El aprendiz de conspirador

Part 2

Chapter 24,002 wordsPublic domain

Cuando estaban terminando la merienda se presentó de improviso un pastor con un rebaño de ovejas. Era un hombre de unos cincuenta a sesenta años, con la cara ennegrecida por el sol, los ojos azules, de un aire de candidez y de inocencia extraño, la expresión alegre y sonriente.

--Buenos días, señores--dijo--. Salud.

--Buenos días.

--Se merienda, ¿eh?

--Sí. ¿Quiere usted tomar pan y queso?--le preguntó Leguía.

--Es lo único que tenemos--repuso Corito.

--¡Gracias! ¡Muchas gracias!

El joven Leguía alargó al pastor un trozo de pan y queso, que comió, y luego la bota de vino.

--¿No tiene usted miedo del ganado con estas cosas de la guerra?--dijo Corito.

--Sí; por eso ando aquí, oxeando las ovejas, porque me han dicho que va a venir por estos contornos la tropa de Zurbano.

--¿Le quitarán a usted muchas ovejas?

--¡Ah, claro, si pueden!

--¿Los carlistas, o los liberales?--preguntó Leguía.

--Los dos. Unos y otros tienen hambre. ¡A ver, qué vida! Este oficio es muy _emportuno_, ya se sabe; pero _emportuno_ y todo más vale cuidar del ganado que andar matando gente por ahí.

--Pero los que matan prosperan y tienen galones y sueldos--observó Leguía--, y usted no prosperará.

--Ya es comprendido--contestó el pastor--; pero uno prefiere su pobreza tranquila a los cuidados y cavilaciones.

--Más vale que esté usted contento.

--Pues contento está uno. ¿Y por qué no? Salud no falta, come uno su otana, bebe el agua limpia de la fuente, y ¿para qué se quiere más?

--¿Cuánto tardaremos desde aquí a Laguardia?--le preguntó Corito.

--De aquí, con estos caballos cansados, tardarán ustedes dos horas y media: media, hasta el puerto, y dos, desde el puerto a la ciudad. Cuando lleguen ustedes arriba, como hoy está claro, verán desde allí cinco provincias y gran parte de la Rioja. Por eso le llaman a ese sitio el balcón de la Rioja, porque de él se alcanza todo el país.

POR EL MONTE

Se despidieron del filósofo pastor; volvieron a montar a caballo y, al paso, llegaron al puerto. Aquel era el Balcón de la Rioja. Una capa ligera de nieve cubría el monte. Corría por allá un vientecillo serrano, frío y agudo, que se metía hasta los huesos. Se divisaba desde arriba un gran espacio de tierra que parecía llano, a pesar de estar constituído por una serie de lomas y de cerros. Los caminos, blancos, serpenteaban por entre las colinas y altozanos apareciendo y desapareciendo, bordeados a trechos por árboles amarillos y sin hojas.

El Ebro brillaba en varios trozos diseminados por el campo, como pedazos de espejo, y algunas humaredas azules rastreaban por encima de las heredades, en el cielo rojo del crepúsculo.

Corito entró en una caseta abandonada de algún peón caminero que, sin duda, los blancos o los negros, o los dos a la vez, habían desvalijado.

--En último término, podíamos quedarnos aquí a pasar la noche--dijo Corito.

--¡Jesús, qué ocurrencia! ¡Qué barbaridad!--murmuró la vieja.

--No tengas miedo, Magdalena. Era una broma. Seguiremos andando hasta llegar a Laguardia.

--Dejemos que descansen los caballos y que coman un poco, aunque sea hierba, y en seguida nos pondremos en marcha--dijo Leguía.

--Bueno; esperaremos--repuso.

II

LA LUZ A LO LEJOS

CUANDO montaron nuevamente a caballo comenzaba a anochecer. Sobre el Ebro surgía una niebla blanca y alargada; en el fondo, por encima de la bruma, se destacaban los picos de la sierra de San Lorenzo, iluminados por un sol pálido. Empezaron a bajar hacia la ribera. A medida que descendían se iba levantando el paredón negruzco de la sierra de Cantabria. Había nevado ligeramente también por allá. Aparecían los resaltos de la montaña blancos por la nieve, y los grupos de aliagas y de zarzas se veían negros y redondos entre la blancura de las vertientes y de los taludes. El camino tomaba un aspecto siniestro a medida que la obscuridad dominaba. Grandes piedras parecían avanzar en la sombra a cerrar el paso; la imaginación forjaba gente emboscada entre los troncos de los árboles.

Pasaron por delante de una venta que había en el cruce de un camino transversal. A la luz de un farol rojo podía leerse en la pared un letrero con una flecha al lado. El letrero decía: «A Leza».

La noche comenzó a llenarse de estrellas; las dos viajeras marchaban mudas, amedrentadas por el silencio y el aire desierto del campo. Los cascos de las caballerías sonaban fuertemente en el suelo helado de la carretera; una herradura, al chocar en las piedras, tintineaba con un sonido metálico.

En el viento no venía el menor murmullo; sólo alguna vez una corneja graznaba entre los árboles, Leguía silbaba suavemente.

Una estrella que brillaba sobre una altura sacó a los viajeros de su mutismo; Corito y la vieja afirmaron que era la ventana de alguna casa del pueblo; el joven Leguía, más acostumbrado al campo, aseguró que era una estrella. Efectivamente: lo era.

Volvieron de nuevo a marchar en silencio. La vieja empezó a murmurar y a decir que, indudablemente, habían perdido el camino. Leguía no quiso meterse en una discusión inútil.

--Vamos bien--murmuró.

Pasó otra media hora. Se comenzó a divisar una colina obscura a la derecha de la carretera. Allí debía de encontrarse el pueblo.

Se vió una luz; una mirada en medio de la obscuridad; apareció, parpadeó y desapareció en un instante.

La vieja entonces aseguró que era una estrella; pero Leguía notó que por encima se veía algo negro y rígido.

--Es una luz--exclamó--; ahí seguramente está el pueblo.

El tono perentorio de Leguía hizo murmurar a la señora Magdalena.

Poco después se fué viendo más clara la luz, y en el cerro de Laguardia se destacaron con vaguedad las líneas de la muralla y las siluetas de la torre de Santa María y del Castillo grande.

--Ya estamos--dijo Corito.

¡ALTO!

Subieron la cuesta, y al avanzar por el raso de la muralla hacia la puerta de San Juan, el centinela les dió el alto.

--¿Quién vive?--gritó.

--España--contestó Leguía, con voz firme.

--¿Qué gente?

--Gente de paz.

--Adelante.

Avanzaron hasta la entrada y esperaron.

Se abrió la puerta y los viajeros pasaron a un corredor iluminado por un farolillo.

Un oficial se presentó.

--¿Quieren ustedes decirme adónde van?--dijo.

--Nosotros vamos a casa del señor Ramírez de la Piscina--contestó Corito.

--¿Y usted?

--Yo iré a la posada--dijo Leguía--; donde dejaré también los caballos.

--Los caballos pueden quedar en casa--advirtió la señora Magdalena.

--Bueno; pues iré yo solo.

--Entonces, cuando vuelva--advirtió el oficial--llame usted. El parador está fuera de puertas y tiene usted que pasar de nuevo por aquí.

--Llamaré. Muchas gracias.

Entraron en el pueblo los jinetes y llegaron hasta la calle Mayor. Se detuvieron delante de una casa baja con gran alero artesonado, balcón saliente y puerta ojival, con escudo en la clave.

Leguía saltó del caballo, y dió tres aldabonazos sonoros.

--¿Quién es?--dijo una voz de mujer desde la ventana.

--Soy yo, Corito--contestó a la muchacha.

Pasado algún tiempo se oyó el chirriar de un cerrojo y dos o tres personas se asomaron al postigo. Hubo abrazos y besos entre Corito y los de la casa. Un hombre abrió la puerta por completo e hizo pasar adentro los tres caballos. Luego la cerró y dejó solamente el postigo entornado.

Corito alargó la mano a Leguía, y le dijo:

--¡Muchísimas gracias por todo! Hasta mañana, ¿verdad?

--Sí; hasta mañana.

Leguía saludó con el sombrero de copa muy finamente y quedó un rato mirando la fachada de la casa, en la obscuridad. La ventana, iluminada en aquel momento, del segundo piso, le atraía. Pasó una sombra por ella; luego se apagó la luz.

Leguía se acercó al portal de San Juan y salió fuera de la muralla. La bóveda celeste palpitaba llena de estrellas. El joven aspiró con fuerza el aire frío de la noche; después se acercó al parador, cuyo zaguán estaba iluminado, y entró en él.

III

LA FAMILIA DE LEGUÍA

PEDRO Leguía y Gaztelumendi, Pello Leguía, era por esta época un joven de veinte años. Su padre, Pedro Mari Leguía, hombre emprendedor, dueño de una ferrería en Vera de Navarra, contrabandista y minero, era un liberal decidido. Se había mezclado en cuestiones políticas, y tuvo que emigrar, después de casado y con hijos, y fué a Méjico, donde murió. La mujer de Pedro Mari, que había quedado en una posición poco desahogada, se casó con uno de Elizondo, y el joven Pello, poco aficionado al trato de su padrastro, decidió abandonar la casa paterna.

Las dos soluciones más corrientes de los jóvenes del país vascongado en aquella época eran: una, marcharse a América; la otra, ir a la facción. Pello estaba más dispuesto a lo primero que a lo segundo; los Leguías habían sido muy liberales y Pello no quería abandonar las ideas de sus ascendientes.

El liberalismo había sido la causa de la ruina de su familia.

FERMÍN LEGUÍA

Pedro Mari tenía un primo militar, Fermín Leguía, nacido en un caserío próximo a Alzate, llamado Urrola, allá por el año 1787.

Fermín Leguía era listo, pero no tenía un gran mérito en serlo, Fermín era de un barrio excepcional, favorecido por las _lamías_ que bajaban hasta allá desde las cuevas de Zugarramurdi. La existencia de las _lamías_ por aquellos contornos estaba comprobada por muchas personas; quién las había oído cantar; quién las encontraba todas las noches disfrazadas de viejas horribles y sin dientes; quién las había visto peinarse sus hermosos cabellos rubios a orillas del arroyo.

Este arroyo se llamaba y se llama Lamiocingoerreca, que quiere decir el arroyo de la sima de las lamias.

Fermín Leguía, nacido al borde de este riachuelo favorecido por aquellas poderosas damas, no tenía gran mérito en ser listo.

Fermín fué guerrillero en la guerra de la Independencia, a las órdenes de Jáuregui el Pastor, y después granadero del cuarto batallón de Navarra.

A pesar de su valor y a pesar de haber nacido al borde de Lamiocingoerreca, no tuvo ocasiones de distinguirse, y al final de la campaña contra el francés, era sólo sargento.

Ya mandando alguna fuerza y viendo que la guerra se acababa, quiso hacer una hombrada. Y para que viera el general Mina, su general, de lo que era él capaz, con sólo quince de los suyos tomó a los franceses el castillo de Fuenterrabía.

Pensar que con quince hombres se podía tomar una fortaleza guardada por soldados franceses era una barbaridad para todo el mundo menos para Leguía. Fermín, que estaba en Vera, reunió a su gente en una taberna y la arengó. Era una de las cosas que más le entusiasmaba echar un pequeño discurso.

Después del discurso encargó a un cabo tuerto, que era de Aya, que trajera cuerdas y clavos, y por la tarde Leguía se puso en marcha con sus quince soldados por el camino del Bidasoa. Llegaron a Fuenterrabía, y clavando un clavo aquí y otro allá, y atando cuerdas, escalaron el castillo, le pegaron fuego e hicieron prisioneros.

Mina, al saberlo, quedó asombrado.

Esta hazaña le valió a Fermín el ser ascendido a subteniente. Se concluyó la guerra, entró Fernando VII en España, se derrocó la Constitución, y Fermín Leguía, que se había distinguido entre sus compañeros por sus ideas liberales, comprendió que no podía ascender.

Vino la segunda época constitucional, y Leguía fué ascendido a teniente del regimiento de Infantería de África, de guarnición en Algeciras, y volvió la esperanza para Fermín de hacer carrera; pero con la reacción del año 23 tuvo que huir de España y perdió todas sus esperanzas.

Fermín era el tipo del aventurero vasco: valiente, audaz, algo jactancioso, muy comilón, muy bebedor, dispuesto siempre para las empresas más difíciles. Tenía una cara sonriente y llena de viveza, la nariz larga y torcida, los ojos brillantes, la cara de pillo, maliciosa y socarrona.

Fermín sabía muy poco, apenas podía escribir una carta; pero había visto mundo, y lo que no sabía se lo figuraba. Un hombre como aquél tenía que influir mucho entre sus amigos aldeanos, y cuando llegaba a Vera, todos los que sentían una vaga aspiración liberal iban al caserío Urrola a ver a Fermín y a oirle como a un oráculo. Entre sus oyentes, y de los más entusiastas, estaba Pedro Mari, el padre de Pello. No eran menos adictos los mozos de los caseríos de Eraustea, de Irachecobere, de Chimista, de Landachipia, de Cataliñecoborda.

LA EXPEDICIÓN DE MINA

Fermín Leguía estaba convencido de que podía contar con sus amigos para toda empresa liberal, y como era inquieto y audaz, cuando los constitucionales españoles, presididos por Espoz y Mina, se reunieron en Bayona en 1830 y acordaron invadir España por cuatro o cinco puntos y restaurar la Constitución, Fermín se ofreció a Mina para entrar el primero con sus amigos, por el boquete de Vera.

Mina aceptó, y Fermín Leguía fué formando sus huestes. Anduvo de caserío en caserío, sacando mozos y llevándolos a Francia. La gente decía que el dinero con que contaba se lo prestaban los judíos liberales de Bayona.

Leguía llegó a reunir cincuenta o sesenta hombres, armados con escopetas. Entre ellos había diez o doce vasco-franceses; los demás eran campesinos de la montaña de Navarra y de Guipúzcoa.

En Vera se sabía quiénes estaban con él, y se citaba a Pedro Mari, el padre de Pello; a Zugarramurdi, el contrabandista; a Martín Belarra; a Erauste, a Landáburu; a Landachipia y a otros, entre ellos el leñador de Antula, hombre éste atrevido y valiente, gran cazador de jabalíes, de quien la canción popular dijo, después de la intentona fracasada de Fermín:

Antula dutelaric guizón fierrá iñoiz ez du bildurric joateco anciñá

(Contaban con Antula, hombre fuerte, que nunca tuvo miedo para ir adelante.)

Leguía citó a sus hombres en Oleta, y al día siguiente, al compás de un tambor destemplado, marcharon hacia España. Era una tropa de un aspecto y de una indumentaria poco común. Algunos vestían como ciudadanos, de negro y sombrero de copa; otros, de campesinos, con pantalón corto, abarcas y boína; no faltaban dos o tres con anguarinas pardas, y otros, con esa prenda céltica, especie de dalmática con capucha, que los pastores vascos llaman _capusay_.

Los expedicionarios, al llegar a la frontera, tomaron por la regata de Inzola, un arroyo que baja a Francia, cubierto de árboles espesos, cerca del cual había antes una vieja ferrería. De la regata de Inzola salieron a una abertura del monte, conocida en vascuence por Usateguieta, y en castellano por el Portillo de Napoleón. Esta abertura se encuentra entre dos altos, uno denominado Ardizaco y el otro Artziña o pico del Águila.

En el Portillo de Napoleón comienza una calzada de piedra, que parece que es una calzada romana, pero que, según tradición popular, fué hecha por los franceses durante la guerra de la Independencia para pasar los cañones de los ejércitos imperiales.

Por esta calzada bajaron Leguía y su gente hasta un arroyo que se llama Shantellerreca, y al divisar el caserío de Truquenecoborda, mientras los unos seguían el camino, los otros se desplegaron en guerrilla hacia Ezpondecoborda. En vista de que no había enemigos se reunieron todos delante de la primera casa de Alzate, un caserón antiguo, denominado Itzea, colocado a la izquierda del camino.

Leguía mandó formar a sus hombres en la plazoleta que hay delante de este caserón.

Era día de fiesta. Hacía un tiempo brumoso y obscuro; no se veía a cuatro pasos; por entre la bruma llegaban tristes las campanadas de la iglesia de Vera. Algunos hombres y mujeres, que volvían de misa, quedaron asombrados al ver aquella tropa formada.

Leguía mandó a veinte hombres que fueran por un maizal hasta la calle de Alzate, a ver si había gente apostada en el fortín. Los veinte hombres, pasando un puentecillo, se alejaron entre la bruma, metiéndose por en medio de los maíces secos.

Estaban los hombres de Leguía en la plazoleta de Itzea cuando la dueña de esta casa, doña Josefa Antonia de Sanjuanena abrió el portal y llamó a Fermín.

Doña Josefa Antonia era una viejecita soltera, que vivía sola en aquella antigua casa, y que se dedicaba por entretenimiento a enseñar labores a las muchachas de los caseríos.

--¿Qué haces, chico, con estos hombres?--le preguntó doña Pepita a Fermín, a quien conocía desde niño.

--Aquí estamos, a ver si de una vez establecemos la Constitución en España.

--Pero estáis locos. ¡Con tan poca gente! ¿Queréis algo? ¿Vino? ¿Queréis almorzar?

--Luego, luego. Ahora retírese usted, doña Pepita--dijo Fermín.

Poco después se vió a los hombres que habían ido hacia el puente que volvían perseguidos. Los carabineros del resguardo se acercaron a Itzea y dispararon algunos tiros, y Leguía, imprudentemente, mandó contestar a su tropa. Con esto desobedecía las órdenes de Mina, que esperaba atraer a los carabineros a su bando.

Leguía, por la tarde, entró en Vera, y desde allí esperó a que llegaran Mina y Jáuregui; pasaron los dos, con sus tropas, hacia Irún; el coronel Valdés y López Baños quedaron en Vera, donde se batieron heroicamente con los realistas. Al cuarto día se supo que la expedición había fracasado por completo; Fermín y sus amigos, viendo la empresa perdida, disolvieron sus huestes, y unos cuantos, entre ellos el padre de Pello, se escondieron en el caserío Urrola, sin entrar en Francia, porque las tropas del general Llauder habían avanzado hasta cerrar todos los pasos de la frontera.

LA CANCIÓN DE PITHIRI

Pello, a pesar de ser un chico, comprendía la inquietud de su madre en aquella época. Unos días después del choque entre liberales y realistas salieron de Vera dos compañías de cazadores al mando de un comandante. Pronto se susurró en el pueblo que iban a perseguir a Leguía y a los suyos.

--Mira, sígueles a los soldados a ver adónde van--le dijo la madre a Pello.

Las dos compañías cruzaron el pueblo, tomaron por la calle que une a Vera con Alzate, y al llegar a un puentecito que se llama Subi Mushua (el puente del Beso), el comandante llamó a un viejo medio loco, que estaba a la puerta de su casucha. Este viejo se llamaba por apodo Pithiri.

El comandante hizo que se acercara el viejo, y le preguntó:

--¿Usted sabe dónde está el caserío de Urrola?

--¿Urrola? Sí, señor.

--Llévenos usted allí, y cuidado con engañarnos. Si nos engaña usted, le pegamos cuatro tiros. Conque cuidado.

Pello vió de lejos cómo hablaba el comandante con Pithiri; pero no pudo enterarse de lo que decían.

Las dos compañías se dividieron en cuatro pelotones, con el objeto de rodear el caserío de Urrola.

Pello fué delante de la media compañía en que iba Pithiri con el oficial. Se adelantó ésta por el barrio de Illecueta. Al llegar a una taberna, el oficial pidió un vaso de agua con aguardiente, y luego preguntó al tabernero si aquél era el camino de Urrola. El tabernero dijo que sí.

Se habían parado los soldados a la puerta de la taberna, y Pithiri, que tenía fama de loco, comenzó a bailar pesadamente. Reían los soldados y campesinos, y uno de éstos dijo: «Canta, Pithiri.»

Pithiri entonó con voz cascada un zortzico, y después, dirigiéndose principalmente a los campesinos que le oían, y mirándoles con sus ojos grises, entonó esta copla:

Urrolara, Urrolara, Urrolara, guacela. Norbaitec ará laster aguró iguesi indezala,

(A Urrola, a Urrola, a Urrola vamos. A ver si alguno, lo más de prisa posible, puede escaparse.)

No hizo más que oir esto, y Pello echó a correr por la orilla de Lamiocingoerreca, hacia Urrola. Al llegar al caserío se encontró a Fermín Leguía y a sus amigos preparándose para huir.

Sabían que venían a su alcance los cazadores.

Fermín Leguía, poniéndole la mano en el hombro a Pello le dijo:

--Pello, cuando seas hombre, acuérdate de que tu padre y tu tío han sido perseguidos por defender la libertad.

Pello nada contestó.

--¿Por dónde vas tú?--dijo Fermín a su primo.

--Yo, por la regata de Sara--contestó Pedro Mari.

--Bueno, pues adiós. En Francia nos veremos.

Pello y su padre tornaron juntos hacia el caserío Miranda; luego, torciendo a la izquierda, cruzando por en medio de las heredades, llegaron a una cañada con árboles altos, que llaman Lizuñaga. Desde aquí se veía el camino que va a Francia, y en la caseta de Carabineros, colocada en la misma muga un pelotón de soldados de guardia.

Padre e hijo esperaron tendidos entre los helechos secos a que obscureciera, y ya de noche dejaron su escondrijo, pasaron la muga y entraron en la regata de Sara. La luna brillaba entre los árboles y se reflejaba en las aguas inquietas del río. Pedro Mari y Pello encontraron a unos carboneros franceses, cenaron con ellos y durmieron en su choza. Al día siguiente continuaron el camino. La mañana era hermosa, el cielo azul; en la falda de Atchuria brillaba Zugarramurdi, y poco después iban apareciendo los caseríos blancos de Sara.

Por la tarde, Pedro Mari envió a su hijo a Vera.

La expedición de Mina y, sobre todo, la entrada de Leguía, produjeron en Vera un efecto extraordinario.

En toda la región fué aquél el comienzo de la lucha del liberalismo contra el absolutismo; hasta entonces, casi nadie había oído hablar por allí de liberales ni de masones.

OTRAS CANCIONES

La mayoría de la gente era hostil a los constitucionales; un poeta y carpintero de Alzate hizo contra Leguía estos versos, en vascuence, que corrieron mucho:

Armada eder bat ecarridigu Verara Fermín Leguiac Yudu ta sastre protestantiac Arc ere eztitu beriac Galzaen neurriyac Artu diyote español cazadoriac Galzac bidian lisatu eta Escuac trabac lotzecó Guizon oriyec planta char dute Madrid aldera joatecó Adisquidiac galdu dituzte Comisanyura goizecó.

(Un hermoso ejército nos ha traído a Vera Fermín Leguía, judíos y sastres protestantes, que tampoco son los suyos, porque la medida de los pantalones se la han tomado los cazadores españoles.

Alisándose los calzones en el camino, las manos para atarse las bragas, esos hombres tienen mal aspecto, para ir hacia el lado de Madrid. Han perdido sus amigos el día de todos los Santos.)

También corría por Vera otra canción contra los liberales, que decía así:

Mina eta Archaya bere odolez Ucaturican dabilzá, escu gaistotan paratu naicic fede santuaren guiltzá, eztute oriyec cambiatuco gure Jaungoicaren itzá.

(Mina y el Pastor (don Gaspar de Jáuregui) andan negando su sangre, queriendo dejar en malas manos la llave de la Santa Fe. Tampoco esos podrán cambiar la palabra de Nuestro Señor.)

Todas esas canciones solía cantar la hermana de la madre de Pello, la tía Felicitas, furibunda realista; en cambio, la tía Micaela, que era hermana de Pedro Mari, sabía otras canciones liberales como ésta, que se refería a la expedición de Mina, y que comenzaba así:

Mina, eta Archaya, Fermín veratarra, Aurten etorridira Españará, Y cusi bear dute Beren lurrá.

(Mina, el Pastor y Fermín el de Vera, este año vienen a España, porque dicen que quieren ver su tierra.)

Y la tía Micaela solía cantar también una canción en honor de los generales constitucionales, y, sobre todo, de Jáuregui, de quien decía:

Don Gaspar de Jáuregui, Villarrealco semia ondo gobernatzendu

(Don Gaspar de Jáuregui, hijo de Villarreal, dirige muy bien su gente.)

Y la canción tenía este estribillo:

¡Mina de mi vida, Longa de mi amor; Don Gaspar de Jáuregui De mi corazón!

Todas las familias que tenían algún pariente en la expedición de Mina fueron mal mirados después por la mayoría del pueblo. Pedro Mari Leguía, el padre de Pello, era hombre inquieto, de poca paciencia; no quiso esperar la eventualidad posible de un indulto, y desde Bayona fué a Burdeos y se embarcó para Méjico, donde murió.

Entonces todos los parientes de la madre insistieron para que se casara la viuda, y lo consiguieron. El padrastro de Pello era un baztanés, un hombre áspero, fanático, tradicionalista. Pello, que oía en su casa constantemente el elogio de unas ideas contrarias a las de su padre, se iba haciendo, sin decírselo a nadie, un liberal entusiasta.