Dulce Nombre (Novela)

Part 3

Chapter 34,100 wordsPublic domain

Una hora más tarde bajaba Encarnación al molino con la noticia en los labios y el contento en el alma. No sentía la separación de su hijo, imbuída por el gozo de verle marchar hacia una suerte feliz, arrebatado a la novia pobre, devuelto a la obligación de proteger a la familia como cuando estudiaba para cura. Luego que la madre tomó su desquite, presurosa y vengativa, sintió que era suyo el dolor de la enamorada; tuvo arrepentimiento de haberla hecho sufrir; quiso abrazarla y pedirla perdón: ya Dulce Nombre estaba insensible a todo lo que no fuera el tormento de su desengaño.

De vuelta a Cintul aun tenía que padecer Encarnación por sus ilusiones maternales; el hijo no venía a cenar; andaba solo y amargo por la orilla del pueblo; alguien le vió camino de la aceña: iba, sin duda, a faltar a su palabra, a romper su compromiso con Malgor.

Y era cierto que el mozo estaba a punto de rendirse; su carne obedecía a un misterioso imán, llevándole por los senderos conocidos en violenta lucha con los propósitos espirituales.

Desde los confines del lugar medía con obstinación una sola ruta: el recuesto, las praderías, un puente, la selva, y allí le esperaba Dulce Nombre, en el huerto solitario. Le parecía escuchar la risa fogosa de la muchacha, su voz caliente engarzada en el suave tejido de los tonos, sus promesas acendradas y puras.

En aquel momento sentía por su novia una pasión a la vez dulce y terrible.

Y bajaba ansiosamente al valle, tocaba en el ansar, volvía a subir, huyendo de sí mismo.

Así estuvo hasta que cuajó la noche y las montañas más erguidas se cubrieron con el manto de la sombra.

Empujado por el soplo de la oscuridad rondó el molino desde el bosque, vió palpitar sus luces en la honda tiniebla, y se detuvo en las cercanías del huerto; sentía un bárbaro deleite en mortificarse allí a dos pasos de la dicha, cuando era más fuerte que nunca el aroma del monte y el viento había volado como un águila a dormirse en las cumbres.

Acaso un suspiro hubiese bastado para romper entre los novios el negro muro de la noche, a pesar del juramento prestado por Manuel Jesús.

Pero el llanto del río se llevó los sollozos de la niña sin que el amante los recogiese. Y la penitencia de aquel amor fué un secreto de la temblorosa penumbra.

[Ilustración]

VII

CADA CUAL CON SU CRUZ

La torre de Luzmela domina el valle, fincada en un alcor entre el monte y el río, al acoso del arbolado.

Es un solar ilustre, empobrecido por el tiempo, habitado por un hombre triste y receloso. Nicolás de Hornedo y Esquivel tiene treinta y cinco años; es alto, membrudo, extravagante, sensible. Desciende por línea directa de un matrimonio advenedizo que dió mucho que hablar en la comarca porque heredó el palacio y los bienes anejos sin ostentar los apellidos del linaje fundador, ni tener, en apariencia, derecho ninguno sobre las fincas.

Una historia de amor, oscura y extraña, fué el origen de la herencia, y al través de dos generaciones viene a ser Nicolás el único representante de la nueva familia que ya luce timbres de otros blasones montañeses.

Aquella pareja intrusa, puesta en posesión de la casa, inesperadamente, por testamento del solterón don Manuel de la Torre y Roldán, tuvo una sola hija a quien desposó un Hornedo arruinado y desaprensivo; de la muchacha nació un varón que hizo bodas con una señorita de Esquivel: éstos eran los padres de Nicolás. Murieron jóvenes, y dejaron tan mermada la fortuna, que el huérfano logró apenas hacer sus estudios de abogado y conocer un poco la vida de la ciudad.

No llegó a ejercer la profesión; una rara melancolía, con tintes de aburrimiento y pesadumbre, le fué apartando de la sociedad, y acabó por encerrarle en su casa de Luzmela, achacosa y decaída, pero capaz aún de mantener con vergonzante decoro al hidalgo sombrío.

Algo morboso existe en la hurañía de este hombre, que se enternece por cualquiera emoción y muchas veces llora sin causas conocidas, abandonado al desahogo de la pena ignorada que le consume.

Él no sabe por qué se esconde ni cuál es el motivo de su tristeza; siente un descontento profundo que le amarga la juventud, y al mismo tiempo una infinita piedad por todo cuanto vive y sufre: es un espíritu visionario y silencioso que arrastra como un estigma los fermentos de pasiones y ansiedades ajenas.

De continuo invoca el recuerdo de aquellos novios sin nombre legítimo, señores del palacio por misteriosa virtud; él, hijo de una labrantina soltera, vivió siempre favorecido por don Manuel de la Torre, que le hizo médico y le dió un lustre sospechoso de bastardo; ella se apareció en el valle siendo muy chiquitina, sin saber decir su procedencia. Regresó don Manuel de una de sus frecuentes excursiones con la desconocida criatura de la mano, y en su casa la tuvo como un tesoro: se la conocía con el nombre dulce y significativo de _la niña de Luzmela_ y nadie dudaba que no perteneciese a la misma sangre del aventurero señor, el cual, al morir, dejó los caudales a sus protegidos, igual que si fuesen dos hermanos. Pero, después de algunos episodios novelescos, la niña y el doctor se casaban con gran sorpresa de la gente, provocando un asombro y unas murmuraciones tan graves que no se han extinguido todavía.

Perduran los comentarios de aquella boda y aun se refieren sus detalles, con sigilo dramático y escandaloso, a la vez que se envuelve a los protagonistas en un aura de reverencia y estimación, y se guarda su memoria entre las más queridas del país. Vivieron enamorados y felices, seguros, al parecer, de su inocencia; fueron generosos y nobles con los tributarios del solar, y su recuerdo tiene un aroma de gratitud que se conserva entre las páginas remotas con interesante palidez, como en un libro una flor.

Aquel perfume de simpatía y de malignidad estremece al heredero de Luzmela con tenebroso delirio. Se juzga fruto de un pecado abominable y persigue con aciago deleite el secreto de la antigua pasión.

Ha revuelto en centenares de ocasiones los viejos papeles de la casa, apuntes y escrituras, cartas de familia, alguna abandonada epístola de amor: el delito supuesto no parece.

Y no obstante le busca Nicolás en la sombra, a lo largo de su vida, obseso por la acidez insana de la tiniebla y el dolor, cautivo en su torre como un penitente de la enfermiza curiosidad.

A nadie cierra su casa el solariego, y aun abre con demasía el flaco bolsillo a las necesidades de sus arrendatarios. La vecindad le quiere bien, le considera como a un amigo y le consulta en sus tribulaciones, aunque le mira con la vaga aprensión de que en él resurgen los remordimientos de una culpa lontana, acaso los vestigios de un crimen.

Y Hornedo, al sorprender aquellas vacilantes suposiciones, se aisla cada vez más, huye como un apestado, errabundo por el interior de su casa y por la soledad de sus huertos; si le visitan supone que le compadecen; si le abandonan siente el desdén como una herida mortal: así acrece su tragedia y se lastima la salud.

Pero en la vida oscura del misántropo resplandece un rayo de sol.

Es Dulce Nombre, la ahijada y protegida a quien adora Nicolás desde que la vió crecer y aficionarse al palacio con una devoción humilde y alegre, a prueba de malos humores y de rostros ensombrecidos.

Tenía la nena el privilegio de no recoger más que las sonrisas felices, de escuchar solamente las palabras suaves, y de poner las suyas como un bálsamo en las tristezas del padrino. Su presencia en la casona era un consuelo y una luz, y muchas veces los servidores del hidalgo corrieron a buscar a la pequeña como una medicina para las crisis angustiosas de su señor: si el molinero hubiese querido, la niña viviría siempre allí, regalada por Nicolás.

Nunca el padre lo consintió; él no perdía su derecho sobre la criatura propia, y sólo por condescender la dejaba ir al palacio tan a menudo, y permitía que el señorito la educara a su modo, con finuras exóticas para una pobre molinera.

Por su parte, Nicolás, avaro de la chiquilla, con la gula de un hambriento, no pensaba más que en el gozo de verla, ni parecía enterarse de que ya era una mujer y que él mismo le había despertado la sensibilidad y la imaginación con lecturas románticas y lecciones poéticas.

Le dijeron que tenía la muchacha relaciones amorosas y lo quiso ignorar, tímido ante una directa averiguación que rompería la infancia de Dulce Nombre cuando el solariego pretende revivir con exaltados atavismos la historia paternal y romántica de don Manuel de la Torre y _la niña de Luzmela_...

[Ilustración]

VIII

LAS CUMBRES DEL DESEO

El señorito y el indiano hicieron su amistad en la niñez, con esa pueblerina democracia que junta a los niños en la escuela y en la calle, entregados a los placeres y al estudio bajo una sola disciplina y una misma libertad.

Lecciones en el aula concejil, estímulos de un premio en el examen, escaramuzas por el monte, pedreas en el campo, unieron estrechamente aquellas vidas lozanas, exentas de vanidades y prejuicios.

Nicolás, que ya empezaba a ser irresoluto, sentía predilecciones por Ignacio, mayor que él, atrevido y fuerte, con menos inclinación a los libros que a las aventuras. Y el labriego, optimista y voluntarioso, le prestaba con frecuencia a su amigo los puños y el coraje, mientras el niño caviloso del palacio correspondía a la solicitud del camarada enseñándole una lección o resolviéndole un problema aritmético en el pizarrín.

Por aquellos años andaban a la escuela, también, con otros muchos galopines, Antón, hijo del campanero, y Martín Rostrío, ya casi mozo, asistente a las clases nocturnas con aprovechada condición: los dos tuvieron muy buenas amistades con Ignacio y Nicolás.

Pero no tardó el señorito en marcharse a un colegio burgués, ni el futuro indiano en prevenir un camino a sus ambiciones, embarcándose para Cuba.

Antes de aquella separación Martín le dijo a Ignacio, medio en broma:

--En cuanto hagas fortuna, compras a «éste» el molino del ansar y me le arriendas a mí.

«Éste» era el niño infanzón, que iba a decir alguna cosa cuando el viajero repuso, con una certidumbre serena:

--Dentro de diez años.

Y no habló una palabra Nicolás, pensando con supersticioso terror que las fincas de Luzmela tendrían que ser para su amigo.

Entretanto Martín sonreía, seguro de un arriendo beneficioso que le diese preponderancia en el valle, y suspiraba Antón en el colmo de la codicia:

--¡Para entonces seré yo campanero!

Afrontaban su destino en aquella actitud inquiridora y vigilante, de cara al porvenir.

Hoy se cumplen las profecías del pasado: Martín dispone del molino y Antón de las campanas; Ignacio compró hace tiempo muchas posesiones de Nicolás; han vuelto a reunirse a la sombra de los mismos árboles de su niñez, y ninguno de los cuatro es feliz: luchan y se afanan sin tocar las cumbres del deseo, ansiosos por la vida, cada cual con su cruz...

En esta mañana otoñal, pálida y dulce, llegó diligente el indiano a la torre de Luzmela para comunicarle a su amigo que se quería casar con la hija de Martín.

Le miró Hornedo muy despacio, lleno de asombro, y dijo con temblorosa interrogación:

--¿También...?

--¿Cómo también?

--Sí; te has llevado lo mejor de mis bienes... ¡déjame a Dulce Nombre!

--Pero, ¿la quieres tú?

--¿No lo ves?

Alzóse lívido, anhelante, asustando a Malgor, que confesaba:

--Ahora lo veo...

--¡Es mi hija, mi compañera, la única amistad que me importa!

--¡Ah!--el indiano comprendía y se tranquilizaba, teniendo en cuenta las exaltaciones frecuentes de Nicolás--. Siendo así--acabó--, bien puedo hacerla mi mujer sin estorbar a tu cariño.

--¡No! ¡Me la quitas!

--Otro te la quitará, ¿no sabes que tiene novio?

--Es una niña.

--Es una moza.

--Y si tiene novio--gritó Hornedo, crespa la voz y la actitud--, ¿cómo se ha de casar contigo?

--¿A ti que más te da...? ¿O es que protestas sólo contra mí?

--¡Que haga su gusto!

--Se casaría entonces con él.

--¿Qué dices?

--No me quiere; la compro.

-¿Qué...?

Tuvo que sentarse sin esperar contestación porque se estremecía como una hoja, colérico y abatido a la vez, falto de palabras y de serenidad.

Estaban en el fondo de un ancho gabinete descuidado y antiguo; el solariego se había dejado caer en el sofá y a su lado Malgor, sin levantarse de la silla, hablaba límpidamente, con su acostumbrada manera superlativa y rotunda, desenvolviendo el mismo discurso que por la tarde necesitaba exponer a Manuel Jesús. Iba a casarse en seguida con Dulce Nombre; lo tenía dispuesto así y no podía esperar: la muchacha era su única ilusión. Para el novio habría otros amores cuando estuviera en situación de tomar estado, después de trabajar con amplitud y bien protegido en el negocio de la joyería... El haber traficado con las piedras preciosas y los metales ricos servía de admirable educación para tratar a una mujer: pendientes, sortijas, collares, rosarios, cruces, medallones... un comercio frágil y sutil que predisponía a las dulzuras del hogar, a la paciencia suave del enamorado, a la esmerada pulcritud del esposo...

Malgor estaba de pie: no se le ocurría nada que añadir.

Cumplió el propósito de anunciar a su amigo la boda, como un acontecimiento seguro y razonable, y se marchaba porque tenía mucho que hacer.

Tendió la mano a Nicolás que permanecía silencioso, inmóvil, con la mirada fija en una tabla religiosa, puesta sin marco sobre la pared.

Insistió el indiano, apremiante, en su despedida, hasta que el distraído alargó la diestra con un movimiento glacial, y quedóse allí mudo, atónito, mientras salía Malgor al través de salones desmantelados y pasillos oscuros: iba derecho a la rectoral, sin acordarse de la hora de comer.

Apenas sus pasos se dejaron de oír en la casona, cuando Hornedo se levantó del sofá, entró en un dormitorio contiguo, que era el suyo, y se echó de bruces sobre la cama, baja y honda, cubierta de raído sobrecielo...

Moría la tarde; ya estaba Malgor hablando con su rival en Cintul y el hidalgo de Luzmela seguía tumbado en su lecho, sacudido por los sollozos.

[Ilustración]

X

LAS ALAS DE LA PALOMA

Desvelada y madrugadora sale Dulce Nombre de la aceña a buscar el refugio de su padrino: va de prisa, aunque le pesa con exceso el corazón. Y le quiere difundir en el paisaje con el inconsciente anhelo de aliviar su camino; le apoya en los montes, que levantan la frente hasta las nubes; le acuesta en el campo mullido y oloroso; no consigue menguar la fatiga; al contrario: redobla su pena cuanto más la dilata por los horizontes y la extiende sobre el cielo que baja a mirarse en el río.

Se le agudiza así la sensibilidad con una fuerza misteriosa y percibe todos los rumores, hasta los más ocultos y remotos; sabe hoy de una manera extraña que entre las cosas vivas no hay una sola que no cante, y oye a lo lejos resonar el bosque, escucha el sordo crujido de todas las semillas que pacen en la tierra, de todas las raíces que trituran su alimento en la oscuridad: es una vidente que descubre los enigmas terrenales porque los contempla con la mirada deshecha en llanto.

Llega a la torre y le dicen que el señor anda malucho; aunque suele madrugar, todavía no se ha levantado.

--Esperaré que despierte--responde, y pregunta: ¿desde cuando está enfermo...? porque anteayer le vi.

--Pero ayer--arguye Rosaura intrigante y curiosa--le marearon los amigos; el indiano primero; después, ya de anochecida, tu padre: vinieron de consulta y negocio...: parece que se trata de ti...

--Puede ser--murmura Dulce Nombre, disimulando apenas su inquietud.

Siguen hablando las dos mujeres, de codos en la solana, viendo crecer el día, tibio y nublado como el anterior. La muchacha defiende sus graves preocupaciones, mal ocultas en un palique nervioso, mientras Rosaura la mira sonriendo. Es una mujer recia y calmosa que lleva muchos años de guardiana en la torre; viste de oscuro, tiene el pelo gris y se le nubla la frente arrugada por la edad.

Se abre de súbito una puerta en el ancho carasol y se asoma Hornedo bajo el dintel de su gabinete. Está palidísimo; un aliento de insomnio le rodea el semblante como un halo y se le hunde en la mirada con turbia densidad.

Rosaura se retira discretamente con un paso macizo que repercute en todo el corredor, y Dulce Nombre aborda su confidencia sin reparar en la alteración aguda del enfermo.

--Sabes, padrino, lo que me sucede, ¿verdad?

--Sí.

--¿Ha venido a decírtelo mi padre y también... ese señor?

--También.

--¿Qué has contestado?

Nicolás apenas se puede sostener.--Entra--murmura, y va a sentarse en un sillón. Cierra los ojos; no ha visto que la niña se acomoda junto a él en un escañuelo, como de costumbre, y se estremece cuando ella le acaricia al repetir:

--¿Qué respondiste?

--¡Que están locos!

--¡Eso es...! Locos de remate. Y para salirse con la suya pretenden embarcar a Manuel Jesús; le han engañado; dicen que le han convencido... ¡No lo puedo creer... Tú me ayudarás a detenerle, a salvarme! ¡Le quiero lo indecible!

Se había levantado, intrépida, febril, y echaba los brazos al cuello del padrino con mimosa persuasión.

El puso, extraviado, las inseguras pupilas en el florido cuerpo de la moza; la miró como nunca a la cara; le vió de un modo nuevo el color trasparente y rubio de los ojos, el terciopelo rojo de los labios, la cabellera oscura, la tez dorada.

--¡Déjame!--grita de improviso, alzándose también, con señales de incomprensible terror.

Huye al otro lado del aposento, y la niña, que le debe sólo una desvelada ternura, se asombra y aturde, sin comprender la causa de semejante dureza. Necesita el cariño de aquel hombre, el apoyo de su autoridad para erguir una última esperanza, y va humilde a solicitarlo.

--Padrino. ¿Qué tienes...? ¿Estás malo de veras?

Se le aproxima, fijándose en el rostro doliente, trasojado, amarillo, y el enfermo, que logra dominarse, tiende las manos con una ansiedad lastimosa; no sabe él mismo si para asirse a algo que le sostenga o para recibir a la muchacha.

Ella se las acoge muy ferviente y le habla con íntimo desvelo.

--Sí, estás malo; tienes calentura.

Una piedad repentina se desborda en el pecho de la joven con esa lucidez que despierta en el que sufre, para adivinar el ajeno dolor.

Nicolás ha vuelto a sentarse, dobla la cabeza arrullado por la dulzura de la voz que le compadece, y acaba por balbucir:

--Estuve mal anoche: ya me siento mejor...

--Pues mírame. Levanta él los ojos con trémulo parpadeo:

--¿Qué me pides?

--¡Ayúdame!

--¿Cómo?

--Haciendo que no se marche Manuel Jesús; le obligan, le engañan, sin duda, y yo me voy a morir...

--¿Tanto le quieres?

--Más que a todas las cosas de este mundo; mucho más que a mi padre y que a la vida. ¡Le quiero para toda la eternidad!

Se remece, brusco, el solariego, clava las pupilas enigmáticas en Dulce Nombre y pronuncia con torva lentitud:

--¡No sabes lo que dices...! Si él se marcha es porque le conviene, y tú debes casarte con Malgor.

--¡Padrino!

--Es un hombre formal y está enamorado de ti.

--¡Ay! No lo entiendo; antes me diste la razón... ¡Me dejas sola tú también!

Y la niña desconoce el pálido mirar de su amigo, la esquivez adusta con que habla y rehuye el amparo que le va a pedir.

--¡Estoy sola, sola...!--repite con aflicción, mientras Nicolás cierra los ojos otra vez y esconde los dedos convulsos entre la melena alborotada.

Llega del dormitorio un aire pesado que trasciende a medicamentos y a sudor; por la abertura de las cortinas se ve una cama revuelta.

Está Dulce Nombre observando todo aquello de un modo singular, como si nunca lo hubiese visto: la estancia tiene un semblante de abandono y tristeza que conmueve; el hidalgo, ahora, quieto, mudo, lívido, parece un muerto.

Al través de las propias vicisitudes siente la muchacha una inmensa compasión, no sabe de qué.

--Adiós--dice con la despedida llena de lágrimas.

--Adiós--murmura como un eco el hombre inasequible.

La molinera sale del gabinete por el carasol lo mismo que había entrado, y allí se para indecisa sin saber qué rumbo tomar, con el triste azoramiento de un ave que tuviera las alas rotas.

[Ilustración]

XI

LA CAUTIVA

El viento del otoño ha segado ya todas las flores; Manuel Jesús está muy lejos.

La molinera llora, pero oculta sus lágrimas y permite que en la ciudad le confeccionen los atavíos nupciales.

Para las amigas, para los vecinos, la moza se casa contenta, orgullosa, al cabo, por merecer la predilección del rumboso pretendiente.

Ella disimula todo lo posible su interna cuita y logra engañar a los observadores, no muy perspicaces. Sólo algunos ojos, los de Tomasa, por ejemplo, no se equivocan: muerden las apariencias de aquella conformidad y hunden su averiguación hasta la pena viva de la abandonada.

En el horizonte limitado de los hechos, Dulce Nombre ha sido vendida por su novio. Y le han dolido desesperadamente, primero el amor, después la dignidad.

No conoce las mudanzas del sentimiento y se abate al desengaño sin comprenderle, enferma de zozobras, con un peso de plomo en el corazón. Su espíritu, cándido y salvaje, tiene una sana rectitud; puesto que fué traicionada es preciso que olvide al traidor.

Ningún medio más práctico, a su parecer, que el de casarse con otro: quiere hacerlo en desquite y venganza. Está pronta a dejarse llevar por el destino, pero se revela pensando que los que la inducen a la boda son cómplices de su desdicha: el oro del pretendiente, la ambición del padre, la terquedad incomprensible del padrino, la empujan al casamiento con demasiada violencia.

Siente humillado el señorío de su persona, cautiva su alma en una red de pasiones oscuras.

Otras fuerzas laten a su alrededor unidas también contra la infeliz en sorda complicidad: el paisaje transido de agua, la niebla torva de las cumbres, el sudor helado de las noches.

Una voz poderosa zumba en el aire, se estremece la selva con la agitación de un vuelo monstruoso: las últimas hojas corren locamente por los caminos.

Y la triste molinera abre los ojos en la soledad, inquietos como dos interrogaciones, desde que huyeron con las golondrinas sus esperanzas: así, entregada a los propios estímulos, se abandona al tiempo sin defensa, reduce su aspiración a que pasen los días, y escuda su pesar con morboso egoísmo en la coraza de los montes.

Parece que está el valle más hondo que nunca; la gasa de las nubes tiembla desde las cimas hasta el río, sepultando la vaguada en una humedad neblinosa; muge la corriente, repican las abarcas en los senderos.

Dulce Nombre recibe desde su habitación toda la tristeza de noviembre; ya no sale a la tertulia de la aceña ni arrostra la cellisca y el frío por los huertos y los abertales como las demás zagalas. Asiste a misa los domingos y se esconde en su hogar con obstinada reclusión, ensombrecida lo mismo que las horas, turbio el cristal dorado de los ojos igual que el de los cielos.

Cuando tiene visita se esfuerza en hablar y sonreír, un poco nerviosa y acelerada, atajando las preguntas, rechazando las alusiones con su habilidad nativa de mujer, que no le llega hasta el alma virgen y ruda, incapaz de fingimientos y subterfugios.

Por eso delante de Malgor descubre la niña el estado de su espíritu, en franca desnudez, sin recelo ni crueldad.

No consiente que su despecho se confunda con el olvido, muy distante de su corazón; reconoce que el indiano la compra porque la quiere, y considera que sería una infamia engañarle. Aunque el deseo de él la hace infeliz, se explica con una lógica irrebatible la conducta de aquel hombre; le comprende mejor que al padre y al amigo, empeñados en sacrificarla, y está cerca de perdonarle, mientras no halla una sola disculpa contra la villanía de Manuel Jesús; traidor y vil, ella le adora a pesar suyo y un sentimiento de honradez la obliga a decirlo con los ojos y los labios cuando se lo pregunta Malgor.

Aquellas contestaciones rotundas repercuten como un eco en la casona de Luzmela, donde el indiano calma las ansiedades desde que su amor recibe allí un inesperado sostén.