El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis

Part 21

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¿Quién es Hon-Kung? No lo sé, ni tengo tiempo de estudiarlo en este momento. Es, según voz pública, el primero, después de Dios, de los santos de la corte celestial china. Se le invoca para que conceda paz a todo el imperio, le preserve de epidemias y le otorgue riquezas innúmeras; participa, por consiguiente, del Jano de los paganos, del San Roque de los católicos y de la lotería de los españoles.

En el cómputo chino, cada tres años traen uno bisiesto, que se compone de una luna más de veintinueve o treinta días en la lunación séptima, época en que debe verificarse la fiesta del santo; pero como no siempre hay dinero disponible, redúcese aquella a una modesta manifestación, transcurriendo a veces catorce y más años sin que tenga efecto una solemnidad como la que voy a describir, y que en la ocasión presente ha sobrepujado a cuanto se ha hecho hasta ahora en Macao, matriz, metrópoli, casa solariega del festival en cuestión.

¿Cómo se arbitran los fondos? Como no puede copiar ningún pueblo que no tenga la buena fe, el patriotismo, el amor, en una palabra, del celestial a su enorme familia de cuatrocientos millones de individuos con coleta. Todo comerciante con tienda abierta está obligado a recargar cada objeto que vende en cinco _sapecas_ (cada sapeca vale medio maravedí), que entrega religiosamente a una comisión económica, la cual se encarga de aumentar los productos con el interés que hace ganar al dinero y con los donativos espontáneos de los particulares, cuyos nombres figuran después inscritos en sendos papeles encarnados en el pabellón central del barrio chino. Desde el año 1868 hasta hoy se han recaudado sesenta mil pesos fuertes, que son los que se han invertido en _alquiler_ de los objetos de ornamentación para la ceremonia: calcúlese por ahí el valor intrínseco de este Pactolo de oro, seda y luces.

Describamos, si podemos:

Una cruz griega forma la parte engalanada del Bazar; son dos calles perpendiculares que se cortan casi por el centro y a cada una de las cuales puede que el kilómetro le venga como a su medida. Unos armazones, o andamios de bambú, atados con hojas de la misma caña, y sin que en su sostenimiento entre un clavo, se elevan hasta por encima de las casas, produciendo en algunos sitios tres cúpulas superpuestas de una elevación como el cimborio del Escorial. Todo aquel armazón se cubre con lo que ahora diré; y el vecino a quien le tapan una ventana, ni se queja al alcalde, ni habla mal del gobierno; come a oscuras, y se calla.

Reviste el techo un lienzo de colores abigarrados con flores, hojarasca, animales y quimeras, del que penden tulipanes, peces, frutas e infinitas representaciones, que no son sino otras tantas linternas que le dan el aspecto de una bóveda tachonada de puntos luminosos. Hasta poco más de la altura de dos hombres, caen, sujetos por gruesas maromas, millares de lucernas, arañas, girandolas y quinqués, cuya forma no hay medio de describir ni por su variedad ni por su complicación. Voy a ver si, ciñéndome a una sola, logro hacerme comprensible. Figúrense los lectores la Catedral de Milán reproducida materialmente en madera, con siete metros de altura, y todo el resalte de filigrana de oro. El fondo para el profano es de esmalte azul; para el observador que lo toca y se convence de que la paciencia del hombre pueda llegar a tal límite, es de plumas microscópicas de alción o martín pescador, pegadas con cola. Añádansele centenares de estatuitas esculpidas en pirámides o en racimos como los grupos de los juegos acrobáticos; e iluminándola con doscientos globos de luz con colgantes o lágrimas de cristal de todos los colores del prisma, se sabrá lo que es una de estas lámparas, como se sabe que el punto que asoma en la lontananza del mar es un vapor, porque se ve el humo con el catalejo.

Sin que la bóveda se venga abajo por el enorme peso que resiste, sustenta además de todo lo que es luz, una asiática profusión de gigantescas mariposas, dragones colosales, caracteres chinos titánicos y un centenar más de variantes en ramos de flores; que no otra cosa son los tales monstruos sino la parte perfumada de la naturaleza, adornada con pedazos de espejo y cintas de seda y oro.

Nosotros decimos que todo pende de Dios, pero los chinos deben creer que todo pende del bambú; porque después de lo que dejo colgado, aún faltan unos centenares de cajones con veinte o treinta figuras de medio tamaño natural en cada uno, reproduciendo escenas de los dramas y entremeses más notables de la dramática celeste. La encarnación de los personajes es perfecta; el indumento riquísimo, y las armas, como el sable que le regalé a un sobrino mío en ciertas Navidades, y que, según él, era de _buena verdad... de carne_.

Las calles están cortadas a trechos por arcos de triunfo _colgantes_; pues son sin pies, no tienen más que un cornisamento y un gran friso, se estriban en las paredes y los sostiene el entablamento. Cada arco parece el puente de los Suspiros en Venecia.

Todas las fachadas de las casas están literalmente cubiertas, desde el zócalo hasta el alero del tejado, de ricas obras de talla, altos y bajos relieves, cuadros de algunos metros con figurillas hacinadas del color del lapislázuli, hojarascas de ricas maderas aromáticas, otras doradas, transparentes y adornos policrómicos, mientras cada puerta (que lo es de una tienda) se halla convertida en una pagoda con su altar en el centro, su ídolo, flores, pebetes y ofrendas de comestibles. A intervalos una música deleita al transeúnte (si es chino) con sus chirriantes ecos, o un juglar luce sus habilidades sobre un estrado.

Pero donde está la verdadera maravilla es en el pabellón principal; vasto recinto, colosal nave formando la cabeza de la cruz, y en el que, lo que ya llevamos visto, está centuplicado en profusión y en riqueza. ¿Qué hay allí? Yo no sé si podré explicarlo. Lucernas, cuadros, flores, relieves, esculturas, cincuenta mil nombres de contribuyentes o donantes, músicos, un teatro en el fondo con representación permanente y quince mil espectadores, además de otros dos coliseos que funcionan en las calles contiguas, y millares de macetas que parecen receptáculos de plantas y son vasos de prodigios: aquel arbolillo, que se tomaría por un juguete de Nuremberg, es un ejemplar liliputiense del corpulento ébano guardando todas las proporciones debidas en sus microscópicos detalles. Un arbusto que más allá simula un león hecho con astas de venado, es una raíz que a fuerza de mutilaciones, injertos, paciencia y sabiduría, ha tomado aquella forma en un transcurso de doscientos años tal vez, y con el concurso de seis o siete generaciones. Lo mismo digo del carácter chino que está a su lado; con la apariencia de una rama de boj recortado recientemente para aquella circunstancia, es no obstante un tronco con sus brazos y hojas educados desde hace siglos para concluir por simular el nombre de una divinidad, de un emperador o de un simple individuo. Que hay planta de ellas que vale dos mil pesos, no hay para qué consignarlo.

La calle termina por un inmenso altar a cada lado, defendido por dos gigantes de cartón; cuya cabeza, como los telamones del orden atlántico, sostiene el piso. En el pebetero que hay delante arde todo un tronco, de madera de sándalo. Relicarios de filigrana de algunos metros de tamaño, cajas y linternas de orfebrería, monstruos y quimeras de metal, apoyados en el suelo y enroscándose hasta la bóveda, cascadas de paños bordados de oro y sedas, vasos de jade y otras piedras preciosas; todo está allí hacinado, como si la mano de un Pluto invisible hubiera removido las entrañas del universo para hacer ante la humanidad el inventario de su riqueza.

Hablemos ya de la procesión. Esta en algunos casos suele ir por dentro; pero en el presente va por todas partes, porque es de rigor que pase por la casa de cuantos a ella han contribuido. No se extrañará por lo tanto que el desfile, que dura más de dos horas a paso de marcha, con raras detenciones de un minuto a lo más, empiece a las ocho de la mañana, termine a las seis de la tarde y tenga que reanudarse durante tres días consecutivos.

Relatar todo lo que va en ella y por su turno correspondiente, es tarea superior a mi asendereada memoria. El oro, la seda y los adornos que hemos visto en el bazar, constituyen su base. Pero asusta pensar que el traje más modesto de la comitiva no baja de doscientos pesos de valor, que pasan de tres mil los asistentes, y que no hay medio de contar las banderas monumentales de raso recamado de oro, los estandartes de sedas flojas, los parasoles de plumas de pavo real, los bronces suntuarios, vasos de jade, mármoles sanguinolentos, maderas preciosas y tanto y tan infinito detalle de un exagerado precio, ya por su rareza como por su antigüedad o mérito artístico.

Aunque variados hasta la saciedad, he aquí el patrón de los dos figurines, que dan la norma en esta especial indumentaria.

Las congregaciones de chinos ricos llevan el tradicional zapato de galera bordado; media blanca con polainas de cintas de seda de colores hasta la rodilla; calzón de satín blanco; blusa de _lo_, color de plomo claro; faja de gró muy ancha que forma como un delantal, y cuyos cabos bordados en seda y oro de relieves valen un dineral: cordón de torzal grana en la coleta y esta enroscada sobre la frente; un sombrero tártaro de paja, igual a los paveros de España, forrado de gró, y con caracteres y adornos de terciopelo y oro en la copa; y el inseparable abanico de plumas de cisne, ensartado en la cintura por detrás, lo que les da el aspecto de una cola de palomo.

Todos llevan su correspondiente _culi_ o criado portador del banquillo para reposarse en las paradas.

El otro traje yo no lo sé explicar. Se compone de una túnica y una sobretúnica bordadas; mejor diré, empedradas de oro y plata, comparables tan solo, aunque más ricas, a los vestidos de luces de nuestros toreros. Los sombreros, ya representando un enorme tulipán con franjas de seda, ya un capacete o casco con aletas y plumas de faisán, son de lo mismo, y el efecto general es el de un ejército de astros.

Con ellos alternan los mandarines modernos en traje de gala, con vestas y capacetes de seda del mismo color en cada individuo, y mil reproducciones del iris entre todos; los bonzos, de cabeza rasa, y los ejecutores de la justicia (séquito de los grandes personajes), con sus hopalandas negras, uno como cencerro de mimbre oscuro en la cabeza, y portador cada cual de un instrumento de suplicio.

A las banderas, grandes como las de los gremios valencianos, suceden niños a caballo en traje de emperadores de la dinastía de los _Ming_. Detalle curioso; entre las cabalgaduras figuraba un pollino, especie rarísima en estas regiones. A aquellos siguen timbaleros redoblando sus tamboretes de metal (porque aquí se puede repicar y andar en la procesión); andas con objetos raros, perfumes, pagodillas, músicas, angarillas con comestibles y bebidas para los que tengan necesidad de reconfortar sus fuerzas; armarios con trajes para reponer los desperfectos, cuadros de talla, lemas, parasoles de flores naturales, y multitud de centenares de representaciones humanas, simbolizando pasajes de su teogonía, cuya explicación no es de este lugar, pero cuyo efecto sorprendente no puedo dejar de transmitir.

Imagínense los lectores un pescador y una tancalera colocados de pie sobre un torniquete giratorio; él echa las redes, ella rema; ambos dan vueltas como la tablilla de un barquillero, y ninguno se cae ni oscila, a pesar de ser párvulos como todos los actores de esta especie de autos religiosos.

Otra de las andas es una mujer que se abanica mientras que un mandarinete se sostiene en equilibrio sobre el país del abanico.

Ya un anciano tao-tsé ve brotar un guerrero de su dedo índice, ya una virgen se posa sobre la cabeza de una paloma viva, ora dos héroes cruzan sus partesanas y sostienen terrible lucha en el aire, o un Buda en fin apoya un pie en los pétalos de un lotho mientras en su infantil mano se yergue su elegido, que vuela a la región de los espíritus descartado de su envoltura material. No se ve ni un alambre, ni el menor asomo de mecanismo: aquello asombra.

Precedido de un lujoso acompañamiento y al son de atambores (algunos del tamaño y configuración de una pipa de cien arrobas sobre la que pegan a quien más puede dos robustos mancebos), aparece el dragón cornúpeto; monstruo de cartón con escamas de oro y marabus en las articulaciones, con cincuenta metros de longitud, tres mil duros de coste, y admirable obra de atrezista cantonés. Es llevado por treinta hombres, que ejecutan con él variadas evoluciones, y el público le saluda con cohetes y petardos, que se confunden con los acordes de la música que graciosamente y en honor del pueblo chino, ha dispuesto el señor gobernador de la colonia que toque a su paso por delante del palacio. El reptil, en cambio, recorre todo el vestíbulo, pues sabido es que donde mete la cabeza el tal animal sagrado, entra la felicidad.

Cierra la marcha la guardia de honor, ostentando armas blancas de una rareza que casi frisa en extravagante. Lanzones, partesanas, pinchos, medias lunas, harpones, horquillas, machetillos y adargas de mimbres son los objetos más salientes de aquella hoy ya inocente armería.

Y aquí da fin este desaliñado relato hecho a vuela pluma, para que no pierda su sello de oportunidad.

[Ilustración]

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Los chinos dentro de casa.

Visita a una familia rica. -- La habitación. -- El mobiliario. -- El banquete. -- Elaboración del té. -- Uso del opio.

Macao, 10 de marzo de 1882.

Mi querido amigo: El tiempo y el comercio se han encargado de destruir la preocupación con que los celestiales miraban a los europeos. Hoy encuentran que sus _dollars_ son excelente lazo de unión, y gracias a las transacciones mercantiles, las puertas de la casa china no están ya cerradas al _diablo blanco_, mote de todo occidental. El gineceo continúa siendo inaccesible; pues sabido es que las hijas de Eva no son aquí visitadas sino por los parientes íntimos, ni salen a la calle más que para llenar deberes de cortesía, y aun eso en palanquín cerrado y con previo anuncio. Ello no obstante, como satisfacción de una curiosidad y con alguna influencia, consigue uno ingerirse hasta el santuario de las mujeres, acompañado, como es natural, del gallo del gallinero. Mi mujer y yo hemos tenido la dicha de ser recibidos por la familia de un miembro de la alta banca, y creo que será grato conocer mis impresiones sobre el particular.

Como en China el ir a ver a una señora no es aquello de «me voy a pasar un ratito con fulana,» como sucede en nuestros países, sino que el acto, sobre poco frecuente, reviste el carácter de una solemnidad, es preciso tomar día, pedir audiencia como si dijéramos, y acompañar la solicitud con un regalito de tanta más monta, cuanto mayor es la categoría del visitante.

* * * * *

Las viviendas ya tengo dicho que están a cubierto de la curiosidad pública; así es que tienes que atravesar uno o más patios para encontrar la puerta de la casa, donde el dueño te está esperando, y en la que te recibe con las cortesías propias de su ceremonial. Consisten estas en juntar las manos sobre el pecho, como el oficiante católico al dirigirse al ara, pero con los puños cerrados, que agita repetidas veces al mismo tiempo que inclina la cabeza. Apenas transpuesto el umbral, se tropieza con un gran biombo o mampara, último tapujo del interior, en que alineadas y puestas sobre pies derechos, se destacan unas planchas (a veces quince o veinte) pintadas de encarnado y con letras de oro acusando el nombre, títulos, cargo y dignidades del morador.

El zaguán, que en algunas partes es un patio cubierto alrededor con su _impluvium_ en el centro, a la pompeyana, constituye el estrado del marido. Allí me recibió el banquero, mientras su primera esposa, acompañada de una hermanita suya, de sus hijas, y de su servidumbre (entre la que hay que colocar a las concubinas de su esposo), apareciendo en lo alto de una escalera, se llevó a mi mujer y a la del señor que me servía de intérprete, a las habitaciones superiores.

La disposición del mobiliario es igual en todas partes. Las sillas, grandes sitiales de tamarindo, de la forma de nuestros sillones de baqueta, pesados como el plomo y negros como el ébano, tienen el asiento y el respaldo de piedra cuyas vetas --simulando montañas y paisajes-- les dan un valor fabuloso. Cuando el personaje es muy rico, los muebles están cubiertos de paños color de grana, con bordados de oro y sedas. Arrimados a la pared, de la que nunca se separan, a cada dos sillones sucede una mesita alta, estrecha y con tres estantes, que sirve de pedestal a un jarrón de flores, y de apoyo al té y los dulces con que el que visita es obsequiado apenas llega. Frutas escarchadas, entre las que figuraban guisantes en su vaina, cigarros y otras golosinas, nos fueron ofrecidos en una bandeja circular con radios que constituían otros tantos casilicios. Mi anfitrión se entretuvo mientras hablaba en roer unas pepitas secas de sandía, con cuyos desperdicios, expelidos ruidosamente de la boca, ensució mi Hou-lon, rico _cha_, como aquí se llama al té, presentado en tazas sin asas, provistas de una cobertera que uno entreabre para beber con la misma mano con que la sostiene, y cuyo objeto es impedir el sorber las hojas que flotan en el líquido.

El chino no usa el agua como bebida; el consumo, por lo tanto, de _cha_, es incalculable; no le ponen jamás azúcar, ni emplean más que el negro. Su precio varía, desde diez reales hasta treinta y dos duros la libra. Este es el mandarín, que se vende en manojitos de la cantidad de cada toma, atados con cintas de colores.

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Allá va una sucinta reseña sobre la elaboración del té. Recibido en las fábricas, todavía fresco, se escogen sus infinitas variedades; sométesele a la acción del fuego en unas colosales cacerolas, como las perolas de hilar la seda, y agitándolo constantemente, espérase a que las hojas queden contraídas por la torrefacción. El que posee aroma propio no sufre nuevas operaciones; al inodoro se le perfuma después con unas fumigaciones de azahar, de jazmín y otras olorosas flores, y encerrado en cajas de plomo, recubiertas de otra de madera, se le exporta. El verde procede de unas hojas superiosísimas, que se tuestan muy poco; pero como la cosecha es escasa y el consumo en Europa grande, se le falsifica como los vinos de Lebrija, las Cabezas, Valencia y Cataluña, que tomamos por Jerez y Burdeos. Los ácidos son la base de aquella mistificación, contra la que hay que ponerse en guardia.

El espíritu de especulación lleva tan lejos a los chinos, que los agentes de las casas europeas necesitan ojos de Argos para no caer en las mil y una añagazas que les tienden los celestiales. La prueba del té destinado a la exportación, es muy curiosa. Tómanse unos puñados de diversas calidades extraídos de cualquiera caja al azar; colócanlos en unas cubetas bañadas de luz zenital, que penetra por un enorme embudo de madera fijado en la ventana donde se apoya el mostrador. Pésase un tael (próximamente una onza) de cada montón, y se deposita en tantas teteras como especies han de analizarse, y que, numeradas como las tazas que tienen delante, corresponden a las cubetas. Echase encima el agua hirviendo, y transcurridos los cinco minutos que marca un diminuto reloj de arena, viértese el licor en los pocillos y los residuos pasan al mostrador junto con el puñado correspondiente. Entonces se escudriña con minuciosidad la diferencia entre el cha en crudo y el poso de la infusión. El color acusa la frescura de la hoja. Si esta, al desrizarse queda entera, es prueba de que no se la ha hecho servir ya, porque en China, donde nada se desperdicia, recogen los detritus del té y lo venden a los fabricantes, para mezclarlo con el virgen. La sed de ganancia hace que también el europeo, cuando no hay abuso, pero sí rebaja de precio, pase por esta mala fe, que no sospechan los consumidores de Occidente; pero en cambio son muy rigurosos con el peso, por lo que, provistos de un imán muy potente, lo restriegan por los montones de las cubetas, y extraen de ese modo las limaduras de hierro con que se mezcla el artículo. Ahora bien; problema: Cuando un enfermo se propina en España una taza de Pei-Kó, ¿qué es lo que cura, el té, la herradura o las babas de chino que por tercios entran en su composición?

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Reanudemos nuestra visita, en la que es de rigor permanecer cubiertos, porque ya sabes que aquí todo se hace al revés que entre nosotros. El primer cumplido que te espeta el dueño de la casa es decirte que pareces un viejo; la senectud es para el celestial la condición más respetable. Todo lo que es tuyo lo eleva a las nubes con hipérboles extremadamente orientales, y lo que con él se relaciona lo pone a los pies de los caballos. Si le encomias la buena disposición de la casa, te contestará que vive en una pocilga, y si le alabas la hermosura de su mujer, te argüirá que es una _bruta_ (sic).

Después nos hizo pasar a sus oficinas de comercio, donde, con el cajero, tenedor de libros, dependientes y mozos de carga, nos congregamos alrededor de una mesa, abandonándonos a un expansivo banquete de todo género de sucia pastelería.

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Como creo que ha de interesarte el relato de una comida a su usanza, voy a permitirme esta digresión. Las mujeres no asisten; la confusión de ambos sexos es degradante para el fuerte, que ve en la madre de sus hijos una esclava y no una compañera. Cada mesa no puede contener más de ocho personas; por consiguiente aquellas se multiplican en proporción del número de convidados. Manteles no los hay; en cuanto a servilletas, cada uno va provisto de un pañuelo de seda que hace sus veces. Los manjares están ya servidos en grandes escudillas de porcelana, rodeadas de otras más pequeñas para las salsas y jugos con que han de adobarse, y que vierte el comensal con una cucharilla de loza, cuando no _pringa_ en el líquido condimento el bocado que, por ser muy grande, ha tenido que llevar tres o cuatro veces a la boca. Una taza sin asas, para los comestibles, y otra microscópica para el único vino que ellos beben, extraído del arroz y perfumado con una esencia, constituyen la vajilla. El cubierto son los célebres palillos, llamados _fachi_, que colocan uno en la bifurcación del pulgar y el índice, y otro entre el índice y el anular, mientras el del corazón y el meñique funcionan, a guisa de muelle, para abrirlos y cerrarlos como unas tenazas. Con este aparato cada cual toma de la vasija común el pedazo que más le apetece, y lo traslada a la suya parcial, después de multitud de paseos y baños por las diferentes salseras.

El sitio preferente es el de la izquierda. He aquí ahora el orden del _menú_: abren la marcha los dulces y las frutas. Síguense a estos las cuatro entradas de manjares finos, entre los que figuran los deliciosos cangrejos con huevos, las no despreciables aletas de tiburón, las insípidas pechugas de codorniz y los repugnantes nidos de pájaro, que nosotros llamamos de golondrina. Este refinamiento culinario, que se paga a peso de oro, son verdaderos nidos de un pajarillo, que se encuentra en Java. Formado de tallos y yerbecillas, se los limpia de plumones y otras adherencias, y deshechos por la cocción, quedan reducidos a una sustancia gelatinosa, con la que mezclan almendras de varias frutas, y de la que, a pesar de sus condiciones pectorales, no he podido intentar una segunda prueba. Su nombre es _ning-vo_.