El aprendiz de conspirador

Part 11

Chapter 114,054 wordsPublic domain

El maestro don Mariano Arizmendi fué para mí un amigo. Don Mariano era hombre muy religioso, pero no intransigente. No le gustaba meterse en la conciencia ajena; tenía bastante dinero para vivir y daba las clases por afición, no por ganar dinero. Una de las cosas que más le encantaba era que algún muchacho de familia pobre le pidiera asistir a su colegio de balde.

Don Mariano no tenía esa tendencia inquisitorial de otros maestros que se dedican a espiar a los muchachos dentro y fuera de la escuela. Concluída la clase quería considerarse como si no fuera maestro; si alguna vez nos encontraba en la calle, haciendo alguna barbaridad, fingía no habernos visto.

GANISCH

Yo me hice en seguida amigo de varios chicos del pueblo. Dos muchachos con quienes tuve íntima amistad, que ha seguido después, fueron Ramón Echeandía, hijo de un fondista de Irún, y Juan Larrumbide, a quien llamábamos Ganisch porque a su padre, que era vasco-francés, se le decía también así.

Ganisch fué, durante mucho tiempo, mi compañero de glorias y fatigas.

Los dos éramos considerados como los granujas más redomados del pueblo. Robábamos las huertas, escalábamos las casas, dejábamos sin fruta los perales y los albaricoqueros. Ganisch era más fuerte que yo; yo, en cambio, tenía una ligereza de ardilla. Juntos uníamos la fuerza y la astucia. En aquella época, para mí, era una cosa fácil subir por una cañería a un tejado, o andar por una cornisa estrecha, a treinta o cuarenta varas a la altura del suelo. Había algunos dueños de huertas que se resignaban a nuestras rapiñas, y con éstos éramos comedidos; nos contentábamos con cobrarles una contribución en especie; pero otros pretendían cogernos, y con aquellos nos sentíamos implacables.

Uno de éstos, cerero y concejal, tenía unos perales que daban unas frutas magníficas, y para evitar que se las robasen ponía telas metálicas, alambres, pinchos. Todo era inútil.

Un día, ya cansado, dispuso el cerero que el mozo de la tienda, el alguacil, la criada y él, se apostaran en la huerta, nos esperaran a ver si caíamos en el garlito.

Ganisch, con un hierro, solía abrir un pestillo de la reja del jardín, y, cruzando la huerta, por allí solía escaparme yo en caso de apuro.

Este día, figurándome que habría vigilancia, esperé al anochecer para saltar a la huerta del cerero, y no hice más que poner los pies en tierra cuando una mano fuerte me agarró de la chaqueta. Era el alguacil. El, queriendo sujetarme, yo queriendo escapar, no sé cómo me las arreglé que, dejando la chaqueta entre sus manos, salí corriendo y me escabullí por la reja que tenía Ganisch abierta.

Al día siguiente, al pasar por delante de la cerería del concejal, vi en la trastienda colgada mi chaqueta, como si fuera un trofeo. Me pareció un insulto. Ganisch y yo discutimos la manera de rescatar la prenda, y pensamos en esto: Ganisch tenía guardado en su casa un pistolón; compramos pólvora y lo cargamos.

En la esquina de la cerería, a unos diez metros, Ganisch disparó un tiro, que sonó como un cañonazo.

Al estampido salió toda la gente a la calle, y de los primeros, el cerero y su criado. Yo, que estaba en un portal próximo, en el momento del mayor barullo, entré en la tienda, di un salto por encima del mostrador y me llevé la chaqueta. Este rescate nos dió a Ganisch y a mí un gran prestigio entre todos los muchachos.

También solíamos dar unas bromas pesadas al criado de una carnicería, que era medio tonto y se llamaba Canca.

--¡Canca!--le decíamos.

--¿Qué?

--Dame ese pedazo de lomo que tienes en el mostrador.

--No quiero--decía él.

--Pues entonces dame ese chorizo largo que tienes ahí en la esquina.

--No quiero; no me da la gana--contestaba él, incomodado. Y le íbamos pidiendo la carnicería entera, y él contestando cada vez más indignado y sorprendido por nuestra tenacidad de querer llevarnos trozos de carne y de chorizo sin pagar.

Esta época de granujería me duró poco tiempo en Irún. Los amigos empezaban a hacerse muchachos formales; alguno tenía ya novia. Era indispensable cambiar. A pesar de esto, Ganisch y yo realizábamos de cuando en cuando algún proyecto de salvajismo; pero lo hacíamos a solas.

Teníamos para entendernos un sistema especial; tomábamos el aire de una canción navarra titulada «Andre Madalen», y con esta tonadilla, y en vascuence, nos comunicábamos nuestros propósitos, sin que se enterara la gente de alrededor, aunque fueran vascongados.

Los domingos solíamos ir, en cuadrilla, a Fuenterrabía, a Hendaya, a Oyarzum; muchas veces marchábamos por el camino de Navarra, por la orilla del Bidasoa, y a veces fuimos hasta Elizondo en el coche de Martín Gueldi, a quien se le llamaba así Martín el lento, porque era pesado y calmoso como pocos.

Al cabo de algún tiempo de estar en Irún perdí por completo mi acento madrileño y mis ideas del barrio de las Vistillas, y fuí adquiriendo la manera de hablar y las costumbres de un vascongado.

--Eugenio se va paulatinamente aviranetizando, ibargoyizando, echegarayzando y alzateando--decía, en broma, mi maestro don Mariano Arizmendi.

EN BAYONA

En el segundo verano que estuve en Irún, mi tío Fermín Esteban, que tenía parientes en Bayona, me mandó a esta ciudad a pasar una temporada con ellos.

La familia de Bayona a cuya casa fuí era de pequeños comerciantes, furibundos realistas; allí todas las noches se rezaba por el alma de Luis XVI y de María Antonieta; se le llamaba Buonaparte a Napoleón, y se hablaba de monstruos de la revolución francesa.

Mis parientes tenían una idea absurda de España; la consideraban como un país de leyenda. Me hacían preguntas que me dejaban asombrado; creían que los españoles habíamos quedado en nuestra vida absolutamente inmóviles, sin cambiar de ideas y de costumbres desde hacía lo menos dos siglos.

Entre aquellos franceses realistas, rutinarios, pesados y cortos de inteligencia, se hablaba de un pariente que había sido militar republicano como de un ogro. Tan acérrimo partidario de la República era este hombre, que ni aun el Gobierno de Buonaparte había querido aceptar.

Este militar, deshonra de la familia, se llamaba Gastón Etchepare, y desde hacía algunos años vivía solitario en una casa de un pueblecillo próximo a Biarritz, en Bidart.

Yo, al oir hablar tantas veces de Gastón Etchepare como de un bandido o de un ogro, sentí deseo de conocerle, y una vez, aprovechando la ocasión de un carretero de Irún que se preparaba a volver desde Bayona, fuí a Bidart.

Etchepare vivía en el caserío Ithurbide; pero en el pueblo no le conocían. Pregunté a varios campesinos por Ithurbide, hasta dar con él. Llegué a la puerta del caserío, llamé; nadie salió a mi encuentro. Vi que la puertecilla del huerto estaba entornada, y a unos veinte pasos me encontré a un viejo con un libro en la mano, sentado sobre un montón de ramas secas.

Al verme se me quedó mirando con asombro. Le dije quién era y a lo que iba, y me hizo sentarme a su lado.

Hacía ya mucho tiempo que no entraba allí nadie más que una vieja a hacerle la comida.

Etchepare y yo hablamos. Yo todavía no sabía seguir una conversación larga en francés y él conocía muy poco el español. Cuando el sol comenzó a retirarse, Etchepare se levantó, y fuimos paseando por el acantilado de la costa.

Etchepare era un hombre alto, flaco, vestido con pantalón corto, chaleco de ante con botones de nácar, corbata blanca y gran casaca obscura. Tenía los ojos enfermos, y su mirada parecía la de un loco.

Me invitó a cenar con él, y acepté. La conversación que tuvimos aquella noche el viejo y yo quedó grabada en mi memoria de una manera indeleble.

Etchepare era un republicano exaltado; la soledad de su vida le daba un gran deseo de comunicarse con alguien, y estuvo hablando, hasta muy entrada la noche, de Vergniaud, de Danton, de Robespierre, de Saint-Just, de los montañeses y girondinos. Al mismo tiempo barajaba con estos nombres los de Catón y Bruto, como si hubieran vivido todos en la misma época.

Yo sentía una gran impresión al oir elogiar acontecimientos y personas que siempre había oído citar con horror.

Al despedirme de él para volver a Bayona me dijo que me enviaría a Irún varios tomos de Voltaire y de Diderot y algunas colecciones de periódicos del tiempo de la revolución.

--Ven cuando quieras--me dijo--. Hablaremos.

Efectivamente, volví una semana después, y discutimos acerca de puntos filosóficos y políticos. Tenía el viejo Etchepare un gran fervor de proselitismo. Las dos palabras que constantemente estaban en su boca eran la Libertad y la Naturaleza. Vivir la vida natural y ser libre: éstos eran los ideales suyos.

MASÓN

Como Etchepare vió en mí tendencias de seguir sus ideas, me recomendó que me presentara en la logia masónica de Bayona, y me dió una carta para Juan Pedro Basterreche, armador de aquella ciudad, que tenía una gran casa de comercio y era un entusiasta republicano.

Me presenté en Bayona en casa de Basterreche.

--¿Qué hace el viejo Etchepare?--me preguntó Juan Pedro.

--Allá está en Bidart.

--¿Sigue tan revolucionario como siempre?

--Igual.

--Es un hombre muy íntegro.

Juan Pedro me dijo que fuera a su casa de noche. Fuí después de cenar; salimos los dos juntos, y al poco rato noté que nos seguían.

--Parece que nos siguen--le dije a Basterreche.

--Es la Policía. No hagas caso. A mí me vigilan constantemente.

Cruzamos el río; llegamos a una casa que estaba entre la calle de Bourgneuf y la de Jacques Lafitte y entramos en la logia.

La ceremonia de ingreso en la masonería no tuvo nada de particular. Me hicieron los jefes algunas preguntas, y después me presentaron a distintas personas, entre las cuales había varios españoles. Desde aquel día trabé relaciones de amistad con muchos republicanos franceses y con los emigrados compatriotas que se reunían de noche en la logia y por la tarde en la librería de Gosse.

Allí conocí a Rafael Martínez, el ex jesuíta; al ex fraile Arrambide, que escribió _El amante de las leyes y el rey_; a Hevia, a Santibáñez, a Eguía, a Pedro Beunza, un muchacho de mi edad, y a su padre Juan Bautista. Los Beunzas vivían en la calle de los Vascos, en el número 14, y a su casa solíamos ir muchas veces a tomar café. Al padre y al hijo los traté años más tarde, pues fueron de los que trabajaron con mayor entusiasmo por la Constitución, luego de derrocada en 1814 y 1823.

Muy amigo también de los españoles era un francés de Ustaritz, llamado Cadet. Este francés tenía amistad con los Garat y ayudaba a Pedro Beunza.

En los años siguientes a 1814, cuando la primera reacción, Cadet fué uno de los mejores auxiliares de Mina y de los constitucionales españoles.

Entre algunos de los emigrados del período revolucionario, como Arrambide, Martínez y Hevia, se conservaba el recuerdo de nuestros compatriotas que habían pertenecido durante el Terror al Club Jacobino de Bayona.

De quien más se hablaba y más anécdotas se contaban era del abate Marchena.

Marchena había formado parte de la Sociedad de los Hermanos y Amigos Reunidos, en la cual era aceptado hasta el verdugo, a quien los revolucionarios habían quitado su viejo y odioso nombre, sustituyéndolo por el de vengador.

En el Club Jacobino de Bayona, Marchena pronunció un gran discurso, que se imprimió y se repartió profusamente.

Entre aquellos emigrados españoles que tenían mis tendencias y mis entusiasmos políticos hubiera vivido con gusto; pero las vacaciones terminaban, y tenía que volver a Irún.

II

UN ESPAÑOL REVOLUCIONARIO

DESDE mi conversación con Etchepare sentí grandes deseos de instruirme. Como en Irún era muy difícil adquirir libros, fuí pidiéndolos a Bayona, a la librería de Gosse.

Etchepare me enviaba, con algunas mujeres bidartinas y con las _cascarotas_ de Ciburu, libros, folletos y toda clase de papeles.

En mi cuarto de Irún, que daba sobre el tejado de una casa próxima, yo me dedicaba a leer y a pensar en cuestiones políticas. No hay que decir que cada día me sentía más republicano. Danton y Robespierre eran mis héroes favoritos.

Un libro que influyó mucho entonces en el giro de mis pensamientos fué el _Compendio de la vida y hechos de Joseph Bálsamo_, llamado conde de Cagliostro, que se publicó en Barcelona años antes, traducido del italiano.

Este Cagliostro era un tipo curioso. Había fundado sociedades masónicas por todo el orbe. Unos lo consideraban como un gran jefe de la masonería; otros, como un embaucador, cuyas empresas todas no llevaban más fin que explotar a los incautos.

A pesar de esto, a mí me gustó la figura de aquel hombre, y me impulsó a seguir sus pasos.

LOS FUNDADORES DEL AVENTINO

Yo también decidí fundar una sociedad secreta en Irún; nos reunimos para constituirla cinco muchachos: Ramón Echeandía, Juan Larrumbide, más conocido por Ganisch, Pello Cortázar, Martín José Zugarramurdi y yo. La sociedad se denominaría El Aventino. Yo tuve que explicar lo que era esto del Aventino a los socios.

El reglamento de la sociedad se calcó de la logia masónica de Bayona.

El Aventino llegó a tener veintisiete afiliados, repartidos entre Irún, San Sebastián, San Juan de Luz y Fuenterrabía, y contó con una buena cabeza: Juan Olavarría, que pasados los años, en 1834, conspiró conmigo, en la Sociedad Isabelina, contra el Estatuto Real y a favor de la Constitución de 1812.

Nuestro Aventino hizo algunas cosas de gracia, que si no pasaron a la Historia dieron mucho que hablar en el pueblo.

Fueron calaveradas sin trascendencia política; pero alguna que otra vez servimos a la causa liberal repartiendo papeles que nos enviaron de las logias y ayudando a pasar la frontera a dos o tres fugitivos.

El aterrorizar al pueblo era uno de nuestros ideales. En una borda del camino del Bidasoa, donde nos reuníamos, inventamos que había duendes.

Un carnero misterioso solía salir y atacar al que osaba aproximarse.

La gente tenía miedo, y de noche nadie se acercaba por allí. Algunos de los socios llegaron también a asustarse, a pesar de saber que tanto el carnero misterioso como los duendes habían salido de nuestra cabeza.

Para conocernos de noche, los afiliados teníamos como contraseña el dar el grito del mochuelo, al que se contestaba con un silbido suave.

Una vez Ganisch subió un macho cabrío con un cencerro al balcón de una vieja muy beata y muy enemiga nuestra, y otra noche, escalando el tejado, tapó el agujero de la chimenea de la casa del alcalde.

No hay que decir cómo se puso la primera autoridad municipal. Juró que tenía que meter en la cárcel a medio pueblo si no se encontraba al autor de aquella trastada irrespetuosa.

Como en esta época era todo aún tan obscuro y confuso, hubo emisarios que pasaron por Irún y vinieron a visitarme como masón y presidente del Aventino.

Esta obscuridad y confusión persistió siempre en las filas liberales, y constituyó muchas veces la causa de nuestros fracasos, pues por un espejismo involuntario creíamos contar con organizaciones civiles y militares de importancia, cuando no teníamos más que los nombres en el papel.

LAZCANO

Uno de los emisarios que pasó por Irún y estuvo en mi casa fué un señor de alguna edad que se llamaba don Rafael Lazcano y Eguía.

Lazcano y Eguía llevaba, la primera vez que pasó por Irún, una carta para el marqués de Beauharnais, entonces embajador de Francia en Madrid, y por lo que dijo tenía la misión de visitar las nacientes logias masónicas de España.

Lazcano blasonaba de liberal y de jacobino; pero siempre estaba luciendo su parentesco. El marqués de Tal, que es mi primo; Fulano, que es mi pariente...

Tan pronto se jactaba Lazcano de ser aristócrata como de revolucionario; pero la idea que no variaba en él, la que le caracterizaba, era creer que todo el que no conociera el París de la Revolución era un pobre hombre.

Sólo el que hubiese presenciado las escenas revolucionarias parisienses podía hablar y estar enterado de las cosas.

Una parecida petulancia tuvieron años después los afrancesados, que se consideraban los únicos guardadores de las buenas ideas liberales, lo que no fué obstáculo para que se hicieran reaccionarios al poco tiempo.

Lazcano y Eguía era por entonces, cuando yo le conocí, hombre de unos cincuenta años, alto, de muy buen aspecto. Vestía chaleco rojo de solapa ancha y casaca de seda lisa, larga, de color castaña, estilo Directorio.

Lazcano era sobrino de los dos enciclopedistas más notables de Guipúzcoa: de don Joaquín de Eguía y de Ignacio Manuel de Altuna.

Lazcano había estudiado en el colegio de Vergara, y, como todos los que cursaron en aquellas cátedras, por entonces célebres, era entusiasta de Francia y de sus hombres.

Inmediatamente que pudo se largó a París. Allí conoció a lo más ilustre del elemento enciclopedista y se hizo amigo de la juventud dorada.

Tenía en París a su tío Eguía y Corral, un tipo excéntrico, que en treinta años de vida parisiense apenas salió de las galerías del Palais Royal, donde, según él, se encontraban todas las cosas necesarias y agradables para el cuerpo y para el espíritu, menos aquellas que no hacen falta para nada, o sean las boticas y las iglesias.

ALTUNA

De Ignacio Manuel de Altuna me habló mucho su sobrino, y me leyó varios trozos de las _Confesiones_ de Juan Jacobo Rousseau, en donde el escritor suizo se ocupa, con gran elogio, del joven guipuzcoano, amigo suyo.

Hoy no se puede formar idea de lo que representaba para uno de aquellos hombres, galómanos hasta la locura, el tener un pariente alabado por Rousseau. Era algo así como estar en vida dentro de la inmortalidad.

A mí, como nunca me entusiasmó lo que había leído de Juan Jacobo, no me hacía mella el que este escritor dirigiera aquellos ditirambos a su amistad con el joven guipuzcoano.

Rousseau cuenta en las _Confesiones_ cómo conoció a Altuna en Venecia: lo describe alto y bien formado, de tez blanca, de mejillas sonrosadas, de pelo castaño casi rubio. Añade que, a pesar de ser religioso, era muy tolerante; que tenía distribuídas las horas del día para el estudio y que lo comprendía todo.

Altuna, desde Azcoitia, donde vivía, invitó a Rousseau a ir a refugiarse a Ibarluce, quinta de su propiedad, en el Ayuntamiento de Urrestilla, cerca de Azpeitia.

El marqués de Narros, que tenía simpatía por los enciclopedistas, pidió al Gobierno su beneplácito para que Rousseau pudiera instalarse en España, y el Gobierno lo concedió; pero el Santo Oficio intervino y puso como condición que el escritor se retractase de las doctrinas o proposiciones que la Inquisición había censurado en sus libros, a lo cual Rousseau no se avino.

Rousseau sobrevivió a Altuna, el cual murió joven. El filósofo conservó un recuerdo muy romántico de su amigo el azcoitiano. Con esta frase resume la idea que tenía de él: «Ignacio Emmanuel de Altuna etoit un de ces hommes rares que l'Espagne seule produit, et qu'elle produit trop peu pour sa gloire».

Por encima de todos estos motivos de orgullo, tenía Lazcano y Eguía el de haber estado en Francia en la época de la Revolución y presenciado las jornadas del Terror, en París.

Lazcano me solía hablar de aquella ebullición de la gran ciudad, hirviente de clubs, borracha de sangre, de gloria y de retórica, cuando montañeses y girondinos luchaban por el predominio y el Gobierno de la _Commune_ aspiraba a la dictadura.

En las dos o tres temporadas que Lazcano y Eguía estuvo en Irún vino a todas horas a mi casa.

Aunque no me era simpático, le oía con mucho gusto.

A mis amigos del Aventino les parecía odioso. Realmente, tenía un carácter absorbente, de hombre vanidoso y pagado de sí mismo. Con el que no conocía tomaba unos aires de superioridad desagradables.

Se creía, además, muy conquistador. Para él no había mujer que no fuera abordable. Inmediatamente que veía una, casada o soltera, ya estaba como un gallo. Esto le produjo bastantes conflictos y algunas riñas y palizas.

III

NARRACIÓN DE ETCHEPARE

VARIAS veces después fuí a ver a Etchepare, que me llamaba a Bidart para hablar conmigo.

El viejo republicano atizaba el fuego que comenzaba a arder en mi alma con sus recuerdos del período revolucionario, y trataba de infundirme la idea de que los jóvenes de mi edad debíamos hacer en España lo que los Vergniaud, los Petion y los Robespierre habían hecho en Francia.

Esta idea, como era natural, halagaba mi orgullo; me daba sueños de gloria; me hacía creerme hombre capaz de dirigir multitudes. Al mismo tiempo comenzaba a tener una sospecha de predestinación, como todos los ambiciosos.

Etchepare era mi confidente: le explicaba los trabajos que hacíamos en Irún; la marcha de nuestro Aventino, y le hablaba de la gente afiliada a la sociedad.

Varias veces, al citar a Lazcano, vi a Etchepare hacer un gesto de molestia. Como este gesto se repetía, tuve curiosidad de saber qué relación había habido entre los dos, y un día se lo pregunté francamente:

--Ha conocido usted a Lazcano y Eguía, ¿verdad?

--Sí.

--¿Qué clase de hombre es?

--No creo que sea buena persona.

--Yo tampoco.

--Yo, al menos, no le recomendaría a nadie--añadió Etchepare.

--¿Qué sabe usted de él?

--Vendió y traicionó a un hombre que fué su protector y su amigo.

--Es feo delito.

--Pues él no tuvo inconveniente en cometerlo.

--¡Cuente usted! Con una persona que se presenta como amigo y correligionario hay que saber hasta qué punto hay que llevar la desconfianza.

GUZMÁN

Etchepare se pasó la mano por la frente y murmuró:

--Es un recuerdo que me molesta... pero, en fin... lo contaré. Sabrás que soy militar retirado; he servido en el arma de Caballería hasta el golpe de Estado de Bonaparte. Yo me creía con derecho a matar al enemigo de mi patria; me creía con derecho para pelear por su libertad; cuando se trató de atacar la patria de los demás para la gloria de un hombre solo, dije no, y tiré la espada y pedí el retiro. No he sido nunca aficionado a los gritos y a las alharacas, y hasta las manifestaciones naturales de alegría me han molestado.

Cuando la célebre batalla de Valmy era yo sargento. El triunfo de las tropas republicanas había producido un entusiasmo en aquellos soldados muy natural y lógico. La noche después de la victoria, los cantos, los gritos, los vivas se repetían a cada momento. Estaba yo delante de la tienda de campaña, contemplando una hoguera que se consumía ante mis ojos, cuando acertó a pasar un oficial.

--¿Filosofas, ciudadano sargento?--me dijo.

--Ya ves, ciudadano oficial--le contesté.

El oficial se sentó a mi lado, y hablamos; hablamos de las esperanzas que iba a dar a Francia la Revolución.

--A Francia y al mundo--me dijo el oficial.

--Yo lo espero así.

--Yo también--añadió él--. Aunque francés de adopción, soy español de nacimiento.

--Tampoco yo soy del todo francés--le repliqué--, porque soy vasco.

El español y yo nos hicimos amigos. El estaba de oficial agregado a la Caballería; se llamaba Guzmán, Andrés María de Guzmán. Era hombre flaco, nervioso, de pelo muy negro y ojos inquietos.

Días después le volví a ver y hablamos repetidas veces. No estábamos conformes en apreciar la política de la Revolución. El era partidario del bando más ultrarradical de los montañeses; yo siempre tuve más simpatías por los girondinos. Guzmán era sospechoso en el Ejército; extranjero y muy aficionado a criticar los actos de los demás, no inspiraba confianza.

A fines de 1792 estuve yo en París, y paseando por las galerías del Palais Royal me encontré con Guzmán. Me habló de que había sido detenido y acusado de traidor, y que, gracias a los informes de la Sección de las Picas, donde tenía muchos amigos y partidarios, se había salvado. Guzmán llevaba una vida disipada; era jugador y libertino. Guzmán me llevó a su casa. Vivía en un piso alto de la rue Neuve des Mathurins, en el número 34, y tenía una casa pobre, como de obrero o de empleado de escaso sueldo; pero entre los muebles miserables había algunos riquísimos, entre ellos un espejo biselado y un _secrétaire_ de concha.

MAGDALENA