Part 6
--Y aunque te necesite... Yo te estorbo; a la niña la tendré que poner en un colegio... Sólo te ocupas de vivir... ¡y de esperar!
El hombre rico hablaba con rencor, mirando airadamente a la mujer, envidioso de su salud, y más avariento a cada instante de su hermosura.
Ella redujo la indignación a una opaca sonrisa, y sin descubrir los pensamientos salió de la estancia, muy desdeñosa: nunca la había tratado Malgor con tanta dureza.
Aquella tarde no le acompañó como de costumbre al diario paseo, y creyendo justo resarcirse del agravio recibido, se fué sola y autoritaria a la torre de Luzmela. Sentía una brusca necesidad de expansión. Y precisamente el padrino andaba malucho desde su regreso: le haría una visita.
Invernaba Hornedo en Torremar hacía algunos años, después que una herencia le permitió abrirse un poco los horizontes, y las íntimas fiebres de su espíritu le obligaron al movimiento y a la fuga. Pero aquella misma dolorosa inquietud le hacía volver con frecuencia al solar, y cada primavera se le convertía en pretexto de un viaje, motivo en ocasiones de mayor quebranto y de otra nueva huída.
Estaba entonces allí, recién llegado, endeble y taciturno, sin salir de la casona. Su retorno al valle le costaba siempre una desilusión con amago de enfermedad; traía el presagio remoto de cimentar una esperanza, y hallábase con la certidumbre de muchas cosas irremediables.
Se encontraba más viejo. En la ciudad apenas se veía a sí mismo, empeñado en distraerse con aventuras más o menos permitidas, deseoso de engañar las horas y el corazón en simulacros de amores y de fiestas; allá los espejos eran benignos en la penumbra de las habitaciones; a plena luz aldeana los alindes picados y algo turbios no sabían mentir: Nicolás estaba más viejo. No obstante, con su dramática palidez y su figura patricia, tenía el caballero de la gleba un porte singular que interesaba mucho a las mujeres: mientras, a él le parecía Dulce Nombre hermosa entre las demás, imposible como ninguna.
Aquella tarde no la esperaba. Aunque eran ya buenos amigos se trataban poco y prevalecía en medio de los dos una tristeza oculta, una reserva penosa: no conseguían volver a la distante serenidad de su cariño.
Cuando el solariego la vió de pronto en su gabinete, levantóse a recibirla con una agitación indecible.
--¡No te muevas!--le suplicó la joven al tenderle sus dos manos: ya no le abrazaba, no sabía por qué, sofrenando los impulsos de la antigua cordialidad--. ¿Estás mejor?; ¿qué tienes?
--Casi nada; un leve trastorno de mis nervios.
Le obligó ella a sentarse y se acomodó en un escabel al lado suyo, como en días más felices.
El padrino la miraba con avidez oyéndola hablar, esquivando encontrarse con toda la luz cándida y fuerte de los ojos dorados.
Y entregada al irresistible anhelo confidencial, contó Dulce Nombre sus cuitas matrimoniales. Malgor era injusto; le pedía cuenta de sus pasos, de sus acciones... ¡hasta de la íntima esperanza...!
--¡Con tal que algún día la realices...! Pero... ¡Dios sabe!--pronunció Hornedo con aquella mansa ferocidad que trascendía desde los abismos de su pasión--. ¡Ese hombre compadecido y mimado, va a vivir más que tú, más que yo..., acaso más que el _otro_!
Dulce Nombre callaba escondiendo su intensa desolación.
--Sí--añadió el padrino con una sonrisa de hiel--. Apurará todos los plazos que la ciencia le concede... Muchas personas tranquilas y saludables se han muerto desde que él «se tenía» que morir...
--¡Es cierto!--murmuró la joven, sin poder reprimir las palabras.
--Y tú lo sientes, ¿verdad?--preguntó el hidalgo con sutileza tenebrosa, dolido del afán que Dulce Nombre descubría por hallarse libre--. ¿Tú lo deseas?
--¿Desearlo?--musitó indecisa, en lucha su rebelde candor con la brutalidad de la única respuesta.
--Sí; le deseas a tu marido la muerte.
--¡No...! ¡ni a él ni a nadie...! Quiero ser feliz: ¡ya es hora...! Porque está enfermo hay que compadecerle y no contradecirle... Yo, aunque vivo sana, me consumo... ¡y no tengo la culpa de querer a otro!
Hornedo se consumía también, embriagado por la gracia madura y esencial de la moza, admirándose de la ingenua lealtad con que defendía su derecho a un solo amor. En los años acerbos de su matrimonio, ningún hombre se atrevió a poner en ella con osadía la mirada: ni la dolencia del marido, ni la desproporción de las edades, ni aun el silvestre genio de la mujer, arbitrario de suyo, dieron motivo para que la dañase un antojo malsano.
No; seria y triste, aguardaba el cumplimiento de una promesa; estaba comprometida: tenía novio. Si acaso la envolvió Gil, enamoradamente, en una copla o en un suspiro, fué aquello un homenaje rústico del pastor, consentido como de limosna al buen camarada que vivía en el monte, solo con el cielo y la nieve, comiendo pan de maíz y durmiendo en yacijas de piel.
Sentíase Nicolás atormentado y orgulloso de que hubiera algo suyo en el carácter firme y transparente de la ahijada; se altivecía pensando que la víctima de los terrores más absurdos había contribuído a formar un alma tan segura y valerosa, y al mismo tiempo le martirizaba aquella reciedumbre que siempre se levantaría inmutable contra él.
Dulce Nombre meditaba, algo pesarosa de lo que dijo, confesándose que en realidad merecía algunos reproches de Malgor: no era una mujer casera y humilde, no era una madre habilidosa y paciente, ni sabía corregir tales flaquezas. El hogar del marido le seguía pareciendo extraño; la niña, después que la cantó el sueño y la echó a andar con deleite maravilloso, se le volvió también esquiva, hasta que perdió su influjo sobre ella: entre el dinero y los halagos, se la hicieron lejana, inclinándola a otros gustos, a otras aspiraciones ajenas a las suyas. Y un sentimiento horrible de soledad tornó a ennegrecer la vida de la moza, abandonada a la quimera de su juventud.
Allí, en el gabinete del padrino, olvidándose de todo para sosegar sus emociones, se reconocía culpable cerca de Malgor.
--Sí, me estorba; es la verdad... ¡me estorba!--susurraba con áspero sufrimiento--. ¿Qué le voy a hacer si es así? Ya aguardé años y años... ¡no puedo más!
Se le derramaba la pasión en el oro líquido de las pupilas, y una honda blancura la penetraba, como si un fuego interno hiciera traslúcida su carne: tenía en los labios sedientos el nombre de Manuel Jesús.
--¿Tanto le quieres?--aludió Nicolás, celoso y adivinador.
--¡Mucho!
--¿Siempre lo mismo?
--¡Siempre...! Más no es posible.
--Pues el plazo cada día es más corto... ¡Si él no se cansa de esperar...! Pero no. ¿Cansarse...? ¡Por una mujer como tú!
Le sonaba tan sorda y desconocida la voz, que la joven se volvió extrañadamente hacia él.
--¿Qué decías?
--Que tú--disimuló apenas, tembloroso, apagando el acento--eres digna de que te esperen... no ya muchos años... ¡aunque fueran siglos!
Y alejó la mirada, loca de angustia, por el hueco del balcón, sobre la pompa inaugural de la selva.
Se quedó observándole Dulce Nombre con un asombro repentino: ¡Qué triste estaba y qué solo en el mundo! ¿Nunca se habría inclinado un gran amor sobre aquella vida callada y enferma...? ¡Nunca!--se respondió con lástima, recordando las veces que le vió macilento y azaroso, errante por la casa y el ansar, como si buscase un refugio... Ella fué, acaso, la única amiga del pobre solariego: evocaba su niñez en la torre, sus escondites y travesuras aventando las melancolías de Nicolás, el celo con que él le daba los regalos y las lecciones... No comprendía por qué se había ensombrecido entre los dos la confianza y la ternura de aquel tiempo.--Debe ser--pensaba--que nuestro destino se cumple, que estamos sentenciados a sufrir a solas, cada uno con sus penas. Sentía un ímpetu vehemente de salvar el espacio medroso que la separaba del amigo, de ir hacia él con el alma abierta y asequible. Y le seguía el vuelo de los ojos, afanosa de todas las miradas que se asoman con ansiedad al fondo de los cielos.
Allí las recataba el hidalgo, en las nubes dormidas al sol, desesperándose al percibir tan cercana y sensible la adorable existencia que pudo ser suya. Por ceguedad y apocamiento, dejó que a la niña de su corazón la enamorase un hombre decidido; consintió, después, que se la llevara otro más audaz: la abandonó a una suerte adusta y peligrosa, sin ofrecerle un reinado de amor donde ya le ejercía con los más puros derechos sentimentales.
Tuvo en sus manos el alma ardorosa y despierta y la dejó huir...--¡Me hubiera querido antes de volar!--se decía mil veces en la amargura de sus exaltaciones. Y le parecía una infamia que la mujer de Malgor no pudiera vivir en la torre de Luzmela como señora del valle...
Un atractivo doloroso de pensamientos llevó a la muchacha de repente junto a las ideas tormentosas de Nicolás, rozándolas en una insinuante aproximación.--Esta casa--se dijo suspirando--sí que parece mía: aquí no me encuentro forastera como en «la otra»... Las imágenes de su infancia se levantaron entre los muebles conocidos, se extendían gozosas por los corredores y los camarines, bajaban a los huertos y al jardín.
Dulce Nombre sacudió la cabeza hurtándose a la fascinación de sus memorias.--Sí; este «era» mi único hogar--se repetía sordamente.
Reconcentró al cabo sus meditaciones en Hornedo, que continuaba inmóvil, muy pálido, sin atreverse a hablar.
--¡Ya no puedo consolarle!--pensó llena de solicitud--. ¡Está solo como yo... ¡pobre padrino...! ¡Y qué guapo es!--añadió con orgullo, sorprendiéndole, en un atisbo certero, el fervor silencioso de las pupilas, la mano aristocrática, el porte señoril.
La conmovía un profundo enternecimiento. Se levantó para despedirse; doblóse impulsiva y rozó con los labios cariñosos la frente de Nicolás.
--¡Adiós, padrino!
Él la tuvo así tan confiada y devota que tembló intensamente. Había recibido todo el baño de luz de aquellos ojos, el ardor de la boca purpurina...
--¡Adiós!--logró decir con desvaído gesto, a punto de desmayarse.
Y Dulce Nombre, por darle ánimos, ofreció desde la puerta, con la voz clara y benigna:
--¡Volveré pronto!
Minutos después la vió Nicolás perderse en el esplendor oscuro del bosque; bajó los párpados, que le estampaban una sombra lívida en el rostro, y murmuró con infinito desconsuelo:
--Antes que vuelva tengo que huir...
[Ilustración]
V
LOS SENDEROS DE LA MUERTE
Fué cierto que al día siguiente se marchó Nicolás para no volver a Luzmela en mucho tiempo.
Lo supo Dulce Nombre con un dolor parecido al desengaño; sentíase desairada en su intento de reconstruir un albergue a la más noble amistad de su vida. No era posible: alguna razón inquebrantable se oponía a este propósito. Y la muchacha, quejosa de su padrino, aun se dolía de la grave tristeza que arrastraba él por el mundo, como una maldición.
Decíase en el valle que el señor de la torre pensaba ir al extranjero y vivir muchos años lejos del solar. Hubo desilusiones entre las señoritas que no perdían la esperanza de un buen casamiento: la prima de Esquivel y la talluda infanzona de Barreda se disputaron gratuitamente el honor de una romántica viudez.
Pocos meses más tarde se despedía Dulce Nombre de su hija sin protesta, con un sentimiento callado y acerbísimo. Decidió Malgor internarla en un colegio ciudadano, y la misma esposa la fué a llevar en un día de otoño húmedo y triste.
La niña era ya una mujer de trece años, arrogante y hermosa. Tenía, como su madre, la figura gentil, los ojos dorados y profundos, la risa trinada, la voz caliente y musical; pero variaba un poco en la expresión, más imperiosa y dura, espejo de una crianza llena de caprichos y satisfacciones. María ostentaba en las pupilas mayor oscuridad, más sombras en el pelo, y carecía de aquel nimbo rubio de la madre, caído en las sienes como finísima corona.
Estuvo conforme en el colegio porque llegaba allí el oro de su padre concediéndole preferencia y garantías, y en tres años, sólo durante unas cortas vacaciones llevó a su casa un poco de bullicio.
Había muerto la abuela; el indiano, envejecido y mustio, padecía una repetición frecuente de los ataques anginosos, y contemplaba todas las cosas con una mirada yerta y fija, de ultratumba, ejercitándose en la virtud de acrecentar merecimientos para la vida eterna.
El quería decirse:--_No tengo sed porque puse mi boca en el cielo_. Trataba de consolarse a sí mismo, pensando, cómo la existencia del hombre es un soplo de aire que va y viene, mientras las almas perduran en su Dios con la fuerza indestructible de lo imperecedero. Mas, cada una de sus meditaciones, por grave y honda que la hiciese, le traía a morder la carne de la vida, a prevenirse, como último recurso mundano, ese oleaje de memorias y bendiciones que verbera para los escogidos en las orillas de la fosa.
Hizo su testamento mostrándose generoso hacia Dulce Nombre, con el extremado afán de sobrevivir en el ánimo de ella por medio de la gratitud: como en vida procuró dejarle independencia y expansión, para merecer sus favores, pretendía desde la sepultura solicitarlos aún, seguir viviendo de una manera digna en la amada que jamás logró enteramente poseer, de la que nunca tuvo lo más codiciado y adorable en el amor. Le dispuso un cuantioso legado, sin traba ninguna, le aderezó con frases muy laudatorias a la paciente compañera, y aun llevó su magnanimidad hasta proteger de un modo considerable a Manuel Jesús en los acuerdos relativos al negocio cubano, haciendo constar que el mozo le había prestado en la joyería habanera servicios importantes, y que, por su honradez y provechosas gestiones, merecía del testador un trato cariñoso. No faltaban en este documento donativos a los pobres, mejoras para Luzmela, sufragios abundantes por el triste que se despedía con horrenda incertidumbre.
Porque el hombre mortal no conseguía desinteresarse de los bienes humanos, y a menudo una lumbre oscura de los ojos delataba su transitoria ambición por los dulcísimos goces imposibles.
En aquellas horas de codicia terrenal, vigilaba Malgor con paso de moribundo el semblante de su mujer, suponiendo que le contaba los días en espera del «otro», entregada a un acecho irresistible. Un frío interior le hacía temblar, su palidez se revestía de un tono gris que daba espanto, y aunque Dulce Nombre estuviese muy absorta en cuidarle, sin ninguna mala tentación, percibía sobre el enfermo el hálito de la «gran ciega» como un aviso piadoso de la futura libertad, y era cierto que entonces agrandaba los ojos, olvidados en la visión luminosa de la dicha.
Así, frente a frente marido y mujer, solos con su irreparable inquietud, escucharon la transcendencia de cada rumor en las albas tardías del invierno, en el espacio tenebroso de las noches, y todavía con mayor ansiedad cuando los hervores de la primavera estallaban silenciosos bajo el perfume del heno y de los lirios, cuando el verano henchía las venas del sol y echaba las mariposas a volar como flores enloquecidas.
Y aquellas dos almas en tortura se temían sin odiarse, alejadas por el corte helado de un pensamiento, juntas en la trágica perturbación de otear un año y otro los senderos de la muerte...
[Ilustración]
TERCERA PARTE
I
LA HIJA
Ha vuelto a su casa la niña de Malgor. El padre la considera instruída tal como a una señora corresponde, y se enorgullece mirándola en plena posesión de un destino feliz. Es hermosa, rica, saludable, inteligente: sus alegrías pasan floreciendo sobre el hogar oscurecido por un drama recóndito que ella está muy lejos de comprender.
Algunas veces, cuando era chiquitina, se quedaba suspensa entre sus padres, tan distanciados por la edad, y les hacía esas cándidas preguntas de los niños que a menudo provocan un desolado rubor.
Hoy les ve juntos con más extrañeza que antes, porque razona y entiende como una mujer. Pero nada les dice: ha puesto en la vida su mirada brillante y risueña que no quiere temblar.
Tiene la muchacha un carácter enérgico, algo indómito; no ha sufrido nunca la disciplina de una severa educación ni el peso de la contrariedad; sus antojos, de continuo satisfechos, se exacerban con las dificultades y crecen a medida que se logran: la costumbre de mandar y de exigir la inclina, en ocasiones, a las actitudes violentas, al gesto duro y la brusca determinación.
Verdad es que estos resabios de la mala crianza, puesta al servicio de una herencia impetuosa y ardiente, los atenúa la niña a cada paso con su expresión de inocencia y juventud, con la gracia de su melancolía y el hechizo de su hermosura. Así el egoísta endiosamiento con que vive para sí propia, con frecuente exclusión de los demás, se le ablanda en las pupilas refulgentes, llenas de curiosidades y de luz, en el encanto imperioso de las sonrisas y las palabras.
Y aunque es meditativa y soñadora al influjo de la raza y del país, huye de la tristeza de sus padres como de un mal, y procura olvidarla en el sereno regocijo de su corazón.
No han faltado lenguas torpes que le cuenten a María el noviazgo de la antigua molinera y hasta la razón de que el molino pertenezca al abuelo Martín. La añeja historia y las observaciones de la realidad, aseguran a la muchacha que su madre ha sido una víctima de la suerte, víctima voluntaria, puesto que se humilló al sacrificio cuando pudo resistirse a él con todos los fueros humanos.
Para la niña de Malgor no existen leyes por encima de las pasiones; ella juzga las cosas de un modo indiscutible y definitivo, divididas en dos clases: las que convienen y las que repugnan; es decir, las que se aceptan y las que se rechazan. Como no comprende la vida sin los beneficios del oro, discurre que, de seguro, la pobre molinera de antaño, necesitada de escoger entre el dinero y el amor, se quedó reflexivamente con el dinero; cambió el hábito miserable por la categoría señoril y puso el más firme cimiento a una existencia nueva, encaminada a las materiales ambiciones.
Siéntese la muchacha complacida por los bienes que disfruta como resultado de aquella lejana lucha sentimental, y sólo reconoce en su madre una causa providente de que la hija esté en el mundo, regalada y dichosa, arrostrando un envidiable porvenir.
Pero las definiciones de María sobre este particular no son demasiado crueles, porque las hace a flor de pensamiento, con una niebla mentirosa en el alma, sin ahondar mucho en ninguna cavilación. Los quince años altivos y triunfantes le producen un deslumbramiento engañoso; todo lo percibe al través de su tendencia dominadora, y aun se atribuye rasgos de suma generosidad. Cuando va por la calle y la miran con devoción, vuelve la cara sonriendo a la gente, como si dijera:
--Vaya, os haré el favor de consentir que me admiréis un poco más...
Para mayor adorno suyo tiene la niña una madre bella y moza que parece una hermana, y a la que es fácil suplantar en cuanto significa dar órdenes, exigir tratamientos y revolver novedades. Es María la que decide ahora los menesteres decorativos de la casa, con el beneplácito del padre, muy orgulloso de tan buena disposición.
Y Dulce Nombre les deja hacer, algo intimidada y resentida, alejándose cada vez más de la criatura, a quien tuvo en los brazos con franca adoración. Una frialdad incomprensible las separa; se quieren y se desconocen: la madre siente el imperio de la hija como una nueva opresión, y se encuentra más sola que nunca, perdida en desconsoladas confusiones ante el cariño sagrado, que también se le resiste, con enemiga terquedad.
Nada más semejante en apariencia que estas dos mujeres. Viéndolas juntas se distingue a la madre porque tiene la estatura más elevada, el color más pálido y moreno, más honda la brasa de las pupilas y los labios más curvos. De cerca, su caliente madurez contrasta con la fragilidad de María; pero si hablan vuelven a ser iguales, de tal modo, que oye la una en la otra el rechazo de su propia voz.
Están unidas por la carne y la belleza, apartadas por un obstáculo sombrío; se miran a la entraña de los ojos sin estremecerse bajo la raíz cordial del sentimiento, y Dulce Nombre piensa, conturbada, que un hijo de la sangre puede convertirse en un intruso cuando no le ha concebido también el corazón...
[Ilustración]
II
EL RETRATO
Desde que la niña ha salido del colegio manifiesta el padre más depurada y continua la virtud de la conformidad, aunque devora con más pesadumbre todas las amarguras del remordimiento.
Porque en la muchacha alegre y victoriosa vive la imagen de aquella otra niña que él arrastró al matrimonio con inquebrantable resolución llena de egoísmos. En aquel tiempo Dulce Nombre era corporalmente igual que esta colegiala moderna. ¡Así tuvo de límpidos los ojos, que no saben olvidar el llanto de aquellos días! Nunca rió con toda la boca, no puso toda el alma feliz en un cantar, ni el interés en un capricho, ni la satisfacción en un goce. Habitó silenciosa y triste en la casa opulenta como si no fuera suya, prestando el oído a los rumores distintos, clavando la mirada en los rostros invisibles; dijo frases benignas, estimulada por la caridad, y dió al marido el calor de su pecho juvenil que ardía con la esperanza de otro amor... En ciertas horas demasiado turbias, sufrió con el espíritu martirizado y negro: era inocente y sentía la conciencia nublada por el dolor y el pecado.
Hoy la hija repite aquel aspecto infantil y gracioso de la madre, con idéntica hermosura, con los mismos años, pero en la plenitud de la ilusión, entre risas y promesas; domina y triunfa, es dueña de su casa y de su libertad: pone los ojos sin lágrimas en todos los anhelos.
Y las compara Malgor, arrepentido, medroso, temiendo purgar en la niña nueva el tormento de la niña desgraciada, volviéndose hacia su mujer con el ánimo penitente y el labio trémulo, ansioso de premiarla en desagravios y recompensas interminables.
Pero la ve tan moza, la supone tan cercana al desquite soñado, que se retrae dolido y mudo, encadenado a su despecho. Aunque languidece bajo un cansancio espantoso de la carne marchita, los deseos retoñan en él con misteriosa fuerza primaveral. Y huye de Dulce Nombre disimuladamente, buscando a la niña como un lenitivo y un refugio que no siempre consigue.
Porque María se aburre en su casa, y después que dispone en ella alguna innovación o la alborota con el revuelo de sus inquietudes, se marcha de visita por el valle, donde cada vecino la recibe con agasajo, y los mozos de fuste la rondan con admiración.
Ya sabe la colegiala coquetear y elegir con la fantasía el hombre presentido, uno que no ha llegado: ese que debe aparecer de un momento a otro... y siempre tarda.
Durante sus paseos incansables por el campo le gusta mucho a María detenerse en la torre de Luzmela, escudriñar la casa del padrino en los escondites más curiosos y tener con el hidalgo un poco de conversación. La seduce aquel hombre retraído y zahareño que vaga por sus jardines lo mismo que una sombra y ocupa la torre como un asceta.
Hace un mes que regresó de Madrid, donde estuvo dos años sin decidirse a ir más lejos. Viene muy arisco, pero el mal incurable de su misantropía interesa a cuantas mujeres le conocen y enamora a las que le celan con alguna esperanza. Un halo de romanticismo sublima la figura de Nicolás, a quien su amor frenético y silencioso empuja a la Montaña. No olvida que los médicos señalaron un plazo eventual a la vida de Malgor y acude, a pesar suyo, como las _nétiguas_, oteando la muerte.
Y ha encontrado a su amigo en la misma actitud de espera y de zozobra, algo más viejo y cobarde, más desguarnecidas las sienes, más apagado el acento; ha visto a Dulce Nombre con nueva sazón en la hermosura; ha escuchado, tembloroso, aquella palabra lenta y acariciadora que le recrimina:
--Te marchaste sin decirme adiós y no me has escrito en dos años: ¡ya no me quieres!
Unas disculpas azoradas y torpes, una visita casi ceremoniosa, y Hornedo se ha escondido en su rincón, desesperado y adusto.