Études sur la Littérature française au XIXe siècle - Tome 1 Madame de Staël, Chateaubriand

Chapter 2

Chapter 24,171 wordsPublic domain

No se agradaba Lamartine de las composiciones de su gran compatriota, y las sabía de memoria. ¿Era sincero ese modo de pensar? Si Lamartine el hombre se ha solazado alguna vez, Lamartine el poeta ha meditado siempre, ha gemido por costumbre. El amante de Graziela, Jocelyn, el autor de las Meditaciones y las Armonías conoce la sonrisa, pero es la del amor melancólico, la del recogimiento angelical. Si habla con Dios, participa de la divina substancia y mantiene el porte inapeable que caracteriza a los entes superiores. Se pasea por la bóveda celeste, cuenta, pesa los astros, aspira con ahínco la delicada luz de las estrellas, y se nutre del manjar de los seres inmortales. Contempla hacia el crepúsculo una nubecilla purpurina que se mueve graciosa por el cielo, y se imagina que un serafín está viajando en ese carro de las Musas: ¿adónde va? Él lo ha de saber, pues ya la sigue con el corazón y la ha de seguir hasta donde lo comporte el pensamiento. Le gusta el mar en leche que brilla cual espejo donde refleja la luz del Infinito: le gusta el mar bravío que se levanta rugiendo en cólera sublime: le gusta contemplar el águila que permanece inmóvil en un risco del monte Athos: le gusta el león que sale de su selva lamiéndose las fauces con su lengua encendida: silba con los vientos, suspira con las sombras, gime con las almas atribuladas, calla con la tumba: ¿de qué, a qué hora ha de reír?

Si Jeremías diera la ley a los mortales, Eco sería en breve el único habitante de la tierra, porque todos nos consumiéramos a fuerza de suspiros y gemidos: llore en buenhora el profeta sobre Jerusalén; mientras algo quede en pie, no ha de faltar quien anime aún los escombros con la trémula expresión de la alegría. ¿La alegría? ¿Todos los que se ríen son alegres? Ríe el dolor, ríe la desdicha, y los que tienen el poder de alegrar a los demás, de sazonarles la vida con la grosura del ingenio, la untuosidad almibarada con que pasan fácil y agradablemente los peores bocados; esos brujos inocentes, digo, no participan casi nunca de la sal con que regalan y deleitan a los otros. El autor de Las mujeres sabias nunca dejaba de estar triste; su corazón siempre en tinieblas: Boileau no supo lo que eran goces en la vida: Addison fue el hombre más adusto que se ha conocido; y Cervantes, ¿qué placeres, qué contento? Cautiverio, calabozo no son moradas de alegría. El malogrado Larra viene a confirmar nuestra aserción: ¿quién no pensara que tras el autor de escritos tan risueños no estuviese el hombre feliz, el satisfecho de la suerte? ¡Pobre Fígaro! Ofrece a los demás esos licores encantados que destila en su laboratorio mágico, y para él no hay sino cosas amargas; su copa es negra; las pesadumbres le sirven este veneno misterioso que suele llevarse en flor a los que prevalecen por la sensibilidad. Contradicción absurda que diera asunto a las investigaciones de los que profesan escudriñar la naturaleza humana, sin dejar de ser natural y corriente. Hosca, tremebunda es la nube que produce el rayo: de la piedra fría brota la chispa del fuego socorrido; y dicen que en lo antiguo, la púrpura, ese color amable que simboliza el placer y la felicidad, la extraían del múrice, triste habitante de los rincones más obscuros del océano. Como de estos contrarios se compone el gran todo de las cosas humanas: si algo sabemos de los efectos, las causas de la mayor parte de ellas estamos por averiguar. Mucho presumimos de nosotros mismos, pero no somos más que semisabios, y para con lo que ignoramos nada es lo que sabemos. La tumba solamente remedia esta ignorancia que nos mortifica unas veces, nos consuela otras, y está siempre acreditando nuestra pequeñez. Muerte es lección que nos descubre todo: el que sabe la eternidad, no tiene otra cosa que saber. En este concepto, la sepultura es el pórtico de la verdadera sabiduría.

Si ésta consiste en una gravedad incontrastable, mientras somos ignorantes lo hemos de manifestar de mil maneras. Conviene, dice uno de esos que reciben el mundo como él es; conviene explayar la alegría cuanto sea posible, y reducir la tristeza a los más estrechos límites. Conviene sin duda; lo malo es que las más veces la tristeza carga de modo que ella es quien nos estrecha en términos de privarnos hasta del arbitrio de las lágrimas; y con todo, su adversaria no le cede una mínima el lugar: hambre, desnudez, enfermedades; perfidias de los amigos, injusticias de los poderosos, desengaños de todo linaje; inquietudes, quebrantos, desazones combaten por la tristeza al son de las campanas que acaso están doblando: haberes en su colmo, ambiciones llevadas a cima, amores coronados, venganzas satisfechas y otros soberbios paladines salen por la alegría: de la lucha resulta el equilibrio fuera del cual no pudiera vivir el hombre; y para mayor acierto en la disposición de las cosas, quiere la Providencia que los adalides se estén pasando sin cesar del uno al otro partido: el que hoy está alegre, mañana ha de estar triste; el que hoy está triste, mañana puede estar alegre, porque «el buen día siempre hace la cama al malo». He aquí un poeta que habla como filósofo. ¿Luego no en todo caso es el poeta ese frenético divino, que puesto en el trípode de la inspiración profiere en lúcido arrebato las sandeces elegantes o delirios seductores a causa de los cuales se le pone en la frontera coronado de mirto? Si el fraile perilustre autor de ese apotegma hubiera añadido que otras veces el mal día se va dejando hecha la cama al bueno, habría puesto el otro hemiciclo a la rueda de la fortuna.

El adusto legislador de los lacedemonios mandó colocar la estatua de la risa en la sala de los festines; por donde se ve si esta divinidad tiene su asiento en el Olimpo, y si los héroes y los reyes sacrifican en sus aras. Esparta es lúgubre: la felicidad misma es allí una carga: usos, costumbres, afectos, pasiones, todo está bajo la ley. En el pueblo libre por excelencia, el amor mismo es esclavo: el marido busca a la esposa cual ladrón nocturno: nadie puede comer en su casa, ni el monarca; la mesa particular sería cuerpo de un delito. El espartano ignora el gusto del adorno, el de la comodidad doméstica: todo frío, todo rígido. Este pueblo es de una pieza, no tiene coyunturas: su goce, la guerra; su anhelo, el predominio: en su casa se tiraniza a sí mismo, se alimenta de un acre desabrimiento. Parece que semejante pueblo no había de admitir sino dos símbolos, el de la guerra y el de la muerte, supuesto que siempre está de luto; la imagen de Palas y un catafalco gigantesco que abrigase el espíritu de los guerreros. Pues el más sabio de los legisladores mandó poner la estatua de la risa en la sala de los festines. Luego esta diosa pequeñuela no está reñida con las grandes virtudes ni es malquista con los héroes.

Hay en el museo del Vaticano un departamento que abriga tres cuadros: «La Transfiguración», de Rafael; la «Comunión de San Jerónimo», del Dominiquino, y «El Descendimiento», de Daniel de Bolterre, las tres obras maestras de la pintura moderna. Viajero que en mudo recogimiento permaneces en ese recinto sagrado, ¿quién es el hombre intonso que sobre su caballete, el pincel en la una mano, la paleta en la otra, está mirando con religiosa intensión a la pared del frente? ¿Es un discípulo obscuro de una escuela sin nombre?, ¿un copiador desprovisto de inventiva?, ¿un caballero novel en el campo de las buenas artes? No: estos no recelan en el pecho la audacia grandiosa que enciende el convencimiento de la propia superioridad, y tímidos, humildes, buscan teatro que más diga con sus aptitudes. Ese hombre cabelludo, de ceja poblada y ojos distantes uno de otro, es quizá Sir Joshua Reynolds, Horacio Vernet o Mariano Fortuny. Nadie tiene por caso de inquisición el que uno trate de imitar esas obras inmortales, ni son imputados de insolencia los que hacen por seguir las huellas de esos ingenios-príncipes; mas ¡ay del mísero que se propusiese componer una Eneida! Ese, cual otro Marcías, caería herido por las flechas de Apolo, y de su piel hicieran los sacerdotes de este dios una caja temerosa con que ahuyentaran de su templo a los profanos.

Cargando la consideración sobre este punto, vemos que tan difícil nos parece atemperarnos a los toques de Virgilio como a los de Rafael: que sea pintado, que sea escrito, el poema es asunto de la inteligencia superior: cualquier artista es dueño de acometer la imitación de las obras maestras de la pintura; ningún poeta sería osado a mojar la pluma en presencia del Mantuano, sin incurrir en la reprobación o la mofa de sus semejantes. Será quizá porque el pintor puede concluir una obra, perfecta en lo material, y tanto, que cautive los sentidos del vulgo y le deje de todo en todo satisfecho: el artista de genio, aquel cuya mirada rompe por la tela y pasa a buscar en lo infinito los caracteres de la Divinidad, no verá allí tal vez sino el elemento físico, la carne, digamos así, de la pintura. Rafael prevalece por el colorido: nadie le ha superado, nadie le ha igualado en esta parte de su profesión; ¿pero quién le ha seguido siquiera de cerca en lo tocante al espíritu, a lo divino de ese invento de los dioses? Hasta para comprenderle ha de ser uno hombre de genio, esto es, se ha de hallar provisto de la fuerza con que algunos miran hacia el mundo interno, y la eficacia con que se apoderan de esas preseas invisibles con las cuales naturaleza enriquece y adorna a sus hijos predilectos, David llena todos los números en orden al cuerpo de la pintura; es pintor maestro, acabado; mas cualquier otro, hábil en el manejo del pincel, pudiera trasladar sus obras a su propio lienzo: el que imite a Rafael nacerá cuando vuelva a levantarse de la tierra ese vapor milagroso que exhalaba el suelo de Roma en esos grandes tiempos en que el dios de las artes le encendía con su mirada engendradora. Las imágenes del uno tienen sangre, corazón; tras las formas palpables fulgura la inteligencia, resuena la sensibilidad exquisita de un alma que en hilos invisibles está pendiente de la mano del Todopoderoso: las del otro son representaciones del cuerpo, miembros perfectos que derraman de sus admirables declivios la belleza de la materia, pero no animados por el espíritu de vida. Ahora, pues, el vulgo, animal de mil cabezas, de cuya jurisdicción no se escapan sino los hombres altamente distinguidos; el vulgo queda satisfecho con lo que ve, lo que toca, y no alcanza espíritus para arrancarse de su órbita mezquina y elevarse con el pensamiento a las regiones inmortales. El buen pintor hará una imitación perfecta de un cuadro célebre; perfecta en el colorido, la forma: el escritor tendría que romper por los dominios desconocidos y sagrados de su modelo, inquirir los secretos que le endiosan, revestirse de su genio, y con maña sin igual echar al mundo cosas tan cumplidas que así parezcan el espejo mismo en que se ha visto. Uno es el Fénix; empero si no hay dos, ¿no le fuera dable a un loco anhelar si quiera por ser el ave del Paraíso? Los jóvenes de la antigua Grecia acudían de todas las ciudades a contemplar el Partenón, a efecto de aprender el arte del divino Fidias, y en sus propias concepciones depositaban sus recuerdos: éstos no eran reputados insensatos ni perseguidos con rechiflas a causa de su atrevimiento. Los grandes ejemplares inspiran las grandes obras: si a fuerza de trabajo y voluntad saliese uno con su empeño, sería acción bastarda no concederle por lo menos el mérito de la constancia. El carro del sol difícil es de conducir; más ruégoos consideréis que las Náyades del Po dedicaron un epitafio honroso al mancebo temerario que había acometido la empresa de manejar esas riendas sagradas. ¿Quién sería el insolente, el fatuo que se considerara infeliz por no haber podido imitar de acabada manera a Cervantes, verbigracia? El que no es para tanto, puede aún servir para otra cosa; y sin quedarse entre las ruinas de su fábrica, por poco juicio que tenga, saldrá ufano de haber tomado sobre sí una aventura gigantesca.

Llámase modelo una obra maestra, porque está ahí para que la estudiemos y copiemos: dicen que el templo de la Magdalena, en París, es imitación de uno de los monumentos más célebres de Atenas: ni por inferior a la muestra han demolido el edificio, ni por audaz han condenado a la picota al arquitecto. Proponerse imitar a Cervantes, ¡qué osadía! Osadía, puede ser; desvergüenza, no. Y aun ese mundo de osadía viene a resolverse en un mundo de admiración por la obra de ese ingenio, un mundo de amor por el hombre que fue tan desgraciado como virtuoso y grande. No presumo de haber salido con mi intento, miradlo bien, señores: lo razonable, lo probable es que haya dado salto en vago; mas no olvidéis que el autor del Quijote mismo invitó, en cierto modo, a continuar la obra que él dejaba inconclusa. Cuando esto vino a suceder, le dio, es verdad, del asno y del atrevido al que se hubo aprovechado de tamaña provocación; mas fue porque a la incapacidad añadió el atrevimiento, al atrevimiento la soberbia el temerario incógnito; y al paso que se vanagloriaba de haber dejado atrás al inventor, le hartaba de improperios, como por vía de más erudición e ingenio. Si lejos de ofenderle, maltratarle, humillarle ese perverso anónimo, guardara la compostura que debía en el ánimo y las palabras, el olvido y nada más fuera su pena: las generaciones han condenado a la inmortalidad al fraile o el clérigo sin nombre, la inmortalidad negra y desastrada de Anito y Melito, Mevio y Bavio; la inmortalidad de la envidia y la difamación, cosa nefanda que pesa eternamente sobre los perseguidores de los varones ínclitos, en quienes las virtudes van a un paso con la inteligencia. Yo sé que mi maestro no me diera del asno ni del atrevido; no me diera sino del cándido; y como lo respetuoso y afectuoso estuviera saltando a la vista, me alargara la mano para llenarme de consuelo y aun de júbilo: de orgullo no, porque ni su aprobación me precipitara en el error de pensar que había yo compuesto una obra digna de él: y menos de soberbia, porque ella es el abismo donde suele desaparecer hasta el mérito verdadero.

La rivalidad nunca es inocente: cómplice del odio, trae en su seno la envidia, negro fruto de un crimen. El hombre en quien está obrando esa flaqueza siente hervir su pensamiento en ideas locas, su corazón en afectos insanos. La rivalidad propende a la ruina del objeto que la excita; la muerte es la resolución más brillante de ese problema tenebroso. No rivalizamos con alguien sino porque tenemos entendido que ese nos disputa nuestro bien y menoscaba nuestra dicha: juzgándole así tan adverso a nuestros fines, natural es que las afecciones que van de nosotros a él no sean de las más santas. En amor, el rival es enemigo temible: trata de ponerse entre el ser adorado y el adorador, y éste hace lo posible para allanar el camino de su felicidad: celos, cólera, venganza, cuanto hay malo en el corazón humano, todo trae consigo esa situación de dos personas que se combaten de mil modos a causa de una tercera. Donde cabe la rivalidad no hay lugar para la virtud: de ella proceden mil desgracias, y aun pueden nacer delitos.

Dos personas que se juzgan dotadas de prendas, medios, facultades iguales, pueden entrar en competencia: esta es muchas veces un noble esfuerzo, que ejercitándose sin perjuicio de nadie, nos guía al mejoramiento de nosotros mismos. No podemos rivalizar con uno sin aborrecerle; competimos con otro al paso que le admiramos, pues justamente nuestro ahínco se cifra en igualarle o superarle en cosa buena o grande. El prurito de la competencia se halla puesto entre las virtudes y los vicios: propende por la mayor parte a las primeras; cuando se recuesta a los segundos, bastardea, y viene a ser defecto. La emulación no corre este peligro: emulación es siempre ahínco por imitar los hechos de un hombre superior; éste sirve de modelo al que emula sus acciones, y así el uno como el otro han de experimentar dentro de sí el sublime impulso que mueve a las cosas grandes.

Al rival de Cervantes le condenará siempre su malicia; el competidor de ese raro ingenio aún no ha nacido; su émulo puede salir mal y merecer el aprecio de sus admiradores. Estos redujeron a cenizas el Quijote de Avellaneda: castigaron al rival desatento, no al competidor juicioso, y menos al émulo modesto. Ocurre que el émulo puede ser modesto, al paso que en el competidor obra quizá el orgullo. La rivalidad vive de soberbia. Si no todo es humilde en la emulación, convendrá no olvidemos que la arrogancia envuelve muchas veces cosas que a poco hacer se llamarán virtudes. Preguntado Alejandro, niño aún, si quería disputar el prez de la victoria, respondió que sí, puesto que se lo disputase a reyes. Berni, rehaciendo por completo el poema de Boyardo, entró a la parte en la inmortalidad con el divino cantor de Orlando. El buen éxito justifica los mayores atrevimientos, y aun los convierte en osadías dignas de alabanza. El Cástor de España está solo tres siglos ha: ¿cuándo nacerá su hermano? Ya sabéis que Leda tuvo dos hijos. La compañía a partir de gloria es tan difícil, que los hombres no la hacen sino de tarde en tarde.

Don Diego de Saavedra, en su República literaria, dice que el Quijote es un ara a la cual no podemos llegar sin mucho respeto y reverencia. ¡Santo Dios!, ¿quién es el que a esa ara se ha llegado? ¿Es un impío que hace por turbar los misterios de una religión profunda?, ¿un fanático que va a depositar en ella la ofrenda de sus exageraciones?, ¿un sacerdote impuro que en la audacia de la embriaguez no teme ofender al dios del tabernáculo? No es nada de esto: es un creyente humilde: entra en el templo y se prosterna. Si de algún modo lo profana, echadle fuera.

¡Oh locura, más para compadecida que para execrada! Lo que no les fue dable a los mayores ingenios españoles ¿ha de alcanzar un semi-bárbaro del Nuevo Mundo? Sírvale de excusa la ignorancia, abónele el atrevimiento, que suele ser prenda o vicio inherente al hombre poco civilizado. Guillén de Castro, don Pedro Calderón de la Barca, Gómez Labrador y otros escritores de primera línea han salido mal en el empeño de imitar a Cervantes. Meléndez Valdés acometió a componer un Don Quijote que se mostrase en el escenario cuan alto y airoso lo imaginó Cervantes. Meléndez, el poeta insigne, se quedó tan atrás, que su nombre solamente pudo preservarle de la mofa: la rechifla estaba en el disparador; mas sus compatriotas repararon en que hacer fisga de Batilio sería delito de lesa poesía; el silencio fue un homenaje al poeta; de la obra se juzgó mal; oíd sino el juicio de Moratín: «La figura del ingenioso hidalgo -dice- siempre pierde cuando otra pluma que la de Benengeli se atreve a repetirla». «Meléndez tropezó -añade por su cuenta don Diego Clemencín- con el escollo que siempre ofrecerá el mérito de Cervantes a los que se pongan en el caso de que se les mida con el príncipe de nuestros ingenios». Batilio, el dulce Batilio, ¿qué entendía de achaque de aventuras caballerescas? Uno es andarse por jardines y sotos cogiendo florecillas, otro ir por montes y valles tras el caballero armipotente en cuya jurisdicción entra todo lo difícil de acometer y duro de ejecutar. Ovejas apacibles que sestean a la sombra de las hayas; tórtolas gemebundas sepultadas en la frondosidad de los cerezos; ruiseñores que de cada mirto hacen una caja de música divina; arroyuelos vivaces que van saltando por los guijos de su lecho, y otras de estas, eran el asunto de Meléndez. El historiador de don Quijote, Aquiles de la risa, había menester un estro más robusto. La lira es para las náyades de las fuentes, los silfos de los prados: las aventuras de un paladín que persigue follones, destruye malandrines, arremete endriagos, se toma con diez gigantes y les corta la cabeza, requieren la trompa de Benengeli.

¿Cuál es el secreto de este hombre singular, no sospechado hasta ahora ni por los más perspicaces adivinos? ¿Qué numen invisible movía esa pluma de Fénix, pluma sabia, inmortal? ¿Qué espíritu prodigioso excitaba esa inteligencia, enajenándola hasta el frenesí de la alegría con la cual enloquece a su vez a los lectores? Virgilio imita a Homero, el Tasso a Virgilio, Milton al Tasso: Cervantes no ha tenido hasta ahora quien le imite; con él los gigantes son pigmeos: la pirámide de Cheops verá siempre para abajo todos los monumentos que los hombres levanten a sus triunfos. Ya un crítico admiró el ingenio que, con un loco y un tonto, había llenado el mundo de su fama. Otro no habrá que haga lo mismo, y menos con loco y tonto ajenos. Si por maravilla a alguien le ocurriese lo que a Berni con Boyardo, serían esos otros hijos de Leda. Pero ya lo dijo Martínez de la Rosa: «Sólo a Cervantes le fue concedido animar a don Quijote y a Sancho, enviarlos en busca de aventuras y hacerlos hablar: su lengua no puede traducirse ni contrahacerse; es original, única, inimitable».

Al que sabiendo estas cosas se arroja a tomar el propio asunto que Cide Hamete Benengeli, se le descompone la cabeza; y sería punto de averiguación si éste lleva en su ánimo competir con el más raro de los grande s escritores, o tuvo al componer su libro un propósito laudable que contrarrestase de algún modo tan desmedido atrevimiento. Sus convidados no paladearán, sin duda, los manjares de los dioses, ni gozarán de esa inhebración celestial con que la pura Hebe redobla la alegría de los inmortales; mas si echaren de ver que el suyo es un banquete de Escotillo, ténganle por impostor y cóbrenle con las setenas. Los fieros de don Quijote cuando habla airado; los suspiros de su pecho si recuerda sus amores; acciones y palabras del famoso caballero, grandes las unas, sublimes las otras, aire fuera todo sin la substancia fina que corre al fondo y se deposita en un lugar sagrado cual precioso sedimento. Equidad, probidad, generosidad, largueza, honra, valor son granos de oro que descienden por entre las sandeces del gran loco y van a crecer el caudal de las virtudes. Ni don Quijote es ridículo, ni Sancho bellaco, sin que de la ridiculez del uno y la bellaquería del otro resulte algún provecho general. Los filósofos encarnan sus ideas en expresiones severas e inculcan en nosotros sus principios con modos de decir que nos convencen gravemente. Esto, por lo que tiene de fácil, cualquiera lo hace, si el cualquiera es uno que disfruta lo de Platón y Montaigne: ocultar un pensamiento superior debajo de una trivialidad; sostener una proposición atrevida en forma de perogrullada; aludir a cosas grandes como quien habla de paso; llevar adelante una obra seria y profunda chanceando y riendo sin cesar, empresa es de Cervantes. La alegría le sirve de girándula, y las imágenes saltan de su ingenio y juegan en el aire con seductora variedad. El Quijote es como el cesto de flores de Cleopatra en cuyas olorosas profundidades viene escondido el agente de la muerte; con esta diferencia: que debajo del montón de flores de Cervantes está oculto el áspid sagrado, ese que pica solamente a los perversos.

Una obra que no tuviese objeto sino el de hacer reír, nunca habría removido el temperamento casi melancólico del que está trazando estos renglones. ¿Habló por hacer reír? Si éste fuera su temor, diera con sus papeles en el fuego y se entrara por los montes en busca de una fuente milagrosa donde se lavase la mano que tal había escrito. Pero ha compuesto un curso de moral, bien creído lo tiene; y, seguro de su buen propósito, la duda no le zozobra sino en orden al desempeño. El desempeño, medianísimo será; mas no puede esta aprensión tanto con él, que deje de dar a luz lo que ha puesto por escrito. Entre la bajeza y la arrogancia, el abatimiento y la soberbia, andamos de continuo buscando a un lado y a otro lo que más cumple al servicio de nuestra vanidad: en la ocasión presente, Dios sabe si es grande el temor que ese abriga de parecer loco él mismo con haber tomado sobre sí dar nuevo aliento al sabio loco, admiración del mundo.