Chapter 3
- Siracusano, es posible que yo sea, en efecto, un pensador. Ahora mismo me estoy planteando cómo puede gustarnos tanto ver a tu chico y a esta chica mientras ellos realizan sus actos con tanta facilidad (y bien sé que eso es lo que deseas). Me parece que dar volteretas sobre unas espadas es una demostración peligrosa que no conviene a un banquete; de igual manera, que la chica escriba y recite mientras está sobre una rueda que da vueltas es algo asombroso, pero no logro entender qué placer nos da; tampoco es más agradable verlos contorsionando sus cuerpos hasta lograr la forma de un círculo que contemplar sus hermosos y jóvenes cuerpos en reposo.
En verdad, no es en absoluto extraño toparse con cosas maravillosas, si uno lo necesita: es posible maravillarse con lo más inmediato. Por ejemplo, ¿por qué una lámpara da luz a causa de la brillante llama que tiene mientras que un espejo de bronce, que es brillante, no da ninguna luz sino que refleja lo que en él aparece? ¿Cómo aviva el aceite de oliva, que es húmedo, una llama mientras que el agua, por ser húmeda, apaga un fuego? Pero estas maravillas no concuerdan con el ímpetu del vino; por otro lado, si bailasen al compás de la flauta representando las Gracias, las Horas y las Ninfas, creo que ellos podrían hacerlo con facilidad y nuestro banquete sería mucho más agraciado.
-Sí, ¡por Zeus!, bien dicho. Voy a ofreceros un espectáculo que os encantará.
Capítulo 8: El amor noble
El siracusano salió de la sala entre aplausos, mientras Sócrates iniciaba un nuevo tema de conversación.
-Señores, es evidente que, en presencia de un gran espíritu, de la misma edad que los eternos dioses pero con la figura más joven, cuya grandeza todo lo abarca pero que se asienta en el alma de las personas, no nos debemos olvidar de él, del Amor, especialmente cuando todos formamos parte de su cortejo. Yo no podría decir un momento en el que no haya estado enamorado de alguien; sé que nuestro Cármides ha dejado a muchos prendados y hay algunos de los que él se ha quedado prendado; Critóbulo, que por ahora todavía es objeto de deseo, ya empieza también a enamorarse de otros. También Nicerato, por lo que sé, está enamorado de su mujer y esta le corresponde y respecto a Hermógenes… ¿quién de nosotros no sabe que se siente subyugado por su pasión por la grandeza, sea lo que sea eso?¿No veis cómo de serias están sus cejas, de firmes sus ojos, de medidas sus palabras, de suave su voz y de alegre su carácter?¿Cómo disfruta de la amistad de los dioses más venerables pero no nos mira al resto de mortales por encima del hombro? Tú, Antístenes, ¡eres el único que no está enamorado de nadie!
-Por Zeus, también lo estoy, y mucho: ¡de ti!
Sócrates lo miró y le respondió en burla, como si estuviera coqueteando con él:
-No me des más trabajo ahora, ¿no ves que ya estoy ocupado?
-¡Qué transparentes son tus juegos, siempre seduciendo con tus encantos! Unas veces te pones a hablar de esa pequeña divinidad tuya y te niegas a hablar conmigo; otras, porque piensas en otras cosas.
-Por los dioses, Antístenes, ¡solo te pido que no me pegues! Cualquier otra afrenta la puedo tolerar y la toleraré con gusto. Pero mantengamos tu amor en secreto, ya que estás enamorado no de mi alma sino de mi belleza física. En cuanto a ti, Calias, toda la ciudad sabes que estás enamorado de Autólico, aunque yo creo que también lo saben muchos extranjeros: el motivo es que ambos sois hijos de renombrados padres y sois famosos. Siempre he admirado tu modo de ser, pero mucho más ahora, que te veo enamorado de alguien que no cae en el lujo excesivo ni se degrada con coqueteos, sino que a todos muestra su fuerza, pujanza, virilidad y prudencia: sentirse atraído por alguien así es una muestra del carácter del enamorado.
Así pues, no sé si hay una Afrodita o dos, la Celestial y la Popular, pues también el propio Zeus parece tener muchas advocaciones. Sé que hay altares, templos y procesiones separados para cada una; los de la Popular son mucho más informales, mientras que los de la Celestial son mucho más estrictos. Podrías imaginar que la Popular envía el amor por los cuerpos, mientras que la Celestial envía el amor por el alma, por la amistad y por las bellas acciones; a mi parecer, creo que es la segunda la que te ha hecho enamorarte. Esto es evidente por la grandeza de tu amado y porque has invitado a su padre a tus banquetes con él, pues un amante noble y hermoso no oculta nada al padre de su amado.
-¡Por Hera!-dijo Hermógenes-. Sócrates, muchas cosas tuyas me maravillan; ahora, por ejemplo, acabas de elogiar a Calias y, al mismo tiempo, le has instruido sobre cómo debe ser.
-Así es, por Zeus-respondió Sócrates-, y para que lo disfrute más, quiero aportar mi testimonio de cuán mejor es el amor del alma respecto al del cuerpo, porque todos sabemos que sin afecto una relación no vale la pena ni mencionarla. En efecto, el amor de quienes aprecian el carácter del otro se suele llamar “una dulce y deseada obligación”; en cambio, muchos de los que desean el cuerpo desprecian y odian las costumbres de sus amados. E incluso si amases ambos, la flor de la juventud rápido decae y, mientras desaparece, también es forzoso que se desvanezca ese afecto; por contra, el alma se vuelve con el paso del tiempo más prudente y digna de estima. Además, hay una especie de hartazago con el disfrute del cuerpo: como sucede al llenarnos de comida, es necesario que suframos algo similar con estos amoríos. En cambio, el afecto del alma es más difícil de saciar por su pureza y no es por esto, como se pensaría, más implacentero sino que claramente se cumple la plegaria en la que solicitamos a la diosa que agracie nuestras palabras y acciones . En efecto, no es necesario explicar cómo un alma, cuando florecen su belleza, su libertad y su carácter modesto y noble, ama y admira a su amado, cómo enseguida se impone sobre las de su edad y, al mismo tiempo, no pierde su talante amistoso; lo que os demostraré es que es lógico que tal amante sea correspondido por sus queridos. Primero, porque ¿quién podría odiar al que sabe que es conocido como una persona de grandeza? Y, luego, ¿cuando supiera que ama las virtudes de ese joven más que el placer que de él puede obtener? ¿Y cuando tuviera la confianza de que ese afecto no va a menoscabarse al margen de sus actos o a pesar de perder su belleza por alguna enfermedad? Es más, para los que sientan mutuamente ese afecto, ¿cómo no va a ser dulce mirarse el uno al otro, conversar con cariño, confiar y recibir esa confianza?¿Pensar el uno en el otro mientras disfrutan en común de la buena fortuna y afrontan juntos las desgracias que puedan sobrevenir? ¿Pasar felices el tiempo cuando lo comparten con salud pero tener una unión mucho más trabada si uno cayera enfermo?¿Preocuparse por el otro todavía más cuando está ausente que cuando está presente? ¿No es placentero todo esto? Son tales acciones las que hacen que quienes aman esta relación y la disfrutan lleguen juntos hasta la vejez.
En cambio, al que está pendiente de su cuerpo, ¿por qué podría corresponder a su pasión un joven? ¿Porque se queda con lo que desea y le reparte a su querido lo que más desprecia? ¿O porque se cuida mucho de ocultar a los familiares del joven lo que desea conseguir de él? Y el que usa la persuasión antes que la fuerza, ese es, por eso, todavía más odioso: el que usa la fuerza, revela su maldad, pero el que usa la persuasión destruye el alma del persuadido. Y el que comercia con su belleza, ¿cómo va a sentir más estima por el comprador que un vendedor o tendero del mercado? No puede quererlo: si es joven, se tendrá que juntar con quien no lo es; si es hermoso, con quien no; si no está enamorado, con quien sí. Y un joven no disfruta de los placeres sexuales con un hombre como una mujer, sino que contempla, sobrio, al que está embebido de pasión: por tanto, no sería una sorpresa que acabara despreciando a su amante. Si alguien estudiara el asunto, encontraría que entre los que se aman por su modo de ser no se genera ninguna animadversión y, en cambio, de las uniones sin escrúpulos se producen una multitud de consecuencias, algunas incluso sacrílegas.
Ahora os revelaré cómo es más esclava una unión basada en el deseo por el cuerpo que por la mente. El que enseña a expresarse y a hacer lo correcto sería justo que recibiera un reconocimiento, igual que Aquiles honraba a Quirón y Fénix; en cambio, al que ansía el cuerpo se le podría considerar, y con razón, un pedigüeño, pues persigue al joven pidiendo una y otra vez ese beso o esa otra caricia que necesita. Si os parece que estoy siendo muy desvergonzado, no os asombréis: el vino me acicatea y el amor que siempre me acompaña me aguijonea a hablar sobre su opuesto. En efecto, me parece que el que atiende a la belleza física se asemeja al que tiene alquilada una granja: no se preocupa por hacer el terreno más valioso sino por extraer la mayor cantidad de frutos; en cambio, el que aspira al afecto del alma se parece al que ha adquirido un terreno para su familia, que intenta por todos los medios volver más valioso a su amado. Además, entre los jóvenes, el que sabe que tiene poder sobre su amante si conserva su belleza, es de esperar que se comporte en el resto de ámbitos de su vida despreocupadamente; en cambio, si sabe que no conservará esa relación si no muestra grandeza, esto le hará preocuparse más por la virtud. Para un amante, la mayor bondad que puede surgir de convertir a su joven en un noble amigo es que sienta la necesidad de practicar la virtud: pues no es posible que alguien que realice malas acciones enseñe a su compañero a hacer el bien, ni tampoco quien demuestra desvergüenza y desmesura puede volver a su amado alguien mesurado y pudoroso.
Deseo enseñarte, Calias, a través de relatos mitológicos que no solo los hombres sino también los dioses y héroes valoran más el afecto por el alma más que el disfrute del cuerpo. En efecto, Zeus amó a muchas mortales por su belleza, pero a pesar de su relación dejó que siguieran siendo mortales; en cambio, hizo inmortales a aquellos de cuya noble alma se enamoró, entre ellos, Heracles y los Dioscuros. También se habla de otros; yo afirmo que a Ganímedes Zeus lo elevó al Olimpo también por su alma, no por su cuerpo. Su propio nombre lo testimonia: Homero dice γάνυται δέ τ᾽ ἀκούων ((ganytai akuon) “se alegra escuchando”), porque dice que disfruta escuchando. También en otro lugar dice πυκινὰ φρεσὶ μήδεα εἰδώς ((pynika fresí médea eidós) “conocedor de astutos planes en sus mientes”), que significa que conoce sabios planes en sus mientes. Con este nombre, formado por esas dos palabras (ganytai + medea) , se ve que Ganímedes era honrado por los dioses no por su bello cuerpo sino por su bella mente.
Además, Nicerato, ¿verdad que Homero nos representa a Aquiles como alguien que debe vengar a Patroclo a cualquier costa no por ser su querido sino por ser su compañero? Se cantan las grandiosas y hermosísimas hazañas que Orestes y Pílades, Teseo y Pirítoo, y muchos otros semidioses realizaron juntos, no por ser compañeros de cama sino por su mutua admiración. Incluso hoy, todas las hermosas acciones que se realizan hoy en día… ¿no acabaría alguien por descubrir que las hacen quienes desean esforzarse y asumir riesgos en pos del reconocimiento antes que quienes escogen el placer por encima del buen renombre? Desde luego, Pausanias, el amante de Agatón el poeta, ha dicho, en su defensa de los que se revuelcan en el descontrol, que podría organizarse un ejército poderosísimo a partir de los amantes y sus queridos: afirma que, según cree, estas parejas sentirían un gran reparo por abandonarse (causa sorpresa que los que menos atención prestan a las críticas y no se respetan unos a otros sean los que vayan a sentir mayor reparo por hacer algo vergonzoso). Aduce como testimonio que los tebanos y los eleos conocen muy bien el tema y afirma que [en esas ciudades] combaten juntos en batalla los que se acuestan juntos; sin embargo, no reconoce que, de todo esto, nada es igual para nosotros, pues lo que para ellos es costumbre, para nosotros es reprobable. A mi parecer, colocar a sus queridos a su lado en la batalla me sugiere que desconfían de que realicen las acciones propias de nobles hombres si están lejos; por otro lado, los lacedemonios , que saben que, si alguien ansía el placer corporal no logrará ninguna grandeza, consiguen que sus amados sean tan nobles que incluso entre extranjeros, aunque no combatan en defensa de su ciudad o de su amante, igualmente sienten vergüenza de abandonar a sus compañeros, porque ellos, en efecto, no adoran como diosa a la Desvergüenza sino a la Vergüenza. Me parece que todos estaríamos de acuerdo en lo que digo si lo analizáramos así: de las dos clases de jóvenes amados, en cuál confiaríamos más para dejar a su cuidado las riquezas, los hijos o algún favor. Yo creo que incluso el que disfruta de su amado por su belleza preferiría confiarle todo esto al que es amado por su alma.
En tu caso, Calias, la verdad es que me parece que deberías estar agradecido a los dioses porque te hayan introducido el amor a Autólico, pues es evidente que tiene afán de gloria quien soporta grandes penas y grandes dolores para ser proclamado campeón en el pancracio. Y si él pensase que no solo va a ganar honra para sí mismo y para su padre sino que también será capaz, gracias a su noble hombría, de hacer el bien a sus amigos y glorificar a su patria levantando trofeos sobre sus enemigos y que, por esto, será reconocido y famoso tanto entre griegos como entre bárbaros, ¿cómo no va a tratar bien, con grandes honras, al que crea que puede ayudarlo especialmente a lograr todo eso? Así las cosas, si quieres agradarle, debes examinar con qué conocimientos Temístocles fue capaz de liberar a Grecia; examinar con qué sabiduría Pericles logró ser el más importante consejero de su patria; considerar cómo Solón antaño, con su amor por el conocimiento, dispuso las mejores leyes para la ciudad; descubrir también con qué entrenamientos los lacedemonios han llegado a ser los líderes más importantes (y como próxeno suyo que eres, siempre acoges en tu casa a sus principales líderes). Bien sabes que, si lo desearas, rápidamente la ciudad depositaría en ti su confianza, pues tienes las mejores características: eres de buen linaje (de hecho, eres sacerdote del culto instituido por Erecteo a los dioses que combatieron contra los bárbaros a las órdenes de Yaco , actualmente pareces el más venerable de todos tus antepasados en las ceremonias del festival [de Eleusis] y tienes el cuerpo más digno de toda la ciudad, aunque bien capaz de soportar penurias. Si os parece que lo que digo es demasiado serio para un banquete, no os sorprendáis: siempre he pasado mi vida enamorado, junto con el resto de la ciudad, de las buenas personas que añaden a su naturaleza su estima por la virtud.
El resto de asistentes se puso a dialogar sobre lo que había comentado Sócrates, mientras que Autólico tenía su mirada fija en Calias. Y Calias, mientras lo miraba de reojo, dijo:
-¿Es que estás intentando ofrecerme cual proxeneta a la ciudad, Sócrates, para que entre en política y siempre le resulte querido?
-Sí, ¡por Zeus!, si llegan a ver que te preocupas no de la opinión pública sino realmente de la virtud. Una reputación falsa rápidamente se descubre en la práctica, mientras que la verdadera y noble hombría, salvo que intervenga algún dios, siempre otorga un renombre más brillante con sus acciones.
Capítulo 9: Final del banquete
Así entonces concluyó el diálogo. Autólico se levantó para dar un paseo (ya era su hora) y Licón, su padre, que lo iba a acompañar, se giró y dijo:
-¡Por Hera! Sócrates, me parece, sí, que eres un hombre hermoso y noble.
Tras estas palabras, se colocó una silla imponente en la sala y después entró el siracusano y dijo:
-Caballeros, va a entrar Ariadna a su alcoba, suya y de Dioniso; después llegará Dioniso, que vendrá un poco bebido después de un banquete con otros dioses y se acercará, y luego compartirán sus juegos juntos.
Primero llegó Ariadna, arreglada como una joven novia, y se sentó en la silla; antes de que apareciera Dioniso, la flauta tocaba un ritmo báquico. Entonces todos quedaron admirados por la habilidad del maestro de danza, pues Ariadna, nada más escuchar la tonadilla, actuaba de tal manera que cualquier espectador sabría que la escuchaba alegre; aunque no salió a recibirlo, aunque ni siquiera se levantó de la silla, estaba claro que a duras penas se contenía. Cuando Dioniso la vio, se le acercó bailando como si fuera la cosa más querida del mundo, se sentó en su regazo, la abrazó y le dio un beso. Ella parecía sentir pudor, pero igualmente le devolvió el abrazo con afecto. Los asistentes, mientras veían el espectáculo, aplaudían y gritaban “¡otra vez!” a partes iguales. Entonces Dioniso se levantó y la ayudó a levantarse, y a partir de ese momento lo que se veía eran sus pasos de baile besándose y abrazándose. Los asistentes veían a un hermoso Dioniso, a una bella Ariadna, que no se lo tomaban a broma sino que realmente se besaban con sus labios, y todos se sentían entusiasmados con el espectáculo, pues oían a Dioniso preguntarle a ella si le quería y a ella responderle con tales juramentos que no solo Dioniso sino también todos los presentes podrían haber jurado que los dos jóvenes se amaban mutuamente, pues no parecían unos actores que habían aprendido unos pasos sino unos amantes que lograban realizar lo que ya antes deseaban.
Al final, después de haber visto a los dos jóvenes abrazados, marchándose como si fueran a unirse, aquellos de los convidados que no estaban casados juraron que se casarían y los que ya estaban casados montaron en sus caballos para volver rápido con sus mujeres para disfrutar de esto. Por su parte, Sócrates y los que quedaban salieron a pasear con Licón y su hijo en compañía de Calias.
Así llegó el final de este banquete.
Notas
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