El anacronópete; Viaje a China; Metempsicosis

Part 17

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Pasemos a las mujeres. La soltera se echa atrás todo el cabello, rematado por una trenza larga, en cuyo tronco lleva liada una cinta de color, formando un anillo; saca de la sien izquierda un banda de pelo como de tres dedos de ancha, lo que consigue abriéndose una pequeña raya vertical, y se circuye lo alto de la frente con aquella faja, que va a mezclarse con el resto de la cabellera por el lado opuesto. Como ves, las hijas de Eva conservan toda su integridad capilar, si bien son tan lampiñas como los chinos, pues las cejas y las pestañas hay que verlas con microscopio.

El peinado de la casada es muy difícil de explicar: echado todo atrás, sin raya alguna, salen de los lados dos enormes cocas, que sujetan con alambres por dentro; el topo se separa más de un palmo de la nuca, y le forma todo el pelo de la mata, saliendo como el espolón de un buque de guerra, y el del cogote, subiendo a enlazarse con aquel: un cordón de pelo retorcido baja desde la parte alta y posterior de la cabeza hasta el vértice de aquel ángulo agudo, y multitud de broches y alfileres sujetan, con el auxilio de la goma, tan complicado aparato, al que dan el nombre de _peinado del ave de la inmortalidad_. Y esta denominación me sugiere una explicación más exacta del efecto que produce este tocado. Córtale a una gallina el cuello y las patas, ábrela por la pechuga, encájasela en la cabeza a una china por esta abertura, ábrele las alas en toda su extensión, que son las cocas, y adereza el topo de manera que quede formando la cola. Es idéntico hasta en sus proporciones.

Por decreto de no sé qué emperador, cierta gente de mar está proscrita de la tierra, y por consiguiente no puede habitar más que en sus embarcaciones. De modo que el champan es el estrado, la cocina, el dormitorio, la pagoda, la cuna y el lecho de muerte de sus moradores; allí nacen, viven, rezan, se reproducen y mueren.

Las madres, consagradas a sus tareas, no pueden atender muy asiduamente a sus hijos; así es que para trabajar desembarazadamente, se los echan a la espalda, sujetándolos con un como pañuelo de lana, al que va sentado el rapaz y del que penden cuatro correas, que se ajustan como cinturón y como tirantes en las caderas. Esto, si el infante es aún mamón; pues apenas anda, ya se bandea por su cuenta; y la única precaución que se toma es atarle un cordel a la cintura para pescarle cada una de las veinte veces que al día se cae al agua: algunos añaden corchos o vejigas, para que flote el náufrago; pero no es de rigor, en atención a que sin ellos aprende a nadar más pronto.

Al cruzar la bahía, mi primer cuidado fue estudiar su aspecto; allí te encuentras el pontón para hospital militar, navío de tres puentes sin arboladura; el comodoro inglés, el almirante francés, corbetas rusas y alemanas, la Mala francesa que llega de Europa, la inglesa que sale para la India, vapores británicos para Shang-hai y Emuy, españoles para Manila, la Mala americana del Pacífico, los anexos de las Mensajerías para el Japón; pero te preguntas: «¿Y la marina china?» Allí la tienes representada por miles de champanes y centenares de _lorchas_ para la pesca y el tráfico costero, única empresa de estos nautas con coleta.

La _lorcha_ es lo que vulgarmente llamamos junco; barco tripudo, más o menos grande, con una popa semi-esférica, anchísima y desmesuradamente alta, timón descomunal calado en celosía, y dos palos, a los que van sujetas unas velas latinas despuntadas con una serie de travesaños horizontales de madera, a modo de entenas, para tomar los rizos. Muchas de ellas, aun las mercantes, llevan a bordo cañones de hierro, que ni el famoso de Barba-Azul. Como el champan, la lorcha es una casa de familia, cuyo desaseo está en proporción de su mayor capacidad. El día se lo pasan tocando el _gong_, o tan-tan, o campana chinesca, que estos tres nombres tiene el disco en cuestión; y la noche quemando papelitos para ahuyentar a los espíritus maléficos.

La media docena de lanchas cañoneras que posee el gobierno, están mandadas por capitanes franceses, ingleses o americanos.

Por fin, desembarcamos en el muelle; culis machos y hembras transportando mercancías, pendientes a los extremos de un bambú, colocado sobre el hombro, culis de silla asaltándote con las de mano o literas, único medio de locomoción en estas regiones, agentes de policía india con sus abultados turbantes encarnados, repartiendo bofetones y latigazos con que hacer entrar en orden a aquellas acémilas humanas del servicio público, y mucho europeo consagrado a sus tareas, constituyen el movimiento de la población; pero aquello no es China; las casas que veo son las de mis latitudes, la gente con coleta que circula por las calles es la hez del pueblo uniformemente vestida, y yo necesito la tela del abanico, los colores, la luz, el recamo de oro, los bordados en seda, el Oriente, en fin, con sus mandarines, sus tropas, sus mujeres, su industria, sus diversiones, su vida peculiar. «Ya le veo a usted a la caída de la tarde persiguiendo modistillas chinescas» --escribía a un amigo mío residente en Hong-Kong otro suyo de Madrid--, y yo, aunque sin instintos de pirata callejero, deseaba conocer en toda su integridad la fisonomía del Celeste Imperio. Luego iremos al barrio chino; ahora recorramos la ciudad europea.

Hong-Kong es una maravilla. Edificada en anfiteatro sobre una peña que hace cuarenta años no tenía ni una planta, asombra el ver lo que los ingleses han hecho de ella en tan corto espacio. Calles paralelas y escalonadas, abiertas a lo largo de la isla, te ofrecen por doquiera la grata sombra de sus amenos, elegantes y caprichosos jardines; porque es de notar que, aprovechando los accidentes del terreno, han edificado sus avenidas de modo que las calles no parecen calles; al lado de un templo ves una esbelta escalinata que conduce a la casa contigua, levantada sobre un terraplén con árboles; junto al graderío que te hizo subir, se abre una cuesta con artística ornamentación, que te hace bajar al _bungalow_ vecino; una tapia te oculta el _cottage_ que se alza sobre el promontorio de una colina interior; de modo, que la vista va de sorpresa en sorpresa, descubriendo aquel sembrado de moradas espléndidas entre una vegetación artificial, y de fortificación en fortificación, de paseo en paseo, de la iglesia al club, del teatro al hospital, subes por magníficos caminos en zig-zag, hasta el pico Victoria, donde se halla el semáforo y desde el que abarcas todo el panorama de la rica colonia inglesa.

El mando superior de la isla es conferido por la corona inglesa a un gobernador, con la categoría (aunque civil) de vicealmirante y comandante en jefe, que preside los dos Consejos, ejecutivo y legislativo. La administración comprende la secretaría colonial, el tesoro, obras públicas, registro y correos.

La de justicia tiene tres jurisdicciones, la Suprema corte o audiencia, la corte de policía o tribunal sumario y de primera instancia, y la corte de marina. La institución del jurado existe para lo civil y lo criminal.

Además del pontón destinado en la bahía a hospital militar, hay en la población un hospital civil para europeos, otro para chinos, otro para variolosos y otro para la marina.

Hay ocho o diez centros de enseñanza pública, la mayor parte encomendados a los misioneros.

El material de incendios es una cosa admirable. En cada distrito estacionan varias bombas de vapor, que en pocos minutos se transportan al lugar del siniestro. Esto no quita para que el 25 de diciembre de 1878 se declarase un incendio a las once de la noche, y el 26, a las tres de la tarde, estuviesen convertidas en escombros seiscientas casas. Las libaciones de Navidad influyeron mucho en ello.

Fue el espectáculo más imponente que he presenciado. En cuanto se da la señal de fuego, todo individuo con tienda abierta tiene obligación de mandar a los culis que están a su servicio, provistos de una linterna china de papel de colores, y vestidos con un saco de arpillera, en que consta la razón de la casa en grandes caracteres. Figúrate, pues, toda la población dominando las alturas de la ciudad, la gente de los barrios amenazados por el incendio salvando sus muebles, los culis transportándolos a hombros en medio de la gritería más espantosa y de la confusión menos descriptible, toda la fuerza armada de la plaza y la de los buques surtos en la bahía prestando su concurso, el gas apagado, las calles convertidas en ríos y en campamentos, la dinamita y el cañón derribando manzanas enteras, y en el fondo aquella hoguera colosal, de la que, como chispas, se desprendían millares de linternas en todas direcciones, y que convertía el mar en un espejo de fuego: comprendí a Nerón.

La vida en Hong-Kong, como país comercial, tiene pocos atractivos. Algunas familias desperdigadas pasean por este o el otro vericueto, como medida higiénica; pero sin un punto fijo de cita para el _high-life_. Hay alguna que otra reunión, y un teatro inglés, al que apenas asisten señoras: verdad es que estas son escasas. En cambio el hombre se divierte mucho a la inglesa, es decir, haciendo excursiones campestres y desarrollando las fuerzas físicas en ejercicios gímnicos. Como no hay cafés públicos, existen un club alemán, otro portugués y otro parsi, pero ninguno puede compararse al británico, que es un verdadero modelo. El ingreso cuesta treinta duros y cuatro la cuota mensual; el edificio, suntuoso, pertenece a la sociedad, que ya no sabe en qué invertir el dinero que le sobra; del seno del mismo club emanan multitud de sociedades de _sport_, tales como el club de regatas, el de carreras, el de declamación, el de conciertos, el juego de pelota con variadísimas manifestaciones, la lucha de la maroma, en la que dos bandos tiran de los extremos de una cuerda hasta atraerse el uno al otro; por supuesto que para cada cosa tienen su magnífico local _ad hoc_, no siendo el menos notable las praderas que les sirven de trinquete; el gobernador y los notables presiden muchas de estas fiestas, y a todas tiene derecho el miembro del club general.

En este puede decirse que vive la parte europea masculina de Hong-Kong. Es su Bolsa. Allí escribe su correo en magnífico papel que, a granel, y con preciosos membretes, anda tirado por las mesas, y recibe la correspondencia que en un cuadro está a merced del que la quiera tomar, sin que se le ocurra hacerlo nunca mas que al interesado. En el salón de lectura hay todos los periódicos notables del mundo; de la biblioteca, rica en obras sobre la China, toma el socio los volúmenes que le da la gana y se los lleva a su casa, dejando en cambio un recibo. Hay un _bar-room_, o sitio de bebidas, un _lunch-room_ o puesto de fiambres para el tente-en-pie, y un _diner-room_ o comedor, donde almuerza y come muchísima gente, teniendo sus platos huecos, que se llenan de agua caliente en el invierno, y su hielo, pancas y ventiladores para el verano. Existen trece dormitorios, con el objeto de que el socio que llegue de fuera esté seguro de tener cuarto donde pasar la noche, aunque las fondas estén atestadas. Y al efecto, cada uno que se sucede toma su turno; de modo que cuando arriba un décimo-cuarto huésped, el número uno se va con la música a otra parte, pues se supone que ya ha debido tener tiempo de procurarse posada. Lo que se consume no se paga hasta fin de mes, a la presentación del _ticket_, o boleta, que por cada cosa ha firmado el socio, así es que los dependientes, todos chinos, no pueden robar ni un céntimo. Magníficos billares, tocadores espléndidos y salones confortabilísimos completan este prototipo de casinos, cuya administración corre a cargo de un solo dependiente inglés con el título de secretario.

La vida es cara en Hong-Kong. Una casa, no muy grande, cuesta ochenta duros al mes y ciento cincuenta el orificarle a uno cinco muelas. En las fondas se paga cuatro duros por día, sin los vinos, y cinco reales en el Club por una copa de licor cualquiera.

Pero dejemos ya todo lo que huela a Europa y corramos en busca de cosas celestes.

En _Queen’s road_, o sea en la arteria principal, alternan con establecimientos europeos, multitud de tiendas chinas, cuyo aspecto en nada difiere de las que vemos en nuestra casa, a excepción de las mercancías que en ellas se expenden.

Trabajos en marfil, filigranas de plata, vasos de porcelana, pendientes de jade (piedra verde de gran valor en estas regiones), juegos de ajedrez, abanicos de concha y de laca, muebles de maqué y otras industrias parecidas, yacen en anaquelerías y escaparates, relativamente limpios, pero sin agrupación artística. Las muestras de los bazares son unas planchas de madera rojas o negras, colocadas en las puertas verticalmente y de canto como columnas, con caracteres chinos de relieve y dorados, que constituyen el mejor adorno posible, pues sabido es que la escritura china es un acabado modelo de elegancia en dibujo. En el fondo y detrás del mostrador, uno o dos chinos macilentos aguardan su presa. El mueblaje es invariable, como el de todo el Celeste Imperio. Sillas o sitiales, en ángulos rectos, de una madera oscura, casi negra, con más o menos tallado, según su riqueza, y con asiento por lo común de piedra, con unas mesas pequeñas, rectangulares también, con su tapa de mármol incrustada en el marco. Con estas tiendas alternan algún bazar japonés, con sus elegantes productos de idéntica fisonomía, pero más artísticos que los chinos, y mercaderes parsis e indostanes con sus cachemires, telas de la India y mantones de capuchas, hechos con retalitos del tamaño de dos reales, cosidos entre sí, y que parecen remiendos, de los que no compré uno porque me pidieron por él más de mil pesos, y era usado.

Por fin, a la terminación de _Queen’s road_, en el extremo occidental de la ciudad, empieza el barrio chino. ¡Horror! ¡Abominación! ¿Y para esto he empleado treinta y ocho días y me he expuesto a las contingencias de un viaje de tres mil leguas? Figúrate unas casuchas de ladrillo gris azulado, sin enlucido de yeso, ni por dentro ni por fuera, con una puerta y una ventana embutidas en dos pilares de mampostería, porque es preciso que así sea, a fin de que no entren los espíritus maléficos. Unos gruesos barrotes de palo en sentido vertical hacen de cancela. En cada una de estas viviendas habitan treinta o cuarenta individuos, la mayor parte con el torso desnudo, destilando pringue, viviendo entre estiércol, en compañía del marrano y de las gallinas, ejerciendo su industria en colaboración con otro artesano de índole distinta. Así media tienda pertenece a un sastre y la otra media a un platero o pintor de retratos.

Todo son abacerías, expendedurías de verduras, pescado salado y objetos de culto para las pagodas, tocinerías, zapateros remendones, armeros y artículos de ferretería oxidados por el moho y la incuria. En fin, el rastro de la grasa, de la fetidez y de la basura elevado al infinito. Ya hablaremos de ello al ocuparnos detenidamente de los usos y costumbres locales. Por hoy basta, pues al ver que en vano sería buscar en Hong-Kong la tan deseada tela del abanico, me falta tiempo para abandonar este muladar indígena y hacer rumbo hacia Macao.

[Ilustración]

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Macao, 30 de abril de 1879.

Querido amigo: Un elegante vapor de ruedas, estilo americano como los del Misisipí, pintado de blanco y con la gran cámara a proa sobre cubierta, te hace recorrer en tres horas y cuarto, y por la suma de 3 duros, las cuarenta millas que separan a Hong-Kong de Macao. Las segundas están en el través del barco. Los chinos, cualquiera que sea su categoría, no son admitidos más que en la cala.

Al ponerse en marcha el buque, lo primero que te llama la atención es un guardián que, con un sable desnudo, vigila una escotilla de proa, que comunica con la cala, y que antes ha tenido cuidado de tapar con unos barrotes de hierro, a los que ha echado la llave.

Otro centinela, igualmente armado, custodia la escalera que desciende al sollado. Por último, en la cámara hay dos panoplias con machetes, puñales, carabinas, revólveres y municiones de reserva, con un letrero que dice: _loaded_, es decir, cargados. Son precauciones tomadas, invitaciones hechas al viajero para el caso probable, y antes muy frecuentemente reproducido, de que los chinos se subleven al pasar por las _Islas de los Ladrones_ y entreguen la tripulación a los piratas que infestan estos mares y que no perdonan vidas ni haciendas.

Por fin, llegamos a Macao, pequeña península que afecta la forma de una S, en cuya cabeza y tripa existen unas fortificaciones. La curva inferior es el puerto interior, en la desembocadura del río. La bahía, huérfana de todo buque que no sean las lorchas chinas y sin casi calado, la representa el semicírculo entre el cuello y la cabeza, en cuyo muelle está situada la _Praia Grande_, la mejor o la única calle de la ciudad. Las demás, abiertas paralelamente a esta sobre la colina, y las transversales, son callejones tristes, sombríos, conventuales, acusando pobreza, ruina y privaciones. El barrio chino, idéntico al de Hong-Kong, se extiende por la espalda de la S desde la embocadura del río hasta la nuca, de la que arranca un istmo, el que liga la isla al continente chinesco, largo de un kilómetro y ancho lo suficiente para que un coche pase por él sin caerse al agua, si no se desvía del centro. Al cruzar la bahía, Macao, del que solo se ve la _Praia Grande_, parece un pequeño Nápoles; después se cree uno en un pueblo de Aragón o de Castilla en pleno siglo XVI.

No voy a hacer historia, ni te enseñaría nada diciéndote que esta es la primera factoría europea que el arrojo de los portugueses abrió en los mares de China. Tampoco te importa saber que el mando de la isla esté confiado a un gobernador, teniente de navío; que existen un juez de derecho, un procurador de asuntos sínicos, una oficina de hacienda, encargados de obras públicas, sanidad, capitanía de puerto, una guarnición al mando de un comandante, jefes de fortificación, y media docena más de funcionarios portugueses, todos ellos amabilísimos y de franco y abierto carácter. Entre la colonia lusitana figura un señor don Lorenzo Marqués, dueño de una casa con un espacioso parque, en el que se encuentra la gruta de Camoens, compuesta de dos peñascos verticales y uno horizontal, apoyándose en aquellos a semejanza de _dolmen_ o altar druida, y en la cual el desterrado vate compuso la mayor parte de sus _Lusiadas_. Un templete con el busto de Camoens, y algunas estrofas de su poema esculpidas en mármol, alternan con ditirambos de poetas modernos de todas las naciones, figurando en muy buen lugar una octava de don José Heriberto García de Quevedo, ministro que fue de S. M. Católica en China.

Las señoras europeas son nones y no llegan a tres, como canta el dicho. De la raza macaense no sé qué decirte para darte una idea de su fealdad. Es imposible que nada en el mundo se parezca al cruzamiento de chino con portugués, ya de la metrópoli, ya de sus posesiones de Goa en la India, Timor en Oceanía o Cabo Verde y demás establecimientos del África occidental. Imagínate un _bull-dog_ con vestimentas humanas, y te quedas atrás. Por supuesto, no se tratan con ningún europeo, ni se las ve a ellas en ninguna parte; deben estar enmohecidas. Por las tardes se colocan detrás de las persianas (cierre ineludible de todo hueco de Macao), y desde allí ven sin ser vistas. Los días de fiesta van a misa, vestidas de negro, y cubiertas con un enorme manto de seda del mismo color, que pende hasta las rodillas, y en el que esconden la cara, en lo cual obran con gran prudencia; además, las que pueden usan silla de mano, con puerta apersianada también; es su único ventilador. Te aseguro que al contemplar aquellas recatadas damas, cruzando en sus literas las tortuosas y empinadas calles de la ciudad, alumbradas de noche por algún modesto reverbero de aceite, y empedradas de pedernal y guijarros en punta, le da a uno gana de calarse un chambergo con pluma, embozarse en un tabardo y ceñir una espada de cazoleta, para no destruir la armonía de un cuadro digno de la época de Velázquez.

Abolida en 1874 la emigración de culis o trabajadores para Cuba y el Perú, solo recurso, pero beneficioso, con que contaba Macao desde que la apertura del puerto de Hong-Kong le privó del gran tráfico con la Europa y la Oceanía, esta mísera colonia no cuenta con industria de ninguna clase, si no es la torrefacción del té, de la que están encargadas casas chinas. Se puede decir que los macaenses se hallan sumidos en la indigencia. Como puerto libre, el gobierno portugués no saca de ella más rendimientos que los que el juego público le procura; porque hay que notar que Macao es el Mónaco o el Baden-Baden del Celeste Imperio. El juego prohibido, perseguido y castigado severamente en todo el imperio, se ha refugiado en Macao, a la sombra de la bandera lusitana.

El chino, que posee todos los vicios, no podía dejar de ser jugador, y lo es, en efecto, en grado superlativo. Además del ajedrez, las damas, el billar y el volante, para el que se sirve de los pies con suma destreza, tiene cartas más numerosas que las nuestras (128 naipes), pero en estrechas tiras, como los dedos de las manos, y con caracteres en vez de figuras; dominó, con 32 fichas de madera, al que llama _Paí_; el _atchen_, o juego de tres dados, en que sobre un cartón, en que figuran los seis números de uno de aquellos y las combinaciones de los tres, apunta el jugador, y al que por onomatopeya se le da el nombre de _Kulú-Kulú_, pues imita el ruido que producen los dados cuando el banquero los agita sobre un platillo cubierto de una pequeña taza de porcelana. Estos y otros muchos juegos se juegan en mitad de las calles del bazar chino por culis y arrapiezos que apenas pueden tenerse en pie, y es muy frecuente el ver a dos chinos comiendo naranjas y apostando sobre los gajos que tendrán, o, a defecto de otra cosa, sobre las sillas que pasarán en tal transcurso de tiempo por la esquina en que están sentados.

Ya que de sentarse hablo, te diré que la manera que tienen de hacerlo los chinos y todos los pueblos del Asia es especial, e incomprensible que con ella hallen reposo. Abren las piernas, se dejan caer en cuclillas, sin tocar al suelo, y así se pasan horas enteras. Pruébalo y me contestarás.

Pero volvamos a los juegos y consignemos los tres más productivos para el gobierno portugués.

El _Pakopio_ es una especie de lotería antigua o primitiva, en la que, mediante una contribución, un comerciante chino es banquero. Al efecto, distribuye en todas las tiendas del bazar unos papeles o billetes como cartones de lotería con cuarenta caracteres arriba, y otros cuarenta abajo. Llega el jugador, y con un pincel borra a su elección cinco caracteres de la sección superior y otros cinco de la inferior, arriesgando en ellos el dinero que quiere. El banquero a su vez, y a una hora dada, antes de que empiece el juego en las tiendas expendedoras de billetes, ha borrado a su arbitrio otros cinco caracteres de cada sección, y depositado esta boleta en una caja, cuya llave tiene un delegado gubernativo. Ábrese esta al medio día, y los jugadores cuyas combinaciones son iguales a la que el banquero imaginó, cobran el premio proporcional a la suma expuesta. La operación vuelve a repetirse a las doce de la noche. ¡Dos extracciones diarias! ¡Oh moralidad!

El segundo en jerarquía superior es el _Fantan_. Doce son las casas, entre primera, segunda y tercera clase, que se consagran hasta media noche a tan plausible tarea, dejando al fisco un rendimiento de cuarenta y cuatro mil duros anuales en concepto de contribución.