Edipo rey; Edipo en Colona; Antígona

Part 2

Chapter 23,638 wordsPublic domain

¡Oh, riquezas, poder del trono, dones supremos del espíritu que lanzáis sobre la vida un resplandor tan peligroso, cuán inevitable es que la envidia vele incesantemente en torno vuestro cuando Creón, que empezó por tener toda mi confianza y se mostró mi amigo, celoso ahora del trono que yo no pedí y que los tebanos me dieron, no tiene otro deseo sino echarme de él, y en la secreta trama en que me envuelve, se sirve contra mí de este pretendido adivino, de este impostor artificioso, de este mendigo abyecto, que no sabe ver sino el oro y es ciego para su arte!... Pero dime cómo se explica que seas tan hábil adivino y que cuando el monstruo canoro hacía oir aquí sus cantos fúnebres no descubrieses medio alguno de libertar de él a tu patria. ¿Había que dejar a un extranjero el cuidado de descifrar los enigmas de tal monstruo y no debías entonces emplear tus profecías? Y no obstante, ni tus aves ni los dioses te hicieron conocer nada. Fué Edipo, fuí yo quien, llegando aquí y no sabiendo nada de lo que concierne a tu arte, supe vencer al monstruo, no por el vuelo de las aves, sino por la penetración de mi mente; y no obstante, hoy querrías echarme del trono, en la esperanza de tener siempre libre acceso a él ocupándolo Creón.

Pero espero que tú y tu cómplice tendréis lugar de arrepentiros de haber tramado contra mí esta conjura; y ya, si no tuviese en cuenta tus años, habrías reconocido por tu suplicio la vanidad de tus esperanzas.

EL CORO

En medio de nuestras conjeturas, oh príncipe, demasiado vemos que sólo la cólera ha podido dictar a uno y otro semejante lenguaje. Pero dejemos tales palabras inútiles y pensemos sólo en la mejor manera posible de cumplir el oráculo.

TIRESIAS

Por muy rey que seáis, Edipo, os responderé como a mi igual, pues no soy vuestro esclavo ni lo sería de Creón si llegase a reinar: Apolo es el único a quien sigo. Me habéis ultrajado, me habéis reprochado la pérdida de los ojos; los vuestros están abiertos, no lo niego; pero no veis en qué males estáis hundido, en qué morada vivís, con quién habitáis... ¿Sabéis de quién procedéis? Ignoráis que sois el enemigo de los vuestros, de los que están entre los muertos y de los que están aún sobre la tierra. Las dos furias vengadoras de una madre y de un padre os herirán a la vez y os echarán luego de esta comarca; veis ahora la luz y no veréis ya sino las tinieblas. ¡Qué ribera, qué antro del Citerón no resonará con vuestros lamentos, cuando conozcáis lo que es el tempestuoso himeneo en que creísteis hallar un puerto tranquilo! ¡No conocéis la cadena de horrores que debe asimilaros a vuestros hijos y a vuestros hijos a vos! Ahora, desencadenaos contra Creón y contra mí; ya que entre todos los mortales confundidos por el infortunio no habrá nunca ninguno tan criminal como vos.

EDIPO

¿Sufriré por más tiempo semejantes ultrajes? Perecerá... Huye sin tardanza, huye y sal para siempre de aquí.

TIRESIAS

No hubiera venido si no me hubierais llamado.

EDIPO

No podía imaginar que palabras tan insensatas salieran de tu boca; no me hubiera apresurado tanto a llamarte.

TIRESIAS

Os parezco insensato. Era sabio a los ojos de quienes os dieron el ser.

EDIPO

¿Quiénes son? No te vayas... ¿A qué mortales debo el nacimiento?

TIRESIAS

La misma luz alumbrará tu nacimiento y tu muerte.

EDIPO

Es demasiado prolongar palabras enmarañadas y obscuras.

TIRESIAS

¡Érais en otro tiempo tan hábil para penetrar tales enigmas!...

EDIPO

¡Insúltame ahora en las ventajas que son mi gloria!

TIRESIAS

Esas ventajas os han perdido.

EDIPO

¿Qué me importa mi pérdida si he salvado a la ciudad?

TIRESIAS

Me retiro. Niño, conducidme.

EDIPO

Que te conduzca, ya que extiendes a tu paso la turbación y el desorden; cuando estés lejos de aquí, no nos importunarás.

TIRESIAS

Salgo; pero al partir diré, sin temer vuestra presencia, cuanto tenía que decir, pues no está en vuestro poder el perderme. Os anuncio que el asesino que buscáis, que amenazáis y que queréis castigar por la muerte de Layo, pasa aquí por un extranjero admitido en el número de nuestros ciudadanos; pero que pronto será reconocido por verdadero hijo de Tebas, y ese cambio no será para él motivo de alegría; pues ve la luz y no la verá más; es rico, y se tornará pobre, y explorando su camino con un báculo que le servirá de apoyo, pasará a una tierra extranjera. Se juntarán en él el padre y el hermano de sus hijos, el hijo y el esposo de la que le dio el ser, el asesino de su padre y el marido de su madre. Volved ahora a vuestro palacio y meditad sobre lo que acabáis de oir; si podéis llamarme mentiroso decid que no sé nada del arte de la adivinación.

EL CORO

¿Quién es aquel a quien el antro profético de Delfos ha denunciado como el asesino cuyas manos ensangrentadas cometieron el más horrible de los crímenes? En seguida debe, con pie más ligero que los más veloces corceles, precipitar su fuga. El hijo de Zeus, armado de relámpagos, se apercibe a confundirle y las furias terribles e inevitables siguen los pasos del dios. Su voz inmortal acaba de resonar en el Parnaso nevado y nos manda seguir por todas partes las huellas del matador desconocido. Sin duda, semejante a un toro salvaje, vaga por la espesura de los bosques, por las cavernas, por las rocas desiertas; y arrastrando con dolor su vida solitaria intenta esquivar los oráculos de Delfos; pero esos oráculos, que no mueren nunca, le siguen y vuelan tras él. ¡Con qué horribles, con qué espantosos pensamientos el sabio adivino ha turbado nuestro espíritu! No podemos ni acogerlos ni rechazarlos; no sabemos lo que hemos de decir. Nos abandonamos al vuelo de la esperanza sin mirar a los lados ni atrás. ¿Qué motivo de querella ha podido haber nunca entre los Labdácidas y el hijo de Polibio? Lo ignoramos y no sabemos tampoco en virtud de qué conjeturas, entregándonos a la voz que acaba de hacerse oir entre nosotros, podríamos vengar en Edipo la muerte de Layo de la que se ignora el autor.

Zeus y Apolo no lo ignoran; conocen todas las acciones de los mortales. Pero nada podrá persuadirnos de que un adivino esté más enterado que nosotros y que la sabiduría de un hombre le ponga por encima de la de otro. No, nunca, sin estar convencidos por el testimonio de nuestros ojos, uniremos nuestra voz a la de los acusadores de Edipo. Cuando el monstruo alado con rostro de mujer apareció ante él, ¿no dio brillante muestra de su sabiduría y de su buena voluntad para nuestra patria? Después de tan gran servicio, nuestro espíritu se resiste a no ver en él sino un mal hombre.

[Ilustración]

ACTO TERCERO

ESCENA PRIMERA

CREÓN, EL CORO

CREÓN (_Al Coro._)

Tebanos, al tanto de las acusaciones graves de que Edipo me ha hecho objeto, y no pudiendo soportar tal vergüenza, vengo en vuestra busca; como nunca, con mis acciones o con mis palabras, he intentado perjudicarle, prepararle la pena que sufre y de que me juzga el autor, con tal oprobio sobre mí, desearía poco prolongar mis días; pues no se trata de una imputación leve, sino grave en extremo, ya que no tiende nada menos que a declararme pérfido con vosotros, con mis amigos y con la patria.

EL CORO

Es un ultraje que la violencia de la cólera, más que el sentimiento de la verdad, ha lanzado contra vos.

CREÓN

¿Cómo ha podido decir que yo había comprometido al adivino a proferir esa mentira?

EL CORO

Lo ha dicho; pero no sabemos con qué fundamento.

CREÓN

¿Su rostro y su actitud no denotaban algún extravío en su espíritu?

EL CORO

No sabemos; pues no hacemos objeto de investigación a nuestros señores. Pero he aquí al rey que sale de su palacio.

ESCENA II

LOS PRECEDENTES, EDIPO

EDIPO

¡Vos aquí! ¿Cómo habéis osado presentaros de nuevo? ¿Con qué cara osáis acercaros a este palacio, vos que me asesináis, que conspiráis abiertamente para arrebatarme el trono? Hablad; en nombre de los dioses, decidme si habéis descubierto en mi persona algún indicio de flaqueza o de demencia que os haya llevado a emprender esa conspiración. ¿Pensabais que yo no me percataría del artificio con que habéis envuelto vuestros propósitos y que al descubrirlo no me vengaría? ¿No es para vos la más loca de las empresas pretender, sin amigos y sin la aquiescencia del pueblo, usurpar un trono que sólo puede adquirirse con tesoros y con el apoyo de la multitud?

CREÓN

¿Sabéis ahora lo que habéis de hacer? A cuanto acabáis de decirme escuchad lo que he de responder, y cuando estéis enterado, juzgadme.

EDIPO

Vos sois muy hábil para discurrir, y yo muy inhábil para asesorarme por vos, en quien he descubierto un enemigo peligroso.

CREÓN

Prestad oído un momento a lo que voy a deciros.

EDIPO

No me digáis que no sois el más pérfido de los hombres.

CREÓN

Si pensáis que la obstinación es un bien, carecéis de prudencia y estáis en un error.

EDIPO

Si pensáis poder atacar a un pariente sin que ello os traiga perjuicio, no es más pequeño vuestro error.

CREÓN

Lo que decís es justo, lo confieso. Pero dignaos decirme qué injuria habéis sufrido de mi parte.

EDIPO

¿No me habíais persuadido de que era preciso enviar por ese famoso adivino?

CREÓN

Sin duda, y aún estoy en la misma creencia.

EDIPO

¿Cuánto tiempo hace que Layo...?

CREÓN

¿Qué queréis decir? No adivino...

EDIPO

¿Desapareció y murió a manos de un asesino?

CREÓN

Un largo espacio de tiempo ha transcurrido ya.

EDIPO

¿Y ese adivino era entonces lo que es en su arte?

CREÓN

Era tan hábil y estaba tan en boga como hoy.

EDIPO

¿Y entonces habló de mí?

CREÓN

No, nunca, al menos en mi presencia.

EDIPO

¿Y no hiciste ninguna indagación sobre la muerte de Layo?

CREÓN

La hicimos, sin duda; ¿cómo íbamos a descuidar eso? Pero no pudimos averiguar nada.

EDIPO

¿Y cómo tan hábil adivino no dijo entonces lo que hoy dice?

CREÓN

No sé; no me gusta hablar de lo que ignoro.

EDIPO

Pero lo que os atañe no lo ignoraréis al menos, y lo podréis decir.

CREÓN

¿Qué podré decir? Si lo sé, no me negaré a ello.

EDIPO

Que si Tiresias no se hubiera aliado con vos, no me hubiera achacado nunca la muerte de Layo.

CREÓN

Vos sabréis si os la achaca; en cuanto a mí, creo justo interrogaros a mi vez.

EDIPO

Interrogad; no temo verme convicto de asesinato.

CREÓN

¿Qué? ¿El himeneo no os unió con mi hermana?

EDIPO

No puedo negarlo.

CREÓN

¿No reináis aquí con ella? ¿No participáis de su imperio?

EDIPO

Y todo lo que quiere lo obtiene fácilmente de mí.

CREÓN

¿No soy tratado de igual a igual por vosotros dos?

EDIPO

Y en eso se ve la perfidia de un amigo como vos.

CREÓN

No, si me dais tiempo de explicarme, como yo os lo he dado. ¿Pensáis, por de pronto, que nadie preferiría nunca el poder supremo, con mezcla de temor, a ese mismo poder tranquilo y libre de inquietud? En cuanto a mí, lo que puede halagarme no es tanto tener el nombre de rey como tener el poder; y todo hombre prudente pensará como yo. Todo lo que puedo desear lo recibo de vos exento de alarmas. Si reinase yo, ¿a cuántas acciones no estaría obligado que contradirían mis deseos? ¿Cómo el goce del trono me sería más agradable que un poder tan sin límites, pero sin pena ni inquietud? No hay seducción que pueda hacerme preferir cosa alguna a un bien que reúne tantas ventajas. Hoy soy buscado por todo el mundo, todos me acarician y me halagan, a mí se dirigen los que os necesitan, por mí consiguen lo que piden. ¿Cómo podría yo, renunciando a tales dulzuras, ambicionar otras? Con un poco de prudencia, un espíritu razonable no llega a ser malo. Nunca mi corazón se inclinó a propósitos semejantes y nunca hubiera podido unirme con quien fuera capaz de ejecutarlos. Si queréis la prueba de lo que os digo, id a Delfos e informaos de si he interpretado fielmente la respuesta del oráculo. Si descubrís que he podido aliarme con el arúspice y conspirar contra vos en unión suya, pronunciad, si no basta una sola para perderme, dos sentencias y añadid mi voto al vuestro; pero no me acuséis arbitrariamente y por vagas sospechas, que no es justo confundir de un modo ligero a los malos con los buenos y a los buenos con los malos. Pensad que privarse de un amigo verdadero es (me atrevo a decirlo) privarse de la vida, a la que se tiene tanto apego. Pero el tiempo os hará conocer lo que debéis pensar. Sólo el tiempo muestra cuál es el hombre justo; un solo día basta para descubrir al malo.

EL CORO

Si queréis evitar, oh príncipe, caer en el error, las advertencias de Creón no pueden sino seros útiles. La demasiada prevención nos pone en peligro de engañarnos.

EDIPO

Cuando un enemigo se dispone a atacarme en secreto, es necesario que, a mi vez, yo me disponga a rechazar el ataque. Si permanezco tranquilo, si no me apresuro, su plan se ejecuta y mis propósitos son vanos.

CREÓN

En fin, ¿qué queréis? ¿Echarme de esta tierra?

EDIPO

Es demasiado poco; quiero vuestra muerte, y no vuestro destierro.

CREÓN

Cuando me hayáis mostrado qué motivo de malquerencia y de reproche podéis tener contra mí.

EDIPO

Me habláis como si no creyeseis en mis amenazas o quisierais desafiarlas.

CREÓN

No veo vuestro espíritu conducido por la razón.

EDIPO

Lo está para lo que me atañe.

CREÓN

Lo debe estar también para lo que me concierne.

EDIPO

¡Cómo! ¡Si sois un traidor!

CREÓN

Pero si os engañáis...

EDIPO

Quiero ser obedecido.

CREÓN

No lo seréis si reináis mal.

EDIPO

¡Tebas, Tebas!

CREÓN

No la llamaréis vos sólo: la llamaré yo también en mi socorro.

EL CORO

Príncipes, cesad. He ahí a Yocasta que sale del palacio; viene a punto para mediar en vuestra querella.

ESCENA III

LOS PRECEDENTES, YOCASTA

YOCASTA

¡Infortunados! ¿Qué combate es ese de palabras imprudentes con que os humilláis uno a otro? ¿No os avergonzáis, en medio de las miserias públicas, de suscitaros además males domésticos? Entrad en vuestro palacio, Edipo; vos, Creón, volved al vuestro. No hagáis de una pequeña causa un gran motivo de pena.

CREÓN

Hermana mía, se trata de una suerte cruel que me prepara Edipo, vuestro esposo, haciéndome escoger entre estos dos suplicios: el destierro o la muerte.

EDIPO

Sí, puesto que le he sorprendido tramando contra mi vida una conspiración abominable.

CREÓN

No goce yo más tiempo de la luz, perezca bajo el peso del odio celeste, si soy culpable de lo que me acusa.

YOCASTA

En nombre de los dioses, Edipo, creed en su palabra. Considerad el juramento que dirige a los inmortales; considerad los deseos de vuestra esposa y los de vuestro pueblo.

EL CORO

Que vuestro propio corazón, que la razón, gran príncipe, os fuercen a rendiros, os lo suplicamos.

EDIPO

¿Qué exigís de mí?

EL CORO

Respetar a un príncipe ya digno de vuestra consideración y cuyo juramento además debe realzarle a vuestros ojos.

EDIPO

¿Sabéis lo que me pedís?

EL CORO

Sin duda.

EDIPO

Explicaos.

EL CORO

No tratar como a un criminal cargado de oprobios a un amigo a quien la religión del juramento ha consagrado, cuando no tenéis ninguna prueba evidente contra él.

EDIPO

Sabed, pues, que al pedirme esa gracia me pedís a mí mismo o mi destierro o mi muerte.

EL CORO

Ponemos por testigo al sol, el más brillante de los inmortales; perezcamos abandonados de los dioses y de nuestros amigos, víctimas de la suerte más funesta, si semejante pensamiento ha tenido entrada en nuestro espíritu. Pero ¡infelices de nosotros! el estado horrible de la patria nos desgarra el corazón y sentimos aún aumentar nuestro infortunio si la desgracia de vuestras visiones colma nuestros males.

EDIPO

Bien, que escape a mi venganza, que deba yo perecer o verme con indignidad expulsado de esta tierra. Sólo por vuestra súplica, no por la suya, me dejo conmover. En cuanto a él, esté donde esté, no puede ser a mis ojos sino objeto de odio.

CREÓN

No cedéis sino a pesar vuestro: lo veo; pero ese pesar os dolerá cuando vuestra cólera haya tenido término. Un carácter como el vuestro lleva en sí mismo su propio castigo.

EDIPO

Salid o dejadme.

CREÓN

Salgo sin que me hagáis justicia; pero justificado a los ojos del pueblo. (_Sale._)

EL CORO (_A Yocasta._)

¿Por qué, Princesa, demoráis el tornar al rey a su palacio?

YOCASTA

Quisiera saber qué acontecimiento...

EL CORO

Sospechas sin fundamento han surgido y atormentan a quien no las merece.

YOCASTA

Por una y otra parte.

EL CORO

Es muy cierto.

YOCASTA

¿Sobre qué discutían?

EL CORO

Basta ya, a nuestro juicio. Muchas desgracias pesan sobre la ciudad; detengámonos donde termina su querella.

EDIPO

¿No veis, hombres prudentes, a lo que conducen esas palabras? Abandonáis mis intereses y desgarráis mi corazón.

EL CORO

Os lo hemos dicho ya, oh rey nuestro, estad convencido; mereceríamos pasar por insensatos, incapaces de reflexión, si nos separásemos de vos, oh príncipe, de vos que habéis levantado nuestra patria y la habéis sacado de la situación deplorable a que se hallaba reducida. Seguid siendo ahora nuestra guía y salvadnos si os es posible.

YOCASTA

En nombre de los dioses, Edipo, decidme de dónde puede proceder la violenta cólera de que estáis animado.

EDIPO

Os lo diré, señora (pues mis consideraciones para vos irían aun más lejos): procede de Creón y de la conspiración que ha tramado contra mí.

YOCASTA

¿Tenéis algún evidente motivo de acusación?

EDIPO

Dice que soy yo el matador de Layo.

YOCASTA

¿Lo dice como sabiéndolo por sí mismo o como habiéndose enterado por algún otro?

EDIPO

Lo dice por boca de un pérfido adivino que me ha enviado y que se complace por doquier en desencadenar su lengua contra mí cuanto le es posible.

YOCASTA

Dejad un momento el cuidado que os ocupa; escuchadme y ved hasta qué punto el arte de la adivinación es quimérico entre los humanos; os lo probaré en pocas palabras. Un oráculo fué enviado a Layo (no diré que viniese del mismo Febo, sino de uno de sus ministros). Este oráculo anunciaba que su destino le condenaba a perecer a manos de un hijo que tendría conmigo, y sin embargo, es público que bandidos extranjeros le asesinaron en un sitio donde el camino se divide en tres ramales. En cuanto a su hijo, apenas habían transcurrido tres días de su nacimiento cuando, atándole los pies, Layo le hizo abandonar, por manos extrañas, en una montaña inaccesible. Así el oráculo de Apolo no se realizó; mi hijo no fué el asesino de su padre y Layo no murió a manos de su hijo, como tanto lo había temido. A esto vinieron a parar todos los vanos discursos proféticos. Cesad, pues, de inquietaros. Lo que los dioses quieren indagar lo descubren sin trabajo.

EDIPO

¡Qué sorpresa escuchándoos, señora, acaba de turbar mi ánimo y de llenarme de confusión!

YOCASTA

¿Qué inquietud os asalta y os hace hablar así?

EDIPO

Creo haberos oído decir que Layo fué asesinado en un camino que se divide en tres ramales.

YOCASTA

Sí; pues así se dijo y no ha cesado de repetirse.

EDIPO

¿Y en qué comarca está el lugar donde la muerte se cometió?

YOCASTA

En la Fócida. Dos caminos diferentes que vienen de Delfos y de Daulis y convergen en un tercero.

EDIPO

¿Y en qué tiempo ocurrió ese acontecimiento?

YOCASTA

Se hizo público en la ciudad poco antes de que vos subieseis al trono de Tebas.

EDIPO

¡A qué me habéis destinado, oh Zeus!

YOCASTA

¿Qué pensamiento os agita, Edipo?

EDIPO

No me interroguéis. Decidme solamente cuál era la estatura y el aspecto de Layo, y qué edad representaba.

YOCASTA

Era alto; sus cabellos comenzaban a blanquear y su rostro tenía algún parecido con el vuestro.

EDIPO

Triste de mí. ¡Ha sido, pues, sobre mí mismo sobre quien he lanzado hace un momento, sin saberlo, mis horribles imprecaciones!

YOCASTA

Príncipe, ¿qué decís? No me atrevo ni aun a miraros.

EDIPO

Mucho me temo que sea el adivino demasiado clarividente. Me aseguraré más, si queréis seguir respondiéndome.

YOCASTA

Tiemblo. No obstante, interrogadme y os diré lo que pueda saber.

EDIPO

¿Viajaba sin pompa o iba acompañado de numerosos satélites como cuadra a un rey?

YOCASTA

Cinco hombres constituían su séquito; en ese número estaba comprendido un heraldo. No llevaba más que un sólo carro.

EDIPO

¡Todo se ha aclarado! ¿Y quién, señora, os trajo la noticia de la muerte de Layo?

YOCASTA

Un hombre de su séquito, el único que escapó.

EDIPO

¿Y ese hombre, está ahora en este palacio?

YOCASTA

Ya no está; pues tan luego como regresó y os vio, después de la muerte de Layo, tornaros dueño de este imperio, me suplicó, cogiéndome la mano, que le enviase al campo y le encargase de la guarda de los rebaños para ahorrarle el dolor de ver nunca más esta ciudad. Le envié; pues, aunque esclavo, hubiera merecido por adhesión una gracia aun más particular.

EDIPO

¿Se le podría mandar llamar en seguida?

YOCASTA

Sin duda... Pero, ¿cuál es vuestro designio haciéndole venir?

EDIPO

Temo en lo profundo de mi corazón, que se me haya dicho demasiado; por eso quiero verle.

YOCASTA

Seréis complacido. Pero, señor, ¿me concederéis la gracia de enterarme de lo que os atormenta?

EDIPO