Edipo rey; Edipo en Colona; Antígona
Part 4
¡Vosotros, a quien se reverencia en la comarca! ¡qué horrores vais a oir! ¡Qué aflicción va a llenar vuestros corazones, si aún os inspira algún interés la casa de los Labdácidas! Nunca las aguas del Istros ni del Fasis serán suficientes para lavar cuanto este palacio encierra de mancillas y de iniquidades. Unas y otras, sin que las fuerce nadie, van a salir a la luz. Los más aflictivos de todos los males son los que el infortunado se procura a sí mismo.
EL CORO
¡Oh, los que conocemos son ya harto dolorosos! Para añadirles más, ¿qué tenéis que decirnos?
EL OFICIAL
Una palabra bastará para enteraros. La reina ha muerto.
EL CORO
¡Desgraciada princesa! ¿Y cómo ha perecido?
[Ilustración]
EL OFICIAL
Por su propia mano. Las circunstancias más dolorosas de su muerte no han llegado hasta mí, pues mis ojos no han podido verlas; pero en la medida que mi espíritu pueda sugerírmelo, vais a conocer todo lo que ha sufrido. Apenas, en los transportes que la agitaban, hubo franqueado el pórtico del palacio, arrancándose los cabellos con ambas manos, se dirige a su lecho nupcial: entra, cierra la puerta, llama a Layo, el esposo que hace tiempo no existe. Evoca la prenda antigua de su unión, el hijo que ha llegado a ser el asesino de su padre y que del seno mismo de su madre ha hecho salir una deplorable descendencia; gime sobre el lecho funesto donde ha tenido esposo de su esposo e hijos de su hijo. Ignoro cómo su muerte ha seguido a sus gemidos; pues los gritos de Edipo, que han resonado en mi oído, me han impedido darme cuenta de su deplorable fin. Mis ojos se han vuelto hacia el príncipe que, corriendo de acá para allá, pedía que se le diese una espada; que se le dijese dónde estaba su mujer, no su mujer, sino la que llevó en su seno al padre y a los hijos. En su extravío, un dios, sin duda, se lo ha hecho saber; pues ninguno de los presentes osaba responderle; lo cierto es que, marchando como sobre los pasos de un guía invisible, se lanza con gritos terribles contra la puerta, la fuerza, la hunde y penetra en la cámara, donde vimos a la reina pendiente del lazo fatal que acababa de quitarle la vida. En cuanto la ve, el infortunado lanza horribles rugidos y se apresura a desatar el nudo de que pende. Apenas cae en tierra (¡espectáculo horrible!) se apodera de los broches de oro de sus vestiduras y con ellos se horada los ojos, gritando que no la vería más, ni a ella ni al objeto de sus crímenes, ni al objeto de sus tormentos; y que en adelante, hundidos en las tinieblas sus ojos, confundirían lo que había de esquivar y lo que había de buscar. Pronunciando estas palabras, que repitió muchas veces, se levantó los párpados y se arrancó los ojos. Una sangre negra corría por su rostro, no gota a gota, sino como en lluvia tempestuosa. Ved cómo uno y otro han dado rienda suelta a su desesperación; ved cómo ambos esposos han mezclado sus dolores y sus males. Con lo que la antigua felicidad, que parecía antes digna de ese nombre, no es hoy sino lamentos, desesperación, oprobio y muerte; se ha cambiado en cuanto, entre nosotros, merece el nombre de infortunio.
EL CORO
Y el desgraciado, ¿qué hace en medio de sus males?
EL OFICIAL
Habla de abrir las puertas, de mostrar a todos los tebanos al que asesinó a su padre, al que de su madre... pronuncia palabras impuras que no me atrevo a repetir; habla de precipitarse fuera de nuestro muro, de que no debía permanecer aquí, bajo el peso de las imprecaciones que su boca ha lanzado sobre sí mismo. Pero carece de fuerza y de vista; sus males son demasiado grandes para que pueda soportarlos. Va a testimoniároslo; abre las puertas del palacio; vais a ver un horrible espectáculo que haría sentir compasión al enemigo más cruel.
ESCENA II
EDIPO, EL CORO
EL CORO
¡Cielos, qué horripilante estado, el más horrible de cuantos se hayan nunca ofrecido a nuestros ojos! Desgraciado, ¿qué delirio os ha arrebatado, qué demonio ha podido colmar vuestra desgracia con males tan crueles? ¡Ay, infortunado! En vano querríamos hablaros, interrogaros, miraros, ni siquiera podemos posar en vos nuestra mirada, de tal modo nos horroriza vuestro estado.
EDIPO
¡Ay, infeliz de mí! ¿Dónde estoy, en qué sitio resuena mi voz? ¿Dónde me has precipitado?
EL CORO
En cuanto hay de más horrible, de más inaudito, de más espantoso.
EDIPO
¡Oh nube de obscuridad extendida sobre mí, nube execrable, indecible, invencible, interminable! ¡Ay, cien veces ay, cuánto dolor reunido en el aguijón que me ha horadado los ojos y en el recuerdo de mis males!
EL CORO
En medio de tan gran infortunio, son en efecto dos tormentos que deplorar, dos tormentos que sufrir.
EDIPO (_Al Coro._)
¡Amigos míos, sois los únicos que me quedan; sólo vosotros no huís de un desgraciado privado de la luz; sólo vosotros os apiadáis de él! Aunque hundido en las tinieblas, sé quiénes sois, os reconozco, reconozco vuestra voz.
EL CORO
¡De qué crueldad os habéis hecho víctima a vos mismo! ¿Cómo habéis podido arrancaros así los ojos? ¿Qué demonio os ha inspirado ese furor?
EDIPO
Apolo, amigos míos; Apolo ha querido colmar así mis males. Pero no otro que yo me ha herido; sólo he sido yo. ¿Y de qué me hubiera servido ya la luz, no quedándome ya que ver sino objetos dolorosos?
EL CORO
¡Oh, es muy cierto!
EDIPO
¿Qué me quedaba, en efecto, que ver, que amar, que oir con algún placer? Amigos míos, daos prisa en llevarme fuera de aquí; llevaos a este malvado, a este miserable, cargado de imprecaciones, el más aborrecido de los dioses.
EL CORO
¡Oh desgraciado, a quien su carácter y sus infortunios han hecho por igual infeliz, a quien querríamos no haber conocido jamás!
EDIPO
¡Perezca aquel cuya piedad funesta me libró de los lazos crueles que oprimían mis pies y conservó mi vida! Yo hubiera muerto, y no hubiera sido para mis amigos y para mí un tan gran motivo de dolor.
EL CORO
¡Cuán menos lamentable nos hubiera parecido vuestra muerte!
EDIPO
No hubiera sido parricida e incestuoso a la faz del universo; y ahora heme aquí desgraciado y culpable; vástago de una raza mancillada, padre de mis hermanos y marido de mi madre; en fin, si han existido azotes espantosos, han caído sobre Edipo.
EL CORO
Sean cuales sean vuestras desgracias, no podemos aprobar el castigo que os habéis impuesto. Ese suplicio es más horrible que la muerte.
EDIPO
No escucho sobre eso ni razones ni consejos. ¿Con qué ojos, decidme, miraría yo en los infiernos a un padre y una madre cuya muerte se debe a mis crímenes? Me he castigado, y mi suerte es más dura que la de Yocasta. Me hubiera sido muy grato ver crecer a mis ojos hijos queridos; el placer de verles hubiera crecido con ellos, lo confieso; pero, después de mis fatales imprecaciones, no había ya para mí ni hijos ni patria que yo pudiese ver. Tebas misma y este palacio en que he nacido, estos muros, estas torres, estos templos, estas imágenes de los dioses, todo estaba vedado a mis miradas. He renunciado al placer de verlos al pronunciar la sentencia de destierro contra el enemigo declarado de los dioses y de la raza de Layo. Yo soy ese culpable. Mi oprobio se ha descubierto. ¿Cómo podría yo gozar de tan amada vista? ¿Con qué cara osaría mirar todo eso? ¡Si pudiera, además, privarme del uso del oído lo mismo que del de la vista! ¡Sordo al par que ciego, cerraría esa entrada a nuevos dolores! Es grato en los males ahorrarse, o suavizar al menos, su sentimiento. ¡Oh Citerón! ¿Por qué me recibisteis en vuestro seno? ¿Por qué no celasteis mi suerte al conocimiento de los hombres? ¡Oh Polibio, oh Corinto, oh palacio que yo creía la casa de mi padre, qué monstruo, qué mezcla de males habéis criado bajo la apariencia de un hijo de rey! Del antiguo esplendor, ¿qué queda? ¡El más malo de los hombres, vástago de la raza más abominable que hubo nunca! Camino de Daulis, bosques, breñas, sendero estrecho sobre quienes cayó la sangre de un padre, que corría por mis manos: ¿habéis señalado con huellas imborrables el recuerdo de los crímenes que cometí entonces y que debía cometer luego en Tebas? Himeneo, funestísimo himeneo, tú me diste la vida, pero tras de dármela, hiciste volver a entrar mi sangre en el seno de donde yo había salido; y con ello produjiste padres hermanos de sus hijos, hijos hermanos de sus padres, esposas madres de sus esposos, y cuanto los dioses pueden concebir de abominaciones y de horrores. Basta; avergoncémonos de pronunciar lo que es horrible ejecutar. En nombre de los dioses, queridos amigos, ocultadme en alguna tierra apartada o precipitadme en los abismos del mar para que no profane vuestras miradas. Acercaos, prestadme por piedad ese último servicio. Atreveos a tocar a un desgraciado. ¿Qué teméis? Mis males no recaerán sobre vuestras cabezas; ningún mortal, a no ser yo, puede soportarlos.
EL CORO
Señor, he aquí a Creón, que, conservador en adelante del reino, puede solamente escuchar vuestras peticiones y ayudaros con sus consejos.
EDIPO
¡Creón! ¿Qué voy a decirle? Injusto y culpable a sus ojos, ¿puedo esperar que me escuche favorablemente?
ESCENA III
CREÓN, EDIPO, LAS HIJAS DE EDIPO, EL CORO
CREÓN
No vengo, Edipo, para reirme de vuestros males ni para insultar vuestras desgracias. Pero vosotros, tebanos, si no os avergüenzan las miradas humanas, respetad al menos la luz pura y fecunda del astro de los cielos; guardaos de exponer sin velos a sus miradas este objeto de impureza que la tierra y la lluvia sagrada y la claridad del día no podrían sufrir. Llevadle en seguida, de nuevo, al interior del palacio. Sólo a los parientes cuadra el ver y el oir con una piedad religiosa el infortunio de su pariente.
EDIPO
En nombre de los dioses, ya que, contra lo que yo esperaba, venís, oh el mejor de los hombres, a acoger al más malo de todos, escuchadme, pues por vos y no por mí voy a hablar.
CREÓN
¿Qué deseáis de mí?
EDIPO
Apresuraos a abandonarme en cualquier lugar de la tierra, donde nunca pueda tener comercio con mortal alguno.
CREÓN
Hubiera hecho lo que deseáis, no lo dudéis, si no hubiera creído deber antes preguntar al dios de Delfos lo que hemos de hacer.
EDIPO
¿Pero no ha manifestado harto su voluntad, que condena a muerte a un impío, a un parricida?
CREÓN
Ha pronunciado la sentencia; pero, en la situación en que estamos, es mejor interrogarle aun sobre lo que debemos hacer.
EDIPO
¿Sobre un desgraciado como yo queréis interrogarle?
CREÓN
Con tanta más razón, cuanto que vos no dudaréis ya ahora de la verdad de sus oráculos.
EDIPO
Bien, ved lo que espero de vos, ved lo que os pido: ya que os conducís tan dignamente con vuestros deudos, encargaos de erigir a vuestro gusto una tumba a esa infortunada; en cuanto a mí, no permitáis que yo respire y permanezca en esta ciudad que fué mi patria; dejadme en adelante habitar las montañas, los desiertos de Citerón, que han venido a ser mi patrimonio, y donde mi padre y mi madre, estando vivo, habían escogido mi tumba; que yo muera como ellos querían hacerme morir; pues presiento que no será de enfermedad, ni por otro accidente análogo, como pereceré; de otro modo, ¿cómo, en el seno de la muerte, hubiera sido conservado si algún desastroso acontecimiento no me esperase? Pero que el destino disponga de mí como quiera...; no quiero, Creón, recomendar mis hijos a vuestros cuidados; son hombres y, en calidad de tales, sabrán atender a su subsistencia donde quiera que estén; pero os recomiendo a mis desgraciadas hijas, que, siempre sentadas a mi mesa, comían conmigo y compartían todos los platos que se servían a su padre. Permitid que las abrace, que deplore mis males con ellas. Permitid, príncipe, permitid, hombre generoso, digno de vuestro nacimiento, que estrechándolas en mis brazos, goce aún de su presencia, como en el tiempo en que podía verlas. Pero ¡grandes dioses! ¿No son ellas, no son esas hijas tan queridas las que oigo gemir y llorar cerca de mí? ¿Creón, compadecido de mis desgracias, no ha hecho venir ya a los más amados de mis hijos? ¿Es verdad?
CREÓN
Vos lo habéis dicho. Yo, previendo el placer que tendríais en abrazarlas, os he procurado ese goce.
EDIPO
¡El cielo os haga dichoso; os trate, en recompensa de vuestras bondades, más favorablemente que a mí! ¿Dónde estáis, hijas mías? Venid aquí, venid a tocar estas manos fraternas que han puesto en este estado los ojos de un padre que gozó en otro tiempo de la claridad del día y que, amadas hijas, sin saber nada, sin prever nada, os engendró en el mismo seno en que él había sido engendrado. ¡Cuánto lloro por vosotras, hijas mías, yo que no puedo veros, pensando en la amargura que debe acompañaros el resto de vuestra vida! ¿A qué asamblea de tebanos, a qué fiesta osaréis dirigir vuestros pasos, sin abandonar luego el placer del espectáculo, para regresar bañadas en lágrimas al seno de vuestra soledad? Y cuando el tiempo de vuestro himeneo llegue, ¿quién será el mortal, hijas mías, bastante atrevido para echar sobre sí tantos oprobios como mancharán eternamente a mis deudos y a vosotras? Porque ¿qué crímenes no pueden imputarse a vuestro padre? Asesinó a su padre, mancilló el lecho nupcial en que había sido concebido y os dio la vida en el mismo seno donde la había recibido. He aquí lo que se os echará en cara; ¿y qué mortal se atreverá a casarse con vosotras? Nadie, hijas mías, nadie; el celibato y la esterilidad serán vuestro patrimonio (_A Creón._) Hijo de Meneceo, ya que sólo vos les quedáis hoy para hacer con ellas veces de padre (pues la que conmigo les dio el ser ha perecido), no las miréis con desdén, que son de vuestra sangre; no permitáis que pasen su vida en el abandono y la mendicidad; no igualéis, en fin, su infortunio a mis desgracias. Tened piedad de estas niñas de tan tierna edad, privadas de todo y sin otra esperanza que vos. Generoso mortal, dadme la mano en señal de consentimiento. ¡Qué consejos no os daría yo, hijas mías, si fueseis capaces de entenderlos! Pero cuanto puedo hoy desearos es que en cualquier lugar en que os coloque el destino vuestra vida sea más feliz que la del autor de vuestros días.
CREÓN
No vertáis más lágrimas; volved a entrar en vuestro palacio.
EDIPO
Obedezco, aunque con trabajo.
CREÓN
La oportunidad hace el mérito de las cosas.
EDIPO
¿Sabéis con qué condición?
CREÓN
Dignaos explicaros e instruirme.
EDIPO
Que me haréis salir de esta comarca.
CREÓN
A los dioses toca cumplir ese deseo.
EDIPO
Pero soy para ellos un objeto de horror.
CREÓN
Por eso obtendréis lo que pedís.
EDIPO
¿Me lo aseguráis?
CREÓN
Lo que no pienso no me aventuro a decirlo.
EDIPO
Bueno, conducidme.
CREÓN
Venid y dejad a vuestras hijas.
EDIPO
No, no, guardaos de arrancármelas.
CREÓN
Cesad de querer dominar siempre; tal ambición no ha contribuído a la felicidad de vuestra vida.
EL CORO
Mirad, tebanos, mirad; ved a Edipo, que descifraba los enigmas más arduos y que, llegado al poder, no temía la envidia de sus conciudadanos ni las revoluciones de la fortuna; ved en qué océano de males ha caído. Aprended así a poner los ojos en los últimos días de la vida y a no dar a mortal alguno el título de dichoso, antes que haya acabado su existencia sin experimentar infortunios.
FIN DE EDIPO REY
EDIPO EN COLONA
PERSONAJES
EDIPO ANTÍGONA } ISMENA } Hijas de Edipo. TESEO, rey de Atenas. POLINICIO, hijo de Edipo. CREÓN UN COLONENSE UN MENSAJERO EL CORO, compuesto de ancianos colonenses.
[Ilustración]
ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA
EDIPO, ANTÍGONA
EDIPO
Hija de un anciano ciego, Antígona, ¿a qué lugar, a qué ciudad hemos llegado al fin? ¿De qué mano Edipo errante podrá hoy recibir algunos pequeños socorros? Pidiendo poco, obteniendo aún menos, estoy satisfecho de lo que me dan; mi infortunio, el tiempo y mi valor me han enseñado a no desear más. Sin embargo, hija mía, si me encontrases un sitio en que me pudiera sentar, ya junto a algún bosque consagrado a los dioses, ya en otra parte, condúceme allí, haz reposar allí a tu padre, a fin de saber dónde estamos. Extranjeros, debemos interrogar a los ciudadanos y hacer lo que nos indiquen.
ANTÍGONA
Desgraciado Edipo, padre mío, si he de dar crédito a mis ojos, advierto a lo lejos murallas que circundan una ciudad. El lugar donde estamos es sagrado, a juzgar por el laurel, la vid y el olivo, profusos en él, y donde los ruiseñores abundan y hacen oir sus cantos melodiosos. Descansad sobre esta piedra que el arte no ha pulido. La jornada que acabáis de hacer es harto larga para vuestros años.
EDIPO
Ayúdame, hija mía, a sentarme, y guarda a un desgraciado privado de la luz del día.
ANTÍGONA
Dado el tiempo que os sirvo, no ignoro los socorros de que tenéis necesidad.
EDIPO
¿Puedes, pues, decirme a qué lugares hemos llegado?
ANTÍGONA
La ciudad es Atenas, pero el lugar lo ignoro.
EDIPO
Todos los viajeros nos han hablado de esa ciudad.
ANTÍGONA
¿Queréis que vaya a preguntar el nombre del lugar?
EDIPO
Sí, hija mía, si en efecto está habitado.
ANTÍGONA
Lo está sin duda, y espero no tener necesidad de cerciorarme, pues veo a un hombre no lejos de aquí.
EDIPO
¿Viene hacia aquí o se aleja?
ANTÍGONA
Está aquí mismo, vedle; decidle lo que creáis conveniente.
ESCENA II
LOS PRECEDENTES, UN COLONENSE
EDIPO
Extranjero, por lo que acabo de oir a la persona cuya vista suple a la mía, venís aquí muy a propósito para decirnos lo que ignoramos.
EL COLONENSE
Antes de interrogarme, dejad el asiento en que descansáis; estáis en un lugar sagrado cuyo acceso no está permitido.
EDIPO
¿Qué lugar es éste? ¿A qué divinidad está consagrado?
EL COLONENSE
Es un lugar que no puede habitarse, al que uno no puede aproximarse; está bajo el poder de las divinidades terribles hijas de las tinieblas y de la tierra.
EDIPO
¿Qué divinidades? Yo quisiera saber su respetable nombre.
EL COLONENSE
El pueblo aquí las llama las Euménides, que lo ven todo; en otras partes les dan otros nombres.
EDIPO
Acójanme con ojos favorables, como su suplicante. Esta tierra será mi asilo y yo no saldría ya de ella.
EL COLONENSE
¿Qué anuncian esas palabras?
EDIPO
Todo mi infortunio.
EL COLONENSE
Puesto que es así, no tendré la osadía de arrancaros de este lugar sin haber consultado a la ciudad y preguntado lo que debo hacer.
EDIPO
Extranjero, en nombre de los dioses, no desdeñéis a un desgraciado que os suplica y que quiere ser enterado por vuestra boca.
EL COLONENSE
Preguntad; no tendréis que quejaros de mi negativa.
EDIPO
¿Cuál es, pues, en fin, el lugar donde estamos?
EL COLONENSE
Os diré todo lo que sé. Este lugar es enteramente sagrado: el venerable Poseidón reina en él, lo mismo que el dios a quien deben el fuego los humanos, el titán Prometeo. Los campos vecinos se glorían de pertenecer a Colona y llevan su nombre. El suelo que pisas se llama el umbral de bronce de Atenas. Tales son estos lugares menos célebres en tierra extraña que aquí respetables.
EDIPO
¿Están habitados?
EL COLONENSE
Sin duda; y los habitantes han tomado el nombre de su dios.
EDIPO
¿El poder soberano está en manos de uno sólo o de la multitud?
EL COLONENSE
Esta comarca está sometida al rey que reina en Atenas.
EDIPO
¿Quién es el príncipe que reina por la justicia y la firmeza?
EL COLONENSE
Se llama Teseo; Egeo era su padre.
EDIPO
¿Quién de vosotros podría servirnos de mensajero cerca de él?
EL COLONENSE
¿A qué habría que disponerle? ¿Qué habría que decirle?
EDIPO
Que puede ser para él muy ventajoso prestarnos un pequeño socorro.
EL COLONENSE
¿Y qué ventaja puede proporcionarle un hombre privado de la luz?
EDIPO
Nuestras palabras no lo están.
EL COLONENSE
Ved, extranjero, lo que, por vuestro interés, me atrevo a aconsejaros, pues a pesar de vuestra miseria, vuestro exterior anuncia un hombre de condición distinguida: seguid donde estáis hasta que yo pueda informar de lo que me habéis dicho, no a los habitantes de la ciudad, sino a los de estos campos. Ellos por sí solos juzgarán si debéis dejar ese lugar o si podéis quedaros en él.
ESCENA III
EDIPO, ANTÍGONA
EDIPO
Hija mía, ¿ha partido ese extranjero?
ANTÍGONA
Ha partido; estoy sola a la sazón con vos, padre mío, y podéis hablar en libertad.
EDIPO
Venerables Euménides, ya que mis pasos se han detenido en vuestra morada en cuanto he llegado a esta comarca, no hagáis traición a mis deseos y a los de Apolo que, anunciándome todos los males que he sufrido, me dijo que tras largo tiempo yo hallaría su término al llegar a esta tierra; que mi desgraciada vida acabaría en el momento en que yo llegase a la morada de las respetables diosas; que, proporcionando gran ventaja a los que me recibieran, atraería una gran desgracia sobre quienes me hubieran echado, y que rayos, relámpagos, temblores de tierra, me anunciarían el cumplimiento de su oráculo. Tengo motivos para creer que un augurio favorable de vuestra parte me ha conducido a este bosque; nunca, sin ello, os hubiese yo encontrado aquí las primeras, a vosotras que no queréis vino en vuestros sacrificios, yo que no puedo tenerlo para subsistencia; nunca me hubiera sentado en este asiento tosco y respetable. No desmintáis, oh diosas, las promesas de Febo; y si, entregado a los males más crueles que ha padecido nunca hombre alguno, creéis que he sufrido ya bastante, oh favorables hijas de las antiguas tinieblas, y vos la más ilustre de las ciudades, llamada la ciudad de Palas, Atenas; tened piedad de este miserable fantasma de Edipo, porque su cuerpo no es nada de lo que fué un día.
ANTÍGONA
Guardad silencio, padre mío; veo algunos ancianos dirigirse aquí, como para descubrir donde estáis.
EDIPO
Me callo; pero guía mis pasos fuera del camino. Ocúltame en la espesura del bosque, para que pueda oir lo que digan; pues así puedo enterarme de lo que debo.
ESCENA IV
EL CORO
Ved quién es; dónde está; dónde podemos encontrar a ese desterrado, el más audaz de los mortales. Mirad, buscad, llamad por doquier; es un anciano errante, fugitivo, extranjero, sin duda, en estos lugares; de otro modo, ¿hubiera osado penetrar en ese bosque vedado a los humanos, en la morada de las invencibles diosas que nombramos temblando, ante las que pasamos, sin osar mirarlas, sin proferir palabra y no permitiéndonos sino la voz interior de un pensamiento de buen agüero? A ese asilo, no obstante, diz que un hombre impío ha dirigido sus pasos. En vano miramos alrededor del bosque. Inquirimos dónde puede estar y no podemos descubrirlo.
ESCENA V
EDIPO, ANTÍGONA, EL CORO
EDIPO
Aquí estoy, soy yo; porque infiero de vuestras palabras que es a mí a quien buscáis.
EL CORO
Dioses, su aspecto es horrible, su voz es espantosa.
EDIPO
¡Os conjuro a ello, no me creáis un hombre que desprecia las leyes!
EL CORO
¡Piadoso Júpiter! ¿Qué anciano es éste?
EDIPO
Éforos de esta comarca, no es un mortal que pueda congratularse de su fortuna, como veis; de otra suerte, yo no tendría que recurrir a ojos extraños para conducirme, y la fuerza no estaría bajo la guarda de la debilidad.
EL CORO
¡Cielos, sin vista y bajo la fuerza de un mal sino desde la niñez, seguramente muy lejana! Pero en lo que depende de nosotros, no añadiréis a vuestros males los de las imprecaciones a que os exponéis. Avanzáis demasiado, anciano infeliz, evitad el entrar en ese bosque silencioso, en esa pradera verdeante por donde corre un arroyo cuya linfa clara sirve para llenar las cráteras destinadas a las libaciones. Basta, retiraos... Poneos a gran distancia. Extranjero desgraciado, ¿no oís? Si tenéis algo que decirnos, dejad ese asilo vedado a los mortales; venid a este lugar abierto a todos y podréis hablarnos. Hasta ese momento, callad.
EDIPO
¿Qué tengo que hacer, hija mía?
ANTÍGONA
Conformaros con lo que quieren estas gentes, ceder voluntariamente y sin violencia... Dadme la mano.
EDIPO (_A Antígona saliendo del bosque._)
Hela aquí... Extranjeros, voy a dejar este lugar; me abandono a vosotros; no me traicionéis.
EL CORO
No, no, anciano, no temáis que nadie ahora os arranque de aquí a pesar vuestro.
EDIPO
¿Sigo avanzando?
EL CORO
Acercaos más.
EDIPO
¡Más aún!
EL CORO