# El Arroyo

## Part 4

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De otra parte, las estalactitas, como todas las cosas de la naturaleza, varían hasta el infinito, según la forma de la gruta, la disposición de las fisuras y la más ó menos cantidad de gotas que depositan las revocaciones calcáreas. A pesar de las obscuras tinieblas que las llenan, infinidad de cavernas se han cambiado así en maravillosos palacios subterráneos. Verdaderos cortinajes de piedra con innumerables y elegantes pliegues, coloreados á trozos por el ocre de rojo y amarillo, se extienden como escaparates de tejidos en las entradas de las salas; en el interior se suceden hasta perderse de vista las columnas con basamentos y capiteles adornados con relieves caprichosos; monstruos, quimeras y grifos, se retuercen en grupos fantásticos en las naves laterales; altas estatuas de dioses se levanten aisladas, y á veces, á la luz de las antorchas, parece que su mirada se anima y que, con enérgico ademán, alargan sus brazos hacia nosotros. Esas roperías de piedra, esas columnatas, esos grupos de animales, esas figuras de hombres ó de dioses, las ha esculpido el agua, y cada día, cada minuto, sin cesar en su obra, trabaja para añadir alguna modificación graciosa á la inmensa arquitectura.

CAPÍTULO V

#La sima#

No lejos de la caverna, gran laboratorio de la naturaleza, donde se ve la formación de un arroyo gota á gota, se abre un valle tranquilo en el fondo del cual brota otra fuente. Sale también de la roca, pero esta roca no se levanta perpendicular como la de la gran caverna; se ha inclinado á consecuencia de algún desprendimiento. Del césped que la cubre crecen algunas plantas salvajes; y en su base, alrededor de la cristalina fuente, se han agrupado grandes árboles, cuyas ramas entrelazadas se balancean armoniosa y rítmicamente, impulsadas por la brisa. Todo es apacible y encantador en ese pequeño rincón del universo. La laguna es transparente, casi sin ondas, y el agua, saliendo por un arco de algunas pulgadas de altura, se extiende sin temor.

Inclinado sobre el agua que centellea por los rayos del sol, medito mirando la sombra por donde sale, y envidio la pequeña araña acuática que corre patinando sobre la superficie líquida y va á refugiarse en un agujero de la roca. En la entrada distingo todavía algunas sinuosidades del fondo; piedras blancas, un poco de arena que se mueve lentamente, empujada por el agua que sale, produciendo ruidos de hervor; un poco hacia dentro se distinguen aún los rizos de las pequeñitas ondulaciones, y las diminutas columnas que soportan la bóveda; alumbradas vagamente por reflejos de luz, parecen temblar en la sombra: diríase que una redecilla de seda flota sobre ella con ligeras ondulaciones. Más allá todo está negro; la corriente subterránea no se revela ya, más que á veces, por el ahogado susurro. ¿Qué sinuosidades son las del agua más adentro del punto á donde alcanzan los últimos reflejos de luz? Esas curvas del arroyo son las que yo intenté buscar con la imaginación. En mis ensueños de hombre curioso, me convierto en un ser pequeñísimo, de algunas pulgadas de alto, como el gnomo de las leyendas, y saltando de piedra en piedra, insinuándome por debajo de las protuberancias de la bóveda, observo todos los confluentes de los arroyuelos en miniatura, y remonto los imperceptibles hilos de agua, hasta que convertido en átomo, llego por fin al punto donde la primera gota de agua rezuma en la piedra.

No obstante, sin convertirnos en genios como hacían nuestros antepasados en los tiempos fabulosos, podemos, paseando tranquilamente por los campos cultivados ó las áridas lomas, reconocer en la superficie del suelo los indicios que revelan el curso del oculto arroyo. Un sendero tortuoso que empieza al borde mismo de la fuente, sube por el flanco de la colina, contornando los troncos de los árboles, desaparece luego cubierto por las altas plantas en un repliegue del terreno, y llega, por fin, al llano, sembrado de hermoso trigo. Con frecuencia, cuando yo era un colegial libre, subía corriendo ese sendero para bajarlo después en pocos saltos; á veces, también me aventuraba alejándome algo por el llano, hasta perder de vista el bosquecillo de la fuente; pero en un ángulo del camino me paraba sorprendido y sin aliento para ir más lejos. A mi lado veía abierto un abismo en forma de embudo, lleno de parras y zarzas enlazadas. Piedras de bastante peso, arrojadas por los transeuntes ó arrastradas por las lluvias violentas, se veían flotando sobre el follaje polvoriento y mortecino; en el fondo se entrelazaban algunas ramas gruesas, y por entre sus hojas veía la negrura temida de un abismo. Un sordo murmullo salía de allí constantemente como quejidos de algún animal encerrado.

Actualmente me alegro de volver á encontrar el «gran agujero» y hasta me atrevo á descender por él aunque para ello tenga que asustar á los animales que se refugian en su maleza. Pero en otro tiempo, ¡con qué horror mirábamos, cuando niños todavía, se cruzaba en nuestro camino este siniestro pozo en cuyo borde se detenía el arado! Una noche tranquila, de hermosa luna, tuve que pasar solo cerca del sitio terrible. Aun tiemblo al recordarlo. El abismo me miraba, me atraía; mis rodillas se doblaban desobedeciendo mi esfuerzo y los tallos de los arbustos avanzaban para arrastrarme hacia la negra boca. Pasé, sin embargo, golpeando con mis pies el suelo cavernoso y ocultando el pavor que me invadía; pero detrás de mí un gigante inmenso, formado de vapor, surgió inmediatamente: se inclinó para cogerme y el murmullo del abismo resonó en mi oído durante largo rato como risa de odio ó de triunfo.

Ahora ya lo sé; ese abismo es una sima que sirve de respiradero al arroyo, y el sordo ruido que de ella sale es el que produce el agua chocando con las piedras. En una época no conocida, mucho antes que fueran redactados por el notario del país los primeros documentos de propiedad, uno de los asientos de las rocas que forman el valle subterráneo se hundía en el lecho del arroyo; luego, las tierras, faltas de base, fueron gradualmente arrastradas hacia el llano; poco á poco el _gran agujero_ se fué abriendo, y las aguas, corriendo por sus declives, le dieron la forma de un embudo casi regular. Los campesinos de la comarca que pasan con frecuencia cerca de él, le llaman el _Bebe-todo_, porque bebe en efecto, todas las lluvias que podrían fertilizar los campos. El agua caída en la llanura que la tierra se niega á embeber, corre hacia el agujero en pequeñas corrientes, coloreadas por la arcilla, para reaparecer luego en la fuente, cuya cristalina pureza enturbia durante algunas horas.

La sima que me asustaba en mi infancia, no es la única que se ha abierto sobre las galerías profundas. Siguiendo la parte más baja, determinada por una especie de repliegue del suelo en la llanura, se pasa por cerca de otras cavidades que indican á los transeuntes el curso interior de las aguas. Estas cavidades son diferentes en forma y dimensiones. Algunas son enormes pozos donde desaparecerían enormes ríos; otras son simples depresiones del suelo, especies de nidos bien tapizados por el césped, donde en los hermosos días de otoño se puede gozar de las tibias caricias del sol, sin temor al aire que pasa silbando sobre las hierbas secas del llano. Algunos de esos agujeros se obstruyen y se llenan gradualmente; pero hay otros que se ensanchan y se ahondan de año en año visiblemente. Algunas aberturas que nos parecían refugio de serpientes, en las que no hubiéramos metido la mano por temor á ser mordidos, eran un principio del abismo; las lluvias y los derrumbamientos interiores las han ensanchado tanto, que muchas de ellas son hoy principios con declives de roja arcilla, surcados por la corriente de las aguas. De estos pozos naturales, los más pintorescos son los más alejados del nacimiento de la fuente. Donde se encuentran éstos, el llano, cuyo plano es ya más desigual, termina bruscamente al pie de una muralla rocosa, al lado de la cual se abre un valle que lleva sus aguas á un río lejano. Las rocas levantan hasta el cielo sus bellos frontis dorados por la luz; pero sus bases están ocultas por un bosquecillo de encinas y castaños; gracias á la verdura y variedad del follaje, el contraste demasiado duro que formaría la abrupta pared de las rocas con la superficie horizontal del llano, aparece suave. En el paraje más espeso del bosque, es donde se encuentra el abismo. Sobre sus bordes, algunos arbustos inclinan sus tallos hacia la superficie azul, que se ve por entre las ramas de la encina; sólo un abedul deja caer por encima de la sima sus ramas delicadas. Al llegar á estos parajes es preciso tomar algunas precauciones, porque el suelo está demasiado accidentado y los pozos no tienen ningún brocal como los que construyen los ingenieros. Avanzamos lentamente arrastrándonos bajo las ramas; luego, tendidos sobre el vientre, apoyando la cabeza en nuestras manos, dirigimos nuestra mirada hacia el vacío.

Las paredes del pozo circular, ennegrecidas á trozos por la humedad que destila la roca, descienden verticalmente; apenas si algún pequeño saliente se insinúa fuera del plano de los muros de piedra. Matas de helechos y escolopandras crecen en las anfractuosidades más altas; más abajo la vegetación desaparece, á menos que una mancha roja que se ve en la obscuridad del fondo, sobre un saliente de la roca, sea un grupo de algas infinitamente pequeño. A primera vista, en el fondo no hay más que tinieblas; pero nuestros ojos, acostumbrándose poco á poco á la obscuridad, distinguen luego una superficie de agua clara sobre un lecho de arena.

Además, puede descenderse al pozo, y yo soy uno de los que han tenido ese placer. La aventura produce una agradable sorpresa, puesto que es un viaje de exploración; pero en sí misma no tiene nada de seductora, y ninguno de los que han hecho estos descensos al abismo quedan en disposición de repetirlo. Una cuerda, prestada por un campesino de las inmediaciones, se ata fuertemente al tronco de una encina, y dejándola caer al fondo del abismo, oscila dulcemente por la impulsión de la pequeña corriente de agua, en la cual se moja la extremidad libre. El viajero aéreo se coge fuertemente á la cuerda, al mismo tiempo que con las manos, con las rodillas y los pies, y desciende con lentitud por la boca tenebrosa. El descenso no es siempre fácil, desgraciadamente; se da vueltas con la cuerda alrededor de sí mismo, se enreda en las matas de helecho, que el peso del cuerpo rompen, se choca varias veces contra la roca llena de asperezas, y con la ropa se enjuga el agua fría que las paredes rezuman. Por fin se aborda una cornisa, se descansa un poco en ella para tomar aliento y equilibrio, y luego se lanza nuevamente en el vacío para descansar más tarde sobre el fondo de tierra firme.

Yo recuerdo sin alegría mi estancia durante algunos instantes en el fondo del abismo. Mis pies, estaban dentro del agua; el aire era frío y húmedo; la roca estaba cubierta de una especie de pasta resbaladiza de arcilla diluída; una sombra siniestra me rodeaba y un resplandor tibio, vago reflejo de la luz del día, me revelaba solamente algunas formas indecisas y una gruta llena de arrogantes protuberancias. A pesar mío, mis ojos se dirigían hacia la zona iluminada que aparecía redonda sobre la boca de la sima; miraba con amor la guirnalda de verdura que adornaba el borde del pozo, las grandes ramas con su follaje superpuesto, que los rayos del sol doraban alegremente, y los pájaros lejanos volando con libertad por el azul del cielo. Tenía vehementes deseos de volver á la luz; dí el grito de aviso y mis compañeros me sacaron fuera del pozo, ayudados por mí, que ascendía apoyando mis pies en las sinuosidades de las rocas.

Como cándido joven, me creía un gran héroe por haber realizado el pequeño descenso á los «infiernos», á unos treinta metros de profundidad, y buscaba en mi cabeza algunas rimas para el poeta que se aventura á bajar al fondo de un abismo para sorprender la sonrisa de una ninfa encantada, mientras olvidaba á los verdaderos héroes, que, sin recitar jamás versos por sus frecuentes entrevistas con las divinidades subterráneas, se relacionan con ellas durante días y semanas enteros. Estos son los que conocen bien el misterio de las aguas ocultas. Al lado de sus cabezas, la pequeña gota, suspendida de las estalactitas de la bóveda, brilla como un diamante á la luz de sus lámparas, y cae sobre el pequeño charco estancado, produciendo un ruido seco que repercute el eco de las galerías. Pequeñas corrientes de agua, formadas por ese destilamiento de gotas, corren bajo sus pies, y formando regueros y más regueros se dirigen hacia la balsa de recepción, donde la bomba á vapor, parecida á un coloso encadenado, sumerge alternativamente sus dos brazos de hierro, lanzando prolongados gemidos á cada esfuerzo. Al ruido de las aguas de la mina se mezcla á veces el sordo rumor de las aguas exteriores que un desgraciado golpe de pico puede hacer inundar repentinamente la galería. Mineros hay que no tienen temor en llevar sus trabajos de zapa hasta debajo del mar, desde donde no cesan de oir al terrible océano arrastrar constantemente los guijarros de granito por encima de la bóveda que los protege; durante los días de tempestad, sólo á algunos metros de donde ellos trabajan van á estrellarse los navíos contra las rocas.

CAPÍTULO VI

#El barranco#

Descendiendo por el curso del arroyo, en el que vienen á unirse el ruidoso torrente de la montaña, el arroyuelo nacido en la caverna y el agua apacible del manantial, vemos á derecha é izquierda sucederse los valles, diferentes unos de otros por la naturaleza de sus terrenos, su pendiente, el aspecto que presentan y la vegetación, distinguiéndose además por el caudal de aguas que aportan al cauce general del valle.

Casi enfrente de un torrente pequeño y murmurador, que salta alegremente de piedra en piedra para sumarse á la bastante considerable cantidad de agua del arroyo, se abre un barranco de rápida pendiente y seco con frecuencia. Es probable que este barranco, formado por la depresión en un suelo poroso, esté sobre el cauce subterráneo de un arroyo permanente; este barranco sólo se ve bañado por la corriente de agua después de chubascos tempestuosos ó de grandes lluvias. Como todos los pequeños valles laterales, el barranco es tributario del cauce central, pero tributario intermitente. Sin embargo, es curiosísimo el visitarlo, porque paseándose sobre su seco cauce, se puede estudiar detenidamente la acción del curso de las aguas.

Un pequeño sendero que los surcos del labrador destruye cada otoño, y que el tránsito de los caminantes marca de nuevo muy pronto, serpentea sobre la ribera del barranco. Es verdad que las ramas de espino, plantadas por el campesino avariento, prohiben el paso; pero el humilde obstáculo, simulacro del temible dios Término, no tiene nada de terrorífico para los agricultores vecinos, y el camino, practicado tal vez por los hombres desde la edad de piedra, no cesa de reformarse de año en año. Sería, pues, fácil remontar el barranco en su largo curso sin tener necesidad de servirse de las manos para salvar los accidentados obstáculos de su cauce, pero quien ama la naturaleza y la quiere gozar de cerca, abandona el pequeño sendero y se lanza con entusiasmo por el estrecho espacio abierto entre sus bordes. Desde los primeros pasos se halla como separado del mundo. Por detrás, una curva de la desembocadura le oculta el arroyo y los verdes prados que riega; por delante, el horizonte se limita bruscamente por una serie de gradas que el agua salta en pequeñas cascadas después de la lluvia; por encima, las branchas de árboles que bordean las riberas se curvan y entrelazan formando bóveda, y los ruidos de fuera no penetran en este salvaje cauce casi subterráneo.

Es una gran alegría hallarse así en la naturaleza virgen, sólo á algunos pasos de los campos arados en surcos paralelos y sentirse obligado á trazarse un camino por entre las piedras y la maleza, no lejos del honesto burgués que se pasea plácidamente contemplando sus cosechas. A cada vuelta del tortuoso barranco, la inclinación y la forma del lecho cambian bruscamente: los saltos y los hoyos se suceden contrastando de un modo extraño.

Encima de un grupo de arbustos enlazados por zarzas que el agua invade sólo en las mayores crecidas, se extiende un pequeño prado de algunos metros de ancho y frecuentemente bañado por las inundaciones de un momento. Alrededor del prado y el grupo de arbustos, se desarrolla en semicírculo una playa arenosa, en donde los materiales finos ó gruesos, se han depositado con orden, según la fuerza de la corriente que los arrastró. El modesto lecho fluvial, de donde el agua ha desaparecido, es aún tal cual lo trazó el torrente efímero, y revela tanto mejor las leyes de su formación, por cuanto ni un pequeño charco de agua se halla en su curso. Una especie de foso con su borde lleno de cieno seco y hojas en descomposición, nos enseña que en este paraje el curso de las aguas es tranquilo y casi sin corriente; más lejos, el lecho aparece apenas trazado porque las aguas se resbalan con rapidez por la gran pendiente; en otra parte, las aristas paralelas de los asientos rocosos atraviesan oblicuamente el fondo desde una á otra orilla, formando obstáculos sobre los cuales la corriente se descompone formando pequeñas ondas. Una gran piedra ha hecho determinar una curva á la corriente, lanzando á ésta contra otra orilla, formando una brusca sinuosidad, y así gradualmente se ha cavado un cauce según su capacidad: más arriba, ramas encadenadas; hierbas y piedras, han servido de punto de apoyo para formar uno ó varios islotes rodeados de cauces tortuosos llenos de arena hermosamente blanca. A unos cuantos pasos de allí, el aspecto del barranco cambia todavía. Aquí el fondo no es más que un pequeño reguero practicado por el agua en arcilla dura, casi rocosa; no sin pena, consigo pasar por el desfiladero asiéndome de algunas ramas que se mecen sobre mi cabeza. El hilo de agua ó la columna líquida, según la fuerza del arroyo periódico, murmura dulcemente ó ruge con estrépito por el estrecho corredor resbalándose rápidamente por una sucesión de grados; luego, al pie de la caída, ha formado una especie de cubo, ancha balsa donde las piedras arrastradas ruedan empujadas por la presión de las aguas. Después de haber pasado el desfiladero, encuentro aún algo que fueron islas en otro tiempo, curvas, rápidas corrientes, cascadas: hasta encuentro fuentes extinguidas que reconozco por la humedad de la arena y las fisuras rocosas. El borde desde donde se lanza una cascada lo forman dos raíces enlazadas, sujetas sólo por un lado, encrustadas en la arcilla.

En este barranco, en el cual penetramos con alegría para contemplar en un pequeño espacio el cuadro de la naturaleza libre y para huir del aburrimiento de los campos cultivados con bárbara monotonía, una multitud de animalejos de varias especies, refractarios como nosotros al exterior, penetran también buscando un refugio contra el hombre, inflexible perseguidor; desgraciadamente, el tenaz cazador los persigue hasta este retiro, á pesar de las zarzas y las raíces. Las tierras recientemente removidas, los negros agujeros practicados en las paredes de la orilla, nos revelan el sitio donde se ocultan los conejos y los zorros; al notar nuestra presencia, las serpientes enroscadas desenrrollan rápidamente sus círculos y desaparecen en la espesura; las lagartijas, más rápidas, corren haciendo crugir las hojas caídas; los insectos saltan sobre la arena ó se balancean por las hierbas. En las ramas de los arbustos se ven nidos de pájaros: todo un mundo de fugitivos puebla este asilo, en donde se encuentra abrigo y comida.

Y es que, en efecto, dentro de este pequeño barranco, de algunos metros de ancho, la vegetación es muy variada; una multitud de plantas de origen y altitud diversos se encuentra aquí reunida, mientras que en los campos vecinos la uniformidad del terreno cultivado deja germinar apenas, además de la simiente arrojada por el campesino, hasta cuatro ó cinco «malas hierbas», trivial adorno de los campos arados. En esta estrecha hendidura, invisible de lejos, á no ser por la verdura de sus orillas, todas las cualidades del suelo, todos los contrastes de sequía y humedad, todas las diferencias de la sombra y el sol se encuentran en yuxtaposición y, como consecuencia, numerosas plantas, desterradas de vulgares terrenos de cultivo, hallan en este rincón, respetado por el hombre, el ambiente propio para su desarrollo. La arena tamizada por las aguas tiene sus plantas especiales, lo mismo que los amontonamientos de piedras arrastradas, la arcilla color de ocre y los intersticios de la dura roca. Las tierras vegetales, mezcladas en diversas proporciones, tienen también su flora y su fauna; las rápidas pendientes expuestas al sol del mediodía, se encuentran pobladas de hierbas y arbustos que fabrican su savia en terreno seco; el fondo húmedo donde jamás llega un rayo de sol, da también vida á otra vegetación y el cieno que el agua cubre aún, aparece cubierto por un mundo vegetal que le es peculiar.

¡Y, sin embargo, nada aparece desordenado en esta diversidad! Al contrario, las plantas, libremente agrupadas, según sus secretas afinidades y la naturaleza del terreno que les da vida, constituyen en conjunto un espectáculo que llena el alma de una impresión singular de paz y armonía. Nada hay aquí de artificial ni de impuesto como en un regimiento de soldados con sus movimientos mecánicos y sus uniformes, sino lo pintoresco, el encanto poético, la libertad de actitud y de vida como en una multitud de hombres de todos los países, aproximándose por afinidad cada cual á los suyos. Es cierto que en este barranco, al igual que en toda la tierra, la batalla de la vida por el goce del aire, del agua, del espacio y de la luz, no cesa un instante entre las especies y las familias vegetales; pero esta lucha no ha sido regularizada todavía por la intervención del hombre, y parece que en medio de estas plantas tan diversas y tan graciosamente asociadas, nos encontramos en una república federativa en la que cada vida está garantizada por la alianza de todas. Hasta las colonias de plantas extrañas á la naturaleza libre, son respetadas, al menos por algún tiempo: sobre una cornisa de tierra rebajada que ha quedado suspendida al flanco de la ribera, veo balancearse las cañas flexibles de una mata de avena, humilde colonia de esclavos fugitivos aventurados en un mundo de libres héroes bárbaros.

Lo mismo que el arroyo del valle y los grandes ríos del llano, el pequeño barranco tiene sus orillas sombreadas por árboles. El álamo blanco se levanta al lado del haya y el abedul; las hojas finamente cortadas del fresno, aparecen por entre dos altos olmos con su ramaje como arreglado por la mano del hombre; el tronco blanco del abedul resalta al lado de la rugosa y sombría corteza de la encina. En lo más alto de la ladera, donde el barranco no es más que un repliegue del terreno, los pinos, en actitud grave y de hojas casi negras, se ven reunidos como en un concilio. Alrededor de ellos, la tierra sin vegetación ha desaparecido bajo una espesa capa de agujas color de hierro oxidado mientras que no lejos de allí, un alegre alerce color verde claro, levanta su cima, hermosamente adornada por clemátides, sobre un grupo de arbustos y plantas. A causa de la extrema variedad de las condiciones del suelo, el estrecho barranco es bastante más rico en especies diversas que los grandes bosques que cubren vastos territorios. En algunos parajes, los troncos están tan juntos que de una á otra ribera no se ve penetrar ni un rayo de sol; del fondo de las hondanadas, los árboles suben como columnas amontonadas para un edificio; luego, al nivel de los bordes, las ramas se extienden ampliamente, cubren la madera con su verdura y se prolongan sobre las tierras cultivadas buscando ávidamente su alimento de aire y de luz.

