Part 2
Ocurrida esta gran desgracia, viví algún tiempo en casas de huéspedes; pero me fué tan mal, que tomé una casita, en la cual viví seis años, hasta que, por causa de derribo, tuve que mudarme á la que ocupo aún. Una excelente mujer, asturiana, amiga de mi madre, de inmejorables condiciones y aptitudes, se me prestó á ser mi ama de llaves. Poco á poco su diligencia puso mi casa en un pié de comodidad, arreglo y limpieza que me hicieron sumamente agradable la vida de soltero, y esta es la hora en que no tengo un motivo de queja, ni cambiaría mi Petra por todas las damas que han gobernado curas y servido canónigos en el mundo.
Tres años hace que vivo en la calle del Espíritu Santo, donde no falta ningún desagradable ruido; pero me he acostumbrado á trabajar entre el bullicio del mercado, y aun parece que los gritos de las verduleras me estimulan á la meditación. Oigo la calle como si oyera el ritmo del mar, y creo (tal poder tiene la costumbre) que si me faltara el _¡dos cuartitos escarola!_ no podría preparar mis lecciones tan bien como las preparo hoy.
III
Voy á hablar de mi vecina.
Y no hablo de las demás vecindades porque no tienen relación con mi asunto. La que me ocupa es de gran importancia, y ruego á mis lectores que por nada del mundo pasen por alto este capítulo, aunque les vaya en ello una fortuna, si bien no conviene que se entusiasmen por lo de _vecina_, creyendo que aquí da principio un noviazgo ó que me voy á meter en enredos sentimentales. No. Los idilios de balcón á balcón no entran en mi programa, ni lo que cuento es más que un caso vulgarísimo de la vida, origen de otros que quizás no lo sean tanto.
En el piso bajo de mi casa había una carnicería, establecimiento de los más antiguos de Madrid, y que llevaba el nombre de la dinastía de los Rico. Poseía esta acreditada tienda una tal doña Javiera, muy conocida en este barrio y en el limítrofe. Era hija de un Rico, y su difunto esposo era Peña, otra dinastía choricera, que ha celebrado varias alianzas con la de los Rico. Conocí á doña Javiera en una noche de verano del 78, en que tuvimos en casa alarma de fuego, y anduvimos los vecinos todos escalera arriba y abajo, de piso en piso. Parecióme doña Javiera una excelente señora, y yo debí parecerle persona formal, digna por todos conceptos de su estimación, porque un día se metió en mi casa (tercero derecha) sin anunciarse, y de buenas á primeras me colmó de elogios, llamándome el hombre modelo y el espejo de la juventud.
--No conozco otro ejemplo, Sr. de Manso--me dijo.--¡Un hombre sin trapicheos, sin ningún vicio, metidito toda la mañana en su casa; un hombre que no sale más que dos veces, tempranito á clase, por las tardes á paseo, y que gasta poco, se cuida la salud y no hace tonterías!... Esto es de lo que ya se acabó, Sr. de Manso. Si á usted le debían poner en los altares... ¡Virgen! Es la verdad, ¿para qué decir otra cosa? Yo hablo todos los días de usted con cuantos me quieren oir y le pongo por modelo... Pero no nacen de estos hombres todos los días.
Desde aquél la visité, y cuando entraba en su casa (principal izquierda), me recibía poco menos que con palio.
--Yo no debiera abrir la boca delante de usted--me decía,--porque soy una ignorante, una paleta, y usted todo lo sabe. Pero no puedo estar callada. Usted me disimulará los disparates que suelte y hará como que no los oye. No crea usted que yo desconozco mi ignorancia, no, señor de Manso. No tengo pretensiones de sabia ni de instruida, porque sería ridículo. ¿está usted? Digo lo que siento, lo que me sale del corazón, que es mi boca... Soy así, francota, natural, más clara que el agua; como que soy de tierra de Ciudad-Rodrigo... Más vale ser así que hablar con remilgos y plegar la boca, buscando vocablotes que una no sabe lo que significan.
La honrada amistad entre aquella buena señora y yo crecía rápidamente. Cuando yo bajaba á su casa, me enseñaba sus lujosos vestidos de charra, el manteo, el jubón de terciopelo con manga de codo, el dengue ó rebociño, el pañuelo bordado de lentejuelas, el picote morado, la mantilla de rocador, las horquillas de plata, los pendientes y collares de filigrana, todo primoroso y castizo. Para que me acabara de pasmar, mostrábame luego sus pañuelos de Manila, que eran una riqueza. Un día que bajé, ví que había puesto en marco y colgado en la pared de la sala un retrato mío que publicó no sé qué periódico ilustrado. Esto me hizo reir; y ella, congratulándose de lo que había hecho, me hizo reir más.
--He quitado á San Antonio para ponerle á usted. Fuera santos y vengan catedráticos... Vamos, que el otro día, leyendo lo que de usted decía el periódico, me daba un gozo...
No me faltaba en las fiestas principales ni en mis días el regalito de chacina, jamón ú otros artículos apetitosos de lo mucho y bueno que en la tienda había, todo tan abundante, que no pudiendo consumirlo por mí solo, distribuía una buena parte entre mis compañeros de cláustro, alguno de los cuales, ardiente devoto de la carne de cerdo, me daba bromas con mi vecina.
Pero las finezas de doña Javiera no escondían pensamiento amoroso, ni eran totalmente desinteresadas. Así me lo manifestó un día en que, de vuelta de la parroquia de San Ildefonso, subió á mi casa, y sentándose con su habitual llaneza en un sillón de mi sala-despacho, se puso á contemplar mi estantería de libros, rematada por unos cuantos bustos de yeso. Estaba yo aquella mañana poniendo notas y prólogo á una traducción del _Sistema de Bellas Artes_ de Hegel, hecha por un amigo. Las ideas sobre lo bello llenaban mi mente y se revolvían en ella, produciéndome ya tal confusión, que la vista de aquella señora fué para mi pensamiento un placentero descanso. La miré y sentí que se me despejaba la cabeza, que volvía á reinar el orden en ella, como cuando entra el maestro en la sala de una escuela donde los chiquillos están de huelga y broma. Mi vecina era la autoridad estética, y mis ideas, dirélo de una vez, la pillería aprisionada que, en ausencia de la realidad, se entrega á desordenados juegos y cabriolas. Siempre me había parecido doña Javiera persona de buen ver; pero aquel día se me antojó hermosísima. La mantilla negra, el gran pañolón de Manila, amarillo y rameado (pues venía de ser madrina de bautizo de un chico del carbonero), las joyas anticuadas, pero verdaderamente ricas, de pura ley, vistosas, con muchas esmeraldas y fuertes golpes de filigrana, daban grandísimo realce á su blanca tez y á su negro y bien peinado cabello. ¡Bendito sea Hegel! Todavía estaba doña Javiera en muy buena edad, y aunque la vida sedentaria le había hecho engrosar más de lo que ordena el Maestro en el capítulo de las proporciones, su gallarda estatura, su buena conformación, y reparto de carnosidades, huecos y bultos casi casi hacían de aquel defecto una hermosura. Al mirarla destacándose sobre aquel fondo de librería, hallaba yo tan gracioso el contraste, que al punto se me ocurrió añadir á mis comentarios uno sobre la _Ironía en las Bellas Artes_.
--Estoy aquí mirando los _padrotes_--dijo, volviendo sus ojos á lo alto de la pared.
Los _padrotes_ eran cuatro bustos comprados por mi madre en una tienda de yesos. Los había elegido sin ningún criterio, atendiendo sólo al tamaño, y eran Demósthenes, Quevedo, Marco Aurelio y Julián Romea.
--Esos son los maestros de todo lo que se sabe--indicó la señora, llena de profundo respeto.--¡Y cuánto libro! ¡Si habrá letras aquí...! ¡Virgen! ¡Y todo esto lo tiene usted en la cabeza! Así nos sabe tanto. Pero vamos á nuestro asunto. Atiéndame usted.
No necesitaba que me lo advirtiese, porque tenía toda mi atención puesta en ella.
--Yo le tengo á usted mucha ley, Sr. de Manso; usted es un hombre como hay pocos... miento, como no hay ninguno. Desde que le traté se me entró usted por el ojo derecho, se me metió en el cuerpo y se me aposentó en el corazón...
Al decir esto rompió á reir, añadiendo:
--Pues no parece sino que le hago á usted el amor; y no es eso, Sr. de Manso. No lo digo porque usted no lo merezca, ¡Virgen! pues aunque tiene usted cara de cura, y no es ofensa, no señor... Pero vamos al caso... Se ha quedado usted un poco pálido; se ha quedado usted más serio que un plato de habas.
Yo estaba un poquillo turbado, sin saber qué decir. Doña Javiera se explicó al fin con claridad. ¿Qué pretendía de mí? Una cosa muy natural y sencilla; pero que yo no esperaba en tal instante, sin duda, porque los diablillos que andaban dentro de mi cabeza jugando con la materia estética y haciendo con ella mangas y capirotes, me tenían apartado de la realidad; y estos mismos diablillos fueron causa de que me quedara confuso y aturdido cuando oí á Doña Javiera manifestar su pretensión, la cual era que me encargase de educar á su hijo.
--El chico--prosiguió ella, echándose atrás el manto,--es de la piel de Satanás. Ahora va á cumplir veintiun años. Es de buena ley, eso sí, tiene los mejores sentimientos del mundo, y su corazón es de pasta de ángeles. Ni á martillazos entra en aquella cabeza un mal pensamiento. Pero no hay cristiano que le haga estudiar. Sus libros son los ojos de las muchachas bonitas; su biblioteca los palcos de los teatros. Duerme las mañanas, y las tardes se las pasa en el picadero, en el gimnasio, en eso que llaman... no sé cómo, el _Ascátin_, que es donde se patina con ruedas. El mejor día se me entra en casa con una pierna rota. Me gasta en ropa un caudal, y en convidar á los gorrones de sus amiguitos otro tanto. Su pasión es los novillos, las corridas de aficionados, tentar becerros, derribar vacas, y su orgullo demostrar mucho pecho, mucho coraje. Tiene tanto amor propio, que el que le toque, ya tiene para un rato, ¡Virgen!... En fin, por sus cualidades buenas y hasta por sus tonterías, paréceme que hay en él mucho del perfecto caballero; pero este caballero hay que labrarlo, amigo D. Máximo, porque si no, mi hijo será un perfecto ganso... Tanto le quiero, que no puedo hacer carrera de él, porque me enfado, ¿ve usted? hago intención de reñirle, de pegarle, me pongo furiosa, me encolerizo á mí misma para no dejarme embaucar; pero en estas viene el niño, se me pone delante con aquella carita de angel pillo, me da dos besos, y ya estoy lela... Se me cae la baba, amigo Manso, y no puedo negarle nada... Yo conozco que le estoy echando á perder, que no tengo caracter de madre... Pues oiga usted, se me ha ocurrido que para enderezar á mi hijo y ponerle en camino y hacer de él un hombre, un gran señor, un caballero, no conviene llevarle la contraria, ni sujetarle por fuerza, sino... á ver si me explico... Conviene arrearle poco á poco, irle guiando, ahora un halago, después un palito, mucho ten con ten y estira y afloja, variarle poquito á poquito las aficiones, despertarle el gusto por otras cosas, fingirle ceder para después apretar más fuerte, aquí te toco, aquí te dejo, ponerle un freno de seda, y si á mano viene, buscarle distracciones que le enseñen algo, ó hacerle de modo que las lecciones le diviertan... Si le pongo en manos de un profesorazo seco, él se reirá del profesor. Lo que le hace falta es un maestro que, al mismo tiempo que sea maestro, sea un buen amigo, un compañero que á la chita callando y de sorpresa le vaya metiendo en la cabeza las buenas ideas; que le presente la ciencia como cosa bonita y agradable; que no sea regañón, ni pesado, sino bondadoso, un alma de Dios con mucho pesquis; que se ría, si á mano viene, y tenga labia para hablar de cosas sabias con mucho aquél, metiéndolas por los ojos y por el corazón.
Quedéme asombrado de ver cómo una mujer sin lecturas había comprendido tan admirablemente el gran problema de la educación. Encantado de su charla, yo no le decía nada, y sólo le indicaba mi aquiescencia con expresivas cabezadas, cerrando un poquito los ojos, hábito que he adquirido en clase cuando un alumno me contesta bien.
--Mi hijo--añadió la carnicera,--tiene y tendrá siempre con qué vivir. Aunque me esté mal el decirlo, yo soy rica. Las cosas claras; soy de tierra de Ciudad-Rodrigo. Por eso quiero que aprenda también á ser económico, arregladito, sin ser cicatero. No tengo á deshonra el pasar mi vida detrás de una tabla de carne ¡Virgen! Pero no me gusta, amigo Manso, que mi hijo sea carnicero, ni tratante en ganados, ni nada que se roce con el cuerno, la cerda y la tripa. Tampoco me satisface que sea un vago, un pillastre, un cabeza vacía, uno de estos que después de salir de la Universidad no saben ni persignarse. Yo quiero que sepa todo lo que debe saber un caballero que vive de sus rentas; yo quiero que no abra un palmo de boca cuando delante de él se hable de cosas de fundamento... Y véase por dónde me han deparado Dios y la Virgen del Carmen el profesor que necesito para mi pimpollo. Ese maestro, ese sabio, ese padrote, es usted, Sr. D. Máximo... No, no se haga usted el chiquitito ni me ponga los ojos en blanco... Para que todo venga bien, mi Manolo tiene por usted unas simpatías... Como se ponga á hablar de nuestro vecino, no acaba. Y yo le digo: «pues haz por parecerte á él, hombre, aunque no sea más que de lejos...» Ayer le dije: «Te voy á poner á estudiar tres ó cuatro horas todos los días en casa del amigo Manso,» y se puso más contento... Le tengo matriculado en la Universidad; pero de cada ocho días, me falta siete á clase. Dice que le aburren los profesores y que le da sueño la cátedra. En fin, Sr. D. Máximo, usted me le toma por su cuenta ó perdemos las amistades. En cuanto á honorarios, usted es quien los ha de fijar... Bendito sea Dios que le trajo á usted á poner su nido en el tercero de mi casa... Lo digo, amigo Manso, usted ha bajado del sétimo Cielo...
Mucho me agradó la confianza que en mí ponía la buena señora, y por lo agradable de la misión, así como por la honra que con ella me hacía, acepté. Resistíme á tomar honorarios; pero doña Javiera opuso tal resistencia á mi generosidad, y se enojó tanto, que estuvo á punto de pegarme, y aun creo que me pegó algo. Todo quedó convenido aquel mismo día, y desde el siguiente empezaron las lecciones.
IV
Manolito Peña, mi discípulo.
Doña Javiera era... (me molesta el sonsonete, pero no lo puedo evitar) viuda. El establecimiento había prosperado mucho en manos del difunto, hombre de gran probidad muy entendido en cuerno y cerda, sagaz negociante, castellano rancio, buen bebedor, con la pasión de los toros llevada al delirio. Falleció de un cólico miserere á los cincuenta años. Cuatro habían pasado desde esta desgracia cuando yo conocí á doña Javiera, que andaba á la sazón alrededor de los cuarenta; y por aquellos mismos días los murmullos del barrio la suponían en relaciones ilícitas con un tal Ponce, que había sido barítono de zarzuela; sujeto de chispa y de buena figura, pero ya muy marchito; holgazán rematado, aunque blasonaba de ciertas habilidades mecánicas que para nada servían, como no fuera para que él se impacientara y se aburrieran los demás. Todo el santo día lo pasaba este hombre en la casa de mi vecina, bien haciendo un palacio de cartón para rifarlo, bien construyendo una jaula tan grande y complicada, que no se acababa nunca. Era un _retrato_ del Escorial hecho en alambre. Sabía hacer composturas y tenía máquina de calar, con la que confeccionaba mil fruslerías de tabla, chapa y marfil, todo enmarañado y de mal gusto, frágil, inútil y jamás concluido.
Pero dejemos á Ponce y vengamos á mi discípulo. Era Manuel Peña de índole tan buena y de inteligencia tan despejada, que al punto comprendí no me costaría gran trabajo quitarle sus malas mañas. Estas provenían del hervor de la sangre, de la generosidad é instintos hidalgos del muchacho, del prurito de lo ideal que vigorosamente aparece en las almas jóvenes; de su temperamento entre nervioso y sanguíneo; de su admirable salud y buen humor, que le ponían á salvo de melancolías, y por último, de la vanidad juvenil que en él despertaban su hermosísima figura y agraciado rostro.
Mi complacencia era igual á la del escultor que recibe un perfecto trozo del mármol más fino para labrar una estátua. Desde el primer día conocí que inspiraba á mi discípulo no sólo respeto sino simpatía; feliz circunstancia, pues no es verdadero maestro el que no se hace querer de sus alumnos, ni hay enseñanza posible sin la bendita amistad, que es el mejor conductor de ideas entre hombre y hombre.
Buen cuidado tuve al principio de no hablar á Manuel de estudios serios, y ni por casualidad le menté ninguna ciencia, ni menos filosofía, temeroso de que saliera escapado de mi despacho. Hablábamos de cosas comunes, de lo mismo que á él tanto le gustaba y yo había de combatir; obliguéle á que se explicase con espontaneidad, mostrándome las facetas todas de su pensamiento; y yo al mismo tiempo, dando á aquellos asuntos su verdadero valor, procuraba presentarle el aspecto serio y trascendente que tienen todas las cosas humanas, por frívolas que parezcan.
De esta suerte las horas corrían, y á veces pasaba Manuel en mi casa la mayor parte del día. De las determinaciones de su espíritu me parecieron más débiles el concepto y la volición. En cambio noté que en la cooperación armónica de sus variadas actividades fundamentales, se determinaba con gran brío su espíritu como sentimiento, y eché de ver las ventajas que yo podía obtener cultivando aquella determinación en el terreno estético. Excelente plan. Sin vacilar ataqué por la brecha del arte la plaza de su ignorancia, seguro de que me facilitaría la entrada la imaginación, siempre traicionera y mal avenida con las penalidades de un largo asedio.
Principié mi obra por los poetas. ¡Lástima grande que el chico no supiera ni jota de latín, privándome de darle á conocer los tesoros de la poesía antigua! Confinados en nuestra lengua, la emprendimos con el Parnaso español tan afortunadamente, que mi discípulo hallaba en nuestras conferencias vivísimo deleite. Yo le veía palidecer, inflamarse, reflejando en su cara la tristeza ó el entusiasmo, según que leíamos y comentábamos este ó el otro lírico, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, ó el enfático y ruidosísimo señor de Herrera. Pocas indicaciones me bastaban al principio para hacerle comprender lo bueno, y bien pronto se adelantaba él á mi crítica con pasmoso acierto. Era artista, sentía ardientemente la belleza, y aun sabía apreciar los primores del estilo, á pesar de hallarse desposeido en absoluto de conocimientos gramaticales.
Más tarde estudiamos los poetas contemporáneos, y en poco tiempo se familiarizó con ellos. Su memoria era felicísima, y á lo mejor le sorprendía recitando con admirable sentido trozos de poemas modernos, de leyendas famosas y de composiciones ligeras ó graves. Razón había para esperar que mi discípulo, que de tal modo se identificaba con la poesía, fuera también poeta. Cierto día me trajo con gran misterio unas quintillas; las leí, pero me parecieron tan malas, que le ordené no volviese á tutear á las Musas en todos los días de su vida, y que se mantuviera con ellas en aquel buen término de respeto y cariño que imposibilita la familiaridad. Le convencí de que no era de la familia, de que son cosas muy distintas sentir la belleza y expresarla, y él, sin ofensa de su amor propio, me prometió no volver á ocuparse de otros versos que de los ajenos.
Al comenzar nuestras conferencias me confesó ingenuamente que el _Quijote_ le aburría; pero cuando dimos en él, después de bien estudiados los poetas; hallaba tal encanto en su lectura, que algunas veces le corrían las lágrimas de tanto reir, otras se compadecía del héroe con tanta vehemencia, que casi lloraba de pena y lástima. Decíame que por las noches se dormía pensando en los sublimes atrevimientos y amargas desdichas del gran caballero, y que al despertar por las mañanas le venían ideas de imitarle, saliendo por ahí con un plato en la cabeza. Era que, por privilegio de su noble alma, había penetrado el profundo sentido del libro en que con más perfección están expresadas las grandezas y las debilidades del corazón humano.
Uno de los principales fines de mis lecciones debía ser enseñar á Manuel á expresarse por medio del lenguaje escrito, porque si en la conversación se producía bien y con soltura, escribiendo era una calamidad. Sus cartas daban risa. Usaba los giros más raros y la sintaxis más endiablada que puede imaginarse, y la pobreza de vocablos corría parejas en él con la carencia de criterio ortográfico. Conociendo que la teoría gramatical no le serviría de nada sin la práctica, combiné los dos sistemas, obligándole á copiar trozos escogidos, no de los antiguos, cuya imitación es nociva, sino de los modernos, como Jovellanos, Moratín, Mesonero, Larra y otros.
Y en tanto, para completar el estudio de la mañana, salíamos á pasear por las tardes, ejercitándonos de cuerpo y alma, porque á un tiempo caminábamos y aprendíamos. Esta es la eficaz enseñanza deambulatoria, que debiera llamarse _peripatética_, no por lo que tenga de aristotélica, sino de paseante. De todo hablábamos, de lo que veíamos y de lo que se nos ocurría. Los domingos íbamos al Museo del Prado, y allí nos extasiábamos viendo tanta maravilla. Al principio notaba yo cierto aturdimiento en la manera de apreciar de mi discípulo. Pero muy pronto su juicio adquirió pasmosa claridad, y el gusto de las artes plásticas se desarrolló potente en él como se había desarrollado el de los poetas. Me decía: «antes había venido yo muchas veces al Museo; pero no lo había visto hasta ahora.»
Yo gustaba de enseñarle todo prácticamente usando ejemplos siempre que no tenía á mi disposición la realidad viva, esa consumada doctora que tiene por cátedra el mundo y por libros sus infinitos fenómenos. En la esfera moral, la experiencia ha hecho más adeptos que los sermones, y la desgracia más cristianos que el catecismo. Si quería imbuirle algún principio artístico, procuraba hacerlo delante de una obra de arte. En lo moral, empleaba apólogos y parábolas y hasta demostraciones materiales, y los fenómenos del orden físico los explicaba, siempre que podía, delante del fenómeno mismo. Esta era la parte más débil de mi pedagogia, porque, no poseyendo sino lo rudimentario, mis enseñanzas se concretaban á los hechos meteorológicos, y á trazar de ligero, como quien corre sobre ascuas, la monografía del rayo, de la lluvia, de la nieve, con un poquito de arco iris y algunos pases de auroras boreales. No me gustaba mucho meterme en estas averiguaciones.
Yo era feliz con esta vida, y veía con gozo aumentar el afecto que me tenía mi discípulo. ¡Qué grandes victorias había alcanzado yo sobre sus voluntariedades, sobre las rebeldías y asperezas de su caracter! Pero de esto hablaré más adelante. Ahora, para que no se crea que en mi vida todo era rosas, voy á hablar de algunas molestias y sinsabores, dando la preferencia á una persona, á un cínife que frecuentemente interrumpía la paz de mis estudios con sus visitas, y chupaba la sangre acuñada de mis bolsillos, después de zumbarme y marearme con insufrible charla y aguda trompetilla. Me refiero á la infeliz señora de García Grande, unida siempre en mi memoria al tierno recuerdo de mi madre, que inspirada de su inagotable bondad, me dejó este legado, este censo, esta fastidiosa carga, contribución de sangre, dinero, tiempo y paciencia.
V
¿Quién podrá pintar á doña Cándida?