El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
Part 5
--¡Si piensan _algunos_ que mi casa es un cuartel, chasco se llevan!--grita una noche la pupilera, al salir la joven de servir el chocolate á Gedeón, y mientras éste se desnuda para acostarse. (Gedeón toma chocolate todas las noches desde que Solita vino á la casa; y rescoldo tomara, para hacer una comida más, si ella se lo sirviera.)
Y cátate que apenas ha dicho esas palabras doña Ambrosia, cuando se oyen en la sala el arrastrar de un sable, el charrasqueo de las espuelas y los taconazos correspondientes; mas cuando Gedeón piensa que á este rumor bélico aludía la enojada patrona, advierte que se equivoca, pues que la oye decir en seguida, con acento meloso, y á la parte de allá de las vidrieras del gabinete:
--En esta habitación estará usted como en la suya propia; precisamente la tengo destinada para estos lances... porque mi casa no es, propiamente hablando, casa de huéspedes. Á Dios gracias, no los necesito para vivir. Los tomo, como quien dice, para tener familia, y cuando me los recomiendan personas de suponer y de carácter como la que á usted le envía.
La misma ó parecida relación que le hizo á él.
--Pues mire usted, patrona--contesta en la sala una voz sonora y retumbante,--la persona que aquí me manda tendrá todo el carácter y todo el suponer que usted quiera; pero decente no es el alma de perro que debía alojarme en su casa y me echa á una mala posada.
--En cuanto á eso, caballero militar--replica doña Ambrosia notoriamente sulfurada,--entienda usted que esta casa ni es posada ni es mala; y por lo que hace á quien le envía á usted á ella, no necesita aprender de nadie á ser decente, ni tampoco tiene obligación de hospedarle á usted á su lado.
--¡Ni yo de aguantar con paciencia que á estas horas se me vaya _á la empinada_ la hija de su madre!
--¡Caballero!
--Lo dicho; y, por último, yo no le he buscado á usted la lengua.
--Ni yo le he faltado á usted...
--Á ver si hay en este palacio, si le parece poco posada, quien me dé de cenar. Eso es lo que pido, y para después, una cama. ¿Lo tiene usted, señora? ¿Sí ó no?
--¡Eso es injuriarme!
--¿Lo tiene usted? ¿Sí ó no?
--¡Pues no he de tenerlo? ¿Con quién se le figura á usted que está tratando?
--Pues venga cuanto antes, y no se meta usted en más honduras.
--¡Es que tiene usted unas cosas!...
--¡Yo tengo todo lo que necesito, señora!
--¡Y unas demasías!...
--En cuanto usted se largue de aquí, no me sobrará nada.
Dicho esto, se oye un pisar menudito y fuerte, y un zumbido sibilante, como de mujer que se marcha renegando; y, acto continuo, vuelve á oirse la voz del hombre de la sala, que grita:
--¡Ruiz!... ¡Ruiz!
--¡Presente, mi capitán!--responde desde el pasadizo otra voz de hombre, cuyos pasos, acompañados también de ruido de espuelas y de sable, indican que acude al llamamiento.
--¿Y el maletín? ¿Y el galápago? ¿Y las bridas?
--Ahí quedan, mi capitán.
--Traételos.
Un instante después, vuelve á decir el llamado Ruiz:
--Aquí está el maletín.
--¿Y lo demás?
--¿Lo demás, mi capitán?...
--¡Lo demás, sí!
--Pues lo demás, con permiso... digo que se quedará aquí afuera...
--¡Gaznápiro! ¿Te lo he mandado sacar de la cuadra para que lo dejes en la cocina?
--No, señor; pero ¿dónde lo pongo si no?
--Ahí, en el _arzón trasero_ de la cama. Ya sabes que yo nunca duermo lejos de las monturas.
--Pero hay casos, mi capitán... digo, con permiso... ¡Como están los _bastos_ tan sudaos... y es tan blanco ese bullarengue que cae por encima!...
--¿Á que te rompo la grupa de un puntapié?...
--Es que, mi capitán, como he conocío el genio de la patrona por lo que rezaba cuando salío de aquí... Vamos, temí que... Y por eso advertí á mi capitán...
--Pues precisamente estoy yo deseando dar unas vueltas de picadero á esa jaca bravía... ¡Conque figúrate tú!
--Siempre á la orden, mi capitán.
Y por el ruido que sigue á esta despedida, conoce Gedeón que la montura del cuadrúpedo del capitán pasa, conducida por Ruiz, á colocarse en la cama _de respeto_ de la _sala de recreo_ de los huéspedes de doña Ambrosia.
Jamás se vió una embustera desmentida más pronto ni más al caso.
Gedeón (que nunca puso en duda que su pupilera admitía cuanto se le presentaba) no sabe si sentir ó celebrar el lance. Lo siente por el riesgo que corren, y pueden correr en adelante, su comodidad y su reposo; pero se alegra por lo que tiene de respuesta á la indirecta _cuartelera_ que le echó la rígida doña Ambrosia, si es que á él iba enderezada, como lo va sospechando.
Entre tanto, el capitán no cesa de llamar á Ruiz, ni Ruiz cesa de pasar y repasar el pasadizo; hasta que, acostado el primero y marchándose el segundo á _zagalear_ las bestias y á dormir á su lado, reina el sosiego en la casa y ronca Gedeón.
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VII
VARIAS CATÁSTROFES
Tres días con tres noches duran las marimorenas que arman el capitán y su asistente.
¡Ruiz! por acá; ¡Ruiz! por allá; ¡mi capitán! por allí; ¡mi capitán! por el otro lado; que la cebada, que el maletín, que los alcances, que el caballo, que ¡vete!, que ¡estate!, que ¡bruto!, que ¡por vida!, que la patrona, que el libramiento, que las raciones, que la herradura... Y todo esto á gritos, al medio día, á media noche, al amanecer, y comiendo y almorzando.
Gedeón no sosiega; y, además, todo le huele á cuadra y le sabe á rancho y le suena á cuartel.
Doña Ambrosia está en ascuas, tiene calambres, riñe con el capitán y se disculpa con Gedeón.
--Ya usted ve, no es culpa mía. ¡Cómo podía yo pensar!... Para algunas gentes todo es lo mismo... No tienen educación, carecen de principios... ¡Pero yo haré!... ¡Yo le aseguro!... Usted dispensará... Á cualquiera le sucede... Como una juzga á los demás por sus propios sentimientos...
Y no dura la brega más que tres días, porque doña Ambrosia, con la disculpa de que tiene comprometida la habitación, despide al capitán cuando vence su boleta; disculpa que éste no admite como de buena ley, por lo cual, antes de marcharse, pone á la pupilera como trapo de fregar, y á la casa, que no hay por dónde mirarla.
Aquella noche descansa Gedeón y hasta reanuda sus casi interrumpidos coloquios con Solita; pero con esto vuelven á arder las apagadas iras de doña Ambrosia, y á estallar sobre su doncella, y á oirse sus letanías acostumbradas cada vez que pasa por delante de la puerta falsa del gabinete.
En esto, toman posesión de la sala dos nuevos huéspedes. Son dos cómicos, que vienen á casa á la una de la mañana, y se acuestan á las dos, y se levantan á las once, y comen á deshora, y estudian á voces sus papeles, y cantan á grito pelado coplas indecentes, y se pasean en calzoncillos por toda la casa desde que salen de la cama hasta que se van al ensayo, y dicen chicoleos desde el balcón á todas las mujeres que se asoman á los de enfrente, y tiran bolitas de pan y huesos de aceituna á los hombres que pasan por la calle.
De vez en cuando los visitan otros camaradas del oficio, y entonces se hunde la tierra.
Gedeón, condenado desde mucho tiempo hace á ir de mal en peor en esto de _establecerse á su gusto_, suspira por el capitán, que le parece un ángel de Dios, comparado con aquellos demonios del estrépito.
Un día convidan éstos á comer á media docena de sus amigos; y como la comida es solemne, tiene lugar en la sala. Antes que lleguen los postres, Gedeón se ahoga de ira y de ruido, y tiene que largarse á la calle para buscar un poco de aire menos corrompido, y una algarabía más tolerable.
Dos horas le dura la _arrancada_, como dicen los marinos, ó la _velocidad inicial_, según la culta jerga científica; dos horas que invierte Gedeón en meterse, como los huracanes, por todas las rendijas que halla á su paso en la ciudad. Cuando se ve rendido y desfogado, vuélvese á casa, en la creencia de que, si no la policía, el cansancio habrá puesto en orden y en silencio á los cómicos de la sala.
Pocos pasos antes de llegar al portal, observa que sale de él Solita, con un lío de ropa debajo del brazo. Este detalle le parece grave.
En efecto, Solita se echa á llorar en cuanto se encara con Gedeón.
--¡Ay, señorito!--le dice entre sollozos,--¡qué mala estrella es usted para mí!
--Pues ¿qué sucede, hija mía?--pregúntala Gedeón hecho unas mieles.
--Que por usted salgo de esta casa, como por usted salí de la otra.
--¡Por mí, alma de Dios!
--Sí, señor, por usted.
--¿Pero qué la he hecho yo á usted? vamos á ver.
--Ya usted me comprende.
--Pues no comprendo una palabra.
--¿Qué me había hecho usted cuando la señora Braulia me difamaba?
--Absolutamente nada, Solita; absolutamente nada... y bien á mi pesar, créalo usted.
--Gracias por la intención... Pues eso mismo me ha hecho usted ahora; y, sin embargo, la señora me ha dicho... bastante más que la otra.
--¿De mí?
--Y de mí: de los dos.
--¡Ah, grosera, incivil y menguada!
--¡También usted!
--Me refiero á la pupilera, hija mía. ¡Yo denostar á quien es la cultura, la suavidad y la...!
--Mil gracias, señorito... Pues verá usted. Desde que entré en su casa, venía martirizándome con palabras de muy mal sentido, cada vez que yo salía del gabinete, de servirle á usted.
--¡Y no me ha dicho usted nada!
--¿Para qué?
--Para que yo estrangulara á esa tarasca.
--Pero hoy y como no quise servir á los de la sala, porque al ponerles la mesa me dijeron muchas groserías, tomó pie de aquí en cuanto usted se fué á la calle; y sobre si no me gustaba servir á otro huésped que al del gabinete, y si usted y yo nos entendíamos, y sobre si esto era inmoral y escandaloso, y sobre no sé qué perrerías más por el estilo, díjome tales cosas, que me obligaron á cantarla cuatro verdades al oído y á despedirme en seguida.
--¡Bien, Solita! ¡Eso es tener dignidad y carácter! Lo que siento yo es no haber estado cerca para remachar el clavo encima de su cabeza... Pero vamos á ver: ¿adónde va usted ahora?
Aquí Solita baja los ojos, recoge una punta de su delantal con la mano libre, y responde con voz lenta y no muy firme:
--Por de pronto... á casa de una amiga.
--¿Y después?
--Después... adonde me quieran.
--Entonces, no se mueva usted de aquí.
--Ya sabe usted en qué sentido hablo.
--También usted en el que yo la replico.
--La necesidad me obliga á servir.
--Porque usted quiere.
--¡Qué bromas gasta usted!
--No en este momento.
--Me parece que más claras...
--Si quisiera usted tomar en serio lo que yo le dijera...
--¿Más aún de lo que me tiene ya dicho?
--¡Muchísimo más!
--¡Pues tendrá que oir!
--¡Cosa buena, Solita!
--Como de usted.
--Ya se ve que sí.
--Pues si usted lo asegura...
--Ha de saber usted, Solita, que tengo un plan.
--¿Ahora, de repente?
--Hace días.
--¿Y qué?
--Que si quisiera usted conocerle...
--Si me interesa en algo...
--De punta á cabo.
--Pues usted dirá.
--Es algo extenso... ¿Va usted muy lejos?
--Bastante.
--En ese caso, andando hablaremos.
--Como usted guste.
--Pues vamos andando.
Y á andar echan los dos, calle adelante, paso á paso, medio á obscuras cuando pasan cerca de un farol, y á obscuras por completo cuando de él se alejan, juntos, juntitos, y muy encorvado el uno sobre la otra, como la _f_ sobre la _i_.
* * * * *
Una hora más tarde vuelve Gedeón á su posada, de la cual falta ya el único atractivo que para él tenía. ¡Considérese con qué ojos mirará ahora aquella guarida en que la necesidad le metió!
Cuando entra en su gabinete, reina el silencio en la sala, aunque algún débil rayo de luz y tal cual carraspeo le indican muy pronto que hay gente en ella. La curiosidad le mueve á separar un poco una cortinilla de las vidrieras y á mirar lo que hay al otro lado. Alrededor de la mesa en que han comido, ve á los dos huéspedes y á sus amigos, con las cabezas en grupo y los cuerpos descoyuntados sobre las sillas. La luz está en medio de todos, y debajo de ella algo que Gedeón no puede ver; pero muy pronto llegan á su oído varias palabras, como _juego_, _cargo_, _me retiro_, _entrés_, etc., etc.
--Vamos--piensa Gedeón,--lo que faltaba.
Mas apenas lo ha pensado, cuando el grupo se deshace y se arma en la sala un vocerío tremendo; y sobre si _muerto_ ó si vivo; sobre si _el salto_ ó si el quiebro, en un instante suenan diez bofetones, tres botellazos y cincuenta blasfemias.
Acude doña Ambrosia, llega Malambruno y viene el ingeniero en calzoncillos ¡que ya tiene que ver!; y mientras encarnizan más el combate queriendo apaciguarle, Gedeón recoge sus dispersos vestidos, empaqueta sus cachivaches, y sale después en busca de dos mozos de cordel.
Cuando vuelve con ellos, déjalos á la puerta de la escalera; y notando que la tormenta ya no ruge, llama á doña Ambrosia.
--¡Señora!--le dice.--¡Ésta es la casa de _Tócame-Roque_!
--¡Más honrada y más decente que la que merece el muy descortés!--respóndele la pupilera, trémula de ira y con los ojos inyectados de sangre.
--¡Esto es un burdel!--añade Gedeón, mirándola con una seriedad y una firmeza que la desesperan más.
--¡Eso hubiera usted hecho de ella, á no ser yo quien soy, y á no velar, como velo, por la buena moral!
--Que lo digan los de la sala.
--¡Yo no puedo preverlo todo!
--Pero debía usted no engañar á nadie, como me ha engañado á mí.
--¡Cómo!...
--Negándome que aquí se admite al primero que llega.
--¡Y lo niego todavía! ¡Y sostengo que ésta no es casa de huéspedes!
--En eso no miente usted, porque es cosa algo peor.
--¡Caballero!
--Porque lo soy me marcho... Ahí va lo que debo, y en paz.
--Cuando usted guste.
--Ahora mismo.
--Naturalmente. Como se largó _ella_...
--¡Señora!...
--Bernabé y la ciega... No podía ser otra cosa... Estaban ustedes de acuerdo.
Aquí Gedeón, temiendo dar un escándalo semejante al que acaba de presenciar, entre echar el telón abajo como dirían los de la sala, ó por el balcón á la pupilera, opta por lo primero, como lo más prudente, y manda entrar á las dos acémilas para que carguen con su equipaje.
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VIII
DE MAL EN PEOR
¿Adónde vamos con esto?--le preguntan.
--Á la fonda.
--¿Á cuál de ellas?
--Á la más cara,--responde Gedeón, decidido á ahogar sus desventuras en dinero.
Y anda, anda, llegan los tres á un ancho portal muy charolado y resplandeciente; y sube, sube, por una escalera muy lustrosa, detiénense en un vestíbulo medio lujoso, medio limpio y medio obstruído por baúles amontonados y camareros sin educación.
--¿Adónde vamos?--pregunta á éstos la acémila delantera.
--Adentro se lo dirán á ustedes,--responde el menos soez de los preguntados.
Y los tres penetran en un largo corredor; y hallan á un hombre gordo que, al verlos, empuña la manezuela de una de las puertas de la ringlera, y les dice:
--Aquí.
Mas apenas ha metido Gedeón las narices dentro, dan sus ojos con un hombre en calzoncillos, esparrancado, en chancletas, y como haciendo equilibrios delante de un espejillo colgado en la pared, y detrás de una bujía colocada entre uno y otro.
--Perdón,--exclama el hombre gordo, mientras el de adentro se vuelve á mirarle, navaja de afeitar en mano, y con media cara rapada y la otra media cubierta de jabón.
Treinta pasos más adelante, vuelve á decir el que guía, abriendo otra puerta:
--Aquí es.
Y cuando los que van detrás se disponen á seguirle, una mujer en enaguas lanza un grito, y abalanzándose á la puerta, ciérrala con ira, mientras la voz de un hombre suelta una blasfemia en francés desde el fondo de aquel misterio inexplorado.
Á vueltas de otras tres equivocaciones por el estilo, el hombre gordo, ya sulfurado, pónese á gritar desde el centro de una encrucijada á que han llegado los cuatro:
--¡M’siu Cotelet!... ¡M’siu Cotelet!
--¡Boum!--le contesta una voz desde allá lejos, muy lejos.
--¿Quiere usted decirme, con mil demonios, qué número es el que está desocupado?
--¡El _dusiantos trantiunoooo_!...--vuelve á responderle la voz.
--Es en el otro piso, caballero--dice el hombre gordo á Gedeón.--Es enteramente igual á éste: sólo tiene de más algunas escaleras.
Súbenlas los cuatro, tres de ellos jadeando ya y con amagos de jadeo el hombre gordo; y vuelven á recorrer nuevos pasadizos. Al fin de uno de ellos hay una puerta con el número 231. Allí es. El hombre gordo entra y enciende una vela. Á su luz se ve el suelo lleno de papeles rotos y puntas de cigarro, la cama revuelta, la palangana hecha una basura, y la pared con lamparones.
Mientras Gedeón paga y despide á los mozos de cordel, llega un camarero silbando unas habaneras; y de dos trastazos da por arreglada la cama, dejando al nuevo huésped en la duda de si mudó las sábanas ó aprovecha las que tenía; vierte las inmundicias de la jofaina en un cubo de latón; saca á puntapiés los papeles al corredor; sacude dos manotadas y da un restregón con la sempiterna rodilla al tocador; cuelga encima de éste una tohalla; y, sin dejar de silbar las habaneras, sale del cuarto, despidiéndose con un portazo que hace temblar los tabiques.
Mustio se queda Gedeón por largo rato, maquinalmente sentado sobre uno de sus baúles y midiendo con la vista el menguado perímetro de aquella estancia. Después se levanta, y, maquinalmente también, procede á hacer el inventario de cuanto en ella le pertenece para su uso.
Además de la cama y del tocador ya mencionados, hay un ropero con puerta que no ajusta, de espejo desazogado y llave que no cierra; una percha de fleje con seis colgadores, tres de ellos á medio arrancar, dos arrancados ya y uno partido por el medio; una mesa de noche (cuyo entreabierto cajón permite ver, en su obscuro fondo, media liga vieja, un cabo de vela, tres palillos de dientes muy usados, un parche de trementina á medio uso, y seis tachuelas amarillas); una jarra de latón, como el cubo, llena de agua; sobre la mesa de noche una botellita blanca, con un vaso boca abajo por tapadera; un velador cabizbajo y alicaído, no por la carga liviana de un tinterillo sin entrañas y una pluma roñosa que no puede calzar más que punto y medio, por mucho que se presume, sino por sus achaques naturales y frutos de su arrastrada vida; por último, dos sillas de mala muerte y una butaca cuya anatomía de astillas y de alambre pugna, y al fin ha de conseguirlo, por romper la mezquina envoltura que aún la impide, aunque sólo á trechos, protestar en debida forma contra la opresora poltronería de los huéspedes.
De manera que allí todo está previsto para la comodidad de éstos y para sus más apremiantes necesidades, y nada falta más que el aseo, el orden y el desahogo. Todo parece decirle á Gedeón: «No te molestes en llamar, porque no acudirá nadie al llamamiento, en la confianza de que tienes aquí cuanto necesitas. Para lo demás, ya te llamarán á tí.»
No ignora Gedeón lo que son las fondas; pero entre _pasar_ por ellas, como él ha pasado algunas veces, y _vivir_ en ellas, como ahora vive, hay muchísima distancia; y mucho mayor para un hombre siempre cebadito y mimado en su casa, en la cual todo era suyo y para su regalo.
Decididamente no es en aquel angosto y desaliñado recinto donde ha de llenar el vacío de que se queja desde que nosotros le conocemos.
Con éstas y otras cavilaciones en la mollera, y mirando con repugnancia cuanto le rodea, vase desnudando poco á poco; y sin pizca de ilusiones para el día siguiente, métese en la cama como pudiera tirarse al pozo, apagando de un soplo la bujía y encendiendo en su memoria el recuerdo de Solita, que, por de pronto, le alegra un poco la imaginación, aunque no le llena, ni con mucho, el abismo de su alma.
* * * * *
Una semana, quince días, dos meses... un año... lo que el lector quiera, lleva Gedeón de residencia en aquel agujero, ó en otro idéntico, de la misma fonda ó de otra quizá peor que habrá encontrado, en su afán de mejorar de vivienda y de _establecerse á su gusto_.
Le ocupa lo menos que puede, y vuelve á él á las horas de comer y de acostarse, como el colegial á cátedra después de las vacaciones.
Para colmo de desdichas, tiene un destacamento reumático en una rodilla, y un manantial en un oído; le va engordando la panza y se le insinúa un catarro de pecho que, cuando el tiempo refresca, le da bastante que hacer.
Pero más que estas plagas, que al cabo le dejan en paz muy á menudo, le abate un aburrimiento desconsolador. Verdaderamente no sabe qué hacer de su cuerpo, ni en su celda ni en la calle. En la una todo es angostura y soledad. En la otra no tiene ya con quién departir; pues sus tres camaradas, únicos seres cuyo trato ha cultivado con frecuencia, le van inspirando una invencible antipatía, y huye de ellos como de la peste.
En cuanto _á lo demás_, tanto le cansa como le deleita, si es que algo de ello no le remuerde; reducido, en suma, á insubstanciales despojos de las sobras de otros tiempos, ó á _similores_ del presente, que no valen el trabajo que le cuestan, ni el riesgo en que le ponen su libertad.
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IX
POR LAS NUBES
Ahora podemos suponer, por suponer un poco de todo, que Gedeón, libre una semana de sus dolencias físicas, hace un esfuerzo supremo para sacudirse las morales, y se lanza, fraque en ristre, á regiones en que jamás ha penetrado, para estudiar aquellas razas y la manera más cómoda de explotarlas en beneficio de sus deseos y en concordancia con sus imaginaciones.
Por de pronto, sus pies, hechos á pisar los suelos de cabretón, han de enredársele no poco en el fino vellón de las alfombras. Brujuleará por salas y rincones; hará como que refiere al conocido que haya hecho su presentación cosas muy graves é importantes, para estudiar con disimulo maneras y actitudes en los que pasan á su lado; para tantear estilos de conversación amena y por lo fino, y, sobre todo, para tomar lenguas de todas y cada una de las damas que adornan los contornos del salón: se fijará primero en las más bellas; después en las más frágiles, y, por último, en las más accesibles, según el criterio de su acompañante.
Verá que no faltan entre los hombres que entretienen y acompañan á las más jóvenes y más hermosas, galanes antediluvianos que tapan la carcoma de sus muchos años con afeites y postizos.
Diránle que, así y todo, los hay entre ellos que no pierden siempre que juegan; lo cual animará mucho á Gedeón cada vez que, al pasar por delante de un espejo, vea reflejarse en él sus canas, sus arrugas y su pestorejo de veterano; pero luégo sabrá que aquellos tipos, además de haber envejecido allí, lo cual ahorra el mal efecto de una aparición con flemas y _pata de gallo_, y de poseer algún atractivo especial para las mujeres, aunque sólo sea éste el saber desempeñar con donaire el papel de comparsa en tales fiestas, no son solterones como él, sino hombres que no se han casado todavía, porque quizá picaron muy alto al intentarlo, pues lo han intentado muchas veces.
¡Pero Gedeón!... He aquí lo que, á lo sumo, se dirá de él, si algo se dice, después que se muestre en semejantes alturas:
--Pues es _un señor_ que se llama Gedeón, que está bien por su casa, y que tiene horror al matrimonio.
No puede decirse menos de un hombre que es, además, vulgar y adocenado de figura.
Hay ejemplos de que una pecadora lo haya sido con el caritativo fin de sacar á un calavera de los malos pasos en que también Gedeón se ha encontrado, y elevarle hasta ella, acaso para corromperle más; pero ese redimido era hermoso, ó, cuando menos, notable, ya que no célebre, en algún concepto; y Gedeón no es célebre, ni notable, ni hermoso por ninguna parte que se le mire.
Con tales desventajas encima, ¿qué puede prometerse el mal aconsejado solterón si se echa á herborizar en el campo en que le suponemos colocado?
Le rechazarán las solteras, porque no es negocio ni buen modelo para marido, aun cuando él se prestara á serlo; y _las demás_, suponiendo que existan (yo siempre lo niego), pensarán, y muy cuerdamente, que ya que el diablo las lleve, que las lleve en coche.