El buey suelto... Cuadros edificantes de la vida de un solterón
Part 14
--Por eso unos pocos, y otros tantos por ciertas demasías suyas.--«Pero pedazo de bruto,» le dije yo en una ocasión, hablándome él de esas aprensiones, «¿basta que se le meta á un hombre una majadería en la cabeza para que sin ton ni son vaya á dar un escándalo en la vecindad? Bueno que vigiles y quieras conservar tu puesto, pero con decoro; porque figúrate que te equivocas... Y por último, antes de dar contra los amigos, echa de casa á los extraños;» porque créelo, Gedeón, ¡esa infame se los pone á la mesa con él, á título de amigos y de parientes!... ¡y el sinvergüenza lo sufre! ¿Quieres más?
--¡No es poco que digamos!
--Y también le dije: ¿á que no daba un paso como ese nuestro amigo Gedeón?
--¡Yo! Y ¿por qué había de darle?
--Gajes del oficio son los motivos de esa clase.
--Yo no sé qué oficio es ese, ni conozco esos motivos...
--Vamos, Gedeón, echemos tierra á los motivos, pero en cuanto al oficio...
--¿Qué quieres decir con eso de «echar tierra?» ¿Á qué aludes?
--¿Por qué te quemas?
--Porque me insultas.
--¿Porque te digo que tienes líos tapados?
--¡Yo no tengo líos tapados ni descubiertos!
--Como cada hijo de vecino.
--¡Falso!
--¡Gedeón!
--¡Te repito que yo no tengo líos!
--Pues cuéntaselo á tu augusto suegro que los publicaba. ¡Lástima que ya no viva!
--¿Y á ese entierro aludías antes?
--¡Ó á otro, canastos!
--¿Á cuál, víbora, á cuál?... ¡dilo!
--¡No me da la gana, soberbio!
--¡Yo haría que te diera, si tuviera los miembros sanos!
--¿Qué harías entonces?
--Molerte á bastonazos.
--Ya tendrías tú media docena de ellos encima de tu alma si no mirara...
--¡Difamador!
--¡Hipócrita!
--¡Bárbaro!
También esta entrevista acabó rodeada de transeuntes y hasta silbada de granujas.
No sé á punto fijo cuánto profundizó en el espíritu de Gedeón el que éste juzgó dardo lanzado á su pecho por Anás desde la sepultura de Herodes; pero me consta que al encerrarse en su cuarto, exclamó, poniendo todo su corazón en sus palabras:
--¡Señor, entre qué gentes he pasado lo mejor de mi vida!
Después volvió á encerrarse en su concha; y ningún acontecimiento notable alteró la triste monotonía de su existencia, hasta el instante en que se le presento á mis lectores al comenzar la historia de esta tercera y última jornada de su vida.
Pero heme referido allí únicamente al aspecto exterior de nuestro personaje; y ahora necesito decir dos palabras acerca de sus interioridades.
Mientras á un enfermo le dura la fiebre, no cabe en la cama y sueña que es emperador que manda ejércitos, y que ni la muerte se atreve contra él; pero pasa el acceso, y sus brazos, antes de acero, truécanse en débiles cañas; la luz vence á sus ojos, y el más blando lecho parécele dura roca para descanso de su cuerpo aniquilado: la razón, ya en su quicio, no le alumbra quimeras, sino la verdad de su estado y lo que le falta para llegar á ser un cuerpo sano como los demás.
Lo mismo le ha sucedido á Gedeón. Mientras le duró la fiebre de las pasiones groseras sostenidas por el vigor de su naturaleza y estimuladas por el veneno de su educación, ya sabemos lo que fué; pero asaltáronle plagas, lloviéronle pesadumbres y desengaños; y á medida que el cuerpo fué cayendo, fué su espíritu levantándose. Cada ilusión apagada en su fantasía, renació como luz en su razón; y cada flaqueza vencida en su materia, rompió un eslabón de la cadena de su alma. Así llegó ésta á enseñorearse de aquel cuerpo, cuando el cuerpo no fué más que una carga de dolores.
Ya no hay brumas ante la mirada de Gedeón; y desde la alteza de sus desdichas, todo lo ve claro; ya no duda que de los senderos que tuvo delante de los ojos al dar el primer paso de la vida, eligió el peor creyendo lo contrario; y también ve, para su tormento, que ya no es hora de retroceder para buscar otro más placentero. Á sus pies está el abismo, y en él caerá con su cruz de tristezas, y allí será crucificado por el verdugo de sus remordimientos.
Para otros la luz y los consuelos; para él, la obscuridad y el desamparo.
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III
LOS VECINOS DE GEDEÓN
Sucédele muy de continuo á nuestro personaje lo que al envidioso: todo se le vuelve fijarse en lo que él no posee y tienen los que pasan á su lado.
Con el cuerpo hundido en el sillón de su gabinete, y en el pecho la barbilla, deja correr las horas, perdida la imaginación en investigaciones que le seducen y en cálculos que le fascinan.
«Lo que soy, lo que he sido y lo que pude ser.»
Estos son los tres puntos sobre los cuales divaga su fantasía años há, y el único tema de las meditaciones que le entretienen.
En la ocasión en que ahora le hallamos, con el cuarto á media luz, la atmósfera saturada de olores de _bálsamo tranquilo_, sin otro rumor que altere aquel silencio sepulcral que le rodea que el crónico estertor del ratonero que dormita debajo de la manta, por un lógico y no largo encadenamiento de ideas que acaso arranca de aquel cuadro mustio y desconsolador, vase con la mente á examinar el que ofrece cada familia de las que habitan aquella misma casa, y le son bien conocidas.
Vive en el cabrete del portal el matrimonio de que dimos cuenta más atrás; el cual matrimonio tiene un hijo de veinte años, que gana en una carpintería un jornal de dos pesetas. Al mediodía y por la noche, los tres se reúnen, y comen y cenan _en familia_. Alguna vez que otra, asoma entre ellos la discordia; pero lo ordinario es que reine la paz y hasta la alegría en aquel hogar angosto y miserable.
En el segundo piso habita un abogado de _cierta edad_, esposo de una mujer bella, padres ambos de tres niños. Rara es la semana en que el médico no tenga que visitar á alguno de éstos. Mientras dura la enfermedad, no se oye una mosca en la casa; pero, en cambio, tan pronto como el enfermo se restablece, aquello es una pajarera.--«¡Hijo mío, yo te como á besos!... ¡Toma, toma... toma!... ¡Válgame el Señor, qué gitana de criatura!... ¿Qué quieres tú, resaladísima?... ¿Que te haga un nene con el pañuelo?... Tómale, prenda. Á ver cómo le cantas: ¡oba, oba, oba!... Duérmele tú, morena... ¡Ajá!... ¡Bendito sea Dios, si no parece que los ángeles enseñan á esta chiquilla tanta monada!--¿Tienes celos tú, renacuajo mío? ¡Ay, qué pucheros hace el muy remonísimo!... No, pimpollo de la casa, que te quiero también á tí... Ven acá, hijo mío, á este otro brazo, junto á tu hermanita. Así... dale tú un beso, pichona. ¡Bien! Dale tú otro á ella, gitano... ¡Eso es! ¿Ve usted cómo se quieren los niños?... Ven tú ahora, cachorrón, y abraza á tus hermanitos... aprieta más... así... Ahora, yo un beso á cada uno... ¡Toma, toma, y toma... que valéis un imperio entre los tres!»
Tales son los entretenimientos de aquella madre, siempre que sus faenas domésticas la dejan un rato libre.
En cuanto al padre, trabaja en su bufete largas horas; pero nunca le falta una para dedicársela á sus hijos, jugando con ellos como si fuera un niño más en la casa; y si algún cliente no le ha sorprendido, como el embajador español á Enrique IV, haciendo de la estancia picadero, puesto en cuatro pies y llevando montado en sus espaldas á un chiquillo, hale hallado muchas veces con la carga encima de los hombros, á modo de San Cristóbal.
Á pesar de tan _prosáicos_ pormenores, la casa está limpia como el oro, la mujer es hasta elegante, el marido no es _raro_ y se cree feliz, y los niños no rompen la vasija ni comen las sopas á puñados. Para eso está la madre que se lo prohibe, como todo lo malo, y les amenaza con el enojo de Papá-Dios, y hasta con la venida de Pateta y del Cancón, si es necesario; y los inocentes se conforman con mirar á hurtadillas los _santos_ de algún libro, con ver lo que hay dentro del estuche de costura de su madre, alguna vez que ésta le deja abierto, y con jugar á los soldados con el bastón y un chaleco viejo de su padre, ó á los cocheros, con cuatro sillas del comedor y las disciplinas de sacudir la ropa.
Vive en el piso tercero, si padecer es vivir, un coronel retirado á quien la gota y algunas reliquias de la guerra tienen postrado en el lecho la mayor parte del año, y el resto encogido en un sillón. Para asistirle y consolarle y sufrirle con la heróica resignación de una hermana de la Caridad, está constantemente á su lado su hija, joven y bella, aunque su belleza tiene no escasa semejanza con las flores sin sol. Un hermano de ésta ayuda á levantar las cargas del hogar, desempeñando un empleo que no le produce tanto lucro como sudores. Cuando los tres se hallan juntos á ciertas horas del día y casi todas las de la noche, el afán de los hijos se consagra á endulzar las amarguras del inválido, cuya paciencia no es tan grande como el amor y la gratitud que siente hacia aquellos pedazos de su corazón.
En el piso cuarto habita un matrimonio que demuestra no ocuparse ni pensar en otra cosa que en reñir cruda batalla con la muerte, que tiempo há reclama la vida del único fruto que le han dado veinticinco años de unión pacífica y armoniosa. Rico el marido y no pobre la mujer, cuanto los dos reúnen, y sus vidas además, dieran sin vacilaciones por devolver el color de las rosas y los bríos de la juventud á la faz macilenta y al cuerpo entumecido y descarnado de aquel sér á quien una lenta, pero invencible consunción, va acercando al borde del sepulcro. Para aquellos padres el día no tiene sol, ni la noche descanso: sus almas están en el cuerpo de aquel hijo que padece y se acaba, sin que poder humano alcance á conjurar tal desventura. Algunas veces un pobre sacerdote, sentado á la cabecera del enfermo, le alivia los dolores del cuerpo con sabias advertencias para el alma, dando á la vez grato consuelo á los que ninguno esperan de los halagos del mundo cuando de él falte quien tan próximo se halla á las puertas de la eternidad.
Por último, habita la buhardilla una costurera que sostiene con su trabajo á su madre anciana y viuda, y á un hermano memo. Aunque no cesa de trabajar, y lo que gana cada veinticuatro horas puede meterse en un dedal, esta criatura canta de día y canta de noche, hasta en las horas que roba al sueño y al descanso.
Hecha esta mental exploración por su vecindad, Gedeón, que nunca olvida las lecciones del Doctor, juzga que aquella casa es un remedo del mundo. Hay en ella un poco de todo: diversidad de caracteres, de caudales, de infortunios y de alegrías.
Hay padres que trabajan y se sacrifican por sus hijos; hijos que trabajan y se sacrifican por sus padres; hermanos que cuidan de sus hermanos; padres é hijos que mutuamente se auxilian y conllevan. En una ó en otra forma, siempre hay un sér identificado con otro sér; un sentimiento honrado respondiendo á otro sentimiento, ó inclinando el corazón á trocar por los dolores ajenos las propias alegrías; vidas que se reflejan en otras vidas y en ellas se funden y se gozan, como la luz, y las flores, y el rocío; conjunto maravilloso de colores, de aromas y de frescura; ambientes embalsamados que regala el valle á la montaña, en pago de la brisa, de la lluvia y del amparo que la montaña presta al valle; misteriosa cadena de afectos que elevando el alma sobre las miserias de la tierra, convierte los dolores y la abnegación y el heroísmo en necesario y grato deber.
--¡Esto es la familia!--piensa Gedeón, interrumpiendo sus exploraciones;--algo que se siente, se ve y no se explica; algo que se encuentra en todas partes... menos en mi casa y en los libros que yo he devorado. Esto lo que en ella me llamaba en otros tiempos, y lo que yo no quería oir; esto lo que me recomendaba el Doctor como remedio de todos mis males... ¡Qué necio, qué fatuo, qué estúpido he sido!
Volviendo otra vez con la mente á la vecindad, ¡cuán rebajado se encuentra comparándose con ella!
Cuantos seres la componen tienen un destino que cumplir, ó le han cumplido ya; parecen venidos al mundo con un fin benéfico y para ocupar un puesto que les estaba señalado, y son como rueda de artefacto, que, por pequeña que sea, colocada entre otras, ayuda al movimiento á la vez que le recibe.
Todos aquellos vecinos pueden abrir sus puertas y mostrar al público sus hogares, porque nada hay en éstos que no sea útil, lícito y honrado.
Pero él... ¡cielo santo! En su casa el desamparo, el silencio, la soledad, la desconfianza, el misterio, el engaño; en su corazón, el odio á quien debiera amar y poner sobre su cabeza; en su conciencia, el remordimiento y el desencanto de los vicios.
¡Pero en cambio es _libre_!... ¡Qué mofa!...
¿De qué le sirve la libertad? Si le faltara aquel dinero, por amor al cual halla quien le dé de comer y le guarde la casa, ¿quién se acercaría á ella, ni con paciencia aguantara sus desabrimientos, hijos de sus amarguras y dolores? ¿Á quién arrancará una lágrima su muerte?
No hay duda: él solo es en aquella vecindad, reflejo del mundo, la rueda inútil, y por inútil arrojada al basurero; allí irá hundiéndose poco á poco, comida por la roña y azotada por los vientos y la lluvia, mientras la van formando una corona digna de su tumba de inmundicias y de escombros, las zarzas y las ortigas.
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IV
CASTILLOS EN EL AIRE
Pues supongamos ahora--continúa llevando sus meditaciones á otra región de más luz y de mejor aire,--que yo me hubiera casado á tiempo. Podría haberme cabido en suerte algo de lo malo que hay en la vecindad, es cierto, pero ¿y qué? Lo peor de ello ¿no es mucho mejor que lo que yo poseo? Más probable es que tuviera un poco de cada cosa: hoy una pena, mañana una alegría, ahora un dolor, más tarde un placer... Tal es el mundo, y tal la humanidad; porque no puede ser de otra manera... Pero el conjunto de todos estos dulces y de estos amargos, de estos goces y de estas pesadumbres; el no sé qué que lo envuelve y rodea, y lo da color y luz y vida; eso que un pintor llamaría _ambiente de la familia_, y otros, con mejor acuerdo, el _reflejo de Dios_; eso que no se disipa con ninguna pena, ni se adquiere con ningún dinero, ni se sustituye con nada, pero que existe en todas las familias, ¿por qué no había de existir en la mía? ¡Si me parece que lo ven mis ojos y lo palpan mis manos!... Y no es extraño: soy de los necios que viéndose ahitos, arrojaron las provisiones por la ventana, sin hacerse cargo de que se quedaban con el hambre, aunque dormida y acallada. Ahora se despierta la mía y se entretiene en pintar manjares... como ella sabe pintárselos á quien no los puede saborear.
Pero vaya una suposición racional, aplicable á este momento de mi vida.
Si yo me hubiera casado á tiempo, mi mujer estaría ahora á mi lado... Tendría, próximamente, cincuenta años: quince menos que yo; pero bien conservada, afable... hasta fresca y rozagante. Y digo que se hallaría á mi lado, porque estoy achacoso; y para entretenerme y consolarme, me daría conversación. Hablaríamos de cuando fuimos jóvenes y de las inocentadas que nos decíamos cuando novios. Pareceríanos imposible que entonces nos conformáramos con aquel amor vehemente y apasionado que luégo vimos trocarse, para dicha mutua, en otro afecto más apacible y desinteresado, y á la vez más profundo, cordial y permanente, como si nuestras vidas se hubiesen compenetrado, ó fuéramos _ella_ y yo dos cuerpos con un alma sola...
Pero á cierta edad deben entretener poco estas metafísicas. De ellas habríamos hablado en ocasión oportuna... Lo seguro es que en la presente estaríamos tratando de nuestros hijos, ó acompañados de alguno de ellos.
El mayor sería ya... ¡bah!... ¡yo lo creo! oficial de artillería... Aunque, bien mirado, no me agradan mucho los militares. Siempre están lejos de sus familias, y se expone uno á perder algo de su cariño. Después la guerra. ¡Es tan fácil que una bala, un pedacito de plomo como un guisante, arrebate en un segundo una vida llena de alegrías y de esperanzas! Verdad es que así se cumple con un deber sagrado, porque se muere por la patria... ¡Pero vaya usted á decirle al corazón de un padre que se consuele con eso, cuando llora la pérdida de un pedazo suyo!... ¡Cómo debe de sentirse la muerte de un hijo!... Por eso no es conveniente exponerlos mucho... Por otra parte, como el nuestro sería buen mozo, por la vanidad de verle lucir el uniforme... ¡qué sé yo! se me figura á mí que hubiéramos consentido en que se hiciera militar... Nada: resueltamente lo sería.
Habría recibido yo carta suya avisándome en ella que le destinaban, por ejemplo... á Sevilla. Sevilla es una gran ciudad, en la cual no puede vivir mi hijo, que pertenece á un cuerpo tan distinguido como el de artillería, como en Segovia ó en Santoña. Tendrá su uniforme estropeado, si no viejo; necesitará hacerse otro nuevo, y acomodarse en buena posada; estar, en fin, como debe estar un joven de sus condiciones: bien vestido y bien alojado. ¿Qué menos? Nada de eso me diría él en la carta, porque, como prudente, sabe que su padre con media palabra entiende á sus hijos; el caso es que yo trataría de enviarle dinero. Sobre el cuánto, consultaría con su madre. Pero, ¿qué sabe una pobre señora de su casa lo que necesita un caballero oficial del real cuerpo de artillería? Por eso me dirá que con dos mil reales tiene nuestro hijo hasta de sobra; pero yo, que sé lo que cuesta, ó debe costar, un uniforme como el suyo, con tanto ringorrango de oro fino, y lo caros que andan los guantes de primera y el tabaco regular, sin que su madre lo sepa le mando cuatro mil: la mitad para el uniforme, y el resto... ¡qué diablo!... el resto para dos mil cosas que pueden ocurrírsele á un buen mozo, caballero oficial del real cuerpo de artillería. ¿Le he de decir yo también en qué lo ha de gastar? Lo que sí le diré, que aquella cantidad se la enviamos su madre y yo: dos mil reales cada uno; pero que no la diga nada cuando la escriba, porque quiere ella guardar el secreto. Creo yo que de este modo agradecerá él más el supuesto regalo de su madre, y la tendrá más presente y hasta la querrá más, si cabe; y queriéndola él así, le querré yo también mucho más. ¡Como si fuera poco lo que le quiero!...
Despachado así el asunto del militar, empezaríamos con el abogado, el menor de nuestros hijos varones. Ese estaría preparándose para graduarse de doctor. Pero ¡qué tunante!: sabiendo que con esas cosas se le cae la baba á su padre, me ha dedicado el discurso... El de licenciado se le dedicó á su madre, que le tiene encuadernado con lujo y le guarda entre sus más estimados libros de devoción. Y ¿qué he de hacer yo sabiendo, como sé, que es un chico que se ha lucido en toda la carrera?... Pero no: se habrá graduado ya, y yo habré leído su discurso, ¡bien charlado!... No se lo diría así; pero le tiraría de la lengua é iría metiéndole en materia para oirle... Le habría regalado un reló de oro con su cifra. ¡Qué demonio de chico! ¡Cómo él se despacha en círculos y tertulias! Lo mismo dirige un rigodón que diserta sobre el Digesto. Por de contado, fumará delante de mí. Siempre me ha parecido una ridiculez ese rigor de los padres con el vicio menos indecente de la humanidad. Bueno que cuando son niños no fumen, por muchas razones; pero después, ¿por qué no han de fumar si les gusta?... ¡Cuánto me entretiene con sus humoradas y espontaneidades de muchacho! ¡Cómo anima y revuelve á toda la familia en los muchos ratos que pasa con ella! Cuando falta él de la mesa, parece que la comida está sin sazonar... También hace coplas, pero buenas; no de esas vulgaridades que escriben todos los jóvenes entre tontos é inocentes. Por de pronto, se ejercita en la profesión con un abogado de nota, que me ha dicho en confianza que antes de dos años valdrá el pasante más que él. ¡Si me pondría yo hueco al oir tal elogio! De todas maneras, este chico será el que se encargue de todos mis asuntos en los últimos años de mi vida, y el que á mi muerte ocupe mi puesto al frente de la familia; porque nada de esto se opone á que se case en tiempo oportuno con una mujer digna de él. ¡Antes muerto que solterón! Por eso me tiene siempre con cuidado el artillero. Temo que, como á otros muchos de su profesión, se le pase lo mejor de la vida mariposeando; y cuando quiera fijarse definitivamente, no pueda ya con las bragas y tenga que morir solo y desesperado.
Pero el ojo derecho mío... (no lo podría remediar) sería nuestra hija. ¡Qué cálculos haríamos sobre ella su madre y yo! Veinte años tendría, y como otros tantos soles que la hermosearan. Ahí enfrente, en la sala, habría un piano; y en ocasiones como ésta, en que el tedio... (el tedio no, porque no conocería yo esa dolencia) ó el peso de mis achaques me entristeciera, tocaría ella las piezas de música que más me gustaran á mí... Me animaría después á salir de casa; haría que la acompañara á dar un paseo por las afueras, y yo iría hecho un bobo entre ella y su madre; y más de dos jovenzuelos pasarían á su lado haciéndose los buenos mozos... Esto me cargaría bastante, porque me haría pensar en el día en que otros deberes que los de hija me la arrebataran de casa. ¡Mire usted que es dura y terrible para un padre esta ley de la naturaleza! Y no hay modo de eludirla. Cierto es que el deseo de verlas felices, y hasta la idea, á menudo equivocada, de que casando á una hija se adquiere un hijo más, debe de animar mucho en esos trances tan serios; pero así y todo, yo no me daría prisa por casarla. De esto precisamente hablaría yo ahora con su madre; y cuando ella pasara por ahí enfrente ó se asomara á la puerta para hacernos alguna pregunta, cambiaríamos de conversación... Yo tendría pañuelos bordados por ella; y de obras de sus manos estaría llena la casa; y las interioridades de ésta correrían ya de su cuenta, para descanso y satisfacción de su madre.
¡Pues y cuándo el artillero estuviera en casa con licencia? ¡_Toda la familia reunida_ entonces! ¡Qué cenas, qué comidas, qué sobremesas! ¡Dios mío, aquello sería el colmo de la felicidad! ¡Qué me importarían á mí entonces el reúma, ni la tos... ni todos los dolores juntos del cuerpo? El militar referiría sus aventuras _lícitas_ del oficio; el abogado sus travesuras de universidad; uno y otro elegirían las más ingeniosas para regocijo de su hermana y deleite de su madre; y en cuanto á mí, ¡cielo santo! solamente sabiendo lo que ahora padezco se podría calcular lo que entonces gozaría. ¡Qué vejez aquélla! ¡Cuán diferente de esta vejez! En tan placentera compañía, ¡con qué valor debe de mirarse cómo avanzan hacia uno, disfrazados de _achaques de la vida_, estos mensajeros de la muerte!... Dicen que para morir con ánimo sereno son un estorbo los hijos y la familia. ¡Qué error! Sin ella todo es tristeza y dudas y desaliento; y con estos males por escolta, podrá morir un hombre desesperado; pero sereno y valeroso... ¡nunca!
Tras estas cavilaciones, y después de permanecer Gedeón largo rato saboreándolas, alza la cabeza, y vuelve á reflejarse en su fisonomía aquella burla de otros tiempos, que era la salsa de sus meditaciones sobre parecido tema.
--¡Qué demonio!--torna á pensar;--¡lo que somos los hombres! Cuando yo era joven, me pasaba las horas muertas haciendo castillos sobre las voluptuosidades matrimoniales; ahora, que soy viejo, los hago como un tonto sobre lo que entonces me parecían miserias de la vida conyugal. ¿Estaré tan equivocado ahora como lo estuve en aquel tiempo?... ¡No, no, no y no! Por de pronto, aquello me inflamaba la sangre; era fuego que corría por mis venas; huracán que me arrastraba lejos de todo deber, y me ponía fuera de la comunión humana.
Esto es como bálsamo que se derrama en mi corazón y purifica y refrigera todo mi sér; brazo misterioso que se enlaza con el mío, y, sacándome de la sima tenebrosa, me acerca á los demás hombres, y hasta parece que me eleva hacia Dios... No cabe duda, ¡hasta por egoísmo debí yo haberme casado á tiempo!... ¡He sido un bestia! ¡mil veces sandio! ¡un millón de veces estúpido!
[Ilustración]
[Ilustración]
V
LA POESÍA DE UN SOLTERÓN
--¡Regla!... ¡Regla!
--¡Señor!
--¿Dónde mil demonios estás metida?
--¿Cuántas veces me ha llamado usted?
--Más de mil.
--No han llegado á tres.
--Tanto me da.
--Pero no es lo mismo.