Edipo rey; Edipo en Colona; Antígona
Part 8
¡Diosa invisible, y vos, Hades, soberano de la eterna noche, si nos es permitido dirigiros nuestras plegarias, haced, os lo rogamos, que ese anciano alcance una muerte apacible, sin angustias, y descanse dulcemente en la laguna Estigia, en la región de los muertos donde todo se suma! Y vos, extranjero, después de tantos tormentos sufridos sin merecerlos, ¡que un dios justo os mire con ojos benignos!
Diosa subterránea, y tú, invencible guardián de los infiernos, monstruo horrible a quien nos representan gruñendo y acostado ante las puertas de Hades, hijo del Tártaro y de la Tierra, te suplicamos que acojas con dulzura al extranjero que va a precipitarse en la morada subterránea de los muertos: te invocamos a ti, cuyo sueño dura eternamente.
[Ilustración]
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ACTO QUINTO
ESCENA PRIMERA
UN MENSAJERO, EL CORO
EL MENSAJERO
Ciudadanos: puedo en pocas palabras anunciaros la muerte de Edipo; mas para las circunstancias de este acaecimiento unas breves palabras no bastan.
EL CORO
¡Ha muerto el infortunado!
EL MENSAJERO
Ha dejado esta vida para siempre.
EL CORO
¿De qué manera? ¿Su fin ha sido al menos dulce? ¿Parecía obra de un dios?
[Ilustración]
EL MENSAJERO
De un modo digno de admiración. En efecto, habéis visto vosotros, que estabais presentes, cómo ha partido de aquí sin ser guiado por nadie, y sirviéndonos de guía a nosotros. Apenas ha llegado al umbral del abismo que se arraiga a la tierra por una escalera de bronce se ha detenido hacia el sitio donde el camino se divide en varios ramales, cerca del profundo cráter donde reposan los monumentos de la eterna amistad que Teseo y Pirítoo se juraron en otro tiempo. Se ha sentado a distancia igual de la crátera, de la roca tórica, de una tumba de piedra y de un peral salvaje cuyo tronco está carcomido por los años. Se ha despojado de los repugnantes harapos que le cubrían, y llamando a sus hijas, les ha ordenado que le busquen un agua pura para baños y libaciones. Ambas han corrido a la colina de la fecunda Deméter que se divisa no lejos de allí y han ejecutado presurosas los deseos de su padre. Le han bañado y lo han cubierto con vestiduras nuevas, conforme a los ritos prescritos. Apenas ha gustado las dulzuras de los servicios que le prestaban; apenas todas sus órdenes han sido cumplidas, Zeus ha hecho sonar su trueno subterráneo. Las dos muchachas, estremeciéndose al oirlo, se han prosternado ante su padre, deshechas en lágrimas, golpeándose el pecho y lanzando largos gemidos. Edipo, en cuanto ha oído ese ruido espantoso, extendiendo ambos brazos sobre sus hijas: «Hijas mías --ha dicho-- no tenéis ya padre; todo ha acabado para mí. No tendréis ya que soportar las penosas fatigas que os causaba el cuidado de mi subsistencia; eran crueles, lo sé; pero para endulzar los más rudos trabajos, os bastaba saber que nadie os amará nunca más que yo. Me perdéis hoy, y el resto de vuestra vida va, desde ahora, a deslizarse en esa privación amarga.» A estas palabras padre e hijas se han abrazado, llorando y sollozando. Al fin, calmado su llanto, y habiendo sucedido el silencio a sus gritos, una voz se ha hecho oir de repente, llamando a Edipo. El pavor ha sobrecogido a los presentes y el pelo se nos ha erizado. La voz del dios se ha oído diciendo: «¡Edipo, Edipo! ¿Qué nos detiene? Marchemos. Tardas demasiado.» Apenas ha reconocido la voz del dios ha invitado a Teseo a acercarse y le ha dicho: «Amigo mío, dadme la mano, en prenda de la fe constante que os liga a mis hijas; vosotras, hijas mías, dádmela también. Príncipe; prometedme no hacerlas nunca daño voluntariamente, sino velar por sus intereses y hacer por ellas cuanto podáis.» Teseo, como hombre generoso, le jura, conteniendo las lágrimas, cumplir sus deseos. Hecho este juramento, Edipo, colocando sus manos trémulas sobre sus hijas, les ha dicho: «Hijas mías, es preciso que, con un noble valor, os alejéis de aquí y no me pidáis ver ni oir lo que os está vedado. Retiraos al punto; que Teseo quede solo y sea testigo de lo que ha de ocurrir.» A tal orden, que hemos oído todos, nos hemos retirado, gimiendo y derramando lágrimas, detrás de sus hijas. Pero, apenas alejados un poco, hemos vuelto la cabeza; Edipo había desaparecido y Teseo, la mano en el rostro, se tapaba los ojos, como aterrorizado al aspecto de un horrible espectáculo. Luego le hemos visto prosternarse y adorar a la vez la Tierra y el Olimpo do residen los dioses. Sólo Teseo entre los mortales podría decir de qué guisa ha perecido Edipo; pues ni el rayo ha caído sobre él para reducirle a cenizas, ni la tempestad ha venido del seno de los mares para arrebatarlo; pero o algún dios se lo ha llevado, o la tierra se ha abierto por sí misma para proporcionarle un fácil paso a los infiernos. No ha sucumbido, en fin, atormentado por las angustias de una enfermedad. Hay menos motivo para llorarle que para admirarle entre todos los humanos. Si alguien juzga que he dicho cosas insensatas no trataré de persuadirle.
EL CORO
¿Dónde están ahora las dos hijas de Edipo y los amigos que las acompañaban?
EL MENSAJERO
Aquí se acercan. Harto las anuncian sus gemidos.
ESCENA II
ANTÍGONA, ISMENA, EL CORO
ANTÍGONA
¡Cuán desgraciadas somos! Hoy hemos de llorar, y el resto de nuestra vida la sangre a quien se la debemos, la sangre lamentable de un padre por quien hemos constantemente padecido trabajos y por quien hasta nuestra muerte, nuestros ojos y nuestro corazón han de padecer todavía tanto.
EL CORO
¿Qué ha sucedido?
ANTÍGONA
Lo que no podría imaginarse, amigos míos.
EL CORO
¿Ha muerto?
ANTÍGONA
De la manera que vosotros más habríais deseado. ¿Qué otra cosa mejor puede desearse? No ha tenido que sufrir el embate de Ares ni el del mar, sino que las entrañas de la tierra, abriéndose a la luz, se han apoderado de él y han puesto fin a su vida de una manera inesperada. ¡Ahora una noche funesta se tiende para siempre ante nuestros ojos! ¿En qué tierra apartada; sobre qué olas tempestuosas habremos de errar y buscar el sustento para conservar una vida insoportable?
ISMENA
¿Quién sabe? ¡Que el dios de los muertos me lleve a su imperio y me junte a mi padre! Lo que me resta de vida no es ya nada para mí.
EL CORO
¡Oh las más generosas de todas las hijas!, hay que sufrir con valor los males que los dioses os envían; no os dejéis extraviar por vuestro dolor; vuestra suerte no es tan deplorable.
ANTÍGONA
Añoro ¡ay! hasta los males que compartía con él; lo que había en ellos de más penoso era un placer para mí cuando le sostenía en mis brazos. ¡Padre mío, amigo mío, a quien las tinieblas de la tierra ahora envuelven, nunca vuestra vejez dejó de serme cara! ¡Que no cese yo nunca de amar vuestra memoria!
EL CORO
¿Ha muerto, pues?
ANTÍGONA
Ha muerto como deseaba.
EL CORO
¿Qué decís?
ANTÍGONA
Ha muerto en esta tierra extraña donde deseaba morir. El lecho fúnebre donde reposa está cubierto de eterna obscuridad y el duelo en que nos deja nos hará verter lágrimas inagotables. Sí, padre mío, para siempre mis ojos os han de llorar; no tengo en mi dolor consuelo alguno. ¡Debíais, ¡ay!, morir en una tierra extraña y dejarme al morir en tan triste abandono!
ISMENA
¡Desgraciadas! ¡Privadas una y otra de un padre querido, a qué abandono, también a qué estado miserable me veo condenada con vos, hermana mía!
EL CORO
Amigas nuestras; puesto que ha acabado tan felizmente su vida, cesen vuestras quejas. No hay nadie que escape a la desgracia.
ANTÍGONA
Volvamos sobre nuestros pasos, hermana.
ISMENA
¿Qué pretendéis hacer?
ANTÍGONA
Un deseo me posee.
ISMENA
¿Qué deseo?
ANTÍGONA
Ver la morada subterránea...
ISMENA
¿De quién?
ANTÍGONA
De mi padre. ¡Cuán desgraciada soy!
ISMENA
¿Lo creéis permitido? ¿No veis...?
ANTÍGONA
¿Cuál es el objeto de vuestro reproche?
ISMENA
¿No veis? Digo...
ANTÍGONA
¿Qué queréis? vuelvo a preguntaros.
ISMENA
Ha muerto sin tumba, sin testigos...
ANTÍGONA
Llevadme allí, y cuando lleguemos quitadme la vida.
ISMENA
¡Desgraciada! ¿Y cómo podría yo soportar el peso de mi vida condenada a la indigencia y a la soledad?
EL CORO
Amigas nuestras, no temáis nada.
ANTÍGONA
¿Dónde huiré?
EL CORO
Habéis ambas, huyendo de vuestro país, evitado los peligros a que estabais expuestas.
ANTÍGONA
Yo pienso...
EL CORO
¿Qué?
ANTÍGONA
Cómo volveremos a nuestra patria, y no veo medio alguno.
EL CORO
Dejad de pensar en ello. Sería muy penoso.
ANTÍGONA
Lo es hace mucho tiempo; antes por superar a nuestras esperanzas, ahora por superar a nuestras fuerzas.
EL CORO
¡En qué vasto mar de inquietudes habéis caído!
ANTÍGONA
¿Dónde, oh Zeus, dirigiremos nuestros pasos? ¿Hacia qué esperanzas un dios favorable me conducirá ahora?
ESCENA III
LOS PRECEDENTES, TESEO
TESEO
Hijas mías, cesen vuestros llantos. No cuadra verter lágrimas en una ocasión en que esta comarca os demuestra su espíritu benéfico; sería un ultraje.
ANTÍGONA (_A Teseo._)
Hijo de Egeo, nos prosternamos ante vos.
TESEO
¿Qué queréis de mí, hijas mías?
ANTÍGONA
Ver con nuestros propios ojos la tumba de nuestro padre.
TESEO
Eso os está vedado.
ANTÍGONA
¿Qué decís, soberano de Atenas?
TESEO
Hijas mías, él mismo me ha prohibido dejar nunca a nadie acercarse a tal sitio y descubrir a mortal alguno el asilo sagrado donde reposa. Sólo permaneciendo fiel a sus órdenes, me ha dicho, puedo poner para siempre esta comarca al abrigo de toda desgracia. El genio que vela sobre nosotros y Zeus que lo oye todo han escuchado mis juramentos.
ANTÍGONA
Ya que tal fué su voluntad, me someto a ella. Enviadnos a Tebas, que podamos prevenir al menos el golpe mortal que dos hermanos intentan asestarse.
TESEO
Haré lo que me pedís y todo lo que pueda seros ventajoso y halagar al que acaba de descender a las entrañas de la tierra. No me cansaré de seros útil.
EL CORO
Suspended, pues, el curso de vuestros gemidos, gustad algún reposo. Cuanto el rey os ha prometido se realizará.
FIN DE EDIPO EN COLONA
ANTÍGONA
PERSONAJES
ISMENA } ANTÍGONA } hijas de Edipo. CREÓN, rey de Tebas. EURÍDICE, esposa de Creón. HEMÓN, hijo de Creón. TIRESIAS, adivino. UN MENSAJERO. UN GUARDA. UN ESCLAVO. CORO, compuesto de ancianos de Tebas.
[Ilustración]
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
ANTÍGONA, ISMENA
ANTÍGONA
Cara Ismena, cara hermana, conocidos os son el número y la extensión de los males que nos ha legado Edipo, y hasta qué punto Zeus, durante nuestra vida, ha querido abatirnos. Parecía, hasta ahora, que no los hubiera tan sensibles, tan crueles, tan afrentosos, que vos y yo no los hubiésemos sufrido; y ahora ¿sabéis qué edicto se dice que el Rey acaba de hacer publicar por toda Tebas? ¿Lo habéis oído, o ignoráis acaso todavía las indignidades que nuestros enemigos preparan contra los que nos son amados?
ISMENA
¡Oh cara Antígona! Nada agradable o ingrato acerca del destino de nuestros amigos ha llegado a mis oídos desde que en un solo día nos vimos privadas de nuestros dos hermanos, muertos a la vez de las heridas que se habían causado, y nada nuevo he sabido, feliz o siniestro desde el instante en que el ejército de los argivos desapareció en la obscuridad de la noche última.
ANTÍGONA
Lo sabía; y por eso, deseando tener, secretamente, una conversación con vos, os he hecho salir de palacio.
ISMENA
¿Qué vais a hacerme saber? Parecéis agitada por algún gran designio.
ANTÍGONA
¡Qué! ¿Creón no ha concedido a uno de nuestros dos hermanos y negado al otro los honores fúnebres? Ha hecho, fiel a las leyes y a la justicia (según los tebanos publican), enterrar a Eteocles con todos los honores caros a los manes; mientras que ha publicado, dicen, la orden de no amortajar, de no llorar al desgraciado Polinicio, y de abandonarle, sin honores y sin sepulcro, a los áridos pájaros prestos a devorar su presa. Ved lo que el generoso Creón, me dicen, debe declararos, y también a mí, sí, a mí. Va a venir aquí a confirmar su edicto ante los que lo ignoran, y no es una prohibición indiferente, pues a quien se atreva a violarla se le condenará a morir lapidado en medio de la ciudad. Ved lo que preparan contra vos. Pronto demostraréis si sois digna o no de vuestra sangre gloriosa.
ISMENA
¡Ay, infortunada! Ante tal prohibición, ¿qué debo preferir? ¿Acatarla o infringirla?
ANTÍGONA
¿Queréis trabajar y obrar conmigo?
ISMENA
¿A qué peligro queréis lanzaros y qué meditáis?
ANTÍGONA
¿Me prestaréis vuestra mano para enterrar ese cuerpo?
ISMENA
¿Pretendéis enterrar a aquel para quien toda piedad está vedada?
ANTÍGONA
Quiero enterrar a mi hermano y al vuestro; sí, al vuestro. ¿Titubearíais en reconocerlo como tal? No se me reprochará el haberle abandonado.
ISMENA
¡Cómo, desgraciada Antígona! ¿A pesar de la prohibición de Creón?
ANTÍGONA
¿Tiene derecho a separarme de los míos?
ISMENA
Pensad, hermana mía, que nuestro padre, cargado de oprobios y de odio, murió luego de haberse arrancado los ojos con sus propias manos, para castigarse él mismo por sus crímenes en cuanto los hubo reconocido; que, al pronto, aquella reina que, por una doble calamidad, se halló a la vez esposa y madre, recurrió al auxilio de un lazo funesto para librarse de la vida; que, en fin, dos hermanos infortunados se han asesinado el uno al otro y han expirado de la misma muerte. Ahora, solas ya en nuestra casa, ved el fin deplorable que nos espera, si, rebelándonos contra la ley, nos atrevemos a desafiar las órdenes y el poder del soberano. Considerad que no es dado a las mujeres el combatir contra los hombres; que los que mandan son más fuertes que nosotras y que hay que someterse a su voluntad, aunque fuese aun más rigurosa. Por lo que a mí toca, suplicando a los nuestros que me perdonen, si cedo a la violencia, será obedeciendo a los que poseen el poder; pues es insensato emprender más de lo que se puede ejecutar.
ANTÍGONA
No os importunaré más; y aunque queráis ahora uniros conmigo, no lo consentiré; tomad el partido que os cuadre. Por lo que a mí toca, enterraré a mi hermano; y tal deber cumplido, moriré gustosa; será volver a unirse con su amigo una amiga. Habré hecho una acción justa y piadosa, ya que el tiempo que habré de agradarle es más largo que el que debo agradar a los vivos; pues voy a unirme a él para la eternidad. En cuanto a vos, si os place, despreciad lo que los dioses honran.
ISMENA
Estoy lejos de tal desprecio; pero no me es dable luchar contra la voluntad de los ciudadanos.
ANTÍGONA
Valeos de ese pretexto, mientras yo voy a enterrar a ese hermano querido.
ISMENA
¡Desgraciada hermana, me hacéis temblar!
ANTÍGONA
No temáis por mí; cuidaos de vos.
ISMENA
Pero, al menos, no descubráis vuestro designio a nadie.
ANTÍGONA
No, no, corred a denunciarlo. Más me ofenderéis callándolo que publicándolo.
ISMENA
Es animarse en demasía por un cuerpo inanimado.
ANTÍGONA
Pero sé que soy grata a quienes me importa agradar.
ISMENA
Sí, si lográis vuestro objeto; pero intentáis un imposible.
ANTÍGONA
Bien; me detendré donde se detengan mis fuerzas.
ISMENA
Deberíais comenzar por no perseguir lo que no podéis alcanzar.
ANTÍGONA
Cuanto más habléis de esa guisa más excitaréis mi odio, y os atraeréis la justa enemistad de un hermano; dejadme con mis propósitos sufrir la suerte que me espera; nada habrá nunca tan ingrato que me impida morir con gloria.
ISMENA
Id, ya que lo queréis; es locura, pero nuestros queridos muertos agradecerán vuestro amor.
ESCENA II
EL CORO (_Entrando en escena._)
EL CORO
Puro y radiante sol, ojo luminoso del día, al fin resurges rutilante de una luz más fúlgida que nunca ante la mirada de Tebas, la de las siete puertas; ya se reflejan tus rayos en las ondas de Dirceo y haces huir en tumulto y miedosamente al argivo con un broquel deslumbrador; al ejército que, con formidable aparato, había venido a sitiarnos.
Lleno de ardor a causa de las pretensiones inciertas de Polinicio, marchaba, lanzando agudos gritos, al modo del águila que, en pos de su presa, descendiendo, desplega sus alas blancas como la nieve.
Una multitud innumerable de armas y de cascos empenachados le seguía.
Se ha detenido ante nuestros muros; ya sus lanzas, ávidas de matanza, los rodeaban; parecía a punto de derrocar sus siete puertas, y ha desaparecido antes que sus entrañas se hayan saciado de nuestra sangre y que los torbellinos de fuego hayan envuelto nuestras torres. De tal modo, Ares, favorable a la serpiente que él atacaba, ha resonado en sus oídos.
La orgullosa presunción horroriza a Zeus. Este dios ve a los argivos corriendo hacia nosotros en grandes oleadas, animados por el ruido de sus armas de oro, y lanza sobre uno de ellos el rayo encendido en el instante en que se jactaba de entonar sobre nuestros muros el himno de la victoria.
El guerrero, la antorcha en la mano, cae bajo el golpe que le ha herido; él que, en aquel momento, a impulsos de una osadía loca, parecía en su soplo ardiente igualar el soplo de los vientos conjurados. Todo ha cambiado al punto de aspecto y el poderoso Marte, combatiendo a nuestro lado, ha hecho caer sobre nuestros enemigos los males que ellos nos preparaban.
Los siete jefes que se dirigían a nuestras siete puertas, contra otros tantos jefes tebanos, nos han abandonado sus armas brillantes, con las que alzaremos un trofeo a Zeus triunfador. Sólo ha continuado la liza entre esos dos infortunados que, con la misma sangre en las venas han enristrado uno contra otro sus lanzas victoriosas y han tenido el mismo destino.
Pero la victoria, que inmortaliza los nombres, ha venido a Tebas y ha hecho suceder la alegría a los dolores. Dejad al fin, ¡oh tebanos!, de pensar en los combates y vamos, en coros durante la noche entera, a rodear los altares de los dioses. Que Dionisos, animando a todos, presida nuestra fiesta.
Pero he aquí a Creón, el hijo de Meneceo, el nuevo soberano que acaba de darnos el favor de los dioses; avanza y medita, sin duda, algún designio, puesto que una orden general de su parte nos ha reunido aquí a todos para constituir este consejo de ancianos.
ESCENA III
CREÓN, EL CORO
CREÓN
Ancianos; los dioses han salvado, al fin, del naufragio a esta ciudad, a quien una furiosa tempestad combatía; sólo a vosotros entre todos los ciudadanos, he querido reunir aquí. Sé el respeto que os ha inspirado siempre el cetro de Layo; sé, además, hasta qué punto, mientras Edipo ha reinado y aun después de su muerte, habéis permanecido fieles a sus hijos. Pero desde el momento en que, en el mismo día, y vencedores y vencidos por un doble destino, se han degollado el uno al otro con sus manos sanguinarias, el poder y el trono me pertenecen en virtud de los derechos de la sangre.
No hay nadie de quien pueda conocerse bien el alma, el genio, el carácter, si aún no se ha visto ponerse a prueba en la práctica del poder y de las leyes. En cuanto a mí, considero y he considerado siempre un mal hombre a quien, encargado del gobierno de un Estado, lejos de atenerse, naturalmente, a los mejores principios, permite al temor que ate su lengua; y no puedo por menos de despreciar a quien antepone al de la patria el interés de sus amigos. Zeus, que todo lo ve, es testigo de que no celaría yo nunca los males que viniesen a amenazar la tranquilidad de mis conciudadanos y nunca el enemigo del Estado podrá ser mi amigo, convencido de que de la salud de la patria dimana la nuestra y de que no se echan de menos amigos cuando la nave del Estado navega sin riesgo. He aquí en virtud de qué principios quiero aumentar la prosperidad de este imperio, y de ahí las órdenes que acabo de publicar respecto a los dos hijos de Edipo. Quiero que Eteocles, que se distinguió por su valor y combatió y murió por su patria, repose en una tumba y reciba los honores que se rinden a los manes de los grandes hombres; mas por lo que toca a su hermano Polinicio, que, expulsado de su patria, sólo tornó con el deseo de entregar a las llamas sus muros y sus coliseos, de saciarse de nuestra sangre y de reducirnos a la esclavitud, he hecho publicar por toda la ciudad la prohibición de enterrarle y de llorarle. Que su cuerpo insepulto sirva de presa a la avidez de los perros y de los buitres; he aquí mis deseos y mis órdenes. Nunca el crimen obtendrá de mí los honores debidos sólo a la virtud; pero a quien haya mostrado celo por mi patria le honraré fielmente durante su vida y luego de su muerte.
EL CORO
¡Oh hijo de Meneceo, loada sea la suerte que reserváis al amigo y al enemigo del Estado! En vuestras manos está la disposición de las leyes, a las cuales todos, muertos o vivos, nos hallamos sometidos.
CREÓN
Velad, pues, por la ejecución de lo que acabo de publicar.
EL CORO
Dignaos imponer ese deber a otros más jóvenes.
CREÓN
Los que han de guardar el cuerpo de Polinicio están ya en su puesto.
EL CORO
¿Qué cuidado, os queda, pues, que encomendarnos?
CREÓN
El de manteneros inflexibles con quienes desobedezcan mis leyes.
EL CORO
No hay nadie tan insensato que se busque la muerte.
CREÓN
Ese sería, en efecto, el precio de la desobediencia. Pero muchas veces la esperanza de lucro ha llevado a la muerte a los hombres.
ESCENA IV
CREÓN, UN GUARDA, EL CORO
EL GUARDA
Señor; no os diré que he venido volando hacia aquí; pues, a impulsos de los distintos pensamientos que me han afligido en el camino, he vuelto muchas veces sobre mis pasos. Ya me decía el corazón: «¡Desgraciado!, ¿por qué correr al castigo que te espera?» Ya: «¡Infortunado!, ¿qué te detiene? Si se entera Creón de lo ocurrido por otro que tú, ¿a qué suplicio estás destinado?» Tan distintos impulsos no me permitían avanzar sino con lentitud. No hay camino tan corto que no lo prolonguen semejantes incertidumbres. En fin, me he decidido y he venido. Voy a hablar, aunque no pueda explicaros nada, pues al cabo, vengo confiado en que no he de sufrir sino lo que ha sido ordenado por el destino.
CREÓN
¿De qué procede la turbación en que te veo?
EL GUARDA
Hablaré de lo que me atañe, porque yo no he cometido el crimen e ignoro el autor. Sería una injusticia castigarme a mí.
CREÓN
En verdad, te tomas cuidados y andas con precauciones que me indican debes de tener alguna noticia que darme.
EL GUARDA
Con enojosas noticias es difícil apresurarse.
CREÓN
Acaba de explicarte y, concluído tu mensaje, déjame.
EL GUARDA
Obedezco: Acaban de inhumar el cuerpo; lo han cubierto de tierra; han cumplido los ritos acostumbrados y han desaparecido.
CREÓN
¿Qué dices? ¿Quién ha tenido tal audacia?
EL GUARDA