Chapter 2
Además, nosotros, los hermosos, debemos enorgullecernos de que, mientras que los fuertes deben esforzarse para conseguir la virtud, los valientes correr riesgos y los sabios dialogar, el hermoso lo puede conseguir todo con tranquilidad. Yo, desde luego, sé que las riquezas son una dulce posesión, pero más dulce me resultaría dárselas a Clinias que recibirlas de otro, y más dulce me resultaría ser esclavo que hombre libre, si Clinias quisiera ser mi amo. De este modo, si tú, Calias, te enorgulleces de poder hacer a las personas más honradas, yo creo que soy más honrado que tú, porque soy capaz de llevarlas a realizar toda clase de virtud, puesto que, a causa de un cierto hálito divino que insuflamos los hermosos en nuestros amantes, los volvemos más liberales con el dinero, más amantes del esfuerzo y la belleza en el peligro e, incluso, más modestos y también poderosos: se avergüenzan especialmente de aquello que les falta. Están locos los que no eligen hermosos a los generales: yo con Clinias cruzaría las llamas, y sé que vosotros conmigo. Así que no es descabellado, Sócrates, que mi belleza ayude a los hombres. Y, con todo, no debe despreciarse porque desaparezca rápido: igual que un joven es hermoso, también lo es un hombre, ya sea más joven, de mediana edad o anciano. De hecho, se eligen a ancianos hermosos para llevar los brotes de olivo a Atenea, como si la belleza acompañara a todas las edades. Si es dulce conseguir lo que uno desea de personas que lo entregan con gusto, bien sé que yo sería capaz, incluso en silencio, de conseguir un beso tanto de este joven como de esta joven antes que tú, Sócrates, por más cosas sabias que les digas.
-¿Cómo?-preguntó Sócrates-. ¿Ahora presumes como si fueras más hermoso que yo?
-¡Sí, por Zeus! Si no, sería el más feo de todos los silenos del teatro . (Sócrates resulta que se parecía a estos seres.)
-Venga, acuérdate de que juzguen nuestra belleza cuando haya acabado esta conversación. Y que no nos juzgue Alejandro, el hijo de Príamo, sino estas mismas personas que pensabas que te querrían dar un beso.
-¿No se lo pedirías a Clinias, Sócrates?
-¡Deja de pensar en Clinias!
-¿Pensaré menos en él si no lo nombro?¿No sabes que tengo tan clara su imagen en mi mente que, si yo fuera un escultor o un pintor, el resultado no sería peor que si lo estuviera mirando sentado a mi lado?
-Entonces-respondió Sócrates-, si tienes una imagen tan perfecta de él, ¿por qué me das la murga y me haces acompañarte a donde puedes verlo?
-Porque verlo me puede elevar el ánimo, Sócrates, mientras que su imagen no me produce placer, solo me provoca añoranza.
-Pues yo, Sócrates-intervino Hermógenes-, yo no veo propio de ti que te despreocupes así de Critóbulo, tan afectado por el amor.
-¿Piensas que se comporta así desde que se junta conmigo?
-¿Desde cuándo, si no?
-¿No ves que alrededor de las orejas le brotan el primer bozo, mientras que a Clinias ya le sube hacia atrás? Ya desde que iba con él a la misma escuela arde muy fuerte su pasión y su padre, cuando se dio cuenta de lo que le pasaba, me lo entregó para ver si podía ayudarle. ¡Y ahora está mucho mejor! Al principio, se quedaba de piedra mirándolo, como los que ven a una de las gorgonas, y no se podía apartar de él y ¡ahora ya lo he visto hasta guiñarle el ojo! Por los dioses, señores, me parece (y que quede entre nosotros) que incluso le dio un beso a Clinias: no hay un combustible más temible para el fuego del amor, porque es insaciable y provoca unas dulces esperanzas. Por eso, afirmo que, para el que desea prudencia, es necesario evitar besar a los jovenzuelos.
-¿Pero por qué-preguntó Cármides-, Sócrates, nos metes a nosotros, tus amigos, el miedo a los bellos? ¡Si yo te vi, justo a ti, por Apolo, cuando ibas junto con Critóbulo en pos de un libro en la escuela, con vuestras cabezas y brazos muy juntos!
-¡Ay! Ya me parecía que me dolía el brazo como si me hubiera mordido una fiera (¡más de cinco días que me dolió!) y el corazón como si me hubieran clavado un aguijón… Pero ahora, Critóbulo, con todos estos por testigos, te solicito en público que no me toques antes de que tengas una barba igual de poblada que tu cabeza.
Y así unían ellos las bromas con los temas serios, pero entonces intervino Calias:
-Te toca, Cármides, explicar por qué valoras tanto la pobreza.
-Todos estamos de acuerdo, ¿no es cierto?, en que es mejor ser valiente que miedoso, libre antes que esclavo, ser el objeto de cuidados antes que darlos y tener la confianza de la patria antes que la desconfianza. Pues bien, cuando yo era rico en esta ciudad, al principio temía que alguien irrumpiera en mi hogar, se llevara mis riquezas y me hiciera algún daño; luego, hacía caso a los delatores, sabiendo que yo podía sufrir un mal mucho peor que el que les podría infringir y, es más, siempre la ciudad me exigía algún gasto pero no me permitía salir de viaje. En cambio, ahora que me han privado de mis propiedades fuera de nuestras fronteras, no recibo ninguna renta de mis propiedades aquí y han vendido todos los bienes de mi casa, duermo a pierna suelta, la ciudad ha vuelto a confiar en mí y ya no sufro amenazas sino que soy yo quien las lanza y, en mi libertad, puedo viajar y quedarme en cualquier ciudad. La gente ahora me cede su asiento y los ricos se apartan de mi camino . Ahora yo parezco un tirano, mientras que antes era claramente un esclavo; antes yo pagaba mis impuestos al pueblo y ahora la ciudad es la que me mantiene con sus pagos. Cuando yo era rico, también me criticaban por juntarme con Sócrates, pero ahora que soy pobre, ya no le importa a nadie. Es más, cuando tenía muchas cosas, siempre estaba perdiéndolas, ya fuera a causa de los impuestos o del destino, pero ahora no puedo perder nada (¡no tengo nada!), sino que voy con la esperanza de hacerme con algo.
-Entonces-respondió Calias-, en tus plegarias suplicarás no volver a ser rico nunca y, si tienes un sueño propicio, harás sacrificios a los dioses protectores, ¿no?
-No, ¡por Zeus!, sino que asumo el riesgo de desear hacerme con algo.
-Venga, Antístenes-dijo Sócrates-, explícanos tú ahora por qué te enorgulleces de la riqueza cuando tienes tan poco.
-Porque sé, señores, que las personas no tienen la riqueza o pobreza en casa sino en sus almas. Veo a muchos individuos que, aun teniendo muchas riquezas, piensan que son tan pobres que, para tener más, sufren todo tipo de penas y peligros; también sé de hermanos que, tras recibir una misma herencia, uno tiene suficiente para afrontar cualquier gasto y al otro no le da para nada. He oído hablar de algunos tiranos que están tan hambrientos de riquezas que cometen actos más terribles que las personas más pobres: por su pobreza, estas personas se dedican al robo, al allanamiento y al tráfico de esclavos, pero aquellos tiranos destrozan familias enteras, asesinan a multitudes y a menudo esclavizan a ciudades enteras por el beneficio económico. A mí, al menos, me dan pena, porque están afectados por una terrible enfermedad: me parece que la enfermedad que sufren es como si alguien tuviera muchas posesiones pero, por más que comiera, nunca se saciase.
Así, yo tengo muchas cosas, porque apenas sería capaz de encontrarlas: puedo comer hasta que ya no tenga hambre, beber hasta que no tenga sed y vestirme para no tener frío cuando salgo fuera tanto como Calias, nuestro riquísimo amigo. Cuando estoy en casa, las paredes me parecen unos mantos bien calientes y los techos unas gruesas capas; tengo una manta que abriga tanto que levantarme por las mañanas de la cama me cuesta muchísimo. Cuando mi cuerpo requiere sexo, cualquier cosa me basta, de tal modo que las mujeres a las que me acerco están encantadas conmigo porque nadie más se les acerca. Todas estas cosas me parecen tan agradables que no podría rezar para pedir más placer sino menos: algunas me parecen más placenteras de lo que me convendría. Pero calculo que mi posesión más preciada de toda mi riqueza es que, incluso si alguien me robara lo que ahora tengo, no creo que ninguno de los oficios que me daría de comer me parecería indigno. Incluso cuando me apetece darme un capricho no compro lo más apreciado del mercado (pues es muy caro), sino que lo saco de los almacenes de mi alma. Me parece mucho más placentero cuando me dejo llevar tras esperar a sentir ese deseo que cuando disfruto de alguno de esos placeres, como ahora que estoy bebiendo por casualidad este vino de Tasos sin tener sed.
Ciertamente, es lógico que sean más honrados quienes estén más pendientes de la austeridad que de la acumulación de riquezas (quienes tienen suficiente con lo suyo difícilmente codiciarán lo de los demás). Y es justo reconocer que una riqueza así otorga libertad a los hombres: este Sócrates, de quien yo adquirí esta riqueza, no la contó ni pesó antes de entregármela, sino que me dio tanta como yo podía cargar. Yo ahora no envidio a nadie sino que a todos mis amigos les muestro mi libertad y comparto la riqueza de mi alma con todo el que la desea. Y, la mejor posesión de todas, veis siempre que disfruto de tiempo libre: puedo ver lo que merece verse, escuchar lo que merece escucharse y, lo que yo más valoro, pasar los días con Sócrates sin preocupaciones laborales. Tampoco él admira a los que cuentan más dinero, sino que pasa el tiempo en compañía de los que me le gustan.
Así habló él y Calias respondió:
-Por Hera, entre otras cosas, te admiro también por tu riqueza, porque ni la ciudad te da órdenes como si fueras su esclavo ni el resto te odian si no les prestas dinero.
-No le admires-habló Nicerato-, ¡por Zeus! Le voy a pedir que me preste su falta de necesidades: me ha educado Homero para contar “siete trípodes para estrenar, diez talentos de oro, veinte calderos relucientes, doce caballos ”, contantes y sonantes, sin dejar de desear mayores riquezas; igual por esto a algunos les parece que estimo demasiado las riquezas.
Todos se rieron con esta intervención, pues reconocían que había dicho las cosas tal y como eran. Entonces alguien dijo:
-Es ahora el momento, Hermógenes, de que nos digas cuáles son tus amigos y de que nos demuestres que son poderosos y se preocupan por ti, para que parezca justo tu orgullo en ellos.
-Está claro, ¿no?, que tanto los griegos como los bárbaros creen que los dioses conocen todo lo presente y lo futuro; en todo caso, todas las ciudades y gentes consultan a los dioses mediante la adivinación qué debe hacerse y qué no. También es evidente que creemos que son capaces de obrar bien y mal y, en todo caso, todos piden a los dioses que nos protejan de lo malo y nos entreguen lo bueno. Estos dioses, que todo lo saben y todo lo pueden, son mis amigos, hasta tal punto que, como se preocupan por mí, nunca me olvido de ellos, ni de día ni de noche, ni cuando voy a algún sitio ni cuando pienso iniciar algún proyecto. Debido a su capacidad de predicción, me indican también lo que va a suceder a través de los mensajes que me envían (profecías, sueños y pájaros) y lo que debe y no debe hacerse. Cada vez que les hago caso, nunca me arrepiento; cuando no he confiado en ellos, me han castigado.
-De todo lo que has dicho, nada es increíble-respondió Sócrates-, pero me gustaría preguntarte qué trato les das para mantenerlos como tus amigos.
-¡Por Zeus! Es muy barato: los alabo con mis palabras (que no me cuesta nada); de todo lo que me dan, les devuelvo siempre una parte; hablo bien de ellos todo lo que puedo y nunca miento aposta en las ocasiones que los pongo por testigos.
-Pues sí, ¡por Zeus!, si con una conducta así mantienes su amistad. También los dioses, como es de esperar, aprecian la grandeza.
Así de seria fue esa conversación. Entonces se giró para mirar a Filipo y le preguntó por qué valoraba como su mayor virtud la capacidad de hacer reír.
-¿Es que os parece poco que, dado que todos saben que soy un cómico, cada vez que les va bien, me llaman a sus casas con gusto y, cuando les va mal, me evitan hasta mirar, temiendo que les haga reírse en contra de su voluntad?
-Vaya-respondió Nicerato-, ¡por Zeus!, que tienes motivos para sentirte orgulloso, porque en mi caso es al revés: los amigos a los que les va bien me evitan a muchos metros de distancia; a los que les va mal, me recuerdan nuestros antepasados comunes y no me dejan en paz.
-Bien, y tú-preguntó Cármides-, siracusano, ¿de qué enorgulleces? ¿Está claro que del joven, no?
-No, ¡por Zeus!, para nada. De hecho, temo mucho por él: sé que algunos confabulan para destruirlo.
-¡Por Heracles!-respondió Sócrates cuando lo oyó-. ¿Qué injusticia tan grande piensan que este joven les ha infringido que planean matarlo?
-No creo que quieran matarlo, sino convencerlo para que se acueste con ellos.
-Y tú, como es lógico, piensas que eso lo destruiría.
-¡Sí, por Zeus, totalmente!
-¿Y tú no acuestas con él?
-Sí, por Zeus, todas las noches, enteras.
-¡Por Hera!-respondió Sócrates-. Vaya suerte la tuya, que tienes una piel de una naturaleza tan especial que es la única que no destruye a tus compañeros de cama. Así que, más que de otra cosa, ¿estarás orgulloso con razón de tu piel?
-No, por Zeus, tampoco de eso.
-¿Y de qué?
-De los tontos, ¡por Zeus! Los que vienen a ver mis espectáculos de marionetas son mi sustento.
-Ah-dijo Filipo-, ¿por eso te oí el otro día rezar a los dioses para que los dioses, allí donde estuvieras, dieran abundancia de cosechas y escasez de inteligencias?
-Bien-dijo Calias-, y ahora, Sócrates, ¿puedes decirnos por qué te enorgulleces de esa indigna arte que decías?
-Primero pongámonos todos de acuerdo en qué tareas realiza un proxeneta; no rechacéis responder a las preguntas que os haga, para que sepamos en qué estamos de acuerdo. ¿Os parece bien?
-Sí, claro-respondieron los demás (y esto es casi lo único que dijeron en las respuestas que dieron después).
-¿No os parece una acción propia de un buen proxeneta conseguir que aquel o aquella para quien trabaja resulte atractivo para sus conocidos?
-Sí, claro.
-¿Y no es una de las cosas que puede otorgar ese atractivo un agraciado arreglo del cabello y la apariencia?
-Sí, claro.
-¿Y no sabemos que una misma persona puede mirar con buenos o malos ojos a los demás?
-Sí, claro.
-¿Y que es posible hablar por la misma boca de forma modesta y arrogante?
-Sí, claro.
-¿Y que hay palabras que provocan el odio mientra que otras llevan a la amistad?
-Sí, claro.
-¿Y no sería, por tanto, el mejor proxeneta el que enseñara lo necesario para gustar?
-Sí, claro.
-¿Y sería mejor el que enseñara cómo gustar a una persona sola o a muchas?
Aquí hubo división de respuestas; algunos respondieron que “claramente, el que a muchas” y otros “Sí, claro”. Y, tras decir que estaban de acuerdo, prosiguió:
-Y si algún proxeneta fuera capaz de enseñar cómo gustar a toda la ciudad, ¿ese no sería el mejor de todos?
-Claramente, ¡por Zeus!-respondieron todos.
-Y si alguien pudiera conseguir eso de sus protegidos, sería justo que se enorgulleciera de su arte y recibiera una importante remuneración por ello, ¿no es cierto?
Cuando todos mostraron su acuerdo, dijo:
-Me parece que Antístenes es un de esos.
-¿Cómo?-respondió Antístenes-. Sócrates, ¿me has endosado ese oficio?
-Sí, ¡por Zeus! Porque veo que también puedes realizar, y muy bien, su disciplina auxiliar.
-¿Cuál?
-La de gancho .
-¿Y cómo sabes que puedo realizarla?-preguntó Antístenes, visiblemente molesto.
-Sé que has enganchado a nuestro Calias al sabio Pródico, cuando viste que Calias deseaba aprender filosofía y aquel necesitaba dinero. Sé que también lo enganchaste a Hipias de Elea, de quien ha aprendido técnicas memorísticas: por su culpa se ha vuelto tan enamoradizo, porque ya no puede olvidarse de algo hermoso que haya visto. Y, como sabes, hace poco me conectaste con el extranjero de Heraclea, porque me hablaste muy bien de él y me hiciste tener ganas de conocerlo. Te estoy totalmente agradecido: es una persona noble y hermosa. ¿Y no nos hablaste tan bien a Esquilo de Fleaso de mí y a mí de él que, enardecidos por tus palabras, nos lanzamos como dos perros a la carrera a buscarnos? Por tanto, viendo tus acciones, sé que puedes ser un buen gancho. Quien es capaz de reconocer cómo unas personas pueden ayudar a otras y puede hacerles desearse unos a otros, ese me parece que también podría crear amistad entre ciudades y organizar los necesarios matrimonios: merece que tanto ciudades como amigos como aliados lo consideren una muy valiosa adquisición. Pero tú, ¡por Zeus!, cuando escuchaste que te llamaba un buen gancho, te molestaste mucho.
Y así esta ronda de conversaciones finalizó.
Capítulo 5: Concurso de belleza
Entonces Calias tomó la palabra:
-Critóbulo, ¿no te vas a enfrentar a Sócrates en una competición de belleza?
-No lo hará, ¡por Zeus!-dijo Sócrates-, pues quizá ve que los jueces sienten gran aprecio por el proxeneta.
-Aun así-dijo Critóbulo-, no me voy a retirar: enséñame cómo eres más hermoso que yo, a ver si tienes alguna idea. Solo pido que alguien le acerque una lámpara .
-Antes de empezar con el juicio en sí, te cito para la vista previa. Responde.
-Pregunta.
-¿Crees que la hermosura está solo en las personas o también en otras cosas?
-Por Zeus, yo la veo en un caballo, en un buey y en muchas cosas inanimadas: sé, desde luego, que mi escudo, mi espada y mi lanza lo son.
-¿Y cómo puede ser que todas esas cosas, que no se parecen en nada entre sí, sean todas hermosas?
-Porque están bien hechas para la finalidad para la que las hemos adquirido o son buenas por naturaleza para lo que las necesitamos: por eso son hermosas.
-¿Y por qué necesitamos los ojos?
-Para ver, claro.
-Pues entonces ya estaría claro que mis ojos son más hermosos que los tuyos.
-¿Cómo?
-Porque los tuyos solo miran al recto, mientras que los míos, como están salidos, también ven a los lados.
-¿Entonces estás diciendo que un cangrejo es el animal con mejor vista?
-Totalmente, porque tiene unos ojos excelentemente dispuestos para dar fortaleza su cuerpo.
-Bien, ¿y cuál de nuestras narices es más hermosa, la tuya o la mía?
-Yo creo que la mía, si consideramos que los dioses han hecho las narices para oler. Tus orificios miran hacia el suelo, mientras que los míos están tan subidos que captan los olores por todas partes.
-¿Cómo es más hermosa una nariz chata que una recta?
-Porque no levanta una barricada sino que permite a los ojos contemplar directamente lo que deseen; en cambio, una nariz elevada se opone como un muro insolente a los ojos.
-Te doy la razón en la boca-dijo Critóbulo-: si se hicieron para comer a mordiscos, la tuya es mucho mejor que la mía. ¿Y no crees que un beso tuyo será más suave debido a lo gruesos que tienes los labios?
-Parecería que, según tus palabras, tengo una boca más fea que la de una asno. ¿Pero no contarías como prueba de que soy más hermoso que tú que las Náyades, unas divinidades, dan a luz a los Silenos, que se parecen más a mí que a ti?
-No tengo ninguna respuesta a eso, pero que se repartan ya los votos para que sepa lo más pronto posible qué castigo debo sufrir o qué multa pagar. Solo pido que se vote en secreto, pues temo que la riqueza que Antístenes y tú tenéis me supere .
La pareja de jóvenes recogieron los votos en secreto; Sócrates, por su parte, solicitó entonces que se pusiera la lámpara enfrente de Critóbulo, para que los jueces no sufrieran engaños, y que al vencedor los jueces lo recompensaran con besos y no con cintas. Cuando se volcaron los votos y todos resultaron ser para Critóbulo, dijo Sócrates:
-¡Bah! Tu dinero no parece igual que el de Calias, Critóbulo, porque el suyo vuelve a las personas más honradas, mientras que el tuyo, como suele pasar, es capaz de corromper jueces y jurados.
Capítulo 6: El momento incómodo
A continuación, algunos animaban a Critóbulo a tomar los besos de la victoria, otros a que convenciera al amo de los esclavos y algunos, mientras, se reían, pero Hermógenes estaba callado. Sócrates lo llamó por su nombre y le preguntó:
-Hermógenes, ¿podrías decirnos qué es malbeber?
-Si me preguntas por lo que es, no lo sé-respondió-; te podría decir lo que me parece que es.
-Pues lo que te parece.
-Creo que es malbeber amargar a los compañeros del banquete.
-¿Sabes que nos estás amargando con tu silencio?
-¿Mientras habláis?
-No, cuando callamos.
-¿No te das cuentas de que entre vuestras palabras no se podría meter ni un pelo y mucho menos una palabra?
-Calias-solicitó Sócrates-, ¿podrías ayudar a este hombre necesitado de respuesta?
-Voy: cuando la flauta sonaba, todos estábamos en silencio.
-¿Es que deseáis que hable con vosotros al ritmo de la flauta, como si fuera Nicóstrato el actor recitando sus versos al ritmo?
-Sí-respondió Sócrates-, ¡por los dioses!, Hermógenes, hazlo así. Creo que, igual que las canciones son mucho más agradables acompañadas de la flauta, también la música haría más dulces tus palabras, especialmente si, como la flautista, las acompañas de gestos .
-Y cuando Antístenes interroga a alguien en el banquete, ¿qué melodía debería sonar?-preguntó Calias.
-Creo que un siseo sería el sonido adecuado para un interrogatorio-dijo Antístenes.
Mientras se desarrollaba esta conversación, el siracusano observó que los asistenes no prestaban atención a su espectáculo sino que disfrutaban de la compañía mutua, así que de malas maneras le preguntó a Sócrates:
-¿Eres tú Sócrates, al que llaman el pensador ?
-¿No es mejor que ser llamado despensado ?
-Si no fuera porque te consideraran un pensador sobre los fenómenos celestiales...
-¿Sabes de algo más celestial que los dioses?-preguntó Sócrates.
-No, ¡por Zeus! Pero dicen que no prestas atención a esos fenómenos, sino a lo más insignificantes.
-¿Cómo no iba a prestar atención a los dioses? Desde arriban nos mandan la lluvia que nos ayuda, desde arriban nos proporcionan luz. Si lo que digo son tonterías, es culpa tuya, que me molestas.
-Pues vale, pero dime: ¿a qué distancia está la pulga de mí, en sus pasos? Dicen que te dedicas a hacer estas mediciones.
-¿No eras muy hábil, Filipo-interrumpió Antístenes-, en retratar a gente? ¿No dirías que este hombre parece alguien que desea incordiar?
-Sí, ¡por Zeus!-respondió aquel-, y a muchos otros.
-Con todo-dijo Sócrates-, no lo retrates, no sea que acabes pareciendo tú el que desea incordiar.
-Pero si lo retratara como alguien hermoso, como lo mejor de lo mejor, sería justo que me retratasen a mí como un adulador antes que como un incordiador.
-Ahora pareces precisamente un incordiador, cuando dices que cualquiera es mejor que él.
-¿Quieres que lo retrate como uno de los más malvados?
-No, tampoco
-Entonces, ¿que no lo retrate?
-Sí, no quiero que lo retrates.
-Pero si me quedo en silencio no sé cómo podré ofrecer un servicio digno de este banquete.
-Fácil: cállate lo que no debas decir.
Así concluyó el momento incómodo del banquete.
Capítulo 7: Lo adecuado para un banquete
Después de esto, algunos de los invitados animaban a Filipo a que hiciera sus retratos, mientras que otros se oponían. En medio de la algarabía, Sócrates tomó de nuevo la palabra:
-Como todos queremos hablar, ¿no podríamos cantar todos a la vez?
Y, acto seguido, empezó a cantar. Cuando acabaron, le llevaron una rueda de alfarero a la bailarina, sobre la que pensaba realizar unas acrobacias. Entonces dijo Sócrates: