The Washington Historical Quarterly, Volume V, 1914
Chapter 2
-Pues digo que cuándo le va a dar al amo la manía de cortarle las orejas al convidado, se conoce en que al sentarse a la mesa toma el cuchillo, y se pone a suavizarle en la palma de la mano, como quien suaviza una navaja de afeitar, y entonces el convidado se levanta con cualquier pretexto y se aleja de la casa, con lo cual, aunque se quede sin comer, se queda con sus orejas donde Dios se las puso.
-¡Hum! -murmuró el padre Cándido todavía alarmado, a pesar de los esfuerzos de Mari Cruz por tranquilizarle-. ¡Hum! Me parece que será mejor tomar el portante...
El fraile se interrumpió oyendo los pasos del señor rector, que subía ya las escaleras.
A propósito del señor rector, debo completar el retrato que de él hice diciendo que entre sus verdaderas manías se contaba, no la de cortar las orejas a nadie, sino la de hacer con el cuchillo, siempre que se sentaba a la mesa, la maniobra que hacía Mari Cruz.
Poco después de su vuelta de la iglesia se dirigió alegremente al comedor, en compañía del padre Cándido.
Al comedor se pasaba por otra pieza contigua a la cocina, donde había un aparador que Mari Cruz había provisto de una porción de menudencias, que hicieron los dientes agua al señor rector y al padre Cándido cuando repararon en ellas, al pasar al comedor.
Lo que sobre todo regocijó y arrancó una sonrisa de profunda satisfacción al señor rector fue una gran fuente cubierta con una blanca servilleta en que supuso estaba el par de ricas truchas, que eran su manjar predilecto, y con que esperaba sorprender agradablemente al padre Cándido, no menos aficionado que él a la flor y nata de la pesca fluvial.
Sentáronse a la mesa, y el padre Cándido se tranquilizó un poco viendo que el señor rector, distraído y alegre con los primores con que Mari Cruz la había adornado, no hacía caso del cuchillo, y hasta se decidió el padre Cándido a hacer boca con unas apetitosas rajitas de salchichón, que componían parte de los divertidos entremeses; pero de repente se agitó en su silla y se llevó las manos a las orejas. Era que el señor rector había echado mano al cuchillo y se ponía a hacer la consabida operación de suavizarle en la palma de la mano.
-¿Qué es eso, padre Candido? -le preguntó el señor rector alarmado, creyendo que le había dado algo.
-Nada -contestó el fraile, desconcertado-; es que esta pícara muela dañada me ha dado una punzada que me ha hecho ver las estrellas, y con permiso de usted voy a ver si encuentro en la maleta un terroncito de alcanfor con que se me suele quitar el dolor metiéndolo en el agujero de la muela.
-Sí, sí, vaya usted, que para eso el alcanfor es muy bueno.
El padre Cándido desapareció del comedor, tan aturdido, que al pasar por la pieza inmediata tropezó en el aparador y a poco más derriba los platos, cuyo ruido oyó el rector.
Inmediatamente exclamó Mari Cruz:
-¡Padre Cándido! ¡Padre Cándido! ¿Está usted loco?
El padre Cándido no contestaba, y el ruido de sus precipitados pasos se perdió por la escalera abajo.
-¿Qué es eso, Mari Cruz? -preguntó el señor rector levantándose y saliendo del comedor.
-¡Qué ha de ser, señor amo! -contestó Mari Cruz-. Que el padre Cándido sin duda ha perdido el juicio, pues ha cogido las truchas del aparador y se escapa con ellas metidas en la manga.
-Pero ¿se lleva las dos? -preguntó el rector, tan asombrado como disgustado.
-Sí, señor, se ha encajado una en cada manga. ¡Jesús! ¡No se puede una fiar en este mundo ni en la camisa que una lleva puesta! ¡Ese señor por fuerza se ha vuelto loco!
-Loco podrá haberse vuelto, pero tonto no dijo el señor cura.
Y corrió al balcón.
-¡Padre Cándido! -gritó desde el balcón, viendo que el fraile corría como alma que lleva el diablo, para largarse de Cegama-. ¡Padre Cándido! ¡No se vaya usted con las dos, hombre! ¡Una de las dos siquiera!... ¡Siquiera una!
-¿Una? Ni media -contestó el fraile tapándose con las manos ambas orejas.
Y desapareció, y alejándose de la villa, tomó precipitadamente la mula que había dejado en una posada de las afueras, por no haber cuadra en casa del señor rector.
Un momento después iba camino de Aránzazu, mirando de cuando en cuando atrás y todavía llevándose las manos a las orejas.
Mari Cruz esperó en vano aquella noche a Jatunandi, pero no extrañó que éste no fuera a verla. Jatunandi había llenado la tripa en el castañar de Berunza, y no necesitaba ir aquella noche a llenarla en casa del señor rector.
A la mañana siguiente Jatunandi fue a ver a Mari Cruz, a quien antes de todo preguntó si tenía por allí algo que echar a perder.
Después que Mari Cruz hubo satisfecho esta pregunta sacándole medio pan, medio queso y media azumbre de vino, que el barbarote despachó en medio cuarto de hora, Jatunandi le hizo otra:
-¿Cómo te las gobernaste ayer para que ni el cura ni el fraile supiesen que me habías dado las truchas?
-Mari Cruz le contó la estratagema.
-¿Es decir -dijo Jatunandi- que se la pegaste de puño al cura y al fraile?
-Sí, y con harto sentimiento mío -contestó tristemente Mari Cruz.
-Pues chica, tengo que decirte una cosa.
-¿Qué cosa es? -preguntó Mari Cruz, alarmada con el tono serio que de repente había tomado su novio.
-¿Recuerdas aquel cantar que dice:
«La mujer que se la pega a los curas o los frailes, se la pegará al demonio si con ella se casare»
-Sí que le recuerdo -respondió Mari Cruz, cada vez más alarmada.
-Pues chica, ya no me caso contigo.
-¿Qué es lo que dices, hombre?
-Lo que digo es que yo quería hacer una prueba infalible para dar el trueno gordo; he hecho la prueba y doy el trueno.
Mari Cruz, al oír esto, quiso replicar a aquel pedazo de bestia; pero la indignación le oprimió el corazón y le detuvo la palabra, y sólo pudo echarse a llorar, mientras Jatunandi tomaba escaleras abajo.
IV
Había pasado cerca de un año. El día de Nuestra Señora de la Asunción, gran día para Cegama, por lo que luego sabremos, salía de la iglesia parroquial de la villa una boda. Era la de Jatunandi y la Cascabelera de Ondarra, que acababan de casarse.
Al oír el ruido de los cohetes que la anunciaban, Mari Cruz salió al balcón creyendo que sería el anuncio de que la cruz parroquial volvía de Aránzazu, y viendo a los recién casados, se metió adentro llorando,
Diegochu estaba en aquel momento en la plaza, chupa que chupa su pipa, y al ver a los novios, se quitó la pipa de la boca y murmuró saltándosele las lágrimas y mirando melancólicamente hacia el balcón de casa del señor cura:
-¡Pobre Mari Cruz! ¡Qué cierto es aquel cantar que dice:
«La cuarta parte del agua que las fuentecillas vierten, son las lágrimas que cuestan los hombres a las mujeres»
La gente se agolpaba hacia el campo de Andueza, que es el que rodea la ermita de San Bartolomé en las afueras de la villa. Era que la cruz parroquial asomaba por las vertientes del Aitzgorri, volviendo de Aránzazu, en cuyo insigne monasterio, situado en las quebradas soledades del Aloña, se celebraba aquel día la gran fiesta de la Virgen, aparecida allí en el siglo XV al pastor Rodrigo de Balzátegui, y a quien la piadosa madre del gran historiador Garibay, peregrinando descalza y llorosa por espacio de cuatro leguas que median desde Aránzazu a Mondragón, patria del príncipe de los historiadores españoles, iba a pedir la salud de su hijo.
Aquel día la villa de Cegama, que dista tres leguas del monasterio, toma piadosa parte en la fiesta de Aránzazu, dirigiéndose procesionalmente al monasterio con la cruz parroquial, que acompañan uno de los curas de la villa, el más joven y apto para tan penosa jornada, el alcalde y muchos vecinos.
Cuando la cruz asoma de vuelta por las alturas del Aitzgorri, las campanas de la villa y los corazones de los cegameses le entonan un cántico de amor y regocijo.
El campo de Andueza se puebla de gente que va allí a esperar y dar la bienvenida a la cruz y a presenciar el acto solemne en que la Virgen de la villa recibe las amorosas memorias que le envía su santa prima la Virgen de la Montaña, y a pasar el resto del día en aquel campo merendando y solazándose con bailes y juegos entretenidos, sencillos y honestos.
En el momento en que la cruz se acerca al campo de Andueza, la Virgen sale procesionalmente de la parroquia, y al encontrarse con la cruz en aquel campo, ambas se tocan y permanecen algunos instantes unidas. Las gentes del pueblo dicen y creen firmemente que la cruz emplea aquellos instantes en dar a la Virgen de Cegama las memorias que para ella ha encargado su prima la Virgen de Aránzazu.
Y cuando la cruz ha cumplido esta dulce misión, el alcalde, que, como el sacerdote, viene a caballo, arroja a los niños puñados de rosquillas benditas que para ellos trae de la santa soledad del Aloña, y la multitud se estremece de júbilo, y Virgen titular y cruz parroquial vuelven a la parroquia, saludadas por el estruendo de los cohetes, y el repique de las campanas, y el canto de los sacerdotes, que repite el pueblo lleno de fervor y alegría.
Cuando el señor rector llegó a casa después de unir a Jatunandi y la Cascabelera y de salir con la Virgen de la villa a recibir las memorias de la Virgen de la Montaña, estaba Mari Cruz llorando.
Mari Cruz se enjugó las lágrimas e hizo un esfuerzo supremo para ocultar su dolor al noble anciano, a quien veneraba como a sacerdote y amaba como a padre; pero el señor rector adivinó con profunda pena lo que pasaba en el alma de Mari Cruz, y dijo a ésta:
-¡Ánimo, hija, que las espinas de la tierra se convierten en flores en el cielo!
Mari Cruz se arrodilló a los pies del sacerdote, deshecha en llanto, y le confesó la falta que había cometido.
Y el señor rector, después de convenir en que había obrado mal y en que quizá aquel dolor era la expiación de aquella falta, añadió:
-Mari Cruz, resígnate con la voluntad de Dios, que quizá te ha hecho un bien muy grande rompiendo los lazos que te unían con ese hombre, cuya alma no participaba de la delicadeza de la tuya. El día que yo te falte, no quedarás desvalida en el mundo, pues, considerando que eras el primer pobre en quien yo debía ejercer la caridad, hace muchos años he ido apartando para ti el primer óbolo de los que destinaba diariamente a los pobres; y como muchas velitas hacen un cirio pascual, en mi gaveta aparecerán dos mil ducados que hace tuyos mi testamento, otorgado ya.
Iba Mari Cruz a expresar su agradecimiento al señor rector uniendo sus palabras a las lágrimas de consuelo que habían reemplazado a las de dolor, cuando se detuvo oyendo a Diegochu, que se anunciaba escalera arriba con su habitual exclamación de:
-¡La paz de Dios sea en esta casa!
-¿Qué hay, amigo Diegochu? -le preguntó alegre y bondadosamente el señor cura.
-¡Qué ha de haber, señor rector! -contestó el buen anciano-. Que Dios es justo dando a cada uno lo que merece, como lo prueba el haber dado a Jatunandi por mujer la Cascabelera, y a la Cascabelera por marido Jatunandi. ¡Siempre va la penitencia en el pecado!
-¡Qué verdad dices, amigo Diegochu!-exclamó el señor.
Y añadió, dirigiéndose a Mari Cruz:
-Mari Cruz ya que la gente se divierte hoy en el campo de Andueza, justo es que nosotros hagamos lo mismo en casa. A la caidita de la tarde hemos de merendar aquí los tres juntos una fritada de magras con tomate de aquellas que tú sabes hacer, para celebrar Diegochu, tú y yo la boda de Jatunandi y la Cascabelera.
Mari Cruz soltó una alegre carcajada y se fue hacia el comedor para preparar la mesa al señor cura y la jarrilla a Diegochu, mientras el señor rector daba a probar a Diegochu un riquísimo tabaco pipero que aquel mismo día le habían traído de San Sebastián.
Notas:
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