Edipo rey; Edipo en Colona; Antígona

Part 5

Chapter 54,095 wordsPublic domain

Hacedle avanzar, muchacha; ¿no oís?

ANTÍGONA

Seguidme, padre mío, seguidme; por muy débil que estéis, id adonde os conduzco... Desgraciado padre, extranjero en una tierra extraña; tened valor de evitar lo que el ciudadano odia y de respetar lo que ama.

EDIPO

Condúceme, hija mía, condúceme... no combatamos contra la necesidad; vamos adonde el respeto de los dioses nos llama y a donde podamos escuchar y ser escuchados.

EL CORO

Deteneos ahí, y guardaos de poner los pies fuera de esa roca que limita el camino.

ANTÍGONA

¿Aquí?

EL CORO

Ahí mismo. Basta.

EDIPO

¿Puedo sentarme?

EL CORO

Subid oblicuamente y colocaos con suavidad en lo alto de la roca.

ANTÍGONA

Ese cuidado me está reservado a mí, padre mío; a mí me toca conduciros suavemente y paso a paso. Apoyad vuestro cuerpo cargado de años en la mano de una hija querida.

EDIPO

¡Oh destino cruel!

EL CORO

Ahora estáis sentado, infortunado; decidnos cuál es vuestra sangre, decidnos quién sois, decidnos cuáles son vuestras desgracias y cuál es vuestra patria.

EDIPO

Extranjeros, no tengo patria; pero por favor...

EL CORO

¿Qué decís, anciano?

EDIPO

Por favor, una vez más, no me preguntéis quién soy; no me sigáis interrogando.

EL CORO

¿Por qué?

EDIPO

¡Nacimiento funestísimo!

EL CORO

Hablad.

EDIPO (_A Antígona._)

¡Oh hija mía! ¿Qué diré?

EL CORO

Extranjero, ¿cuál es vuestra sangre; quién era vuestro padre?

EDIPO

¡Cielos! Hija mía, ¿qué debo hacer?

ANTÍGONA

Hablad, no podéis resistiros más.

EDIPO

Voy a hablar, pues. ¿Cómo podría permanecer desconocido?

EL CORO

¡Cuánta dilación! ¿Queréis explicaros?

EDIPO

¿Conocéis al hijo de Layo?

EL CORO

¡Cielos!

EDIPO

¿El sobrino de los Labdácidas?

EL CORO

¡Zeus!

EDIPO

¿El desgraciado Edipo?

EL CORO

¡Cómo! ¿Sois vos?

EDIPO

No os asustéis de lo que os digo.

EL CORO

¡Oh, oh!

EDIPO

¡Infortunado!

EL CORO

¡Oh, oh!

EDIPO

Hija mía, ¿qué va a suceder?

EL CORO

Salid, salid de este país.

EDIPO

¿De ese modo cumplís las promesas que me habéis hecho?

EL CORO

No hay castigo de las furias para quien devuelve al ofensor las ofensas que ha recibido de él. El engañador merece ser engañado a su vez y no debe esperar sino ultrajes en vez de reconocimiento. Dejad, pues, ese asiento, salid de esta tierra que habitamos y no atraigáis sobre nuestra ciudad nuevas desgracias.

ANTÍGONA

Virtuosos extranjeros, ya que no podéis soportar la presencia de mi padre, de este anciano ciego y desgraciado de quien conocéis ya los errores involuntarios, tened al menos piedad de una hija infortunada; por él, por mi padre, os imploro. Sí, os invoco, os pido, como vuestra propia hija, clavando en vuestros ojos mis ojos abiertos a la luz, que concedáis a este desgraciado anciano algunos sentimientos de consideración; nuestra suerte está en vuestras manos, como en las de un dios. Dignaos, dignaos, con un signo de asentimiento, concedernos la gracia inesperada que mi voz pide, haciendo hablar en su favor cuanto pueda conmoveros más, el nombre de hija, la razón, la necesidad, los dioses. ¿Quién, cuando un dios le arrastra, puede evitar el golpe que le prepara?

EL CORO

Hija de Edipo; enternecidos por vuestras desgracias, os compadecemos igualmente a uno y otro; pero el temor de los dioses nos impide cambiar nada de lo que hemos determinado contra vosotros.

EDIPO

¿Qué socorro; qué bien habrá que esperar nunca de una reputación vana y una gloria usurpada? He aquí a Atenas, tenida por tan religiosa, por la única ciudad celosa de amparar a un extranjero desgraciado, por la única capaz de socorrerle. ¿En qué han quedado para mí tales virtudes cuando, arrancándome del asiento donde descansaba, me echáis de vuestra patria sólo por el temor que os inspira mi nombre? Pues no es mi cuerpo quien os lo inspira, ni tampoco mis acciones, dado que de las acciones que me echáis en cara soy harto menos el autor que la víctima. Si, en efecto, las que conciernen a mi padre y mi madre causan vuestra indignación contra mí, por lo que he podido juzgar, ¿de qué crimen podía ser realmente culpable, yo que, sin saberlo, no he hecho sino devolver lo que se me había hecho sufrir y que hasta si hubiera obrado a propósito hubiera podido no pasar por criminal? He llegado, sin saberlo, al término a que mi suerte me ha conducido; pero los que querían mi pérdida bien sabían lo que hacían conmigo. Así, pues, extranjeros, os imploro en nombre de los dioses; salvadme, como me lo habéis prometido; y, honrando a los dioses, guardaos de creer que no son sino un destino ciego; creed por el contrario que tienen siempre los ojos puestos en los justos y en los impíos y que entre los que les desafían no hay nadie que pueda eludirles. No empañéis, pues, el brillo de la feliz ciudad de Atenas entregándoos a acciones impías; sino, fieles a vuestras promesas, defended, proteged a un suplicante que ha fiado en vuestra palabra; que el estado horrible en que me presento a vuestros ojos no os autorice para rechazarme. Vengo, protegido por la religión y los dioses, a reportar un gran favor a esta ciudad; y, cuando el que reina en esta tierra, sea quien sea, esté presente, lo oiréis, lo sabréis todo; cesad hasta tal momento de usar de rigor conmigo.

EL CORO

No podemos evitar, oh anciano, que vuestras razones nos conmuevan, tanta hay en vuestras palabras; pero es preciso que los que mandan en esta comarca se enteren como nosotros.

EDIPO

¿Y dónde está el que aquí gobierna?

EL CORO

En la ciudad patrimonio de sus padres. El mensajero que nos ha hecho venir ha partido en su busca.

EDIPO

¿Creéis que tendrá algún miramiento, alguna consideración para un ciego infortunado y que consentirá gustoso en venir?

EL CORO

Sin duda, desde el momento en que oiga vuestro nombre.

EDIPO

¿Y por quién podrá saberlo?

EL CORO

El camino es largo; pero las palabras de los viajeros circulan con rapidez. Las oirá; vendrá al punto, no lo dudéis, anciano, pues vuestro nombre ha resonado por doquier, aun cuando el sueño gravitase sobre sus sentidos. Teseo, despertado por ellas, se apresuraría a venir.

EDIPO

¡Quiera el cielo que venga bajo auspicios favorables, para su patria al par que para mí! Pues no hay hombre, por virtuoso que sea, que se olvide de su interés.

ANTÍGONA

¿Qué debo pensar, por Zeus, padre mío? ¿Qué debo decir?

EDIPO

Cara Antígona, hija mía, ¿qué os sucede?

ANTÍGONA

Veo venir hacia nosotros una mujer montada en un corcel soberbio, un casco a la manera tesaliana cubre su cabeza y sombrea su frente... ¿Qué creer? Será... No..., mi espíritu no acierta... Yo aseguraría..., pero no... No sé qué decir. Desgraciada, no puede ser otra... A medida que se aproxima la alegría brilla en sus ojos, me sonríe. ¿Cómo dudar que es a Ismena a quien veo?

EDIPO

¿Qué decís, hija mía?

ANTÍGONA

Que es a vuestra hija, mi hermana Ismena, a quien diviso; el sonido de su voz puede ahora confirmároslo.

ESCENA VI

LOS PRECEDENTES, ISMENA

ISMENA

¡Dulce momento en que puedo ver y oir a un tiempo a un padre y a una hermana queridos! ¡Cuántos trabajos para encontraros, cuántos trabajos para volver a veros!

EDIPO

Hija mía, ¿sois vos?

ISMENA

¡Oh desgraciado padre!

EDIPO

¡Oh sangre de mi sangre, hija mía!

ISMENA

¡Oh ternuras desgraciadas!

EDIPO

¿Vos aquí, hija mía?

ISMENA

No sin grandes trabajos.

EDIPO

Querida hija, abrazad a vuestro padre.

ISMENA

Mis brazos os estrechan a ambos.

EDIPO

¿A Antígona y a mí?

ISMENA

Unen a tres desgraciados.

EDIPO

¿Y qué motivo os trae?

ISMENA

Algo que os atañe.

EDIPO

¿Me echabas de menos?

ISMENA

Tenía para vos noticias de que vengo a daros parte, no teniendo conmigo otro servidor fiel.

EDIPO

Y vuestros hermanos, ¿dónde están, ellos a quien la juventud habilita para los trabajos?

ISMENA

Donde quiera que estén, están en una cruel situación.

EDIPO

¡Cómo recuerdan sus costumbres y su carácter los antiguos usos de Egipto, donde los hombres, retirados en el interior de sus casas, manejaban el huso, mientras sus mujeres iban a buscar fuera cuanto era necesario para la nutrición de sus esposos! Así, hijas mías, vuestros hermanos, en lugar de echar sobre sus hombros, como debían, los cuidados que pesan sobre vosotras, permanecen tranquilamente guardando su casa, al modo de mujeres, mientras una y otra os ocupáis por ellos en el alivio de mis males. Una, desde el momento que salió de la infancia, y que adquirió la fuerza de la juventud, fugitiva y desgraciada conmigo, ha sido el guía de mi vejez; con frecuencia en los bosques más salvajes, errante, sin aliento y casi sin vestidos, expuesta a los ardores del sol, a las inclemencias del aire, doliente, extenuada, prefiere a los festines que hubiera tenido en su hogar la felicidad de procurar algún sustento a su padre. Vos, hija mía (_a Ismena_), vos habéis ya venido, a hurto de los tebanos, a anunciar a vuestro padre lo dicho por los oráculos sobre la suerte de este cuerpo infeliz. Me habéis fielmente acompañado al ser echado de mi patria, y ahora, Ismena, ¿qué venís a decirme, qué designio os ha sacado de vuestra morada? Porque, harto lo sospecho, no habéis venido sin motivo y sin alguna terrible noticia que darme.

ISMENA

No os diré, padre mío, cuánto he sufrido buscando el lugar donde podíais haberos retirado; no quiero, con un relato aflictivo de mis trabajos, sufrir de nuevo su amargura; vengo a informaros de los males que amenazan hoy a vuestros dos desgraciados hijos. Parecían al principio no tener otro deseo que abandonar el trono a Creón, y no mancillar su patria, considerando el estigma de su raza y los males horribles caídos sobre vuestra casa; ahora, impelidos por los dioses y por un genio perverso, por una ambición funesta, esos infortunados se disputan el trono. El más joven ha despojado de él a Polinicio, que tenía la ventaja de la edad; le ha echado de su patria. Polinicio, según es público, ha elegido a Argos para retiro; allí forma una nueva alianza; allí reúne un ejército que interesa en su causa, sea para castigar a la ciudad de Cadmo, ya para elevar hasta el Cielo la gloria de Argos. No son amenazas prodigadas en vano, padre mío, sino preparativos temibles. No sé cuándo los dioses se apiadarán de vuestras desgracias.

EDIPO

¿Cómo? ¿Tenéis ya alguna esperanza de que los dioses se dignen parar mientes en mí y ocuparse de mi dicha?

ISMENA

Sí, sin duda, padre mío, y varios oráculos lo afirman.

EDIPO

¿Qué oráculos son esos, hija mía? ¿Qué predicen?

ISMENA

Que aquí mismo, en vuestra vida y después de vuestra muerte, los pueblos os buscarán para su propia seguridad.

EDIPO

¿Y qué socorro podría esperarse de un mortal en el estado en que yo estoy?

ISMENA

En vos sólo, dicen, residen sus fuerzas.

EDIPO

¿Acaso, porque no soy ya nada, me convierto en un hombre importante a sus ojos?

ISMENA

Los dioses os ensalzan después de haberos abatido.

EDIPO

No es fácil ensalzar en la vejez lo que fué abatido en la juventud.

ISMENA

Sabed, sin embargo, que para aprovechar esos oráculos, Creón no tardará en venir.

EDIPO

¿Qué quiere hacer, hija mía? Explicadme.

ISMENA

Estableceros cerca de la tierra de Cadmo, para que los tebanos os tengan en su poder, sin permitiros, no obstante, franquear los límites de su país.

EDIPO

¿Y qué ventaja les reportará dejarme a sus puertas?

ISMENA

Vuestra tumba sería en otra parte un peso funesto que gravitaría sobre ellos.

EDIPO

Un dios, sin duda, les ha revelado esos secretos; ¿cómo ellos por sí solos hubieran podido penetrarlos?

ISMENA

Por eso quieren llevaros cerca de su ciudad y no permitiros disponer de vos.

EDIPO

¿Pero sin duda, se servirán de la tierra de Tebas para cubrir mi cuerpo?

ISMENA

Padre mío; la sangre paterna que vertisteis se opone a ello.

EDIPO

No se opondrá, al menos, a que nunca puedan apoderarse de mí.

ISMENA

He aquí lo que les pesará a los tebanos.

EDIPO

¿Por qué, hija mía?

ISMENA

Por efecto de vuestra cólera, cuando se acerquen a vuestra tumba.

EDIPO

¿Eso que anunciáis, hija mía, por quién lo sabéis?

ISMENA

Por los mismos que venían de consultar al oráculo de Delfos.

EDIPO

¿Es, pues, eso lo que Febo ha pronunciado sobre mí?

ISMENA

Es lo que han referido los que de Delfos han venido a los campos tebanos.

EDIPO

¿Alguno de mis hijos ha oído esos relatos?

ISMENA

Los han oído perfectamente uno y otro.

EDIPO

¿Y los pérfidos, no obstante, enterados por el oráculo han antepuesto el deseo de reinar al deseo de volver a verme?

ISMENA

Ved lo que no puedo oir sin rubor, y sin embargo, no puedo negar.

EDIPO

¡Que los dioses no extingan nunca el odio fatal que les divide! Si de mí dependiese el fin de la guerra que acaba de armar al uno contra el otro, ni el que tiene actualmente el cetro lo seguiría poseyendo ni el que ha salido de Tebas podría jamás volver a ella. Ambos, en vez de protegerme, en vez de retenerme, a mí que era su padre, cuando fuí, con tanto oprobio, echado de mi patria, contribuyeron a mi destierro y lo confirmaron con un decreto. Diréis que, en verdad, Tebas no hizo sino concederme lo que había pedido yo mismo. No, ciertamente, ya que en el fatal día en que mi furia me hacía desear la muerte, la lapidación, no hubo nadie que quisiera concederme tal gracia. Sólo después de cierto tiempo, cuando mis dolores se hubieron aliviado un poco, cuando empecé a percatarme de que mi extravío había castigado harto severamente mis faltas, sólo entonces sirvieron éstas de pretexto a los tebanos para expulsarme indignamente; y no obstante, mis hijos, que podían socorrer a su padre, le negaron su ayuda y me vi obligado a partir lejos de mi patria, fugitivo y miserable, a sufrir un destierro que una palabra de su boca hubiera podido evitarme. Sólo vosotras, hijas mías, en la medida que la debilidad de vuestro sexo os lo ha permitido, sólo vosotras me habéis proporcionado el sustento, la seguridad y todos los socorros que le es dable esperar a un padre, mientras que mis hijos no pensaban sino en apoderarse de mi cetro y en reinar en mi lugar. Pero nunca me tendrán por defensor, nunca el trono usurpado será una ventaja para ellos. He aquí lo que los oráculos, traídos por Ismena, me han hecho saber y las antiguas predicciones de Apolo confirman en mi pensamiento. Ahora que envíen a buscarme aquí a Creón o a cualquier otro de los poderosos de la ciudad: extranjeros, si con las venerables diosas que aquí presiden os dignáis prestarme vuestra ayuda, sabed que adquiriréis conmigo un poderoso escudo para vuestra ciudad y un azote para vuestros enemigos.

EL CORO

¡Bien merecéis, Edipo, tanto vos como vuestras hijas, que nos interesemos por vuestras desgracias! Ya que os anunciáis como el salvador de esta comarca, vamos a aconsejaros lo que debéis hacer.

EDIPO

Amigos míos, dadme esos consejos hospitalarios; estoy pronto a seguirlos.

EL CORO

Comenzad por purificaciones en honor de las diosas de las que habéis empezado por invadir la morada y de las que vuestros pies han hollado el suelo sagrado.

EDIPO

¿Y de qué modo haré esas purificaciones? Extranjeros, dignaos decírmelo.

EL CORO

Id, por de pronto, con mano respetuosa a esa fuente sagrada, que no se agota nunca, por agua pura para vuestras libaciones.

EDIPO

¿Y cómo podré coger tal agua?

EL CORO

Encontraréis cráteras que son obra de un hábil artista. Os las pondréis sobre la cabeza, y el asa doble de su abertura...

EDIPO

¿Con qué las cubriré? ¿Con ramas o con lana?

EL CORO

Con el vellón nuevo de un corderillo.

EDIPO

Bien. ¿Qué haré después?

EL CORO

Os volveréis hacia donde se levanta la aurora y haréis vuestras libaciones.

EDIPO

¿Las haré con las cráteras de que habláis?

EL CORO

Las haréis con tres vasos primero, y el cuarto lo derramaréis entero.

EDIPO

¿De qué lo llenaré? Acabad de enterarme.

EL CORO

De hidromiel; guardaos de mezclar vino.

EDIPO

Y cuando la tierra esté mojada con tales libaciones...

EL CORO

Tomad en vuestras manos tres veces nueve ramas de olivo y pronunciad las plegarias...

EDIPO

¿Qué plegarias? Ardo en deseos de oirlas; son importantes para mí.

EL CORO

«Diosas a quienes llamamos Euménides, recibid con benevolencia digna de vuestro nombre a un suplicante que os pide gracia.» Pero vuestra plegaria, si la pronunciáis vos mismo o si otro la pronuncia, no lo sea en voz alta, para que no pueda ser oída. Retiraos luego lentamente y sin volver la cabeza. Si seguís nuestros consejos, nos encontraremos confiados junto a vos; de otra suerte, extranjero, tememos mucho por vuestra vida.

EDIPO

Ya oís, hijas mías, lo que los habitantes de esta tierra nos recomiendan.

ANTÍGONA E ISMENA (_A la vez._)

Lo hemos oído; ordenad. ¿Qué hay que hacer?

EDIPO

En mi doble privación de mis fuerzas y de mis ojos, no puedo ir adonde me mandan. Que una de vosotras vaya a cumplir esos deberes por mí; pues una sola equivale a mil si su corazón está bien dispuesto. Pero una u otra apresuraos y cuidad de no dejarme solo. ¡Qué sería de mí, abandonado, sin guía y sin apoyo!

ISMENA

Bien; yo me encargaré de lo tocante a esas libaciones; sólo ignoro el sitio adonde he de ir, y eso es lo que deseo saber.

EL CORO

Al otro lado del bosque, de ese bosque que veis. Si necesitáis algún otro indicio, los habitantes del lugar podrán proporcionároslo.

ISMENA

Iré, pues, Antígona, mientras vos cuidáis de nuestro padre; cuando los autores de nuestros días nos causan alguna molestia, hay que sufrirla y olvidarla.

ESCENA VII

EL CORO, EDIPO, ANTÍGONA

EL CORO

Es, sin duda, una crueldad despertar vuestros dolores adormecidos por el tiempo, extranjero, y no obstante, ardemos en deseos de interrogaros.

EDIPO

¿Sobre qué?

EL CORO

Sobre el deplorable e irremediable infortunio en que os halláis.

EDIPO

En nombre de la hospitalidad que recibo de vosotros, no hagáis abrirme mis heridas. Cuanto me ha sucedido es horrible.

EL CORO

Y no obstante, extranjero, ardemos en deseos de oir un relato largo y fiel de tales acontecimientos.

EDIPO

¡Ay!

EL CORO

Concedednos ese favor; os lo suplicamos.

EDIPO

¡Ay! ¡Ay!

EL CORO

Atended a nuestra súplica; nosotros hemos atendido a las vuestras.

EDIPO

Los crímenes que me mancillan, el cielo es testigo, han sido involuntarios; mi voluntad no ha tenido parte en ellos.

EL CORO

¿Cómo?

EDIPO

Tebas, sin saber el himeneo a que me sometía, me cargó, con sus lazos funestos, de una cadena de infortunios.

EL CORO

¿Fué, pues, con vuestra madre, como se dice, con quien contrajisteis ese himeneo execrable?

EDIPO

¡Ay de mí! La muerte, extranjeros, no es más terrible que estos relatos. Las dos hermanas que veis lo son mías.

EL CORO

¿Qué decís?

EDIPO

Son mis hijas; ambas nacidas de mi crimen.

EL CORO

¡Oh Zeus!

EDIPO

Fueron concebidas en el mismo seno que yo.

EL CORO

¿Son, pues, a la vez, hijas y hermanas de su padre?

EDIPO

¡Ay!

EL CORO

¡Mil veces ay!

EDIPO

Cuanto puede darse de más horrible...

EL CORO

¿Lo habéis sufrido?

EDIPO

Lo he sufrido para recordarlo siempre...

EL CORO

¿Lo habéis cometido?

EDIPO

No lo he cometido.

EL CORO

¿Cómo?

EDIPO

¡Infeliz de mí! Recibí de Tebas lo que nunca hubiera debido aceptar.

EL CORO

¡Desgraciado! ¿Asesinasteis...?

EDIPO

¡Ah! ¿Qué más decís? ¿Qué queréis que os diga?

EL CORO

¿A vuestro padre?

EDIPO

Basta; son nuevos golpes con que desgarráis mi herida.

EL CORO

¿Lo matasteis?

EDIPO

Lo maté... y no obstante no fué...

EL CORO

¿Qué vais a decir?

EDIPO

No fué injustamente.

EL CORO

¿Cómo?

EDIPO

Voy a explicarme; no creí luchar sino con extranjeros. La ignorancia en que estaba de mi crimen me purifica a los ojos de la ley.

EL CORO

Mas he aquí a nuestro rey; he aquí a Teseo, a quien vuestro nombre atrae junto a vos.

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA

EL CORO, TESEO, EDIPO, ANTÍGONA

TESEO

He oído tantas veces, hasta hoy, hijo de Layo, relatar de qué modo horrible habéis perdido la vista, que os reconozco sin trabajo, y completan mi noción de eso los relatos que me han hecho en el camino. Vuestros vestidos, la miseria pintada en vuestro rostro, harto me dicen quién sois, desgraciado Edipo. Apiadado de vuestra suerte, quiero interrogaros. Decidme qué socorros esperáis de mí y de esta ciudad, para vos y para la infortunada que os conduce. Sería necesario que lo que pedís fuera muy difícil para que yo no pudiera concedéroslo. Me acuerdo demasiado de que, como vos, fuí en otro tiempo extranjero y desgraciado. He visto juntarse sobre mi cabeza cuantos males pueden asediar a un hombre en una tierra lejana de su patria. ¿Cómo podría yo negarme a socorrer a un extranjero tan infortunado como vos? ¿No sé que soy mortal y que no tengo más derecho que vos al día venidero?

EDIPO

Teseo, la generosidad de vuestra alma harto se muestra en vuestras breves palabras para que yo pueda ahorrarme el hablar largamente. Sabéis quién soy, quién fué mi padre, qué patria he dejado; sólo me resta deciros lo que deseo, y todo estará dicho.

TESEO

Explicadme lo que queréis; hacédmelo saber.

EDIPO

Vengo a traeros como presente este cuerpo miserable, cuyo aspecto no tiene nada que lo haga codiciable; pero las ventajas que os ha de proporcionar valen mucho más que los dones de la hermosura.

TESEO

¿Y qué ventaja pensáis proporcionarnos?

EDIPO

No es ahora cuando podéis saberlo; el tiempo os lo enseñará.

TESEO

Y ¿cuándo se manifestará la utilidad de vuestro presente?

EDIPO

Cuando haya muerto y vos me hayáis enterrado.

TESEO

Habláis del término de vuestra vida; ¿habéis olvidado el intervalo que os separa de él aún, o no le dais importancia?

EDIPO

Lo tengo muy presente en mi petición.

TESEO

Pero la gracia que me pedís es poca cosa.

EDIPO

¡Tened cuidado! Una gran lucha...

TESEO

¿Qué lucha? ¿Por parte de vuestros hijos o por mi parte?

EDIPO

Vendrán mis hijos a obligarme a volver junto a ellos.

TESEO

Si lo quisieran, haríais mal en huirles.

EDIPO

Pero cuando yo quería seguir a su lado no lo permitieron.

TESEO

¡Hombre imprudente! El resentimiento cuadra mal en el infortunio.

EDIPO

Cuando yo os haya enterado, dadme vuestros consejos; hasta entonces suspendedlos.

TESEO

Enteradme. No debo, en efecto, hablar sin previo examen.

EDIPO

Teseo, he sufrido desgracias sobre desgracias.

TESEO

¿Habláis de las antiguas calamidades de vuestra raza?

EDIPO

No, sin duda; todos los griegos han hablado harto de ellas.

TESEO

¿Qué habéis, pues, sufrido por encima de los infortunios ordinarios?

EDIPO

Vedlo. He sido desterrado de mi patria por mis propios hijos; y como matador de mi padre, me está vedado tornar a ella.

TESEO

¿Pero cómo os llamarían si quisieran vivir lejos de vos?

EDIPO

La voz de un oráculo les fuerza a ello.

TESEO

¿Qué temor les inspira ese oráculo?

EDIPO

Encontrar en esta tierra su aniquilamiento.

TESEO

¿Y cómo mi patria llegaría a ser para ellos motivo de amargura?

EDIPO

Caro y digno hijo de Egeo, sólo los dioses están exentos de la vejez y de la muerte: todo lo demás está bajo el poder invencible del tiempo. La fecundidad de la tierra acaba; el vigor del cuerpo desaparece; la amistad muere; la enemistad crece en su lugar. El mismo espíritu no une siempre a las ciudades ni a los amigos. Lo que les encantaba un tiempo después les disgusta, para volver luego nuevamente a gustarles. Si la paz reina ahora entre Tebas y vosotros, el tiempo en su curso dará origen a una larga serie de días y de noches en que, con fútiles pretextos, Tebas destruirá por el hierro la concordia, la armonía que os une hoy con ellos. Entonces, dormido en la tumba, mi cuerpo helado se hartará de la sangre hirviente de los tebanos, si Zeus es siempre el dios supremo y si el oráculo de Apolo no miente. Pero es enojoso revelar acontecimientos que están todavía en la obscuridad del porvenir. Dejadme, como había comenzado, pediros sólo que me guardéis vuestra fe; y si los dioses no me engañan, no diréis que al recibir a Edipo en esta tierra habéis recibido un habitante inútil.

EL CORO

Ved, señor, ved las ventajas importantes que nos ha predicho ya y que debe asegurar a esta comarca.

TESEO