Dulce Dueño

Part 9

Chapter 93,895 wordsPublic domain

--¡Ya lo decía yo! ¡Si tenía que ser! Estabas preparada... ¡Cometieron contigo la injusticia... y la injusticia clama por la venganza y por el acto redentor! ¡Con qué gozo lo veré, desde mi rincón, porque, viejo y pobre, no puedo más que admirarte! ¡Para la juventud son los heroísmos! ¡Lina, Lina!

Anochecía, y empezaba á parecerme pesado el bromazo. La brillantina del proco apestaba y me cargaba la cabeza.

--Voy á dejarles á ustedes en la plaza de Oriente, donde hay tranvia--avisé--. Me agradaría que D. Hilario continuase enterándome de sus teorías, que no entiendo bien aún. ¿Por qué no se va usted mañana á almorzar conmigo, D. Antón, y el Sr. Aparicio le acompaña?

--Hija mía--repuso el erudito--yo no tengo más remedio que volverme mañana á Alcalá. Ya sabes que mi menguado modo de vivir es el destinito en el Archivo...

¡Corriente! Conozco el secreto de esas vidas sin horizonte, que se crean un círculo de menudos deberes, y de hábitos imperiosos, tiranos. Por otra parte, me conviene que desaparezca Polilla y me deje en el ruedo frente á frente con el proco.

--A usted le espero...--insinuo, estrechando la mano, tiesa y rígida en la cárcel de los guantes.

Se confunde en gratitud...

--¡A la una!--insisto, al soltarles en la acera.

IV

Choque, con Farnesio, cuando se entera de que tengo invitado á almorzar á un hombre desconocido, una nueva relación.

Planteo la cuestión resueltamente.

--Amigo mío, le quiero á usted muy de veras, no lo dude, pero pienso hacer mi gusto.

--Vas á desacreditarte... Serás la fábula de Madrid.

--Nadie me conoce en Madrid, Farnesio. Que soy la heredera de doña Catalina Mascareñas, lo saben los cuatro amigos rancios de... mi tía; amistades que no he querido continuar. Mi tía se había obscurecido bastante en los últimos años. Madrid me ignora, como ignoro yo á Madrid. En Alcalá me conocen... Pero, ¿qué importa Alcalá? Cuando yo vegetaba allí, entre viejos, en la antesala del claustro, ¿qué dueña ni qué rodrigón me han puesto ustedes para guardarme? He decidido vivir como me plazca.

Farnesio me oye, amoratado de enojo.

--He cumplido mi deber. No puedo ir más allá...

--¿Quiere usted, de paso que sale, disponer que pongan los dos cubiertos en la _serre_?

Y recalco lo de los _dos_ cubiertos, porque, á veces, Farnesio almuerza conmigo, y no es cosa de que hoy se me instale allí, de vigilante. Me reservo la libertad de mi _tête-à-tête_.

El proco, más que puntual. Se adelanta una hora justa. A las doce, ya el gabinete hiede á brillantina. Yo no me presenté hasta un cuarto de hora antes de la señalada, vestida de gasa negra con golpes de azabache, mangas hasta el codo y canesú calado, y las manos, cuidadísimas, endiamantadas, sin una piedra de color. Al saludarle observé que estaba volado. Anestesié su vanidad con excusas y chanzas, y tomé su brazo para pasar á la _serre_, donde era una coquetería la mesita velada de encaje, centrada de rosas rojas, servida con Sajonias finas, y sombreada por los flábulos de una palmera lustrosa. De puro emocionado, Aparicio no acertaba á deglutir el _consommé_. Evidentemente recelaba comer mal, verter el contenido de la cuchara, manchar el mantel, tirar la copa ligera donde la bella sangre del Burdeos ríe y descansa. Y estaba alerta, inquieto, sin poder gozar de la hora. Para él, yo soy una dama del gran mundo... (De un mundo que no he visto, pero que no me habrá de causar ni cortedad ni sorpresa cuando llegue á verlo.)

Me dedico á serenar el espíritu del intelectual, y alardeo de admiración, de cierto respeto, de cordialidad amena y decente. Con la malicia retozona que siempre tengo dispuesta para Polilla, me entretengo en representar este papel fácil, _hecho_. Doy al proco un rato de deliciosa ilusión. ¿No es la ilusión lo mejor, lo raro?

El café, las mecedoras, ese momento de beatitud, en que la digestión comienza... Él, ya á sus anchas, acerca su silla un tanto, y yo no alejo la mía. Estoy de excelente humor, y no percibo ni rastro de esa emotividad que, según Aparicio, caracteriza á la mujer. Mi corazón se encuentra tan tranquilo como un pájaro disecado.

--Lina...--se atreve él--no puede usted figurarse...

--Vamos--calculo--es el momento... Se decide...

--No puede usted figurarse...--insiste.--Hay cosas que, realmente, tienen algo de fantástico, de irreal... Cómo había de imaginarme yo que... que...

Se adivina lo que añade D. Hilario, y se devana fácilmente el hilo de su discurso. Así como se presume mi respuesta, ambiguamente melosa y capciosa. Después de las primeras cucharadas dulces, sitúo mis baterías.

--Hilario, entre usted y yo no caben las vulgaridades de rúbrica... Somos seres diferentes de la muchedumbre. Y nos hemos acercado y nos hemos sentido atraídos, por algo superior á la... á la mera atracción del... del sexo. ¿Me equivoco? No, no es posible que me equivoque. Aquí estamos reunidos para tratar de una idea salvadora...

--Para eso... y para algo quizás mejor--objeta él, soliviantado.

--¿No habíamos quedado en que el amor era un sacrificio?

--Según... según--tartamudeó--. Lina, hay horas en que olvida uno lo que piensa, lo que diserta, lo que escribe. La impresión que se sufre es de aquellas que... Sea piadosa! No me obligue á recordar ahora mi labor dura, incesante, mi acerba lucha por la existencia!

--Sí, recordémosla--argüí--pues aquí estoy yo para que fructifique. Ese es mi oficio providencial. Poseo una fortuna considerable, y usted me ha enseñado como debo invertirla.

Hizo un gesto, como si el hecho fuera desdeñable, mínimo.

--No, si adivino su desinterés. Me he adelantado á él. La fortuna no será para nosotros: entera se consagrará al triunfo de los ideales. Ni aun la administraremos. Eso se arreglará de tal manera, que ni la más viperina maldad pueda atribuirnos, y á usted sobre todo, vileza alguna. Nosotros, unidos libremente, claro es, renunciaremos á todo, viviremos de nuestro trabajo, en nuestro apostolado... ¡Qué divertido será! ¿Por qué se queda frío, Aparicio...? ¿No he acertado? ¿Es una locura de mujer entusiasta? ¿No es eso lo que usted pretendía, la realización de su ensueño?

--Sí, sí... Es que, de puro esplendoroso, así al pronto, el plan me deslumbra... Déjeme usted respirar. ¡Es tan nuevo, tan inaudito lo que me pasa! ¡Desde ayer creo que vivo soñando y que voy á despertarme rodeado, como antes, de miseria, de decepciones! ¡Que se me aparezca el ángel de salvación... y que tenga su forma de usted! ¡Una forma tan hermosa! Porque es usted hermosísima, Lina. No sé lo que me pasa...

--Cuidado, Aparicio--y simulo confusión, rubor, trastorno--no perdamos de vista que el objeto... el objeto...

La brillantina se me acerca tanto, que debo de hacer una mueca rara.

--No, no lo pierdo de vista... El objeto es la felicidad de muchos seres humanos. Si empezamos por la nuestra, cuánto mejor. Así caminaríamos sobre seguro.

--¿No es usted altruista?

--Altruista... sí... y también, verá usted... también soy _Kirrkegaardiano_...

--¿Cómo? ¿Cómo?

--Ya, ya le explicaré á usted ese filósofo... No hay ética colectiva... La moral debe ser nuestra, individual...

--Eso me va gustando--sonreí.

--Es claro... No puede por menos. Tiene usted demasiada penetración. Y por eso, aun en nuestra obra redentora de apostolado, debemos partir de nosotros mismos.

--Y prescindir de Polilla--observo, infantilmente.

--Y prescindir de Polilla. _Nosotros_ lo arreglaremos perfectamente. No hay que ir al extremo de las cosas. Nadie mejor que nosotros para administrar... administrar solamente, bueno... las riquezas que usted posee... y que, en otras manos, tal vez serían robadas, dilapidadas... Y en cuanto á nuestra unión... Lina, por usted... por usted, por su respetabilidad... yo me presto, yo asiento á todas las fórmulas, á todas las consagraciones... Una cosa es el ideal, otra su encarnación en lo real...

No pude contenerme. Solté una risa jovial, victoriosa. Aquel toro, desde el primer momento, se venía á donde lo citaban los capotes revoladores y clásicos. Un marido como otro cualquiera, ante la iglesia y la ley. Porque así, yo le pertenecía, y mis bienes lo mismo, ó al menos su disfrute.

--No se sobresalte, Hilario... Si no me río de usted. Me río de nuestro inmejorable Polilla. Figúrese mi satisfacción. Es que le he ganado la apuesta. Aposté con él á que, á pesar de las apariencias, era usted un hombre de talento. ¡Espere usted, espere usted, voy á explicarme...! Perdóneme la inocente añagaza, la red de seda que le he tendido. Las apariencias le presentan á usted como un teórico que devana marañas de ideas, basándose en el instinto que sienten todos los hombres de exigirle á la vida cuanto pueden y de adquirir lo que otros disfrutan. Pero usted reclama todo eso para el individuo, y el individuo que más le importa á usted, es naturalmente, usted mismo. ¡Cómo no! Si dentro de las circunstancias actuales su individuo de usted puede hallar lo que apetece, ya no necesita usted modificar en lo más mínimo esas circunstancias. Ninguna falta le hace á usted la transformación de la sociedad y del mundo. Para usted el mundo se ha transformado ya en el sentido más favorable y justo... ¿Acierto?

No me respondía. Abierta la boca, fijos los ojos, más pálido que de costumbre, aterrado, me miraba; no se daba cuenta de como y por donde había de tomar mi arenga. ¿Era burla escocedora? ¿Era originalidad de antojadiza dama? ¿Qué significaba todo ello?

--Acierto de fijo--adulé--. Usted, persona de entendimiento superior, tiene dos criterios, dos sistemas; uno, para servirle de arma de combate, en esa lucha recia que adivino, y en la cual derrochó usted la juventud, la salud y el cerebro, sin resultado; otra, para gobernar interiormente su existir y no ser ante sí propio un Quijote sin caballería... y sin la gran cordura de Don Quijote, que á mi se me figura uno de los cuerdos más cuerdos! Vuelvo á preguntar. ¿Me equivoco?

--En varios respectos...--barbotó indeciso--no... Todo eso... Mirándolo desde el punto de vista... Sin embargo... ¿Por qué...?

--Atienda, Hilario... Yo veo en usted á un hombre superior, que patulla en un pantano donde se le han quedado presos los pies. Le saco á usted de ese pantano... con esta mano misma.

Se la tendí. Resucitado, enajenado, besó los diamantes, á topetones, y los dedos, ansioso.

--Le saco del pantano. Créame. Va usted á donde debe, al Congreso, al Ministerio, á las cimas. Y acepta usted cuanto existe, desde el cedro hasta el hisopo. Como que, dentro de usted, aceptado estaba. ¡Ni que fuera usted algún sandio! ¿Conformes? Si yo se lo decía á D. Antón: «Seré su ninfa, su Egeria... si resulta que tiene talento, apesar de semejantes teorías y semejantes libros...» ¿Digo bien? Pues á obedecerme...

Hizo una semiarrodilladura.

--Me entrego á mi hada...

Cuando se fué--obedeciendo á una orden, porque su brillantina ya me enjaquecaba fuertemente--sentí algo parecido á remordimiento. Y escribí á Polilla algunos renglones; esto, en substancia:

«Cuando necesite Aparicio protección, dinero, avíseme usted. Y así que pueda, y me haga amiga de algún personaje político, he de colocarle, según sus méritos, que son muchos. Tiene facultades extraordinarias... Agradezco á usted altamente que me haya facilitado conocerle...»

Llamé á un criado.

--Esta carta al correo. Y cuando vuelva este señor que ha almorzado aquí, que le digan siempre que he salido.

IV

_El de Farnesio._

I

Los soplos primaverales, con su especie de ilusoria renovación, (todo continúa lo mismo, pero al cabo, _en nosotros_, en lo único que acaso sea real, hay fervorines de savia y turgencias de yemas), me sugieren inquietud de traslación. Me gustaría viajar. ¿No fueron los viajes uno de los goces que soñé imposibles en mi destierro?

A la primer indicación que hago á Farnesio, para que me proviste de fondos, noto en él satisfacción; mis planes, sin duda, encajan en los suyos. Es quizás el solo momento en que se dilata placenteramente su faz, que ha debido de ser muy atractiva. Habrá tenido la tez aceitunada y pálida, frecuente en los individuos de origen meridional, y sobre la cual resalta con provocativa gracia el bigote negro, hoy de plomo hilado. Sus ojos habrán sido apasionados, intensos; aún conservan terciopelos y sombras de pestañaje. Su cuerpo permanece esbelto, seco, con piernas de alambre electrizado. No ha adquirido la pachorra egoísta de la cincuentena: conserva una ansiedad, un sentido dramático de la vida. Todo esto lo noto mejor ahora, acaso porque conozco antecedentes...

--¿Viajar? ¡Qué buena idea has tenido, Lina! Justamente, iba á proponerte...

--¿Qué?--respingo yo.

--Lo que me ha escrito, encargándome que te lo participe, tu tío D. Juan Clímaco. Dice que toda la familia desea mucho conocerte, y te invita á pasar una temporada con ellos en Granada. Ya ves...

--Ya veo... No era ese el viaje libre y caprichoso que fantaseaba... Pero Granada _me suena_... ¿Y qué familia es la de mi tío? No lo sospecho.

La cara de Farnesio, siempre sentimental, adquirió expresión más significativa al darme los datos que pedía. Hablaba como el que trata de un asunto vital, de la más alta y profunda importancia.

--Por de pronto, tu tío, un señor... de cuidado, temible. Desde que le conozco ha duplicado su fortuna, y va camino de triplicarla. Está viudo de una señora muy linajuda, procedente de los Fernández de Córdoba, y que tenía más de un cuarterón de sangre mora, ¡tan ilustre en ella como la cristiana! Descendencia de reyes, ó emires, ó qué sé yo... Le han quedado tres hijos: José María, Estebanillo y Angustias.

--¿Solteros?

--Todos. El mayor, José María, contará unos veintinueve á treinta años...

--¡Entonces ya entiendo el mecanismo del viaje, amigo mío! ¿Á que sí, á que sí? No guarde usted nunca secretillos conmigo, Farnesio; ¡si al cabo no le vale! D. Juan Clímaco Mascareñas debía ser el heredero de mi... tía, y yo le he quitado esa breva de entre los dientes. Según usted me lo pinta, codicioso, el buen señor lo habrá sentido á par del alma. Como además es inteligente, ha tomado el partido de callarse y trazar otro plan, _á base_ de hijo casadero... Y como usted tiene la desgracia de tener... buena conciencia... se cree en el deber de auxiliar á D. Juan en el desquite que anhela... y de aproximarme al primo José María ó al primo Estebanillo...

--¡Oh! Lo que es el primo Estebanillo... ese...

--¡Ya! Se trata de José María...

Farnesio calla conmovidísimo, con el respiro anhelante. No se atreve á lanzarse á un elogio caluroso; tiembla y se encoge ante mis soflamas y roncerías.

--Sea usted franco...

Se decide, todo estremecido, y habla ronco, hondo.

--No veo por qué no... En efecto, opino que tu primo José María puede ser para tí un marido excelente, y creo que, en conciencia, ya que de conciencia hablaste, Lina... ya que piensas en la conciencia... ¡porque en ella hay que pensar!... mejor sería que, en esa forma, los Mascareñas no pudiesen nunca... nunca...

--¿Era ó no doña Catalina dueña de su fortuna?--insisto acorralándole y descomponiéndole.

--¡Dueña! ¡Quién lo duda!... Sin embargo... En fin...

Y, cogiéndome las manos, con un balbuceo en que hay lágrimas, D. Genaro añade:

--No se trata sólo de la conciencia... ni del daño y perjuicio de tus parientes... Es por ti... ¿me entiendes?, por ti... Cuando un peligro te amenace, cuando algo pueda venir contra ti..., oye á Farnesio... ¡Qué anhela Farnesio sino tu dicha, tu bien!

Mi corazón se reblandeció un momento, bajo la costra de mis agravios antiguos, del injusto modo de mi crianza, que casi hizo de mí un Segismundo hembra, análogo al anarquista creado por Calderón.

--Lo creo así, D. Genaro. Y como con ver nada se pierde... iré á Granada. Será, por otra parte, cosa divertida. ¿No le agradaría á usted acompañarme?

Se demuda otra vez.

--No, no... _Conviene_ más que me quede... ¿Por qué no buscamos una señora formal...?

--¡Déjeme usted de formalidades y de señoras! Me llevaré á Octavia, la francesa.

--Buen cascabel.

--Va para limpiarme las botas y colgar mis trajes. Para lo demás, voy yo.

Se resigna. Él escribirá, á fin de que me esperen en la estación...

Empieza mi faena con Octavia. Es una doncella que he pedido á la Agencia, y que parece recortada de un catálogo de almacén parisiense. Á ninguna hora la sorprendo sin su delantal de encajes, su picante lazo azul bajo el cuello recto, níveo, su tocadito farfullado de valenciennes, divinamente peinada. Transciende á _Ideal_, y está llena de menosprecio hacia lo barato, lo anticuado, _les horreurs_. La vieja Eladia, á quien he relegado al cargo de ama de llaves, aborrece de muerte á la «franchuta».

Prepara Octavia genialmente mi equipaje, pensando en ahorrarme las molestias de las pequeñeces, los _petits riens_, lo que más mortifica, la hoja de rosa doblada. ¡Friolera! ¡Hacer noche en el tren! Hay que prevenirse...

--¿Cuándo es la marcha, madame?

--Dentro de una semana, ma fille... Cuando nos entreguen todo lo encargado...

--¿La señorita no tiene prisa?

--Maldita... ¡Figúrate que voy en busca de novio!

Se ríe; supone que bromeo. Es una mujer de cara irregular, tez adobada, talle primoroso. Ni fea ni bonita; acaso, por dentro, ajada y flácida; llamativa como las caricaturas picarescas de los kioscos. Tal vez no muy conveniente para servir á una dama. Pero tan dispuesta, tan complacedora... ¡Se calza tan bien... lleva las uñas tan nítidas!

Al disponer este viaje, advierto más que nunca la falta--en medio de mi opulencia--de lujos refinados. De doña Catalina, que nunca viajaba, no he heredado una maleta decorosa. Encuentro un amazacotado neceser de plata, de su marido, con navajas de afeitar, brochas y pelos aún en ellas. Octavia lo examina. «¡L’horreur!» Recorro tiendas: no hay sino fealdades mezquinas. No tengo tiempo de encargar á Londres, único punto del mundo en que se hacen objetos de viaje presentables... En Madrid--deplora Octavia--no se halla _rien de rien_... A trompicones, me provisto de _sauts de lit_, coqueterías encintajadas, que son una espuma. Ya florezco mi luto de blanco, de lila, de los dulces tonos del alivio. Batistas, encajes, primavera... Y seda calada en mis pies, que la manicura ha suavizado y limado como si fuesen manos.

--¿Todo esto, por el primo de Granada, á quien no conozco?

No; por mi autocultivo estético. Es que el bienestar no me basta. Quiero la nota de lo superfluo, que nos distancia de la muchedumbre. Lo que pasa es que procurarse lo superfluo, es más difícil que procurarse lo necesario. No se tiene lo superfluo porque se tenga dinero; se necesita el trabajo minucioso, incesante, de quintaesenciarnos á nosotros mismos y á cuanto nos rodea. La ordinariez, la vulgaridad, lo antiestético, nos acechan á cada paso y nos invaden, insidiosos, como el polvo, la humedad y la polilla. Al primer descuido, nos visten, nos amueblan cosas odiosas, y el ensueño estético se esfuma. ¡No lo consentiré! ¡Mejor me concibo pobre, como en Alcalá, que en una riqueza basta y osificada, como la de doña Catalina Mascareñas, mi... mi tía!

Por otra parte, como no soy un premio de belleza, y lo que me realza es el marco, quiero ese marco, prodigio de cinceladura, bien incrustado de pedrería artística, como el atavío de mi patrona, la Alejandrina, que amó la Belleza hasta la muerte.

En cuanto al proco... ¡bah! Ni sé si me casaré pronto ó tarde, ni si lo deseo, ni si lo temo. ¿Qué duerme en el fondo de mi instinto? Es aún misterioso. Casarse será tener dueño... ¿Dulce dueño?... El día en que no ame, mi dueño podrá exigirme que haga los gestos amorosos... El día en que mi pulmón reclame aire bravo, me querrá mansa y solícita... La libertad material no es lo que más sentiría perder. Dentro está nuestra libertad; en el espíritu. Así, en frío, no me seduce la proposición de Farnesio.

Hago memoria de que en Alcalá, leyendo las comedias antiguas, me sorprendía la facilidad con que damas y galanes, en la escena final, se lanzan á bodas. «Don Juan, vos casaréis con doña Leonor, y vos, don Gutierre, dad á doña Inés mano de esposo... Senado ilustre, perdona las muchas faltas...» Y recuerdo que en una de esas mismas comedias, de don Diego Hurtado de Mendoza, hay un personaje que dice á dos recién casadas:

«Suyas sois, en fin; más ved que ya en nada quedáis vuestras...»

Pocos maridos recuerdan la advertencia del mismo personaje:

«Y vos, don Sancho y don Juan, estad cada uno advertido que el entrar á ser marido no es salir de ser galán...»

En resumen, mi caso no es el frecuente de la mujer que repugna el matrimonio porque repugna la sujeción. Hay algo más... Hay esta alta, íntima estimación de mí propia; hay el temor de no poder estimar en tanto precio al hombre que acepte. El temor de unirme á un inferior... La inferioridad no estriba en la posición, ni en el dinero, ni en el nacimiento... Este temor, ¡bueno fuera que lo sintiese ahora! Lo sentía en Alcalá, cuando barría mi criada con escobas inservibles... Acaso me ha preservado de algún amorcillo vulgar.

¿Habrá proco que me produzca el arrebato necesario para olvidar que «ya en nada soy mía»? No sé por dónde vendrá el desencanto; pero vendrá. Soy como aquel que sabe que existe una isla llena de verdor, de gorjeos, de grutas, de arroyos, y comprende que nunca ha de desembarcar en sus playas. No desembarcaré en la playa del amor. Y, si me analizo profundamente, ello es que deseo amar... ¡cuánto y de qué manera! Con toda la violencia de mi sér escogido, singular; como el ciervo anhela los ocultos manantiales...

¿Por qué lo deseo? Tampoco esto me lo defino bien. En tantos años de comprimida juventud y de soledad, he pasado, sin duda, mi ensueño por el tamiz de mi inteligencia; he pulido y afiligranado mi exigencia sentimental; he tenido tiempo de alimentarla; la he alquitarado, y su esencia es fuerte. Mi ansia es exigente; mi cerebro ha descendido á mi corazón, le ha enlorigado con laminillas de oro, pero en su centro ha encendido una llama que devora. Y, enamorada perdida, considero imposible enamorarme...

II

En la estación de Granada me aguardan los Mascareñas.

Desde una hora antes, hemos trabajado Octavia y yo en disimular las huellas de la noche en ferrocarril. Y me he tratado, á mí misma, de estúpida. ¿Por qué no haber venido en auto? Pero un auto de camino, decente, tampoco se encontraría en Madrid, de pronto.

Por fortuna he dormido, y no presento la máscara pocha del insomnio. Mi hálito no delata el trastorno del estómago revuelto. Lo impulso varias veces hacia las ventanas de la nariz, y me convenzo de su pureza. Por precaución, me enjuago con agua y elixir y mastico una pastilla de frambuesa, de las que encierra mi bombonerita de oro, cuya tapa es una amatista cabujón, orlada de chispas. En joyería, está Madrid más adelantado que en _confort_.

Refresco mi tez, mi peinado, mi traje. Me mudo la tira blanca del cuello. Renuevo los guantes, de Suecia flexible. Atiranto mis medias de seda, transparentes, no caladas (lo calado, para viaje, es _mauvais genre_). Y bien hice, porque al detenerse el tren y precipitarse el primo José María á darme la mano para bajar, su mirada va directa, no á mi cara, sino al pie que adelanto, al tobillo delicado, redondo.

El rostro, verdad es, lo llevo cubierto con un velo de tupida gasa negra, bajo el cual todavía nubla las facciones un tul blanco. Entrevista apenas, yo veo perfectamente á mis primos. José María es un moro; le falta el jaique. Estebanillo un mocetón, rubio como las candelas. La prima, igual á José María, con más años y declinando hacia lo seco y lo serio meridional, más serio y seco que lo inglés. El tío Juan Clímaco... De éste habrá mucho que contar camino adelante.

Hay saludos, ceceos, ofrecimientos, cordialidades. Dos coches, á cual mejor enganchado, nos aguardan. En uno subimos las mujeres, el tío Clímaco--así le llamo desde el primer momento--y el hijo mayor. En el otro, Octavia y las maletas. Estebanillo lo guía.