mujeres reciben más desengaños, devoran más afrentas y pesadumbres, y en ellas la caída viene siempre en junta del deshonor y la vergüenza? ¿O ya su delicada fibra, su corazón compuesto de telas finísimas, no resisten al ímpetu de los dolores que corren cual vientos enfurecidos en ciertos períodos de la vida? Dicen que la mujer posee en grado eminente la virtud del sufrimiento y resiste mucho más que el hombre a las cuitas del alma; y con todo, es cosa bien averiguada que por quince locos habrá veinte locas de amor. Es porque ellas no hurtan el cuello al yugo de ese tirano hermoso, y suspirando de día y de noche, arrojando ayes por su suerte, se dejan ir de buen grado con la corriente de sus males, sin que en ningún tiempo sean muchas las que intenten el salto de Leucadia. Aman al Amor, aman al Dolor, y felices o desgraciadas, cumplen con su destino, que es morir amando, aun en la Salpêtrière. Los cincuenta años de edad no son, pues, necesarios para la locura, si bien al amante de Dulcinea no le trabucaron el juicio amores, sino armas andantes, caballerías en las cuales entraban por mucho, es cierto, del corazón las turbulencias.

No serán pocas las ventajas de Cervantes que estén fundadas puramente en la vanidad de sus compatriotas: sus méritos reales son muchos y muy grandes, para que su gloria tenga necesidad de ilusiones que en resumidas cuentas no forman sino una sabiduría fantástica. Erigirle estatuas como a gran médico, verbigracia, allá se va con levantar una pirámide conmemorativa de sus descubrimientos astronómicos. Hipócrates quebranta su gravedad con una sonrisa, y Mercurio frunce el entrecejo.

Cervantes alcanzó conocimientos generales en muchos ramos del saber humano: que pueda llamarse sabio particularmente en alguno de ellos, no dejará de ser dudoso. Su ciencia fue la escritura; su instrumento esa pluma ganada en tierra de Pancaya luchando con los mayores ingenios por los despojos del Fénix.

Un tal don Valentín Foronda, al contrario de don Vicente de los Ríos, quiere que Cervantes no hubiese conocido ni la lengua en que escribió. Atildando a cada paso las ideas y maneras de decir del gran autor, se pasa de entendido y censura en él hasta los cortes y modos más elegantes de nuestra habla. El tal Foronda, dice Clemencín, «entendía muy poco de lengua castellana, y parece haber escrito sus Observaciones más contra el Quijote que sobre el Quijote». Y don Valentín no es el único de los españoles empeñados en traer a menos a su insigne com patriota; pues sale por allí un don Agustín Montiano atribuyendo la nombradía de Cervantes a que anda muy desvalido el buen gusto, y la ignorancia de bando mayor. Empresa tanto más bastarda la de estos seudo humanistas, cuanto que los demás pueblos por nada quieren acordarse de otro grande hombre que de Cervantes en España; y van a más y dicen que esta nación no tiene sino ese representante del género humano en el congreso de inmortales que la Fama está reuniendo de continuo en el cenáculo del Tiempo. Italia, maestra de las naciones modernas, se gloría de muchos varones perilustres, de esos que, descollando sobre presentes y venideros, prevalecen en el campo de la gloria a lo largo de los siglos. Dante, Petrarca, el Ariosto, el Tasso en poesía; Miguel Ángel, Rafael en buenas artes; Nicolás Maquiavelo en política, son figuras gigantescas cuya sombra se extiende por el porvenir, cuyo resplandor alumbra las futuras generaciones. Italia posee cuatro épicos, cuando los otros pueblos no tienen ni uno solo. Portugal ha dado de sí ese gran mendigo que se llama Camoens; fuera de él no hay en Europa hombres de talla extraordinaria: Milton es un imitador, y a pesar de Chateaubriand, no se hombreará jamás con los grandes poetas antiguos. Pero Inglaterra se halla resarcida y satisfecha con su Shakespeare, ese genio misterioso que no sabemos de dónde ha salido, el cual, conmoviendo el mundo con las pasiones de su corazón, funda esta cosa nueva, compuesta, romántica, que denominamos el drama moderno. Tiene su Pope, bardo moralista y filosófico: tiene su Byron, el poeta de las tinieblas, que resplandece como Luzbel en el acto de estar rebelándose contra el Todopoderoso: tiene su Burke, su Chatham, oradores a la antigua, suerte de Cicerones y Demóstenes que recuerdan los grandes tiempos de Atenas y Roma.

Francia no es para menos: Corneille, Racine y Molière volverían inmortal ellos solos el mundo, no digamos su patria. Montesquieu, resumen de la sabiduría: Voltaire, enciclopedia viviente.

Alemania, en cierto modo, es pueblo nuevo en las humanidades. De ingenios de primer orden, de esas antorchas altísimas que se hallan a la vista de todas las naciones, tiene tres: Goethe, Schiller y Klopstock. El doctor Fausto es muy antiguo; pero esa sabiduría, proveniente del tráfico tenebroso de Mefistófeles, se fue en el humo de las vetustas selvas de la Germania: los abominables gnomos que las frecuentaban son hoy blandos silfos que revolotean por los jardines de la civilización moderna. Humboldt alza la cabeza y me mira con uno como asombro amenazante. Con el no cabe olvido: fue más bien necesidad de darle puesto separado, como a quien no está en su lugar ni aun entre grandes.

Al panteón de los inmortales no suelen traer los escritores sino a Cervantes, de parte de España; Cervantes, su única gloria, dicen, particularmente los franceses. Schlegel, a título de sabio, no ignora que España ha producido también un Calderón; y este buen clérigo entra como poeta de alto coturno en la crítica de ese soberano repartidor de la gloria. Mas a poco que leamos a Feijóo, habremos de dar la palma a su querida Iberia, esa vieja Sibila de cuyas advertencias no se aprovecha el mundo, porque a fuerza de incredulidad le obliga a echar sus libros al fuego. No pocos hay en ella de esos pequeños grandes hombres de cuya reputación están henchidos los ámbitos de la patria; mas uno es Cervantes, y otro Lope de Vega. Éste es gloria nacional, ése gloria universal: con el uno se honra un pueblo, con el otro el género humano.