Dulce Dueño

Part 6

Chapter 63,983 wordsPublic domain

--En el tercer medallón, el de cifras, en forma de corazón, una niña... ¡Jesús! ¡Yo, yo misma! ¡No cabe duda! Como que poseo otro ejemplar de esta fotografía, con peinado de bucles, y vestido blanco muy almidonado... ¡Yo! ¡Me guardaba la tía con tanto afecto, en su joya más personal! ¿Sería verdad que, como afirma Farnesio, me quería mucho? Suspensa, vuelvo á cogerme la barbilla, medito... Y no acostumbro á meditar en balde.

¿Habrá papeles en el armario número cuatro? ¿De esas cartas limadas por los dobleces, en que dijérase que se ha consumido de añoranza la tinta, en que el papel se pone sedoso y rancio como el pellejo de una anciana aristócrata? ¿Encerrarán esas epístolas una revelación, ó sólo indicios, que para mí serían bastantes?

Gira la llave dulcemente. El armario número cuatro guarda mil objetos, cajas, cintas, guantes, gemelos de teatro, calzado nuevo, sombrillas, medicinas, todo sin un átomo de polvo, todo en orden... Me fijo. Los otros armarios, más bien se encontraban revueltos. En este, donde podrían estar los papeles, es evidente; se ha limpiado, se ha practicado un registro. Un pupitre incrustado, donde la señora escribiría, está también en frío y meticuloso orden: el papel timbrado forma pirámides con los sobres; no hay un renglón de manuscrito, no hay un apunte. Esto no ha podido hacerlo doña Catalina, porque la sorprendió la enfermedad, un derrame. La _idea_ toma cuerpo. Levanto la placa de la chimenea. Allí, atrás, limpieza absoluta. Sin embargo, en una esquina, mis dedos se tiznan ligeramente, no de hollín, sino de ese tizne como alado que forman las pavesas del papel. Allí se han quemado cartas... Reciente, hecho antes de que viniese yo. Y, en la dificultad de escoger, en la premura de aprovechar el tiempo, no se han quemado sólo los peligrosos, sino todos. No se me avisó á mí hasta tomar la precaución. Doña Catalina murió ayer, á las seis de la mañana. Recibí el telegrama á las cinco de la tarde. El precavido, ¡quién ha de ser sino Farnesio! dispuso de bastantes horas. Es inútil pescudar en los muebles, ni en los demás rincones de la casa, porque nada hallaré.

Llamo á D. Genaro, que acude solícito. Noto que, tras los quevedos, rojean los inflados ojos.

--¿Qué tal?--me dice.--¿Te has enterado bien de lo que te pertenece?

--¿Sabe usted que hay cosas soberbias? Pero he notado algo que me extraña. Esos armarios no contienen ningún papel.

Farnesio se estremeció. Sin duda no contaba con este ataque.

--¿Ningún papel?--murmuró, en voz que trataba de aclarar y serenar.--Naturalmente que no hay papeles ahí. Yo soy quien te los entregaré, y en toda regla. La documentación del archivo de la señora, es de las mejores. ¡No se ha trabajado poco al efecto! Mi vida entera se consagró á esa tarea, puede decirse. No temas cuestiones ni pleitos. Ya se te comunicará también oficialmente el testamento. Los inventarios de la plata y alhajas, están hechos en vida de la señora, y legalizados. Creo que algún legado deja á los hijos de D. Juan Clímaco...

--¿No me entiende, ó me entiende demasiado?--cavilo, recelosa. Y, en voz alta, preparando el floretazo:--¿Qué dirá usted que he encontrado en este medallón?

Se inmutó tanto, que ni contestar podía. En su inquisición de papeles, no había pensado en las joyas, en que las joyas pueden guardar secretos. Le ví afligido de una especie de disnea, y pensé si estaría yo cometiendo el sacrilegio de los violadores de tumbas. Quizás temía Farnesio que el medallón guardase otra cosa. Respiró, cuando vió mi retrato.

--¿A ver? ¡Calle! ¡Tu retrato de niña!

Se enterneció. Y, con aquella flemita en la garganta que ya le había yo notado, en instantes de emoción, salió por esta inocentada:

--¡Ya lo ves, ya lo ves, si te quería tu bienhechora!

III

Me instalo en el bienestar--no en el lujo--de mi gran fortuna. El bienestar es práctico, y el lujo, estético. El lujo no se improvisa. El lujo, muy intensificado, constituye una obra de arte de las más difíciles de realizar. Yo tengo un ideal de lujo, hambre atrasada de mil refinamientos; ahora comprendo lo que he sufrido en la prosa de mi vida alcalaína. Otra mujer quizás hubiese encontrado hasta dulce aquel escondido vivir, pero mi fantasía y el culto que profeso á mi propia persona, me hicieron á veces llorar ante un puchero desportillado ó unos zapatos cuyo tacón empezaba á torcerse...

No está todavía depurado mi gusto para formarme mi envolvente lujosa, y, por ahora, me limito á la comodidad, á alegrar esta casa suntuosa que trasuda aburrimiento.

La mentalidad de doña Catalina, sus burgueses instintos, iban reflejándose en el mobiliario. Llamo á un prendero y le vendo un sin fin de cachivaches. Comprendo que Farnesio se horripila; cree que hago una locura. Respiro al verme libre de estos espejos de tan mal gusto, de estos entredoses con bronces falsos, de estas butacas rellenas, recercadas, que parecen acericos de monja. Lo vuelvo todo patas arriba; no dejo cosa con cosa; el jardincillo pierde su aspecto terroso, secatón, y arreglo en él una _serre_ en miniatura, provista de calorífero. Allí almuerzo casi todos los días. Mi departamento lo alhajo á la moderna, de claro, y salpico alguna antigualla fina.

He comisionado á un prendero de altura para que me busque cuadros que no representen gente escuálida ni martirios; retratos de señoras muy perifolladas, y porcelanas del Retiro y Sajonia. Las vitrinas empiezan á llenarse.

Vivo retirada; he pagado las tarjetas con otras, y no tengo amiga alguna, porque las de doña Catalina son viejas apolilladas, gente de su tiempo, y me he negado formalmente á recibirlas. Sin embargo, á pesar de este recogimiento que complace á Farnesio, cuando salgo por las tardes en coche abierto á la Moncloa, á la Casa de Campo ó á las soledades del Hipódromo, mi coche suele llevar escolta. Hay dos «muchachos», hijo el uno de la condesa de Páramos, sobrino el otro de la generala Mansilla, que me rondan. Ambas señoras fueron tertulianas y compañeras de Juntas de Beneficencia de doña Catalina, y, sin duda, saben lo que yo _valgo_... Son los primeros pretendientes que asoman en el horizonte. Les veo pasar haciendo corbetas, obligando á sus monturas, mientras yo, envuelta en pieles de zorro negro y astracán, las únicas que permite mi luto, y acariciando al friolero lulú de Pomerania Daisy, que se refugia al calor de mi manguito y parece otro manguito viviente, me fijo en que el sobrino de la generala tiene las piernas un poco arqueadas, y el hijo de la condesa, al sol, los ojos rojizos y sin cerco de pestañaje...

Farnesio me ha indicado reiteradamente que necesito una dama de compañía. Le he contestado que, así como viví largos años en Alcalá sin ese apéndice, y no me ocurrió cosa digna de contarse, pensaba seguir en Madrid sin dueñas doloridas.

En efecto, me he habituado en mi soledad, en mi abandono, á ser libre. Este único bien no pudieron quitármelo; mejor dicho, ni aun creyeron que merecía la pena de querérmelo quitar. Sin duda Roa y Carranza, los dos canónigos, me observaban y enviaban notas tranquilizadoras. Yo no cometía irregularidad alguna, yo no abría la puerta á ningún galán. Farnesio cree que debo ingresar en la cohorte de la gente víctima de los formulismos. ¡Es tarde, es tarde!

Cuento veintiocho años; me acerco á veintinueve. Mi carácter se ha templado en las aguas amargas de mi soledad y abandono. El sentimiento de la injusticia cometida conmigo, tan largo tiempo, me ha infundido un ansia de desquite y goce y exaltación de mí misma, que tiene vistas á lo infinito. Yo necesito apurar los sabores de la vida, su miel, su mirra, su néctar. ¡Yo necesito ir á su centro, á su núcleo, á su esencia, que son la hermosura y el amor! En estos meses he podido cerciorarme de que la comodidad, las riquezas, en sí, no me satisfacen, no me bastan. Cuando era menesterosa, y me zurcía mis medias, pensaba tal vez, como en algo inaccesible, en la contingencia de que doña Catalina muriese acordándose de mí con una manda que representase una vida de modesto desahogo. ¡Bah! Ahora me sonrío de las puerilidades del primer día, mi goce físico cuando me recliné en la berlina acolchada, mi soberbia de _parvenue_ al llamar despóticamente á la doncella y exigir el baño... Y, adquirido ya cierto buen gusto, me complazco en salir á pie, vestida sencillamente, en peinarme yo misma. El propio instinto me impulsa á proyectar un viajecillo á Alcalá, para ver á mis antiguos amigos, y unir el pasado al presente.

Todas las noches, á solas, encerrada en mis habitaciones, me doy una fiesta á mí misma. Me despojo de los crespones, visto trajes exquisitos, de color, y me prendo joyas. He hecho transformar y aumentar, á mi capricho, las de doña Catalina. Libres de sus pesadas monturas, ahora los brillantes y las esmeraldas son flores de ensueño ó pájaros de extraño plumaje; las perlas salen húmedas de su gruta marina, y algún grueso solitario, pendiente de sutil cadenilla invisible, esmaltada del color de la piel, cuelga lo justo para iluminar como un faro el nacimiento del seno... Antes de todo, he entrado en el baño, preparado por mí, y en el cual he vertido á puñados las pastas suaves de almendra, los espumosos afrechos, y á chorros los perfumes, todo lo que el cuerpo gusta de absorber entre la tibia dulzura del agua. Uno de mis primeros refinamientos ha sido ¿es esto refinamiento?, colar el agua de mi baño al través de filtros poderosos, para no bañarme en ese légamo en que generalmente se baña Madrid... el poco Madrid que se baña. Encendidas las estufas, radiante de luz eléctrica mi tocador, paso á él envuelta en la tela turca. Lienzos delgados y calientes completan la tarea de enjugarme, y ligera fricción pone mi sangre en movimiento. Me extiendo en la meridiana, enhebrándome en una bata de liberty blanco y encajes. Descanso breves minutos. En seguida procedo al examen detenido de mi cuerpo y rostro, planteándome por centésima vez el gran problema femenino: ¿Soy ó no soy hermosa?

La triple combinación de espejos reproduce mi figura, multiplicándola. Me estudio, evocando la beldad helénica. Helénicamente... no valgo gran cosa. Mi cabeza no es pequeña, como la de las diosas griegas. Con relación al cuerpo, es hasta un poco grande, y la hace mayor el mucho y fosco pelo obscuro. Mi cuello no posee la ondulación císnea, ni la dignidad de una estela de marfil sobre los hombros de una Minerva clásica. Mis pies y mis manos son demasiado chicos ante la proporcionalidad estatuaria, y mis brazos mórbidos y mi pierna nerviosa miden un tercio menos de lo que deben medir para ser aplicables á una Febe.

Empiezo á vestir mi desnudez, y cada prenda me consuela y me reanima. La camisa, casi toda entredoses, nuba mis formas prestándolas vaporoso misterio, y haciendo salir los brazos de entre la espuma, mucho más gentiles que los brazos forzudos de la Palas lancera. Al jugar el calado de sedosas transparencias sobre el tobillo menudo de española que poseo, me figuro que es imposible acordarse de la extremidad inferior de la Cazadora. El corsé de raso mate, bordado, guarnecido de valenciennes, se adapta á mi torso, ciñe y recoge mi vientre pequeño, emplaza mis senos vírgenes, y más abajo, la falda de surá complica sus adornos ligeros, ricos sin parecerlo, y diseña la silueta de la flor de la datura, arriba hinchado capullo, abajo despliegue de una campana ondulante. Sospecho que no hay razón para deplorar que el tronco de la Dea de Milo parezca, á mi lado, el de un fuerte púgil.

Labrada la fácil arquitectura de mi moño, de mi tupé sombrío que avanza sobre los ojos haciendo de su expresión un enigma, clavo en él un ave de pedrería, unas espigas que radian diamantes alrededor de mi cabeza, ó dos audaces plumas de pavo real que divergen y me flechan de esmeraldas, ó un mercurio de roca antigua, cuyas alas picantes dan á la testa la inquietud del vuelo. El traje, sin faralaes, adherido, recamado, cae como veste solemne hasta cubrir enteramente los pies, derrámanse en rebordes artísticamente severos sobre la alfombra. Es el peso de sus bordados bizantinos, de oros rojos, verdosos, apagados, sonrosados, lo que produce esa línea de mosáico de Rávena ó miniatura de misal. Sobre el lujo á la vez violento y sobrio del traje, y realzando su curiosidad, la salida de teatro, también pesada, desciende arrastrada por sus flecos de irisado vidrio y sus rebordaduras complicadas, de matices sabiamente combinados. De mi cuello penden los hilos de perlas, que he dispuesto á mi manera y que bajan hasta la cintura. Ninguna otra joya, excepto las sortijas, enormes, en los pulidos dedos. Los dedos de mis manos--y hasta los de mis pies--son para mí objetos de un antiguo culto. En mis escaseces de Alcalá, cuántos sacrificios para no deshonrarme las manecitas! Uso perpetuo de guantes de algodón en las faenas caseras, y derroche de una pasta para suavizar y adobar la piel. Ahora, abuso de los estuches atestados de cachivaches de plata con mis cifras, de las infinitas limas, las tijeras de todas las formas y curvaturas, los bruñidores y pinzas, los botes de cincelada tapa que contienen mudas y blandurillas para acentuar lo rosado de mis uñas, y conservar la sedosidad de mi piel.

Ya revestida de mis galas, me situo de nuevo ante los espejos que me reflejan, y trato de definirme. Mi figura es una de tantas como la moda actual, artísticamente pérfida y reveladora, troquela en sus moldes. Tiene trazos graciosos, y la tela, al ajustarse estrechamente á caderas y muslos, marca líneas de inflexión gentil; pero lo mismo les sucede á casi todas las que se visten de este modo, á menos que sean cincuentonas, ó su estructura se base en el tocino ó la cecina. ¡Ni soy torcida, ni obesa, ni flaca, y esto es todo lo que el espejo me dice!

Mi cara... La consulto como se consulta á una esfinge, preguntándola el secreto psicológico que toda cara esconde y revela á un tiempo. Sombreada por el tejadillo capilar en el cual titila un diamante montado en tembleque, mi cara, más bien descolorida, ni es nimiamente correcta, ni irregular de facciones. No tengo un lado de la cara distinto del otro, como sucede á tanta gente. Mi tez es de una vitela sólida, sin granos, pecas, barros ni rojeces. Mis cejas forman doble arco elegante. Mis ojos, color café, al sol, recuerdan una de esas piedras romanas en que parece que hierven partículas derretidas de oro. Mi boca es mediana, no bermeja; pero los dientes, de cristal más que de marfil, la alumbran, y no la sombrea bozo. Los labios tienen un diseño intenso, y gracias á él, siendo carnosos, no llegan á sensuales. Mi faz es larga; la nariz la caracteriza aristocráticamente.

No llamo la atención desde lejos. De cerca, puedo agradar. Nunca he creído en el triunfo de las perfectas. Además, soy de las mujeres de engarce. Lo que me rodea, si es hermoso, conspira á mi favor. El misterio de mi alma se entrevé en mi adorno y atavío. Esto es lo que me gusta comprobar lejos de toda mirada humana, en el tocador radiante de luz, á las altas horas de la noche silenciosa, extintos los ruidos de la ciudad. Las perlas nacaran mi tez. Los rubíes, saltando en mis orejas, prestan un reflejo ardiente á mis labios. Las gasas y los tisúes, cortados por maestra tijera, con desprecio de la utilidad, con exquisita inteligencia de lo que es el cuerpo femenino, el mío sobre todo--he enviado al gran modisto mi fotografía y mi descripción--me realzan como la montura á la piedra preciosa. Mi pie no es mi pie, es mi calzado, traído por un hada para que me lo calce un príncipe. Mi mano es mi guante, de Suecia flexible, mis sortijas imperiales, mis pastas olorosas. Toda yo quiero ser lo quintaesenciado, lo superior--porque superior me siento, no en cosa tan baladí como el corte de una boca ó las rosas de unas mejillas--sino en mi íntima voluntad de elevarme, de divinizarme si cupiese. Voluntad antigua, que en mi primera juventud era sueño, y ahora, en mi estío, bien puede convertirse en realidad. Para mí ha de aparecer el amor cortado á mi medida, el dueño extraordinario, superior á la turba que va á asediarme, que empieza á olfatear en mí á la heredera poderosa y á la mujer inexperta socialmente, fácil de cazar. ¡No tanto, señores!--No soy una heroína de novela añeja. Invariablemente, en ellas, la protagonista, millonaria, se aflige porque sus millones la impiden encontrar el amor sincero. Pienso todo lo contrario. Esta inesperada fortuna me permitirá artistizar el sueño que yace en nuestra alma y la domina. Como el inteligente en arte que, repleta la cartera, sale á la calle dispuesto á elegir, yo, armada con mi caudal, me arrojaré á descubrir ese ser que, desconocido, es ya mi dulce dueño. Y aparecerá. El también poseerá su fuerza propia. Será fuerte en algún sentido. Algo le distinguirá de la turba; al presentarse él, una virtud se revelará; virtud de dominio, de grandeza, de misterio. Las cabezas se inclinarán, ó los ojos quedarán cautivos, ó el corazón se descolgará de su centro, yéndose hacia _él_...

Pensando en _él_, prolongo mi estación ante el tocador, y las lunas altas, límpidas, copian mi cara expresiva, mis ojos ansiosos, mi busto brotando del escote como un blanco puñal de su vaina de oro cincelado... Y pruebo más trajes; uno azul, del azul de los lagos, bordado de verdes chispas de cristal y largas cintas de seda crespa, y otro blanco, en que se desflecan orlas de cisne, y otro del tono leonado de las pieles fulvas, transparente, bajo el cual se trasluce un forro de seda naranja, azafranoso... Y me sonrío, y entreabro abanicos, y juego á prenderme flores, y vierto por el suelo esencias, y, por último, rendida, arrojo aprisa mis galas, y estremecida por la horripilación del amanecer, corro con los brazos cruzados sobre el pecho á refugiarme en mi cama, donde me apelotono, me hago un ovillo, encogida, trémula de cansancio, con los pies helados, la cabeza febril...

IV

Al empezar á crecer los días, remanece la idea de irme á Alcalá una semana, á ver á mis viejos amigos. Se combina este propósito con mis maliciosos recelos. Es indudable que esos arrinconados y modestos señores, que no me han hecho en tres ó cuatro meses ni una visita, poseen la clave de mi historia, saben lo que yo todavía no comprendo, lo que inútilmente busqué en el armario de papeles. Farnesio es impenetrable; nada le arrancaré; cada día se difumina mejor la verdad en las nieblas de su habla sobria. El secreto, sin embargo, no puede ser verdadero secreto, ya que lo han conocido, por lo menos, tres personas: Farnesio, Carranza, y Roa, el fallecido.

Dispongo mi viaje. Nada de aparato; me alojaré en la casa que tantos años habité, y que ahora es mía, y me servirá Sidra, la misma Maritornes de antaño... La tengo allí al cuidado de los muebles. ¡Vaya unos muebles! El cocinero, eso sí, enviará todos los días la comida, y un pinche encargado de presentarla.

Invitaré al canónigo; se le soborna por la boca: es amigo de la mesa. Malo será que no se descorra el velo. Una circunstancia, al parecer insignificante, acrece mi curiosidad ardorosa. Con motivo de las formalidades de testamentaría, he visto mi partida de bautismo. Fuí bautizada en Segovia. Y mis nombres de pila son: Catalina, Natalia, Micaela... He interrogado á Farnesio, como al descuido:

--Si me llamo Catalina, ¿por qué me han llamado Natalia?

Ligera rubicundez, tartamudeo.

--¡Porque Natalia... es más bonito! Es decir, supongo que sería por eso,--añade, ya aplomado--pero es imposible averiguarlo, no habiendo medio de preguntárselo á tus padres!

--Pues desde hoy, Catalina vuelvo á ser.

En mi saco, guardo una maravilla de arte que pretextará mi excursión por el deseo de que mis amigos la vean y estudien. Es una medalla que parece del XV. La descubrí en el oratorio de doña Catalina, churreteada de cera y protegida por un vidrio oval y un marco indecoroso, de coral basto y recargada filigrana.

Visto un luto sencillo, y me voy á la estación completamente sola. Saboreo la confusa sorpresa de encontrar que un cambio tan capital en mi suerte no altera mis impresiones. Como siempre, me embelesa el paisaje, que la primavera empieza á realzar con tímidos y blanquecinos toques verdes, con idealidades de acuarela (la primavera es acuarelista). La sensación tranquila y señorial de Alcalá es la misma, igual la impresión de limpieza de sus aceras de ladrillo y su caserío claro. Á pie voy desde la estación á mi casa. Cerca del bulto de bronce de Cervantes, ¡castizo bulto! me cruzo, casi á la puerta de mi domicilio, con las hijas del Juez, las que me ponían motes. De sorpresa, se inmovilizan. Me devoran, con mirar hostil. Luego, con aire de sufrimiento, vuelven la cara. Voy ataviada sin pretensiones ningunas, pero mi toca negra es parisiense, mi sotana de casimir, del gran modisto, mi luto una apoteosis. Mi bolsita de cuero negro luce inicial de chispas. El dinero es tan difícil de ocultar como la pobreza. ¡Qué de envidias! ¡Qué de charlas chismosas! ¡Cómo rabiarán!

Vuelta á ver mi casita, me hace el efecto de uno de esos lugares donde estuvimos de niños, y que juzgábamos mucho mayores. Sidra me acoge con una mezcla de resabios familiares y terror respetuoso. ¡Su señorita, la que la regañaba por diez céntimos mal administrados! ¡Y ahora, no saber adonde llega mi fantástica fortuna!

--Bueno, Sidra, cállate, barre mucho, friega mucho... Traerán la comida de Madrid; tú enciende el fogón, para que la calienten... Y manda un chiquillo á avisar al Sr. Doctoral y á D. Antón. ¡Que almuerzan conmigo! Y si le estorbase al Sr. Doctoral almorzar, por las horas de coro, que le aguardo á las tres para el café, y que cenará aquí.

Ninguno pudo acudir á almorzar. Á las tres, llegaron radiantes. Intentaron un retrasado pésame, que sonaba á enhorabuena.

--Déjense de niñerías. Ya sabemos que esto es motivo de felicitación--advertí.--No lo oculten, puesto que lo piensan.

Se rieron. Leí en sus caras la satisfacción de verme, y de verme tan dichosa, sin género de duda. Yo también reía. Fué un momento sabroso, en que revivieron los tibios afectos y las intimidades apagadas del pasado.

Empecé á hartarles de café extraordinario, de ron muy viejo, de licores primera marca. ¡Bastante agua chirle les había dado en mi vida!

--¿Se acuerda usted, Carranza, de cuando me regalaba usted, de tiempo en tiempo, una librita de molido, porque mis recursos...? ¿Buen cambiazo, eh? ¿Qué tal, si le hago á usted caso y entro monja? No, no se excuse; su intención era buena, de fijo. Las circunstancias mandan en nosotros. Viviendo Dieguito Céspedes, yo estaba mejor emparedada...

El canónigo sonreía de un modo pacato, mirándose los rollizos pies, que asomaban calzados de vaca reluciente, con plateada hebilla.

--Sin embargo--añadí--, Dieguito y yo cabíamos en el mundo. ¿Qué estorbo le hacía esta infeliz? Mi pensión, de dos mil pesetas, no mermaba su caudal. Y usted sabe que yo era incapaz de pedir más, de molestar á mi...

--A tu respetable tía doña Catalina--atajó el ladino y erudito eclesiástico--. De sobra conocemos tu delicadeza. Pero, Nati, eso del monjío y la mesada son viejas historias. Casi prehistoria, niña. Doña Catalina Mascareñas te ha dado una prueba bien estupenda de su cariño, y nosotros, contentísimos de que lo haya heredado nuestra Natalita--porque supongo que nos permites llamarte así.

Lo dijo con tono ahidalgado, con esa seca y grave cortesía castellana, que rebosa dignidad.

--Lo único que no permito es que me llamen Natalia. Catalina me pusieron en la pila. Llámenme Lina, ¿eh? ¿Convenido?

--Corriente... ¡Lina, consejo de amigo antiguo! Yo intenté, hace tiempo, darte un esposo sin tacha. Ahora, escógetelo bien tú... Mira lo que vas á hacer...

--¡Esto ya no se puede sufrir!--grité afectando indignación--. Ayer me quería usted meter entre rejas, hoy casarme. ¿De dónde saca usted...?

Desde su rincón, D. Antón de la Polilla me hacía misteriosos guiños.

--No te vas á quedar vistiendo santos... No es bueno para el hombre vivir solo. ¿Qué diremos de la mujer?