Chapter 12
--Entonces, asunto concluido--dijo Inés.
Luego acompañó a la señorita hasta el centro de Madrid, donde cerca del estanco se separaron. Cristeta siguió sola, tan ensimismada, que ni siquiera se fijaba en que, a pesar de lo humildemente que iba vestida, los hombres se la comían con los ojos.
Al día siguiente, muy temprano, salió del estanco y fue a casa de una modista, con la cual, tiempo atrás, contrajo amistad mientras trabajó en el teatro.
Estuvo largo rato viendo telas, escogiendo colores, examinando figurines, probándose modelos y dejándose tomar medidas. Todo lo que se encargó fue sencillo y elegantísimo; pero caro para ella. La modista sonreía maliciosamente, como diciendo: «Esta ya cayó. Parroquiana tenemos. ¿Quién será el pagano?»
Otras dos mañanas pasó Cristeta comprando de tienda en tienda guantes, velitos, menudencias de adorno y pequeñas galas de esas que son complemento de todo traje femenino. Y por último, después de haber preparado cuanto consideró necesario, una tarde, entre dos luces, se mudó al tercero interior de doña Jesualda, en la calle de Don Pedro. En un carrito fueron la cama, sus dos baúles, un arca y varios líos de ropa; ella montó en un simón, llevando sobre las rodillas el costurero que en días más tranquilos le regaló don Juan.
La despedida de los tíos no fue dramática. Doña Frasquita parecía decir: «Hágase tu voluntad.» Para ella Cristeta simbolizaba el teatro, es decir, la perdición y los vicios de su marido. Don Quintín sonreía mirando socarronamente a su sobrina; desde que la sabía conocedora de sus liviandades, recelaba que hablase. Cristeta estuvo muy cariñosa, y en el momento de salir del estanco, lloró. Allí había pasado los primeros años de la juventud; allí había soñado con damas, galanes, romances, raptos, aventuras, trajes y aplausos; allí, sobre todo, sufrió las primeras noches de insomnio pensando en Juan.
Por la noche, ya en su nueva casa, permaneció largo rato, primero echando cuentas por los dedos y luego haciendo números en un papelito. Temía que le faltase dinero.
Después de acostada, sus recuerdos y esperanzas comenzaron a desvelarla.
Borrosas memorias de la infancia, primeros latidos de la juventud, amarguras, goces conseguidos, deseos frustrados, proyectos rotos, espejismos que finge la ambición, retazos de lo pasado y visiones de lo porvenir... ¡Parece que os refugiáis entre los pliegues de la almohada y que, cuando en ella reclinamos la cabeza, salís a estorbar el sueño, hermosa imagen de la nada!
«Sí, esta es la tercera o cuarta cama en que duermo... De chiquita... no hago memoria... ¡Ah, sí! Mi madre era rubia, muy guapa: siempre estaba trabajando con almohadillas, encajes y alfileres...; el pelo como el oro, la voz dulce...; debió de ser muy desgraciada. ¡Por qué no habrá vivido mi madre! Luego he dormido en casa de los tíos. ¡Pobrecillos, nunca les abandonaré! Después la cama de la fonda en Santurroriaga... ¡con él!..., y ahora esta alcoba, porque la cama es la mía. Si algún día tuviera yo casa, quisiera conservar esta cama. ¡Dios mío, qué será de mí!... Juan... Aunque no me tocara nunca...; pero sentirle cerca..., verle todos los días..., saber lo que piensa..., cuidarle..., que me hable con cariño... ¿Por qué encontrarán otras mujeres quien las quiera?...»
Se quedó dormida con un brazo caído fuera del embozo, despechugada y el pelo revuelto en primoroso desorden sobre la almohada, como madeja que hubiesen enmarañado ángeles.
Capítulo XIV
Del cual se colige la vulgarísima verdad de que el hombre es un animalucho que desprecia lo que posee y torna a desearlo cuando le parece ajeno
Dos años y algunos meses pasaron desde que don Juan abandonó a Cristeta en Santurroriaga hasta que volvió a Madrid.
Al encontrarse con su víctima en las alamedas del Retiro, se quedó asombrado. Pasó casi toda la noche pensando en ella, y lo poco que durmió, contemplándola en sueños. Puesta su memoria en constante trabajo, recordó cuanto a la pobre muchacha se refería: la primera vez que hablaron, su diplomacia en cortejarla, los diálogos en el cuartito del teatro, interrumpidos bruscamente por las entradas del segundo apunte... ¡Qué guapa estaba con aquellos trajes! Creía verla de paje, de chula, de princesa, de gitana, y a veces medio desnuda, envuelta en un amplio manto rojo, destacando sobre un fondo de plantas tropicales y aureolada por los resplandores de la luz eléctrica. Al caer el telón (le parecía que fue ayer), abandonado el palco, bajaba las escalerillas de estampía... Después, Santurroriaga, la fonda... ¡y el Paraíso!
A la madrugada despertó intranquilo. Sin poder ni querer sofocar los impulsos de la imaginación, siguió complaciéndose en recordar lo que sintió por Cristeta, semejante al niño que, tras haber destrozado un juguete, se obstina, desvive y rabia por recomponerlo y restaurarlo. Después hizo mil conjeturas, fundadas en la diferencia que existía entre la Cristeta que le perteneció y la que acababa de ver en el Retiro. ¡Cuánto mejor le sentaban las galas de señora que los oropelescos e impúdicos disfraces del teatro! Le parecía mentira que fuese la misma a quien tantas veces tuvo entre los brazos. No podía decirse que hubiese sufrido, sino gozado cambio; antes era fina, gentil y airosa; ahora, sin perder elegancia, esbeltez ni gallardía, estaba más llenita y redondeada; de linda se había trocado en hermosa. ¡Y qué modo de vestir! ¡Buena modista y buen pagano!, porque todo lo que llevaba puesto era rico. ¿En poder de quién estaría? ¿Qué vida habría hecho desde que él la dejó burlada? Fuese amante o marido, hombre había por medio; era imposible explicarse de otra suerte el lujo que ostentaba, y mucho menos la existencia del niño. Lo más verosímil era que se hubiese casado, porque su severa elegancia, exenta de perifollos llamativos, no era propia de aventurera, sino de muy señora. Pero... ¿habría tenido la criminal imprudencia de casarse engañando a un hombre, ocultándole su pasado? ¡Lo pasado! En el largo catálogo de sus conquistas, ninguna recordaba don Juan que valiese lo que aquélla. No; en el alma de Cristeta no cabía la doblez de hacerse valer como doncella intacta..., y aún era menos admisible la suposición de que ella, tan poética y desinteresada, cobrase amor a un hombre capaz de quererla como propia sabiendo que otro la gozó primero. Lo cierto era que él había tenido sucesor, y la existencia del niño demostraba que el reemplazo fue rapidísimo. Nunca pudo--recordarse con más oportunidad aquello de «a rey muerto, rey puesto». «¡Al fin, mujer! Tanta promesa, tanto juramento, y luego... Todas son iguales--seguía monologueando don Juan--. Mientras no tienen idea exacta de lo que es el hombre, se embriagan de poesía y de ilusiones; pero en cuanto lo saben, quieren hartarse de realidad. A otras no es el amor ni el hombre quien las pierde, sino el lujo: la serpiente del Paraíso debió de presentar a Eva la manzana envuelta en un corte de vestido o metida en una capota. Sin embargo, mucho ha de haber variado Cristeta hasta igualarse con las que se prostituyen por cintas y brillantes. Aunque la cosa resulte anómala, tiene que estar casada... ¡tal vez casada por amor!»
No le faltaba razón. En la hermosura de los hijos suele reflejarse el amor que se tuvieron los padres, y aquel niño tan lindo no era escultura modelada con indiferencia. ¿Qué edad tendría? Un par de años, aproximadamente el tiempo transcurrido desde que él dejó a la madre. «Entonces... ¿cómo explicar?... Calma, calma--continuaba--, vamos a ver. Fue en agosto..., un año, dos... no sale la cuenta. Sería preciso creer que en seguida, en seguidita que yo escurrí el bulto se _lió_ con otro. ¡Qué falta de pudor! Lo único claro y patente es que los mimos, las ternezas, aquel entusiasmo... ¡todo farsa! También esto lo repugno; no, Cristeta no es mujer que se entregue a cualquiera de la noche a la mañana, mucho menos en aquellas circunstancias, sin necesidad, porque yo le regalé mil duros... para vivir un año. Entonces, ¿en qué quedamos? No, pues lo que es yo no he colaborado a la venida del angelito al mundo. ¡Poca prisa que se hubiese dado ella a buscarme! Por otra parte..., ni su aspecto de ahora, ni su índole, ni su carácter, me autorizan para creer que haya _dado el salto_, es decir, que esté entregada a la circulación como un billete de banco. Luego no hay escape: cuando yo hice la memada de dejarla, encontró con quien casarse y aprovechó la ocasión. ¡Bien le ha sentado el matrimonio!... Está mil veces más guapa que antes. ¡Y yo que llegué a creer que me quería! Es decir, quererme..., no..., aunque sí, como se quiere al primero..., la novedad, la sorpresa, el despertar de los sentidos..., pero yo buscaré modo de darle a entender que no me ha engañado. ¡Cómo se habrá reído de mí! Aunque no sea más que un cuartito de hora tengo que hablar con ella y decirle: ¿Conque me querías tanto..., estabas loquita..., a mí solito?... ¡Embustera! Si hubiese creído que me querías no me habría marchado... Está hecha una real moza... ¡qué modo de andar y qué cuerpo, y qué señorío, y qué boca!... Pero, en fin, para mí es cosa perdida..., aunque nadie sabe lo que puede suceder. Si está casada con un hombre de cierta clase, vamos, de buena sociedad, persona conocida, algún día nos encontraremos en teatro, baile o tertulia, y entonces... ¡Una vez, nada más que una vez, por capricho, por el gustazo de avergonzarla! Y sin temor de ninguna clase, estando casada... todo consiste en ser prudente. No hay comparación: vale ahora infinitamente más. Antes era... lo que era: una comiquilla decentita y graciosa; ayer parecía una duquesa. ¡Daría cualquier cosa por saber todo lo que ha sucedido! A mí no me importa..., vayan benditos de Dios ella y el estúpido a quien haya pescado...; pero, ¡como yo la coja un día!..., vamos, que no me quedo sin plantarle cuatro besos y decirle cuatro verdades.»
Siguió pensando largo rato. La sospecha de que el chico fuese suyo le parecía lisa y llanamente absurda y, sin embargo, estaba dentro de lo posible. ¿Se habría casado? Todo el empeño de don Juan estribaba en persuadirse de que el tal matrimonio le tenía sin cuidado, a pesar de lo cual la hipótesis iba tomando amarga intensidad de torcedor. ¿Lo habría callado todo, engañando a un hombre o, por el contrario, le confesaría su pasado? Si lo primero, era infame y despreciable; si lo segundo, necia y sinvergüenza por unirse a quien tales tragaderas tuviese. Tal vez viviera poniendo precio a su belleza. Esta suposición era la que más daño le hacía. Casada... malo...; pero lo _otro_, peor mil veces. La sangre se le agolpaba al cerebro.
Cuando desmenuzando con la reflexión todas aquellas verosimilitudes y conjeturas cayó en la cuenta de que la suerte de Cristeta le preocupaba, y que además le entristecía la posibilidad de su perdición, experimentó una emoción indefinible. En el reloj del despacho sonaron las ocho de la mañana. Entonces, irritado y mohíno al considerar que había pasado la noche en blanco, se obstinó en pensar claro y armarse de sangre fría. ¿Qué diablos era aquello? ¿De cuándo acá meditaba él con semejante aquilatamiento sobre lo que hubiese podido suceder a una ex--querida? Lo cierto era que sólo había dormido un rato, y ése soñando con ella. La mayor parte de la noche fue de completo desvelo, de verdadero insomnio. Era necedad resistirse a la evidencia; desvelado... ¡y casi febril! ¡Quitarle el sueño una mujer! Y no una señora curtida en achaque de aventuras, ni una doncellita boba temible por su misma ingenuidad, ni una astuta sabedora de todas las bajezas que el hombre es capaz de cometer _antes_, y de las infamias que hace _después_, nada de esto, sino que se trataba de una mujer incauta, inexperta, gozada y abandonada. Cierto que la dejó, pero sin escarnecerla ni despreciarla. En cambio ella se vengaba turbando el tranquilo curso de su vida, haciéndole sufrir una dolorosa mortificación de amor propio y, lo que era más grave, inspirándole ideas cuyo alcance no podía calcular.
Las últimas frases que don Juan pronunció mentalmente en aquel largo y humillante monólogo fueron estas: «Sí, ¿eh?... Pues ahora me gusta más que antes... ¡ella caerá! No es que me importe, nada de eso... lo único que quiero es tenerla una vez entre los brazos... porque sí... ¿Qué se habrá figurado la grandísima tonta?»
Capítulo XV
Donde se ve que cuando el hombre tiende la red, ya está pescando la mujer
El día en que don Juan vio a Cristeta en el Retiro, fue domingo. Al siguiente, hizo el viaje en balde: procuró distraerse mirando y remirando a cuantas pasaban; mas en vano. Acaso no faltasen en el paseo mujeres guapas y elegantes, pero todas se le antojaron cursis o feas. La de bonitos pies, tenía el cuerpo atalegado; la de cintura esbelta, era antipática de rostro; la bien vestida, horrible; la hermosa, iba hecha un adefesio. ¿Sería cosa providencial? No, sino que él llevaba grabada en el magín, como única apetecible y codiciable, la que realmente deseaba.
Entretanto, la maquiavélica Cristeta estaba solita en su modesto albergue de la calle de Don Pedro, diciéndose: «Hoy me andará buscando.»
Martes. Hermoso día de otoño, aunque algo fresco. En el Retiro muy poca gente: don Juan llega de los primeros, se cansa de andar, se disgusta y siente impulsos de volverse a casa. Por fin comienzan a venir paseantes. A las cinco aparece Cristeta al término de una alameda: traje, el mismo del día pasado; lleva al niño cogidito de la mano y el coche les sigue a corta distancia. Don Juan se adelanta, acorta la marcha, la deja pasar, la alcanza y retrocede, todo sin dejar de mirarla. Ella, calmosa, serena, impasible, como si no le conociera. Fue tan marcada su indiferencia, que don Juan se dijo: «¡Tendría gracia que yo me hubiese equivocado!» Pero tornó a mirarla y se convenció de que era ella, la misma, la propia Cristeta, que tantas veces le había dicho: «¡Juan mío!» Poco le faltó para llegarse a ella y hablarla. Por fortuna se contuvo pensando: «¿Y si me pega un bufido y me pongo en ridículo? No, todavía no.» Final, el mismo de la primera vez. El coche se para, Manolito, que va en el pescante, se quita respetuosamente el sombrero. Cristeta coge al niño, lo sienta, sube y desaparece sin que don Juan pueda sorprender una mirada de reojo, ni el más leve indicio de curiosidad. Atormentado del despecho, no se le ocurre más que esto: «Un cochero _de abono_ no saluda de esa manera; el carruaje es suyo. No me cabe duda; está casada. ¡mejor!»
Miércoles. La tarde fría, las alamedas desiertas; llega don Juan, abarca con la vista aquella soledad y piensa: «¡Si viniese ahora mismo!» Después anda un buen rato a paso largo para entrar en calor, hasta que aparece Cristeta seguida de la niñera, que trae al pequeñuelo en brazos. Comienza a soplar un Norte muy desapacible; las hojas secas, arrebatadas de los árboles, forman en el suelo ruidosos remolinos de oro. Ella se muestra más indiferente que nunca. El viento, al agitar su falda, le pega la tela a las piernas, modelando indiscretamente sus formas y dejando al descubierto los pies. Diez o doce minutos de paseo. Una turbonada; aquello se hace insoportable. Otro día perdido.
Jueves. Lloviznando. Cristeta, encerrada en casa, se distrae zurciendo ropa blanca. De rato en rato, hilos y aguja se le caen sobre el regazo. «Veremos... ya lleva tres ojeos. ¡Se me pasan unas ganas de hacerle señas para que se acerque!»
Don Juan anda mientras tanto aburriéndose en visitas y sin poder desechar de la imaginación aquellos pies que pisan la arena como sin tocarla. «Sí, el traje el mismo, menos las medias; las de ayer eran negras con lunares azules... Parece que se le han agrandado los ojos. ¡Y qué cuerpo!»
Viernes, sábado y domingo. Lluvia continuada: un temporal. Ella con jaqueca, tumbada en el sofá de Vitoria y fija la vista en la pared. Al caer la tarde, cuando escasea la luz, cree ver dibujarse sobre la blanca superficie del muro una serie de escenas en que don Juan, arrodillado a sus pies, le pide perdón con frases muy apasionadas. Por desgracia o por fortuna aquello es una visión destituida de realidad, un sueño, porque si él entrase... ¡sabe Dios!
Segundo lunes. Hermoso día, pero el piso demasiado húmedo. Don Juan piensa: «No irá», y se queda en casa leyendo. Cristeta sale. Al fin mujer. Paseo en balde. Luego, noche de insomnio pensando: «¿Estará malo?»
Martes. Sol esplendoroso, piso seco, ambiente primaveral. Casi al mismo tiempo llegan ambos espoleados por la impaciencia. Ella con otro traje: falda ceniza y abrigo muy oscuro, de paño todo bordado; sombrero gris con gran lazo y velillo; en vez de zapatos, botas. Don Juan, que va resuelto a hablar, se acobarda viendo a la niñera. «No: los criados son enemigos, no quiero comprometerla. Pero cuando viene aquí, cuando no se va de paseo a otra parte... por algo es.»
En estos y parecidos lances, es decir, sin ninguno notable, transcurrieron veintitantos días.
Por fin, una tarde, cuando don Juan iba por frente a la Cibeles, dirigiéndose al Retiro, vio a la niñera sola con el chico. Buscó con las miradas a Cristeta; pero en balde, y se dijo: «Ésta es la mía.»
La niñera era pequeña, menudita, lista, graciosilla y achulada; un aperitivo o un _hors d'oeuvre_, si don Juan no tuviese puesto en más alta empresa el pensamiento. La chica, llevando al pequeñín de la mano, se dirigía hacia la parte del Prado donde paran los cochecillos tirados por cabras o burritos para recreo de niños. «Bueno--pensó don Juan--; luego vendrá la madre a buscarles.» Una hora fue siguiéndoles a larga distancia y gruñendo entre dientes: «¡Que haga yo esto!»
Las cinco; Cristeta no viene y la niñera endereza los pasos hacia la Carrera de San Jerónimo; don Juan no aguanta más y, colocándose junto a ella, le habla de este modo:
--Cuerpo bonito..., ¿vamos de retirada? Parece que hoy no ha salido la señorita.
--¿Y a usted qué se _l'importa_?
--No te atufes, mujer; cuando te lo pregunto, por algo será.
--Es que yo no sé quién es _ustéz_.
--¿Crees que te voy a comer?
--Ya... como que no soy hierba...
--¡Qué mal genio tienes y que reguapa eres!
--Es que no quiero músicas y no se meta usted conmigo, que yo voy por mi camino y la calle es del rey.
--No seas tonta y baja la voz. ¿Qué trabajo te cuesta contestarme a cuatro preguntas? No te arrepentirás; mira que soy muy agradecido.
Julia se detuvo diciendo al chiquitín:
--Aguarda, hijo, que este _cabayero_ me va a sacar de pobre.
--Tu señorita se llama doña Cristeta, ¿verdad? ¿Dónde vivís? ¿Cómo se llama su marido? ¿Cuánto tiempo hace que están casados?
--¡Pero, hombre, se _l'a figurao_ a _ustéz_ que soy catecismo _pa_ responder a tantas cosas!
--Bueno, pues dime lo que sepas.
--¿No ve _ustéz_ que _entavía soy yo_ muy joven _pa_ ese oficio?
--No seas tonta. Lo que ganas tú en dos meses te lo doy yo en un minuto. Por hablar nadie se pierde.
--_Sigún_... y yo no quiero líos.
Don Juan sacó del bolsillo del chaleco cuatro monedas de a veinte reales y quiso ponérselas en la mano.
--¿Va usted a comprar la barandilla del _Prao_?
--Toma, mujer.
Ella hizo un movimiento como para alargar la mano; pero de repente se echó hacía atrás esquivando el cuerpo y diciendo rapidísimamente:
--_Quitesusté pa_ un _lao_ que viene el coche con la señora...--y en voz baja, muy baja, añadió--: Agur, hasta otro día, cuando me vea usted sola.
Don Juan, iluminado de súbita inspiración, repuso también muy aprisa:
--Aquí mismo, a esta hora, la primera tarde que llueva. No te arrepentirás.
Julia no había mentido. La berlina bajaba echando chispas por la Plaza de las Cortes. El cochero, al ver a la niñera, detuvo; abrió Cristeta desde dentro la portezuela y subió la chica con el nene.
Como si el diablo fuese ordenador del tiempo en perjuicio del amor, tardó bastantes días en llover, con lo cual don Juan comenzó a desesperarse; tanto, que pensó en dar un golpe decisivo para inquirir dónde vivía Cristeta. Pensó primero en que lo averiguase Benigno, su ayuda de cámara; pero Julia era guapa, el hombre podía encapricharse... Resolvió hacer la diligencia por sí mismo.
Una tarde fue al Retiro en una victoria tirada por un buen caballo, con cochero previamente instruido y seguro de ser gratificado. Debía éste, mientras don Juan pasease a pie, no perderle de vista, aproximarse a una seña convenida y seguir luego tras la berlina de Cristeta. La traza no era mala; pero falló. Manolo fue más listo, su caballo mejor y el cochero de don Juan se quedó rezagado en un cruce de calles, donde hubo confusión de carros y carruajes.
A esta intentona siguieron varios días de buen tiempo en Madrid, y de mal humor en don Juan, porque ni la señora ni la niñera aparecieron por el Retiro ni el Prado.
Cristeta dejó de ir a paseo y no permitió salir a la chica, con objeto de excitar y enardecer más la curiosidad de don Juan; pero a la par que esto hacía por reflexión, se apoderó de ella tal impaciencia que estuvo a pique de escribirle diciéndole con terrible laconismo: «Ven.» Por supuesto que si lo hace él se presenta de fijo en su casa o dondequiera le citase, sin miedo a marido, aunque fuera más temible que el Gran Turco. El pobre don Juan estaba rabioso por lo que le sucedía. Más de un mes llevaba perdido en persecución de una mujer a quien dos años antes había considerado peligrosa. «En realidad--pensaba, tratando de explicarse su conducta--, esto es... una locura... un capricho. (Cuando en materia de amor el hombre califica su gusto de capricho, es que está ciego de amor propio.) Nada más que un capricho. ¿Se ha casado? Ha hecho bien...; pero de mí no se burla una mujer a quien he tenido en los brazos. Yo le enseñaré quién soy. Cuando se me antoja una la logro, y cuando quiero la dejo, y luego, si me da la gana, vuelta a empezar. Una noche... una tarde... una hora, y después vaya bendita de Dios. Aunque esté casada con el mismísimo Padre Santo. ¡Se ha puesto tan guapa!»
Hasta entonces nunca había entrado en sus teorías ni en sus prácticas intentar la repetición de semejantes aventuras, porque despreciativamente calificaba esto de reincidencia vergonzosa. Pero ¿era sólo amor propio lo que ahora le impulsaba al quebrantamiento de tales doctrinas? No; y la demostración, terrible por cierto, consistía en que, desde la tarde del primer encuentro con Cristeta, no se le había ocurrido acercarse ni conocer, en sentido bíblico, a ninguna mujer. Y fue sin premeditarlo, como si por instinto ahorrara brío, esfuerzo y terneza, ilusionado con la esperanza de que se presentase la ocasión de reanudar la lectura del poema estúpidamente interrumpido en Santurroriaga.
Cuando, a fuerza de reflexionar sobre su situación, se dio cuenta de aquella castidad, experimentó una sensación rarísima, mezcla de terror y vergüenza: lo primero, porque le espeluznaba la perspectiva de que una mujer le absorbiese y tiranizara el pensamiento; lo segundo, porque para un hombre como él era ridícula semejante continencia. Quiso entonces persuadirse de que no estaba cautivo de una idea fija, de que el fantasma de Cristeta no le había sorbido la voluntad, y determinó visitar a cualquiera de aquellas antiguas conocidas suyas, y de otros, siempre dispuestas a representar papel de Danae no por una lluvia de oro, sino por unos cuantos duros.