Études sur la Littérature française au XIXe siècle - Tome 1 Madame de Staël, Chateaubriand

Chapter 10

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«No hagas tan gran pecado como poner a Dagón par a par del arca».

«Querer una como yo hablar en una cosa tal, no es mucho que desatine».

«Suplique vuesa merced a Dios o me lleve consigo o me dé como le sirva».

Bien está que no hablemos como esos antiguos en un todo; mas la pureza, la eufonía, la numerosidad, la abundancia, busquémoslas, imitémoslas. Para mí, yo bien quisiera, enternecido y afligido con la meditación sobre la muerte, hablar a semejanza de este admirable antiguo: «Llegada es ya mi vez, cumplido el número de mis días: ahora moriré a todas las cosas y todas ellas para mí. Pues, ¡oh mundo!, quedaos a Dios. Heredades y hacienda mía, quedaos a Dios. Amigos y mujer e hijos míos, quedaos a Dios, que ya en carne mortal no nos veremos jamás».

«Breves son, Señor, los días del hombre, y el número de los meses que ha de vivir, tú lo sabes».

Ahora ved esta deliciosa cadencia de períodos: «Para ti enreda y trama el gusano hilador de la seda: para ti lleva hojas y fruto el árbol hermoso: para ti fructifica la viña: el vellón de lana que cría la oveja, beneficio tuyo es: la leche y los cueros y la carne que cría la vaca, beneficio tuyo es: las uñas y las armas que tiene el azor para cazar, beneficio tuyo es».

¿Cómo volviéramos a nuestro modo de escribir este lugar tan lleno de majestad y elegancia? La lana, las uñas... ¡oh!, esto es haber perdido la lengua, haberla corrompido hasta la medula, haber profanado una deidad propicia. Espíritu de la Santa Doctora, desciende sobre mí, alúmbrame. Alma del padre sabio, ¡oh tú, Granada invisible!, si en tus peregrinaciones al mundo; si cuando sales a recoger tus pasos, aciertas a distinguir a ese devoto de tu nombre, bendícele. Y tú, Cervantes, a quien he tomado por guía, como Dante a Virgilio, para mi viaje por las obscuras regiones de la gran lengua de Castilla, echa sobre mí los ojos desde la eternidad, y anímame; llégate a mí, y apóyame; dirígeme la palabra, y enséñame. Cuando yo te pregunte: Maestro, ¿quién es esa sombra augusta que a paso lento está siguiendo la orilla de ese río? Tú has de responder: Inclínate, hijo, ese es don Diego Hurtado de Mendoza.

Maestro, ¿quién es el espectro que allá va alto y sereno, los ojos vueltos arriba? -Ese es Fernando Rojas, autor de La Celestina; salúdale.

Maestro, ¿quién es ese espíritu que se agacha a beber en esa fuente, debajo de estos acopados mirtos? -Es Moratín, llamado Inarco Celenio. A éste no le hables: huirá como una cervatilla; es tímido y esquivo como una virgen vergonzosa.

Maestro, ¿quién es esa alma rodeada de un resplandor divino, que está echándole la mano al cuello a ese arco iris? -Ese se llama don Gaspar de Jovellanos, hijo. Es el pontífice de los escritores: llégate a él, y dobla la rodilla.

Y agora, mi buena señora, me acorred, pues que me es tanto menester.