Edipo rey; Edipo en Colona; Antígona
Part 9
No sé por qué la tierra en aquel sitio no parecía removida ni excavada. Estaba intacta y sólida y se diría que no había sido ni aun surcada por las ruedas de un carro; nada podía, en suma, servir de indicio contra el autor del crimen. Cuando aquel de nosotros que hacía la guardia al despuntar la aurora nos lo ha dicho, este acontecimiento se nos ha antojado un prodigio inconcebible. El cuerpo había desaparecido; no estaba amortajado; sólo estaba cubierto de un poco de tierra, como para impedir el crimen de impiedad. Ningún vestigio de perro hambriento o de animal feroz que hubiera acudido a devorarle se veía en derredor. Al pronto las palabras injuriosas se cruzan entre nosotros; un guarda acusa a otro; estábamos a pique de venir a las manos; nadie había allí que lo impidiese; cada uno era culpable y ninguno parecía serlo, no convicto por faltar pruebas. Estábamos todos dispuestos a tomar el hierro rojo entre las manos, a andar sobre el fuego y a jurar por los dioses que no éramos culpables del crimen y que ni siquiera teníamos el menor conocimiento del proyecto ni de la ejecución. En fin, cuando no nos quedaba ya esperanza de descubrir nada, uno de nosotros propuso algo, que, helándonos de miedo, nos hizo a todos bajar los ojos; pues no podíamos oponer nada a ello ni sabíamos cómo ejecutarlo sin peligro. Era no ocultar nada y descubriros todo lo sucedido. Sin embargo, la proposición prevaleció y a mí, ¡desgraciado! me eligió la suerte para desempeñar tan hermosa comisión. Por eso me encuentro aquí, mal de mi grado, y también, sin duda, mal del vuestro; pues no es un medio de agradar el llevar noticias enojosas.
EL CORO
Señor; nuestro espíritu dubitante piensa si ese acontecimiento no será obra de los dioses.
CREÓN (_Al Coro._)
Cesen esos discursos que excitarían mi cólera y no harían sino mostrar en demasía vuestra vejez y vuestra sinrazón. ¿Quién podría soportar el oíros decir que los dioses se han dignado cuidarse de ese asunto? ¿Acaso, apresurándose a honrarle como a un bienhechor de la patria, han inhumado por sí mismos al impío que venía a quemar sus templos y sus estatuas, a destruir su país y sus leyes? ¿Habéis visto nunca que los dioses honren a los malos? No, no; pero he aquí lo que me preparaban los descontentos, que, sacudiendo la cabeza en secreto, murmuran hace mucho tiempo contra mí, y que, humillando con pesar la frente bajo el yugo, sólo tienen para mí odio. Son ellos, bien lo sé, quienes, con la esperanza de las recompensas, han seducido a los autores del crimen; pues entre todos los inventos humanos, ninguno tan funesto como el dinero. El dinero trastorna las ciudades y las despuebla; desnaturaliza los corazones virtuosos y los arrastra a las acciones indignas; él ha enseñado a los hombres todas las perfidias y todas las iniquidades. Pero los que, ganados por el vil metal, hayan cometido el delito, han trabajado por su suplicio, que vendrá con el tiempo. Sí, si es verdad que honro, que respeto todavía a Zeus, estad seguros, os lo juro, de que si no me descubrís, si no ponéis ante mis ojos al culpable, una simple muerte no será bastante para vuestro castigo. Será menester, que, suspendidos vivos en el aire, me hagáis reparación de semejante ofensa, para que de hoy en adelante conozcáis mejor hasta dónde debe llegar vuestro medro, cuál debe ser su límite, y aprendáis, en suma, que no hay que permitírselo todo a vuestra codicia.
EL GUARDA
¿Puedo hablar más, o vuelvo sobre mis pasos?
CREÓN
¿No te has percatado de lo que me ofenden tus discursos?
EL GUARDA
¿Hieren vuestro oído o vuestro corazón?
CREÓN
¡Cómo! ¿Preguntas cuál es el asiento de mi enojo?
EL GUARDA
El culpable ha herido vuestro corazón; yo no he hecho más que ofender vuestro oído.
CREÓN
Eres un importuno charlatán.
EL GUARDA
Pero soy inocente del crimen.
CREÓN
Serás capaz de exponer tu vida por el dinero.
EL GUARDA
La sospecha es una gran desgracia, cuando carece de fundamentos.
CREÓN
Suéltanos ahora máximas. Pero si no me traéis al culpable, veréis cómo las ganancias ilícitas son origen de tormentos.
EL GUARDA
¡Ojalá sea descubierto! (_Aparte._) Pero séalo o no (que eso la fortuna lo decidirá), no creo que volváis a verme por aquí. Contra toda esperanza, y pese a mis temores, heme a salvo; debo darles gracias a los dioses.
EL CORO
El universo está lleno de prodigios; pero no hay nada más prodigioso que el hombre. Él, dando alas a la nave, vuela, merced a los vientos impetuosos, por cima de las olas mugientes, y franquea el mar que hierve en espumas a su paso; él se vale de los caballos para desgarrar todos los años con el arado el seno de la tierra, de esa divinidad suprema, incorruptible e incansable.
El hombre, fecundo en recursos, aprisiona igualmente en los pliegues de sus redes a la raza imprudente de los pájaros y a los animales feroces y a los habitantes del mar. Doma con su industria a los más fieros pobladores de los bosques y somete al yugo al corcel de crecida crin y al toro de las montañas que parecía indomable.
Ha aprendido el arte de la palabra y el conocimiento de los vientos y el poder de las leyes sobre las ciudades; ha sabido resguardar su morada de las inclemencias del frío y de la humedad. Lo ha sondeado todo con su experiencia y encuentra recursos para todos los acaecimientos de la vida; conoce el arte de librarse de las dolencias más crueles; la muerte es el único mal de que no puede preservarse.
Los recursos de su industria no responden siempre a sus esperanzas; pues si por éstas llega al bien, también es conducido al mal. Sólo es honrado en su patria aquel que sabe respetar las leyes de su país y la justicia de los dioses. El que lleva su audacia hasta desafiarles deja de ser ciudadano. No tenga yo hogar ni pensamiento comunes con él. Pero... ¿qué prodigio me confunde? ¿Cómo podré negarles crédito a mis ojos y no reconocer a Antígona? ¡Desgraciada hija de un padre infortunado!, ¿sois vos quien ha desacatado las órdenes del rey; quien ha sido sorprendida en la comisión de esa imprudencia; quien es conducida hacia aquí?
[Ilustración]
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ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA
ANTÍGONA, EL GUARDA, EL CORO
EL GUARDA (_Llevando a Antígona._)
¡Sí, vedla, la que ha cometido el crimen! Inhumaba a Polinicio; la hemos detenido. Pero, ¿dónde se encuentra Creón?
EL CORO
Vedle que sale, a punto, de su palacio.
ESCENA II
LOS PRECEDENTES, CREÓN
CREÓN
¿Qué es eso? ¿Qué feliz suceso venís a anunciarme?
EL GUARDA
Señor; no hay nada que los hombres deban afirmar con juramentos. A menudo el primer pensamiento es desmentido por el que le sigue. Asustado con vuestras amenazas, había yo hecho propósito de no parecer por aquí más; pero, ¿hay felicidad comparable a la que sale a nuestro paso contra toda esperanza? Pese a mis juramentos, torno y os traigo a esta joven princesa, a quien he sorprendido rindiendo al muerto los honores de la sepultura. No se necesita, por esta vez, consultar la suerte, soy yo el favorecido. Yo sólo la traigo; nadie más tiene esa gloria. Ahora, señor, tratadla como lo creáis oportuno; juzgad, interrogadla; en cuanto a mí, libre y exento de todo deber, es justo que no me vea bajo el peso de vuestras sospechas.
CREÓN
¿De qué manera, en qué lugar te has apoderado de ella para traérmela?
EL GUARDA
Inhumaba el cuerpo; ya lo sabéis todo.
CREÓN
Pero, ¿te has fijado en lo que dices? ¿No te engañas?
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EL GUARDA
La he visto en la tarea de inhumar a ese príncipe cuya sepultura habéis prohibido. ¿Hay aún algo no claro o equívoco en lo que digo?
CREÓN
¿Y cómo ha sido vista? ¿Cómo ha sido detenida?
EL GUARDA
Ved en qué forma ha sucedido todo. Apenas habíamos tornado a nuestro puesto, cuando, intimidados por vuestras severas amenazas, apartamos con cuidado la tierra que cubría el cuerpo de Polinicio; dejamos al aire el cuerpo ensangrentado y medio corrompido; fuimos luego a sentarnos cabe una de las eminencias vecinas, al abrigo del viento, para evitar la infección que exhalaba. Nos excitamos unos a otros con las palabras más punzantes a cumplir con nuestro deber, sin escatimar esfuerzo alguno. Hemos permanecido en tal forma hasta el momento en que el disco brillante del sol, elevándose entre los aires, los incendiaba con su fuego. De súbito, un azote celeste, un ciclón impetuoso, alzando de la tierra torbellinos de polvo, ha invadido, cegador, el campo; hemos resistido todo el ímpetu de la tempestad. Apenas se ha aplacado, esta joven princesa se ha presentado a nuestra vista; lanzaba gritos agudos, semejantes a los del ave que ve su nido despojado de los polluelos que había criado en él. Sí, de tal manera ante el cadáver descubierto, hacía resonar el aire con sus quejas y sus imprecaciones contra los autores de tal ultraje; y, de pronto, cubriendo al muerto de tierra seca, le rocía por tres veces con libaciones derramadas del seno brillante de un vaso de bronce. Al punto volamos hacia ella, y todos a la vez nos apresuramos a cogerla; no ha dado muestra alguna de espanto; interrogada por nosotros sobre el hecho actual y sobre el precedente, ha confesado ambos, y tal confesión me es a un tiempo grata y dolorosa. Pues si nada es tan dulce como librarse de los males que a uno le amenazan, es aflictivo el exponer a ellos a quienes se ama. Pero nada debe serme más caro que mi propia conservación.
CREÓN (_A Antígona._)
¡Qué! Vos, que no levantáis los ojos del suelo, ¿no negáis el delito de que se os acusa?
ANTÍGONA
Al contrario; lo confieso y estoy lejos de negarlo.
CREÓN (_Al guarda._)
Vaya; endereza tus pasos adonde te plazca; no tienes nada que temer. Y vos habladme sin rodeos. ¿Conocíais la prohibición que yo había hecho?
ANTÍGONA
La conocía. ¿Podía ignorarla? Era pública.
CREÓN
¿Y cómo habéis osado desafiar esa ley?
ANTÍGONA
Porque ni Zeus ni la justicia, conciudadana de los dioses infernales, ninguno de los dioses que han dado leyes a los hombres, la habrían promulgado y yo no pensaba que vuestros mandatos debiesen tener tanta fuerza, que hiciesen prevalecer la voluntad de un hombre sobre la de los inmortales, sobre esas leyes que no están escritas y que no podrían ser borradas. No son de hoy ni de ayer esas leyes; son de todos los tiempos, y a nadie le es dable decir cuándo nacieron. ¿No debía yo, pues, sin temor a mortal alguno, someterme a las órdenes de los dioses? Sabía que había de morir. ¿Hubiera podido ignorarlo, aunque vos no hubieras dictado el mandato? Si mi muerte es prematura, no es sino un gran bien a mis ojos. ¿Y quién podría, en el abismo de males en que estoy, no mirar la muerte como una felicidad? Así, pues, suerte tal no puede ser a mis ojos una pena; más lo hubiera sido para mí, y harto dura, si yo hubiera dejado insepulto a un hermano concebido en el mismo seno que me llevó a mí. Eso es lo que me hubiera desesperado; lo demás no me aflige. Si después de esto tacháis mi conducta de locura, tal acusación bien podrá ser la acusación de un insensato.
EL CORO
En ese carácter inflexible se reconoce la sangre del inflexible Edipo; no ha aprendido a ceder ante la desgracia.
CREÓN (_Al Coro._)
Sabed que esas almas tan altivas son fácilmente abatidas. Ved el hierro, a pesar de su gran dureza, cómo se quebranta y se ablanda en el fuego. ¿El menor freno no basta para domar a los más fogosos corceles? Tanto orgullo mal cuadra a quien es esclavo de sus deudos. No es bastante el haber violado mis leyes: osa desafiarme y añade un segundo ultraje al primero, gloriándose de lo que ha hecho. En verdad sería preciso que yo cesase de ser hombre y que ella lo llegase a ser para que yo la permitiese gozar impunemente así del poder que usurpa... Sí, aunque sea sobrina mía; aunque fuera más parienta aún, ella y su hermana no se librarían de la suerte más terrible; pues su hermana, sin duda, es igualmente culpable del atentado. Que la hagan venir. La he visto hace un momento fuera de sí y sin poder ya dominarse. Un corazón que rumia un crimen en la sombra del misterio llega a ser fácilmente su propio delator. ¡Cuánto aborrezco a quienes, sorprendidos en medio del crimen, quieren vestirlo de bellos colores!
ANTÍGONA
¿Deseáis algo más que mi muerte?
CREÓN
No, nada; en cuanto haya visto vuestra muerte, estaré satisfecho.
ANTÍGONA
¿Qué esperáis? ¿De qué os sirven discursos inútiles que no pueden más que indignarme lo mismo que los míos no pueden más que disgustaros? ¿Qué gloria más halagadora me es dable esperar que haber inhumado a mi hermano? ¿De qué elogios no me harían objeto los que nos escuchan, si el temor no atase su lengua? Pero una gran ventaja de la tiranía es el poder impunemente decir y hacer lo que le place.
CREÓN
¿Pensáis ser vos sola más clarividente que todos los tebanos?
ANTÍGONA
Ven como yo; pero enmudecen ante vos.
CREÓN
¿No os avergonzáis de conduciros de otro modo que ellos?
ANTÍGONA
No hay por qué avergonzarse de honrar a quienes llevan en sus venas la misma sangre que nosotros.
CREÓN
¿Qué? El que ha muerto por su patria, ¿no era también vuestro hermano?
ANTÍGONA
Lo era; y de padre y madre.
CREÓN
¿Y qué honores impíos le rendís, entonces?
ANTÍGONA
No espero tal testimonio de sus manes.
CREÓN
Le honráis al igual que un impío.
ANTÍGONA
Polinicio era hermano y no esclavo de Eteocles.
CREÓN
Venía a asolar su patria; el otro combatía defendiéndola.
ANTÍGONA
¡Qué importa! Plutón nos prescribe esta ley.
CREÓN
¿Cuál? ¿La de tratar igualmente el crimen y la virtud?
ANTÍGONA
¿Y quién sabe si vuestras distinciones son admitidas entre los muertos?
CREÓN
Los enemigos, después de la muerte, no se hacen amigos.
ANTÍGONA
Yo me asocio para amar, y no para aborrecer.
CREÓN
¡Bueno, id a los infiernos a amar a quien gustéis! En cuanto a mí, mientras respire, no me dominará una mujer.
EL CORO
Ved a la tierna Ismena alarmada por su hermana, deshecha en lágrimas ante la puerta del palacio; una nube de dolores extendida sobre sus ojos altera su rostro enrojecido; las lágrimas resbalan por sus mejillas delicadas.
ESCENA III
LOS PRECEDENTES, ISMENA
CREÓN
Venid vos, que, rastrera al modo de víbora, perseguís, en secreto, hartaros de mi sangre. Yo no sabía que alimentaba en mi casa a dos enemigas, a dos azotes de mi imperio; venid, y decidme: ¿Habéis tenido parte también en la sepultura de Polinicio o juráis que ignorabais tal acción?
ISMENA
¡Tal acción! Yo la he hecho; y si mi hermana no me veda decirlo, lo mismo que en el crimen, debo tener parte en la pena.
ANTÍGONA
La justicia os lo prohibe; no habéis consentido y he obrado sin vos.
ISMENA
Pero cuando os veo desgraciada, no titubeo ya en asociarme a vuestros males.
ANTÍGONA
El infierno y los que lo habitan saben a quién la acción le corresponde. No sé amar a aquellos en quienes la amistad sólo está en las palabras.
ISMENA
No me privéis del honor de morir con vos y de haber cumplido los últimos deberes para con mi hermano.
ANTÍGONA
Guardaos de morir conmigo y de atribuiros un honor en que no habéis tenido parte. Mi muerte sola debe bastar.
ISMENA
Separada de vos, ¿cómo podré amar la vida?
ANTÍGONA
Preguntádselo a Creón, de quien sois tan devota.
ISMENA
¿Por qué afligirme con esa burla amarga? ¿De qué os servirá?
ANTÍGONA
No sin dolor me la he permitido contra vos.
ISMENA
¿Qué otro medio me será ahora dado de serviros?
ANTÍGONA
Conservad vuestra vida; no os envidio esa ventaja.
ISMENA
¡Qué desgraciada soy! ¿No me será posible participar de vuestro destino?
ANTÍGONA
Habéis preferido vivir, y yo morir.
ISMENA
No será porque mis palabras no os lo hayan anunciado.
ANTÍGONA
Alabáis la sapiencia de vuestras palabras y yo de las mías.
ISMENA
¡El crimen fué igual entre nosotras!
ANTÍGONA
Calmaos y vivid. Mi alma murió hace mucho tiempo, y sólo ya puede ser útil a los muertos.
CREÓN
No temo decirlo: ambas hermanas son insensatas. Una lo fué siempre, la otra se acaba de volver.
ISMENA
En los males extremos, señor, no hay espíritu que permanezca en su estado habitual y que no salga de él con violencia.
CREÓN
Es lo que os ha ocurrido a vos; que habéis optado por sufrir, con una mujer indigna, un demasiado digno trato.
ISMENA
Sola y lejos de ella, ¿qué será para mí la vida?
CREÓN
Cesad de hablar de ella. Miradla como si no existiese.
ISMENA
¡Harán morir a la que el himeneo debía unir a vuestro hijo!
CREÓN
Puede encontrar en otra parte otros lazos que anudar.
ISMENA
Pero no tan adecuados.
CREÓN
No quiero que malas mujeres se unan a mis hijos.
ANTÍGONA
¡Oh carísimo Hemón, con qué desprecio te sacrifica un padre!
CREÓN
Basta ya de vos y de vuestro himeneo; es demasiado importunarme.
ISMENA
¿Podríais privar a vuestro hijo de aquella a quien ama?
CREÓN
El infierno pondrá fin a tales amores.
ISMENA
¿Su muerte parece, pues, resuelta?
CREÓN
Vos lo habéis dicho, y yo lo he mandado; no más dilaciones. ¡Guardas!, que se las lleven al palacio y que de ahora en adelante, estas dos mujeres dejen de ser libres; los más bravos han recurrido a la fuga al ver la muerte aproximarse.
ESCENA IV
EL CORO, CREÓN
EL CORO
¡Dichosos aquellos, cuya vida pasa sin que experimenten infortunio! Pues tan pronto como la mano de los dioses se deja caer sobre una casa las malandanzas se suceden y vienen en tropel a abatirle, al modo de las olas marinas que, ennegrecidas por la tempestad y empujadas por los vientos impetuosos de la Tracia, se alzan del fondo de sus abismos, ruedan hacia la costa y mugen en las lejanas orillas donde van a estrellarse.
De tal manera en la casa expirante de los Labdácidas, vemos sobre antiguas desgracias acumularse desgracias nuevas. Una generación sucede a otra, sucediéndose sus males. Un dios la hiere sin darle tregua. Aún brillaba alguna claridad sobre la última raíz del trono de Edipo; y he aquí que la ceniza de los muertos, el extravío del espíritu y la furia que turba la razón han eclipsado dicha luz.
¡Qué hombre en su orgullo, oh Zeus, podría lisonjearse de poner coto a tu poder, a tu poder a quien el sueño, al que todo cede, y el infatigable correr del tiempo no sobrepujarán jamás! No accesible a las huellas de la vejez, habitas con tu omnipotencia en el seno de la claridad resplandeciente del Olimpo; el presente, el pasado, el porvenir están sometidos a tu voluntad. Suerte semejante no existe para el hombre. No hay mortal cuyos días estén enteramente libres de dolores.
La esperanza activa y ligera viene con frecuencia a consolar a los hombres; con frecuencia también los entretiene con vanos deseos que los engañan: en el seno de la ignorancia donde viven se desliza en sus corazones cuando ya sus pies van a tocar los carbones ardientes. Porque es una máxima conocida entre los sabios, que cuando un dios nos conduce a la desgracia, el mal toma a nuestros ojos los colores del bien. La vida tiene pocos momentos libres de dolor.
Pero ved a Hemón, el menor de vuestros hijos. Desesperado al ver su amor frustrado, viene sin duda a deplorar la suerte de Antígona, que debía ser su esposa.
CREÓN
Eso lo sabremos pronto, mejor que los mismos adivinos.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO TERCERO
ESCENA PRIMERA
CREÓN, HEMÓN, EL CORO
CREÓN
Hijo mío, al tanto de la suerte de la esposa que os estaba destinada, ¿venís a hacer estallar vuestras iras contra vuestro padre o, cualquiera que sea el partido que yo haya tomado, soy siempre vuestro amigo?
HEMÓN
Padre mío, os soy afecto. Vos, obrando conforme a principios sabios, me serviréis de modelo. No hay himeneo para mí preferible a la felicidad de verme guiado por vuestra sabiduría.
CREÓN
Sí, hijo mío; preferir a todo la voluntad de vuestro padre: he aquí el principio y la regla que debéis llevar siempre en vuestro corazón. Un padre no desea poseer en su casa hijos sumisos sino para verles, compartiendo su amistad para sus amigos, hacerles a sus enemigos cuantos males merezcan. Porque, quien no ha dado el ser sino a hijos indiferentes a sus intereses no ha engendrado sino tormentos para él y motivos de alegría para sus enemigos. No vayáis, pues, hijo mío, arrebatado por el amor de una mujer, a abjurar de tales sentimientos; considerad cuán fríos son los abrazos de una esposa indigna que comparte vuestro lecho. ¿Y qué llaga más honda que las caricias de un amigo pérfido? Rechazad a esa mujer como a una culpable enemiga, y dejadla buscar en los infiernos otro himeneo; pues ya que, sólo ella en la ciudad, ha osado desobedecer mis leyes, me mostraré fiel a esas leyes haciéndola morir. En vano invocaría en nombre de Zeus la sangre que me une con ella. Si los que la naturaleza me da por parientes son indignos, iré a buscar otros en las familias extrañas. Pues quien es hombre de bien en su casa se muestra igualmente buen ciudadano en el Estado. No puedo menos de mirar con indignación a quien pretende violar las leyes o imponerse a los que gobiernan. En las grandes cosas, como en las pequeñas, en las justas como en las injustas, hay que obedecer a quien el Estado ha elegido para mandar. Mandará bien quien ha sabido obedecer, y un día de batalla se podrá contar con su bravura y su fidelidad. La anarquía es el mayor de los males; pierde a las familias, destruye los Estados, lleva a los ejércitos a la derrota; la obediencia es la salvación de los que siguen sus reglas. Sostengamos, pues, con firmeza los principios del buen gobierno y no permitamos que una mujer nos subyugue. Más vale, si es preciso, ceder al poder de un hombre que dejarse vencer por una mujer.
EL CORO
Si la edad no obscurece nuestra razón, parécenos que habláis prudentemente en eso que decís.
HEMÓN
Padre mío, los dioses dan a los hombres la prudencia, que es el más precioso de todos los tesoros. Yo no podría, no sabría siquiera adelantar que haya nada reprensible en vuestras palabras, pero creo que también algún otro puede hablar razonablemente; así, pues, habéis de saber que mi naturaleza me inclina a observar lo que cada uno, a propósito de vos, puede decir, hacer o vituperar; pues vuestro aspecto, temible a los ojos de vuestro pueblo, ahoga palabras que no escucharíais con gusto. Yo, en la obscuridad, puedo oir cuanto se murmura, cuanto Tebas lamenta la suerte de esta joven princesa que, considerada culpable por la más gloriosa de las acciones, va a perecer de una muerte indigna. ¡Qué! ¿La que no ha podido sufrir que el cuerpo ensangrentado de un hermano siguiera siendo presa de las aves y de los perros voraces, no merece los honores más distinguidos? Tales son los discursos que la voz pública propaga en secreto. En cuanto a mí, padre mío, nada es a mis ojos preferible a la prosperidad de vuestro reino. ¡Qué ornamento, en efecto, más halagador para un hijo que la gloria de un padre, y para un padre que la gloria de un hijo! No os obstinéis, pues, en creer que sólo vuestros discursos y no los de los demás son conformes a la razón; pues si hay hombres que piensan poseer ellos solos la sabiduría, la elocuencia, el valor, al analizarlos, el vacío de su alma se deja advertir. Para todo hombre sabio no es una vergüenza instruirse y ceder a la instrucción. Ved cuántos árboles, para salvar sus ramas, ceden a los torrentes agrandados por las tempestades; los que resisten son desarraigados. El piloto que dejando su vela tendida quiere hacer cara al viento, ve pronto su batel volcado tornarse juguete de las aguas. Calmad, pues, vuestra cólera y dejaos rendir, si, pese a mis pocos años, alguna prudencia ha penetrado en mi corazón (dichoso el que puede poseer todas las luces de la razón), si tengo algún saber (pues es frecuente a mi edad carecer de él); pensad que es bueno dejarse ilustrar por consejos razonables.
EL CORO
Señor, si sus razones son buenas, os conviene ceder a ellas; vos, príncipe, ceded a las del rey si son mejores. Porque habéis uno y otro hablado bien sabiamente.
CREÓN
¡Cómo! ¿A la edad que tengo recibiré de un hombre de sus años lecciones de prudencia?
HEMÓN
¿Qué importa mi juventud? No veáis mi edad; ved mis consejos.
CREÓN
¡Qué consejos, honrar a los que desobedecen las leyes!
HEMÓN