El árbol de la ciencia: novela
Part 16
Andrés notaba que ya le quería de otra manera; tenía por él un cariño celoso e irritado; ya no era aquella simpatía afectuosa y burlona tan dulce; ahora era un amor animal. La naturaleza recobraba sus derechos. Andrés, de ser un hombre lleno de talento y un poco _ideático_, había pasado a ser su hombre. Ya en esto, Andrés veía el principio de la tragedia. Ella quería que le acompañara, le diera el brazo, se sentía celosa, suponía que miraba a las demás mujeres.
Cuando adelantó el embarazo, Andrés comprobó que el histerismo de su mujer se acentuaba.
Ella sabía que estos desórdenes nerviosos tenían las mujeres embarazadas, y no les daba importancia; pero él temblaba.
La madre de Lulú comenzó a frecuentar la casa, y como tenía mala voluntad para Andrés, envenenaba todas las cuestiones.
Uno de los médicos que colaboraba en la revista, un hombre joven, fué varias veces a ver a Lulú.
Según decía, se encontraba bien; sus manifestaciones histéricas no tenían importancia, eran frecuentes en las embarazadas. El que se encontraba cada vez peor era Andrés.
Su cerebro estaba en una tensión demasiado grande, y las emociones que cualquiera podía sentir en la vida normal, a él le desequilibraban.
--Ande usted, salga usted--le decía el médico.
Pero fuera de casa ya no sabía qué hacer.
No podía dormir, y después de ensayar varios hipnóticos, se decidió a tomar morfina. La angustia le mataba.
Los únicos momentos agradables de su vida eran cuando se ponía a trabajar. Estaba haciendo un estudio sintético de las aminas, y trabajaba con toda su fuerza para olvidarse de sus preocupaciones y llegar a dar claridad a sus ideas.
IV
TENÍA ALGO DE PRECURSOR
CUANDO llegó el embarazo a su término, Lulú quedó con el vientre excesivamente aumentado.
--A ver si tengo dos--decía ella riendo.
--No digas esas cosas--murmuraba Andrés exasperado y entristecido.
Cuando Lulú creyó que el momento se acercaba, Hurtado fué a llamar a un médico joven, amigo suyo y de Iturrioz, que se dedicaba a partos.
Lulú estaba muy animada y muy valiente. El médico le había aconsejado que anduviese, y a pesar de que los dolores le hacían encogerse y apoyarse en los muebles, no cesaba de andar por la habitación.
Todo el día lo pasó así. El médico dijo que los primeros partos eran siempre difíciles; pero Andrés comenzaba a sospechar que aquello no tenía el aspecto de un parto normal.
Por la noche, las fuerzas de Lulú comenzaron a ceder. Andrés la contemplaba con lágrimas en los ojos.
--Mi pobre Lulú, lo que estás sufriendo--la decía.
--No me importa el dolor--contestaba ella. ¡Si el niño viviera!
--Ya vivirá, ¡no tenga usted cuidado!--decía el médico.
--No, no; me da el corazón que no.
La noche fué terrible. Lulú estaba extenuada. Andrés, sentado en una silla, la contemplaba estúpidamente. Ella, a veces, se acercaba a él.
--Tú también estás sufriendo. ¡Pobre!--Y le acariciaba la frente y le pasaba la mano por la cara.
Andrés, presa de una impaciencia mortal, consultaba al médico a cada momento; no podía ser aquello un parto normal; debía de existir alguna dificultad; la estrechez de la pelvis, algo.
--Si para la madrugada esto no marcha--dijo el médico--veremos qué se hace.
De pronto, el médico llamó a Hurtado.
--¿Qué pasa?--preguntó éste.
--Prepare usted los fórceps inmediatamente:
--¿Qué ha ocurrido?
--La procidencia del cordón umbilical. El cordón está comprimido.
Por muy rápidamente que el médico introdujo las dos láminas del fórceps e hizo la extracción, el niño salió muerto.
Acababa de morir en aquel instante.
--¿Vive?--preguntó Lulú con ansiedad.
Al ver que no le respondían, comprendió que estaba muerto, y cayó desmayada. Recobró pronto el sentido. No se había verificado aún el alumbramiento. La situación de Lulú era grave; la matriz había quedado sin tonicidad y no arrojaba la placenta.
El médico dejó a Lulú que descansara. La madre quiso ver el niño muerto. Andrés, al tomar el cuerpecito sobre una sábana doblada, sintió una impresión de dolor agudísimo, y se le llenaron los ojos de lágrimas.
Lulú comenzó a llorar amargamente.
--Bueno, bueno--dijo el médico--, basta; ahora hay que tener energía.
Intentó provocar la expulsión de la placenta, por la comprensión, pero no lo pudo conseguir. Sin duda estaba adherida. Tuvo que extraerla con la mano. Inmediatamente después, dió a la parturiente una inyección de ergotina, pero no pudo evitar que Lulú tuviera una hemorragia abundante.
Lulú quedó en un estado de debilidad grande; su organismo no reaccionaba con la necesaria fuerza.
Durante dos días estuvo en este estado de depresión. Tenía la seguridad de que se iba a morir.
--Si siento morirme--le decía a Andrés--es por ti. ¿Qué vas a hacer tú, pobrecito, sin mí?--y le acariciaba la cara.
Otras veces era el niño lo que la preocupaba y decía:
--Mi pobre hijo. Tan fuerte como era. ¿Por qué se habrá muerto, Dios mío?
Andrés la miraba con los ojos secos.
En la mañana del tercer día, Lulú murió. Andrés salió de la alcoba extenuado. Estaban en la casa doña Leonarda y Niní con su marido. Ella parecía ya una jamona; él un chulo viejo lleno de alhajas. Andrés entró en el cuartucho donde dormía, se puso una inyección de morfina, y quedó sumido en un sueño profundo.
Se despertó a media noche y saltó de la cama. Se acercó al cadáver de Lulú, estuvo contemplando a la muerta largo rato y la besó en la frente varias veces.
Había quedado blanca, como si fuera de mármol, con un aspecto de serenidad y de indiferencia, que a Andrés le sorprendió.
Estaba absorto en su contemplación cuando oyó que en el gabinete hablaban. Reconoció la voz de Iturrioz, y la del médico; había otra voz, pero para él era desconocida.
Hablaban los tres confidencialmente.
--Para mí--decía la voz desconocida--esos reconocimientos continuos que se hacen en los partos, son perjudiciales. Yo no conozco este caso, pero ¿quién sabe? quizá esta mujer, en el campo, sin asistencia ninguna, se hubiera salvado. La naturaleza tiene recursos que nosotros no conocemos.
--Yo no digo que no--contestó el médico que había asistido a Lulú--; es muy posible.
--¡Es lástima!--exclamó Iturrioz--¡Este muchacho ahora, marchaba tan bien!
Andrés, al oir lo que decían, sintió que se le traspasaba el alma. Rápidamente, volvió a su cuarto y se encerró en él.
* * * * *
Por la mañana, a la hora del entierro, los que estaban en la casa, comenzaron a preguntarse qué hacía Andrés.
--No me choca nada que no se levante--dijo el médico--porque toma morfina.
--¿De veras?--preguntó Iturrioz.
--Sí.
--Vamos a despertarle entonces--dijo Iturrioz.
Entraron en el cuarto. Tendido en la cama, muy pálido, con los labios blancos, estaba Andrés.
--¡Está muerto!--exclamó Iturrioz.
Sobre la mesilla de noche se veía una copa y un frasco de aconitina cristalizada de Duquesnel.
Andrés se había envenenado. Sin duda, la rapidez de la intoxicación no le produjo convulsiones ni vómitos.
La muerte había sobrevenido por parálisis inmediata del corazón.
--¡Ha muerto sin dolor--murmuró Iturrioz--. Este muchacho no tenía fuerza para vivir. Era un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo creía.
--Pero había en él algo de precursor--murmuró el otro médico.
FIN
ÍNDICE
PRIMERA PARTE
LA VIDA DE UN ESTUDIANTE EN MADRID
Págs.
I.--Andrés Hurtado comienza la carrera 9
II.--Los estudiantes 16
III.--Andrés Hurtado y su familia 21
IV.--El aislamiento 25
V.--El rincón de Andrés 29
VI.--La sala de disección 35
VII.--Aracil y Montaner 46
VIII.--Una fórmula de la vida 54
IX.--Un rezagado 61
X.--Paso por San Juan de Dios 69
XI.--De alumno interno 75
SEGUNDA PARTE
LAS CARNARIAS
I.--Las Minglanillas 85
II.--Una cachupinada 90
III.--Las moscas 97
IV.--Lulú 104
V.--Más de Lulú 109
VI.--Manolo el Chafandín 113
VII.--Historia de la Venancia 119
VIII.--Otros tipos de la casa 124
IX.--La crueldad universal 132
TERCERA PARTE
TRISTEZAS Y DOLORES
I.--Día de Navidad 141
II.--Vida infantil 149
III.--La casa antigua 156
IV.--Aburrimiento 162
V.--Desde lejos 166
CUARTA PARTE
INQUISICIONES
I.--Plan filosófico 171
II.--Realidad de las cosas 178
III.--El árbol de la ciencia y el árbol de la vida 183
IV.--Disociación 195
V.--La compañía del hombre 199
QUINTA PARTE
LA EXPERIENCIA EN EL PUEBLO
I.--De viaje 203
II.--Llegada al pueblo 208
III.--Primeras dificultades 215
IV.--La hostilidad médica 222
V.--Alcolea del Campo 231
VI.--Tipos de casino 242
VII.--Sexualidad y pornografía 248
VIII.--El dilema 250
IX.--La mujer del tío Garrota 257
X.--Despedida 266
SEXTA PARTE
LA EXPERIENCIA EN MADRID
I.--Comentario a lo pasado 271
II.--Los amigos 279
III.--Fermín Ibarra 288
IV.--Encuentro con Lulú 291
V.--Médico de higiene 297
VI.--La tienda de confecciones 301
VII.--De los focos de la peste 305
VIII.--La muerte de Villasús 311
IX.--Amor, teoría y práctica 318
SÉPTIMA PARTE
LA EXPERIENCIA DEL HIJO
I.--El derecho a la prole 325
II.--La vida nueva 329
III.--La paz 337
IV.--Tenía algo de precursor 343
* * * * *
Notas del Transcriptor:
Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
Se han corregido los errores obvios de imprenta.
Se han eliminado las páginas en blanco.
Las letras itálicas se denotan con el caracter de _subrayado_.
Las versalitas (letras mayúsculas de tamaño igual a las minúsculas) han sido sustituidas por letras mayúsculas de tamaño normal.