Chapter 2
¿Preguntarles semejantes barbaridades a sus novios? ¿Estaba loco Balder? Era imposible, ellos hubieran pensado terriblemente mal, confundiéndolas con unas locas o, en caso contrario, tratarían de sacar provecho en una dirección sexual.
No, no y no. Los novios estaban colocados en un especialísimo estado mental. Su trato requería determinadas precauciones, cierta técnica y : a un futuro esposo no se le manifestaban curiosidades que su estupidez puede considerar como síntomas de tendencias peligrosas.
—¿Y qué conversan ustedes entonces? —les preguntaba Balder perplejo, y ellas haciendo un gesto displicente que podía expresar , contestaban: —¿Y de qué quiere que conversemos? De tonterías.
Por tonterías entendían al apapanatado merengue del tema amoroso, el silencio de los que nada tienen que decirse, los convencionales: Balder se horrioizaba diez minutos, recordaba las conversaciones mantenidas con su esposa y reconocía que eran más o menos idénticas en estupidez a estas otras que le asombraban. Callaba preocupado. —¿Qué piensa usted, Balder?
—¿Qué quiere que piense? Me parece que todos somos unos hipócritas.
—Sin embargo no se puede vivir de otra manera.
Balder recapacitaba:
—Sí, se puede vivir. Lo que hay es que somos unos farsantes sin coraje.
—¿Qué debe hacerse?...
—¿Qué debe hacerse?... ¿qué debe hacerse?... lo grave es que mirando en redor no se descubre nada más que mentiras, y la gente se habituó de tal modo a ellas, que cualquier verdad, incluso la más inocente y accesible, les parece una injuria a las buenas costumbres.
Otras veces se preguntaba:
—¿Hasta qué punto estos hipócritas aparentan ignorar la verdad para tener pretextos de vivir como perfectos fariseos? ¿Será posible que sostengan a los extremos que lo hacen, su comedia?
Llegaba inevitablemente a una fatal conclusión:
—El hogar es una mentira. Existe nada más que de nombre. Substancialmente, lo que se define por hogar, es una pocilga, en la cual un macho, respetablemente denominado esposo, practica los vicios más atroces sin que una hembra, su respetable esposa, se de por enterada. Pero, ¿y los vicios existían? ¿Qué hogares podían ser aquéllos, donde tres vidas, padre, madre e hijo, con prescindencia del sexo, vivían internamente separados por el desnivel de sus experiencias?
La experiencia del padre era distinta a la de a madre. Y la del hijo, referida a estas otras dos experiencias, no guardaba ninguna simetría. Padre, madre, hijo, cada uno giraba vitales intereses distintos, con razones comunes de afecto a la cohesión. Frecuentemente, las razones consistían en disciplina, desconocimiento y temor al mundo, sensibilidad pareja, semejanzas psíquicas. Lo evidente es que los dedos de un cuerpo joven y las restricciones morales impuestas por vidas ya agotadas, creaban en el rincón de basura invisibles círculos de aislamiento. Bajo apariencia de comunión cotidiana, comunión de palabras o gestos, existían murallas y fronteras, parecidísimas a las que se interponen entre dos hombres que hallan idiomas distintos.
Dicho aislamiento, no tan sólo dislocaba de la comprensión a padres y a hijos, sino que apartaba también a los esposos. Cuando creían intimar, era porque conectaban bajezas análogas, superficialidades recíprocas. Sus entendimientos se tocaban en la tintorería.
Si Balder oía decir que un matrimonio , conjeturaba:
—¿Qué porquerías afines habrá entre esos dos cerdos?
Había descubierto singularidades curiosas, probablemente tan antiguas como la sociedad del hombre, y por ello, sin valor alguno:
Cuando más groseros, más inmediatos, más egoístas eran los deseos de un hombre o de una mujer, más fácilmente se conllevaban.
A un lacayo y a una mucama, o a un repartidor de leche y una cocinera, les resultaba menos difícil constituir un hogar socialmente respetable, que a una chiquilla respaldada por el petulante decoro de su familia burguesa y un infeliz cuyo ideal arrancaba de una base burocrática.
El lacayo o el repartidor de leche se habían confeccionado dos o tres ideas concretas respecto a la vida, así también la mucama y la cocinera, que con las dos o tres ideas maniobraban con éxito en la vida. En cambio los retoños de nuestra burguesía ríspida vivían en disconformidad. No sabían lo que ansiaban ni hacia dónde iban. Accidente que no le ocurría a la mucama ni al cocinero. Deseaban acumular dinero, y si venían hijos, éstos, en vez de desjarretarse en trabajos duros, que ingresaran a robar a la clase media, con el pasaporte de un título universitario.
Dicha etapa de civilización argentina, comprendida entre el año 1900 y 1930, presenta fenómenos curiosos. Las hijas de tenderos estudian literatura futurista en el Facultad de Filosofía y Letras, se avergüenzan de la roña de sus padres y por la mañana regañan a la criada si en la cuenta del almacén descubren diferencia de centavos. Constatamos así la aparición de una democracia (aparentemente muy brillante) que ha heredado íntegramente las raídas mezquindades del destripaterrones o criado tipo y que en su primera y segunda generación, ofrece los subtipos de los hombres de treinta años presentes: individuos insaciados, groseros, torpes, envidiosos y ansiosos de apurar los placeres que barruntan gozan los ricos.
Reconsiderando el fenómeno, Balder quedaba perplejo. Un terrible mecanismo estaba en marcha, sus engranajes se multiplicaban. Hombres y mujeres constituían hogares basados en mentiras permanentes. Simultáneamente con ello alardeaban tal afán de encumbramiento fácil, que a instantes el observador sentía tentaciones de colocar los orígenes de semejante delirio en la estructura de la industria cinematográfica norteamericana, confeccionada especialmente para satisfacer las exigencias primitivas de estos países rurales.
El cine, deliberadamente ñoño con los argumentos de sus películas, y depravado hasta fomentar la masturbación de ambos sexos, dos contradicciones hábilmente dosificadas, planteaba como única finalidad de la existencia y cúspide de suma felicidad, el automóvil americano, la cancha de tennis americana, una radio con mueble americano, y un chalet standard americano, con heladera eléctrica también americana. De manera que cualquier mecanógrafa, en vez de pensar en agremiarse para defender sus derechos, pensaba en engatusar con artes de vampiresa a un cretino adinerado que la pavoneara en una voiturette. No concebían el derecho social, se prostituían en cierta medida, y en determinados casos asombraban a sus gerentes de lujo que gastaban, incompatible con el escaso sueldo ganado.
Los muchachos no eran menos estúpidos que estas hembras.
Se trajeaban y dejaban bigotillo, plagiando escrupulosamente las modas de dos o tres eximios pederastas de la pantalla, a quienes las chicas del continente africano y sudamericano enviaban profusas declaraciones.
Un día cualquiera, estas muchachas manoseadas en interminables sesiones de cine, masturbadas por sí mismas y los distintos novios que tuvieron, con un imbécil. Éste a su vez había engañado, manoseado y masturbado a distintas jovencitas, idénticas a la que ahora se casaba con él.
De hecho estas , que emporcaran de líquidos seminales las butacas de los cines de toda la ciudad, se convertían en señoras respetables, y también de hecho, estos cretinos trasmutábanse en graves señores, que disertaban sobre .
El matrimonio ocupaba una casita o un departamento nuevo anunciado en la plana de avisos de los periódicos . A los nueve meses la señora daba a luz un cachito de carne flamante que la del pasquín local anunciaba como un acontecimiento, un mes después, un sacerdote granuja, cara de culo y ojos de verraco bautizaba la criatura, y la función reproductora de estas hembras cesaba casi por completo, substituida por abortos más o menos trimestrales.
Los sábados, dichos matrimonios descoloridos (desteñidos hasta en los trajes que compraban por cuotas mensuales) se enquistaban en el cine y el domingo paseaban en alguna granja de suburbio verde. Durante la semana el individuo concurría ocho horas a su oficina, y cada luna nueva le preguntaba a su esposa, entre bascas y trasudores:
—¿Te ha venido el mes?
Estas vidas mezquinas y sombrías manoteaban permanentemente en el légamo de una oscuridad mediocre y horrible. Por inexplicable contradicción nuestros criados de cuello duro eran patrioteros, admiradores del ejército y sus charrascas, aprobaban la riqueza y astucia de los patronos que los explotaban, y se envanecían del poderío de las compañías anónimas que en substitución del aguinaldo, les giraban una circular: el remoto Directorio de Londres, Nueva York o Amsterdam .
Sociedad, escuelas, servicio militar, oficinas, periódicos y cinematógrafo, política y hembras, modelaban así un tipo de hombre de clase media, alcahuete, desalmado, ávido de pequeñas fortunas porque sabía que las grandes eran inaccesibles, especie de perro de presa que hacía deportes una vez por semana, y que afiliado a cualquier centro conservador, con presidencia de un generalito retirado, despotricaba contra los comunistas y la Rusia de los soviets.
La psicología de estos tipos, primaria y malvada, se estropajaba a través del tiempo. Más tarde unos, más temprano otros, terminaban por refugiarse en el islote de una amante, cuya fotografía mostraban en el comienzo de sus relaciones a sus camaradas, entre cuchicheos obscenos. Y conste que los que se echaban una amante eran los más inteligentes del grupo. La morralla frecuentaba el lenocinio, casi siempre la misma prostituta, cuyas especialidades ensalzaban, hasta terminar por confundir las aptitudes profesionales de la meretriz con la conducta pasional de una querida.
A veces estas relaciones terminaban en un drama sangriento, que los diarios de la tarde explotaban tres días seguidos. Al cuarto día, un nuevo crimen llegaba con su repuesto fresco a substituir el delito agotado.
Balder iba y venía por la ciudad remordiendo el conjunto de síntomas. La urgencia carnal de los machos se contraequilibraba con la contención hipócrita de las hembras, y a instantes, como en el desbarajuste de un naufragio, todos trataban de salvarse, recurriendo para ello a las mentiras más absurdas y torpes.
A veces Balder conversaba con conocidos a quienes hacía mucho tiempo perdiera de vista. Ellos se habían casado. Por supuesto, con mujeres que querían, pero a quienes ahora no debían querer sino muy relativamente. No eran felices. Algo se dilucidaba allá en el fondo que transparentaba el vericueto de sus confidencias. Estanislao se aterrorizaba ante la invisible catástrofe que representaban estos derrotados. No se ilusionaban ante ningún suceso del mundo. (El mundo de ellos había naufragado en el lecho conyugal por la noche y en menesteres oficinescos durante el día.) Se encogían de hombros ante las mismas palabras que cuando adolescentes los encabritaban. El máximum de ambición que descubrían, era parangonable con el de un aventurero. Dar un golpe de suerte o de azar para enriquecerse y . Respetaban y odiaban a sus jefes, admiraban incondicionalmente a los pilletes audaces que se imponían en la ciudad con su trabajo de extorsión y eran sumamente amargos, escépticos, burlones y joviales. No creían en la felicidad. De más está decir que una esperanza posiblemente hubiera transformado a estas almas, pero la esperanza requiere cierta amplitud de sentimientos, incompatible con la total aceptación del fracaso que revelaban. Además, para tener esperanzas es necesario llevar en el interior cierta fuerza espiritual de la que carecían.
Balder a veces admitía que era un derrotado. Un descorazonamiento inmenso lo imposibilitaba para la acción durante algunos días, luego reaccionando se decía que en alguna parte se encontraba la mujer que debía injertar en su vida nuevas esperanzas y energías, y confortado por la tibia certidumbre dejaba pasar los días.
No tenía prisa, sus ilusiones eran cortas. Si luego se examina el proceso amoroso que se desenvolvió en su vida, se verá cuán exacta es tal afirmación. Balder no tenía prisa, como tampoco la tenían sus compañeros. Vivían porque el azar los había colocado en el planeta Tierra. Con gesto perezoso recogían lo que estaba al alcance de sus manos, y siempre que el esfuerzo no exigiera un derroche de energía.
En síntesis, Balder era uno de los tantos tipos que denominamos . Haragán, escéptico, triste...
Los días volteaban sobre él, su taciturnidad aumentaba. Una vez, habían pasado muchos meses, recordó que el Carnaval estaba próximo, evocó su pasividad durante las anteriores carnestolendas, se prometió nuevamente, con rigurosas penas en caso de no cumplir, que iría al Tigre, aguardó dos meses ansiosamente... se repitieron las mascaras... él se arrinconó junto a una mesa de café, mirando pasar la gente con desaboridamiento, y por segunda vez transcurrió la primera, segunda, cuarta y quinta noches de corso, sin que se moviera de allí para ir al Tigre. No se daba cuenta que el desgano y la pereza lo estaban defendiendo de un acontecimiento decisivo en su existencia.
Pensó con tristeza que su voluntad había desaparecido para siempre. Irene continuaba viviendo en su imaginación. Despojada de toda apariencia terrestre, se manifestaba en el fondo de su pecho por una dulzura queda, semejante al debilísimo perfume de ciertas flores muertas.
Categoría:ES-A Categoría:Obras de Roberto Arlt Categoría:Literatura argentina (Títulos)