El banquete (Jenofonte)

Chapter 1

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Capítulo 1: Introducción

A mi parecer, no solo deben recordarse las acciones esforzadas de los hombres hermosos y nobles sino también las lúdicas. Quiero contar uno de esos momentos lúdicos en el que estuve presente. En aquellos días, en los que tenían lugar las carreras de caballos de las Grandes Panateneas, Calias, que a la sazón estaba enamorado del joven Autólico, lo había llevado a ver el espectáculo porque había resultado vencedor en el pancracio; cuando acabaron las carreras, se marchó con el joven y su padre a su casa en el Pireo, y les acompañaba Nicerato. Entonces vio juntos a Sócrates, Critóbulo, Hermógenes, Antístenes y Cármides, por lo que ordenó a uno de sus sirvientes que guiase a Autólico hasta casa y se acercó a hablar con Sócrates:

-¡Qué bueno que os haya encontrado! Deseo agasajar en mi casa a Autólico y su padre. Creo que todos mis preparativos brillarán mucho más si la presencia de unos hombres con unos espíritus tan purificados como los vuestros agracia mi salón más que la de unos generales, jefes de caballería o burócratas.

-Siempre nos has despreciado y mirado por encima del hombro -respondió Sócrates-, porque bien que les has pagado mucho dinero a Protágoras, Gorgias, Pródico y muchos otros para que te enseñen sabiduría, mientras que a nosotros nos ves como unos simples iniciados en la filosofía.

-Sí -dijo-, hasta este momento os he ocultado que era capaz de mantener una larga e instruida conversación, pero ahora, si venís conmigo, os demostraré que soy realmente capaz de tratar temas serios.

Entonces los acompañantes de Sócrates, como era de esperar, le dieron las gracias pero rechazaron su invitación al banquete; sin embargo, como estaba claro que aquel se lo iba a tomar muy mal si no aceptaban, acabaron por ceder. Después de hacer algo de deporte y perfumarse unos y de lavarse otros, se presentaron en su casa. Autólico estaba sentado junto a su padre; los demás, como es de esperar, se echaron . Cualquier persona que observase la escena rápidamente pensaría que la belleza tiene algo propio de la realeza, especialmente si además, como en el caso de Autólico, la acompañas de pudor y moderación. Pues al principio, como cuando una luz brilla en la noche y atrae todos los ojos hacia sí, así también entonces la belleza de Autólico arrastraba todas las miradas hacia sí mismo. No hubo ninguno de los que miraba que no sintiera algo en su espíritu debido a su belleza. Algunos se quedaron muy callados, otros incluso cambiaron en cierta forma su comportamiento. Ciertamente, todos piensan que las personas tocadas por algún dios son dignas de ser contempladas, pero mientras que a algunos los dioses las llevan a mostrarse muy asalvajadas, a proferir terribles gritos y a ser muy violentos, los que inspira el mesurado Amor tienen una mirada amable, se expresan con una voz más dulce y tienen un porte muy noble. Así, todo lo que hacía Calias entonces lo provocaba el Amor y era un espectáculo digno de ver para los iniciados en los manejos de este dios.

Todos cenaban en silencio, como si se lo hubiera ordenado algún poderoso, cuando Filipo el cómico llamó a la puerta y le dijo al portero quién era y por qué deseaba que lo dejasen entrar: afirmó que ya venía con la comida preparada (para comer la de otros) y que su esclavo venía agobiado por la gran carga que traía (ninguna) y sin comer. Cuando Calias escuchó esto, dijo: «Bueno, señores, sería una vergüenza negarle, al menos, cobijo: ¡que entre!» Al mismo tiempo, miraba a Autólico, claramente tratando de averiguar si le había hecho gracia. Aquel, que estaba en el umbral de entrada al banquete, dijo:

-Todos sabéis que soy un cómico, así que me he presentado sin avisar, pensando que es más gracioso que avisar.

-Túmbate enseguida -respondió Calias-. Como ves, los invitados están bien repletos de seriedad, pero algo más carentes gracia.

Mientras los demás cenaban, Filipo empezó a contar gracias, para lograr aquello por lo que había sido invitado a cenar, pero como no consiguió arrancar ninguna risa, se quedó visiblemente molesto; luego quiso volver a intentarlo pero, como nadie se rio de nuevo, dejó de comer y se quedó tumbado cubriéndose con su manto.

-¿Qué te pasa -dijo Calias-, Filipo? ¿Te duele algo?

-¡Sí, Calias -respondió lamentándose-, por Zeus, y mucho! Como ha muerto la risa entre los hombres, se esfuma mi negocio. Antes me llamaban a los banquetes para que animara a los comensales provocándoles la risa; ahora, ¿por qué me debería llamar alguien? Para mí, es tan fácil dedicarme a asuntos serios como ser inmortal y, desde luego, nadie me invitará a sus cenas para que yo lo invite después, porque todos saben que en mi hogar no acostumbro a celebrar banquetes.

Y mientras decía esto se sonaba la nariz y, por el ruido que hacía, se notaba claramente que lloraba. Todos entonces le intentaban consolar con la promesa de que a la siguiente se reirían y le animaron a seguir comiendo, mientras que Critóbulo se partía de risa con su lamento. Filipo, cuando vio que alguien se reía, se destapó y, animándo a su espíritu a recobrarse porque habría nuevos banquetes , de nuevo volvió a comer.

Capítulo 2: Arranque de la conversación: ¿qué se puede enseñar y aprender?

Después de retirar las mesas, realizar una libación y entonar un peán , se presentó en el banquete un siracusano acompañado de una hábil flautista, una acróbata, de las que pueden realizar fantásticas contorsiones, y un joven en la flor de la vida, muy hábil con la cítara y en la danza: el siracusano ofrecía sus espectáculos para ganar dinero. Cuando la flautista empezó a tocar la flauta y el joven la cítara, estuvieron de acuerdo en que ambos eran muy capaces de alegrarles la velada. Entonces dijo Sócrates:

-Por Zeus, Calias, está siendo un banquete perfecto: no solo nos has ofrecido una cena irreprochable sino que además nos traes una música y espectáculo más que agradables.

-¿Y si alguien-dijo aquel- nos trajera un perfume, para que además nos acompañe un buen olor?

-Mejor que no-respondió Sócrates-: igual que hay una ropa que le sienta bien a una mujer y otra que se ve hermosa en un hombre, también son diversos los perfumes que convienen a los hombres y las mujeres. Pues yo diría que, por otro hombre, ningún hombre se perfumaría; por su parte, las mujeres, especialmente las jóvenes, como sucede con las esposas de Nicerato y Critóbulo, ¿qué otro perfume necesitan? ¡Si ya huelen bien! Por otro lado, el olor a aceite que hay en los gimnasios es más agradable que el perfume en una mujer y, cuando falta, se echa muchísimo en falta. Es más, el perfume, da igual que se lo aplique un esclavo o un hombre libre, huele igual en todos los casos; en cambio, los olores provocados por el esfuerzo de hombre libre requieren de mucho tiempo dedicado a acciones provechosas antes de que empiecen a ser agradables y libres.

-Eso estaría muy bien para los jóvenes -intervino Licón-, ¿no? Pero para los que ya no nos ejercitamos en la palestra, ¿a qué deberíamos a oler?

-Por Zeus -respondió Sócrates-, ¡a grandeza !

-¿Y dónde podríamos conseguir ese perfume?

-¡Seguro que no en una tienda!

-¿Y dónde?

-Lo dijo Teognis: «De los nobles aprenderás nobleza; si te juntas con los malvados, destruirás incluso el entendimiento que tienes.»

-¿Estás escuchando, hijo?-dijo Licón.

-¡Sí que lo oye, por Zeus-dijo Sócrates-, y lo aprovecha! Cuando quiso ser el vencedor del pancracio, tras practicar contigo [… ] de nuevo, el que le pareciera el más capaz para conseguir eso, con él estará.

Aquí se levantó una multitud de voces. Uno preguntó: «¿Dónde encontrará un maestro de eso?»; otro, que eso no es posible enseñarlo; aquel que, si se pueden aprender otras cosas, esa también.

-Como esto es discutible-intervino Sócrates-, vamos a dejarlo para más adelante. Ahora concluyamos el tema que estábamos tratando. Estoy viendo a la acróbata de pie, y alguien que le acerca unos aros.

A continuación, la otra chica empezó a tocar la flauta para acompañar su número, y el chico se puso a su lado y le fue entregando los aros a la acróbata, hasta llegar a doce. Ella estaba bailando mientras los cogía y los arrojaba al aire, vibrantes, calculando el momento exacto para arrojarlos a la altura necesaria para recuperarlos sin perder el ritmo.

-Tal y como esta joven nos demuestra- dijo Sócrates-, es evidente que la naturaleza femenina, en estas y en muchas otras cosas, no resulta ser inferior en nada a la masculina, a excepción de la inteligencia y la fuerza. Así pues, si alguno de vosotros tiene mujer, que no dude en enseñarle lo que desea que ella conozca para aprovecharlo.

-Si así lo crees, Sócrates-replicó Antístenes-, ¿por qué no educas tú a Jantipa en vez de soportar a la peor mujer de todas las que existen y, diría yo, de todas las que existieron y existirán?

-Porque veo que los que desean ser jinetes no adquieren caballos tranquilos sino briosos: ellos saben que, si pueden domar a un caballo así, luego podrán montar fácilmente en cualquier otro caballo. Por eso yo, que deseo tener trato y conversar con todo el mundo, me casé con ella, ya que sabía que si era capaz de aguantarla, podría luego fácilmente estar con cualquier otra persona.

Al resto de asistentes, desde luego, les pareció que estas palabras no eran descabelladas. Entonces trajeron un aro rodeado de rectas espadas y la acróbata lo atravesaba con volteretas en uno y otro sentido. Todos temían que sufriera algún daño, pero ella lo realizaba sin miedo y con seguridad. Entonces Sócrates llamó a Antístenes y dijo:

-Sin duda, creo que ninguno de los que estamos viendo esto negaremos que la valentía puede enseñarse, porque esta, que es una mujer, se lanza entre las espadas con tal resolución.

-Entonces-respondió Antístenes-, ¿podría este siracusano presentarse ante la Asamblea, enseñar las hazañas de su acróbata y decirles que, si los atenienses le pagasen, él podría hacer que todos los atenienses se atrevieran a arrojarse contra las lanzas con igual valor?

-Sí-interrumpió Filipo-, ¡por Zeus! Me encantaría ver a Pisandro el político aprendiendo a hacer voleteretas entre espadas, puesto que ahora no quiere servir en el ejército porque no puede ni mirar las lanzas.

Luego se acercó el joven y Sócrates dijo:

-Mirad qué hermoso es ese joven y, sin embargo, parece más hermoso cuando está bailando que cuando está en reposo.

-Parece que alabas a su maestro de danza-dijo Cármides.

-¡Vaya que sí, por Zeus! Además, no he podido evitar observar que no había ninguna parte del cuerpo que estuviera inactiva, sino que todas, junto con el cuello, las piernas y las manos se movían: si alguien quiere tener su cuerpo en buena forma, ¡debe bailar así! Me gustaría que me enseñaras, siracusano, estos pasos.

-¿Y para qué los usarás?-preguntó el siracusano.

-¡Para bailar, por Zeus!

Todos se rieron, pero Sócrates estaba muy serio:

-¡Reíos! ¿Qué pasa si deseo ejercitarme para estar en forma? ¿O si así disfruto más de la comida y el descanso? ¿O si es por el disfrute de tales actividades, no como los corredores de fondo, que solo desarrollan sus piernas y se quedan esmirriados de hombros, ni como los boxeadores, que solo desarrollan sus hombros y las piernas se les quedan esmirriadas, sino para desarrollar todo el cuerpo con armonía con esos esfuerzos? ¿Os reís porque no necesitaré buscar un compañero de ejercicios ni tendré que desnudar mi viejo cuerpo ante la multitud sino que me protegerán las paredes de una casa lo bastante grande (como ahora para el ejercicio de este joven lo fue esta casa) y en invierno me ejercitaré a cubierto y en verano a la sombra?¿Os reís porque quiero hacer que mi barriga, más grande de lo conveniente, sea más comedida? ¿No sabéis que el propio Cármides me pilló el otro día bailando?

-¡Vaya que sí! Al principio me dejó sorprendido y temí que te hubieras vuelto loco pero, como te oí decir lo mismo que les acabas de decir a estos, al volverme a casa no me puse bailar (porque nunca he aprendido) sino a practicar los golpes de boxeo, que sí sé.

-Sí, por Zeus-dijo Filipo-, y como tienes, a mi parecer, las piernas y los brazos proporcionados, si te presentaras delante de los vigilantes del mercado te considerarían una hogaza perfecta, igualada por arriba y por abajo.

-Sócrates-dijo Calias-, llámame cuando quieras aprender a bailar, para ser tu pareja y aprender contigo.

-¡Venga! Tócame algo con la flauta-pidió Filipo-, que yo también bailaré.

Entonces se levantó y se movió imitando los pasos de ambos jóvenes; al principio, puesto que habían alabado cómo el joven parecía más hermoso con sus pasos, todo lo que hizo en respuesta fueron movimientos corporales que eran más absurdos de lo natural; como la joven se había echado hacia atrás hasta hacer un círculo, él lo intentó hacer hacia delante y, al final, como habían alabado que el joven movía todo el cuerpo en sus pasos, le pidió a la flautista que subiera el ritmo y agitaba al mismo tiempo todo, las piernas, las manos y la cabeza. Cuando acabo, se tumbó y dijo:

-Es evidente, señores, que mis pasos también eran bellos y una buena forma de ejercitarse: yo, desde luego, me he quedado seco. Esclavo, lléname una copa bien grande.

-¡Sí-dijo Calias-, y también las nuestras, que nos hemos quedado secos de tanto reírnos de ti!

-Beber, señores-intervino de nuevo Sócrates-, me parece perfecto. “El vino riega las almas” : las penas adormece, como la mandrágora a los hombres, y despierta el cariño, como el aceite ayuda al fuego. Sin duda, creo que a los cuerpos de los hombres les pasa lo mismo que las plantas que crecen de la tierra: cuando un dios les da de beber mucha agua, no pueden crecer recto ni dejar pasar las brisas; cuando reciben la bebida necesaria, crecen muy tiesas y florecen para dar frutos. Así también cuando nosotros bebemos demasiado, enseguida nuestros cuerpos y pensamientos patinan y no podremos respirar ni mucho menos conversar. Que los esclavos nos lloviznen (por usar las palabras de Gorgias) un poco de vino en estas pequeñas copas: así el vino no nos obligará a emborracharnos sino que nos convencerá para alcanzar un punto más juguetón.

Todos aprobaron estas palabras; Filipo añadió que los coperos deberían imitar a los buenos aurigas y servirles corriendo rápido en círculos. Así hicieron los coperos.

Capítulo 3: Las virtudes de cada convidado

Después de esto, el joven afinó su lira al tono de la flauta y tocó y cantó, por lo que todos los alabaron. Cármides dijo:

-Me parece, señores, que al igual que Sócrates lo dijo del vino, también la unión de la elegancia y de las notas de la música de estos jóvenes adormecen las penas y despiertan el deseo.

-Desde luego, señores-intervino de nuevo Sócrates-, está claro que estos jóvenes son capaces de agradarnos. Nosotros sé que pensamos que somos mucho mejores que ellos: así pues, ¿no sería una vergüenza que no intentáramos, ahora que estamos reunidos, ayudarnos en algo o alegrarnos el ánimo?

-Guíanos, entonces-dijeron todos-: dinos de qué temas hablar para conseguirlo.

-Me gustaría retomar las palabras de Calias: nos dijo que, si cenábamos con él, nos mostraría su sabiduría.

-Claro que os la mostraré, si cada uno también comenta en público qué cree que es la virtud.

-Nadie se opone a decir qué considera más valioso.

-Os digo, pues, qué considero mi mayor virtud: creo que soy capaz de hacer que las personas sean mejores.

-¿Les enseñas-preguntó Antístenes- algún oficio o la grandeza?

-Grandeza, si es que la honradez forma parte de ella.

-¡Por Zeus que lo es-replicó Antístenes-, la más indiscutible! Porque la valentía y la sabiduría a veces parecen perjudiciales para los amigos y la ciudad, pero la honradez nunca se confunde con la injusticia.

-Cuando cada uno de vosotros haya dicho qué es lo que puede ofrecer como mayor ayuda, entonces yo no me negaré a contaros qué técnicas uso para conseguirlo. Nicerato, dinos tú ahora de qué conocimientos te enorgulleces.

-Mi padre se preocupaba por hacer de mí un buen hombre y me obligó a aprenderme todas las obras de Homero. Incluso ahora sería capaz de recitar de memoria toda la Iliada y la Odisea.

-¿No te has dado cuenta-preguntó Antístenes- de que todos los rapsodas se saben esas mismas obras?

-¿Cómo podría no haberme dado cuenta, si cada día escucho un poco sus recitaciones?

-¿Y sabes de algún grupo de gente más tonta que los rapsodas?

-No, ¡por Zeus!, me parece que no.

-Está claro entonces-intervino Sócrates- que no conocen las enseñanzas de esas obras. Tú les pagas mucho dinero a Estesimbroto, Anaximandro y muchos otros, de modo que no se te habrá escapado ninguna de esas notables enseñanzas. Y tú, Critóbulo, ¿qué consideras tu mejor virtud?

-Mi belleza.

-¿Y entonces piensas convencernos de que con tu belleza eres capaz de hacernos mejores?

-Si no lo hago, entonces está claro que pareceré una persona vulgar.

-Y tú, Antístenes, ¿cuál es la tuya?

-La riqueza.

Hermógenes le preguntó entonces si tenía mucho dinero, pero aquel le respondió que ni un céntimo.

-¿Y tienes muchas tierras?

-Quizá serían suficientes para que Autólico se eche un puñado por encima .

-También tendremos que escuchar tus argumentos-dijo Sócrates-. Y tú, Cármides, ¿cuál es la tuya?

-Considero que mi pobreza.

-¡Por Zeus, una cosa bien agradable! Para nada provoca envidias, para nada provoca disputas; está a salvo sin que nadie la vigile y se vuelve más fuerte sin cuidarla.

-Y tú, Sócrates-preguntó Calias-, ¿cuál es la tuya?

Tras adoptar una expresión de total seriedad en su rostro, respondió:

-Ser un proxeneta. Mientras vosotros os reís-continuó ante las carcajadas generales-, yo sé que podría conseguir grandes riquezas con mi arte, si quisiera sacarle partido.

-Tú está claro-le dijo Licón a Filipo- que piensas que es hacer reír.

-Y con más justicia-respondió- que Calipides, el actor, que se pavonea porque es capaz de hacer llorar al público.

-¿No nos dirás tú también, Licón-preguntó Antístenes-, de qué te enorgulleces?

-Lo sabéis todos: de mi hijo.

-Y él-dijo alguien- está claro que está orgulloso de su victoria.

-¡No, por Zeus!-respondió Autólico, enrojeciendo.

Todos, alegres por oírlo hablar, lo miraron, y uno le preguntó:

-Entonces, Autólico, ¿de qué?

-De mi padre-y, tras decirlo, se apoyó en él.

-¿Sabes, Licón-dijo Calias cuando lo vio-, que eres el hombre más rico del mundo?

-¡Por Zeus! No lo sabía.

-¿No te das cuenta de que no cambiarías a tu hijo ni por todas las riquezas del rey de Persia?

-Me has pillado: soy, por lo que parece, el hombre más rico del mundo.

-Y tú, Hermógenes-preguntó Nicerato-, ¿de qué presumes?

-De la virtud y poder de mis amigos y, sobre todo, de que incluso así se preocupan por mí.

Todos se giraron para mirarlo y muchos le preguntaron a la vez si les podía aclarar quiénes eran; él dijo que no se negaría.

Capítulo 4: Análisis de cada virtud

-Ahora solo nos queda-continuó Sócrates- que cada uno de nosotros intente demostrar cómo de valiosa es su propuesta.

-Me gustaría que me escuchaseis a mi primero-dijo Calias-. Yo, mientras os escucho debatir qué es la honradez, hago que las personas sean más honradas.

-¿Cómo, mi querido amigo?-preguntó Sócrates.

-Dándoles dinero, ¡por Zeus!

-Las personas, Calias-replicó Antístenes alzándose de su lecho con actitud inquisitiva- ¿te parece que tienen la honradez en sus almas o en su cartera?

-En sus almas.

-Entonces, ¿tú las vuelves más honradas dándoles dinero para sus carteras?

-Sin duda.

-¿Cómo?

-Porque cuando saben que tendrán para comprar lo necesario no se quieren arriesgar a actuar mal.

-¿Y te devuelven lo que les das?

-No, por Zeus, ¡de ninguna manera!

-¿Qué te dan a cambio en agradecimiento?

-¡Nada, por Zeus! Aunque algunos me odian más que antes de recibir mi dinero.

-Me deja asombrado-dijo Antístenes mientras lo miraba como si ya lo hubiera pillado- que seas capaz de hacer que se comporten con mayor honradez con los demás pero no contigo mismo.

-¿Qué tiene de asombroso? ¿No conoces a muchos carpinteros y albañiles que construyen muchas casas para otras personas pero no las suyas y que, además, viven de alquiler? Deja ya de refutarme, listo.

-¡Por Zeus que debe dejarlo!-intervino Sócrates-. También los adivinos son capaces de predecir el futuro a los demás, pero su propio destino.

Esta intervención concluyó el debate; a continuación, Nicerato dijo:

-Me gustaría que escuchaseis mi argumento sobre por qué estar conmigo os volverá mejores. De sobra sabéis que Homero, el más sabio de los hombres, escribió sobre casi cualquier hecho humano. Cualquiera de vosotros que desee llegar a ser un buen administrador del hogar, un político o un estratego, o imitar a Aquiles, Áyax, Néstor u Odiseo, que lo consulte conmigo, pues yo sé de todo esto.

-¿Y sabes también reinar?-preguntó Antístenes. Porque, como sabes, Homero ensalzó al propio Agamenón como “un rey virtuoso y poderoso lancero”.

-Claro, por Zeus, y también sé que un auriga debe girar lo más pegado al mojón, “túmbate contra el bien armado carro / un poco hacia la izquierda, y azuza al caballo / derecho con voces y suelta las riendas de las manos .” Además, también sé otra cosa cuya efectividad podéis comprobar ahora mismo. Homero dijo que una cebolla es un manjar para la bebida. Si alguien trae un cebolla, enseguida podréis recibir este beneficio, pues beberéis más a gusto.

-Señores-respondió Cármides-, Nicerato quiere volver a casa oliendo a cebolla, para que su mujer no piense que alguien podría haber querido intimar con él.

-Sin duda-dijo Sócrates-, pero corremos el riesgo de que eso nos depare otra idea ridícula. En efecto, la cebolla parece un manjar, porque hace más agradables no solo las comidas sino también las bebidas; pero si la comemos también ahora, después de la cena, cuidado que alguien no diga que hemos venido a casa de Calias solo para darnos a la buena vida.

-¡Mejor que no piensen eso, Sócrates! Un hombre que va a la batalla hace bien en prepararse comiendo una cebolla, igual que algunos dan ajos a sus gallos de pelea. Nosotros quizá estemos planeando más acostarnos con alguien que combatirlo.

Y así concluyó esta conversación.

-¿Por qué no hablo yo ahora-dijo Critóbulo- y os explico por qué creo que en la belleza está la mayor virtud?

-Habla-dijeron los demás.

-Si no soy hermoso como pienso, lo justo sería que vosotros recibierais un castigo por engañarme, ya que sin que nadie os obligue siempre estáis jurando que soy hermoso. Y yo confío en vosotros, porque os considero unos hombres hermosos y nobles. Por otro lado, si yo realmente soy hermoso y vosotros sentís hacia mí lo mismo que yo hacia el que me parece hermoso, juro por todos los dioses que no escogería ni el trono del rey de Persia a cambio de ser hermoso. Pues cuando yo veo a Clinias más hermoso que cualquier otra cosa del mundo, antes preferiría quedarme ciego de todo lo demás que solamente de Clinias. Aborrezco la noche y el sueño porque no puedo verlo y muestro mi mayor agradecimiento al día y al sol porque me muestran a Clinias.