Dulce Nombre (Novela)

Part 2

Chapter 24,013 wordsPublic domain

La muchacha le atendía con la penetración abierta y sensible propia de la raza. Iba sintiéndose culpable de rebelión y de ingratitud, pero su brío cantábrico la obligaba siempre a responder:

--No quiero a _ese señor_.

Y sus mismas palabras al sonar le daban la certidumbre de un argumento irrebatible.

Acaso al padre le causaban idéntica impresión. Por eso no llegó a recaer en el enojo; se mantuvo serio en la tristeza y dejó a la niña para entregarse al trabajo. Hasta la hora de comer no volvieron a verse. Ninguno de los dos tenía apetito y cambiaron las frases justas, sin aludir a la gran preocupación que les acongojaba.

Tornó después cada uno a sus quehaceres, huyéndose en lo posible, silenciosos, cohibidos, temiendo encontrarse delante de la cena.

Nunca había sucedido aquéllo. El padre, solemne y reconcentrado, fué para la muchacha benévolo de continuo, la cuidó con solicitud, la dejó hacer su gusto con frecuencia, mientras ella le trataba como a un amigo huraño y servicial a quien se conoce poco y se le quiere mucho.

Ahora no sabe si le empieza a conocer y va a dejar de quererle. Se asusta de aquella situación tan repentina y extraña y gozaría empujando al tiempo, que la ha de resolver.

Por la noche hablará con su novio desde el portel del huerto; le ha mandado un aviso, impaciente por confiarle su ansiedad y apoyarla en el tesón varonil: necesita que Manuel Jesús la socorra pronto.

Y no le espera como de costumbre en la ventana, o en el umbral por donde cruzan los veceros del molino: quiere verle con reserva, pródiga hoy de la cita solitaria que nunca le concede. Cae su huerto por detrás de la casa a la orilla del cauce, lindando con el bosque: es un lugar escondido muy favorable al amor.

Dulce Nombre suspira con oculta zozobra; luego sube la mirada desde el campo regadío, muelle y jugoso, y la envuelve en el ropaje del crepúsculo, donde se apaga el día.

Una mano se posa en el hombro de la meditabunda, que se estremece como si la despertaran.

--Dice tu padre que bajes a maquilar; él tiene que salir.

--¿A esta hora?

--Eso parece.

Y Tomasa, que sirve de emisario con harta diligencia, se queda mirando fijamente a su amiga, traspasándola con los ojos aviesos.

Dulce Nombre apenas la ve; tiene la imaginación en tortura; ¿adónde irá su padre? Nunca deja el molino hasta que, después de cenar, sale un rato a la taberna, ya suspendido el trajín.

--Y Camila, ¿qué hace?--pregunta, resistiéndose con interior desgano a caer en el bullicio del salón.

Sigue Tomasa clavando su curiosidad en la molinera.

--No lo sé--responde.

Es feucha, nerviosa, chiquita; se mueve con una inquietud resbalosa de reptil, en tanto que Dulce Nombre decide:

--Allá voy.

Y aun se queda un instante contemplando desde la ventana el cielo misterioso del anochecer.

IV

ALMAS TORCACES

Antes de volver a la sala busca Dulce Nombre a Camila, una solterona de medio siglo, criada y gobernadora al mismo tiempo en aquel hogar.

La encuentra en el corredor que une a la cocina con la cuadra molinera, en el piso bajo.

--¿Adónde va mi padre?

--Al pueblo debe ir, porque me ha pedido una blusa limpia.

Con relación al ansar el pueblo es Luzmela, el vecindario más próximo, cabeza de partido en el valle.

Camila, al responder, se cruza de brazos muy preocupada. Tiene ella la costumbre de abismarse en hondas cavilaciones por cualquier motivo y aquel día están sucediendo cosas muy extrañas: oye la buena mujer palabras sueltas que la perturban, sufre con la desazón de Martín y de la niña, y anda torpe, recelosa, llena de inquietudes.

Allí se queda, en la oscuridad del carrejo, mientras la joven, pensativa, define:

--Va a consultar con mi padrino.

Y entra en el salón. De cerca la sigue Tomasa, avizora y entrometida.

El coro de veceros se distribuye en el local donde arden ya dos lámparas eléctricas, altas y flojas, incapaces de prestar un servicio adecuado.

Las mujeres que llevan labor se sientan en sus garrotes bajo aquellas lágrimas de luz, y tejen o zurcen con bastante dificultad, en tanto que las lenguas se despachan a su gusto; los chiquillos retozan; algún mozo que vuelve del trabajo se hace allí el encontradizo con la muchacha de su predilección; acaso alguna vieja, medio dormida junto al _cimadal_, pasa las cuentas del rosario entre los dedos marchitos: es la hora de las críticas, de las oraciones y los cortejos.

Y en el molino se explayan bien estas costumbres pueblerinas al influjo de la ocasión.

La presencia de Dulce Nombre cortó un poco el hilo de las pláticas. Fuése la niña derecha hacia las tolvas para hacerse cargo del maquilero, y se quedó así al margen de la concurrencia, con semblante distraído, procurando estar sola en medio de la gente.

Muelen hoy las tres piedras y cada pueblo comarcano tiene en el local su representación; pocas tardes se ve la aceña tan favorecida. Los que han recogido su porción de molienda se detienen, ronceros, aguardando a los demás para tener compañía en el retorno o pretexto de oír lo que se murmura.

Vuelven a hilvanarse las conversaciones en la más apartada orilla de las muelas; Tomasa refiere alguna cosa con todo el secreto posible, y en otro grupo se lamenta una mujer de Rucanto.

--¡Ya son cortas las tardes!

--Sí--dice una coloñera de Cintul--; se hace noche en un vuelo y están medrosos los caminos.

--Pues, mira, ahí tienes buena compaña.

Llega muy presurosa Encarnación, la madre de Manuel Jesús, posa el canasto de maíz y descubre en el gesto, en las alusiones y en la sonrisa, los deseos que tiene de contar algo muy importante.

Es una mujer enfermiza y trabajada, con restos de hermosura: tiene el acento algo brusco y una propensión a ablandarle en forma de sollozo. Está muchas veces hablando con aspereza y al roce de una emoción se le convierten las frases en gemidos.

Hoy se muestra exaltada y gozosa. Su aspecto y sus ademanes han atraído en seguida la atención general. Sabe que produce interés, y enfilando su garrote con el último que llegó, dice jovialmente:

--Buenas horas de venir ¿eh? No he podido más: estuve de negocios.

Se estrecha un círculo a su alrededor; la comentada visita del indiano a Cintul acude a la memoria de cada uno; desde las tolvas se acerca Dulce Nombre a su pesar, y Encarnación, que la aborrece, según dicen, pone en ella los ojos con dulzura.

--Pues sí--añade--, estuve tratando del viaje de Manuel Jesús.

--¿El viaje...?

--¿Se va...?

--¿Vuelve a los estudios?

Estas preguntas simultáneas y lógicas se interrumpen bajo el peso de la inesperada contestación:

--Embarca para las Américas.

--¿Cómo?

--¿Cuándo?

--Pero ¿es verdad?

En el ímpetu de las interrogaciones suena ronca la de la molinera murmurando:

--¿Qué dice?

Hay una perplejidad angustiosa en estas dos palabras, que se extravían entre el mugido de la faena.

Y de pronto Gil, sin permiso, diligente y previsor, empuja el tosco resorte que detiene el trabajo.

Una paz benigna se establece en el molino; bajo el suelo discurre el agua borbollante, sopla el viento en el vano oscuro de la puerta.

Sonríe Encarnación, pasea la mirada con altivez por el auditorio, y repite, muy despacio, llena de solemnidad:

--Se embarca para las Américas.

--Pero ¿quién?--porfía incrédulo el pastor.

--Manuel Jesús.

--¿Y cómo ha sido eso?--arguye Alfonsa, con los brazos en jarras, en el colmo de la sorpresa. Todos los semblantes, todas las averiguaciones denotan el asombro, mientras las miradas buscan inquisitivas a Dulce Nombre, que se apoya en la pared junto a la coloñera de Cintul.

Es demasiado joven la novia para disimular; abre los cándidos ojos con descubierta desolación, y tiene deshojadas las rosas de las mejillas.

La madre del viajero se explica al fin, recreándose en la expectación que produce y suscitando una lluvia de nuevas exclamaciones.

--Lo que sucede es que esta mañana, de manos a boca, fué don Ignacio Malgor a proponerme el embarque del hijo para Cuba. Quiere mandarle allá empleado a su casa de comercio, con muchísimos duros al mes, pagado el viaje, los vestidos y cuanto necesite... Quedéme de una pieza. Por mí--le contesté--, de mil amores, que para el campo no sirve y ya sabe que me colgó los hábitos.--Sí, sí--dijo, muy al corriente de todo. Pero como estaba el muchacho en el monte no pudimos convenir nada y hablamos de otras cosas buenas para mí. Este señor pretende sacarnos adelante... No hay mal que cien años dure...; bastante desgraciada he sido...

La voz se le iba rompiendo en un tono de llanto. Un aire de estupefacción mantenía en suspenso las interrupciones latentes en el concurso, hasta que Gil abrió camino a la impaciencia de todos:

--¿Y Manuel, consiente?

--Sí.

Dulce Nombre no se había desmayado nunca. Sintió que se le hundían los ojos y las piernas se le doblaban; un frío intenso y húmedo le apretaba las sienes.

--Me voy a caer--se dijo.

Pestañeó muy de prisa, irguió el cuerpo sostenido en el muro, se pasó la mano por la frente. Y permaneció derecha: el esfuerzo de su voluntad la obligó a sonreír, mientras Encarnación respondía, observando a la muchacha, de reojo:

--Sí, consiente; los hombres son así, como las veletas: no se puede contar con ellos...

Callaba, con insidia, que el joven sólo se hubo resignado a partir después de una larga y trabajosa conferencia con Malgor.

--Entonces, ¿cuándo es la marcha?--pregunta la vecina de Cintul.

--¿La marcha? A escape. Con dinero todo se arregla en seguida. El barco sale de Torremar el diez y nueve: estamos a quince...

--¡Pues échale un galgo a Manuel Jesús!--interrumpe Tomasa, certera y alusiva--¡las cosas que se ven!

Y Dulce Nombre, silenciosa, algo insegura, deja el apoyo del hastial, atraviesa el salón y con las dos manos finas y ágiles empuja el mecanismo de la faena.

Vuelve a manar el polvo de maíz por los tres buzones harineros, y a la muchacha le parece que esconde su espantoso quebranto en el ruido estridente de la masticación. A su lado está Gil muy servicial; la mira y habla, pero ella no le entiende; hunde los dedos en la masa olorosa de la harina, los ojos en una visión ausente, los pensamientos en una tristeza insondable.

En la otra punta de la sala revive la murmuración, crecen los comentarios, y los habladores acaban por relacionar la próxima ausencia de Manuel Jesús con los viajeros de cada familia. No hay quien no recuerde allí con lástima y angustia a su emigrante: las playas remotas de Ultramar conocen bien a los mozos de esta leva que no se acaba nunca, de esta huída loca y triste, lejos de los campos españoles.

Recapacita la mujer de Cintul y le dice a Encarnación:

--Puede que tenga tiempo de mandar a mi hijo por el tuyo alguna cosa.

--¿No está en Buenos Aires?--inquiere Antón el campanero, que se ha detenido en la aceña a fumar un cigarro.

--Sí.

--No es la misma nación.

--¿Pues adónde va éste?

--A la Habana.

--Bueno; pero también cae a la banda de allá.

--Muy distante.

--¿No es todo ello una república?--averigua Alfonsa, intrigada.

El campanero, algo dudoso, tarda en responder.

--¡Claro!--afirma Encarnación con aplomo--. Por eso se ganan tantos caudales.

--Mis hermanos--dice Tomasa--no han ganado allí más que la muerte.

--Porque estaban comalidos como tú--replica la madre del viajero, molesta contra el tono sombrío de la joven.

La cual, sin despedirse, toma su canasto y sale bruscamente a la oscuridad de los senderos.

Magdalena, una vecina de Paresúa que está esperando a otra, habla de un muchacho que tiene en Chile y pregunta si le podrá ver Manuel Jesús.

--Para mi cuenta, no--responde el campanero, y Alfonsa arguye:

--Quedará más arriba esa población.

Lena, como la llaman en el valle, insiste:

--Dificulto yo que el mi chiquillo no haya traspuesto por allí: él, después de andar muchos días por el mar, anduvo también en los trenes.

--Escríbele que baje a la Habana--resuelve Alfonsa.

Y Antón mueve la cabeza con inseguridad.

--Me parece que es distinto el país.

Suenan sus frases limpiamente porque ha terminado la molienda.

Dulce Nombre, que llenaba las tolvas sin cesar con la ayuda del pastor, ha despachado el último cesto de la harina: se acabó la jornada.

Está la moza pálida y grave con el maquilero en la mano, los ojos distraídos, los labios serios y desdeñosos.

Ya no hay motivo para retardar el desfile, que empieza lentamente.

La coloñera de Cintul, va a salir con Encarnación, cuando retrocede ésta, posa el canasto y se dirige a Dulce Nombre:

--No tengo yo la culpa de lo que pasa--alude con el acento lloroso--, es el destino: tú naciste para señora.

Le da un abrazo; la joven, hierática y muda, se estremece sin contestar ni corresponder.

Han desaparecido los veceros en la tiniebla de la noche y aun se rebulle Gil por el salón; repite la despedida, ofrece sus servicios, sacude el celemín, hasta que la molinera pronuncia, inmóvil y extraña:

--Vete con Dios.

V

EL ETERNO MANANTIAL

Están inapetentes los tres comensales y la colación, silenciosa y ligera, se despacha en cinco minutos.

Sale Martín, como todas las noches, del molino, hermético el rostro, mesurado el ademán. Camila recoge los cacharros de la cena y no pregunta a Dulce Nombre qué se le pierde fuera de casa a tales horas; la ve atravesar el cortil, oye quejarse a la vilorta del huerto, comprende que la muchacha acude a una cita de amor, y se cruza de brazos con su natural sentimiento de cavilación y pesadumbre. Ella quiere a la niña con blando corazón de abuela; se puso a cuidarla desde que la madre la dejó en la cuna, y se derrite en inútil desvelo por aquella juventud solitaria y briosa, llena de pasión: la muchacha es para Camila un secreto inviolable, un misterioso hechizo, la única razón de vivir y padecer...

Es el huerto breve y humilde, asurcano del bosque; tiene un plantel de legumbres, una colonia de rosales; macetas con semilleros, trepadoras que suben a la casa; el cercado es de espinos, la portilla exterior de madera gimiente como la del corral.

En aquélla se para Dulce Nombre midiendo la sombra con los ojos fijos y empañados, rotos los pensamientos por el dolor. Ya debía estar allí Manuel Jesús, que nunca se hace esperar.

Tienden las nubes su dosel oscuro sin el raudal celeste de los astros; los hálitos del viento se han dormido y en las ramas curvas de los árboles desfallecen las hojas antes de caer.

Dulce Nombre se agita en la soledad esperando al que no llega, anhelante de amor y desconsuelo. A cada segundo pierde una esperanza; aguza el oído con el afán de sorprender unos pasos en la trocha que desde el ansar conduce hasta Cintul.

Pero el ritmo secreto de la noche late con los arroyos desgajados de las montañas, con el río que huye serenado y el tiempo que se filtra en los arcanos de la eternidad. Ningún otro rumor tiembla en el aire, y la sensación de un estado transitorio oprime la conciencia de la moza: siente que el augusto ensueño de su alma fluye también, en el continuo deslizarse de las corrientes de la vida.

En el reloj de Luzmela se abren las horas con unas campanadas apacibles: son las diez.

--¡Qué tarde!--murmura la niña, y rompe a llorar con desesperación infantil; le parece que está sola en el mundo, ¡no arde en la noche más estrella que la de su corazón!

En el egoísmo de su quebranto olvida la muerte silenciosa de las flores deshojadas al lado suyo, el temblor de las plumas abandonadas por el otoño en el seno de los nidos: la muchedumbre de tristezas consumidas a cada instante en el eterno devenir.

Se dobla sollozando, convulsa, desmayadas las trenzas en los hombros, con la frente escondida entre las manos, y su queja late por las costas del río, perdida en el murmullo de las aguas: es un átomo nuevo del dolor que va a nutrir los rugidos misteriosos de la mar.

Aun se resiste Dulce Nombre a su fracaso; escucha con avidez, registra la sombra, lleva los ojos a las nubes como si buscase en sus repliegues la clave del enigma, y al fin retorna al molino en la más cruel desolación, sin comprender una palabra del oscuro libro de los cielos.

[Ilustración]

VI

LA PENITENCIA

A la misma hora, en Cintul un hombre enamorado y voluntarioso mordía su dolor, campo afuera, por el vero del ansar.

Muchas veces tomó un camino y otras tantas desanduvo los pasos: aquel hombre era Manuel Jesús.

Había ofrecido a don Ignacio Malgor partir a la mañana siguiente, y embarcarse en Torremar para Cuba a los tres días. Deseaba cumplir su promesa y no sentía remordimientos por haberla empeñado, aunque envolviera una renuncia al amor de Dulce Nombre.

Llegó a este acuerdo después de una batalla dolorosísima entre la conciencia y la pasión, frente a extraño rival que abordaba el asunto de una manera insólita:

--Los dos pretendemos a esa niña: yo me puedo casar con ella inmediatamente, rodearla de comodidades y de halagos, poner a su alcance los bienes de la tierra, ¿y tú?

--Puedo sólo hacerla esperar, mientras aguardo a ser labrador.

--¿Y entonces?

--Será mi labradora.

--¿Atada al yugo de tu pobreza?

--Sí.

--¿Envejecida y doliente como tu madre?

--¡No lo sé!

--Imagínala esclava de las mieses, lavandera, leñadora, con la hermosura perdida, los hijos desnudos, el cansancio en el alma, el tedio al pan de maíz.

--Me quiere.

--Bien--dijo el indiano; y trató de sonreír, herido como estaba por el áspero aguijón de los celos--. Te quiere hoy, con un amor de niña que no resistirá las vicisitudes de la miseria.

--Pero que ni se compra ni se vende--replicó el mozo con orgullo, algo vacía la entonación.

--Sin embargo, yo le vengo a comprar.

Estas palabras no eran viles porque las redimía la amargura, un duelo noble y puro, confesado con generosa modestia.

--Tengo dinero--añadió el hombre rico--y voy a ver si le puedo convertir en un poco de felicidad; pero voy a este único deseo de mi vida honradamente, abiertos los brazos y el corazón: escucha.

Habló con transparentes frases, con el acento persuasivo y hondo. Su riqueza era un mérito adquirido en heroica lucha contra la suerte; él fué un emigrante desamparado y mísero; hizo fortuna sin dañar el interés ajeno, y aquel oro tenía un valor tan estimable y lícito como el de los blasones o el de la juventud: le quería negociar. Iba derecho a su ilusión con energía y franqueza. No tenía tiempo que perder.

--Pero hay otras mujeres--protestó Manuel Jesús, cautivado, no obstante, por aquella intrepidez clara y singular.

--No hay otra para mí; es tan niña, que aun puedo modelar su alma; es tan despierta y sensible, que acaso llegue a confundir la gratitud con el amor.

Siguió diciendo cómo la trataría, con qué delicadezas y ternuras, con qué intenciones de hacerse perdonar el atrevimiento de ser feliz. Había sido joyero muchos años; pasó los días trabajosos de la emigración en el comercio de las piedras preciosas, manejando esmeraldas y zafiros, perlas y brillantes: sus dedos tenían la costumbre de guardar tesoros, de conocer las cosas bellas y pulcras. El contacto de los metales finos, de los cristales resplandecientes, le habían hecho artista y cuidadoso. Dulce Nombre sería para él como una joya, la más cara del mundo.

Bajo el imperio de aquella fuerte voluntad, Manuel Jesús veía a la novia lucir en el estuche de un esplendoroso destino, y la perdía lejana, brillante y libre igual que un astro, mientras se abrían inesperados horizontes para otras vidas tristes que también adoraba el mozo. Hasta seis hermanitos suyos podían librarse de la esclavitud labradora; la madre, enferma, tendría descanso y remedio; el hogar arruinado lograría restauración, y aquel monte durísimo para los brazos del estudiante, aquella mies esquiva y rebelde, se cambiarían por el comercio de alhajas valiosas en el oficio ilustre de lapidario; sometido a la rauda evocación sentíase ya preso entre anillos y cadenas de oro y esmaltes, impulsado a una existencia remota allende la mar.

Y de pronto la memoria le recordaba con íntima lucidez a Dulce Nombre. Se erguía la imagen, combatientes las agudas lanzas de las pupilas, llena la voz de cosas enamoradas y pueriles, el talante gallardo, el gesto luminoso...

--¿Qué me contestas?--repetía Malgor, intranquilo, leyéndole en la cara las vacilaciones.

Pensaba el novio en la cita próxima, la primera obtenida en una cómplice soledad.

--¡Nada!--repuso, ciego de codicia y tentación; y se quedó sombrío, callado, irreductible.

Había recibido la visita fuera de su casa por no tener dentro adecuado lugar, y se paseaban los dos hombres por una llosa cercada de abietes, hecha ya la recolección de su mies, con almiares de paja y los portillos en abertal.

El terreno sube por el monte como toda la aldea de Cintul, dominando los contornos de la serranía, el valle y la hoz. Dobleces de la propia montaña esconden los demás pueblos comarcanos; en la hondura blanquea el molino del ansar entre el boscaje roto por el viento de octubre.

Don Ignacio Malgor no se daba por vencido. Con una tenacidad imperturbable seguía diciendo sus propósitos de una manera llana y rotunda: la voz se le iba con el ábrego, mansamente, como un rezo de los caminos.

Ya salían los chiquillos de la escuela y algunos se paraban ansiosos en la rotura de la sebe. Manuel Jesús reconoció a tres de sus hermanos puestos en guardia, sorprendidos y avizores. Poco a poco fueron entrando en la cortina, para jugar con los zuros abandonados de las panojas. Estaban mal vestidos, enseñando las carnes cenceñas bajo el deterioro de la ropa: tenían descalzos los pies.

Dos mujeres cruzaron entonces por la brecha del seto, con pesados coloños en la cabeza, y también se quedaron paradas, indiferentes a su cansancio abrumador, llamando a los niños, como un pretexto para observar a los rivales.

Eran Encarnación y su hija Clotilde, una moza tierna y endeble que seguía en edad al estudiante fracasado. La carga de leña le cubría las facciones, y sólo se adivinaba su juventud por las trenzas rubias y desbordantes como espigas reventonas, pendientes sobre la espalda.

De súbito la madre tiró al suelo el haz de fajina, sentóse en él y empezó a limpiarse el sudor de la frente con el delantal, mientras desde lejos procuraba descubrir alguna resolución en el aire lóbrego del hijo.

La muchacha, inmóvil, monstruosa bajo su coloño, parecía una esfinge.

En ella ponía el hermano su atención, lleno de lástima por aquel esfuerzo silencioso, y seguro de que Dulce Nombre trabajaría así, malograda y fallida hasta envejecer, si no la rescataba un gran milagro.

Los niños se acercaron a las mujeres, obedeciendo algo remolones, y como dijo la madre que había descansado ya, le ayudaron los tres a cargar de nuevo con la leña.

Iba la tarde consumiéndose; el austro, muy caído, se acostaba en el rastrojo de los maíces. Las nubes ensombrecían la sierra galopando sobre la hoz, y se confundían con el río escribiendo silenciosos renglones en el agua.

Seguía Manuel Jesús escuchando siempre a Malgor, transido, impenetrable, sin apartar los ojos del grupo que formaban las dos coloñeras y los niños. Vió a su madre levantar la carga otra vez, y notó que a Clotilde al andar se le cimbreaba la cintura con un temblor angustioso, como si fuera a romperse. Los rapaces se alejaban volviendo la cabeza hacia su hermano con una expresión que él tuvo por una súplica infinita. Y de repente miró a su rival con altivez, levantó las manos a la altura del pecho como si tirase de algo muy recóndito, y dijo una frase poderosa, arrancada de su corazón:

--Me embarco sin ver a Dulce Nombre: lo juro... por ella.