Edipo rey; Edipo en Colona; Antígona

Part 10

Chapter 103,791 wordsPublic domain

Yo no os invitaría a honrar a los malos.

CREÓN

¿Antígona no merece ese nombre?

HEMÓN

No es eso al menos lo que dicen todos los tebanos.

CREÓN

¿Los tebanos me dictarán las órdenes que debo dar?

HEMÓN

Considerad que habláis como un rey recientemente elevado al trono.

CREÓN

¿Qué otro que yo debe mandar aquí?

HEMÓN

Pero el Estado no se ha hecho para un solo hombre.

CREÓN

¿El Estado no se considera que pertenece a quien gobierna?

HEMÓN

Sí, muy bien. Pero ¿si el país está desierto reinaréis, pues, solo?

CREÓN

Se ve bien claro que combate por una mujer.

HEMÓN

Si tal nombre os cuadra; pues son vuestros intereses los que me ocupan por cima de todo.

CREÓN

¡Malvado! ¡Te atreves a acusar a tu padre!

HEMÓN

Cuando le veo hacer acciones injustas.

CREÓN

¿Es una injusticia sostener mis derechos?

HEMÓN

Es sostenerlos mal pisotear las leyes de los dioses.

CREÓN

¡Corazón pérfido y digno de ser subyugado por una mujer!

HEMÓN

No me veréis, al menos, vencido por inclinaciones vergonzosas.

CREÓN

Todas tus palabras no son sino por ella.

HEMÓN

Son por vos, por mí, por los dioses de los infiernos.

CREÓN

No soportaré nunca que te cases con ella. Morirá.

HEMÓN

Si muere, su muerte será seguida de otra.

CREÓN

¡Cómo! ¡Tu audacia llega hasta amenazarme!

HEMÓN

¿Es amenazaros combatir sentimientos mal fundados?

CREÓN

Tú aprenderás a tu costa a ser mejor fundado en los tuyos.

HEMÓN

Si no fuerais mi padre, yo diría que los vuestros son opuestos a la razón.

CREÓN

Vil esclavo de una mujer, cesa de fatigarme con tus palabras.

HEMÓN

Queréis hablar y no escuchar nada.

CREÓN

Sin duda; pero te lo juro por el Olimpo, no me importunarás impunemente con tus reprimendas. (_A sus guardas._) Que traigan a esa mujer odiosa y que expire pronto ante los ojos de su amante.

HEMÓN

No expirará ante mis ojos, guardaos de creerlo; pero vuestros ojos no me verán más: os dejaré entregado a vuestros furores, con los amigos que os halagan.

ESCENA II

EL CORO, CREÓN

EL CORO

Señor, el príncipe ha salido arrebatado de cólera; en un corazón tan joven, la desesperación es temible.

CREÓN

Aunque se proponga, aunque haga más de lo que podría hacer un hombre en la madurez de la edad, no librará a las dos hermanas del destino que les espera.

EL CORO

¿Queréis hacerles perecer a ambas?

CREÓN

No; tenéis razón. Debo no castigar a la que no ha sido culpable.

EL CORO

¿Y qué suplicio destináis a su hermana?

CREÓN

La haré conducir a un lugar desierto, allí la encerraré viva en el antro profundo de una roca, con el alimento preciso, para servir de expiación e impedir que la ciudad sea mancillada con su muerte. Que invoque entonces el poder de Hades, única deidad a quien venera; quizás logre librarse de la muerte, o, por lo menos, aprenderá entonces que es vano trabajo honrar las cosas de los infiernos.

ESCENA III

EL CORO

¡Amor, indomable Amor, tú que ora reposas muellemente sobre ricos tapices y sobre las mejillas tiernas de una muchacha, ora, trasponiendo los mares, vas a visitar la cabaña solitaria del pastor! Ni los dioses inmortales, ni los hombres cuya vida es tan breve, pueden evitar tu poder. Quien te padece se torna furioso. Tú haces injustos los corazones de los hombres virtuosos y les arrastras hacia el crimen; excitas las querellas y llevas el desorden al seno de las familias; una mirada encantadora de una joven beldad triunfa del poder de las leyes; esos triunfos no son más que un juego para la invencible Afrodita.

Nosotros mismos en este momento, infieles a las órdenes del rey, no podemos contener las lágrimas de que nuestros ojos están inundados, al ver a la princesa Antígona adelantarse hacia ese lecho que será para ella un lecho eterno.

ESCENA IV

EL CORO, ANTÍGONA

ANTÍGONA

¡Oh mis conciudadanos, ved a Antígona comenzar su postrer viaje y lanzar al astro del día sus últimas miradas! ¡No lo veré más! El dios de los infiernos que lo sepulta todo, va a conducirme viva a las orillas del Aqueronte, antes que haya sido sometida a las leyes del himeneo, antes que los epitalamios hayan resonado para mí; el Aqueronte va a ser mi esposo.

EL CORO

¡Qué elogio, qué gloria no ganaréis al penetrar en el asilo de los muertos, vos, que sin ser herida por una enfermedad funesta, sin haber caído bajo la cuchilla, descendéis libre y viva a la morada de Plutón!

ANTÍGONA

En los campos de Frigia, sobre la cima del monte Sípilo, sé cómo en otro tiempo la hija de Tántalo sufrió el destino más funesto, y cómo una roca, elevándose en torno suyo, la envolvió por todas partes con la flexibilidad de la hiedra. Hoy, diz que nubes eternas cubren su cabeza, que parece fundirse en torrentes, y su rostro está inundado de lágrimas que no se secan nunca. Una suerte semejante, un lecho igual me está reservado.

EL CORO

Niobe era diosa e hija de un dios; pero todos nosotros no somos sino mortales, hijos de una raza mortal. ¿Qué, sin embargo, más glorioso para vos, que oir decir que, al rematar el curso de vuestra vida, tenéis algo de común con los dioses?

ANTÍGONA

¿Por qué esa ironía amarga? En nombre de los dioses de mi país, ¡por qué insultarme cuando existo aún y no he desaparecido de la tierra! ¡Oh patria mía, oh afortunados ciudadanos! fuentes de Dirceo, bosque sagrado de esta ciudad tan famosa por sus carros, yo os pido que me digáis por qué leyes, privada de los llantos de mis amigos, voy a sepultarme en un calabozo que debe ser mi tumba. ¡Desgraciada de mí! No habitaré ni entre los hombres ni entre las sombras, no estaré ni entre los vivos ni entre los muertos.

EL CORO

Arrebatada por un exceso de valor, os habéis estrellado contra el trono de la justicia y sufrís todavía el castigo de los crímenes de vuestro padre.

ANTÍGONA

¡Renováis el más sensible de mis tormentos al recordar las desgracias por demás famosas del autor de mis días y las calamidades de la casa de los Labdácidas! ¡Himeneo funesto de mi madre, abrazos incestuosos que unisteis a un padre desgraciado y a una madre infortunada, a vosotros debo mi desgraciadísima existencia!

Cargada de imprecaciones, privada de las dulzuras del himeneo, voy a reunirme con aquellos a quienes debo el nacimiento. ¡Oh hermano mío! qué malhadadas nupcias has conseguido; pues muerto ya me has quitado a mí la vida.

EL CORO

Es una virtud, sin duda, honrar a los muertos; pero hay que respetar el poder supremo en cualquier mano que esté depositado. La altivez de vuestro carácter os ha perdido.

ANTÍGONA

Sin amigos, sin esposo y sin ser llorada ¡triste de mí!, avanzo por el sendero de muerte que se me ha abierto. ¡Infortunada! No me será ya permitido ver ese sol, ese ojo sagrado del día. Mi muerte no será honrada por las lágrimas ni los lamentos de mis amigos.

ESCENA V

CREÓN, ANTÍGONA, EL CORO

CREÓN

(_A los guardas que acompañan a Antígona._)

¿Qué esperáis? ¿No sabéis que esas quejas, esas lamentaciones que preceden a la muerte no acabarían nunca si pudieran servir para retardarla? Que se la lleven cuanto antes, que la encierren en una tumba, como yo he ordenado; que la dejen sola en esa morada solitaria; ora deba morir en ella, ora deba conservar la vida, no habitará al menos con nosotros y nuestras manos no serán mancilladas con su muerte.

ANTÍGONA

¡Oh tumba, oh lecho nupcial, oh morada subterránea que no dejaré nunca! En vuestro seno me reuniré a la multitud de los de mi sangre, a quienes Proserpina ha recibido entre los muertos. La última de todos y la más miserable, desciendo a los infiernos, con muerte más terrible que la suya, antes del término marcado por el destino; pero, al bajar a ellos, abrigo la esperanza de que mi presencia será cara a mi padre, así como a vuestros ojos ¡oh madre mía! y a los vuestros, hermano mío, también, ya que mi mano, después de vuestra muerte, no ha olvidado ni los cuidados, ni las abluciones ni las ofrendas que yo os debía. Ved, no obstante, mi caro Polinicio, el premio que recibo por los deberes con que he cumplido; pero, al menos, los corazones virtuosos me habrán aplaudido. En efecto, si yo hubiera sido madre y hubiera perdido un hijo, si hubiera tenido que llorar a un esposo, nunca contra la voluntad de la patria, hubiera puesto en práctica nada semejante. ¿Y qué razón me hubiera dispensado de ello? Que después de la muerte de un esposo, otro puede reemplazarle; que el nacimiento de un hijo puede indemnizarnos del que hemos perdido; pero cuando los autores de nuestros días yacen en la tumba, no nos es dado ya contar con el nacimiento de un hermano. Ahí tienes por qué sentimientos, caro Polinicio, te he preferido a todo, me he atrevido a todo y no he tenido miedo de pasar por rebelde a los ojos de Creón. Ven, pues, recíbeme en tus brazos, conduce a tu hermana, que, sin haber experimentado ni las dulzuras del himeneo, ni la ternura de un esposo, ni los placeres de la maternidad, sola y privada de amigos, desciende viva a la morada de los muertos. ¿Qué crimen he cometido contra los dioses? Pero ¡ay de mí! ¿de qué me sirve dirigir los ojos al cielo? ¿Qué socorro puedo implorar, cuando, en premio de mi piedad, soy tratada como impía? Si los que me han condenado son gratos a los dioses, me confieso criminal y les perdono mi suplicio. Pero si son ellos culpables, que no sufran más males que los que me hacen injustamente sufrir.

EL CORO (_A Creón._)

Antígona es aún presa de los mismos vientos furiosos que agitaban su alma.

CREÓN

Les puede costar caro a los que la conducen con tanta lentitud.

ANTÍGONA

¡He ahí mi definitiva sentencia de muerte!

CREÓN

No acaricies la idea de que quede sin ejecución.

ANTÍGONA (_Llevada por los guardas._)

Muros de Tebas, patria mía, dioses de mi país, todo se acabó, me arrastran; ved a vuestra reina sola y abandonada, con qué ultraje la abaten y de qué manos lo recibe, por haber sido fiel a los deberes de la piedad.

EL CORO

En una prisión de bronce, Dánae, en otro tiempo, fué privada de la luz del día y se vio luego encerrada en una especie de tumba, remedo, para ella, de un lecho nupcial, y, no obstante, hija mía, era de ilustre origen y llevaba en su seno los gérmenes de fecundidad que Zeus había derramado sobre ella en lluvia de oro. Pero tal es el poder terrible del destino; ni las riquezas, ni las armas, ni las torres, ni las negras naves movidas por el remo pueden evitar su carrera.

Encadenado con lazos de piedras el violento hijo de Drías, el rey de los Hedonios, sufrió la cólera terrible de Dionisos; así se amortiguó la impetuosidad de su locura. Reconoció al dios que en tal locura había ultrajado con insolentes palabras cuando turbó las orgías de las bacantes, hizo apagar sus antorchas y sublevó a las musas que aman la armonía.

Cerca de las rocas Cianeas, no lejos del Bósforo, que une los dos mares hacia las orillas del Salmidero, el dios Ares, desde el fondo de su templo, elevado por los tracios, vio el deplorable infortunio de los dos hijos de Fineo, cuando aquella mujer cruel, pinchando sus ojos con manos sangrientas armadas de husos punzantes los arrancó de aquellas cuencas que clamaban venganza. Desgraciados y devorados por la pena, lloraban la funesta suerte de su madre y su funesto himeneo en que fueron engendrados. Y sin embargo de que su linaje se remontaba a los antiguos Erectridas, y como hija de Boreas y descendiente de dioses, había crecido en lejanas grutas entre las tempestades que su padre conmueve, e igualaba en velocidad el correr de los caballos sin resbalar sobre la helada superficie, el poder de las ancianas Parcas llegó también hasta ella, hija.

[Ilustración]

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ACTO CUARTO

ESCENA PRIMERA

TIRESIAS, CREÓN, EL CORO

TIRESIAS

Jefes de los tebanos, vengo aquí guiado por otros ojos que los míos, pues un ciego no puede andar sino con su conductor.

CREÓN

¡Respetable anciano, oh Tiresias! ¿Qué hay de nuevo?

TIRESIAS

Lo vais a saber, pero obedeced al adivino.

CREÓN

No me he apartado nunca de vuestros consejos.

TIRESIAS

Por eso conducís con mano feliz el timón de esta ciudad.

CREÓN

Las ventajas que he obtenido lo atestiguan.

TIRESIAS

Pensad ahora que estáis en el sendero más resbaladizo de la fortuna.

CREÓN

¿Qué sucede? Vuestras palabras me hacen temblar.

TIRESIAS

Lo sabréis cuando hayáis oído los indicios que mi arte me ha proporcionado. Retirado en el antiguo asilo donde acostumbro a observar el vuelo de multitud de aves que allí se congregan, he oído a algunas que, con furor, lanzaban gritos salvajes que yo no conocía, y que con sus garras ensangrentadas se destrozaban unas a otras (yo lo he advertido fácilmente por el ruido espantoso de sus alas). Lleno de temor, he querido examinar las víctimas que estaban sobre el fuego de los altares; pero la llama no brillaba ya: las carnes, punto menos que reducidas a cenizas, estaban cubiertas de una especie de moho que humeaba y burbujeaba a intervalos; las partes superiores de las entrañas estaban esparcidas, y los muslos de las víctimas se hallaban separados de la grasa que los envolvía. He aquí los presagios funestos que este niño me ha comunicado para los misterios de mi arte; pues este niño me guía como yo guío a los demás; y he aquí lo que yo añado. La detención que habéis llevado a cabo ha puesto la ciudad en peligro. Los altares, los fuegos sagrados están llenos de las carnes ensangrentadas del desgraciado hijo de Edipo, que las aves y los perros llevan allí de todas partes. Los dioses no reciben ya ni nuestras plegarias, ni nuestro incienso, ni el humo de nuestros sacrificios. Las aves, hartas de sangre humana, no dejan oir sino gritos funestos. Pensadlo, hijo mío, el error es común a todos los mortales; pero cuando un hombre se engaña, es sabio, es feliz si remedia el mal que le ha sorprendido y si no permanece inconmovible. La presunción nos condena a la ignorancia. Cesad, pues, de perseguir a un muerto, no hiráis a quien ya no existe. ¿Qué valor hay en triunfar de un cadáver? Mi corazón no quiere más que vuestro bien, y mi boca os lo muestra: cuando los consejos nos son útiles es grato el escucharlos.

CREÓN

Anciano, no cesáis, ni vos ni vuestros semejantes, de lanzar vuestros dardos contra mí; no es nuevo que me vendáis y traicionéis; pero aunque la codicia os procurase todo el oro de la India y las riquezas de los sardos, no conseguiréis nunca inhumar a Polinicio, aunque las águilas de Zeus fueran hasta su trono a llevar los pedazos sangrientos de su cadáver; el temer tal mancilla no podría obligarme a dejarlo inhumar. Bien sé que no está en el poder de los mortales mancillar a los dioses. Anciano, los hombres más hábiles se exponen a fracasos vergonzosos cuando el cebo de la ganancia les inspira vergonzosas palabras.

TIRESIAS

¡A quién le es posible concebir...!

CREÓN

¿Qué? ¿Qué anuncia aún ese exordio?

TIRESIAS

¡Cuán por encima la prudencia está de las riquezas!

CREÓN

Tanto más, a mi juicio, cuanto que la imprudencia es el mayor de los males.

TIRESIAS

Y ese es el mal de que estáis ahora atacado.

CREÓN

No quiero devolver a un adivino injurias por injurias.

TIRESIAS

Sois vos quien me ultrajáis, acusando mis predicciones de falsedad.

CREÓN

El amor al oro domina en la raza de los adivinos.

TIRESIAS

Y el amor a los provechos vergonzosos en la de los tiranos.

CREÓN

¿Sabéis con quien habláis?

TIRESIAS

Lo sé, pues a mí me debéis el trono y la salvación de la ciudad.

CREÓN

Poseéis las luces de un hábil adivino; pero os complacéis en la injusticia.

TIRESIAS

Me forzaréis a descubrir lo que mi corazón quisiera ocultar.

CREÓN

Descubridlo, pero que el interés no os haga hablar.

TIRESIAS

¿Os parezco, pues, muy interesado?

CREÓN

Sabed que no me engañaréis.

TIRESIAS

Sabed, a vuestra vez, que antes que el carro del sol haya recorrido muchas veces su carrera, un fruto de vuestra sangre compensará con su muerte el destino de la que encerráis viva, indignamente, en una tumba, y del que, habiendo muerto, retenéis al dios de los muertos privándole de la sepultura y de los funerales. Es un poder que usurpáis y que ni los dioses del cielo tienen; y para castigaros, las furias de los infiernos y los dioses, esos vengadores a quienes ningún crimen escapa, se aperciben a sorprenderos y os destinan una suerte parecida. Ved ahora si la venalidad ha dictado mi lenguaje. Dentro de poco hombres y mujeres harán resonar aquí sus lamentos. En todas partes donde los huéspedes de los bosques, los perros y las aves hayan llevado los trozos inmundos del cuerpo de Polinicio; en todas partes donde los altares hayan sido mancillados por este olor impuro, las ciudades, tornadas vuestras enemigas, se sublevarán contra vos. Ved (ya que me habéis forzado a ello), ved si, como un arquero hábil, he sabido enderezar todos mis dardos al fondo de vuestro corazón; no podréis evitar que os hieran. Niño, guía mis pasos. Que aprenda en adelante a hacer objeto de su cólera a gente más joven, a regular su espíritu y a moderar su lengua.

ESCENA II

EL CORO, CREÓN

EL CORO

¡Ah, príncipe, qué horribles predicciones ha dejado flotando aquí al irse! Durante el curso de los años que han cambiado el color de nuestros cabellos, hemos reconocido por demás la verdad de los oráculos.

CREÓN

Y yo también la reconozco; siento mi alma turbada. Es horrible para mí ceder, y sin embargo, si le resisto, corro el riesgo de ver incesantemente mi corazón herido por el infortunio.

EL CORO

Consultad la prudencia, hijo de Meneceo.

CREÓN

¿Qué hay que hacer? Hablad, obedeceré.

EL CORO

Id, sacad a la princesa de su prisión subterránea y haced levantar una tumba a Polinicio.

CREÓN

¿Son esos los consejos que me dais y las complacencias que he de tener?

EL CORO

No perdáis un momento; la venganza de los dioses viene con paso ligero a desplomarse sobre los culpables.

CREÓN

¡Con qué trabajo me determino, cuánto me cuesta renunciar a mi primera resolución! Pero hay que ceder a la necesidad.

EL CORO

Id, pues, y no encarguéis de ese cuidado a otro que vos mismo.

CREÓN

Corro. Esclavos, presentes o ausentes, volad, hacha en mano, hacia la caverna designada; yo hice echar allí a Antígona, yo quiero sacarla. Nuevos sentimientos me animan. Temo que haya peligro en cambiar las leyes establecidas. (_Sale._)

EL CORO

¡Oh tú, a quien se adora bajo diferentes nombres, tú, gloria y honor de la hija de Cadmo, hijo del trueno, tú, que te complaces en los campos de la fértil Italia; tú, que, en los brazos de Ceres, te dignas proteger la ciudad de Eleusis, abierta a todos los mortales, Dionisos; tú, que habitas la metrópoli de las bacantes, la ciudad de Tebas, edificada en las orillas del Ismeno, donde fueron sembrados los dientes de un dragón cruel; tú, que miras el espeso humo de los sacrificios que se eleva sobre la montaña de dos cimas, de donde se derraman las aguas de Castalia y que las ninfas de Coricia, las bacantes gustan de recorrer; tú, que de las montañas de Nisa, de la que la hiedra corona los lugares más escarpados y donde las pendientes suaves están cubiertas de verdes viñas, vienes a visitar los muros de Tebas al ruido de los himnos inmortales que se cantan en tu honor! Tú amas a esta ciudad entre todas las otras; y tu madre, víctima del rayo, no la amaba menos. Hoy que un peligro inminente amenaza a esta ciudad, ven, franquea en nuestro socorro las laderas del Parnaso o cruza el estrecho donde gimen las olas.

Tú, que presides el coro de los astros fulgurantes y la armonía de los himnos nocturnos, hijo de Zeus, ven a ofrecerte a nuestros ojos con las hijas de Naxos, las tíadas que marchan tras de ti y que, en su divino furor, danzan durante el curso de la noche en honor de su soberano.

[Ilustración]

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ACTO QUINTO

ESCENA PRIMERA

UN MENSAJERO, EL CORO

EL MENSAJERO

Conciudadanos de Cadmo, habitantes de los muros de Amphyon, no hay para los mortales ningún estado en la vida que yo quisiera envidiar o lamentar; la fortuna, sucesivamente, derriba al hombre feliz y levanta al infortunado. Estos acontecimientos están por cima de la ciencia de los adivinos. ¡Cuán digno de envidia se me figuraba Creón! Había salvado la tierra de Cadmo; había heredado el gobierno supremo de toda la comarca; gozaba de su poder y de la gloria de tener hijos generosos. Ahora todo ha desaparecido, pues cuando la alegría abandona a los mortales, su vida no es ya nada a mis ojos, sólo son ya cadáveres animados. Creón, si queréis, posee en su palacio inmensas riquezas, puede vivir revestido de todo el fausto de su rango; pero si, en medio de todos esos bienes, la felicidad se le escapa, yo no daría una sombra de humo por tantas ventajas sin gusto.

EL CORO

¿Qué desgracia ocurrida a nuestros amos venís a anunciarnos?

EL MENSAJERO

Han muerto, y los que aún viven han causado su pérdida.

EL CORO

¿Quién ha herido? ¿Quién ha muerto? Explicaos.

EL MENSAJERO

Hemón ya no existe: ha muerto por su mano.

EL CORO

¿Por la suya o por la de su padre?

EL MENSAJERO

Por la suya propia, arrebatado de furor contra su padre por la muerte de Antígona.

EL CORO

¡Oh Tiresias, qué bien habéis profetizado!

EL MENSAJERO

En una desgracia tan grande, pensemos al menos en prever lo demás.

EL CORO

He ahí a la esposa de Creón, la desgraciada Eurídice, a quien el acaso conduce o que sale de su palacio enterada de la muerte de su hijo.

ESCENA II

EURÍDICE, EL MENSAJERO, EL CORO

EURÍDICE

Ciudadanos, he oído vuestra voz en el momento en que yo salía para ir a orar al templo de Palas; al abrir la puerta, el rumor de alguna desgracia doméstica ha venido a herir mi oído; el temor me ha sobrecogido y he caído casi desvanecida en brazos de mis mujeres. ¿Qué decís? Repetídmelo. He sufrido ya males para tener la fuerza de escucharos.

EL MENSAJERO