El amor, el dandysmo y la intriga

Part 2

Chapter 24,132 wordsPublic domain

--Es una carta corriente; no sé si te servirá de algo. Si vas a verle a Gamboa no le hables de mí. Es un enemigo mío furioso.

--No le hablaré; no tenga usted cuidado.

--Bueno. Ahora vamos a hacer una sociedad para la casa de comisión que tenemos que fundar.

--¡Una sociedad! ¿Entre quiénes?

--Tú serás uno de los socios.

--¿Y el otro?

--El otro será el señor Etchegaray.

--¿Y quién es el señor Etchegaray?

--El señor Etchegaray es un ente de razón.

--No sé lo que es eso.

--Pues es un personaje que no existe.

--¿Y para qué lo necesitamos?

--El dará seriedad y gravedad a tu casa de comisión; así, cuando tú alquiles un piso bajo con una pequeña oficina, pondrás una placa en la que se leerá:

ETCHEGARAY Y LEGUÍA CASA DE COMISIÓN

--Muy bien. Me tendrá usted que pintar qué clase de pájaro es este Etchegaray, para que no cometa alguna pifia si me preguntan por él.

--Etchegaray tendrá unos diez años más que yo: unos cincuenta y cinco a cincuenta y seis. Habrá estado en Méjico...

--Lo mejor sería que hiciera usted un documento de identificación completo.

--Lo voy a hacer ahora mismo.

Aviraneta se puso los anteojos, tomó una hoja de papel, y escribió:

«Dominique Michel Etchegaray Leguía.»

--¡Hombre! ¡Leguía! ¿Es pariente mío?

--Sí; tío tuyo y primo mío.

* * * * *

«Nacido en Bidart, Bajos Pirineos, el 21 de diciembre de 1782; estado, viudo; profesión, comerciante; estatura, alta; pelo, canoso; ojos, garzos; nariz, larga; barba, afeitada; color, sano...»

--¿Tiene hijos?

--Uno, que está en América establecido.

--¿En qué República?

--En Méjico.

--¿Qué ha hecho mi tío por allá?

--Ha sido comerciante y minero en California.

--¿Tiene parientes en Francia?

--No; únicamente una hermana en España.

--Que es, naturalmente, tía mía.

--Claro.

--¿La haremos soltera, o casada?

--Soltera.

--¿La tía Juana?

--Bueno.

--¿Dónde vivirá?

--En Vergara, si te parece.

--Muy bien.

--Ya que estamos de acuerdo en la existencia de este ente de razón, haré que mañana Iturri, el dueño de esta fonda, saque en la subprefectura, donde tiene un amigo, documentos de identificación de Dominique Etchegaray, avencindado en Bidart; luego haremos la escritura de sociedad comercial entre Etchegaray y tú. Etchegaray será socio tuyo y andará yendo y viniendo de España. Cuando tú pongas tu oficina, yo escribiré siempre a nombre de Etchegaray.

--Ahora, ¿qué tengo yo que hacer?

--Nada. Sigues en la fonda de San Esteban, donde dirás que cuando quede vacante un cuarto alto y barato te lo reserven. Mañana por la mañana irás a un comercio de antigüedades de la calle Salie: el comercio del señor Falcón. Allí verás a doña Francisca González de Falcón, que es española, y ella te irá resolviendo las dudas que tengas, dándote el dinero que necesites e indicándote lo que debes hacer. Nos comunicaremos por carta; tú me escribirás a nombre de Iturri; yo, a nombre de Etchegaray, cuando la casa de comisión esté establecida. Mientrastanto, si te necesito, te avisaré.

--Bueno.

--Eres un joven de una familia acomodada del comercio, a quien han enviado a aprender francés a Bayona y a estar fuera de la lucha carlista.

--Muy bien. Comprendido.

Me despedí de Aviraneta y fuí marchando después hacia el centro del pueblo. Mi vida en Bayona comenzaba de una manera rara y pintoresca.

IV

ALGO DE MI INFANCIA

NO sé si lo que he contado de mí mismo en esta larga obra habrá bastado a los lectores para conocerme.

De chico fuí yo un poco bárbaro, valiente, reñidor y turbulento. Tenía un amor propio exagerado. Esto hizo, principalmente, que no pudiera acomodarme a vivir en mi casa con mi padrastro. Era, sobre todo, terco, y cuando me decidía a hacer alguna cosa no retrocedía jamás.

Los compañeros de la escuela, en Vera, que lo sabían, se burlaban de mí.

Una vez estábamos subidos a una tapia muy alta, y dos chicos me dijeron:

--¿A que no te tiras de aquí?

--A que sí.

Me tiré; al caer me agaché, me di con una rodilla en un ojo, y lo tuve hinchado cerca de un mes.

Cuando íbamos a bañarnos al Bidasoa, al comienzo del verano, yo era de los primeros que se tiraban al río.

Al caer al agua y sentir que estaba helada me ponía a temblar, pero luego me vengaba.

--¿Cómo está el agua?--me decían los chicos; y yo, tiritando de frío y nadando, decía--: ¡Caliente, caliente!

Una vez fuimos a las fiestas de Pamplona, en donde se hace un encierro que a la mayoría le parece bárbaro, pero que yo lo encuentro bien. La gente del pueblo marcha por las calles delante de los toros bravos que se han de lidiar excitándolos y desafiándolos.

Para mí lo repugnante en los toros es que un cobarde pueda comprar con dinero el derecho de ver cómo otro hombre se expone a que lo maten; pero si el espectador es capaz de ser actor y de exponerse a su vez a la muerte, entonces los toros constituyen una fiesta brava y atrevida.

Si todos los espectadores de una plaza fueran capaces de torear, si no vieran en el torero mas que una superioridad de agilidad, de habilidad o de talento, pero no de valor, los toros me parecerían, como digo, bien.

Por eso yo dejaría las capeas de los pueblos, aunque murieran en cada fiesta cuatro o cinco, y suprimiría las corridas de los profesionales.

Estando en el encierro de las fiestas de Pamplona corrí delante de los toros, y al llegar a la plaza me encontré con un ribereño que me dijo:

--¿A que no haces lo que hago yo?

--A que sí.

Se puso él en el camino por donde tenían que pasar los toros con la boina en la mano. Yo hice lo mismo. Los toros pasaron por delante, y no nos mataron porque sin duda tenían más buen sentido que nosotros.

Otra de mis aventuras sonadas la pensé imitando a mi tío Fermín, por quien sentía gran admiración. Como él había escalado el castillo de Fuenterrabía, yo pensé que debía escalar algo, y escalé la casa de una muchacha, hija del enterrador, que me gustaba.

Tenía en mi casa guardada una cuerda para cualquier evento, con un gancho de hierro en la punta. Una noche tiré mi cuerda con su gancho al balcón de atrás de la casa de la muchacha; dió la coincidencia de que agarró, y subí. Las maderas del balcón estaban cerradas. Decidido a llevar adelante la aventura, escalé el tejado y vi la chimenea rota. Cabía yo por allí. Sujeté el gancho de la cuerda, me metí por el tubo de la chimenea y bajé a la cocina del enterrador, envuelto en hollín y asustando a la familia.

Varias otras calaveradas de esta clase hice de chico, y la que me obligó a salir de Vera fué el haberle acompañado al general Oráa en un encuentro que tuvo con los carlistas cerca del pueblo.

Yo era liberal rabioso y anticlerical furibundo. Consideraba a mi tío Fermín como a un héroe, y recordaba sus frases y su odio por los clérigos. Habían excitado también mis rencores antifrailunos los frailes del convento de capuchinos del pueblo próximo al barrio de Alzate, que nos enseñaban a los chicos la Gramática, las Matemáticas y el Latín a fuerza de pescozones y de puntapiés.

Hay que reconocer que por entonces era la época en que los dómines, fueran laicos o seglares, tenían como principio pedagógico el apotegma: la letra, con sangre entra.

Los dos frailes encargados de la enseñanza superior en el convento eran el padre Gregorio y el padre Aquilino. El padre Gregorio era hombre simpático, y nos enseñaba Matemáticas. Se desacreditó porque, según se dijo, visitaba a una muchacha del pueblo que acababa de casarse con un zapatero. Una noche el marido sorprendió al fraile en una habitación de su casa. El zapatero era un filósofo, y no dijo nada; cogió las ropas del fraile, interiores y exteriores, se las echó al hombro y fué a casa de su suegra.

--Aquí tiene usted--le dijo--lo que había ahora en la alcoba de su hija--y echó al suelo las ropas del capuchino.

La suegra puso el grito en el cielo, fué al convento, intervino el prior, y llevaron las ropas al padre Gregorio, quien tuvo que marcharse poco después de Vera.

El otro padre, el padre Aquilino, era un bruto muy malhumorado y muy austero que nos zurraba a los chicos como quien varea lana. Yo le tenía un odio profundo; así que, al quemar las tropas liberales el convento y dispersar a los frailes, me alegré muchísimo.

El incendio se verificó cuando pasó por Vera el general Rodil; y yo estuve presenciando cómo salían las llamas de los tejados y celebrándolo. Por este motivo tuve un gran altercado con mi padrastro, que se reprodujo cuando pasó Zuaznavar con una compañía de chapelgorris, y luego cuando vino el general Oráa. Yo tenía entonces diez y seis o diez y siete años. Todo el pueblo estaba escondido a la llegada de las tropas liberales. Yo me presenté y hablé con el mismo Oráa, que era un viejo navarro, de cara de malhumor, pero muy simpático.

Sería esto hacia abril; hacía un tiempo admirable. Oráa me preguntó primero quién era; le dije que era sobrino de Fermín Leguía, y liberal. Luego me pidió detalles sobre la topografía del terreno. Los carlistas estaban enfrente del pueblo, en un alto, que se llama Casherna gaña.

--Vamos a echar a los carlistas de ese monte--me dijo Oráa--. ¿Quieres venir a verlo?

--Si me dan un caballo, sí.

Me monté a caballo y, al lado del general, presencié el combate. Estaba entusiasmado oyendo los tiros. Yo creía que los carlistas se defenderían mejor, y que los nuestros atacarían desde más cerca. Al cabo de unas horas, los carlistas se retiraron. Entre los liberales había muchos muertos, y vi pasar hacia el cementerio diez o doce; entre ellos, me dijeron que estaba un abogado, Goicochea, que mandaba una de las compañías de cazadores de Isabel II.

Esta nueva aventura con Oráa alarmó mi casa; mi padrastro afirmó que acabaría en presidio o en el patíbulo; mi madre me dijo que era mejor que me marchara del pueblo. Al día siguiente iba camino de San Sebastián...

Con estos datos de la infancia creo que se puede componer mi retrato moral. Respecto a lo físico, era alto, fornido, con la cara redonda, los ojos pardos y el pelo negro y ensortijado. Aviraneta me dijo varias veces que me encontraba cierto aire neroniano. Afortunadamente, el parecido con Nerón no pasaba del aspecto.

V

LA TIENDA DE ANTIGÜEDADES

A la mañana siguiente de llegar a Bayona salí del hotel y pregunté por la tienda de Antigüedades de Falcón. Estaba en la calle de la Salie.

La calle de la Salie era una calle antigua, con algunas casas góticas, modernizadas, de arcos apuntados, calle de burguesía comerciante, con almacenes profundos y bien surtidos y tiendas abarrotadas de género.

La tienda de Falcón estaba en la planta baja de una casa grande y negra. Se llegaba a ella por unos cuantos escalones, tenía una portada pintada de nogal y un escaparate pequeño, en donde se exhibían un secreter de laca, varios jarrones, abanicos, porcelanas, jarras de cobre, figuritas, objetos de plata y miniaturas.

Dentro, el almacén estaba repleto de muebles, cuadros, estatuas, bordados, y tenía una dependencia interior, más repleta aún, que daba a un patio obscuro.

En medio de la tienda había una mesa de mármol estilo Luis XIV y varios sillones dorados, en los que se sentaban a hacer tertulia algunos parroquianos y amigos.

Era difícil, a primera vista, darse cuenta clara de lo que allí había amontonado, porque cada vez que se entraba se hacía un descubrimiento. Detrás de dos o tres vargueños españoles aparecían relojes ingleses de pared; detrás de un armario, cuadros antiguos, grabados muy perfilados y groseras litografías bárbaramente iluminadas. En las vitrinas se veían camafeos, puños de bastón, fosforeras, tabaqueras y relojes de repetición con esmaltes primorosos.

DOÑA PACA

Doña Francisca González de Falcón era una mujer de treinta y cinco años, gruesa, morena, de ojos negros. Su marido, el señor Falcón, era hombre delgado, fino, que estaba casi siempre fuera, pues viajaba mucho por Francia y por España, andaba por rincones raros y traía cajas con preciosidades. El señor Falcón coleccionaba medallas, y en esta afición ponía todo su entusiasmo.

Los Falcón tenían cuatro hijos, que estaban por entonces en el colegio.

Entré en la tienda de la calle de la Salie y me encontré con doña Paca. Me presenté a ella; me hizo sentar y hablamos. Sabía a lo que yo iba.

--Le conozco a Aviraneta ya hace muchos años y somos muy amigos--me dijo--, pero estamos de acuerdo en no hablar el uno del otro, y cuando nos vemos pasamos por desconocidos.

--Es decir, que con usted no hay que hablar de don Eugenio ante la gente.

--Es lo mejor. A él tampoco le conviene que se hable de adónde va y adónde viene. Aviraneta me ha recomendado a usted. Yo seré la encargada de dirigirle al principio en Bayona, de darle los informes necesarios y el dinero para ir viviendo.

--Muy bien. ¿Puedo venir a la tienda con frecuencia?

--Sí; cuando usted quiera.

--Esto será entretenido.

--Ahora, en el verano, menos, porque la gente se marcha. En otoño es otra cosa. Usted puede venir aquí cuando quiera; oiga usted y entérese usted de lo que le interese. ¿Sabe usted francés?

--Muy poco.

--Pues es conveniente que lo aprenda. Yo conozco a un señor que le dará lecciones muy baratas. Es un profesor: el señor Serret. Vive en la calle de la Platería. Aquí tiene usted sus señas.

--¿Así que yo puedo venir aquí y estarme horas y horas?

--Sí; todas las que usted quiera.

Me despedí de doña Paca y fuí a ver al señor Serret. Era éste un hombre alto, flaco, seco, áspero y severo, con el pelo gris. Tenía la boca recta, dura; vivía retirado y modestamente, con una familia numerosa.

Yo me figuraba que sabía algo de francés, pero, cuando llevé cuatro o cinco lecciones con el profesor, comprendí que no sabía nada.

SARA LA JUDÍA

Al día siguiente, por la tarde, volví a casa de la Falcón. Doña Paca tenía una dependiente, una muchacha judía del barrio de Saint-Esprit, delgada, morena, de aire un poco triste, con los ojos como dos azabaches, la nariz corva, los labios gruesos y el pelo negro, rizado. Esta muchacha se llamaba Sara, hablaba muy bien castellano y era muy inteligente.

En los primeros días, en que no conocía a nadie, fué para mí un gran recurso ir a hablar con ella.

Por la noche, a la hora de cerrar la tienda, solía venir la madre de Sara a acompañarla. Era una vieja judía, gruesa, mal vestida, con los ojos negros e inquietos.

Sara me habló de la vida triste que llevaba en su rincón de Saint-Esprit; el padre, malhumorado e indiferente; la madre, llena de suspicacia por todo, no queriendo que nadie entrase en su casa y cerrando de noche las puertas y ventanas con barras de hierro, como si viviera en un país peligroso.

El hermano de Sara venía también con frecuencia. Era un jorobado, con unas manos largas y delgadas, tipo muy pálido, con aire febril, muy inteligente y muy triste.

Me hubiera dejado llevar por el atractivo de hablar con Sara y la hubiera galanteado, pero comprendí que doña Paca Falcón me espiaba, y esto bastó para no seguir adelante en mis proyectados galanteos.

En frente de la tienda de antigüedades había una camisería, y entre los dependientes, una señorita del mostrador, muy bonita y muy displicente, con la cabeza llena de rizos. Solía venir con frecuencia a casa de doña Paca a cambiar dinero, y yo hablaba con ella, y la acompañé un domingo en los Arcos.

En general, estaba en Bayona aburrido. Contribuía al aburrimiento el calor, que fué grande aquel verano, y el que no hubiera gente en la ciudad, pues todo el mundo distinguido se había marchado a tomar los baños de mar a Biarritz.

Mis únicos recursos de distracción eran el hotel y la tienda de doña Paca. El hotel servía de punto de cita a muchos jefes carlistas, que desde allí marchaban a sus respectivos destinos. Muchas veces me enteraba de lo que decían, porque, como buenos españoles, tenían la costumbre de hablar alto.

LAS CORREDORAS

En la tienda de la Falcón fuí conociendo a corredoras de alhajas y de muebles, gente de vida muy pintoresca. A una de éstas le llamaban la Condesa. Era una señora alta, esbelta, que debía haber sido muy guapa, pero que estaba ya marchita. Hablaba mucho mejor el francés que el castellano, a pesar de que decía que era española, y tenía grandes conferencias con doña Paca, que la trataba secamente.

Otra de estas corredoras era la señora Hidalgo. La Hidalgo era una vieja gruesa, algo coja, muy ocurrente y muy insinuante, que tenía una conversación divertida y amena. Ella fingía que hacía sus gestiones comerciales de compras y ventas por amistad, por remediar la situación precaria de alguna familia carlista, pero cobraba sus corretajes. Esta mujer vivía con un filólogo, agricultor y libelista, que se llamaba Martínez López. La señora Hidalgo llevaba una cartera grande, como un maletín, donde guardaba una porción de cosas; de allí solía sacar abanicos, fosforeras, relojes, collares, papeles con piedras preciosas, y discutía el precio de estas joyas con doña Paca, diciendo ingeniosidades de cuando en cuando, que hacían reír a todos los que la escuchaban.

Había otros españoles que trabajaban en la casa: un carpintero madrileño, muy hábil para imitar muebles antiguos y hacer falsificaciones, que se llamaba Joaquín García; un cerrajero riojano, Horcajo, que tenía una especialidad semejante en los hierros, y una mujer, Angela, que componía y arreglaba los encajes y tapices rotos y hacía unos zurcidos maravillosos, que apenas se notaban.

Doña Paca Falcón prefería a los españoles para tales menesteres, no por patriotismo, sino porque, aislados como estaban en el pueblo, cobraban menos por sus trabajos.

La primera semana de Bayona me pareció aburridísima. No le veía a Aviraneta ni sabía nada de él.

A los diez o doce días don Eugenio me escribió para que fuera a la fonda de Iturri.

VI

NUEVAS INSTRUCCIONES

LLEGUÉ al anochecer al comedor de la fonda de Iturri y me encontré con Aviraneta.

--Me marcho--me dijo--, pero tú te vas a quedar aquí.

--Lo siento.

--¿Te aburres?

--Un poco.

--Te irás acostumbrando. Ya está hecha la escritura con el supuesto Etchegaray. Iturri tiene un poder del ente de razón. Tú tienes que ir mañana con Iturri a la notaría a firmar.

--Bueno.

--Luego buscarás un piso bajo y pondrás la casa de comisión.

--Muy bien, todo se hará. ¿Y qué le ocurre a usted para marcharse?

--Gamboa, el cónsul, que me hace la guerra a muerte y me cierra todos los caminos.

--¿Y por qué?

--Gamboa es amigo y agente de Calatrava, y éste es, a su vez, compadre de Mendizábal y de Gil de la Cuadra. Todos ellos son masones escoceses y enemigos míos, y me persiguen; no quieren que yo salga adelante en mis propósitos.

--¿Y qué le ha pasado a usted con Gamboa?

--Al llegar aquí, sin salir, sin hacer el menor alarde, he visto que la policía francesa me vigilaba como a un criminal. Cansado, he ido a ver al cónsul, le he mostrado mi nombramiento del Ministerio y le he dicho a qué venía. Gamboa ha examinado detenidamente mis credenciales, y he visto que ha quedado resentido.

--¿Por qué?

--Porque cree que vengo a quitarle atribuciones, a enmendarle la plana. Al día siguiente de mi visita a Gamboa, un empleado de la Subprefectura, amigo mío y de Iturri, un italiano, Pagani, me ha invitado a que vaya a allí a regularizar mi residencia y a visar el pasaporte. El subprefecto me ha sometido a un interrogatorio acerca del objeto de mi viaje, y me ha dicho que no puedo permanecer en Bayona.--Está bien--le he contestado yo--; entonces me iré. Al día siguiente ha venido a mi hotel el canciller del Consulado, Ignacio Vidaurreta, y me ha dicho que no puedo salir de Bayona. He ido a ver a Gamboa y hemos tenido un altercado. Ha aparecido la causa del resentimiento. Gamboa cree que el Gobierno le ha ofendido enviando una persona a su distrito para que dirija los asuntos políticos de la guerra como si él fuera un imbécil, y ha añadido que en su Consulado no puede haber más dirección que la suya, ni más agentes que los que él designe.--Eso, al Gobierno--le he replicado yo.--Al Gobierno y a usted--me ha contestado él--, porque mientras yo esté aquí en el Consulado, usted no podrá hacer nada.--Bueno; me iré a Perpiñán.--No irá usted, no le daré pasaporte.--Iré con el pasaporte de usted o sin él--le he contestado--. Así que me marcho en seguida hacia la frontera catalana. Si no puedo sostenerme allí, me iré a Madrid, pero tú seguirás aquí, porque es indispensable que tengamos en Bayona una persona de confianza. No te faltará el dinero necesario. El ministro o la reina darán para vivir. Aquí no creo que puedas perder el tiempo en absoluto. Si la cosa sale mal y no da resultado, habrás pasado unos meses en Bayona, habrás aprendido el francés, y eso será todo; si la cosa sale bien, habrá otras esperanzas.

--¿Tengo que cambiar de plan?

--No. Tú sigues en la fonda de San Esteban, y desde mañana buscas el piso para la casa de comisión. Doña Paca te indicará los mejores sitios y te ayudará a arreglar la oficina.

--Muy bien.

--Por ahora, amigo Pello, no te voy a dar un plan de campaña. Hazte amigo de toda la gente que puedas y de todas las mujeres que anden cerca de ti. No te enamores. Ya te basta con Corito. Una pequeña intriga amorosa bien llevada y sin escándalo, no está mal. Piensa que de que aquí puede salir tu porvenir. Respecto a tu amigo don Eugenio de Aviraneta, no hables nunca de él, ni para defenderle ni para atacarle. Tú no le conoces a ese señor.

--¿Respecto a los demás, no habrá que llevar tan lejos la prudencia?

--Sin embargo, acostúmbrate a hablar lo menos posible, sobre todo de política.

--No sé si podré.

--Habla de lo que hablen los demás; desconfía de asombrar a los otros con ideas originales y brillantes, y aprende a decir sólo lo que te convenga.

--Eso me parece muy difícil.

--¡Ah! ¡Claro! Eso no se consigue en seguida; pero tú tienes condiciones de diplomático, y ya te las arreglarás.

--¿Cree usted?

--Sí.

--¡Que sé yo!

--Naturalmente, como todos, tendrás tus tropiezos. La prudencia y la diplomacia no se improvisan: es cuestión de tiempo y de voluntad. De cuando en cuando recuerdas mi consejo, y cuando estés en camino de decir algo atrevido, piensas: ¿Si estaré diciendo una tontería? Si te hacen a ti una confidencia, guárdala lo mejor posible.

--Voy a matar en mí toda espontaneidad.

--Siempre queda espontaneidad. Otro consejo: Si te invitan a hacerte masón, no digas que no: acepta, pero sin entusiasmo. Si nadie te invita, no te presentes tú.

--Muy bien.

--Segundo consejo. Ahora no; pero si más tarde tienes algo importante que guardar, lo llevas al caserío Ithurbide, de Bidart, y lo dejas en el armario de mi cuarto. Siempre ve solo y aprende a guiar un cochecito.

--Sé guiar.

--Iturri tiene un tílburi, y te lo prestará siempre que lo necesites.

--Muy bien.

--Es importante en muchas ocasiones no tener más testigo que un caballo. Ahora nos vamos a quedar de acuerdo en los medios de correspondencia entre nosotros dos. Asunto de familia, sin importancia: carta corriente. Asunto político reservado, pero sin trascendencia: papel blanco y tinta simpática. Asunto político importante: papel amarillento, carta con plantilla número uno y tinta simpática. Asunto importantísimo: carta con papel azulado, con plantilla número dos y tinta simpática.

Aviraneta me dió dos frasquitos de la tinta simpática, las plantillas una y dos, y me explicó su uso.

--También convendría--concluyó diciendo--que escribieras un diario contando todo lo que vayas viendo, y haciendo una biografía de cuantas personas conozcas. Si haces esto que te aconsejo, nunca pongas nombres, sino anagramas.

--¡Bah! ¿Cree usted que el espionaje va a llegar a tanto?

--¿Quién sabe? Viviendo en un hotel el espionaje es fácil. Tú, como yo, puedes tener enfrente el espionaje masón y el de los curas, que aquí, en Francia, lo dirigen las congregaciones en que se mueven los jesuítas.

Dicho esto, Aviraneta se despidió de mí.

LA OFICINA