Part 12
Por fin, todos los maderos, más ó menos enteros, se reúnen en el lago artificial; amontonados unos sobre otros, se mueven débilmente por la presión del agua. Como animales cansados que el pastor acaba de encerrar en el parque, descansan los troncos, esperando el momento de ponerse en marcha. Nada más extraño durante la noche que ver el espectáculo de esos grandes monstruos tendidos y reflejando luz por los rayos de la luna.
Una mañana, todos los maderos bajados del monte, se han agrupado sobre la piedra del desfiladero, al lado de la barricada que contiene las aguas del lago, y sobre la cual cae el agua sobrante en débil cascada. Los troncos de pino, los pies derechos y contrafuertes que sostienen sólidamente el dique, se retiran con cuidado; luego, á una señal, la traviesa que servía de cerrojo á la enorme puerta, es precipitada al fondo, la compuerta se levanta y la masa impetuosa del agua corre con furor hacia la salida que le acaban de abrir. Levantada del centro para salir por el orificio en columna poderosa, se precipita en cataratas para convertir en río tumultuoso el tranquilo arroyo que corría sin ruido por las profundidades del desfiladero. Pero el nuevo río no corre solo; arrastra con él toda la madera amontonada en el depósito lacustre. Los troncos se dirigen hacia la salida como enormes reptiles; se chocan, ruedan y saltan; luego, inclinándose por la cascada, se juntan y dan vueltas, enseñando á través de la espuma las rojas manchas del hacha, y desaparecen un instante en el abismo para surgir más lejos en el hervor del agua, y resbalarse oscilando sobre la corriente rápida. Así se suceden en una serie de inmersiones los troncos que no ha mucho se balanceaban en el bosque, produciendo murmullos que eran la voz del monte. Todos los ruidos aislados se pierden en el estruendo de ese lago y esa selva que desaparecen juntos por el sonoro valle.
Lanzados por la fuerza de proyección del gran depósito, los troncos corren precipitadamente unos tras otros, y detrás de ellos, por el pedregoso camino que baja serpenteando por la ladera, corren los leñadores. Marinos á su modo, tienen que dirigir la navegación de la flotilla de madera. Al principio les basta con seguir á lo largo del torrente, pero muy pronto es necesario que intervengan directamente, y entonces los intrépidos compañeros necesitan todo el vigor de sus agudos ganchos, toda la agilidad de sus brazos, toda la habilidad de su mirada y toda la energía de su voluntad. Si un palo se detiene dando vueltas en un remolino, un leñador lo ha de sacar de la atracción del torbellino; armado de su bichero salta de saliente en saliente hasta llegar al margen del agua con grave peligro de caer en el círculo líquido; se deja entonces caer hasta cerca del agua, casi suspendido de una fuerte raíz, y con su gancho, empuja al tronco hacia el hilo de la corriente haciéndole salir del círculo fatal. Más lejos, otro tronco ha sido cogido entre el promontorio y una anfractuosidad de la piedra, y, aunque vibrando por la presión del agua, no puede continuar su camino. El leñador tiene que penetrar en el arroyo con agua hasta la cintura y coger por una extremidad la viga para lanzarla al medio del arroyo. En otra parte, un tronco se ha atravesado en el cauce, deteniendo como un dique todas las maderas que bajan. Se forma una presa, presa irregular y graciosa que aumenta sin cesar con todos los troncos que arrastra la corriente. Allí es donde los conductores del convoy tienen que desafiar la muerte cara á cara. Las aguas, detenidas por la barrera, aumentando su nivel y salvando los obstáculos, se desbordan en cascadas; el torrente, fuera de su curso normal, se lanza en repentinos y gigantescos borbotones; los monstruos se agitan convulsivamente haciendo temblar y gemir su madera. A este caos movible tiene que atacar con denuedo el conductor de la armadía. Los valientes leñadores se han de lanzar sobre ese andamiaje engañador que tiembla bajo sus pies; uno á uno tienen que arrancar todos los troncos superiores y hacerlos rodar por encima del dique á la parte libre del arroyo, pero bien un palo medio libre se levanta de improviso, ó un pie resbala sobre la madera lisa y mojada, ó un salto de agua, un remolino repentinamente formado viene á chocar contra la madera donde él flota, ó un palo caído en la corriente salta hacia los leñadores, y algunos de ellos, lívidos y sangrientos, flotarán también en compañía de los muertos pinos, por el río abajo; los que á fuerza de energía, destreza y suerte, escapan de todos esos peligros, los que desde el bosque á la serrería saben conducir la flotilla de pinos sin tener ninguna desgracia, tienen motivos para creerse afortunados; pero que esperen semanas y meses porque el cortejo de las enfermedades les sigue con paso incierto.
Algunas veces sucede que son vanos todos sus esfuerzos para conducir los pinos á la serrería que los ha de cortar; el agua falta en el arroyo, y contra todo el ingenio y la fuerza de los trabajadores, no pueden conseguir que floten las pesadas masas que se detienen en todas partes, sobre los bancos de arena, sobre las piedras del fondo y sobre las puntas de las rocas. Tienen que esperar la crecida que ponga en movimiento los troncos atascados; pero entonces, éstos, arrastrados demasiado pronto y demasiado rápidos, suelen salvar las márgenes y se van á lo lejos á correr mundo, á pesar de los obreros que los miran codiciosos al pasar. En las desembocaduras de los ríos que bajan de los Apeninos al Mediterráneo, multitud de pinos, sorprendidos de repente por la inundación, van á perderse en el mar y convertirse en islas flotantes que los marinos extranjeros toman por escollos. Los barqueros que se lanzan en busca de los troncos extraviados, van á pescarlos como cachalotes, y los conducen atados á la popa de sus barcas.
Más ó menos pronto, esta industria de armadía, actualmente relegada á los más lejanos é inaccesibles montes, dejará de existir. Las carreteras y caminos de fácil tránsito, van subiendo desde los valles hacia los mas inaccesibles promontorios, y llegarán á sitios los más elevados de los montes; los caminos de hierro y todas las poderosas máquinas inventadas, vienen á ponerse también al lado del leñador para facilitarle su tarea; los bosques combatidos por los agricultores, se baten en retirada hacia las altas cimas, y allí donde se mantengan, donde conquisten extensión, tomarán un aspecto nuevo, porque los árboles en vez de crecer en libertad, se plantan en todas partes á distancias regulares y crecen bajo la vigilancia de guardabosques que los cortan antes de la edad.
Nuestros descendientes no conocerán más que por tradición la flota de armadías, rudo empleo de la navegación, que sin duda inspiró á los salvajes ascendientes de Cook y de Bougainville la idea de aventurarse sobre las olas del océano. Disciplinadas en lo sucesivo las aguas del arroyo, ni siquiera nos servirán para transportar á nuestras poblaciones astillas y leña para el fuego.
CAPÍTULO XVIII
#El agua de la ciudad#
En nuestros países de la Europa civilizada, donde el hombre interviene por todas partes para modificar la naturaleza á su gusto, el arroyo cesa de ser libre y se convierte en cosa de los habitantes de sus riberas. Lo utilizan, según les conviene, para regar las tierras ó para moler el trigo. Pero, frecuentemente, no saben utilizarlo con inteligencia y lo aprisionan entre murallas mal construídas que la corriente derriba; conducen el agua hacia hondonadas donde se estaciona en charcas pestilentes; las llenan de basura que debiera servir de abono á sus campos y transforman el alegre arroyo en lugar inmundo.
A medida que se va acercando á la gran ciudad industrial, el arroyo se llena de impurezas. Las aguas de las casas inmediatas se mezclan á su curso; viscosidades de todos los colores alteran su transparencia, repugnantes haces llenan sus orillas cenagosas y cuando el sol las seca un olor fétido se esparce por la atmósfera. Por fin, el arroyo, convertido en cloaca, entra en la ciudad, donde su primer afluente es una repugnante alcantarilla, con su enorme boca ovalada, cerrada con barrotes de hierro. Casi sin corriente, por la escasa inclinación del suelo, la masa fangosa corre lentamente por entre dos líneas de casas con sus paredes cubiertas de algas verdosas, su maderamen roído por la humedad y sus enlucidos cayéndose á pedazos. Por esas casas, donde trabajan los peleteros, los curtidores y otros industriales, la corriente cenagosa es aún una riqueza, y sin cesar los obreros aprovechan el agua nauseabunda. Sus márgenes han perdido toda forma natural; ahora son murallas perpendiculares, en las que á trechos se ven algunas gradas de escalera; sus orillas están cubiertas de resbaladizas losas; las curvas son aquí repentinas vueltas; en vez de ramas y follaje, ropas extendidas sobre cuerdas, se balancean por encima del foso, y tabiques ú otras barreras, pasando de uno á otro lado, indican los límites de propiedad.
Al fin la obscura masa penetra bajo una siniestra bóveda. El arroyo que yo he visto salir á la luz, tan limpio y alegre en el manantial, no es ahora más que una alcantarilla, en la que toda una ciudad arroja sus desechos.
En un intervalo de algunos kilómetros el contraste es grande. Allá arriba, en el libre monte, el agua centellea al sol y transparente, á pesar de la profundidad, deja ver las blancas piedras, la arena y las hierbas estremecidas de su lecho; murmura dulcemente entre las cañas; los peces surcan la corriente, rápidos, como flechas de plata, y los pájaros hacen temblar la superficie al choque de sus alas. En sus orillas surgen mazos de flores; árboles llenos de savia extienden sus largos brazos, y el que se pasea á lo largo de su orilla puede tranquilamente descansar á su sombra, contemplando el espléndido cuadro que se desarrolla entre dos sinuosidades.
¡Cuán diferente es el arroyo bajo las ciudades! El agua es igual en substancia, pero sólo para el químico. En realidad, aparece cargada de tantas inmundicias, que hasta es viscosa. No se ve luz bajo la sombría bóveda, sino de trecho en trecho, en que algún rayo de sol pasa por entre barrotes de hierro, reflejándose sobre las viscosas paredes. La vida parece ausente de esas tinieblas, pero existe, no obstante; repugnantes hongos, alimentados por la podredumbre, crecen en los rincones; infinidad de ratas se ocultan en sus agujeros. Los únicos seres humanos que se aventuran por tan tristes lugares son albañaleros, encargados de restablecer la corriente separando los amontonamientos de barro.
Por fin, la infecta masa llega al río, desembocando en él pesadamente. Negra ó violácea, se prolonga á lo largo de la orilla, sin mezclarse con el agua relativamente pura de la corriente, y determinando una línea sinuosa francamente trazada. Durante larga distancia se ve esta masa corriendo por un flanco del río sin mezclarse con él; pero los remolinos, los reflujos de toda especie causados por los accidentes del fondo y las sinuosidades de la orilla, consiguen al fin la fusión de las aguas; la línea que las separaba se borra poco á poco, gruesos y transparentes borbotones surgen del fondo á través de la masa cenagosa; las materias impuras, más pesadas que el agua que las arrastra, se depositan en los márgenes. El arroyo se purifica cada vez más, pero al mismo tiempo deja de ser el mismo, y se pierde en la poderosa corriente del río, que lo lleva hacia el océano. Su pequeña masa, gota á gota y molécula á molécula, se ha confundido con la gran masa: la historia del arroyo ha terminado, al menos en apariencia.
Pero la boca de la alcantarilla no ha vomitado en el río toda el agua que corría entre las márgenes sombreadas más arriba de la ciudad y de sus fábricas. Mientras que una parte de la corriente sigue su cauce natural, transformado en foso y luego en canal subterráneo por la mano del hombre, otra parte del arroyo, arrancado de su curso normal, entra en un amplio acueducto y se dirige hacia la ciudad, siguiendo el flanco de las colinas y pasando por enormes sifones por debajo de los barrancos. El agua, protegida contra la evaporación por las paredes de piedra ó de metal, llena á su entrada en la ciudad un vasto depósito de mampostería, especie de lago artificial donde el líquido se detiene y purifica. De allí es de donde sale para distribuirse de barrio en barrio, de calle en calle, por las casas y por los pisos, por conductos y ramificaciones infinitas y sobre la gran superficie habitada. El agua es indispensable en todas partes; se necesita para limpiar las calles y las habitaciones; para beber todos los seres que tienen vida, desde el hombre y los animales domésticos, hasta la modesta flor que crece en la maceta de la ventana ó en el césped que humedece el vapor emanado de las fuentes. Por esas miríadas de bocas y de poros absorbiendo incesantemente venillas, gotas ó simple humedad derivada del arroyo, la ciudad se convierte en un inmenso organismo, en un monstruo prodigioso absorbiendo torrentes de un solo sorbo para calmar su sed. Hay ciudades que no se satisfacen con sólo un arroyo y se alimentan á la vez de varios, afluyendo de todos lados por acueductos divergentes. Una sola ciudad, Londres, la capital más populosa del mundo, consume cada día más de un millón de metros cúbicos de agua, los suficientes para llenar un sitio donde pudieran flotar cómodamente cien navíos de gran porte.
Después de infinitas ramificaciones por las calles y casas, el agua de los acueductos, ya sucia por el uso y mezclada á impurezas de toda clase, emprende nuevamente su camino para alejarse de la ciudad donde engendraría la peste. Cada cañería vomita como boca inmunda las aguas de uso doméstico y de las calles, y se convierte en un torrente nauseabundo; al llegar á una curva se precipita en cascada por un tragadero. Este torrente impuro es el único que los niños de la ciudad pueden estudiar y que contribuye, más de lo que parece, á hacernos amar á la naturaleza. Recuerdo todavía lo que hacía de niño. Cuando la fuerte lluvia había limpiado las piedras de la calle, llenándola casi de agua, otros amiguitos y yo construíamos vallas, encerrábamos las aguas en un desfiladero, la hacíamos precipitar en corrientes y formábamos á capricho islas y penínsulas. Llegados á hombres, los pequeños ingenieros que chapoteaban en el agua con tanto júbilo, no pueden recordar sin alegría los juegos de su infancia; á pesar suyo miran con cierta emoción el pequeño torrente cenagoso que corre junto á la acera. ¡Desde los primeros años de nuestra niñez, en el espacio de una generación, cuántos y cuán diversos residuos, arrastrados por la corriente viscosa, han seguido su camino hacia el mar! ¡Hasta la sangre de los ciudadanos se ha mezclado con el barro!
Todas las impuras corrientes de las calles se dirigen hacia un centro común que, con frecuencia, suele ser el del antiguo arroyo, de modo que la ciudad se parece á esos pólipos cuyo único orificio se abre alternativamente para la defecación y el alimento. Sin embargo, en la mayor parte de las corrientes subterráneas de nuestras ciudades, se ha tenido el cuidado de establecer cierta separación entre dos distintas direcciones del agua. Tubos de hierro ó de obra superpuestos, sirven de conductos á distintas corrientes cuya dirección suele ser inversa; unos llevan el agua pura que va á ramificarse por las casas; otros el agua sucia que sale de ellas. Como en el cuerpo animal, las arterias y las venas se acompañan; un círculo no interrumpido se forma entra la corriente que lleva la vida y la que produciría la muerte.
Desgraciadamente, el organismo artificial de las ciudades, está lejos todavía de parecerse por su perfección á los organismos naturales de los cuerpos vivos. La sangre venosa, expulsada del corazón á los pulmones, se renueva al contacto del aire; se limpia de todos los productos impuros de la combustión interior, y, recibiendo de fuera el alimento de su propia llama, puede emprender de nuevo su viaje desde el corazón á las extremidades, llevando el calor de la vida desde las mayores á las más pequeñas arterias. En nuestras ciudades, al contrario; cuerpo informe donde se bosqueja la organización, el agua sucia continúa corriendo por las alcantarillas y va á enturbiar los ríos, donde no se purifica sino lentamente, cuando la industria humana no la recoge para alimentar la ciudad entrando en la circulación subterránea. Pero en esta depuración que la ciencia del hombre comete la torpeza de no llevar á efecto, las fuerzas de la naturaleza trabajan de concierto con los habitantes del agua. En las desembocaduras de las grandes alcantarillas, donde no sumerge su ávido anzuelo el pescador de caña, multitud de peces, amontonados en verdaderos bancos como los arenques del mar, se nutren con los restos del festín arrastrados por el cenagoso torrente; el limo de las murallas, las márgenes y las hierbas del fondo, detienen también y hacen entrar en sus propias substancias el cieno que las baña; los residuos más pesados descienden y se mezclan con la grava del fondo, los objetos flotantes son arrojados á la orilla ó se detienen en los bancos de arena; poco á poco el agua se clarifica; gracias á su fauna y á su flora hasta se desembaraza de las substancias disueltas que la desnaturalizan, y si en su curso no fuera ensuciada de nuevo por otras impurezas arrastradas de otras ciudades, concluiría por volver á su primitiva pureza antes de llegar al océano.
En la ciudad futura, lo que aconseje la ciencia harán los hombres. Ya muchas ciudades, sobre todo en la inteligente Inglaterra, ensayan crearse un sistema arterial y venoso, funcionando con regularidad perfecta y uniéndose el uno al otro, de modo que se complete un pequeño circuito de las aguas, análogo al que se produce en la naturaleza entre los montes y el mar por los manantiales y las nubes. Al salir de la ciudad las aguas de las alcantarillas, aspiradas por máquinas, como la sangre lo es por el jugo de los músculos, se dirigirán hacia un ancho depósito cubierto, donde se recogerá el agua mezclada con inmundicias. Allí otras máquinas se apoderarán de este líquido fangoso y lo lanzarán por caños hacia diversos conductos que correrán bajo el suelo de los campos. Aberturas practicadas de trecho en trecho sobre la cubierta de los acueductos, permitirán que salga á la superficie lo que no pueda contener el canal, pero en cantidades calculadas anticipadamente y sobre todos los campos empobrecidos que sea preciso regenerar por el abono. Esta cenagosa corriente, que sería la muerte de la población si se estancase en ella ó corriera por los ríos, se convierte, por el contrario, en vida para las naciones, puesto que se transforma en alimentos para el hombre. El suelo más estéril y hasta la arena pura, producen una vegetación exuberante cuando se empapan de este líquido; por otra parte, el agua que servía de vehículo á todas las materias del albañal, se encuentra así limpia por la operación química de las hierbas y raíces; recogida subterráneamente en los conductos paralelos á las cañerías de agua sucia, puede entrar en la ciudad para limpiarla y proveerla ó bien dirigirse hacia el río sin enturbiar la límpida corriente. En otros tiempos, debajo de la primera ciudad que bañaba, el río no era otra cosa, hasta el océano, sino un gran canal de inmundicias; en nuestros días recobra la belleza de los tiempos antiguos. Los edificios de las ciudades y los arcos de los puentes, que durante siglos no se han reflejado más que sobre turbias ondas, empiezan ahora á mirarse en un espejo transparente.
CAPÍTULO XIX
#El río#
El caudal entero del río no es otra cosa que el conjunto de todos los arroyos, visibles ó invisibles, sucesivamente absorbidos: es un arroyo aumentado miles de veces, y no obstante, difiere singularmente por su aspecto del pequeño curso de agua que serpentea por los valles laterales. Como el débil tributario que mezcla su humilde corriente á su poderoso raudal, puede tener también sus saltos y sus corrientes, sus desfiladeros y sus gargantas, bancos de grava, escollos é islas, playas y rocas; pero, con todo, es mucho menos variado que el arroyo, y los contrastes que ofrece en su curso son menos sorprendentes. Como más grande, llama la atención por el volumen de su cauce, por la fuerza de su corriente, pero su majestuoso aspecto es casi siempre uniforme. El arroyo, mucho más pintoresco, aparece y desaparece alternativamente: se le ve correr bajo la sombra, ensancharse como un lago y después caer en cascada como manojo de rayos luminosos, para ocultarse de nuevo en una obscura caverna. Y el arroyo no sólo es superior al río por lo incierto de su marcha y la belleza de sus orillas; lo es también por el ímpetu de sus aguas: relativamente es más fuerte que el río Amazonas para modificar sus orillas, variar sus sinuosidades, depositar bancos de arena y emerger islas. La naturaleza revela su fuerza por sus agentes mas débiles. Vista con el microscopio, la gota que se ha formado bajo la roca, realiza una obra geológica relativamente más grande que la del océano infinito.
El hombre, por su parte, ha sabido hasta el presente utilizar mucho mejor las aguas del arroyo que las de los grandes ríos. De estos, apenas la milésima parte de su fuerza es empleada por la industria; sus aguas, en vez de ramificarse por los campos en canales fecundos, son, al contrario, encajonadas en diques laterales y detenidas inútilmente en su cauce. El arroyo pertenece ya en la historia de la humanidad al período industrial, que es el más avanzado; el río no representa sino una época remotísima de las sociedades, aquella en la que las corrientes de agua no servían más que para hacer flotar algunas embarcaciones. Y aun esta utilidad disminuye en nuestros días, á causa de las carreteras y los caminos de hierro que facilitan el transporte á los pueblos de las riberas. Antes que el agricultor y el industrial consigan con entera seguridad hacer trabajos para aprovechar las aguas del río, es preciso que cesen de temer sus desbordamientos, y sean dueños de distribuirlas según sus necesidades. Y hasta que la ciencia les suministre los medios de someter al río, resultarán impotentes para dominarlo, mientras vivan aislados en sus trabajos, sin asociarse para regularizar en concierto la fuerza, aun brutal, de la masa de agua que corre casi inútilmente por delante de ellos. Como nuestros antepasados, continuamos todavía mirando al río con una especie de terror religioso, puesto que aun no lo hemos dominado. No es, como el arroyo, una graciosa náyade con su cabellera coronada de juncos; es un hijo de Neptuno que, en su formidable mano, blande el tridente.
Para contemplar en toda su majestad una de esas poderosas masas de agua, y comprender que se tiene ante la vista una de las fuerzas en movimiento de la tierra, no es necesario hacer un largo viaje, atravesar el Viejo Mundo, ó ir á visitar, cerca de su desembocadura el Brahmaputrah y el Yat-tse-kiang, los dos, hijos del mismo dios; no es necesario tampoco salvar el Atlántico y viajar por el Misisipi, el Orinoco ó el Amazonas, anchos como mares y sembrados de archipiélagos. Nos basta, en los límites del país que habitamos, con seguir el margen de uno de esos cursos de agua que contienen su marcha y se extienden ampliamente al aproximarse á un estuario donde su masa tranquila va á mezclarse con las olas del océano. ¡Visítese el bajo Somme ó el Sena cerca de Tancarville, el Loira entre Paimbouef y Saint Nazaire, el Garona y el Dordoña en el punto donde se reúnen para formar el mar de Gironda! ¡Contémplese sobre todo la punta septentrional de la Camarga donde el Ródano se divide en dos brazos!