Part 10
Se revuelve Dulce Nombre por el salón registrando la tosca armadura del molino, como si no la conociera: los _cimadales_, las taravillas, las quebrantadoras... Pasa los dedos sobre el polvo claro del maíz, empuja con el pie los garrotes panzudos, percibe el ronquido del reloj; va y viene, con inútil solicitud, al reflejo amarillo de la lámpara, hasta que oye unos pasos en la lendera próxima y se dirige precipitadamente a la salida del huerto por el corral interior.
--¡Si es tu padre!--clama la vieja, sin comprender aquella fuga--. Te vendrá a buscar.
--Por eso me voy.
Camila, siguiéndola, susurra muy oficiosa:
--Mira, atiende: aquí mismo se apalabró la chiquilla con Manuel; ella le dijo al despedirse: Hasta mañana... Talmente parecía que eras tú, en aquel tiempo...
Dulce Nombre se ha ensombrecido ya bajo los árboles, y Camila, ignorante y pasmada, cierra el portel, murmurando:
--¡Válgame Dios...! ¡Todos han pisado hoy la mala hierba...!
En efecto; buscando a su hija, acude Martín; escucha contrariado lo que la anciana le refiere, y sale al ansar llamando a la desaparecida.
Pero ella se oculta ágil y alerta; conoce bien las derrotas y los confines de todo el lerón, y, agachada entre unos matojos, ve a su padre seguir un huello equivocado por la orilla del río.
Entonces vuelve a caminar, decidida y valiente, sin más propósito que el de alejarse y vivir. Una poderosa reacción se verifica en su alma, campestre y honda como el paisaje, llena, también, de recursos y misterios.
Después de la suprema apelación de sus dudas, revive Dulce Nombre al contacto decisivo de la verdad. El testimonio irrecusable de Camila es una sentencia y una confirmación. Nada puede la moza esperar; y, no obstante, huye de la sombra y de la espuma que en la ribera cunde hirviendo de tentaciones: ya no quiere morir. ¿Por qué?
No lo sabe ni se lo pregunta; se recobra a sí misma con ahincado sentimiento de egoísmo, abandonada y miserable, sin más patrimonio que sus derechos humanos. Carece de hogar y de afecciones; tenía un corazón y se lo clavaron en la Cruz: así le lleva en el pecho, encendido de rojo como la antorcha providente de los faros... ¿Adónde irá con él?
Algo de esto último discurre Dulce Nombre, mientras camina, agitándose con la túnica de la selva... ¿Adónde irá?
Siente hambre y sed; la rinden el cansancio y el sueño: es preciso llegar a alguna parte. Con la certidumbre de las cosas, adquiere, de nuevo, la sensación de sus necesidades físicas, y de un modo lógico viene a pensar: Necesito que Dios me ayude.
Humilde y obediente a su manera, pronuncia con devoción el ingenuo fervorín de las niñas aldeanas:
_El ánima sola que en el campo gime y llora, me tenga compasión en esta hora._
Padrenuestro...
--¿Vas rezando?--le interrumpe de súbito un hombre, deteniéndola intrigadísimo.
--¡Gil!
--¡Lo que menos imaginaba yo era encontrarte en este lugar!
La muchacha comprende que va a oír una serie de interrogaciones penosas:
--Nada me preguntes--suplica--; me he perdido... ando... extraviada...
Pero, es inevitable la sorpresa del pastor.
--¿Perderte en el ansar...? ¡vamos...! ¡si es tu casa, mismamente!
--No tengo casa, Gil--dice, al cabo, la moza, obligada a fiarse de aquel hombre.
La está contemplando él con arrobo y angustia, cada vez más inquieto de verla sola y amarga, sin aliño ni rumbo, orando como una penitente.
¿No tienes casa?--repite en el colmo de la extrañeza.
--No.
--Pues ¿y la de tu marido, la de tu padre?
--No tengo familia.
--¿Qué...? Temo que padezcas de calentura... A mi ver, estás delirando.
--¿Delirar...? La salud es lo único que me queda... Cuando te encontré le pedía socorro al cielo... Oye: ¿sigues siendo mi amigo?
--¡Mujer! me ofendes; ¡qué pregunta!
--Llevas razón; tú eres bueno: perdona--murmura Dulce Nombre, comprensiva. Y añade con la voz tenebrosa:--¡Como nadie en el mundo me ha sido fiel!
--¿Nadie...?
--Escucha, Gil. Te aseguro que no puedo volver a casa de Malgor ni al molino; carezco de todo; busco un albergue... Dime, por caridad, ¿adónde iré?
--¡A la torre!--contesta el pastor, muy resoluto, erguido y caballeresco.
Y la fugitiva, iluminado de repente un sombrío rincón de su memoria, balbuce:
--¡Es verdad!
--¡Pues claro, mujer! ¿Adónde mejor has de ir...? Aquel palacio es tuyo: allí eres tú la reina.
--Vamos, anda...
Un movimiento vigoroso de intensidad se reproduce en el espíritu de la moza, como si se abriese más engrandecido que nunca. Se agolpan en él las impresiones olvidadas, las evidencias esclarecidas, la muda historia de una triste juventud.
Ve Dulce Nombre cómo se desenlaza, en un repente brusco, el largo proceso de su pasión, y no sabe si pertenecen a su vida estas horas febriles; los pensamientos, sordos y nublados, se le despiertan lentamente al sabor de su misma acidez; y de la confusión desgarradora surge de pronto el recuerdo de Nicolás, del enamorado infeliz.
--Vamos--repite acelerada la joven.
Un soplo de alegría la conforta; ya no siente la pesadumbre material: va de prisa al lado del pastor, hollando los retales de luna que tiemblan en el suelo...
* * * * *
--El señor está en el jardín--les dice Rosaura, muy sorprendida cuando llegan a la casona.
--Vete--ruega Dulce Nombre a su acompañante--y avísale que le llamo...; no le quiero asustar.
Orea el solariego su martirio por una senda de acacias, desvelado a pesar de la vigilia reciente, y piensa con angustia indecible en la necesidad de un viaje sin retorno, una ausencia que dure; no podría resistir la pena cegadora de ver a la amada llenando de hermosura los días felices del rival.
Mira, desfallecido, el dintorno ingente de su casa, la torre maciza, el escudo infanzón que de nada le sirven en su reciedumbre material. Aún le juzga originario de la velada dolencia que a él le consume, siempre encubierto con la pesadez de los blasones, amordazado para amar y vivir.
Imagina otra vez que padece el maleficio de una herencia morbosa, llena de culpas y dolor. Y se vuelve con menos inquietud a contemplar la tierra amiga, extendiendo el cariño a cuanto le rodea: las llosas de sembradura, las brañas de pasturaje, los linderos del bosque, la huerta, el rebujal. Aunque no fuera suyo lo querría fatalmente, con sensuales apetitos de montañés... Pero es necesario separarse del terruño y del solar. Hornedo es otra criatura que se dice esta noche, sin valor: --¿Adónde iré?
Está muy indeciso. Ha fijado la vista en el cielo y la detiene con obstinación, como si buscase hospitalidad en las montañas de la luna, cuando se acerca Gil a darle un recado incomprensible.
Se trasmuta el semblante del caballero. Sonríe el pastor enseñando las encías; el gozo se le esparce por toda la cara al responder a Dulce Nombre un instante después:
--Ya viene.
Ella concluye, fervorosa:
--Gracias; Dios te bendiga.
Y se dirige al encuentro del padrino, aunque ya no le llame así ni en el último pliegue de su conciencia.
Bajo el toldo de acacias se reunen, encima de esas flores castas y finas que nacen pródigas en los caminos.
De lo que habla la mujer no se oye más que un arrullo. Luego ella, con los labios heridos por la fiebre, se inclina sobre las manos de Nicolás.
La levanta él, deslumbrado, receloso. ¿Es verdad todo aquéllo...? ¿Tanto se muda la suerte en el curso de pocas horas...? Viene Dulce Nombre a pedirle sostén y amparo; y viene desamorada, vencida... No la puede engañar.
--¡Si tú supieras...!--balbuce tembloroso.
-¿Qué?
--El gran secreto de mi vida.
--Lo he sabido.
--¿Cuándo?
--Hace mucho tiempo--supone la moza, engañada por la fantástica sucesión de las emociones. En seguida añade:--¡Ah, no, no...! Desde ayer.
--¿Lo comprendes bien, en toda su magnitud?
--Sí.
--¿Y qué dices?--pugna el hidalgo, perdido de ansiedad.
--Que yo te querré...
--¿Como a un padre?
--No--afirma ella resueltamente--; ¡como a un hombre!
La voz y el rostro de la muchacha han perdido su nube dolorosa; las palabras, entrañables, se le encienden con una fuerza enorme y tranquila: su corazón se depura, enérgico, frente a la nueva esperanza.
El señor de Luzmela, extenuado por las ambiciones, loco de ventura, está leyendo su destino en la altanería de aquellos ojos rubios que se le descubren inmensos y leales.
Llega Dulce Nombre plenamente hasta el hidalgo con los aromas ásperos del ansar y el salvaje aliento de las montañas; acude envuelta en la divina armonía de la noche; trae pegado a las sienes el cabello crecido por las raíces, que le brilla como una corona mojada de sudor.
Y Nicolás recibe en sus brazos a la mujer con silencioso frenesí...
[Ilustración]
ÍNDICE
PRIMERA PARTE Páginas
El molino del ansar 7
Dulce Nombre 17
Los copos de las horas 27
Almas torcaces 37
El eterno manantial 49
La penitencia 53
Cada cual con su cruz 65
Las cumbres del deseo 73
Las alas de la paloma 81
La cautiva 89
La mano de nieve 95
Centella de amor 107
SEGUNDA PARTE
El puñal en la herida 119
Surcos y treguas 129
Cualquiera tiempo pasado fué mejor 137
El caballero de la gleba 149
Los senderos de la muerte 163
TERCERA PARTE
La hija 171
El retrato 177
Fraternidad 187
Renunciamiento 197
Alba de luna 209
El papel azul 217
La libertad 225
En los nidos de antaño 237
La noche encubridora 255
El faro rojo 265