Part 7
Allí le suele buscar María, golosa de la rareza del solitario, atraída a la torre por la anchura resonante de las estancias, por la solemnidad de los muebles, por el aire pesaroso del tiempo detenido como en un remanso; la chiquilla es una mariposa que se embriaga y aturde cuando llega hasta el padrino al través de corredores y gabinetes. Porque no ha tomado el gusto a la casa desde pequeña, ni la ha descubierto y sentido con las primitivas imágenes de la niñez como Dulce Nombre, sino que, extraña a este cariño del solar viejo, irrumpe entre las cosas del pasado con una sorpresa fascinante, más bien antojo, no exento de cierta impresión temerosa.
Hay en el palacio de Nicolás una mescolanza de lujo antiguo y de trastos inútiles, conservados por desidia; aposentos vacíos, con el solado crujiente, que no atraviesa la colegiala sin correr; ostugos donde en ocasiones encuentra el ama de llaves, sin saberlo, un trozo de madera con embutidos de nácar y marfil; un herraje valioso; una estofa deshilachada que ha valido un dineral. Los salones mejor compuestos son áridos, hostiles, fríos aunque los bañe el sol; algunos constituyen la torre, y en aquella parte de la casa habita Nicolás, que ahora mismo recibe a María y la escucha cerrando los ojos.
--¿No quieres mirarme?
--Sí, mujer; es que has abierto el balcón y me estorba la luz.
--Pues le vuelvo a cerrar.
Dirigióse hacia el fulgor dorado y rico de la solana, recibiéndole con intrepidez en el oro claro de las pupilas, mientras el hidalgo continuaba adormeciendo las suyas. Entornó las puertas, y por la única rendija libre al soplo cálido y ligero de la tarde, entró un haz de chispas animadas.
La niña de Malgor sigue hablando, sentada otra vez en su escañil; refiere historias pueriles del colegio y de la ciudad, noticias aldeanas que le han dado en el molino. Tiene un gracejo delicioso, una suave presunción en cuanto dice y en la manera de expresarlo.
Pero Nicolás no atiende a las palabras sino al acento; le percibe absorto y le confunde con el de la otra ahijada. Es la misma voz, con iguales insinuaciones tónicas, un método inconsciente que abre y cierra las cláusulas en íntima sonoridad. Y, hambriento de engañarse, el enamorado se quiere sustraer a la hora presente y vivir la hora lejana; procura hallar en la niña de hoy a la de ayer, compañera inocente convertida en amor irremediable.
Entretanto María se cansa de hablar sola:
--Qué, ¿no me contestas?--dice.
Hornedo vuelve, con trabajo, de la consoladora ensoñación.
--¡Ah, sí...! Te contesto lo que tú quieras.
--¡Vaya! No me haces caso: me voy.
Él la detiene, extremoso, rendido:
--¡Si te escucho con embeleso!
Aunque la muchacha no comprende el sentido fervoroso de la protesta, nota su desconocida dulzura, y posa de nuevo en el banquillo:
--Pues cuéntame lo que has hecho en Madrid.
Habla Nicolás maquinalmente, sólo por ver cerca de sí aquel retrato vivo de la amada, que le fatiga el corazón. Quiere a la niña con morbosa ternura. Cuando la mira directamente le hace daño verla, un daño traducido en doloroso rencor, en odio a la dicha que tuvo el hombre rival. Pero si la contempla al través de los deseos, bajo la sombra de las evocaciones, descubre a la criatura siempre adorada, y revive el calvario de su pasión entre las nieblas del encanto y del martirio, con un trastorno que le enloquece y abate. De estas escapadas a la quimera retorna Hornedo hasta la realidad más enamorado cada día; para él Dulce Nombre continúa siendo la mujer incomparable, con todos los prestigios de la belleza y el candor, con la aureola del sufrimiento y la honradez, y aún con las gracias de la maternidad y el hechizo supremo de lo imposible... Podría elegir una esposa entre damas de alcurnia, y se da cuenta del misterioso cautiverio que padece; supone que el atavismo familiar, la infusión de sangre plebeya en sus antecesores, le obliga al culto de la moza ruda y selvática lo mismo que el país, recia en el amor y en el deber, subyugada a la tribulación como la inolvidable _niña de Luzmela_. Y siente que se cumplen en él los augurios de un destino dramático, con desgarradora fatalidad: es el heredero de una culpa, de una desgracia, de una pasión...
--¿No sabes--dice María cuando se distrae Nicolás--que me pretende tu sobrino, el hijo de Esquivel?
--¿El mayor?
--Sí... ¿Qué te parece?
--Muy bien. ¿Y a ti?
--Me gusta poco... No es mi tipo.
El hidalgo sonríe a la petulancia de la chiquilla, tan diferente a la sencillez de su madre, y, por no malograr la confidencia, pronuncia:
--Mariano es buen mozo y lleva muy adelantada su carrera de médico.
--¡Ya, ya¡, pero... no es mi tipo.
--Y tu tipo, ¿cuál es?
--¡Qué sé yo...! Es otro: el de un hombre que sepa más del mundo, que no sea estudiante y que haya corrido muchas aventuras.
Los ojos visionarios de María resplandecen de curiosidad. Está esperando al viajero que llegue con el polvo de las lontananzas, cabalgando en la bruma del porvenir. Y como si ya tardara en recibirle, se levanta nerviosa; presenta la frente al padrino, y sale cruzando la casa con el rumor ligero y menudo de sus tacones.
[Ilustración]
III
FRATERNIDAD
Cansado Gil de las asperezas del monte, ha venido a ser criado de Nicolás, hortelano y ganadero más que sirviente fino de la casa.
Permanece soltero el pastor, acaso porque no hubo en la vega una mujer resignada al yugo del matrimonio y a la separación del marido, capaz de vivir triste y pobre frente a la montaña que le roba al compañero.
Y cuando el montañés ha bajado de las cumbres, piensa que es un poco tarde para buscar novia; está receloso y torpe, no atinaría con las blanduras del cortejo y los cuidados de la elección.
--Me quedaré así--gruñe con pereza, contemplando la vida desde lejos, como si aún remontase las alturas de la serranía, a una distancia forzosa del hogar y del amor.
Pero hay un descontento en el alma de este hombre, una melancolía que no le impide cantar a los sones del clásico rabel, durante las fiestas aldeanas, ni repetir en las tertulias de invierno, con rostro divertido, los romances pastoriles de envejecida memoria.
La desazón de Gil, oscura, no muy sensible ni punzante, viene originada de un entusiasmo fiel y humilde por Dulce Nombre, aunque el mozo ignoró siempre que no acertaba a sustituir por otra la imagen de la niña de Rostrío. Y aquella devoción, apenas consentida por quien la profesa, devorada al través de la juventud, persiste aún, como el perfume de una rosa que se ha llevado el aire: es el astro ya muerto, cuyo resplandor alumbra todavía.
Nada de esto conoce definitivamente el criado de Nicolás; pero tal vez, con ayuda del propio sentimiento, lo adivina el señor y sorprende la esencia y la luz del sosegado cariño, que era un día el sueño más hermoso de Gil, el cual sabe muy bien cómo el padrino adora a su ahijada y cuánto sufre porque no es dichosa, arrepentido de haberle facilitado el casamiento. No comprende qué clase de adoración es la del hidalgo y la juzga honda y paternal, no por eso menos viva que otra cualquiera.
A Hornedo se le escapan a menudo frases crueles contra Malgor porque vive demasiado, para sacrificio de su esposa; y censuras contra Martín que no repara en los sinsabores de su hija.
Y el pastor va recogiendo estas lástimas, las comenta y las glosa con indefinible semblante.
--Yo creí que «ella» se había acostumbrado al marido.
--Nadie se acostumbra con gusto a lo que no ama.
--Pensé que a fuerza de tiempo...
--Es peor.
--Como tienen una chiquilla...
--No es bastante.
--La pobre se acordará del otro... ¡le quería tanto...! No se me puede olvidar la cara que puso una noche en el molino cuando le dijeron que se marchaba.
--Sí; ¡se acuerda de él!--murmura Nicolás con acerbo tono.
Así, entre amo y servidor, el culto a la muchacha es un lazo secreto, un motivo de fraternidad que nunca se deslinda: la mezclan en sus conversaciones sin nombrarla, aludiéndola de un modo tácito, indudable, y la sienten al lado suyo cuando están callados y solos en la intimidad hospitalaria de la casona.
Esto sucedía muchas veces antes del viaje del señor y se repite ahora mientras Gil hace abarcas en el portal y Rosaura se oscurece en las honduras de la torre.
El abarquero pule su tronco a horcajadas en el banquillo y Nicolás se detiene junto a él cuando regresa del jardín, mediada la tarde calurosa y florida.
Se abre el porche montañés en la fachada principal, bajo el carasol ancho y tendido, con alero de gola y canalones ruidosos. La arcada, de dos curvas magníficas sobre un recio pilar, sirve a Gil de taller, en uno de sus extremos salpicado con el ripio.
Allí azuela y taladra el pastor si no tiene ocupaciones más importantes; la madera es del amo, las abarcas de quien las necesite, el importe de las mismas pertenece al obrero sin que nadie se lo dispute, que al amor de los buenos linajes es donde suele adquirir más privilegios el señorío del trabajo.
A la vera del picadero hay un sillón desvencijado, amplio y noble, que sostiene bien a Nicolás cuando gasta un rato de palique al son del taladro y de la legra. Teme el caballero que sus concesiones democráticas respondan únicamente a la levadura mezquina del instinto, y se deja llevar, con pesadumbre, de una virtud libre y generosa, como si obedeciese a un maleficio. En cada labrantín de Luzmela ve un pariente abandonado, un heredero posible de la torre, y a cuantos coloca cerca de él la casualidad, los trata con suma condescendencia, dentro de su extraño carácter, como a éste, a quien llaman todavía «el pastor».
Juntos están, silenciosos y pensativos, cuando se abre la portalada y aparece en el umbral Encarnación la de Cintul, ligera y radiante, con una carta en la mano.
--Vengo a decirle al señorito que ya salió Manuel de la Habana, según lo que aquí me explica, y debe estar si toca o llega el barco que le trae.
Gil da un respingo y se queda mirando al señor, que recoge la carta, forzosamente, la desdobla y la mira bajo la torsión violenta de los pensamientos, sin leer ni razonar.
--Ya lo sabe Dulce Nombre--pronuncia muy despreocupada la madre feliz--; estaba ahora en el molino y se lo conté... ¡Quedóse más blanca...! ¡Pobretuca...! Se desazona para que no se entere don Ignacio, pero digo yo que siendo socios allá entre sí, le habrá escrito dándole la noticia. ¿Y de qué vale el secreto si cuando llegue Manuel le ha de visitar...? ¿No le parece, señorito?
--Sí, claro; es inútil--balbuce Hornedo, atormentando la carta, que al fin devuelve a su dueña.
--¡Ay, Dios mío, quién lo había de decir...! ¡Mire que volver el mozo hecho un señor, con posibles y salud, y no _encontrarla_ viuda todavía!
--¡Mujer!
--Yo deseo que la haga venturosa porque se lo debe todo, todo; si no es por ella nunca hubiese encontrado medios para llegar a rico.
--Se lo debe a Malgor.
--Por causa de ella...
--Y de él.
--Bueno, sí; pero un individuo tan enfermo ¿qué hace en el mundo?
--Vivir.
--Desengáñese, don Nicolás, que usted mismo habrá pensado más de cuatro veces en lo mucho que se consume la esposa de un tísico viejo, cuando ella es joven... y la están esperando.
--Hoy la quieres porque es rica; niña y enamorada la despreciaste...
--La quiero porque me hizo un gran bien y se lo debo pagar... La quiero porque la hice sufrir...
Encarnación reblandece su acento con unas lágrimas que pudieran convertirse en sollozos.
--¡Ay!--alude siempre lastimosa--. Procura la infeliz que su marido no se altere; dice que le haría daño esa impresión...
--Es la verdad.
--¡Pues de algo nos tenemos que morir!
--Cuando Dios quiera...
--Si esto le mata... ¡será porque lo quiere Dios!
Las palabras de la madre se han vuelto a endurecer. No le gusta que la contradigan. Y se despide con acritud al través del corral, desplegando la carta como una bandera victoriosa.
Sigue inmóvil el barreno de Gil. Nicolás hunde el bastón en la doladura de las abarcas; tose, muy agitado; está palidísimo y se le acentúan las estrías morenas de la piel.
También se acentúa el color angélico de las nubes por encima de las montañas. La bóveda suprema luce una santidad mística y azul, evocadora: desde el porche no se ve más paisaje que el de las cumbres y el cielo.
El pastor suspira, toma la azuela y la clava, sañuda, en el tronco de nogal. El hidalgo se pone de pie, afirma en el suelo la cachava y dice sombríamente, con la voz un poco temblorosa:
--Voy a dar una vuelta por ahí...
[Ilustración]
IV
RENUNCIAMIENTO
Sale irresoluto, con la necesidad imperiosa de moverse y desgastar su inquietud en un violento ejercicio. Y en cuanto abre la puerta blasonada del cortil, siente la caricia tónica del bosque, embravecido al acoso de la nueva vegetación.
Con el sombrero en la mano, el rostro descolorido y mudable, se deja Nicolás prender en la maraña de la ruta. Anda muy de prisa y se detiene luego. Le parece que hay en la sombra un temblor misterioso. Por los claros del ramaje entra el sol aterciopelando los musgos, poniendo en el césped unas medallas de estremecida claridad.
El hidalgo escucha como si temiese una asechanza o una persecución, y no oye más que esos rumores peculiares de la selva; zumbido de alas, susurro de hojas, derrame de simientes y de pétalos: el roce de la maravilla en los oídos humanos.
Se presienten las lontananzas al otro lado del bosque, libres del secreto de los árboles y de la espesura de los toldos; pero Nicolás prefiere la reserva de estas entrañas donde todo es abismo, como en su corazón. Tiene aquí la vida un sordo murmullo apasionado, muy conforme al espíritu en tortura del caminante. Viene el silencio de afuera con la serenidad de la serranía y el calor de los horizontes: la tarde en el campo está callada bajo el inexorable azul.
Y el eterno diálogo de los seres y las cosas se refugia en el ansar irruptor, lleno de voces arcanas y sensibles.
Hay una más fuerte y distinta, que se levanta sin descanso: la del Salia, desfallecido en el estiaje, pero siempre molinero y espumoso en el bosque de Luzmela.
Esta voz, permanente y honda, gravita sobre el hidalgo y le lleva hacia la frescura cercana del río, por el hilo frágil de los senderos. Ya no se puede sustraer al hallazgo de la corriente; sube por la orilla mazorral, palpitante y ligero como las aguas, abriéndose paso con el bastón; se hunde en la maleza salvaje, se punza con los abietes, sin perder el rumbo ni moderar la marcha. El río le saluda y recibe en cada melodía, rápido y voluble, siempre nuevo y extraño, recogiendo toda la gracia y la expresión de la tarde. Y el hombre siente aquella vida agitada en sus venas como una misteriosa trasfusión de eternidad.
De pronto el Salia ahonda su lecho en la resonante zubia del molino, sobre una lera de matorrales, que saca del bosque uno de sus costados para extender la finca de Martín. Pasa el río debajo de la aceña, toca el huerto y las brañas sativas, hoy tendidas de sábanas de flores, y se vuelve a meter entre los árboles a lo largo de la hoz.
Hornedo se detiene con la selva, indeciso, como si le amedrentaran la anchura y la luz, y después de un instante de vacilación, sigue el vero del cauce hasta la presa, rozando las ventanas del edificio.
Desde una, abierta y solitaria hace un momento, le llama Dulce Nombre. Y ha sonado su voz muy ansiosa bajo el claro estrépito de los saetines.
--¿Adónde vas?
El padrino levanta la cabeza vivamente, y responde, esforzándose en aparecer sereno:
--«Iba»... paseando.
--¿No entras?
--Si tú quieres...
La muchacha no descubre la insinuación inevitable de aquella actitud. Está preocupadísima. Reflexiona un poco y decide:
--No: aguarda: voy a salir.
Se asoma a la puerta despidiéndose de Camila con una urgente recomendación, y no saluda a Nicolás, se acerca a él como si acabara de hablarle y de verle mediante la franqueza de los tiempos dichosos: como si no hiciera muchos años que vivían distantes y afligidos por una desconfianza irreductible.
Ahora, de repente, sin que ella misma lo sepa, vuelve a ser la rapaza de antes, segura del buen amigo. Se le apoya en el brazo con abandono filial, y le pregunta:
--¿Viste a Encarnación la de Cintul?
Al hidalgo le sobrecoge un gran estremecimiento. Trae la mujer consigo como una fragancia propia el olor suave y caliente de la molienda, tiene el incentivo y la sensualidad de una fruta, viene temblando de esperanza y de anhelo, empujada por el vendaval de su pasión. Y se le aproxima ciegamente, le clava las saetas de los ojos, le sacude, y repite:
--¿La has visto?
--Sí.
--¿Te enseñó la carta?
--Sí.
--¿Y qué dices?
--¿Qué voy a decir?
--Me tienes que ayudar.
--¿A qué?
--A portarme como debo.
--Eso, tú...
--¡Ah...! ¿me huyes otra vez?
--¡Niña...!
Llevan el mismo derrotero que trajo Nicolás, sin que él lo note. La muchacha le conduce a la selva porque es su camino acostumbrado; pero no busca la trocha bárbara junto al río, sino que se dirige a los senderos más dóciles y frecuentados por la gente, duros también, henchidos con el crecimiento lujurioso de las plantas. Y van despacio sobre la campiña ardiente que da entrada al molino. Desde la puerta de Martín les mira Alfonsa la de Paresúa, présbita y curiosa, muy vencida por los achaques de la edad. En las ventanas se agrupan otras mujeres atisbando a la pareja, ensordecidas por la bataola del trabajo: han sorprendido el gozo y la carta de Encarnación, como la palidez repentina de Dulce Nombre, y les aturde el soplo del adivinado secreto.
--No sé nada--responde Camila a las indiscretas consultas, sin que en realidad se haya enterado de lo que sucede.
Allá fuera los que suscitan estos comentarios se paran en la linde de los árboles.
Dulce Nombre ya no guía al padrino ni se estrecha contra él. Sofocada, ceñuda, le hunde siempre en el rostro las lanzas de las pupilas, y repite, briosa, la última palabra que Nicolás había pronunciado en son de protesta:
--¿Niña...? No soy una niña; soy una mujer, muy infeliz, sola en el mundo: contaba con tu apoyo... ¡y me le niegas!
--No estás sola: tienes padre.
--¿Un hombre que me vende, que ni me acompaña ni me ayuda?
--Tienes marido.
--¡El que me disteis!
--Y una hija.
--¡Tampoco!
--¿Eh?
--Tengo un amor que me vuelve loca: eso es lo único firme y seguro de mi vida... Nadie me lo ha impuesto; ha venido él de todas partes... no sé por dónde...
Señalaba la moza ampliamente a los confines, con gesto iluminado, como si abarcase en su ademán toda la mies engrandecida por los frutos; los montes solemnes, azules, sagrativos, y la tierra abrasada de los cielos.
--Tenía--dijo después con torvo reproche--una amistad: la tuya... Me la has quitado y estoy sola con el amor, sola y desesperada.
Echó a andar por el bosque sollozando.
--Si te basta ese amor, ¿de qué te quejas...? ¡Yo no tengo ninguno!--murmuró Nicolás tan dolorido que la muchacha se volvió a mirarle.
Ya les tomaba la penumbra del arbolado, olorosa y movible. Toda la selva, pujante, sacudida como un inmenso corazón iba hacia ellos acogedora y fraternal. Y aquella frescura, aquel abrazo recibido bajo el peso del sol, les produjo un inesperado consuelo. El vestido claro de Dulce Nombre, las caras descoloridas, recogieron la luz verde y serena del paraje. Andaban los dos amigos con lentitud uno al lado del otro.
--No me basta el amor--pronuncia Dulce Nombre compasiva y humilde--puesto que necesito la amistad. ¿Por qué no me tratas como antes, cuando no podías vivir sin mí?
--¡Ni puedo ahora!--dice el hidalgo con lúgubre tristeza.
Dulce Nombre, enternecida, avisada por un presentimiento insondable, robustece de nuevo su fe en el padrino.
--Mira--le dice--no hablemos nunca más de nosotros. Nos queremos como siempre, ¿verdad? Tú me enseñas y me riñes lo mismo que si aún fuera chiquitina... Oye, por Dios, atiende: ¿Qué hago al llegar Manuel Jesús? Quiero ser buena; que nadie sufra por mí; que tú prepares a Malgor para que la noticia no le perjudique... ¿lo harás?
--¡Pero, mujer!
--Sí; lo haces; y me aconsejas, me sostienes en esta horrible lucha que no se acaba... Ya ves: todos los plazos se cumplen... menos el mío.
--¿Cuál?--pregunta Hornedo estremeciéndose.
--¡El mío!--repite ella; la voz, encruelecida, se le queda súbitamente rota. Y después de un silencio penoso, exclama--: ¡Ni quiero que se cumpla!... No, yo no deseo nada malo...
Parece que habla consigo misma, frente a su conciencia, rechazando la dañosa tentación.
Nicolás no la interrumpe. Acaso las palabras que pudiera decir se le ahogan en el sufrimiento. Asiste como único testigo a los combates de aquella mujer, impulsiva y cándida, sin defensa contra su pasión. El abandono en que la ve le estimula a socorrerla por encima de los celos, con olvido de la propia desdicha: no es posible que deje a la amada sola en la pendiente, al borde de las malas ocasiones.
La recuerda niña y curiosa, asomada con él a los misterios del espíritu, llevada por su mano varonil al través de los campos, en traza de exploradores los dos, sorprendiendo los ruidos inefables, hora por hora, desde el alba a la estrella, en los ágiles caminos del monte y en las sendas entrañables de la mies. Así aprendió la criatura a vivir alerta y sensible, escuchando la inquietud apasionada de las hojas en el bosque; la dilatación de las raíces en la tierra; el estallido de los capullos en el rosal. Se hizo clarividente; resonó como un arpa en las manos campesinas del solariego, para que todas sus percepciones y su avidez se convirtieran en un amor hondo y triste lo mismo que la gleba secular: el maestro no supo abrir a su discípula otro rumbo tramontano y redentor.
Y hoy la sigue como un culpable de aquel delito, clavado con ella en una misma cruz. La quiere salvar y pide a este buen propósito el mayor esfuerzo de su vida: porque si él la defiende honrada y pura, será para que la despose Manuel Jesús en cuanto a Malgor le baste con un lecho de tierra.
Ya está Dulce Nombre a la orilla de su casa.
Con un sacrificio heroico de que se creía incapaz le promete Hornedo cuanto ella suplica.
--Sí; mañana vendré a visitar a tu marido y a decirle con precauciones que llega ese muchacho.
--Y cuando se presente, estarás aquí.
--Estaré.
--Dios te lo pague.
Le tiende las dos manos, efusiva y él corresponde lo mejor que puede al saludo.
--Adiós.
--Hasta mañana.
Como en otra ocasión inolvidable la ve Nicolás hundirse en la arboleda y permanece allí extasiado, envuelto en el perfume que sale del jardín.
Pero hoy no le desatinan el despecho y la venganza; su pena adquiere un matiz sabroso de ternura, y se honra con el orgullo consolador de las altas acciones; ha dominado el miserable instinto: encima del Amor ha puesto el Bien. Siente impulsos de rezar, miedo de no seguir con bastante arrogancia el abnegado camino.
En la solemnidad religiosa de la tarde, caen unas horas como gotas cristalinas desde la copa metálica del campanario.
Las recibe Hornedo en son de aviso: hay que llevar las pesadumbres adelante, como Dios manda.
Y mira de frente la senda extendida a la torre: hacia el renunciamiento y la soledad.
V
ALBA DE LUNA
Pleno mes de agosto; noche veraniega y radiante que parece moruna.
Goza Cantabria los mejores días de su belleza, en que se lucen todos los prodigios de que son capaces aunados el calor y la humedad. Y esta plenitud de gracias tiene en el cielo un manto de centellas por donde sube la luna a desatar la sombra cuando se ha puesto el sol.
Dulce Nombre acompaña a su esposo en el jardín, arrepentida de haberle dejado por la tarde mientras estuvo en el molino.
Precisamente hoy la busca él con obstinada cautela, y la vigila de un modo tenaz; juraría que le ha visto los ojos más impacientes que nunca, la expresión más enervada y peligrosa. Hasta llega a decirla, suponiendo que esconde su cuidado:
--¿Qué te sucede?
--¿A mí...? Nada... ¿Qué me va a suceder?
--Temí que estuvieras inquieta... esperando alguna cosa.
--No, no.