Part 13
El río es inmenso y tranquilo. Su enorme caudal, que ocupa un lecho de más de un kilómetro de ancho, se distingue en seguida entre las dos corrientes: apenas algún remolino de espuma rueda al abrigo de una roca que prolonga la punta de la isla en forma de espuela. Por la izquierda, el brazo menos caudaloso, que llaman el pequeño Ródano, es, no obstante, una poderosa corriente bastante más fuerte que la del Garona, el Loira y el Sena; por la derecha, el gran Ródano, se oculta á la vista por una ribera poblada de sauces que cubren la mitad del vaporoso espacio. En el inmenso círculo del horizonte no se ve más que agua ó tierras arrastradas por el río y depositadas en capas por partículas sucesivas; sólo al Este se distinguen algunas cimas rocosas de los montes Alpinos, azules como el cielo, y hacia el Norte aparecen vagamente las cimas cónicas de Beaucaire, al pie de las cuales empieza el antiguo golfo marino que los arrastres del río han llenado poco á poco. Islas, penínsulas, riberas, todo está compuesto de una arena obscura que el Ródano y sus afluentes han mezclado, después de haber recibido de los torrentes superiores los detritos de los Alpes, del Jura y de los Cevenas. La gran isla de Camarga, cuyos bordes se ven á lo lejos entre los dos Ródanos, y que tiene lo menos ochocientos kilómetros de superficie, es en sí, un presente del río que en otros tiempos formaba parte de los montes de Suiza y de Saboya. Tal es el trabajo geológico de la corriente, trabajo colosal que se continúa sin cesar. No obstante, el silencio más profundo impera á su alrededor. Sentado á la sombra de un sauce, se intentaría en vano percibir el murmullo de la villa de Arles, de la que se ve, con sólo ponerse en pie, sus arcadas romanas y torres sarracenas. El único que se oye es el de las locomotoras y los vagones que ruedan al otro lado del río haciendo trepidar el suelo. No se les ve, pero su trueno lejano se armoniza tan bien con la inmensidad del Ródano, que parece la voz del río. Nos parece que el hijo del mar, debe tener, como el océano, su eterno y formidable estruendo.
Mas abajo de su bifurcación, los dos ríos presentan largas sinuosidades en su cauce. Las aguas lanzadas de una á otra orilla bañan el pie de la última colina y reflejan las torres de la última ciudad. Ya el humo que se levanta de las casas se confunde con las lejanas brumas, y en las orillas, pobladas de árboles de dorada corteza, no aparecen más que cabañas y raras quintas medio ocultas en la verdura. Por fin, la última casa queda detrás, y nos encontraríamos completamente solos si algunas obscuras embarcaciones, parecidas á grandes insectos, no bogaran por el río. Los árboles de la orilla no se suceden con tanta frecuencia y son menos altos; un poco más abajo ya no hay más que maleza, y luego, hasta las plantas desaparecen: no queda otra vegetación que la de las cañas sobre el suelo aún fangoso, saliendo apenas por encima del agua terrosa.
En este paraje la naturaleza se presenta tal cual era hace millares de siglos antes de que el hombre se instalara en la orilla de los ríos y los arroyos que lo alimentan. Como en los tiempos del pleriosauro, la tierra y el agua se confunden en un caos: bancos de cieno, islas emergiendo aquí y allá, pero apenas distintas del agua que las baña, brillan como ella y reflejan las nubes del espacio. Lienzos líquidos se extienden entre estos islotes, pero no se mezclan con el lodo del fondo: son cieno más líquido que el barro de las orillas. Por todas partes se está rodeado de tierra en formación y, no obstante, nos encontramos ya como en medio del mar; tan hermoso es el paraje en que nos encontramos. Es que, en efecto, todo el espacio abarcado con la mirada era en otro tiempo mar. El río lo ha llenado poco á podo, pero el suelo, de reciente formación, no está todavía afirmado. Sin inmensos trabajos de desecación, es probable que jamás estuviera en condiciones de ser habitado por los hombres, puesto que de su cieno y agua corrompida se escapan mortales miasmas.
Llegado á estos parajes que fueron antes dominios del mar, el río, gradualmente contenido, se extiende cada vez más y se hace menos profundo. Por fin, se aproxima al mar, y sus aguas dulces, resbalando tranquilas, van á chocar contra las ondas espumosas de agua salada que se agitan con estruendo continuo. En el choque de los masas líquidas, el agua del río se mezcla pronto con las olas del inmenso abismo, pero, aun después de confundida, trabaja todavía. Todas las nubes de barro, que había arrancado de sus orillas superiores y que tenía aun en suspensión, son rechazadas por las olas hacia el lecho fluvial; no pudiendo ir más lejos, se depositan en el fondo y forman así una especie de baluarte móvil sirviendo de límite temporal entre los dos elementos en lucha. Aunque depositándose molécula sobre molécula, el banco, que obstruye la boca del río, no cesa de trasladarse para formarse más lejos. Empujado por la corriente fluvial, incesantemente aumentado por nuevos arrastres, el barro es llevado hacia dentro del mar, y poco á poco la masa entera ha ido progresando.
De siglo en siglo, de año en año, de día en día, ese río que parece débil ante el poderoso mar, consigue penetrar en él, y hasta se puede calcular cuánto avanzará en un período dado por la uniformidad de su marcha. Pues bien, esta victoria del río sobre el océano, es debida á los mil pequeños arroyuelos y arroyos de las laderas y los montes. Ellos son los que han roído las paredes de los desfiladeros, los que arrastran los fragmentos de roca, los que muelen y trituran las piedras, y los que arrastran la arena y diluyen la arcilla. Ellos son también los que poco á poco rebajan los continentes para engancharlos hacia el mar en vastas llanuras en donde tarde ó temprano construirá ciudades y practicará puertos.
CAPÍTULO XX
#El cielo de las aguas#
Lo mismo que los grandes ríos, el Ródano, Danubio ó la corriente del Amazonas, el mar está compuesto por millones de arroyos que afluyen á sus tributarios. Una vez mezcladas en el río sus aguas, afluyendo de todos los puntos de los continentes, se mezclan de un modo más completo en la inmensa profundidad del abismo marino, bastante grande para contener toda el agua que todos los ríos arrojarían durante cincuenta millones de años. Por sus movimientos de flujo y reflujo; sus movimientos ondulados, sus olas de tempestad y sus corrientes y contra-corrientes, pasea el agua de todos los ríos de una á otra extremidad del globo. La gota salida de una roca en las entrañas del monte, da la vuelta al planeta, purificada del aluvión que contenía, disuelve las moléculas salinas, y de onda en onda, según los parajes que atraviesa, cambia de peso específico, de salinidad, de color y de transparencia; la fauna infinitamente pequeña que la habita, se modifica también en los diversos climas: tan pronto son animáculos fosforescentes los que la pueblan y la hacen brillar durante las noches, como infusorios que la hacen parecerse á una mancha de leche. Su temperatura varía constantemente. En los mares polares la gota se transforma en un pequeño cristal de hielo; en los mares ecuatoriales se entibia bastante para que los corales puedan depositar sus moléculas de piedra.
Comparado con el océano sin límites, el arroyo de la montaña no es nada, y sin embargo, sus aguas, divididas hasta el infinito, se verían en todos los mares y en todas las riberas si fuera posible seguirlas con la vista en todo su inmenso recorrido.
Para cada gota marina que corrió en otro tiempo por el arroyo, difiere la duración del viaje; una, apenas entrada en el océano, es absorbida por las frondas de una alga marina y sirve para hinchar sus tejidos; otra es absorbida por un organismo animal; una tercera, retenida por un cristal de sal, se deposita en una playa arenosa y otra aun se cambia en vapor y vuela invisible por el espacio. Este es el camino que toma más ó menos pronto toda molécula acuosa. Libertada por su expansión repentina, escapa de los lazos que la detenían en la superficie horizontal de los mares y se levanta en la atmósfera, por donde viaja como viajaba por el océano, bajo otra forma. El vapor de agua asciende así por toda la masa aérea, hasta por encima de los ardientes desiertos, donde en cientos de leguas no corre ni un sólo hilo de agua; sube á los límites extremos del océano atmosférico, á sesenta kilómetros de altura sobre la superficie del mar, y, sin duda, una parte de este vapor halla también camino hacia otros sistemas planetarios porque los bólidos que atraviesan los cielos estrellados formando flechas luminosas y arrojan sus chispas sobre el suelo, deben, en cambio, llevarse consigo un poco de aire húmedo que oxide su superficie.
Sin embargo, el vapor de agua que se escapa de la esfera de atracción terrestre para ir con los bólidos á parar á los lejanos astros, es relativamente bien poco; el gran mar de humedad, tenido en suspensión en nuestra atmósfera, está destinado á caer casi en su totalidad sobre el globo terráqueo en forma de lluvia. Las innumerables moléculas de agua son invisibles mientras el aire no se encuentra saturado; pero si el crecimiento de humedad ó el descenso de la temperatura determinan el punto de saturación, inmediatamente las partículas de vapor se condensan, se convierten en gotitas de niebla ó de nube, y se engloban con millones de otras moléculas, formando un volumen inmenso, suspendido en las alturas. Si son demasiado pesadas, las nubes se deshacen en lluvia sobre el océano, de donde han salido, ó bien, empujadas por los aires, van á chocar contra las escarpaduras de las colinas, por encima de los continentes, deteniéndose en los campos de las mesetas ó en las aristas y picos de las montañas. Caen en forma de lluvia ó de nieve; luego, gotas y copos, divididos hasta el infinito, penetran en la tierra por las cavernas, las fisuras de las rocas y los intersticios del fecundo suelo. Durante largo tiempo el agua queda oculta; después aparece á la luz en forma de alegre fuente, y empieza de nuevo su viaje hacia el océano por los lechos inclinados del arroyo, de barrancos y ríos.
Este gran circuito de las aguas ¿no es la imagen de toda vida? ¿No es el símbolo de la inmortalidad? El cuerpo vivo, animal ó vegetal, es un compuesto de moléculas que cambian sin cesar, que los órganos de la nutrición ó respiración han cogido de fuera para hacerlo entrar en el torbellino de la vida. Arrastrados por el torrente circulatorio de la savia, de la sangre ó de otros líquidos, entran á formar parte de un tejido, luego de otro y de otros aún; así viajan por todos los organismos, hasta que son definitivamente expulsadas, y entran en ese gran mundo exterior, donde millones de seres vivos se empujan y combaten para ampararse de ellas como de una presa y utilizarlas á su vez. A los ojos del anatomista y del micrógrafo, cada uno de nosotros, á pesar del duro esqueleto y de las formas definidas de nuestro cuerpo, no somos otra cosa que una masa líquida, un río por el que corren con una velocidad más ó menos grande, como en un cauce preparado por adelantado, innumerables moléculas que provienen de todas las regiones de la tierra y del espacio, empezando nuevamente el viaje infinito, después de un corto paso por nuestro organismo. Parecidos al arroyo que pasa, nosotros cambiamos á cada instante; nuestra vida se renueva por minutos y, si nosotros nos creemos ser siempre los mismos, es por una ilusión de nuestro espíritu.
Lo mismo que el hombre, considerado aisladamente, la sociedad en conjunto puede compararse con el agua que corre. A todas horas, en todos los instantes, un cuerpo humano, una simple milmillonésima parte de la humanidad se rinde ó se disuelve, mientras que por otra parte sale un niño de la inmensidad de las cosas, abre sus ojos á la luz y se convierte en sér pensante. Como en una llanura todos los granos de arena y glóbulos de arcilla han sido arrastrados por el río y depositados sobre sus orillas, todo el polvo que cubre el planeta ha corrido con la sangre del corazón en las arterias de nuestros antepasados. A través de las edades, las generaciones se suceden modificándose poco á poco; los bárbaros, con su aspecto bestial y luchando por la preeminencia con las fieras, fueron reemplazados por seres más inteligentes, á los cuales la experiencia y el estudio de la naturaleza han enseñado el arte de domesticar los animales y cultivar la tierra; luego, por el progreso, los hombres llegan á fundar ciudades, á transformar las primeras materias, á cambiar sus productos, á ponerse en relaciones con todas las partes del mundo; así se civilizan, es decir, se ennoblece su tipo, su cerebro es más vasto, su pensamiento más amplio, y, ensanchándose el círculo de las concepciones, los hechos vienen á agruparse en el espíritu. Cada generación que perece precede á otra diferente, que á su vez, da impulso á otras. Los pueblos se mezclan unos á otros como los arroyos entre sí y los ríos con los ríos; tarde ó temprano no formarán más que una sola nación; lo mismo que todas las aguas de una misma cuenca, concluyen por confundirse en un mismo río. La época en la que todas esas corrientes humanas se juntarán, no ha llegado todavía: razas y pueblos diversos, siempre aferrados á la gleba natal, no se han reconocido como hermanos, pero se aproximan más cada día; cada día también aumenta el amor, y, de concierto, empiezan á mirar hacia un ideal común de justicia y libertad. Los pueblos que han llegado á ser inteligentes, aprenderán á asociarse libremente: la humanidad, dividida hasta aquí en corrientes distintas, no será más que un mismo río, y reunidos en una sola corriente, descenderemos juntos hacia el mar inmenso donde van á perderse y renovarse todas las vidas.
ÍNDICE
Capítulos
I.--La fuente II.--El agua del desierto III.--El torrente de la montaña IV.--La gruta V.--La sima VI.--El barranco VII.--Los manantiales del valle VIII.--Las corrientes y las cascadas IX.--Las sinuosidades y los remolinos X.--La inundación XI.--Las riberas y los islotes XII.--El paseo XIII.--El baño XIV.--La pesca XV.--El riego XVI.--El molino y la fábrica XVII.--La navegación y la armadía XVIII.--El agua de la ciudad XIX.--El río XX.--El ciclo de las aguas