# El Arroyo

## Part 10

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Tal vez á causa de esta extraña fascinación que ejercen sobre el pescador las aguas libres del arroyo, haya hecho tan pocos progresos el arte de la piscicultura desde los tiempos más remotos. Millones de hombres se dedican á sorprender el pez salvaje que se agita en las aguas: y muy poco numerosos relativamente son los que se ocupan en coger su presa para cautivarla y devorarla cuando lo crean conveniente. En los países llamados civilizados, la caza no es otra cosa que un pasatiempo y la persecución de las bestias salvajes ha sido reemplazada por la cría de animales para el matadero. Sólo los hombres holgazanes y vanidosos que quieren mantener las tradiciones de sus antepasados para distraer su ociosidad, han hecho de la caza la principal ocupación de su vida. Pero desde hace ya miles de años, los pueblos arianos, de evolución en evolución han cesado de ser cazadores, y se dedican á cultivar la tierra, tomando á la vez por compañeros ó víctimas á los toros descendientes del urus salvaje que perseguían en el bosque en otras edades, En nuestros días, los pieles rojas, tan combatidos por los americanos, y que presencian la dispersión de los ganados al ruido de las locomotoras que pasan silbando por las praderas, aprenden también á uncir los bueyes al yugo, y pasan sin transición del estado de cazadores al de pastores y cultivadores del suelo. Pero en lo que se refiere á la explotación de la fauna de las aguas, los hombres están todavía y en todas partes, salvo en China, país de las gentes _listas_, en las prácticas rudimentarias de la barbarie primitiva. Han reemplazado el simple palo por una caña más flexible y elegante, han aprendido á torcer hilos más delgados y fuertes, á perfeccionar los anzuelos, á atraer á cada especie por un cebo especial, y hasta han modificado la forma natural de los cursos de agua, haciendo en las cascadas peldaños como los de una escalera, por los cuales el pez salido del mar puede remontar el arroyo hasta la fuente primitiva; no obstante, es muy excepcional el modo de coger al pez, de fecundarlo artificialmente y mantenerlo como animal doméstico, pudiendo así presentar al mercado por quintales y toneladas, la carne exquisita del buen pescado como se hace con la de ternera y carnero.

En algunas partes, sin embargo, pescadores é industriales han intentado reemplazar la pesca por la recría del pescado. Como hombres ociosos la mayor parte, han obtenido resultados curiosos, completamente inútiles para aumentar nuestros conocimientos sobre los animales, sus costumbres y naturaleza, y casi insignificantes bajo el punto de vista económico. En un pequeño establecimiento de piscicultura, oculto por las murallas de un parque, y vedado á los transeuntes, he podido formarme una idea de la ciencia y habilidad profundas que debiera tener un buen recriador de peces para el buen éxito de su empresa.

La piscicultura exige saberlo todo y preverlo todo también. Es preciso conocer la naturaleza del fondo y de las aguas favorables á cada especie; observar los fenómenos del aire y las variaciones de la temperatura para elegir el momento favorable de la extracción artificial de los huevos en las hembras y la materia fecundadora en los machos; regularizar el impulso de la corriente y darle la fuerza necesaria calculada anticipadamente; estudiar los huevos con el microscopio y extraer todos los que no tengan el color y la transparencia necesarias; examinar la materia fecundante y arrojarla si no tiene el suficiente color y fluido y ... ¿qué sé yo cuántas cosas más?

El piscicultor debe además saberse servir de infinidad de instrumentos delicados; limpia los huevos con un pincel, separa los cuerpos extraños y malsanos por medio de unas pinzas; se sirve de ampolletas para trasvasar la simiente de uno á otro recipiente, construye lugares á propósito para los huevos que se adhieren á las hierbas y ramitas del fondo y muchas otras operaciones entretenidas é inteligentes. Durante la época de la incubación necesita velar con cuidado para evitar que los enemigos de toda especie, barbos, mosquitos y setas de agua, ataquen á la población naciente, variando de hora en hora la corriente y la temperatura. Después de la salida del huevo es preciso saber alimentar á los animalitos oportunamente y con las, mismas substancias que ellos mismos se hubieran buscado. Y además de todo ésto, tiene aún que prevenir ciertas terribles enfermedades que repentinamente pueden aparecer en su cultivo y destruirlo en algunos días.

Entre los piscicultores hay algunos que consiguen así salvar de toda desgracia á la morralla que ha de transformar en pescado de peso. En presencia de su éxito, ¡qué triste recuerdo de las cosas humanas se despierta en nosotros pensando en los miles de criaturas, bien constituidas para llegar á hombres, que perecen todavía en la cuna! Es cierto que los niños recién nacidos ó ya de algunos años están más ligados á nuestro corazón que el salmonete y la trucha, pero no por eso deja la muerte de llevárselos á miles también. Nuestros hospicios para la infancia, bastante más preciosos que todos los establecimientos de piscicultura, no son frecuentemente otra cosa que el vestíbulo del cementerio. Los huevos de la tenca ó del barbo, lo mismo que los de otros peces más exquisitos, son para nosotros menos preciosos que los niños confiados á la sociedad por la desgracia y la miseria, y menos dignos de nuestra defensa contra las asechanzas de la muerte.

Si alguna vez se llega á domesticar completamente el pescado de agua dulce y suministrarlo á voluntad para la aumentación pública, será ciertamente motivo de júbilo, puesto que todas las vidas inferiores se emplean aún para alimentar la del hombre; pero no se podrá evitar el recordar con tristeza el tiempo en que todos nadaban en completa libertad. Contemplando las corrientes de agua regularizadas y reducidas á cajas cuadrangulares, donde los peces se engordan como esclavos, nuestros descendientes pensarán con cierta tristeza en nuestros arroyos libres todavía. Lo mismo que á nosotros nos encanta el relato de la vida salvaje en la selva virgen, lo mismo sentirán ellos el encanto cuando se les hable del libre arroyo, donde multitud de peces errantes remaban contra la corriente, retozones y alegres, con sus aletas y cola, ó del pez solitario que atravesaba la corriente como un rayo de luz apenas entrevisto, ó bien de las hierbas flotantes estremecidas constantemente por las ocultas multitudes que las poblaban. Comparado con el guarda del criadero de pescado, el pescador actual, sentado bajo la discreta sombra de un árbol, les parecerá una especie de Nemrod, un héroe de remota antigüedad.

CAPÍTULO XV

#El riego#

Consolémonos, no obstante. En el porvenir que nos prepara la explotación científica de la tierra y sus riquezas, la mayor utilidad del arroyo no será la de ser una fábrica de carne viva. El agua que entra en tan grandes proporciones en todos los organismos, plantas y animales, no cesará de emplearse, como actualmente se hace, en alimentar el mundo vegetal de sus orillas. Bebida por las raíces que se mojan en el arroyo, el agua sube de poro en poro por los intersticios capilares del suelo, hincha de savia multitudes sin fin de árboles y hierbas, y sirve así indirectamente á la alimentación del hombre por tubérculos, matas, hojas, frutos y simientes. En el trabajo agrícola es donde principalmente el arroyo se hace un poderoso auxiliar de la humanidad.

Después del sol, que lo renueva todo con sus rayos, el aire, que con sus vientos y la mezcla incesante de gases puede llamarse «hálito del planeta», el agua del arroyo es el principal agente de renovación. Por el amor inmenso que hacia todo cambio sentimos, escuchamos con satisfacción el relato de las metamorfosis, sobre todo, aquellos de nosotros que son aún niños y que el conocimiento de las inflexibles leyes no turba todavía su ingenua credulidad. Leyendo las _Mil y una noches_, se complace nuestro espíritu viendo cómo los genios se convierten en vapor y los monstruos nacen de un reguero de sangre; nos gusta contemplar todos los objetos de la naturaleza, bajo los aspectos y formas que adquieren sucesivamente, lo mismo que en el aire caliente del desierto distinguimos tan pronto palacios con columnatas como ejércitos en marcha.

En las fábulas de la antigüedad griega, en los mitos persas y en los viejos cantos indostanes, lo lo que más nos seduce son las transformaciones de la piedra y de la hierba, del animal, del hombre y del dios, símbolos primitivos del encadenamiento infinito de la vida en el universo. A la vista del niño, cualquier viejo tapiz se puebla de seres animados. ¡Con qué sencilla fe contempla sobre los viejos y apolillados lienzos la imagen de Syrinx extendiendo aún los brazos, cuando ya está convertida á medias en grupo de cañas, Procrios echando raíces para convertirse en álamo, ó la ninfa Byblis fundiéndose en llanto, para correr eternamente en forma de fuente!

Pues bien; cambios parecidos á los que inventaron la imaginación de los pueblos en su infancia y la ficción de los poetas, no cesan de realizarse en el gran laboratorio de la naturaleza; sólo que se efectúan por un lento trabajo interior, por transición gradual de vida y de muerte entre todo lo que muere y lo que nace, y no por súbitos milagros. La gota de agua se cambia en célula de planta, esta se transforma en simiente, luego en pan y, en el cuerpo del hombre, en parte de vida.

Parece á primera vista que el arroyo no pueda transformarse así en otras plantas que en las de sus orillas. Sin duda que la vegetación de los márgenes, aspirando la humedad por sus raíces y bebiendo abundante vapor por sus hojas, es bastante más viva y alegre; las parras salvajes, los álamos blancos y el temblón con sus hojas de plata constantemente estremecidas, se levantan hacia el espacio altos, derechos, hinchadas de jugo sus fibras y lisa su corteza, rompiéndose por el impulso de la savia que se desborda. Las hierbas, en apiñados y compactos grupos, y multitud de arbustos, llenan los intersticios entre los troncos; el más pequeño espacio vacío se puebla inmediatamente de plantas deseosas de aproximarse al arroyo bienhechor. Pero el agua realiza también su obra lejos de sus bordes. Hasta durante la sequía, extiende su vivificante frescura rezumando por las pedregosas y arenosas márgenes, y penetra en el subsuelo donde alimenta las raicillas de las plantas. Después de las lluvias, cuando se eleva el nivel del arroyo, la percolación subterránea se propaga y se extiende á lo lejos bajo las capas superficiales del suelo de los campos, y durante las grandes crecidas, las aguas desbordadas renuevan la tierra, la saturan de humedad y suministran así los elementos de vida á la multitud vegetal.

El espectáculo de los campos inundados es triste ciertamente. Los cercos medio cubiertos determinan aún los límites bien conocidos que separan la propiedad; los árboles frutales, inclinados por la corriente, sumergen en el agua fangosa la extremidad de sus ramas; corrientes y remolinos socavan el suelo donde crecían hermosas cosechas. Hasta los bordes del lago temporal, todos los surcos abiertos por el arado, se convierten en otros tantos regueros, y los caballones dibujan en la corriente largas estelas paralelas.

La inundación, que desvanece la esperanza del campesino, es una desgracia, y, sin embargo, en sus temidas aguas, lleva el arroyo un tesoro para años venideros. Al destruir las cosechas del año presente, deposita el aluvión fertilizante que alimentará las futuras fructificaciones. El suelo de la llanura, removido constantemente por el trabajo del labrador, se esterilizaría bien pronto si las rocas de la montaña, trituradas y tamizadas por la corriente, no se extendieran en capas renovadoras y fecundas sobre los campos de la ribera. Según nos enseñan los sondeos geológicos, la tierra vegetal y el subsuelo son capas de aluvión sucesivamente depositadas de siglo en siglo y arrastradas desde las estribaciones de las rocas. En el llano ninguna planta hubiera podido germinar si la montaña no se deshiciera sin cesar, y si el arroyo no bajara cada año estos residuos para suministrar un nuevo elemento á la vegetación de sus riberas. ¿Pero qué hacer para evitar que las aguas desbordadas devasten los cultivos y depositen al mismo tiempo el aluvión fertilizante? ¿Cómo regularizar las oscilaciones del nivel para aprovechar sus beneficios, sin tener que sufrir sus desbordamientos? Poco numerosos son los agricultores que han sabido resolver ya ese problema, hallando el medio de dominar al arroyo, dirigiéndolo á su gusto. Durante el verano la corriente no es más que un pequeño hilo líquido, y el campesino se queja; en otras épocas, en la primavera y el otoño, según los climas, el arroyo se sale de madre y el campesino se queja también.

Por otra parte, se lamentará siempre, y con razón, hasta que sepa asociarse con su vecino para utilizar los recursos que ofrece el agua corriente. Actualmente la explotación de esas riquezas se hace con el mayor desorden y casi al azar, según el capricho de los propietarios ribereños, siendo el resultado de estos disparates, el desastre para todos, con muchísima frecuencia. Uno seca terrenos pantanosos, construyendo canales subterráneos que desembocan en el arroyo y aumentan su caudal; otro lo empobrece, al contrario, haciéndole sangrías á derecha é izquierda para regar sus campos; otro aun, rebaja su nivel medio limpiando el fondo, destruyendo las aristas de las piedras en las corrientes y cascadas, mientras que en otra parte, los industriales, elevan la superficie del arroyo, construyendo presas para llevar el agua á sus fábricas. Todo esto son fantasías contradictorias, avideces en conflicto, que pretenden todas, no obstante, determinar la marcha del arroyo. ¿Qué sería de un pobre árbol, á cuántas enfermedades monstruosas no se vería condenado, si, lozano y lleno de vida, fuera repartido entre varios propietarios, si numerosos dueños pudieran ejercer el derecho de uso y abuso, uno sobre sus raíces, otro sobre su tronco, sus ramas, sus hojas y sus flores? El arroyo, en conjunto, puede ser comparado con un organismo vivo como el de un árbol. También él, desde su nacimiento hasta su desembocadura, forma un todo armónico con sus manantiales, sus sinuosidades y las oscilaciones regulares de sus aguas, y es una desgracia pública el que la serie natural de sus fenómenos sea alterada por la explotación caprichosa de propietarios ignaros. Gracias á la ciencia y á los esfuerzos particulares, podemos desde hoy vislumbrar la época en que el arroyo será útil al interés común de los pueblos. Como riqueza perteneciente á todos, el trabajo asociado lo transformará en una verdadera arteria de vida para la producción agrícola.

Los numerosos trabajos de canalización, presas y azudes ejecutados para el riego de los campos en muchas partes á orillas de los ríos, nos permiten imaginar cuál será el régimen de nuestro arroyo en un porvenir más ó menos lejano: con la previsión que nos da la ciencia, lo vemos ya desde hoy. Como en los tiempos antiguos, antes de la explotación del bosque, pinos y hayas entremezclados, volverán á crecer en las faldas de la montaña, de donde bajan las primeras aguas; las raíces que brotan, el musgo que las cubre, las hierbas que la rodean y que la cabra no vendrá á arrasar, contendrán en su caída las gotas de lluvia y los hilillos de nieve fundida. En vez de convertirse en corrientes de una hora, el agua se filtrará en el interior del suelo durante las lluvias, y descendiendo lentamente por los poros, reaparecerá en el lecho inferior del arroyo durante las épocas de sequía. El caudal medio de la corriente será más igual, y no pasará súbitamente de la sequía á la inundación. En los abruptos declives no se ahondarán repentinamente profundos barrancos, y las praderas del valle no desaparecerán bajo los amontonamientos de piedras y troncos arrastrados desde las laderas. Acequias abiertas en líneas paralelas sobre las redondeces, alternativamente salientes y entrantes de las curvas y promontorios, llevarán la vida y harán germinar las flores hasta en las áridas pendientes.

Puede suceder que la acción reguladora de los bosques y el empleo de las aguas del torrente en el riego de las altas huertas, no fuera suficiente para prevenir las repentinas crecidas por lluvias torrenciales; pero hay otros recursos para evitar este peligro. El valle no es igualmente ancho en toda su longitud. En ciertos parajes, su fondo nivelado se extiende en forma de círculo ó de óvalo, donde antes hubo un antiguo lago, llenado gradualmente por sucesivas capas de aluvión; en otras partes, las alturas rocosas que se levantan á derecha é izquierda del arroyo, se aproximan unas á otras, y sólo están separadas por una estrecha fisura, por la cual se desliza el agua rugiendo. En este punto se encontraba antes el dique que contenía las olas del lago. Durante las grandes lluvias, esta muralla retenía las aguas crecientes, las obligaba á extenderse hacia arriba hasta los estribos de las colinas, y, lentamente, salvando la valla inferior, descendían por la llanura, saltando de cascada en cascada. La naturaleza, con su incesante trabajo, ha concluído por derribar esta presa; los troncos, arrastrados como palos de buque por la corriente, han conmovido las rocas; el agua se ha infiltrado por las hendiduras, y más ó menos pronto, el lago ha podido vaciarse, abriéndose paso por la brecha practicada entre las dos colinas. Pues bien; este lago puede crearlo el hombre nuevamente y determinar á su gusto la altura, la extensión y el contenido; puede levantar el dique calculando con precisión su fuerza para resistir la presión de las aguas en las grandes crecidas.

Posesor de este lago artificial y de ese parapeto con sus esclusas movibles, el agricultor se convierte en director de las lluvias y sequías; impide á las aguas impetuosas correr en torrentes devastadores sobre los campos cultivados, prohibe al arroyo bajar en demasía su nivel durante la época de sequía, y le obliga á alimentar constantemente los canales de riego, llevando á los campos la frescura y la vida. El aluvión depositado en el fondo del lago, le servirá además para renovar el vigor de sus cultivos, y si quiere, encargará al arroyo el transporte de todos esos abonos al suelo que debe ser fecundado. Esperamos también, puesto que soñamos en el porvenir y hacia él se dirigen nuestras miradas, que los ingenieros encargados de la regularización del arroyo, sabrán hacer del gran depósito líquido de alimentación, no una charca vulgar con sus playas malsanas y aguas corrompidas, sino un lago puro y encantador, sembrado por grandes árboles y bordado de plantas acuáticas, para que el artista, lo mismo que el labrador, experimente un gran placer al contemplar las aguas cristalinas bajadas de la montaña.

El verdadero peligro para el porvenir, es el que el agua, considerada con justicia por los campesinos como el más preciado de sus tesoros, sea utilizada hasta la última gota por los primeros en disfrutarla. En vez de amenazar los campos con sus crecidas, el arroyo, sangrado por innumerables arterias, puede quedarse seco, dejando en la pobreza á los ribereños de su curso interior. Tal es la desgracia que ocurre ya en algunas regiones del Mediodía, en la Provenza, en España, en Italia, en la India. A su salida de los montes, el susurrante arroyo parece que vaya á salvar de un sólo salto la distancia que le separa del mar; su espuma choca contra las piedras, corre precipitadamente por las pendientes y llena las depresiones profundas de un azul insondable. Como joven que entra en la vida sin desconfianzas, el arroyo encuentra delante el espacio inmenso y quiere aprovecharlo; pero, á derecha é izquierda, pérfidas presas y pequeñas esclusas, restan á su caudal porciones de agua que van á ramificarse á lo lejos por los jardines y las huertas. Empobrecido de azud en azud, el arroyo se convierte en pequeño torrente, sus aguas sin impulso se arrastran serpenteando por entre las piedras y luego desaparece bajo la arena, en la que el campesino practica hoyos para recoger las últimas gotas del precioso líquido. Al llegar á los primeros campos de la llanura, el alegre arroyo de los montes ha desaparecido por completo.

Sin embargo, desapareciendo de su cauce el agua corriente y dividida en pequeñas arterias sin nombre, no cesa un instante de trabajar. Reducida á hilitos bastante pequeños para ser bebidos á su paso por las raicillas de las plantas, entra más fácilmente en el torrente de la circulación vegetal para cambiarse en savia, luego en madera, en hojas y en flores, y esparcirse de nuevo por la atmósfera mezclándose con los perfumes de las corolas. En el llano, transformado en inmenso cultivo, no se ve agua en parte alguna y, no obstante, ella es quien da á la tierra la frescura y fecundidad; la que puebla los jardines de flores, arbustos y follaje; la que multiplica las ramas dando así á las umbrosas avenidas el profundo misterio que nos encanta. Bajo otra forma, es también el agua la que nos rodea y nos hechiza. A veces oímos á nuestros pies un murmullo argentino como ruido de perlas rodando por el suelo; es la voz del agua que corre por un canal subterráneo, y cuyos fugitivos reflejos nos aparecen vagamente á través de los intersticios de las losas. Cerca de una casita, oculta bajo la verdura, un pequeño chorro de agua se lanza al vacío descubriendo una curva que el viento ondula, y las gotitas de niebla irisada caen á lo lejos sobre las flores como rocío de diamantes.

CAPÍTULO XVI

#El molino y la fábrica#

El valiente arroyo no se limita sólo á fertilizar nuestras tierras; sabe también trabajar de otro modo cuando no se le emplea completamente en el riego de los campos. Es un gran factor en nuestras empresas industriales. Mientras su aluvión y sus aguas se transforman cada año en trigo por la maravillosa química del suelo, su corriente sirve para convertir el grano en harina, lo mismo que podría amasar esta misma harina para convertirla en pan si quisiéramos confiarle este trabajo. Si su masa líquida es suficiente, el arroyo sustituye con su fuerza la de los brazos humanos para realizar todo lo que en otros tiempos hacían los esclavos ó las mujeres siervas de su brutal marido: monda el trigo, muele los minerales, tritura la cal convirtiéndola en mortero, prepara el cáñamo y teje telas. Por eso el humilde molino, aun cuando su base esté carcomida y sus paredes pobladas de plantas parásitas, me inspira veneración; gracias á él, millones de seres humanos no están ya tratados como bestias de carga; han podido erguir la cabeza y ganar en dignidad al mismo tiempo que en felicidad.

¡Qué recuerdo más encantador conservamos del pequeño molino de nuestra aldea! Estaba medio oculto, y tal vez lo esté todavía, en un nido de grandes árboles, álamos, chopos, nogales y sauces; á lo lejos se oía su tic-tac, pero sin ver la casa, oculta por la vegetación. Sólo en invierno, las paredes sucias y agrietadas se veían por entre las ramas desprovistas de hoja; pero en cualquiera otra época del año, para ver el molino, había que penetrar en la plazoleta que se extendía ante su puerta, espantar el grupo de ocas y despertar de su cuchitril al perro guardián, siempre gruñendo. No obstante, protegidos por el niño de la casa, compañero nuestro de colegio y de juego, nos atrevíamos á llegar cerca del leal Cerbero y hasta aproximar nuestra mano á su terrible boca, acariciándole dulcemente la cabeza. El monstruo se dignaba al fin reconocernos y meneaba su rabo con benevolencia en señal de hospitalidad.

