In the Year of Jubilee

Chapter 2

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Entre las desventuradas familias de moriscos españoles que se vieron forzados a salir de España por los años de 1610, se contaba la de un rico labrador, dueño de esa misma casa de que hemos hablado. Como el objeto principal del gobierno en la expulsión de los moriscos fue evitar que se llevasen consigo sus riquezas, muchos de ellos las enterraron, esperando en mejores tiempos el permiso de volver de África a sus antiguos hogares. Mulei Hasem había mandado construir una bóveda debajo del ancho zaguán de su casa. Tomó sus precauciones para que nada echasen de ver sus vecinos; depositó en la bóveda una gran cantidad de perlas y oro, y hizo conjurar el sitio por otro morisco, diestro en el arte diabólica.

La envidia de los españoles y las graves penas fulminadas contra los expulsos que volviesen a la península, estorbaron a Mulei Hasem todas las ocasiones de recobrar su tesoro. Murió, confiando aquel importante secreto a su hija única, que, nacida y criada en Sevilla, estaba perfectamente enterada del sitio en que habían quedado las riquezas. Casóse Fátima, y quedó viuda, con una hija, a quien enseñó la lengua española, a fin de que en lo sucesivo pasase por natural de aquel país. Aguijoneada por la pobreza, aumentóse su deseo de recuperar la opulencia de su padre, y, sin poder refrenar su anhelo, se embarcó con su hija Zuleima en un corsario, y desembarcó, a escondidas de los habitantes, en una cala de las inmediaciones de Huelva. Vistiéronse madre e hija al uso del país, tomaron nombres cristianos y se dirigieron a Sevilla, pretextando, para mayor disimulo, el cumplimiento de un voto en un famoso santuario, dedicado a la Virgen, que se halla cerca de Moguer. No es del caso entrar en los pormenores de las diligencias y artificios de que se valieron Fátima y Zuleima, para ingerirse en la casa en que estaban cifradas todas sus esperanzas. Baste decir que se acomodaron en ella de criadas y que se granjearon el afecto de los amos, a lo que contribuyeron en gran manera las gracias de Zuleima, que a la sazón tenía 14 años, y que no necesitaba de otros medios para cautivar el cariño de cuantos la tratasen que su lindeza y atractivo.

Cuando Fátima creyó que había llegado el tiempo de dar cumplimiento a sus planes, preparó a su hija con las instrucciones necesarias para apoderarse del tesoro, de que no había cesado de hablarle desde su niñez. Llegó el invierno; la gente de la casa se mudó al piso principal, según se acostumbra en Sevilla, y Fátima pidió el permiso de habitar los cuartos bajos en compañía de su hija. A mediados de diciembre, cuando las lluvias continuas anunciaban una próxima crecida del Guadalquivir y no había alma viviente que pusiese los pies en la calle después de oraciones, Fátima hizo los preparativos que debían ayudarla en la empresa que había meditado. Hízose de una cuerda y de un canasto, y, cerca de las doce de la noche señalada para llevar adelante la hechicería, se dirigió a tientas hacia el zaguán, llevando por la mano a Zuleima, que temblaba como la hoja en el árbol. Dan las doce en el reloj de la catedral, cuyo sonido, en las calladas horas de la noche, retumbaba en todos los ámbitos de la ciudad. Dos minutos después se oyeron los melancólicos golpeos de la plegaría, y, cuando éstos cesaron, quedó todo en el más profundo silencio, que, de cuando en cuando, interrumpían los aguaceros y las ráfagas. Fátima, desasiéndose de las frías manos de Zuleima, hirió un pedernal, encendió un cabo de vela verde, de una pulgada de largo, y lo colocó en una linterna. Apenas dieron los primeros rayos de luz en el pavimento, cuando se abrió éste, cerca de donde estaban la madre y la hija. «Zuleima, única prenda de mi vida, dijo Fátima, si tuvieras bastante fuerza para sostenerme, no te daría yo el trabajo de entrar en la bóveda. Pero no temas. Nada hay en ella sino oro y alhajas. Aunque hay una escalera por la que puedes bajar hasta el fondo, es demasiado perpendicular, y será más conveniente que yo te sostenga con la cuerda». «Madre mía, respondió temblando la muchacha, la sangre se me hiela en las venas al ver esa espantosa bóveda; mas no importa; os he dado palabra de ayudaros y la cumpliré. Atadme bien el puño. Cuidado, que vais a sostener todo el peso de mi cuerpo. ¡Piadoso Alá! ¡Mis pies resbalan! ¡Madre mía! ¡Madre mía! ¡No me dejéis a oscuras!»

Al descolgarse en la bóveda, cuya altura era como la del cuerpo de Zuleima, sus pies resbalaron, en efecto, en una de las piedras que sobresalían en el muro, y el ruido de las monedas que se deslizaron al golpe reanimó las desfallecientes esperanzas de la madre. «Aquí está la canasta, le dice, llénala de oro; busca las alhajas. No moveré la linterna. Bien, hija mía; otra canasta y no más. No quiero exponerte más tiempo. Todavía hay vela para cinco minutos. Pero... ¡Dios mío!, el pabilo está nadando en cera derretida. La cuerda... ¿dónde está?... La cuerda... busca la escalera... hacia este lado».

Oyóse un quejido lastimero. Lanzábalo la cuitada Zuleima, sepultada ya en montones de oro. Volvió a quedar todo en tinieblas. La infeliz madre buscaba a tientas la boca de la bóveda, pero en vano. Había cesado el encanto, y el suelo había vuelto a su estado primitivo. Hiérelo repetidas veces con el pie, y más crece su angustia, cuando un eco pavoroso retumba en la concavidad cerrada para siempre. Golpea con fuerza sobre los guijarros del piso, hasta que sus manos se entumecen. Arrójase casi exánime al suelo y, cuando recobra por algunos momentos el sentido, oye en lo profundo la voz plañidera de su hija: ¡Madre, mía, madre mía, no me dejéis a oscuras! Fátima permanece por un instante inmóvil. De pronto, abandonada a un frenético despecho, deja caer violentamente la cabeza sobre las piedras, y allí la encontraron al siguiente día, yerta e inanimada.

Dicen que Fátima se aparece, cierta noche del mes de diciembre, a los que incautamente y sin saber su historia pasan por el zaguán del encanto. Dos grandes figuras negras la obligan, a pesar de todos sus esfuerzos, a sentarse sobre la bóveda, con una canasta llena de oro a los pies. Ella procura desasirse de sus robustos brazos, para taparse los oídos, a fin de no oír las voces que suenan sin cesar por espacio de una hora: ¡Madre mía, madre mía, no me dejéis a oscuras!

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