Dulce Nombre (Novela)

Part 8

Chapter 84,076 wordsPublic domain

Quedan mudos y tristes, envueltos en la mutua desconfianza. Él pone los ojos allá arriba donde mueren los astros que nadie sabe cuándo han nacido. Piensa con incertidumbre en la eternidad, como en algo inseguro, y nota que se miran, temblando, las estrellas: acaso tienen miedo de caerse, de apagarse, de extinguirse...

Dulce Nombre las contempla a su vez soltando el vuelo de la imaginación de unas a otras, como si pretendiera así llegar muy lejos, detenerse encima de un barco, descubrir un horizonte sobre el mar.

Cuando fué al puerto a recoger a la niña halló crecidas la marea y la luna, soberbio y espumoso el oleaje; la galerna fermentaba sus cóleras y un inmenso quejido recorría el Cantábrico. Anduvo la joven por la playa recelando de las olas y las nubes, castigado el rostro con el viento amenazador que retoza en las arenas.

Ya se decía en el valle que estaba Manuel Jesús a punto de regresar, y Dulce Nombre se volvió a su casa bajo la excitación de un nuevo suplicio, desconfiando también de los temporales. Muchos días se agitó alcanzada por toda suerte de preocupaciones; pero no aconteció el arribo que tanto la sobresaltaba, ni el tiempo borrascoso realizó sus anuncios.

Y apenas la moza conseguía un respiro en tales ansias, la iba a sorprender Encarnación con la noticia indudable, comunicada a veces entre el ruido encubridor de la aceña, con un secreto lleno de mímica y de claridad: la carta en la mano, la alegría y el orgullo en el semblante; la mirada y la sonrisa escapándose por el salón, reveladoras y enigmáticas a la vez.

Ahora Dulce Nombre sabe de cierto que el amado viene; acaso ya descubre la ribera a la luz de esta luna cismontana, aparecida en el valle amorosamente, como un regalo nupcial. Y le espera en la orilla una marejada apacible, jubiloso el despilfarro de las olas, convertido el sable rubio en un tapiz de honor.

Se amortiguan como en un ensueño las tribulaciones de la moza: ya no desconfía del mar, aquel vecino indómito y gigante a quien oye a menudo rugir; todo es bonanza bajo la fantasía que en el viajero aguarda al novio, y en la luna recibe una joya de esponsales.

Pero este encanto se rompe de improviso. Una voz fuerte y varonil, algo maligna y alterada, quiebra el silencio:

_Es amor en la ausencia como la sombra, que cuanto más se aleja más cuerpo toma; amor es aire que apaga el fuego chico y aviva el grande._

El cantar, expresivo y certero, rasga el espacio igual que una saeta.

Dulce Nombre se estremece como si despertara de un sueño esplendoroso, y ve a su marido acechándola, lívido y callado.

Ella adivina en el cantor al antiguo rabadán, el habitante de la sierra vestido de zahones, camarada rudo y fiel de los tiempos alegres, un poco enamorado de la niña de Rostrío.

La constancia de aquella adhesión, que aun vive y se duele de las coplas nocturnas, incita a la muchacha a meditar sobre el presentimiento que por la tarde tuvo, sugerente y extraño, indeciso igual que un fantasma. ¿Nicolás Hornedo la había querido siempre como un padre o como un hermano?

Ella, tan perspicaz y conocedora en medio de su sencillez, nunca sospechó de aquel hondo cariño. No obstante, hoy se le ofrece la duda con insistencia, alumbrada por multitud de recuerdos y comprobaciones.

Todas las veleidades del padrino con la ahijada a partir del casamiento, obtenían una explicación rotunda a la claridad repentina de la sospecha. Y a Dulce Nombre le penetraba en el espíritu cada memoria con punzante lucidez llena de admiración. Sentía una lástima aguda y tierna por el amigo triste, por el hombre solitario y doloroso.

Otra canción de Gil, más distante, desvaída en la sombra, punza en la sensibilidad de la mujer: la noche entera le habla de amor y se ciñe a su carne ardorosamente como una inmensa caricia.

Entretanto el esposo enfermo ha recogido la copla intencionada y la rumia con desesperación, lastimado por el hechizo de esta hora bella y dulce, tan propicia a la felicidad.

Está el parque hecho de un pedazo del bosque: su brava tierra de ansar y de lerón florece a las orillas de los árboles, cultivada con blanduras de jardín. Se deslíe en el suelo la sangre de las rosas que languidecen, mareadas por su propio perfume: llega del río un suave murmullo; tiembla en el viento el alma vegetal de las plantas; un hálito de vida estalla silencioso a cada instante.

Malgor piensa con terrible congoja en la cava profunda del sepulcro hasta donde no alcanzan los veranos. Y se levanta de la silla, pálido y siniestro, para dirigirse a su casa.

--¿Te quieres acostar?--le pregunta su mujer con distraída solicitud.

Nada responde, como si ya tuviera la boca sellada con un puñado de arcilla.

[Ilustración]

VI

EL PAPEL AZUL

Entre la servidumbre del indiano ocupa Tomasa un caritativo lugar, acogida por Dulce Nombre con más benevolencia que afecto.

No se ha casado la antigua vecera del molino porque nunca halló un novio, y sigue viviendo enclenque, precaria de salud y de fortuna.

Como no es agradecida se complace en espiar a su protectora, augurando los dolores que padece y las esperanzas que no consigue. Se alimenta del mal ajeno, goza con que otros sufran, sobre todo si la víctima es una mujer lozana y bella como la de Malgor.

Esta noche ha sorprendido el aire extraño de los esposos, y mientras ellos se recluyen en su alcoba abierta al jardín, se desliza la intrigante como una alimaña en las habitaciones de abajo, próximas a la cuadra y al corral, para desde allí recoger el soplo de los caminos escuchando a la gente que va por la carretera.

Al caer la tarde ya se supo en el pueblo que Encarnación había llegado al molino con mucha prisa, portadora de una carta cuya secreta lectura conmovió a Dulce Nombre de un modo extraordinario.

Otros detalles se añadían y se relacionaban con el anunciado viaje de Manuel Jesús.

Ahora Tomasuca intenta saber más: asocia aquellos rumores con la turbación que ha notado en los dueños de la casa, y pone atento el oído a lo que se diga en el establo o en el cortil, a las frases nuevas que lleguen con el oreo de la noche.

Y no tarda en satisfacer la curiosidad, como si al conjuro de su perverso instinto se movieran en la sombra las voluntades para servirla. Es la propia Encarnación la que aparece en el camino real, y se acerca a la casa muy despacio: lleva sin duda un oculto propósito.

--¡Chis... oye...! ¿Querías alguna cosa?

--Acertaste.

--Pues aquí me tienes--dice Tomasa desde un antepecho al nivel del portal.

--No es el mensaje para ti.

--Lo supongo.

--¿Entonces?

--Se le daré al ama.

--Deseo hablar con ella.

--Es imposible: el señor está hoy más adusto que un juez, y al subir del parque los dos, se han cerrado muy serios en su dormitorio.

Encarnación sonríe con sabiduría maliciosa:

--¡Vaya, a ese le pican los celos!

--Sabrá que viene tu hijo.

--No lo digo por tanto... ¿Quién se acuerda ya de aquellos amores?--soslaya la madre con raro disimulo.

--Se acuerda la interesada.

--¿Qué sabes tú?

--Se lo conozco. ¿Leo en el giro de las aves y no voy a entender a las mujeres?

--¡Sí que eres sutil!

--No te burles; de sobra comprendes la verdad.

--¿De qué?

--De esa afición.

--¡Ni que fuera bruja!

--Y te entiendes con la enamorada--pronuncia la chismosa, implacable, sin ofenderse por el retintín de las alusiones. Le reluce el tono claro y frío de las pupilas, que adquieren una dureza de metal: el alma torva enseña el pálido color de su envidia--. Hay hombres--añade acerbamente--que no se cansan nunca de querer.

Viendo el trastorno maligno de Tomasa olvida la de Cintul su inusitada prudencia. Conoce que no debe fiarse de aquella mujer, pero la quiere castigar aumentando el ruin despecho que la consume, y responde:

--Uno de esos que dices es Manuel.

--¿Y es cierto que viene?

--Ha venido.

--¿Cómo...? ¿De veras?

--Ha desembarcado en Torremar.

--¿Cuándo?

--Esta tarde; mañana estará aquí.

--¿Tan pronto?--murmura la envidiosa, temiendo que se realicen los anhelos de Dulce Nombre.

--¿Pronto...? Diez y seis años lleva en Cuba... _sin cansarse de querer_--subraya Encarnación.

--¿Ese recado traías para «ella»?

--Ese mismo.

--Se le daré... ¡Cuánto se va a alegrar!

La de Cintul vacila un momento; la idea del gozo que puede transmitir la enternece.

--Mira--decide--no le hables de ello, que tal vez no le guste; sino que a solas, sin que nadie lo vea, le das este telegrama--y toma de su bolsillo un papel azul, con mucha solemnidad.

Tomasa desaparece muda y presurosa, empuñando la misiva como un arma siniestra, en tanto que la madre del viajero emprende la retirada un poco descontenta de su resolución.

Instantes después una mano febril llama en la alcoba matrimonial. Abre la puerta Dulce Nombre y ve a su criada sonriendo con perfidia.

--¿Qué quieres?

--Este parte ha traído Encarnación la de Ayuso.

--¿Para mí?--dice temblando la joven.

--¡Naturalmente...! Es la noticia de que ha desembarcado Manuel y mañana viene a Cintul.

En vano Dulce Nombre intenta apagar aquellas frases dichas con una voz alta y dura. Ya están clavadas en Malgor, que se yergue sobre el canapé donde reposaba y estira el brazo maquinalmente, con un movimiento ansioso y defensivo, como si quisiera cerciorarse del anuncio y detenerle sin recibir su daño.

--¡Trae!--balbuce.

Su mujer se interpone entre la mano descolorida y el malévolo impulso de la sirviente; pero ésta consigue entregar el telegrama.

Entonces, bruscamente, sufre el indiano la presión terrible en el pecho, la repentina violencia de su grave enfermedad. Se le demuda el semblante de una manera angustiosa; entre los dedos flojos se desprende el papelillo azul y cae a los pies de Dulce Nombre.

Ella se inclina consternada sobre el enfermo, recibe en los ojos el brillo opaco de unas pupilas que se hunden en la oscuridad, y le llama afanosa; no quiere que perezca así, empujado por una mala intención, padeciendo la última desconfianza.

--¡Ignacio, Ignacio, escucha... atiende...!

Hace el moribundo un gesto espantoso, asoma entre los labios una hirviente espuma de color de rosa y queda rígido, inmóvil.

--¡Está muerto!--gruñe Tomasa con aspereza que no descubre ni un átomo de caridad.

Se propuso únicamente hacerle sufrir, aventarle los celos y las dudas para que descargara su enojo en la esposa. Y el muy estúpido la dejaba libre cuando la venía a buscar el amor, cuando ya podía ser a un tiempo honrada y feliz; ¡aquel hombre la había jugado una mala partida a su humilde servidora!

Miróle con desdén, y extendió su despreciativa injuria a Dulce Nombre, que permanecía quieta, amarilla como un cirio, sin alcanzar toda la magnitud de las crudas palabras: ¡está muerto!

Mas, de súbito, se incorporó cautelosa, enconada por los ojos crueles de la víbora; fuese hacia ella, dominándola con el brío y la estatura, y la obligó a salir del aposento:

--¡Vete, infame...! Sal ahora mismo de esta casa... ¡fuera de aquí!

La dejó evadirse, escondida en la penumbra de los corredores. Cerró la puerta, acercóse al cadáver y le puso en la frente un beso lento y dulce, el único espontáneo y cariñoso de su vida conyugal.

Después, con una flexión cauta y ligera de la cintura, levantó de la alfombra el papel azul, leyólo ávidamente y le ocultó en el pecho, entre los frunces del vestido...

VII

LA LIBERTAD

Toda la noche velaron a Malgor sus íntimos camaradas de la niñez: Martín Rostrío, Antón el campanero y el señor de Luzmela.

Acudió este último, como los demás, a la grave noticia de la desgracia, y permaneció allí, atado por el deber, cohibido por diversas repulsiones.

Le amedrentaba el difunto... Muy lejano el cariño infantil que le unió al compañero en la escuela y en la mies, aquella memoria hubiese, no obstante, servido para tolerar con estimación al hombre que le arrebataba el patrimonio: debía humillarse a la suerte; y nunca fué el indiano un logrero de escasa justicia, sino un rico de mucha fortuna. Pero Nicolás, desinteresado en los bienes materiales, no le perdonaba al amigo que se hubiera apoderado también del alma de la torre, la niña prometedora hecha una adorable mujer. Y al llegar de improviso junto al muerto, sólo sentía la náusea y el terror que produce la carne agostada, a punto de corromperse.

Tenía el cadáver la boca dura y entreabierta, las pupilas cuajadas en el contorno de las órbitas. Con las manos heladas, inflexibles, sostenía un rosarito de coral, la última prenda entre los dedos siempre blandos, suaves como el algodón en los estuches de las joyas. Vestido según le sorprendió la muerte, conservaba un sello de humanidad mucho más expresivo que el de las mortajas prevenidas. Era el mismo hombre que poco antes vivía y penaba adorando celoso a una mujer y que ya se deshacía insensible, ciego y mudo, sin preocuparse del cercano rival.

Mirábale Hornedo muy absorto, acallando su invencible rencor para evocar el espíritu errante de aquella criatura, oculto en el arcano de la otra vida: quisiera hundir los ojos en la eterna sombra que todo lo sabe y averiguar si el hálito incorruptible de Malgor seguía ardiendo por Dulce Nombre mientras el cuerpo se le congelaba próximo a desmoronarse en espuma cenicienta. Y le pungían sensibles sus más hondas tribulaciones, porque sentía muy cerca los pasos de la amada, que no quiso acostarse, vigilando el gabinete mortuorio sin posar en él, solícita y respetuosa.

Cuando llegó el padrino entre varias personas serviciales, procuró decirle ella lo que había pasado con el telegrama fatal.

En un extremo del pasillo le habló reservadamente, bajo una turbación nueva para el hidalgo. Se expresaba sin mirarle, franca y retraída a la vez; quería contárselo todo a la claridad de su genio translúcido, y refería la vileza de Tomasa con mucha indignación, mientras delataba un descanso gustoso para el tormento de su juventud. No hubo fingimiento hipócrita en la voz ni en el ademán: Dulce Nombre descubría, como siempre, su condición intrépida, instintiva, afrontando los caminos libres, con ansia de vivir, de una manera luminosa, igual que antes abrió el pecho a los sinsabores revelando su acidez.

Pero sus frases diáfanas se envolvían en un recato especial y su actitud en un tenue rubor desconocido para Hornedo. Y la escuchaba él confuso, imaginando que la nube casi imperceptible de aquella expresión obedecía a la novedad y la sorpresa de las circunstancias; quizá al prurito de celar un poco la interna ventura.

--Ya se cumplió tu plazo--le dijo, crudamente, viendo huir sus propósitos de renunciamiento. La tenía a su alcance, hermosísima y tentadora, libertada para otro hombre; y la mocedad que había malogrado en las crisis de su pasión, le pedía una cuenta apremiante al choque violento de aquella hora.

Estaban junto a una ventana que transcendía a la esencia resinosa de los pinos y al vaho de la tierra caliente; remansaba la noche bajo el parpadeo fogoso de los astros, al arrullo del Salia, claro y vibrante como una lira de cristal.

La viuda del indiano escondía los ojos trigueños sin responder a su padrino, que volvió a decir, honda y fuerte la entonación:

--Ya se cumplió tu plazo, ¿no me oyes?

--Sí.

--Y el destino te devuelve a Manuel Jesús.

Era la voz tan dolida y entrañable, que la joven alzó la mirada, y allí mismo, a la luz candorosa de la luna, se convenció del trágico secreto en las pupilas hambrientas de Nicolás.

--Ya hablaremos--silabeó, azoradísima--. Tengo ahora mucho que hacer y no es buena ocasión...

Antes de terminar esta vaga respuesta había desaparecido en la sombra del carrejo para entrar en el cuarto de su hija y estarse al lado suyo consolándola, hasta que se durmió cansada de llorar.

No se oyeron más gemidos. Dulce Nombre, seria y diligente, atendía a las necesidades póstumas de su esposo, preparando las galas del entierro, la cuantía de los sufragios espirituales y otras cosas lúgubres y precisas.

Aunque tenía ayuda, quería intervenir en cada gestión, y su vestido blanco, el mismo que lucía por la tarde, rozaba a menudo las distintas habitaciones con aire volandero y fugaz.

La servidumbre, las visitas oficiosas, y hasta los veladores del muerto, comentaban en voz chita, o en lo recóndito de la conciencia, su observación de que la viuda tuviese los párpados enjutos, y que en el rostro, hermético y esquivo, no mostrase una huella solemne de pesar.

--¡No llora!--se decía Martín, contrariado.

--¡No grita!--pensaba Antón, con mucho asombro.

Una vecina cuidadosa se acercó a decir a la interesada:

--¿Quieres que te busque un traje de luto?

--Mañana me lo pondré--contestó--, corre más prisa lo que estoy haciendo.

Y siguió trajinando, activa y perseverante.

La veía Nicolás de través en los espejos, atisbándola detrás de las puertas, sorprendiendo su voz, canora y dulce, adelgazada en el pliegue de los «escuchos»; su andar rítmico y gentil, su figura armoniosa. Pasaba junto al dormitorio que había compartido con Malgor, sin entrar en él, celándole al reflejo amarillo de los blandones, y se alejaba para volver más tarde a detenerse un momento en el propio umbral, con extraña fascinación...

* * * * *

Ya tramonta la luna, al caer moribundo de las estrellas. Se apagaron todas las luces de la casa menos las temblorosas de los cirios. Por los balcones, abiertos de par en par a la frescura de los campos, entra el remusgo del amanecer.

En el triste camarín unas mujeres interrumpen sus rezos comentando la llegada de Manuel Jesús. Saben que ha desembarcado, y no faltan alusiones a la situación de su antigua novia.

--Ahí la tiene, linda y fresca lo mismo que la dejó al marchar.

--Más en sazón; que entonces era demasiado rapaza.

--Y con buenos miles que hereda hoy.

--Ese muchacho nació de pie, como sea cierto que viene rico y gasta cabal salud.

--Si les acuden a los dos todos los beneficios--dice Alfonsa la de Paresúa, persignándose al acabar un responso--, ella bien lo merece: ha usado la humildad y la prudencia donde otras hubieran puesto la ufanía y el abuso.

--También el amo era buena persona.

--Nadie lo niega.

--Honrado y dadivoso...

--Y amigo de los pobres...

--Pero con la enfermedad y los años ha sacrificado a esta criatura, ¡la mejor del mundo!--vuelve a insistir Alfonsa, ponderativa.

--El padre tuvo la culpa.

--Es el sino de cada cual.

--Aun le queda a la moza tiempo de ser feliz.

--Dios lo quiera.

--No ha de crecer la hija tan llana y sin vanidad como la madre.

--¡No!

--Le gusta que la llamen señorita y se da mucho tono...

Olvidados los padrenuestros, se critica, también, la ingratitud de Tomasa, que en el momento del infortunio abandona el hogar donde ha recibido tantos favores.

--No tuvo ley ni a su propia madre.

--Es descastada como ella sola.

--Y medio hechicera: había dicho que el cárabo rondaba por aquí en barruntos de muerte.

--Como tiene la sangre traidora no adivina más que pesadumbres.

--¡Así medrará...!

Los hombres de la velación han salido de la estancia para tomar café y marcharse luego. La viuda se decide a descansar un rato: es un pretexto para retirarse.

En la pieza solitaria que ha elegido como albergue, se abre un antepecho dominando el ansar. Desde allí, cuando la selva está desnuda, se distingue el molino, albo y lueñe, constante imán de los recuerdos que solicitan exaltados a la enamorada.

Hoy no se descubre por este balcón más que la gasa oscura del follaje, la silueta algariva de los montes, la curva pálida de las nubes donde resplandece solitario un lucero imperial: todo ello entrevisto al claror naciente de la madrugada, cuando se agudizan todos los rumores y baja el cielo al río con la primera luz.

Corre una orilla fresca; se remecen las hojas y los musgos; una canción inefable suena en el bosque, sube a las colinas y se extiende por los confines: está hecha con trinos de los pájaros y balbuceos de las aguas.

Dulce Nombre tiene los ojos clavados en la aurora y recibe el saludo de cuanto renace a su lado. Ve cómo unos ampos de claridad rubia se posan en las calvas de la sierra; el valle parece de oro: a la mujer se le enciende toda la esperanza con el sol.

De pronto una posa fúnebre rompe con su tristeza el hechizo sagrado de aquellos minutos. Es que Antón, el campanero, cumple en la parroquia su deber.

Las comadres que charlaban entre rezos junto a Malgor, han dicho en doliente despedida:

--El Señor le tenga en la gloria...

--Descanse en paz...

Nicolás se ha marchado; Martín se ha dormido en una cómoda butaca del comedor.

Y el muerto está solo con las flores que la viuda ha cortado en el jardín, mientras ella, vívida y fuerte, sin atender a los toques lamentables del campanario, sigue en el balcón, entregada a un radiante abandono, dejando fluir los pensamientos sobre el día de su libertad.

[Ilustración]

VIII

EN LOS NIDOS DE ANTAÑO

Después del entierro, casi al anochecer, María le dice a su madre, aprovechando una tregua en los saludos de pésame:

--Voy un rato al molino.

--¿Ahora?

--Sí... ¿por qué no?

--Parecerá mal.

--¿Y qué me importa a mí? Aquella es nuestra casa igual que ésta. Salgo por el bosque y llego cuando han acabado de moler: no habrá gente.

--Se te hará de noche para la vuelta.

--Me acompaña el abuelo.

Sin aguardar una aprobación definitiva, parte la muchacha, ansiosa ya de moverse y recobrar el amable señorío de sus deseos, como si hubiera tolerado en aquel solo día una larga esclavitud. Se resiste al primer quebranto de la vida, que le arde en los ojos con físico disgusto; le duele la cabeza: necesita huir de la casa silenciosa, hacer un poco de ejercicio, tomar el aire, secar el llanto.

Va de luto; su elegancia nativa se amolda a todos los vestidos con un garbo especial.

--¡Qué bonita es!--dice la madre, sonriente, recordando que en el espejo se ha visto muy parecida a la muchacha, esbeltísima con la ropa negra, interesante como nunca bajo la zarpa del insomnio y del amor.

Piensa que la niña es ahora más suya que antes; vivirán en comunicación estrecha y la podrá atraer a sus aficiones, crecida siempre la ternura entre ambas... El espíritu se le engrandece imaginando un porvenir caudaloso en goces, sin atreverse a definirlos, derritiéndose en gratitudes a Malgor, como si voluntariamente hubiera muerto para libertarla. Y reza por él, lastimosa y enternecida, rindiéndole un callado tributo cada vez que se persuade de estar viuda, muy cerca de Manuel Jesús, con un derecho indiscutible a la felicidad...

Llegó el flamante indiano por la mañana, en el mismo tren que conducía el ataúd lujoso de Malgor, pedido por telégrafo a la capital.

Pasa el ferrocarril a dos kilómetros del valle, y aquel trozo de carretera, extendido desde la última estación hasta los pueblos de la serranía, le emprendió el viajero también en el mismo coche público que llevaba en el cupé, entre maletas y baúles, el esquife pavoroso.

Pero al saber a quién pertenecía se apeó Manuel Jesús casi violentamente, anduvo a pie el camino real y subió por los atajos a Cintul.

La familia, que le esperaba más tarde, recibió una sorpresa jubilosa. Hubo en casa de Encarnación muchas bienvenidas, bullicio y convite, expansiones amenizadas con mil conjeturas sobre la coincidencia rarísima de que volviese el mozo, al cabo de tantos años, con el féretro de su antiguo rival.

Y la desazón medrosa de esta circunstancia le amargó el ansiado viaje: acudir como los cuervos al olor de la carne muerta, le producía una impresión de maleficio y pesadumbre.

Se retrajo de asistir al entierro del jefe y protector, alegando como disculpa el cansancio y las emociones. Pensaba con trastorno en lo que haría para no emular por completo a las aves siniestras, cebándose en los despojos mortales. Era preciso considerar el luto de Dulce Nombre, dejar correr los días con paciencia cautelosa, vivir a salvo de las censuras aldeanas.

A las insinuaciones poco reflexivas de su madre, repuso:

--Me he de portar como un caballero, aunque me cueste el mayor sacrificio.

--Es que ella te está esperando--apoyó Encarnación alarmada.