Chapter 13
A fuer de inteligente y delicado en cosas de amor, era don Juan, aunque no invulnerable a la seducción poco sensible a los halagos de _vengadoras_, _momentáneas_ y _horizontales_. No le importaba que le costase caro el viaje a Citerea; pero sentía repugnancia invencible a pagarlo al contado, como si besos y caricias fuesen guantes y corbatas: gustábale, por el contrario, dejar espacio entre el placer y la remuneración para poetizar y envolver en voluntarias ilusiones lo prosaico de la realidad, prefiriendo gastarse muchos centenares en un regalo a dejar unos pocos sobre una mesa de noche o dentro de un sortijero. Y tenía razón: ¿dónde hay cosa que tanto descorazone y repugne como besar a una mujer y cinco minutos después darle dinero? ¡Todo se puede perdonar al oro menos que sirva para comprar el amor!
El resultado de esta quintaesencia de romanticismo bien entendido, era que no conocía gran número de pecadoras. En cambio, aquellas a quienes trataba constituían la flor y nata del gremio; el estado mayor de los ejércitos del diablo. Unas, nacidas en baja condición, fueron encumbradas en virtud de su belleza; otras habían trocado la miseria vergonzante de la clase media por el esplendor lujoso de la corrupción. A todas sirvió de escabel la imbecilidad de los hombres.
¿Cuál sería la que él utilizase de _modus vivendi_ y como remedio pasajero a la soledad que le atormentaba? ¿A cuál de ellas se dirigiría?
¿A la encantadora Elvira? Cierto que tenía el cuerpo escultural, vivificado por venas azuladas que parecían serpear entre tibia carnosidad de rosas; mas su belleza estaba deslucida porque, teniendo el pelo tan negro como las bayas de la yedra, había dado en la estúpida manía de teñírselo de rubio lino. Además, era muy bestia, no podía sostener una conversación, y con ella el dúo del amor casi se convertía en triste soliloquio.
¿Enriqueta? Lánguida, esbelta, pálida y ojerosa, parecía sentimental y romántica; pero al comer devoraba, bebía como un tudesco y amaba con estremecimientos de epilepsia: pecar con ella no era rendir grato tributo a la Naturaleza, sino hacer un favor.
¿Flora? La cara valía poco: chatilla y morenucha; lo demás, admirable, el pecho como de Venus victoriosa, las caderas con curvas de ánfora, las piernas como de Diana Cazadora; por mirarla desnudarse hubiera Orestes prescindido de su venganza. Pero luego, no había que contar con ella: en la situación culminante del coloquio amoroso se quedaba insensible, entreteniéndose en seguir con la vista los dibujos del papel de la pared o contando las estrías de las columnillas de la cama. Hacía concebir grandes esperanzas y acababa prestándose al amor como a una servidumbre. Durante el prólogo, sus sonrisas eran un estímulo; después, una mueca de doloroso hastío.
¿Araceli? ¡Pobre muchacha! Tez de rosa enfermiza, piel dorada con reflejos de ámbar. Cuando se destrenzaba el pelo, dejándolo caer suelto hebra a hebra en torno del cuerpo, envolviéndose en un manto de oro luminoso, parecía la diosa del pudor. ¿Por qué estaría siempre triste? Bajo los rasgos de lápiz azulado con que se agrandaba los ojos brillaba perpetua humedad de lágrimas. ¿Qué habría en su alma? ¿Laxitud de pecadora cansada o nostalgia de castidad atropellada?
¿Marcela? Guapísima, juguetona, sensual, elegante, mimosa y zalamera hasta el punto de aparentar que se entregaba ilusionada; pero... la codicia en persona. No hablaba más que de previsión, ahorros y peluconas. Oyéndola sin mirarla, podía uno imaginar que escuchaba consejos de pariente tacaño. Un día, entre gatadas y bromas, le quitó a un amante dos perlas de la pechera, y retorciendo una horquilla de las llamadas invisibles, con su alambre finísimo improvisó un par de pendientes, y se quedó con ellos.
¿Mercedes? La mentira en todo su esplendor. Afectaba exceso de pasión; una noche de caricias suyas rendía más que tres días de caza.
¿Alberta? El tipo de la gran señora frustrada; no era cortesana por miedo al trabajo, sino por ansia de brillar; hablaba inglés y francés; leía a Byron y Musset en el original; el membrete de sus cartas ostentaba este lema: _Una para todos y todos para una_. Sus manos eran de reina, sus pies de niña, los ojos como violetas claras mojadas de rocío..., pero tenía en su casa para abrir la puerta una hermana de dieciocho años, tísica, que daba compasión. ¡La antesala del placer parecía custodiada por el ángel de la muerte!
¿Leonor?... No la recordaba bien... ¡Ah, sí! La insaciable; hembra peligrosísima. A semejanza de Diógenes, siempre andaba buscando un hombre.
¿Blanca? La hermosura sin alma, la coquetería sin delicadeza. Poseía la ciencia de vestirse e ignoraba el arte de desnudarse.
Margarita..., Paz..., Asunción...; profesionales vulgares que no sabían más que entregarse como insensible mercancía a tantos o cuantos duros vista. ¡No! Ninguna le servía. Pobres imbéciles condenadas a vender lo inapreciable. ¡Farsantas de la comedia del amor, incapaces de imitar la poesía de la realidad! ¡Ah, Cristeta! Tú, amante toda verdad, sinceridad y entusiasmo, ¿dónde estabas? ¡Tú, la única que en cada beso daba un poco del alma! ¡Sólo poner tu nombre junto con los de aquellas desgraciadas, era ofenderte!
Don Juan no estableció comparación ni paralelo entre ella y las sacerdotisas de Venus; pero instintivamente, sin quererlo, a cada cuerpo, a cada rostro, a cada boca, a cada rasgo femenino que evocaba, le parecían superiores el cuerpo, el rostro, la boca y el recuerdo todo de Cristeta. ¿Por qué la dejaría? Y ella, ¿cómo se había entregado a otro hombre? Lo primero fue insensatez; lo segundo pedía venganza.
Don Juan iba excitándose por grados. ¿Qué sería aquello? ¿Vanidad herida, amor propio humillado, capricho incompletamente satisfecho? Cristeta le ocupaba el ánimo, le absorbía la voluntad y le llenaba el pensamiento. En ninguna encontró aquella rara mezcla de amor ardiente y de cariño impecable, aquella voluptuosidad empapada de ternura, ni aquel sensualismo exento de vicio. ¡Los labios de fuego, las miradas castas! ¡Ah, necio y mentecato, que por propia culpa la perdió!
«Ella..., ella ha hecho bien en casarse, o en regalarse a quien le haya dado gana. La demostración de lo que vale--se decía él--está en la conducta que observa. En el Retiro ni una sola mirada, y luego ha dejado de ir. Indudablemente no va porque cuando me ve, sufre.»
¡Qué mezcla de risa, gozo y orgullo hubiera experimentado Cristeta si por arte de magia le fuese dado asistir a tales monólogos! Y generalizando el caso, ¡cómo se reirían las mujeres de los hombres si les vieran pensar!
A todo esto sin llover; es decir, don Juan, imposibilitado de hablar con Julia, la niñera, que ni se acordaría tal vez de la cita.
En cambio, fue a todos los teatros de Madrid, visitando varios cada noche; asistió a estrenos, funciones de beneficencia y turnos distintos; todo en balde. «No la dejará su marido, o no querrá ella separarse del niño. ¡Claro! Una mujer así tiene que ser buena madre. Además, le dará pena ir al teatro... ¡sitio en que me conoció! La verdad es que me he portado muy mal. ¿Cómo buscarla sin comprometerla?... ¿Cuándo lloverá? ¿Se acordará Julia?» Poco faltó para que mandase hacer rogativas.
Por fin llovió, y con tal abundancia que acudir a la cita era ponerse hecho una sopa.
Se calzó fuerte, se puso el impermeable y bajó al Prado, yendo a colocarse ante la fuente de Neptuno, con los pies en un lago, el diluvio en torno y la imaginación barrenada por la impaciencia. Transcurrió media hora: según el reloj treinta miserables minutos; para el pensamiento, treinta siglos de malestar y desesperación. Repentinamente su espíritu se inundó de luz. A distancia de cien metros apareció Julia, paraguas en mano pisando adoquines, saltando charquitos, tan airosa como indecorosamente arremangada. Al llegar a cuatro pasos de él, dijo chulescamente:
--Oiga usted, señorito, ¿me _tié_ usted que contar muchas cosas _ú_ es que vamos a hacer de patos?
--Nos meteremos en un portal.
--¿Y si pasa alguno que me _conozga_ y lo cuenta?
--Tienes razón; vámonos a un café, sígueme.
Andando muy de prisa, llegaron a un cafetín cercano a la calle de Atocha, sentáronse y acercóseles el mozo:
--¿Qué va a ser?
--¿Qué quieres tomar?--preguntó don Juan a la muchacha.
--Café con media de abajo.
--Pues yo... chica de cerveza.
--Hasta en botella le gustan a usted.
--Si son como tú, ya lo creo.
--No me peino _pa_ señores. Conque hable usted claro, que estamos lejos y cae agua.
El lugar era ignominioso: un café con tabladillo para cantadores, banquetas más destripadas que caballo de picador, el techo ennegrecido a fuerza de humo, el ambiente apestando a tabaco de colillas, el piso escurridizo y viscoso de saliva; al fondo, un mostrador lleno de vasijas sucias y, en último término, una entre cocina y cueva, especie de laboratorio infernal consagrado al dios Cólico. El local casi desierto. Sólo en un rincón una pareja de chula y chulo, a quienes se oía decir:
_Él_.--Tres pesetas...; anda rica, tres pelas.
_Ella_.--Tres pares de cuernos..., so gandul.
_Él_.--Te voy a cortar la cara.
_Ella_.--¿La traes _afilá_?
Luego él cuchicheaba requiebros; la mujer sonreía lascivamente y, después, sobre el mármol del velador, sonaban cuartos.
Sirvió el mozo lo que le habían pedido; comenzó don Juan haciendo muecas al beber cerveza, quitó la chica un pelo que traía la tostada y, guardándose las sobras del azúcar, habló de este modo:
--Ya he dicho que vivo lejos.
--¿Dónde?
--Es que si _paece_ usted por allí y huele mi señorita que tengo yo la culpa, me planta en la calle.
--¿Tu señora se llama doña Cristeta Moreruela?
--No señor, es decir, Cristeta sí que se llama, pero el apellido es Martínez.
--¡Imposible!
--_Pos_ si lo sabe usted, ¿_pa_ qué he hecho yo esta caminata? El señor se llama Martínez, conque _sacusté_ la consecuencia.
--De modo que está casada, ¿desde cuándo?
--_Ende_ que le dijeron los latines, si se los han dicho.
--¿No estás segura?
--Segura no, porque no me convidaron; lo que sé es que el señor está en _Felipinas ú_ en la Habana, de cierto no sé... vamos, en América. Escribe _toos_ los correos y manda el _conquibus_, y la señora no para de hablar del amo, y es buena, aunque _tié_ el genio _mu soberbio_, y no se visita con nadie.
--¿Hacía cuándo crees tú que se casaron?
--El niño _tié_ veintiséis meses, conque...
--Y él en la Habana, ¿qué hace?
--¿Qué ha de hacer? _Empleao_. En la primavera viene.
Al decir _primavera_, Julia sonrió sin que don Juan lo notase, porque se había quedado muy pensativo. De pronto, exclamó:
--Bueno, mujer. Pues... yo te pagaré bien, ¿entiendes?; pero desde hoy a quien sirves es a mí.
--Eso no _pué_ ser.
--¿Por qué?
--Porque me va usted a pedir cosas que... me tendré que ir de la casa y no me trae cuenta, porque el señor, cuando venga, va a emplear a mi papá en consumos.
--Yo emplearé a tu papá y a toda tu familia.
--¡Qué fuerte se conoce que le ha _entrao_ a usted! Por supuesto que no me extraña, porque a mi señorita _toos_ los hombres se la comen con los ojos...; verdad que se quedan iguales, con las ganas.
--Debe de ser muy buena.
--Mal genio; pero tocante a... vamos, a eso que usted anda buscando, me _paece_ a mí que es perder el tiempo. En fin, yo haré lo que usted me mande, con una sola condición: que no _parezga_ usted por donde vivimos, a lo menos hasta que...
--¿Hasta que nos arreglemos?
--Cabalito.
--Te lo prometo; me ayudas, te pago bien, y por ahora no pongo los pies en vuestro barrio. Otra cosa: ¿son ricos? ¿Cómo tienen puesta la casa? Aunque yo no haya de ir... ¿dónde vive?
--Vaya... pues... la calle no se la digo a usted, vamos, que tengo mucho miedo a que me despidan.
Don Juan fingió resignarse con la negativa, y formó propósito de irse luego siguiendo de lejos a Julia. Ésta continuó:
--El cuarto es _manífico_, de casa grande, muy hermoso, con vistas a un jardín antiguo. Los muebles buenos; _pa_ la compra dan cuatro _ú_ cinco duros diarios, y la señorita gasta unas ropas blancas muy ricas.
Don Juan permaneció un instante silencioso y luego dijo:
--Bueno, pues lo primero es que me averigües, con seguridad, si están casados, y el punto, el pueblo donde está él, y qué empleo tiene. Además, le entregarás esta carta a la señorita... y esto para ti.
Dicho lo cual, alargando la mano por bajo de la mesa, colocó sobre la falda de Julia cinco monedas de a duro. El mágico efecto que causaron se reflejó en la respuesta:
--¿Y cuándo nos _golvemos_ a ver?--dijo embolsando carta y dinero.
--Si contestara...
--¡Están verdes!
--Pues cuando le des la carta o la hayas puesto donde la coja, al otro día haces una escapada.
--Muy tempranito ha de ser.
La perspectiva de un madrugón disgustó a don Juan; pero repuso bravamente:
--¡No importa!
--¿Sabe usted el jardinillo de la Plaza Mayor? Pues... pasado mañana a las siete y media.
--De siete y media a ocho.
--Corriente.
--Adiós.
Julia salió del café arrebujándose en el mantón; don Juan pagó en un abrir y cerrar de ojos, se echó a la calle, miró en todas direcciones deseoso de ver a la muchacha para seguirla y... nada; como si se la hubiese tragado la tierra. Se acercó a una esquina cercana, luego a otra un poco más distante, se paró, tornó a mirar hacia los lados, de frente; todo fue inútil.
La grandísima pícara estaba escondida en una tienda de ultramarinos inmediata al café: desde allí observó los movimientos de don Juan hasta que le vio marcharse despacio, tan mohíno y preocupado, que, a pesar de la lluvia, llevaba el impermeable sin abotonar, y la cabeza tan caída sobre el pecho, que el agua le iba entrando por el cogote.
Luego que le perdió de vista salió ella de su escondrijo. La risa le retozaba en el cuerpo, con los dedos metidos en la faltriquera iba palpando los duros, y de trecho en trecho, temerosa de ser seguida, volvía la cara. Precaución inútil. Don Juan marchaba en dirección contraria, y de tan mal humor, que ni siquiera dirigía una mirada a las mujeres que, al cruzar las calles enlodadas, se recogían las faldas, enseñando algo de lo que a él tanto le gustaba.
Capítulo XVI
Donde se prosigue la demostración de que el amor puede hacer astuta a la engañada y crédulo al engañador
La carta confiada por don Juan a Julia y leída con avidez por Cristeta, decía lo siguiente:
_«Sé que no tengo derecho a pedirte nada, ni lo merezco, pero es necesario que hablemos una sola vez; cinco minutos, donde tú quieras. Puedes escribirme a mi casa con entera confianza. Creo inútil firmar.»_
Cristeta pensó: «¡Qué lacónico y qué escamado! Lo que él quiere es visita, entrevista para empezar a mentir, ponerse cariñoso y volverme loca. No, pues todavía no.»
Llegado el día de la segunda cita entre Julia y don Juan, éste acudió primero. A las siete y cinco estaba embozado en la capa y dando vueltas por el jardinillo de la Plaza Mayor, que aparecía envuelta en la neblina llorona y gris de la mañana. Paseo arriba, paseo abajo, empezó a monologuear como todo el que espera:
«Esto es levantarse con el sol; estoy convertido en pájaro; no me falta más que trinar..., todo se andará. ¡Cuánto tiempo hacía que no madrugaba!; desde que troné con la devota. ¡Buen catarro me hizo pescar en las Jerónimas! ¡Y qué habilidad tenía para entrar y salir en una iglesia sin que la conociesen! Cualquiera hubiese creído que eran dos mujeres distintas; entraba muy de prisa, inclinada la cabeza sobre el pecho, recogida la falda, tan caído el velo que no se le veía más que la punta de la nariz; salía derecha, irguiéndose para parecer más alta, suelta la falda, el velo echado hacia atrás y pisando fuerte; nada, dos personas distintas. Recuerdo que usaba un escapulario tamaño casi como un ladrillo, pero muy perfumado con heliotropo blanco, y dentro del cual escondía el retrato de su primer amante. Yo creo que era sinceramente religiosa. Una tarde, mientras se quitaba el corsé, me dijo: «Mira tú si el Señor es bueno que, según la doctrina, lo primero es amar a Dios sobre todas las cosas, y fíjate en que no dice sobre todos los hombres.» Los días en que se confesaba me decía entre caricias y besos: «Chico, esto es coser por la mañana y deshacer la labor por la noche.» ¡Pobre muchacha! Luego quiso seducirla un cura, y se hizo escéptica. ¡Con qué poco se pierde la fe! ¡Bah! Aquello pasó... Ya tenía yo olvidado el Madrid de por la mañana. Lo mismo está hoy que cuando iba yo a la Universidad. Puestos de buñoleras, burras de leche, traperos, cocineras, albañiles con blusa y tartera, el carro de la basura con un barrendero encima que parece un cónsul romano preparándose para entrar en triunfo, alguna pareja de estudiante y modista... ¡quién fuera él!... y yo aquí hecho un imbécil esperando a una niñera..., ni más ni menos que un soldado... Esa es la estatua de Felipe III o Felipe IV, no estoy seguro... igual da. ¡Aquella sí que era buena época! Capa, espada, linterna, escala, un buen criado, en las comedias antiguas les llaman lacayos, el bolsillo bien repleto de doblas... y a perseguir tapadas. ¡Famosa debía de estar la corte! Libertad no habría; pero en cuanto a divertirse, cada oveja con su pareja..., mejor que ahora. Ellas siempre encerradas como monjas; así que cuando podían salir o meterle a uno en casa, se volvían locas. Y eso que había frailes. ¡Los frailes! Eran sabios que en materia de agricultura recogían sin sembrar, y en amor sembraban sin recoger. Yo tengo la preocupación de creer que no hay español que no tenga en las venas sangre de fraile... Siempre que se me ocurre una idea mala, digo: esto, esto es atavismo, reminiscencia del padre Tal o Cual, que debió de tener algo con alguna de mis abuelas... El Madrid de hoy es insoportable. Todos los pisos bajos son tiendas, apenas hay rejas. ¿Cómo se las arreglarían ahora aquellos galanes? ¡Qué cosas se les ocurrirían a Villamediana y a Quevedo, viendo este Madrid, que tiene la Plaza de Oriente al Norte, la estatua de la Comedia delante del teatro italiano, y aquí en la Plaza de la Constitución la estatua de un rey absoluto! ¡Cuánto disparate!... Pero, ¿no vendrá esa chiquilla? ¿Se estarán burlando de mí? No: Cristeta no es capaz... ¿Estará realmente casada?... Importarme, no me importa nada; pero me mortificaría que conmigo presumiese de incorruptible...»
A las ocho menos cuarto apareció Julia bajo el arco que da a la calle de Toledo. Al verla, se dirigió hacia ella con mal disimulada impaciencia:
--¿Qué hay, buena pieza?
--_Pos_ verá usted. Lo primero que se me ocurrió fue decir a la señorita que, estando yo en el portal, _yegó_ un _cabayero_ a dejar una carta, y que como no estaba la portera, la tomé yo. Por lo pronto no se malició nada; pero luego en cuantito que la leyó, se tragó la partida.
--¿Y qué cara puso?
--Sabe más que Lepe, Lepijo y toda su parentela. Me llamó, se encaró conmigo, y me dijo que la carta me la habían _dao_ a mí _diretamente_, y que si tomaba otra, me plantaba en la calle.
--Bueno; pero ¿crees tú que fue pamema o que se incomodó de veras?
--Le diré a usted; yo salí del gabinete haciendo como que me largaba a la cocina, y me planté detrás de la puerta, y por una rendija miré... Se quedó más blanca que el papel..., luego se sentó de espaldas; pero me pareció que _yoraba_, _lo cual que_ no me lo explico.
--Vamos por partes: ¿te preguntó las señas del caballero de quien tomaste la carta?
--Sí, y dije: buen mozo, con barba corta y bigote largo, bien _plantao, mu fino_... en fin, usted.
--Gracias, prenda. Pues mañana tienes que venir aquí para que te dé otra carta.
--Mire usted que me despiden.
--Calla, y escucha. Te daré la carta y la dejas sobre un mueble donde ella la vea, Si riñe, hemos concluido, y pensaremos otra cosa: si calla, ya sabemos a qué atenernos. Tú sírveme bien, y no te importe lo demás. Toma, para ti.--La propina fue respetable.
--Me _paece_ a mí que me está usted metiendo en un berenjenal. A ver si usted se come el queso y yo pierdo el pan.
--Yo lo remediaría. Otra cosa. Por lo que pueda ocurrir, es indispensable que me digas dónde vivís.
--Bueno, pues mire usted, yo se lo diré a usted en cuanto huela que la señorita _está por usté_; antes no porque me quedo en _mitá_ de la calle: luego _ustés_ harán lo que quieran; pero le _azvierto_ a usted una cosa, y es que..., la verdad, yo no sé si la señorita el día de mañana le pondrá a usted buenos ojos, no la _conozgo_ bastante... y ya sabe usted lo que son las señoras...; lo que sé, de seguro, es que tiene mucho miedo a la _vecindaz_, que está llena de amigas y _conocías_ suyas por _toos laos_; en casa no entra _dengún_ señor... y, en fin, que en cuanto se asome usted por allí, ha _perdío_ usted el pleito. Como veo que es usted una persona decente, no le quiero engañar. ¿Sabe usted lo que le digo? Y mire usted, que aquí donde me ve usted tan joven, he _servío_ en muchas casas.
--Habla mujer.
--Pues que de _yevar_ el gato al agua _tié_ que ser en otro barrio; pero _mu_ lejos. Con el _caráter_ y las _cercunstancias_ de mi señorita, _tié_ usted que ir a robar lejos, como los gitanos.
--Puede que tengas razón. En fin, por ahora seguiré tu consejo. Sin embargo, a pesar de esto, quiero resueltamente que me digas dónde vivís; yo no pareceré por allí, pero necesito saberlo. Y vive tranquila; lo que a ti te trae cuenta es estar a bien conmigo. Conque habla, pimpollo.
Julia fingió vacilar, y por fin repuso:
--Bueno, pues vivimos en la calle de Don Pedro, número 20, la única casa que _tié_ jardín con tapias _mu_ altas que dan a otra calleja _estrechisma_. Pero ya le diré yo a usted cuándo _tié_ que _dir_ por allí, no vaya usted a ensuciarlo _too_ por _pricipitación_.
--Corriente. ¿Vendrás mañana por la carta?
--Sí: agur, que se va a levantar el ama.
--Adiós, salerosa. ¿Sabes que me gustas?
--¿También le gustan a usted las sirvientas? _Pa_ mucha gente quiere usted servir a la vez.
La segunda carta fue redactada en estos términos:
_«Cristeta: No quiero resignarme a que conserves mal recuerdo de mí. Es necesario que te explique muchas cosas. Concédeme unos cuantos minutos, y no volveré a molestarte nunca. Sé que la única persona a quien puedes temer no está en Madrid. Espero con impaciencia un recado o dos líneas tuyas. Recibe un respetuoso saludo de_
J.»
Nuevo intervalo de veinticuatro horas, y nueva entrevista de la niñera con don Juan al pie de la estatua de Felipe III. ¡Triste cosa, ser rey y presenciar alcahueterías!
La mañana, extremadamente fría; lluvia mentidita de calabobos; don Juan ojeroso y falto de sueño; la chica burlona, desenfadada y alegre.
--¿Qué hay?
--_Rigular._
--Explícate.
--Dejé la carta encima del tocador, entré poco después y la estaba leyendo _mu_ seria. En seguida la rompió en pedacitos y la tiró a la chimenea, diciendo, como para que yo me hiciese cargo: «Ya se cansará.» Después _me se_ quedó mirando _clavá_, y dijo: «Muchacha, ¿tú te has _empeñao_ en irte a servir a otro _lao_?»
Don Juan hizo un gesto de disgusto: Julia prosiguió.
--Pero lo que yo me digo: cuando no me ha _despedío_ ya..., es _güena_ señal. Y ha de saber usted que no me lo esperaba yo; creí que la señorita sería más dura de pelar; pero desengáñese usted..., _pa_ ver picardías no hay más que servir a las amas. Crea usted que nosotras nos vamos con un hortera o un _soldao_; pero lo que es las señoras, en viendo _cabayeros_... como si no fueran tales señoras.
--Tienes razón.
--Por supuesto que también los hombres son _negaos_: no lo tome usted a mala parte; pero ¿se le figura a usted que el _marío_ de mi ama no está _dejao_ de la mano de Dios _pa dirse_ a la Habana _ú_ donde sea, mientras ella está tan reguapa que da gloria, y más fresca que una rosa? Lo que yo digo: si él está en el _otro mundo_, ella como si estuviera viuda, y las viudas son del diablo.
--¡Ah! Bueno, y ¿qué hay de eso? ¿Cuándo se casaron?