El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis
Part 6
Y efectivamente, los viajeros observaban la batalla de Tetuán con el orden cronológico invertido; como el héroe de _Lumen_ de Flammarión veía la de Waterloo, al remontarse en espíritu a la estrella Capella, teniendo que pasar antes por los rayos luminosos de la Tierra que alumbraban en el espacio hechos posteriores.
--Observen ustedes --proseguía don Sindulfo-- cómo lo primero que se advierte es que los cadáveres se incorporan.
--Es verdad --asentía Benjamín--. Y luego disparan sus fusiles.
--Y después cargan.
--¿_Cargan_? Porque serán sabios --argüía la maritornes, no desperdiciando ocasión de zaherir a su víctima.
--¿Qué es eso? ¿Huyen?
--No. Es que retroceden, porque caminamos hacia el momento en que están ocupando las posiciones que tenían antes de avanzar. Es decir, que ahora llegamos propiamente al principio de la batalla. De modo que parándonos podríamos asistir a ella por su orden.
--Pues, _sóoo_ --dijo la lugareña excitando la hilaridad en todos, a cuyas reiteradas súplicas el sabio no tuvo valor de resistir, aguijoneado a su vez por el orgullo patrio. El Anacronópete quedó suspendido en la atmósfera merced a un ligero movimiento en el graduador.
Escritos estos renglones veintiún años después de aquel memorable acontecimiento, paréceme que su relato, aunque hecho a vuela pluma, no ha de carecer de atractivo para la generación que nos está acabando de reemplazar. Copio aquí, pues, la narración del diario de don Sindulfo, en la que sin duda se ha inspirado el pintor Castellani para reproducir con el pincel aquella jornada, y que también ha servido a la prensa de la corte para describir el panorama que se exhibe en Madrid frente a la casa de la Moneda. Dice así:
«Estamos en el centro del campamento marroquí de Muley-Ahmed. Las tropas españolas llegan hacia él persiguiendo de cerca al enemigo, cuyas posiciones corona simultáneamente. Tenemos en frente el mar, Tetuán a la espalda, el río Martín a la derecha, y a la izquierda la torre de Geleli y la Casa Blanca.
»El general O’Donnell dispone que sus fuerzas ejecuten un movimiento envolvente sobre el campamento de Muley-Ahmed, con objeto de atacarlo por dos puntos distintos con las tropas de los generales Prim y Ros de Olano, entre las que se sitúa la artillería protegida por los ingenieros. Rómpese el fuego de cañón por cuarenta piezas que avanzan gradualmente hasta colocarse a cuatrocientos metros de las trincheras marroquíes.
»En primer término se destaca el general en jefe a caballo con su estado mayor, dando órdenes al comandante Ruiz Dana y teniendo a su lado al coronel Jovellar y al jefe del Estado mayor, general García. Detrás las baterías españolas cañonean los reductos. En el fondo a lo lejos el mar y la escuadra.
»A la derecha el general Ros de Olano, dando instrucciones a su hijo y dirigiendo el movimiento de la primera división del tercer cuerpo, mandada por el general Turón, consigue que sus soldados penetren por distintos puntos en las trincheras. El regimiento de Albuera con su coronel Alaminos; Ciudad-Rodrigo con el teniente coronel Cos-Gayón, y el brigadier Cervino al frente de los batallones de Zamora y Asturias, invaden a la vez el campamento a pesar de la tenaz resistencia de los enemigos; uno de los cuales en las ansias de la muerte, encuentra fuerzas suficientes en su fanatismo para arrastrarse hasta un cañón abandonado, y dispararlo causando horroroso estrago en las primeras filas de nuestras tropas.
»Por la izquierda el general Prim ataca las trincheras seguido del coronel Gaminde; penetra por una tronera rodeado de catalanes, soldados de Alba de Tormes, Princesa, Córdoba y León; forma confuso tropel con los enemigos y sostiene cuerpo a cuerpo una lucha encarnizada. A su lado veo caer moribundos al comandante Sugrañes y al teniente Moxó, tremolando el primero en sus manos la bandera de los intrépidos tercios catalanes. Don Enrique O’Donnell apoya enérgicamente el ataque de su jefe el general Prim, y se dirige luego al campamento de Muley-Abbas en la torre de Geleli, que los moros abandonan precipitadamente.
»Muley-Ahmed intenta en vano con enérgico valor detener la fuga de sus soldados, que huyen despavoridos ante las aguerridas huestes de Prim y abandonan la Casa Blanca. Llenos de terror, desoyen el mandato de su jefe, le arrastran en su huida y dejan en poder de nuestras tropas, como trofeo de tan señalado triunfo, el campamento con ochocientas tiendas, ocho cañones, armas, municiones, camellos, caballos y bagajes.
»En el fondo, hacia Tetuán, el sultán de Marruecos contempla consternado la derrota de su ejército numeroso.
»Durante la marcha de nuestros soldados, los enemigos amenazan atacar la retaguardia; pero el general O’Donnell, sin detenerse, destaca hacia Tetuán dos batallones del tercer cuerpo a las órdenes del general Makenna, quien adelantando rápidamente a lo largo del río Martín protegido por la brigada de coraceros del general Alcalá Galiano, rechaza al enemigo sobre la plaza después de breve lucha y paraliza sus esfuerzos.
»Formidables fuerzas enemigas, bajando a la vez de la torre de Geleli, amagan atacar nuestra derecha con sus infantes y tres mil jinetes; pero el general en jefe, atento a todas las peripecias del combate, hace adelantar la brigada de lanceros del conde de Balmaseda. Las tropas cargan vigorosamente sobre el enemigo y le ponen en precipitada fuga protegidas en su movimiento por el cuerpo de reserva del general Ríos, situado en el reducto de la Estrella.
»La jornada ha sido completa. Tetuán no tardará en abrir sus puertas al vencedor, y el emperador de Marruecos debe ya empezar a arrepentirse de haber excitado el justo enojo de la nación española.»
El entusiasmo a bordo no reconocía límites. Todos suplicaban a don Sindulfo que les permitiese bajar para dar un abrazo a aquellos héroes, inclusa Juanita que pretextaba haber reconocido los pulmones de su familia en un paso de ataque tocado por su tío con la trompeta. El sabio que, además de estar poseído de la admiración general, tenía un carácter vengativo impropio de sus luces intelectuales, vio en aquella circunstancia una ocasión de desembarazarse del torcedor de su fregatriz, y accedió a la demanda decidido a volver a emprender la marcha en cuanto Juanita traspusiese los umbrales del Anacronópete en busca del supuesto pariente. Eligióse pues para el descenso un bosquecillo que les garantizase de una bala perdida, y con gran contentamiento de todos y una sencillísima manipulación, el vehículo tocó tierra.
Pero ¡ay! que no comete el hombre acción mala sin recibir tarde o temprano por ella el condigno castigo. Saboreando estaba cada cual la realización de sus propósitos, cuando Benjamín, que, asomado al disco contemplaba el horizonte, dio un grito y retrocedió involuntariamente.
--¿Qué es eso? --le preguntó su inseparable, corriendo a su lado.
--¡Friolera! --contestó el políglota perdiendo el color--. Que sin duda hemos caído en una emboscada tendida por los marroquíes a nuestras tropas.
Un sudor frío circuló por la frente de todos los viajeros.
--¡Huyamos! --fue la opinión general.
--Mire usted los kabilas que se dirigen hacia aquí.
--No hay más remedio que apelar a la fuga --adujo el sabio corriendo al regulador y poniendo en movimiento la máquina, mientras Benjamín cerraba los discos y restablecía el alumbrado eléctrico, exclamando:
--Pronto, que nos alcanzan.
Aún no había acabado de pronunciar la frase cuando:
--¡Un moro! --articuló con voz ahogada una de las viajeras.
--¡Dos! --prorrumpió Juanita parapetándose detrás de su amo.
--¡Veinte! --profirieron todos poseídos de un terror pánico cobijándose en un rincón del laboratorio en compacto grupo.
Eran en efecto dos docenas de fugitivos del campamento de Muley-Ahmed que, buscando su salvación en el bosque, presenciaron el descenso del vehículo y tomándolo por arma de guerra habían resuelto atacarlo; pero, no encontrándole entrada franca, se valieron de sus cuerpos salientes y, escalándolos con la entereza que da el fanatismo, lograron introducirse por los tubos de desalojamiento antes de que el coloso emprendiese la marcha.
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Pasado el primer momento de estupor, en que nadie osaba levantar los ojos ante aquellos morazos de seis pies de altura provistos de gumías y espingardas y llevando escrito en el rostro el vengativo ceño del enemigo derrotado, Naná se resolvió a preguntar a don Sindulfo:
--Diga usted. ¿Nos harán algo?
--A nosotros rebanarnos el pescuezo; y a ustedes llevárselas al harem en calidad de odaliscas.
--¿Con los eunucos? ¡Qué horror! --articularon las aludidas por lo bajo.
--Pues lo que es al harem --interpuso Juana encarándose con su señor-- creo que también podría usted venir.
--¡Insolente!
--Para hacernos compañía y enseñarnos ciencias en los ratos de ocio.
El tutor no se había equivocado acerca del propósito de los invasores, según la traducción que Benjamín le hizo de las órdenes dictadas por el jefe de la fuerza. Los expedicionarios estaban irremisiblemente perdidos. Una idea luminosa brotó sin embargo en el cerebro del atribulado don Sindulfo.
--Si logramos ganar tiempo --dijo al políglota-- nos hemos salvado.
--¿De qué modo?
--Dando al vehículo la velocidad máxima y consiguiendo que estos kabilas, que no están sometidos a la inalterabilidad, se vayan empequeñeciendo hasta que concluyan por desaparecer una vez traspuesto el instante de su natalicio.
--¡Sublime idea!
Y forzando el graduador, la máquina se puso a funcionar con una rapidez vertiginosa.
--¡A ellos! --gritó el capitán; y los moros se aprestaron a consumar su obra; pero los ayes y las lamentaciones del sexo débil eran tan repetidos y penetrantes, que, no logrando restablecer el silencio, les pusieron a todos a guisa de mordaza un lienzo atado en la boca y, oprimiendo sus brazos con fuertes ligaduras, los arrastraron tras sí para conducir los esclavos al asilo del disperso campamento.
Cerca de un cuarto de hora anduvieron buscando los riffeños inútilmente la salida, con gran satisfacción de los cautivos que, si bien no podían pedir socorro ni fugarse maniatados como estaban, veían en cambio que sus opresores se rejuvenecían rápidamente y acariciaban la esperanza de hallarse en breve libres de su yugo.
Pero los caracteres meridionales son impetuosos y no tienen la paciencia por virtud. Agotada la de los hijos del desierto al sospechar que estaban siendo los prisioneros de sus rehenes, se conformaron con salir por donde entraran; mas, convencidos de la imposibilidad de hacerlo con su presa, adoptaron la extrema resolución de exterminar a los viajeros.
Encontrábanse a la sazón en la cala y las mujeres se desesperaban al pensar que cuando una sola voz les bastaría para llamar en su auxilio a sus salvadores, tenían que sucumbir al mutismo. Colocados los reos en un ángulo de la bodega, los moros ocuparon el centro y apercibieron sus espingardas. Ya no les quedaba duda a aquellos infelices acerca de la triste suerte que les deparaba el destino. Apiñados y confundidos revolvíanse los desgraciados en la desesperación de la impotencia y ya los cañones estaban apuntados hacia su pecho, cuando el tiempo, ejerciendo su poderoso influjo, convirtió de repente la cuerda que sujetaba al tutor en finísimos filamentos de cáñamo que le dejaron libre el ejercicio de sus músculos. Apercibirse de tan providencial beneficio y emplearlo en poner en contacto los conductores que junto a él descendían por las paredes de la cala, fue operación tan rápida como el pensamiento. Acto continuo las compuertas se abrieron y los hijos de Agar desaparecieron para siempre en el espacio insondable.
La alegría que sucedió a aquellos minutos de angustia no hay quien la describa. Restituidos a la libertad abrazábanse todos sin distinción de sexos ni condiciones; y hasta la misma Juanita no pudo prescindir de decir a su amo, en un arranque de gratitud:
--Si no fuera usted tan feo, me casaba con usted.
Saboreando estaba el sabio su triunfo muy convencido de haber conquistado con él un lugar preferente en el corazón de su pupila, cuando esta temiendo ver surgir nuevos contratiempos,
--Ya es ocasión de revelárselo todo --exclamó, pidiendo consejo a Juanita.
--¿Qué duda cabe? --respondió la resuelta asesora.
Y añadiendo:
--¡A mí, valientes! --incitó a salir de su guarida a los soldados españoles, riéndose con descaro del asombro del buen tío que intuitivamente comprendió la asechanza de que le habían hecho objeto.
--¡Cómo! ¿Están aquí? --prorrumpió lívido de coraje.
--¡Perdón! --repetía Clara.
--Ni para ti ni para ellos --proseguía el celoso tutor dando golpes en cuantos objetos tenía a tiro.
--Pues, ea --arguyó Juanita--. Guerra a muerte; y el sabio que sea hombre, que salga. Don Luis, Pendencia, melitares: ¡Mueran las matemáticas!
Un ay de espanto reemplazó a tan enérgico apóstrofe. Los diecisiete hijos de Marte aparecieron en la cala trepando por los sacos de harina y los barriles de provisiones; pero, como no habían sido sometidos a la inalterabilidad y el mayor de ellos no contaba veinticinco primaveras, los cuatro lustros desandados en el tiempo desde la salida de París los habían reducido a la condición de tiernos parvulillos.
--¡Esto es espantoso! --murmuraban las francesas que se las habían prometido muy felices de la galantería española.
--¡Yo desfallezco! --articulaba la pupila no dando crédito a la realidad, mientras Juanita hecha un basilisco exclamaba enseñándole los puños a su amo:
--Si es _usté_ el sabio más animal que conozco.
El tutor se bañaba en agua de rosas al contemplar la venganza que le servía el azar. Entre tanto el vehículo caminaba y los infantes se achicaban hasta el extremo de no poderse tener ya en pie.
--Pero, hombre de Dios, ¿no ve usted que se nos deshacen como la sal en el agua? --argüía la maritornes echando espuma por la boca.
--Mejor --contestaba aquel segundo Otelo--. Así acabaremos de una vez.
Y los angelitos yacían tendidos en el suelo agitando brazos y piernas en la inacción de los primeros meses y llorando a pulmón lleno. Compadecidas de su situación, cada hija de Eva tomó en brazos al suyo y se puso a pasearlo por la cala viéndolos mermarse progresivamente, en tanto que el implacable tío se frotaba las manos con satisfacción y sonreía con satánico gesto.
--¡Luis mío! --repetía Clara anegada en llanto y tributando sus caricias a aquel residuo de su capitán de húsares.
--¿Ya no tienes una gracia para tu Juanita? --preguntaba a su microscópico Pendencia la de Pinto.
Y el bribón del asistente, como si aún quisiera darle una prueba de su travesura, le mordió el vestido por la parte en que a los niños de su edad se les sirven los alimentos.
De pronto aquellas mujeres se quedaron pálidas con los brazos cruzados sobre el pecho; ya no abarcaban objeto alguno: el ejército se les había disuelto entre las manos.
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CAPÍTULO X
En que tiene lugar un incidente que parece insignificante y es, sin embargo, de mucha importancia
La pérdida de un ser querido es una de las más terribles pruebas a que puede exponerse la sensibilidad humana: y aun así la aflicción pasa por distintas gradaciones según las circunstancias que han acompañado al hecho.
--Al menos ha muerto en su cama y rodeado de los suyos --le dicen al atribulado pariente los encargados de consolarle.
--Y ha tenido usted la satisfacción de que Dios se lo conserve hasta una edad avanzada --añaden otros.
Y efectivamente, todas estas reflexiones son un lenitivo al dolor que, resultado de una máquina pensante y contante, paga la situación en su justo precio reservándose para las grandes catástrofes el máximum de intensidad.
Ahora bien: imagínense los lectores cuál sería la disposición de ánimo de los viajeros ante aquel quinto acto de una tragedia para cuyo desenlace no había _Deus ex machina_ posible. Porque un novio es algo más que un pariente a los ojos del objeto de su cariño; y además de la amargura de separarse para siempre del suyo, las enamoradas doncellas sufrían el vejamen de ver que, siendo el amor un numen que engrandece cuanto toca, a ellas al revés, se les achicaba todo entre las manos.
Clara perdió el sentido ante la inmensidad de su infortunio y tuvo que ser conducida al gabinete en brazos de las expedicionarias. Juana, más entera aunque no menos herida, se desahogaba dando gritos contra el opresor y llamando a la guardia en su socorro.
Pero la situación más grave era sin duda la de don Sindulfo. Por malo que tuviese el genio, por mezquina que fuera su condición, por miras estrechas que lo alentasen, distaba mucho de ser un malvado: y la muerte de los veinticuatro moros, aunque llevada a cabo en legítima defensa propia, eran dos docenas de puñales que tenía hundidos en el corazón. Agréguese a esto la aparición de los hijos de Marte, en la que veía no solo una desobediencia a sus mandatos sino la inutilidad de haber agotado su ciencia y sus recursos para desembarazarse de un rival, y se comprenderá fácilmente que su razón trastornada le indujese a permitir que el tiempo devorase a aquellos infelices, sin prestarles el menor auxilio. Primer paso suyo en la senda del crimen por la que hemos de verle avanzar presa de los celos, la desesperación y la locura. No adelantemos empero el discurso.
Los mahometanos, aunque hombres, eran enemigos de Dios y habían atentado contra su vida; por consiguiente, bien muertos estaban. ¿Pero aquellos diecisiete infantes, a quienes había servido de implacable Herodes, qué daño le habían hecho? ¿Merecía tan horroroso castigo una travesura de la juventud? ¿No era su sobrino una de las víctimas? ¿No hubiera sido más humano, pues no estaban sometidos a la acción del fluido, hacer rumbo hacia el presente y, una vez reconquistadas sus naturales proporciones, desembarcarlos en los alrededores de su edad?
Todas estas y otras muchas observaciones se hacía don Sindulfo, pero la imagen de su pasión desatendida, y su amor propio sublevado concluían por vencer, y resultado de tan acerba lucha fue que delirante cayese en los brazos de su amigo bajo los efectos de una continua convulsión.
¿Pues no estaba garantizado por la inalterabilidad? me objetará alguien. Ciertamente, pero la acción del fluido, penetrando por la membrana epidérmica, atravesando el dermis e infiltrándose por los tejidos musculares, solo alcanza a la superficie de los huesos, que petrifica como las demás vías por donde circula. Así pues el ejemplar influido por sus corrientes, ni pierde la tersura del cutis, o sea la juventud, ni sufre de erupciones cutáneas, ni está expuesto a las inflamaciones producidas por la acción atmosférica: pero experimenta hambre, sed y sueño y no se exime de padecimientos viscerales, productos las más veces del sistema moral al que la ciencia no ha llegado a dar todavía la osificación que a un tegumento.
Cargó pues Benjamín con aquel cuerpo inanimado y lo condujo a su dormitorio para ver de provocar la reacción metiéndolo en la cama; pero, al pasar por el laboratorio, recordó la velocidad vertiginosa que habían impreso al aparato en el momento de la invasión marroquí, y temeroso de alguna catástrofe por imprudencia, dio un golpe a la aguja del graduador, reduciendo el Anacronópete, a su entender, a la locomoción media.
¡Qué pequeños incidentes son origen de los más grandes acontecimientos!
Don Sindulfo, acurrucado en el lecho, daba diente con diente de continuo y alguna que otra sacudida por intervalos a Benjamín.
--Juanita --dijo este saliendo al encuentro de la de aparejo redondo--. Calienta un poco de agua para hacer una infusión a tu amo que se siente mal.
--¿Quién? ¿Yo? Pues como no sea para escaldarle vivo, que se aguarde a que encienda fuego.
--¡Vamos! Deja a un lado el enojo y recapacita que si él se muere nadie podrá llevarnos a puerto de salvación.
--¿Pues usted no entiende la maquinaria?
--Muy poco. Además, la caridad te aconseja ser compasiva. Prepara la lumbre mientras yo saco el té y el azúcar de la despensa.
Sea el miedo a permanecer indefinidamente en el espacio o la compasión inherente a su sexo, Juanita no replicó e hizo rumbo a la cocina.
--Ya sabes. Con un par de chispazos eléctricos alumbras una hoguera en un decir Jesús.
--A mí déjeme usted de _telégrafos_, que yo me las compondré a la moda antigua.
Y, así diciendo, llegó al hornillo, colocó en él unos carbones y tomando unos fósforos frotó uno tras otro sobre la lija, sin conseguir encender ninguno; pero lo más notable del caso era que ni dejaba huella la cerilla en el raspador ni la cabeza del de Cascante se gastaba.
--Es claro. Las babas de don Sindulfo que lo reblandecen todo --murmuró, y echóse en busca de otra caja y de algunas virutas y trapos con qué facilitar la combustión. No encontrando nada a propósito, dio al pasar por el cuarto de las agregadas con unos fragmentos de telas y pieles que, aunque acusaban una rica procedencia, eran retales al fin y muy del caso en circunstancias tan apremiantes. Dispuso los residuos en el fogón y, haciendo una nueva e inútil tentativa con los fósforos:
--A ver si usted tiene más gracia --dijo a Benjamín que acudía cargado con un pilón de azúcar y un bote de té Hulón.
--Esto es más breve --arguyó el políglota comunicando la chispa eléctrica al hornillo a merced de la cual los trapos se encendieron pero no los carbones; siendo de notar, por más que ninguno de ambos observase el fenómeno, que las suplentes virutas iban tomando extrañas formas parecidas a lazos, mangas de vestido, tacones de bota y objetos de mercería.
--Parte un poco de azúcar --ordenó Benjamín a Juanita en tanto que él, puestas las hojas en la tetera, derramaba encima el agua hirviendo.
--¡El demonio que pueda con esta pirámide de Egipto! Si es más dura que la cabeza de un sabio --repetía Juanita dando golpes en el pilón con un martillo sin conseguir levantar una arista.
--Déjate; aquí hay azúcar molido --exclamó el interpelado poniendo una cucharada en la taza de otro paquete que para el uso ordinario había en el vasar y sirviendo en ella el licor benéfico.
--Pero aguarde usted... ¡si eso no está aún! Todavía no ha tomado color.
Un sudor frío circuló por la frente de Benjamín, en quien la resistencia del pilón, la incombustibilidad de los carbones y la inalterabilidad del agua vinieron a darle la llave del enigma. Presa de una agitación nerviosa se puso a disolver el azúcar en la infusión; y al llevarse una cucharada a los labios:
--¡Horror! --dijo palideciendo.
--¿Qué ocurre? --preguntó la doncella mirándole de hito en hito temerosa de que también empezara él a reducirse como los otros.
--¿Qué ha de ser? Que hemos vuelto inalterables para su conservación los artículos de consumo, y ahora nos encontramos con que son resistentes a toda influencia física.
--¿Es decir?...
--Que ni el azúcar endulza, ni el carbón se enciende, ni el pilón se parte, ni habrá quién le pueda hincar el diente a una patata.
--¿De modo que nos vamos a morir de hambre? --balbuceó Juanita con los ojos desencajados.
--No; pero tendremos que apearnos a cada comida y tomar los alimentos propios de la época y de la localidad; pues de fijarlos ya ves lo que sucede; y de abandonarlos a la acción retrógrada del tiempo, en tres minutos el pan se nos convertiría en espigas y el vino en cepas.
--¿Y dónde tomaremos hoy la pitanza? --repuso la lugareña a quien la idea de un alto sonreía por lo que encerraba de salvador para las reclusas.
--En los infiernos --salió murmurando Benjamín con la taza del agua caliente en la mano; la que propinada a su amigo le produjo las consecuencias de un emético sumiéndole después en una dulce y agradable somnolencia.
Entretanto Juanita volaba a dar parte de lo ocurrido a sus compañeras de infortunio, quienes rodeando el lecho de la pupila, presenciaban una escena no menos digna de admiración que la precedente.