Chapter 16
El grupo que durante estos diálogos formaba la pareja de señorito y niñera, merecía tomarse como asunto de un buen romance castizo. Ella, traviesa y pícara, rebosándole malicia los ojos y desparpajo los labios, sin pañuelo a la cabeza, y liada en el mantón, dentro del cual removía el airoso cuerpo para sentirse acariciada del calor; él soñoliento, molesto, desasosegado y frío, trayéndose a cada instante sobre el hombro el embozo de la capa; la chica, toda viveza, el hombre, todo impaciencia. En torno, gente que pasaba mirándoles de reojo y barruntando trapicheo; algún chico parado, con los libros sujetos entre las piernas, ocupados dientes y manos en el aceitoso buñuelo; al fondo, los soportales de la Plaza esfumados en la neblina temprana; las mulas del tranvía despidiendo del cuerpo nubes de vaho; la atmósfera húmeda, impregnada del olor al café que un mancebo tostaba ante una tienda; el ambiente sucio, como si en él se condensaran los soeces ternos y tacos de los carreteros; las piedras resbaladizas, y en el centro del jardinillo, descollando sobre un macizo de arbustos amoratados por los hielos, la estatua del pobre Felipe III, con el cetro y los bigotes acaramelados por la escarcha.
Pero lo más notable era la cara que ponía Julia cuando se separaba de Juan. De fijo que no se divirtieron tanto con el inmortal Manchego las doncellas de los Duques, ni la propia Lozana con los clérigos a quienes se vendía por nueva, como ella gozaba en contribuir al rendimiento del Tenorio decadente.
Julia servía con el mayor celo a Cristeta: primero, por obediencia a sus padres y a Inés, que se lo encargaron; segundo, porque don Juan, espléndido y dadivoso, le regalaba continuamente duros y pesetas con novelesca prodigalidad; además, se divertía mucho contribuyendo a traer engañado a un caballero. Acordábase instintivamente de que era mujer y trabajaba en provecho ajeno como si fuera en causa propia. ¿Dónde mayor alegría para una mujer lista que entrar en pacto contra un hombre? Así que, tras cada entrevista con don Juan, refería a su ama cuanto con él hablaba. Aquel día Cristeta la escuchó con vivo interés.
--Todo va bien--dijo después de oírla--; de modo que...
--Ese _señor_ está _perdío_ por usted: debe de ser..., no se enfade usted..., vamos, ¡un _gatera_ más listo!; pero esta vez..., ya no sabe el hombre lo que se pesca. De fijo que a estas horas anda por esas calles brincando como una cabra en busca de sus tíos de usted. ¿No era eso lo que hacía falta?
--Cabal.
--¿Y esto, señorita? ¡Mire usted que es mucha plata!--dijo Julia presentando el puñado de pesetas, fruto de la última propina.
--Eso es tuyo. Lo que yo te doy de menos él te lo da de más. Anda, que pronto se te acabará.
--Lo que hace falta es que usted acabe con él..., es decir, que empiece. Cuando la señorita se case me lleva de doncella, y luego, si Dios es servido... de niñera.
--¡Ave María Purísima!
Las dos sonrieron, pero de distinto modo; la criada con la satisfacción de la codicia lograda; el ama, con la esperanza de la dicha.
Al quedarse sola Cristeta se sentó en una silla baja de hacer labor, y tapándose los ojos para no ver las cosas de este mundo, se puso voluntariamente soñadora, pareciéndole ver a don Juan, también solo en su casa, triste, malhumorado, vuelto hacia ella el pensamiento y sintiendo lo que jamás hasta entonces ninguna otra mujer le hizo sentir.
¿Existirá en el mundo de las pasiones influencia secreta que aproxime y relacione las almas separadas moviéndolas simultáneamente con un mismo afecto, como viento invisible que a un tiempo menea en parajes apartados las ramas de los árboles? ¡Quién sabe! Lo cierto es que, mientras la esperanzada Cristeta veía posible la realización de su ventura, don Juan, puestos en ella los cinco sentidos con amoroso empeño, tomaba la resolución de buscar a don Quintín para que éste le sacase de dudas sobre si era o no verdad lo del casorio, y pensando en él se decía: «Está visto que ese pobre majadero ha nacido en provecho mío.»
Capítulo XVIII
De la importantísima conferencia que celebraron el Tenorio decadente y el estanquero libertino, con otros graves sucesos
Ignorante don Juan de que don Quintín hubiese venido a menos, resolvió visitarle en su estanco, donde hasta entonces, por prudencia, jamás puso los pies. Fue allá, entró, pidió puros, escogiolos despacio mirando hacia la trastienda... y nada. Entonces se atrevió a preguntar al chicuelo mugriento, mofletudo y asabañonado que le despachaba.
--¿Está el amo?
--El señor Juaneca ha salido.
--No, don Quintín.
--Ese era el de _enantes_, que vendía pitillos de contrabando y lo quitaron por gandul.
--¿Y dónde ha ido a parar?
--Le dieron otro estanco, y no sé más. ¡Valientes puercos debían de estar él y toda su casta! ¡Cómo dejaron la casa de telarañas! Nos encontramos esto, mal _comparao_, lo _mesmo_ que una pocilga, con perdón de usted; menos el cuartito que da al patio, ese estaba limpio.
«¡El cuartito que ella tenía y del cual me habló tantas veces!»--pensó don Juan, y en seguida dijo:
--¿Conque le dieron otro estanco? ¿dónde?
--En la taberna de al _lao ú_ en _ofecinas_ de estancadas, le darán a usted razón.
Don Juan pagó los Puros, dejando la vuelta como propina, y salió.
Luego, mediante encargo que confió a un diputado amigo suyo, el cual hizo minuciosas gestiones, supo que la nueva madriguera estanqueril de don Quintín estaba en la poco aristocrática calle de la Pingarrona, y allí imaginó ir a buscarle; pero pensándolo mejor, mandó a su ayuda de cámara, el inapreciable y fiel Benigno, que volvió con más noticias que un corresponsal del _Times_. Primero, pagando _tintas_ al doncel de los sabañones, y después a un vecino pingarronesco, Benigno averiguó cuanto a su amo interesaba, sin omitir los amores de don Quintín con Carola, trapicheo que sólo doña Frasquita ignoraba en el barrio: criadas, vecinos, porteros y parroquianos, todos sabían que el estanquero tenía, como ellos decían, un _apaño_. De lo que nadie tenía pleno conocimiento era de la precaria situación a que se veía reducido el ex--miliciano mujeriego.
La mudanza de tienda y calle no fue para él venir a menos, sino llegar a casi nada, por lo cual Carola empezó a mostrársele despegada y arisca, tanto como antes fue apasionada y pegajosa. Con la buena parroquia y aquel cajón siempre lleno, que semejaba esportillo del Banco, acabaron los mimos y complacencias de la jamona impúdica. Hízose, sobre todo, pedigüeña en grado inaguantable.
Lo primero que el pobre hombre se vio imposibilitado de comprarle fue un corsé de cuatro duros, lleno de puntillas, lazos, pespuntes y escarolados. La corsetera había dicho a Carola:
--¡Vaya una prenda _pa_ una señora que la pueda lucir!;--y ella lo deseó como un guerrero desea una buena arma de combate. Pidióselo a su Quintín, y éste, fingiendo bromear, repuso:
--¿Corsé? A fuerza de aceros y ballenas me vas a estropear ese cuerpecito tan rico. Ya sabes que me da rabia ir a cogerte y encontrarme con esas cosas tan duras.
--En casa no te digo; pero por la calle no he de ir con las carnes colgando como una vaca.
--Para eso no necesitas corsé de cuatro pesos.
--¡Ah! ¿Es por el dinero, don Roñoso?
--No, palabra; es que estos días... ¿te es igual a fin de mes?
Carola no quiso insistir; pero miró a su amante con profundo desprecio, como las grandes cortesanas de Atenas debían de mirar a los esclavos persas. Luego él faltó algunas noches o acortó las visitas, quejándose de pesadez en el estómago. Para ella subían cena del café; pero ya la ingrata no le daba, como antes, con sus propios dientes, alguna patata frita, ni se dejaba arrancar las pasas de los labios. Interesada y rencorosa, tenía clavadas en el pensamiento todas las ballenas del corsé negado. Transcurridos algunos días, dijo al vejestorio:
--Oye, capitalista, lo del corsé lo mismo me da una semana que otra; pero la cama está hecha _peazos_, y el herrero pide tres duros por componerla.
--¿Tres duros?
--¡Tú sabes cómo está, si parece que dan batallas encima!
--¿Y ha de ser el herrero? Con un cordel o un alambre la dejo yo más firme que el propio suelo.
--_U_ con saliva de mona--repuso ella muy enojada--: ¿no sabes que la has _desatornillao_ toda a puros brincos? ¿Quién tiene la culpa?
--Déjalo, mujer... por ahora; el mes que viene...
--Estoy viendo que te voy a pedir de comer y me vas a decir que aguarde a otro mes. Pues el casero es como el tren, que no espera por nadie, y ha cumplido ayer; conque venga _parné_ o me busco un _señor_.
Lívido de angustia y coraje, repuso:
--Yo me veré con el administrador. Es forzoso que tengamos paciencia.
--Vamos, tú estás más _arrancao_ que árbol viejo.
Engañado Quintín por la pausada entonación con que Carola le dijo esto, imaginó que el instante era favorable a un desbordamiento de lealtad, al cual ella forzosamente respondería con una explosión de ternura.
--¡Carola, Carola mía!--exclamó hiposo y sollozante--; tengo que decírtelo todo.
--Lo que has de hacer es darme algo.
Entonces, poniendo cara muy compungida, extendió las manos en busca de las de su amada, y dijo:
--¡Vida mía, todo se arreglará! Ahora no puedo nada, nada; el estanco nuevo es una perdición. Yo te traeré... unos días... ¡demasiado sabes!
--Lo que sé es que ni ropa, ni casa, ni pagar un triste catre, que tú mismo has _desfondicao_... ni _ná_.
--Más lo siento yo que tú.
Y quiso prodigarle en besos lo que no podía en pesetas; mas ella se desprendió de sus brazos, diciendo desabridamente:
--Estos marranos de hombres creen que tener querida es tener guitarra, que se deja tocar sin que la den de comer.
--Por Dios, nena; tú no eres mi querida; ¡eres mi alma!
--Yo soy una mujer que _tié_ que gastar en comer, y en vestir, y en zapatos, y cuando un zángano no dispone de posibles... ¿o es que me voy a guisar el aire?
--Cuando he tenido... y en cuanto tenga...
--_Pus_ entonces _güelves_.
Carola se iba enfurruñando por momentos. Él la escuchaba pasmado, acordándose de las grandes _cocottes_ de París, de quienes en los folletines había leído que despiden como lacayos a los lores ingleses luego que les han arruinado. De pronto, se le acercó humilde y cariacontecido, temblándole los labios, sublime y ridículo de amor, gritando:
--¡Qué! ¿Vas a dejarme sospechar que me querías por el interés? ¡Permíteme que te bese, o creeré que eres una cualquier cosa!
Adelantó con indecible majestad, como el león hacia su hembra; hubo en su actitud impulso de amante y arrogancia de señorío. Carola, miserablemente asustada con aquello de la traslación de estanco y penuria del nuevo establecimiento, comprendió que el odre estaba seco. Ni corsé, ni cenas, ni recibo de inquilinato... no pudo más. Miró al pobre viejo con expresión de frío desprecio, y plegando en burlona mueca los labios por él tantas y tantas veces besados, le dijo:
--Oiga usted, don Baboso de Singuita, ¿te has _figurao_ que una hembra como yo va a esperar _pa_ dejarse querer a que llueva dinero el mes que viene? Si no me _pués_ mantener con decoro, ¿_pá_ qué te me has _arrimao_, cara de siglo?
Quiso erguirse altanero y tremendo; pero vencido de la emoción, sintió que flaqueaba todo el edificio de su cuerpo, y lanzando a su cruel señora una mirada lánguida de bestia moribunda, entre súplica y reproche, dejose caer, abatido y lacio, en aquel mismo sillón donde antes los dos solían sentarse para que él la estrechase entre los avarientos brazos, mientras ella, vestida de gran señora y copa en mano, entonaba un vals callejero convertido en brindis orgiástico... El recuerdo de aquellos momentos fue como visión rapidísima que le llenó de amargura el alma. En seguida se quedó absorto, con los ojos asombrados y saltones, y los labios fruncidos por una sonrisa diabólica de ángel caído. Tan feo se puso que Carola soltó la carcajada. Entonces, pasando de la estupidez al furor, sintió que en lo más hondo del pensamiento surgía la idea del crimen, no para cometerlo, sino comprendiendo que en situaciones análogas se den puñaladas y mueran las queridas traidoras a manos de sus amantes. Estaba grandiosamente ridículo. Carola se convenció de que aquel pobre hombre era incapaz de pegarle ni un tirón de orejas; pero vio claro que haría cualquier disparate por seguir poseyéndola o por hacerse la ilusión de que la poseía, y con aviesa intención, para enloquecerle y hechizarle, comenzó a desabrocharse el cuerpo del vestido y luego se alzó ligeramente la falda mientras moviendo en ondulaciones canallescas todo su cuerpo pecador, decía con voz de chula raída y descocada:
--¿Crees que esta personilla se va a quedar sin corsé, y que estos pies van a salir a ganarlo, y que este cuerpo ha _nacío_ para tumbarse en un catre _desvencijao_? ¿Crees que voy a domesticar al _administraor_ pagándole en carne? Si no tenías dinero, podías haberte _quedao_ dando _cabezás_ contra el mostrador, _ú_ poniendo bizmas a la vieja, que _paece_ un vencejo _atontao_.
--¡Carola! ¡Señora!
--Aquí no hay más señora que una fiera, porque ¿sabes lo que te digo? Que me temo que te lo estés gastando con otras; ¡conque fuera de aquí, a buscar guita! Lo que decía mi pobrecita madre: «sin bolsa llena, ni rubia ni morena».
Empujándole hacia la puerta, le echó del cuarto; pero en el pasillo, a oscuras, varió de súbito el tono de la voz, y ciñéndole al cuello los brazos, le dijo dulzonamente entre dos largos besos:
--Rico del alma, fuera de broma, tráeme unos durillos, que me hacen mucha falta.
Y le plantó en el descansillo de la escalera, dejándole turulato, ya convencido de que, a pesar de aquellos besos, el amor y sus derivados eran para él cosa perdida como no arbitrase recursos.
¿A quién pediría prestado, qué malbarató o empeñó? No se sabe; pero a la tarde siguiente llevó trece duros, mediante los cuales, Carola tuvo corsé y quedó restaurado el catre. Sin embargo, en días posteriores, menudearon las exigencias de la impura. Pidió un boa, jabón de olor, un palanganero, chambras bordadas y una bata. El espíritu de don Quintín se llenó de sombras: parecía que en su pensamiento se habían juntado el furor de los héroes clásicos, la melancolía de los galanes románticos y el escepticismo de los protagonistas de drama moderno, todo lo cual, el pobre hombre, instintivamente, resumía en aquella horrible frase de su querida: «Sin bolsa llena, ni rubia ni morena.»
Tal era su situación de ánimo cuando una mañana se le presentó Benigno en el estanco, y sin ambages ni rodeos, le dio el siguiente recado:
--De parte de mi amo, don Juan de Todellas, que desea hablar con usted, y que le espera mañana a las doce en su casa--(y dio las señas)--para almorzar.
Dicho lo cual se fue.
Acordándose entonces del último diálogo que tuvo con su sobrina cuando ella le mandó llamar después de ver a don Juan en la Moncloa, el estanquero pensó:
«El grandísimo pillo me busca; tenía razón la chica; pues sí que iré, y veremos por dónde respira. ¡Canalla...! ¡A ese sí que no le faltará dinero para tener queridas!»
Son las once Y media de la mañana. La escena pasa en el gabinete de don Juan.
Las paredes están cubiertas de pinturas, fotografías y grabados que representan retratos de beldades célebres más o menos vestidas, y episodios de amor, donde se ven reproducidas todas las fases de la pasión: mitos sagrados, tradiciones históricas y engendros literarios. Psiquis se quema las alas en la antorcha del divino Eros; la fiel Penélope desteje su labor; el necio Candaules muestra a Gyjes la hermosa desnudez de su esposa Nyssia; Florinda y don Rodrigo, enlazados bajo un naranjo, dan pretexto a la venida del moro; Carlos I y Bárbara de Blomberg se abrazan enamorados y orgullosos, presintiendo que ha de nacer quien venza en Lepanto; la desvergonzada Lozana se deja tentar por un canónigo a quien pide dineros; Felipe II se exalta mirando el ojo sano de la Éboli; el Burlador de Sevilla descansa en brazos de Tisbea; Felipe IV desciñe a la Calderona los cordones de un justillo; Luis XV se divierte en pintar a la Dubarry un lunar junto a la boca; Mirabeau besa el retrato de Sofía; Fernando VII hace cosquillas a _Pepa la Naranjera_; Rodolfo de Austria expira en brazos de María Véscera, y como síntesis de la dulce locura que a todos agitó, el gran Don Quijote muere resignado sin haber poseído jamás a Dulcinea.
En el centro del cuarto está puesta la mesa; el mantel es adamascado y fino; los cubiertos de plata labrada; la vajilla con cifra de oro; las copas, de tan sutil cristal, que semejan aire cuajado. Sobre un veladorcito hay cuatro botellas; dos de Burdeos que, como buenas girondinas, tienen a modo de gorritos frigios sus cápsulas rojas, una de Champaña con capellina de plata, y otra de Jerez que parece oro líquido.
Don Juan espera impaciente abrochándose el batín oscuro de alamares negros. Cuatro minutos antes de las doce suena un campanillazo. Benigno, servilleta al hombro, se dirige hacia la puerta poniéndose los guantes blancos de algodoncillo.
Don Quintín, de levita, prestada y archicumplida, entra escamado, receloso, pero sonriente y haciendo cortesías. Acude a la cita porque a ello le obliga su situación respecto de Cristeta, que puede contar a Frasquita lo que ésta debe ignorar, y también porque, descubriendo los pensamientos de don Juan, le será más fácil la venganza.
Su antiguo conocido le recibe amabilísimamente.
--¡Mi señor don Quintín, y cuántos deseos tenía de que honrase usted mi choza! ¿Cómo va ese valor?
--¿A esto llama usted choza, y están las paredes llenas de santos?
--Vaya, vaya, usted me perdonará el atrevimiento; pero yo necesitaba hablar con usted, y pensé que almorzando se entienden las gentes.
--Tantas gracias.
Se sientan cerca de la chimenea, cuyas llamas se reflejan en los vidrios de los cuadros, y comienza el festín.
Ostras: don Quintín desprende de sus conchas las primeras con el cuchillo, hasta que al ver emplear a don Juan el tenedorcillo _ad hoc_, le imita torpemente, pensando mientras come: «¿Quién sería el primero que probase esta porquería?»
Benigno presenta una fuente, y al mismo tiempo dice don Juan:
--Huevos _al plato_.
Don Quintín, sirviéndose, reflexiona: «¿Pues dónde los había de poner?»
Apaciguada la primera furia del hambre, dice el anfitrión:
--Sí, tenemos que hablar largo y tendido.
--Soy todo orejas.
--Pues bien: ha de saber usted que yo presté dinero a un amigo mío empresario del _Teatro de las Musas_; no ha podido pagarme, y por tratos y combinaciones que hemos hecho, y con los cuales no quiero molestar a usted..., total, que me quedo de empresario. En mi vida las he visto más gordas; pero estoy decidido a defender mi dinero, para lo cual formaré una compañía como en Madrid no se ha oído, y necesito que usted me ayude.
--¿Yo?
--Usted. Llevo adelantados los trabajos, cuento con artistas..., un coro que... ya verá usted...; pero nada puedo ultimar si usted no me favorece.
--No entiendo.
--Yo no hago nada sin contar con su sobrina Cristeta; y además, necesito una persona de toda confianza para representante de la empresa, y esa persona es usted.
A don Quintín se le atragantó un sorbo de Burdeos, que para él tenía sabor de chacolí detestable. Las palabras que acababa de oír le parecieron el principio de una complicadísima serie de mentiras; pero en seguida se le ocurrió la idea de que si aquello fuese cierto, no habría de faltarle contrato para Carola, es decir, querida por cuenta ajena... y un coro a su disposición. Ocultando la sorpresa, repuso:
--De mí disponga usted; en cuanto a mi sobrina, se ha retirado del teatro.
--Por eso le busco a usted, que es quien ha de convencerla. Yo no me atrevo..., las mujeres... En fin, usted, antes que tío es usted hombre de talento y comprenderá mi situación. Yo me permití galantearla, cortejarla, cuatro bromas: ¡como es tan guapa! No me hizo caso; total, nada, una niñería..., y es posible que ella tenga reparo de tratar conmigo. En suma: yo le ofrezco a usted, como tal representante, cincuenta pesos al mes, y a ella una escritura con mi firma en blanco para que fije el sueldo que quiera. ¡Verá usted qué temporada!
Estaban comiendo solomillo con trufas, que a don Quintín le parecieron patatas de luto; don Juan seguía hablando entre bocado y sorbo.
--Hay que regenerar el gusto del público: nada de revistas ni pantorrillas..., ésas para usted y para mí. Arte serio; ya ve usted que la Moreruela es indispensable.
Don Quintín, rebañando con un migote la rica salsa, guardó silencio unos instantes, cual si dudase de la oportunidad de lo que iba a decir, y, por último, habló resueltamente, aunque sonriendo para disminuir el alcance de sus frases:
--Señor mío; usted sí que tiene remuchísimo talento; y todo eso está muy bien urdido...; pero a perro viejo no hay tus tus.
--¿Cómo?
--Que no me engaña usted. A usted le tienen sin cuidado el arte, la empresa y hasta las buenas mozas del coro.
--Explíquese usted.
--Lo que a usted le interesa es... la muchacha.
--Ahora sí que tiene usted que explicarse--repuso don Juan desconcertado.
--Sí, mi sobrina: y hablando en plata, lo que usted pretende es que yo le ponga en contacto con ella.
Don Juan se quedó atónito y a dos dedos de contestar ásperamente; mas no podía permitirse frase dura en su propia casa, y el gesto que ponía don Quintín no era de enojo, sino casi de broma.
--Usted ha pensado en mí--prosiguió el estanquero--, para dar más seriedad a su conducta... y, sobre todo, me ha buscado porque no halla medio ni manera de acercarse a la chica, y como no había usted de decirme descaradamente y en seco su propósito, ha inventado usted eso del teatro. Pero usted ignora muchas cosas. Primera: que mi sobrina no es mi sobrina, sino de mi mujer..., es decir, _ná_. Segunda: que se ha portado cochinamente conmigo y no la veo hace mucho tiempo..., ni ganas. Y, por último, que puede hacer, o ha hecho ya, de su capa un sayo, sin que yo tenga derecho ni voluntad de meterme en sus interioridades. Conque, favor por favor; usted me honra convidándome y ofreciéndome un destino... que buena falta me hace, y yo le declaro a usted que la tal sobrina... puede irse al moro sin que me importe. Vamos, que se ha equivocado usted de medio a medio.
--Yo no he querido lastimar en lo más mínimo...
--Esté usted tranquilo; dos hombres formales no pueden reñir por esa... ingrata. Harto sé yo lo que son mujeres, ¿Le gusta a usted? Bueno..., pues usted ¡a ella! y nosotros tan amigos como antes.
Don Juan, en el colmo del asombro, exclamó:
--¿Que no le importa a usted?
--Absolutamente nada.
Pausa de unos segundos: el amo hace seña al criado, y éste echa Jerez en la copa grande de don Quintín.
El diálogo continúa del siguiente modo:
--Me deja usted espantado.
--Ni tres cominos, por trastuela, ingrata y mala cabeza.
--¿Mala cabeza, y se ha casado?
--¿Está usted seguro de eso? Pues sabe usted más que yo. Desde Santurroriaga me mandó a pedir ciertos papeles: su fe de bautismo, las partidas de muerto de sus padres... qué sé yo, algunos documentos tenía ella...; yo no estuve delante si le dijeron los latines, ni fui padrino; ¡y la grandísima necia descastada, viene luego a Madrid, recoge cuatro trastos de mi casa; y abur! Yo no he de pedirle ni agua, ni quiero meterme en su vida privada.
Sorprendido don Juan por la actitud y palabras de don Quintín, cambió de táctica, y queriendo sacar fruto de su indiferencia, le dijo:
--Vaya, vaya... déjese usted de resentimientos y de delicadezas y piense usted que lo que le propongo, si es beneficioso para ella, no lo es menos para usted. Usted no ha de ir a pedirle nada, sino a ofrecerle una contrata ventajosa.
--Sí; y además a procurar que se vean ustedes.
Don Juan, fingiendo no haber oído, siguió:
--Si no está casada... aceptará, y si lo está, saldremos de dudas.
Don Quintín, puesta de babero la servilleta y empuñando una pata de pollo frío, se balanceó en la silla, riendo como un sátiro viejo.