Études sur la Littérature française au XIXe siècle - Tome 1 Madame de Staël, Chateaubriand

Chapter 1

Chapter 14,087 wordsPublic domain

{| align=center id=toc |- align=center | I — II — III — IV — V — VI — VII — VIII — IX — X — XI — XII |} __NOTOC__

Dame del atrevido; dame, lector, del sandio; del mal intencionado no, porque ni lo he menester, ni lo merezco. Dame también del loco, y cuando me hayas puesto como nuevo, recíbeme a perdón y escucha. ¿Quién eres, infusorio -exclamas-, que con ese mundo encima vienes a echármelo a la puerta? Cepos quedos: no soy yo contrabandista ni pirata: mía es la carga: si es sobradamente grande para uno tan pequeño, no te vayas de todas por este único motivo; antes repara en la hormiga que con firme paso echa a andar hacia su alcázar, perdida bajo el enorme bulto que lleva sobre su endeble cuerpecillo. Si no hubiera quien las acometa, no hubiera empresas grandes; el toque está en el éxito: siendo él bueno, el acometedor es un héroe; siendo malo, un necio: aun muy dichoso si no le calificamos de malandrín y bellaco. Este como libro está compuesto: sepa yo de fijo que es obrita ruin, y no la doy a la estampa; téngala por un acierto, y me ahorro las enojosas diligencias con que suelen los autores enquillotrar al público, ese personaje temible que con cara de justo juez lo está pesando todo. Él decidirá: como el delito es máximo, la pena será grande: al que intenta invadir el reino de los dioses, Júpiter le derriba. Pero el rayo consagra: ese clemente es un escombro respetable.

¿Qué pudiera proponerse, me dirán, el que hoy escribiera un Quijote bueno o malo? El fin con que Cervantes compuso el suyo no existe: la lectura de los libros caballerescos no embebece a cuerdos ni a locos, a entendidos ni a ignorantes, a juiciosos ni a fantásticos: estando el mal extirpado, el remedio no tiene objeto, y el doctor que lo propina viene a curar en lo sano. Así es; pero yo tengo algo que decir: don Quijote es una dualidad; la epopeya cómica donde se mueve esta figura singular tiene dos aspectos: el uno visible para todos; el otro, emblema de un misterio, no está a los alcances del vulgo, sino de los lectores perspicaces y contemplativos que, rastreando por todas partes la esencia de las cosas, van a dar con las lágrimas anexas a la naturaleza humana guiados hasta por la risa. Don Quijote enderezador de tuertos, desfacedor de agravios; don Quijote caballero en Rocinante, miserable representación de la impotencia; don Quijote infatuado, desvanecido, ridículo, no es hoy necesario para nada. Este don Quijote con su celada de cartón y sus armas cubiertas de orín se llevó de calles a Amadises y Belianises, Policisnes y Palmerines, Tirantes y Tablantes; destrozolos, matolos, redújolos a polvo y olvido: España ni el mundo necesitan ya de este héroe. Pero el don Quijote simbólico, esa encarnación sublime de la verdad y la virtud en forma de caricatura, este don Quijote es de todos los tiempos y todos los pueblos, y bien venida será adonde llegue, alta y hermosa, esta persona moral.

Cervantes no tuvo sino un propósito en la composición de su obra, y lo dice; mas sin saberlo formó una estatua de dos caras, la una que mira al mundo real, la otra al ideal; la una al corpóreo, la otra al impalpable. ¿Quién diría que el Quijote fuese libro filosófico, donde están en oposición perpetua los polos del hombre, esos dos principios que parecen conspirar a un mismo fin por medio de una lucha perdurable entre ellos? El género humano propende a la perfección, y cuando el polo de la carne con su enorme pesadumbre contrarresta al del espíritu, no hace sino trabajar por la madurez que requiere nuestra felicidad. Si don Quijote no fuera más que esa imagen seria y gigantesca de la risa, las naciones todas no la hubieran puesto en sus plazas públicas como representante de las virtudes y flaquezas comunes a los hombres; porque una caricatura tras cuyos groseros perfiles no se agita el espíritu del universo, no llama la atención del hombre grave, ni alcanza el aprecio del filósofo. Hay obras que hacen reír quizá más que el Quijote, y con todo, su fama no ha salido de los términos de una nación: testigo Rabelais, padre de la risa francesa. Panurge y Pantagruel darán la ley en Francia; don Quijote la da en el mundo. Con decir que Juan Falstaff no es ni para escudero de don Quijote, dicho se está que en este amable insensato debajo de la locura está hirviendo esa fuente de sabiduría donde gustan de beber todos los pueblos. «El Quijote es un libro moral de los más notables que ha producido el ingenio humano». Si como español pudiera infundir sospechas de parcialidad el autor de esta sentencia, extranjero fue el que llamó a Cervantes «honra, no solamente de su patria, sino también del género humano».

Don Quijote es un discípulo de Platón con una capa de sandez: quitémosle su aspada vestidura de caballero andante, y queda el filósofo. Respeto, amor a Dios, hombría de bien cabal, honestidad a prueba de ocasiones, fe, pundonor, todo lo que constituye la esencia del hombre afilosofado, sin hacer mérito de las obligaciones concernientes a la caballería, las cuales siendo de su profesión, son características en él. Aun su faz ridícula, puesta al viso, seduce con un vaivén armonioso de suaves resplandores. Se hace armar caballero, por habilitarse para el santo oficio de valer a los que poco pueden: embiste con los que encuentra, si los tiene por malandrines y follones, esto es, por hombres injustos y opresores de los desvalidos. Trátase de un viaje al fin del mundo: él está ahí, a él le toca e incumbe molestia tan gloriosa, pues va a desagraviar a una mujer, a matar al gigante que usurpó el trono a una reina sin amparo. Todo noble, todo elevado en el fundamento de esta insensata generosidad: echada al crisol de la filosofía locura que tan risible nos parece, luego veríamos cuajarse una pepita de oro aquilatado. El móvil de acciones tan extravagantes, en resumidas cuentas, viene a ser la virtud. Don Quijote es el hombre imaginario, en oposición al real y usual que es su escudero Sancho Panza. ¿Quién no divisa aquí las dos naturalezas del género humano puestas en ese contraste que es el símbolo de la guerra perpetua del espíritu y los sentidos, del pensamiento y la materia? Si el fundador de la Academia no hubiese temido ser impío modificando la obra del Todopoderoso, habría ideado el hombre perfecto, al modo que imaginó y compuso su República. Empero, si a fuer de pensadores le quitamos a la humana especie su parte tosca y viciosa, queda descabalada: el polo del mal es contrarresto necesario en nuestra naturaleza; y sin propender a un sacrílego trastorno, al sabio mismo no le es dable decir: «Así hubiera sido mejor el hombre». Todo lo que hace el filósofo para mostrarnos que somos ruines y que pudiéramos ser más dignos del Criador, es delinear el hombre imaginario. Tal es don Quijote: en poco está que este loco sublime no derrame lágrimas al sentarse a la mesa, cual otro Isidoro Alejandrino.

Aquí estriba el secreto de la celebridad sin mengua de Cervantes: si a ingenio va, muchos lo han tenido tan despejado y alto como el suyo. Mas cuando Bocaccio rendía homenaje al vicio con obras obscenas; cuando la reina de Navarra y Buenaventura Desperries enderezaban a los sentidos el habla seductora de sus cuentos eróticos; cuando el cura de Meudón y Bouchet le daban vuelo al pecado con su empuje irresistible; cuando las matronas graves, las niñas puras leían y aprendían a esos autores para citarlos sin empacho, se estaba ya desenvolviendo en las entrañas del porvenir el genio que luego había de dar al mundo la gran lección de moral que los hombres repiten sin cansarse. ¿Qué es de esos novelistas, célebres en su patria y su tiempo? Fantasmas desconsolados, vaguean al descuido por los ámbitos obscuros de la eternidad: si alguien los mira, si alguien los conoce, no se inclina, como Dante en presencia de los espectros celestiales que encuentra en el Paraíso. Cervantes enseñó deleitando, propagó las sanas máximas riendo, escarneció los vicios y barrió con los pervertidores de la sociedad humana; de donde viene a suceder que su alma disfruta de la luz eterna y su memoria se halla perpetuamente bendecida. Tanto como esto es verdadero el principio del divino Sócrates, cual es que sólo por medio de la virtud podemos componer las obras maestras. Cervantes sabía esto, y echó por la senda opuesta a la que siguieron los autores contra los cuales alzó bandera, hablando de cuyas obras dijo un gran obispo: «Su doctrina incita la sensualidad a pecar, y relaja el espíritu a bien vivir». Escritor cuyo fin no sea de provecho para sus semejantes, les hará un bien con tirar su pluma al fuego: provecho moral, universal; no el que proclaman los seudo-sabios que adoran al dios Egoísmo y le casan a furto con la diosa Utilidad en el ara de la Impudicia.

Así lo han comprendido los autores que, poniendo el ingenio a las órdenes de las buenas costumbres, cierran con los vicios y los tienen a raya. Sus armas no siempre son unas: Teofrasto, Labruyère, Larochefoucauld, Vauvenargues hinchen de amarga tirria las cláusulas con que retratan el corazón humano. Reír, jamás estos filósofos: hablan cual sombras tétricas que tuviesen de la Providencia el encargo de corregir a los hombres reprendiéndolos con aspereza. El vicio los irrita, el crimen les da tártagos, y la acritud saludable de su pecho sale afuera en palabras oscas y bravías como el fierro bruto. Bajeza, perversidad humana, miráronlas en serio; y para remediarlas emplearon una murria acerba revestida de indignación. Estos censores se pasan de severos: témelos uno, pero elude su castigo con huir de ellos: más pueden esos maestros sutiles que se insinúan ríe riendo, se meten adentro y hieren el alma. Plauto, Cervantes y Molière han hecho más contra las malas costumbres que todos los campeones cuya espada han sido la cólera o las lágrimas. A Demócrito no gusta uno de mostrársele; a Heráclito le compadecemos y pasamos adelante.

El autor del Quijote siguió las propensiones de su temperamento: así como su héroe se cubre el rostro con su buena celada, así él se oculta debajo de ese antifaz tan risueño y alegre con el cual llena de regocijo a quienes le miran y escuchan: si la melancolía le oyera, se riera: no hay hambre, luto, palidez que no quiebren la tristeza en la figura del caballero andante en quien son motivos de risa lo mismo que a otros los vuelve respetables y aun temibles. Elevado, grave, adusto en ocasiones; audaz, intrépido, temerario; sensible, amoroso, enamorado; constante, sincero, fiel, todo para hacer reír. ¿Es esta una burla atroz, escarnio violento al cual sucumben esas virtudes? Nada menos que eso: Cervantes saca el caballo limpio: esas virtudes quedan en pie, erguidas, adorables; no han hecho sino ir a la batalla. Deslinde este muy holgado, si consideramos que no les ha cabido ni el aliento de la ridiculez, y que no afean su manto de armiño partícula de tierra ni chispa de sangre. Antes podemos considerar esta antilogía como el testimonio de lo avieso y torcido de nuestra condición: efectivamente, ¿quién aspira a la felicidad mundana, quién la alcanza con el ejercicio de las buenas obras? Si el que las tiene de costumbre se escapa de la fisga, la ingratitud no le perdona; si no muere en la cruz, de día y de noche están en un tris de lapidarle sus más íntimos amigos. ¡Oh tú, el franco, el dadivoso!, no des una ocasión, o no des cuanto te piden: eres un ahorrativo, un cutre para el cliente benigno; córrale sangre por las venas, y no serás menos que un canalla. ¡Oh tú, el denodado, el menospreciador del peligro!, perece en él, y eres un necio: murió de puro tonto, exclama tu propio camarada: si tu ángel de la guarda te preserva, no eres sino fanfarrón, matasiete de comedia que se pone en cobro a la asomada del enemigo verdadero. ¡Oh tú, el sufrido, el manso, que perdonas agravios, olvidas calumnias!: hombre vil, sin honra ni amor propio. ¡Oh tú, el magnánimo, el altivo, que por bondad o por desdén no das rostro a tus perseguidores!: ignorante, cobarde, según los casos. ¿Qué mucho, pues, si aquel cuyas acciones tienen por móvil principios sanos y plausibles sea víctima o escarnio de sus semejantes? Caídas, palos, afrentas de don Quijote; lances ridículos, burlas, carcajadas son espejo de la vida. Si éste fuera bribón cuerdo y redomado, nadie le diera soga, nadie hallara de qué reírse en él; siendo loco furioso, ¡guarda, Pablo, Dios y a un lado! Nosotros pensamos que sin miedo del martirio debemos echar por el camino de espinas: como esto sucede algunas veces, para honra de la especie humana, apenas habrá quien juzgue por gratuitos los encargos que contra ella se derivan de ciertas consideraciones. ¿Gratuitos? ¡Dios misericordioso! Pitágoras muere en el fuego; Sócrates apura la cicuta; Platón es vendido como esclavo; Jordán Bruno, Savonarola son pasto del verdugo. ¿Quién más? Todos piensan que el matador de César dijo una gran cosa cuando exclamó: «¡Oh virtud, no eres sino vana palabra!». Exclame: «¡Oh virtud, eres sentencia de muerte!», y el mundo le sacaba aún más verdadero.

La espada de Cervantes fue la risa: ved si la menea con vigor en el palenque adonde acude alto y garboso. Esa espada no es la de Bernardo: pincha y corta, deja en la herida un filtro mágico que la vuelve incurable, y se entra en su vaina de oro. La risa fue el arma predilecta del autor del Quijote, mas no la única: esta fábula inmortal tiene pasajes elevados que en ninguna manera desdicen de la índole de la composición, y refutan antes de propuesto el juicio que después había de formular un analizador, benemérito sin duda; es a saber, que en obras de ese género todo debe ir encaminando a la ironía burlesca y a la risa. Walter Scott, cuya autoridad en lo tocante a las letras humanas tiene fuerza de sanción, afirma, por el contrario, que si las obras de carácter serio rechazan por instinto la sátira graciosa y no dan cabida a la chispa maleante y placentera, las de costumbres, las en cierto modo familiares, admiten de buen modo lugares profundos y aun sublimes. Hay una persona ridícula en Homero; mas siendo perversa a un mismo tiempo, no punza el ánimo del lector con ese alfiler encantado que hace brotar la risa: ni los dioses ni los hombres perciben sal en la ridiculez del cojo Tersites, malo y feo. La ambición de los Atridas, el furor de Aquiles, los alaridos de Áyax desesperado; guerreros del cielo y de la tierra cruzando las espadas en batallas estupendas, hacen temblar montes y mares, no son cosas de reír. Todo serio, todo grande en Sófocles: la enseñanza de la tragedia es lúgubre: Electra es devota de la estatua de Niobe, porque nunca deja de llorar este sensible, apasionado mármol. A Fedra le está devorando el corazón un monstruo de mil formas: amor ilícito, incesto enfurecido, negra venganza, son tempestades en el pecho: los que las abrigan, maldicen, rugen y mueren, no están para reír. ¿Y cómo ha de reír Macbeth, cuando quisiera huir de sus propias manos que chorrean sangre? Banco no se ríe, porque las sombras nunca están alegres; Otelo no se ríe, porque abriga un demonio en las entrañas; Edipo no se ríe, porque sabe ya que ha matado a su padre, y se ha arrancado los ojos. La risa, pues, divinidad sutil que se cuela en todas partes, huye del cementerio, tiene miedo a los muertos; y ora en figura de amor, ora de celos, ora de venganza, las pasiones la acoquinan y le imponen silencio.

Las reglas en el arte no son sino observaciones confirmadas por la experiencia: el buen juicio de los doctos, de esos cuyo discernimiento separa con tanteo infalible el oro fino del bajo, el bajo de la escoria; ese buen juicio transmitido de generación en generación, admitido por el buen gusto, se convierte en leyes que sanciona el unánime consentimiento: una vez promulgadas por los grandes maestros, nadie falta a ellas que no cometa una punible transgresión. Homero es anterior a Quintiliano, ya lo han dicho. La observación de sir Walter Scott no claudica jamás respecto del poema, la tragedia, la historia y la poesía lírica: estas son matronas cuyas formas imponentes ocultan a Minerva, o doncellas impolutas que temen incurrir en la desconsideración de Apolo, si su voz argentina se embastece con una carcajada.

La risa de los ciegos tiene algo de fatídico: la risa, como las flores, no es amable ni fragante sino cuando se desenvuelve a los rayos del sol. El ciego no tiene derecho para reír: su risa es incompleta, imperfecta; los ojos ríen junto con la boca: sin la parte de ellos, este fenómeno es casi monstruoso. Reír un ciego, ¿con qué luz? Milton quiso reír; se rió una ocasión, y dio un susto a nuestra buena madre Eva en el Paraíso: en poco estuvo que el Ángel del Señor no dirigiese contra él la punta de su espada. Ciego, ¿de qué te ríes? ¡Ah! Los ángeles han inventado un nuevo instrumento de exterminio, van a llevarse a las legiones infernales en alas de su artillería y dar buena cuenta de los enemigos del hombre. Pero los demonios, a quienes no se les llueve la casa, traen en la manga lo que han menester en un apuro, y hacerles dar en el buitrón no es llegar y besarla durmiendo, por que ellos son capaces de contarle los pelos al diablo. El poeta describe la zorrería de los unos, el empacho de los otros, se pone a reír y se ríe un día entero. Esta burla se levanta en el Paraíso Perdido, bien como farallón ridículo cortado en forma de botarga, en medio de un mar grandioso. Es la única del poema, y se la ve desde lejos, para que huyan del escollo esos amables inventores que tienen nombre de poetas.

Childe Harold se quiso reír también, y se rió: esto es como si se riera Ticio debajo del buitre que le despedaza y come las entrañas: la duda sepulcral, los remordimientos, las tinieblas no experimentan alegría: Conrado, el Giaur, Manfredo, simados en el crimen, no hacen traición con el semblante a las pasiones furibundas que les imprimen semejanza de hijos del abismo. Childe Harold quiso una vez mostrarse picotero, saleroso, y quedó mal. Este bello Lucifer infunde admiración cuando se tira de rodillas en presencia del Parnaso, y deja salir de su pecho a borbollones el raudal de su divina poesía: cuando, en pie delante del Partenón, poseído por el espíritu de la antigüedad, evoca las sombras de Fidias y Pericles: cuando, errante a media noche por entre los escombros de la ciudad eterna, ve con la imaginación el espectro de Sila, y le dirige la palabra en términos tan grandes como ese gran tirano. Childe Harold exponiendo chufletas y donaires a las puertas de Newgate, cual avispado socarrón, es pequeñuelo, ruin. Lo conoció el poeta, y jamás volvió a chancear en el admirable poema donde no actúa sino un héroe, y solo, solitario y aislado basta para la acción que satisface y embelesa. Esta burla de lord Byron en una de sus obras más cumplidas dio materia y ocasión a Walter Scott para que, dilatando la mirada por el campo de las humanidades, redujese sus observaciones a preceptos. El coturno eleva hasta las nubes: poeta que lo calza y sabe entenderse con él es un gigante: los gigantes no ríen: son fuertes, valientes, feroces, soberbios y terribles.

Las obras de carácter jocoso no repugnan los pasajes serios y encumbrados, antes parecen recibir importancia de la gravedad filosófica, y ofrecen lugar con gusto a los severos pensamientos con que los moralistas reprimen las irrupciones de los vicios en el imperio de las virtudes. Debe de ser a causa que el género humano propende a levantarse, creciendo en consideración a sus propios ojos; y todo lo que es bajar le desvalora y humilla. Si de las travesuras del concepto y el estilo pasamos a las especulaciones fundamentales de la inteligencia, exprimiendo nuestras ideas en cláusulas robustas, andamos hacia arriba; y cuando sucede que del círculo eminente de la moral y la filosofía hacemos por desviarnos hacia el risueño, pero restringido campo de la sátira ligera, en esos rebatos de júbilo inmotivado que suelen darle al corazón, descendemos, sin duda. ¿No proviene de aquí la repulsión que las composiciones de índole reflexiva experimentan por sucesos cuyo lugar está realmente en la comedia? En ésta no se hacen mala obra lo serio y lo ridículo, lo raro y lo común, lo superior y lo llano: las lágrimas son esquivas; mas si oyen por ahí el ruidecillo lisonjero de esa su amable contraria que se llama risa, no siempre huyen al vuelo, y aun les acontece el esperarla con los brazos abiertos. Sátira, fábula, novela, campo abierto adonde pueden acudir todas las pasiones, grandes y pequeñas, nobles y ruines, a hacer guerra con armas de especie diferente. ¿Cuántas y cuántas escenas en Molière tan profundas por la substancia como levantadas por el lenguaje? Las obras de este gran filósofo son de tal calidad, que si la comedia no pudiera abrigar los mayores propósitos y no ofreciera espacio y holgura a la inteligencia predominante, habríamos en justicia de inventar un nombre extraordinario que las calificase y abrazase. El Misántropo, Tartufo, Don Juan son epopeyas de costumbres, obras maestras que no comunican a su dueño menos importancia que la del primer trágico del mundo. En estas comedias hay lugares, no digamos serios, pero terribles, que con ser de naturaleza funesta, contribuyen maravillosamente a la suma de las cosas. Tal es la aparición de la estatua del Comendador en casa del libertino que le había convidado a un banquete en son de burla. Comedia es la obra en que se aparecen, andan y hablan hombres de piedra; y tales escenas, siendo como son tan trágicas, no la desnaturalizan; más aún, le dan realce y esplendor. En la observación del crítico inglés no hay defecto de armadura. Cervantes supo entenderse con estas variedades de composición, secretos de las letras humanas antes conocidos que averiguados, y no temió tratar en el Quijote materias de suyo graves, en manera filosófica unas veces, otras como austero moralista.

El señor de Lamartine dijo una ocasión que admiraba el ingenio de Cervantes, pero que el Quijote no era de su gusto. -¿Es posible, señor? -No, volvió a decir; no me gusta el Quijote, por la misma razón que no me gustan las obras de los insignes autores cómicos antiguos y modernos. Averigüémonos bien: no afirmo que esas obras me disgustan por el desempeño, sino por su naturaleza. Las lágrimas son la herencia de los hombres: les hemos de enseñar a vivir y morir, si no llorando, por lo menos con el semblante digno, circunspecto, que corresponde a la imagen de Dios. Siempre me he considerado muy capaz de hacer buenas comedias: en arrimando el hombro a esa labor, yo sé que saliera bien; pero tengo por mí mismo más consideración de la que se requiere para sobresalir en ese ramo de las humanidades. -Permitidnos, señor, haceros presente que la risa es tan de nuestra esencia como el llanto: llorar, llorar y más llorar desde que salimos de la cuna hasta que ganamos el sepulcro, no es ni razonable, ni factible. La risa no está mal con la desgracia: suele mostrarse hasta en los umbrales de la miseria. ¿No diréis, por otra parte, que las lágrimas no alcanzan a los que se tienen por felices? -Felices no hay en el mundo, replicó el poeta: cual más, cual menos, todos somos desgraciados con relación a las cosas mundanas. La parte ridícula del género humano es la que en el pensador excita mayor lástima: lejos de ponerla de manifiesto, convendría cubrirla con un parche de bronce que no diese paso al acero. -La llaga permanecería viva, tornamos a argüir; valiera más curarla. -El sabio que con sume ese milagro no ha nacido, ni nacerá jamás, dijo él. Locura es hacer por mejorar la sociedad humana hiriendo desapiadada mente en ella: Car c'est une folie à nulle autre seconde Que vouloir se mêler de corriger le monde.