Part 11
Nuestro sitio predilecto era una pequeña isla en la cual podíamos entrar, bien pasando por el molino, construído transversalmente sobre el arroyo, ó resbalándonos á lo largo de una estrecha cornisa construida en forma de acera en el exterior de la casa; allí estaban las palas y adonde el molinero iba á regularizar la marcha del agua. Nuestro camino preferido era este. En unos cuantos saltos llegábamos á nuestro islote, instalándonos bajo la sombra de un gigantesco nogal can su corteza lisa por los frecuentes escalos. Desde allí, los árboles, el arroyo, las cascadas y las viejas paredes, se presentaban á nuestra vista en su aspecto más encantador. Cerca de nosotros, en el gran brazo del arroyo, un dique formado por fuertes maderos contenía la corriente; una cascada caía por encima del obstáculo y la espuma iba á chocar contra las pilas de un puente con sus grietas pobladas de verdura. Al otro lado, el viejo molino llenaba todo el espacio desde los árboles de la orilla hasta los del islote. Del fondo de una sombría arcada, practicada bajo las murallas, el agua agitada salía como arrojada por un monstruo, y en la negra profundidad del antro abierto distinguíamos vagamente pilotajes musgosos, ruedas medio dislocadas que daban vueltas torpemente como ala rota de gigantesco pájaro, y palas que se sumergían en el torbellino produciendo cada una su pequeña cascadita. Alrededor de la arcada, espesa hiedra tapizaba las paredes y, trepando hasta el tejado, enlazaba las vigas con su cordaje nudoso y se estremecía alegremente por encima de las tejas.
En el interior de la casa ¡cuán extraño nos parecía todo, desde el asno filósofo doblándose bajo el peso de los sacos que descargaban cerca de las muelas, hasta el molinero mismo con su larga blusa siempre blanca por la harina! En toda la casa ni un sólo objeto dejaba de agitarse convulsivamente ó vibrar por la trepidación de la invisible cascada que rugía bajo nuestros pies. Las paredes, los tabiques, el techo, todo temblaba incesantemente por las sacudidas de la fuerza oculta. En un rincón del molino, el árbol motor rodaba y rodaba como el genio del caserón; ruedas dentadas, correas tendidas de uno á otro extremo del local, transmitían el movimiento á las rechinantes muelas, á la tolva oscilante, con ruido seco, á una porción de artefactos de madera ó metal, que cantaban, crugían ó gritaban en hermoso concierto. La harina, que salía como humo de los granos molidos, flotaba en el aire de la casa, blanqueando todos los objetos con su fino polvillo; las telarañas colgadas en las vigas del techo estaban rotas por el peso que las cargaba y se balanceaban como blancos cordajes; las huellas de nuestros pasos se marcaban en negro sobre el piso.
En el inmenso estruendo que producían todos aquellos engranajes, muelas, aparatos, y hasta las paredes mismas, apenas se podía oir mi propia voz por más que ni siquiera osaba hablar, preguntándome si el habitante de este extraño caserón no sería brujo ó hechicero. Su hijo, mi compañero de colegio, me parecía menos temible, y en ciertas ocasiones no tenía miedo de ir con él á todas partes; sin embargo, no podía remediar el error de ver en mi simpático amiguito un sér misterioso, con cierto dominio sobre las fuerzas de la naturaleza. Conocía todos los secretos del fondo del agua; nos decía el nombre de hierbas y peces; podía distinguir en la arena ó el cieno movimientos imperceptibles á nuestras miradas y revelarnos dramas íntimos sólo por él visibles. Sus compañeros le creíamos anfibio, no defendiéndose apenas de nuestras acusaciones. Habíase paseado por el cauce del arroyo hasta en los sitios más profundos y medía con exactitud extraña los remolinos que nuestras perchas no alcanzaban á sondear. Conocía también la fuerza de la corriente en todos los puntos contra la cual había luchado nadando ó con los remos; más de una vez había estado próximo á ser arrastrado por las ruedas y triturado entre los engranajes; pero familiarizado con el peligro, lo desafiaba resueltamente, contando con su fuerza y con una cuerda que le arrojarían en último caso. Uno de sus hermanos, menos afortunado, halló la muerte en una concavidad de la roca, á donde le arrastró un remolino. Nosotros mirábamos asustados el paraje siniestro al que el padre, lleno de un horror sagrado, había hecho arrojar piedra y tierra.
El misterio que para nosotros rodeaba al viejo molino, no envolvía á la gigantesca fábrica, situada bastante más abajo, en la llanura, donde el arroyo ha recibido ya á todos sus afluentes. La fábrica, desde luego, es una enorme construcción que, lejos de estar rodeada de árboles, se levanta en medio de un espacio desnudo casi á la altura de las colinas cercanas. Al lado del edificio, una chimenea parecida á un obelisco, se eleva á más de diez metros sobre el edificio y parece aún prolongarse hacia el cielo por las negras columnas de humo que de ella salen. Durante el día, sus paredes enjalbegadas la destacan en blanco del fondo verde de la huerta que le rodea; por las tardes, en cuanto el sol se pone, centenares de cristales se alumbran en su fachada; ya de noche, las luces del interior irradian su luz por las ventanas, y, como la de un faro, brillan á diez leguas de distancia.
Tanto en el interior como en el exterior, la fábrica no presenta más que ángulos rectos y líneas geométricas. Sus grandes salas llenas de la luz que entra á raudales por las ventanas, tienen no obstante algo de terrible en su aspecto. Pilares de hierro se levantan á distancias iguales, sosteniendo el techo; máquinas, también de hierro, hacen dar vueltas á sus ruedas con movimientos regulares, lo mismo que sus bielas y curvos brazos; dientes de acero cogen la materia que se les echa para dividir, triturar, moler ó amasarla de nuevo, y la convierten en pasta, en hilos ó en nube apenas perceptible, según lo exige la voluntad del dueño. De todos esos monstruos de metal, el hombre ha hecho sus esclavos; los hace producir la labor para que fueron creados y los detiene en su furioso triturar cuando ha concluído la tarea; sin embargo, tiembla ante esa fuerza brutal que ha dominado. Que olvide el desgraciado obrero por un sólo instante poner en armonía su propio trabajo con el de la formidable máquina, que bajo la impresión de una idea, de un sentimiento, se detenga en sus movimientos rítmicos, y tal vez el poderoso mecanismo lo descuartice lanzándolo contra la pared, convertido en masa sangrienta. Las ruedas dan vueltas con movimiento uniforme, lo mismo si aplastan á un obrero que si tuercen un hilo apenas visible. De lejos, cuando nos paseamos por las colinas, oímos el terrible gemido de la máquina que hace vibrar á su alrededor la atmósfera y la tierra.
Esta fuerza disciplinada y, no obstante, temible, con sus engranajes y brazos de hierro, no es otra cosa que la fuerza del arroyo transformada en energía mecánica. El agua, que en otro tiempo no realizaba más trabajo que derribar sus márgenes para establecer otros y ahondar unas partes de su lecho para elevar otras, es ahora el auxiliar directo del hombre para tejer ropas y moler granos. Guiado por el ingeniero, el movimiento torpe del agua sigue la dirección que se le traza, y se la ha distribuído por las más finas pinzas y delicadas brochas, igual que por los más fuertes engranajes de la poderosa máquina. Su impulso indirecto rompe y tritura cuanto ponen bajo el martillo-pilón y estira los metales pasados por el laminador; pero sabe también elegir y juntar los hilos casi imperceptibles, amalgamar los colores, afelpar las telas y realizar á la vez los más diversos trabajos, los que ni siquiera podía soñar un Hércules, y los que no podrían realizar los hábiles dedos de un Aracneo. Dando su fuerza á la máquina, el arroyo se ha convertido en un gigantesco esclavo, reemplazando él solo á los millares de prisioneros de guerra y la servidumbre de mujeres que llenaban los palacios de los reyes; toda la labor de estos tristes animales encadenados, sabe el torrente hacerla mejor que jamás fué hecha, ¡y cuántas otras cosas haría además! Bien utilizada, una catarata como la del Niágara animaría las máquinas suficientes para realizar todo el trabajo de una nación.
Incalculables son las riquezas con que la fábrica ha enriquecido á la humanidad, y estas aumentan cada año, gracias á la fuerza que se sabe sacar de los combustibles, y gracias también al empleo más sabio y general que se da á las aguas corrientes que ruedan por el inclinado cauce del arroyo. Y, sin embargo, esos productos tan numerosos que salen de las fábricas para enriquecer á la humanidad entera, é iniciar de cambio en cambio á los más lejanos pueblos en una civilización superior, no alcanzan á todos los hombres, dejando en la más negra miseria á los que los producen. No lejos de la majestuosa fábrica, cuyos monstruos de hierro han costado tanto; no lejos de esa magnífica residencia señorial, rodeada de hermosos árboles exóticos, importados con grandes gastos del Himalaya, del Japón y de California, pequeñitas casas de ladrillo, ennegrecido por la hulla, se alínean en medio de un espacio lleno de amontonamientos antiestéticos y de charcas de agua fétida. En esas humildes habitaciones, menos repugnantes, es cierto, que los tugurios de los siervos dominados por el castillo del señor feudal, las familias se reúnen raramente alrededor de la misma mesa; unas veces el padre, otras la madre ó los hijos, llamados por la inexorable campana de la fábrica, deben alejarse del hogar y sucederse al servicio de las máquinas, que trabajan sin tregua ni descanso, lo mismo que la corriente del arroyo que las pone en movimiento. Con frecuencia, la honrada casita se encuentra completamente vacía, á menos que en cualquier rincón no quede algún niño de teta, reclamando inútilmente la presencia de su madre con llantos desesperados ó enternecedores suspiros. La pobre criatura, envuelta en húmedos pañales, crece raquítica á causa de la falta de aire ó de cuidados, y tarde ó temprano será roída por el escrofulismo á menos que una enfermedad cualquiera, tisis, sarampión ó cólera no se la lleve en sus primeros años.
Por esta razón no todo es alegría y felicidad en las orillas del encantador arroyo, donde la vida parece ser tan agradable, donde parece natural que todos se amen y gocen de la existencia. También allí la guerra social produce sus estragos; también allí los hombres aparecen envueltos en ese torbellino de «la lucha por la existencia.» Lo mismo que en la gota de agua las mónadas y los vibriones procuran arrancarse la presa unos á otros, igual sobre las márgenes cada planta busca quitar á la vecina su parte de sombra y humedad. En el arroyo el sollo se arroja sobre la espínola, y ésta á su vez sobre el gubio: todo animal es para otro un cebo, un plato ya servido. Entre los hombres, la lucha no ofrece ese aspecto de tranquila ferocidad, pero nos miramos unos á otros con rencor y odio, envidiosos del manjar que nuestro hermano se lleva á la boca, al cual no todos tenemos derecho, según parece. Los espectros del hambre y la miseria se levantan tras nosotros, y para evitar que nosotros y nuestras familias seamos presas de sus terribles garras, corremos todos tras la fortuna, aunque la hayamos de conquistar, directa ó indirectamente, en detrimento de nuestros semejantes. Sin duda esto nos entristece á muchos, pero movidos por el engranaje, igual que el martillo-pilón que se levanta y aplasta, aplastamos también nosotros sin querer hacer daño.
¿Tendrá fin esta lucha feroz, por la existencia entre los hombres nacidos para amarnos? ¿Seremos siempre enemigos unos de otros? Los ricos ¿se abrogarán eternamente el derecho de despreciar á los pobres, y éstos á su vez, condenados á la miseria, no cesarán de contestar al desprecio con el odio y á la opresión con el furor? No; no será siempre así.
En su amor á la justicia, la humanidad, que cambia incesantemente, ha empezado ya su evolución hacia un nuevo orden de cosas. Estudiando con calma la marcha de la historia, vemos al ideal de cada siglo convertirse en la realidad del siglo siguiente, vemos el ensueño del utopista adquirir forma precisa, para hacerse necesidad social en la voluntad de todos.
Con la imaginación podemos ya contemplar la fábrica y los campos que la circundan tal cual el porvenir los habrá cambiado. El parque se ha ensanchado; actualmente comprende la llanura entera; grandes columnatas se levantan sobre la verdura, chorros de agua caen por encima de los macizos de flores, y alegres niños corren por sus avenidas. La fábrica está allí todavía; ahora más que nunca se ha convertido en un gran laboratorio de riquezas, pero estos tesoros no se dividen ya en dos partes, de las cuales una pertenece á uno solo, siendo la otra, la de los obreros, una miserable limosna; definitivamente pertenece á todos los trabajadores asociados. Gracias á la ciencia que les hace utilizar mejor el poder de la corriente y otras fuerzas de la naturaleza, los obreros no son los esclavos desgraciados de la máquina de hierro; después del trabajo del día, gozan del reposo y de la fiesta, las alegrías de la familia, las lecciones del anfiteatro, las emociones de la escena. Son iguales y libres, son dueños de sí mismos y se miran frente á frente con la cabeza erguida, porque ninguno lleva en su cara impreso el estigma de la esclavitud. Tal es el cuadro que podemos contemplar anticipadamente parándonos por la tarde cerca del arroyo querido, cuando el sol poniente se rodea de un círculo de oro con las volutas de vapor que se escapan de la fábrica. Esto no es aún más que un espejismo, pero si la justicia no es una palabra vana, este espejismo nos refleja ya la ciudad lejana, medio oculta detrás del horizonte.
CAPÍTULO XVII
#La navegación y la armadía#
Al través de los siglos, los progresos materiales de la humanidad pueden medirse por los distintos servicios que el arroyo ha prestado. Actualmente, el impulso de su corriente se transforma en fuerza viva para moler el trigo, tejer telas y producir un sinnúmero de transformaciones en la primera materia. Sus aguas y aluviones se cambian en savia y tejidos vegetales en los prados y alamedas; en la agricultura y la industria es nuestro gran auxiliar.
En otro tiempo no sucedía así. El bosque sin límites cubría los montes y llanuras; las sendas que serpenteaban entre los árboles eran muy raras y mal trazadas, obstruídas por hierbas y maleza; por eso, los salvajes utilizaban la superficie del arroyo para ascender ó descender por su cauce sobre el tronco de árbol vaciado que les servía de embarcación.
En nuestros días, gracias á las carreteras, caminos y sendas que atraviesan nuestras campiñas en todas direcciones, la navegación seria sobre el arroyo es cosa casi desconocida; sólo se boga ya por el placer de remar y sentirse balanceado muellemente por las rizadas ondas. Para el hombre es este uno de los más agradables recreos físicos que pueda proporcionarse. No nos es posible tener un ensueño de felicidad, sin imaginarnos inmediatamente que flotamos con seres queridos en una barca que surca las aguas impelida por remos que se sumergen acompasadamente. Hasta cuando estamos solos, es una voluptuosidad real poder animar con los brazos uno de esos barquitos afilados que cortan el agua con agilidad de pez. Se cambia de punto á capricho; tan pronto nos acercamos á una cascada, como descansamos en un charco tranquilo; aquí nos rozamos con el césped de la orilla, allá con el tronco de un sauce; se pasa de la obscura avenida, negra de sombra, á la superficie salpicada de luces que cae como lluvia á través del follaje. Y además, ¿no se forma un mismo cuerpo con la barquilla, especie de extraño animal á la vez hombre y delfín? Con sus largos remos, parecidos á poderosas aletas, se producen remolinos en cada lado de la barca y se hace caer como lluvia de perlas las gotas sobre la superficie del agua; á voluntad se abre el líquido en surcos espumosos, y detrás se deja una larga estela donde vibra la luz serpenteando.
Desgraciadamente, sobre el arroyo las embarcaciones no se ven con frecuencia. Apenas si barquichuelos de uno ó dos remos se reflejan en los remansos donde las aguas se acumulan antes de caer sobre las ruedas de la fábrica y poner en movimiento muelas y engranajes. A veces suele verse algún viejo barquillo atado con una cadenita á una rama cualquiera, ó á una estaca clavada en la orilla; casi siempre está medio sumergido en el agua; indudablemente en otro tiempo sirvió á algún pescador, pero ahora sus tablas están desunidas, el agua penetra por todas partes y los únicos navegantes que se aventuran á utilizarla son los malos estudiantes en los días que hacen _novillos_; poniendo cada uno de los pies sobre una de las bordas, adelantan con precaución para mantener el equilibrio; luego, apoyándose en el bichero, empujan la casi deshecha embarcación al medio de la corriente, y, de un salto vigoroso, alcanzan la opuesta orilla; á veces se quedan cortos y caen sobre el barro, pero la travesía, bien ó mal, se ha realizado y se marchan alegres á continuar sus proezas por el monte. A todo esto se reduce para los niños la navegación por el arroyo. No obstante, cuando llega la primavera, se entretienen construyendo pequeños navíos vaciando un pedazo de corcho donde plantan un palito cualquiera ó á veces el portaplumas, adornado en su extremidad con una bandera roja ó azul; luego, con gritos de alegría, lo arrojan al agua, dándole por toda tripulación algún insecto, esclavo de los terribles calafates.
Perfectamente inútil para el transporte de viajeros, el arroyo es casi innecesario para la navegación. Los bosques de la llanura han desaparecido, reemplazados por los prados, los campos y los pueblos y para los árboles cortados sobre las colinas, los caminos han facilitado medios de transportes menos caprichosos que la corriente del arroyo. Para imaginarnos el aspecto de nuestra corriente de agua y los servicios para que la utilizaron nuestros antepasados en los tiempos de la barbarie primitiva, nos es preciso atravesar el Océano y desembarcar cerca de las costas del mar de las Antillas, en uno de esos bosques de Honduras, del Yucatán y el Mosquitos, donde los caribes y los zambos cortan la acacia, el cedro y el campeche. El arroyo no es más que una larga calle abierta en el espesor del bosque; la superficie líquida, sombreada por las bóvedas de árboles, está unida como un cristal; solo los oblicuos rayos de luz que en algunos puntos agujerean la espesa enramada, hacen brillar como pepitas de oro los más pequeños insectos y hasta el polen de las plantas; las lianas que se mojan en el agua la rayan con pequeñitos surcos negros donde vacila un instante la imagen de las ramas. Repentinamente, en una vuelta aparecen algunos hombres sentados en un tronco vaciado y seguidos de un gran haz de troncos, medio sumergidos en el agua: es la armadía de acacia que resbala silenciosa por la superficie del arroyo. La tripulación no tiene que hacer más que dejar á la deriva el montón que le sigue, acompañando con su cantinela la cadencia de los remos. Si algún obstáculo se presenta, si los troncos se detienen sobre un banco de arena ó una roca oculta, los atletas caribes, de músculos poderosos y ancho tórax de bronce, ponen bien pronto á flote el convoy entero, y cuando llegan á la playa donde los esperan grandes navíos, un fuerte movimiento con el palo que les sirve de remo basta para abordar.
¡Cuan hermosos resultan, esos hombres de la naturaleza, cuando á la desembocadura de los ríos, y más heroicos aun en plena mar, se aventuran en su débil esquife sobre las grandes olas, donde tan pronto parecen sepultados bajo las aguas como reaparecen rodeados de espuma! ¡Y cuán abnegados y honrados son estos buenos bárbaros, y qué profunda y grata impresión dejan en el cansado viajero que ha recibido una sola vez hospitalidad en su cabaña! La historia de su raza es la de las grandes degollaciones de su país; en sus antepasados, tal vez no haya uno durante tres siglos después de la conquista de las Antillas, que no haya sido brutalmente degollado por algún _civilizador_; sin embargo, no conservan ningún rencor, y su honrada bondad se armoniza con su límpido cielo, sus tierras tan fecundas, y sus arroyos con inmarcesibles y encantadoras riberas.
El trabajo de nuestros madereros de Europa es mucho más penoso. La tala gradual de los bosques de la llanura les ha obligado á continuar su industria en los accidentados desfiladeros de las sierras. En vez de dejarse mecer dulcemente por el curso tranquilo de una corriente sinuosa, es preciso disciplinar el salvaje torrente, refrenar ese monstruo furioso deteniéndolo unas veces y activando su corriente otras. El peligro les amenaza á cada instante, y si muchas veces salvan su vida, no es más que por la fuerza, la agilidad y un continuo heroísmo. El paraje mismo donde trabajan, tiene en sí algo de terrible; no durante el verano, cuyo ardiente sol dora las hojas de los árboles y hace sonreir hasta el horror de los precipicios, pero en el otoño, cuando las nubes pasan corriendo por encima de los sombríos barrancos y dejan en las cimas de los montes sus jirones como gigantescos lienzos rotos, y el viento, ya helado, penetra con estruendo en los estrechos valles, produciendo un prolongado ruido de trueno que repercute á lo lejos.
Luego, la nieve se extiende sobre las alturas, y, con frecuencia, la niebla que sube por la pendiente del monte, deja tras sí un triple fenómeno de tristeza; en lo más alto ha teñido de blanco el obscuro bosque; más abajo, un color gris de agua y de nieve, y en las gargantas de la sierra lluvia fría y abundante. No obstante, en la glacial atmósfera los cortadores de madera sudan á chorros porque manejan el hacha y cada golpe descargado sobre el tronco del árbol, pone en movimiento todos sus músculos. En lucha con el enorme pino, que desde muchos siglos vivía libremente en las faldas del monte, se sienten poco á poco poseídos de ese furor que se apodera siempre de los hombres consagrados á destruir otras existencias. Como el cazador persiguiendo su presa, como el soldado dedicado á matar á sus semejantes, el cortador de árboles enloquece en su obra de destrucción porque siente tener ante sí á un sér vivo. El tronco gime por la mordedura del acero, y su lamento se repite de árbol en árbol por todo el bosque, como si participaran de su dolor y comprendieran que el hacha se volverá contra ellos también.
Por fin, el pino cae pesadamente sobre el suelo, rompiendo en su caída las ramas de los árboles vecinos. Los leñadores rodean al coloso caído; cortan las ramas y las extremidades flexibles, y luego, cuando está limpio el tronco, lo arrastran por las vertientes que rayan los flancos del monte y por las cuales corren las piedras desprendidas y las nieves fundidas en la altura. Cientos y á veces miles de palos se aproximan sucesivamente cerca del precipicio con objeto de que un simple empujón baste para lanzarlos rodando por la pendiente.
Cuando todos los preparativos están terminados empieza el arrastre: los troncos se ponen en movimiento por el plano inclinado; al principio lentos y luego, con velocidad creciente, terminan su carrera en rapidez vertiginosa, y, embadurnados de barro y despojados de su corteza, arrastran en la caída tempestades de piedra para ir á parar al lago de agua que se ha formado por un azud, al pie mismo de la pendiente. Generalmente, los árboles caen así, sin detenerse, pero á veces la extremidad saliente de una roca ó una punta de palo clavado en el suelo, contiene la avalancha en su descenso; entonces es preciso que un hombre baje y, con exposición de su vida, pone en movimiento nuevamente los troncos detenidos.