Part 5
¡Tía Catalina! ¡Yo su heredera única! Y ni siento vértigo, ni tampoco efusión de gratitud. Lo encuentro curioso; la extrañeza vence. ¿Por qué me instituye heredera la que en vida me pasaba una miseria de pensión, no perdonaba medio de inducirme á que fuese monja, y me tenía relegada al destierro de Alcalá de Henares? Me prometo averiguarlo, aunque sé que los muertos se llevan consigo la verdadera clave de sus actos, (por lo cual me río de la historia).
Mi viaje á Madrid se arregla pronto. Respondo al telegrama de Farnesio, me pongo el vestidito negro de paño, la toca de fieltro, felizmente, negra también, y, á pie, por la pulcra acera enladrillada, me dirijo á la estación. El tren pasará á las siete. Me siento en un banco, ante la puerta de la sala de espera; no se oyen ruidos; una acacia, muy cerca, columpia su ramaje, desprendiendo hojuelas doradas; una chiquilla mocosa, chata y curtida, me observa como si me fuese á retratar. Por primera vez me doy cuenta de que soy opulenta, poderosa. Revuelvo en mi saco de gamuza marrón, usado y de rota cadenilla, y alargo á la chica una peseta. La mira, me mira, y, escamada, suponiendo burla, en vez de tomarla, echa á correr. La riqueza asusta, por lo visto...
Iré en primera, por primera vez.--Voy sola.--El departamento está rancio de carbonilla y olores viejos de comidas grasientas. Los vidrios, embutidos y crujientes de porquería, no se abren sin esfuerzo titánico. Me siento, eligiendo un cojín que no esté salpicado de manchas equívocas.
¿Viajan así los ricos? ¡No vale la pena! Yo me procuraré el mejor auto... Y, al mismo tiempo que hago esta reflexión, se me ocurre otra, y un sudor frío me rezuma en la sien.--¿No podría el telegrama ser broma de un chusco?--Paso un mal cuarto de hora, porque si la cosa no es verosímil, aún resulta más inverosímil _lo otro_. Tan grande es mi angustia que, ansiando respirar, forcejeo y logro abrir una ventanilla.
El aire entra, me consuela y me replantea en la realidad. Las márgenes del Jarama son un primor de delicadeza vegetal, un paisaje exquisito, á la sepia, porque estamos en otoño. Mimbrales delgados, cañas de idilio, marañas de arbustos de hoja ya enferma, se diluyen con tonos de acuarela en la paz rubia, en la claridad muriente de la tarde corta. Los toros pastan, apacibles. El río es una serpiente gris perla, aplastada, inmóvil.
Siento el fervorín de entusiasmo que me produce siempre lo bello. Ahora que soy rica, veré el mundo, que no conozco; buscaré las impresiones que no he gozado. Mi existir ha sido aburrido y tonto (afirmo apiadándome de mí misma). Y rectifico inmediatamente. Tonto, no; porque soy además de inteligente, sensible, y dentro de mí no hay estepas. Aburrido... menos; aburrido equivale á tonto. Sólo los tontos se aburren. Contrariado, sí, ¡oh, cuánto! Mezquino, también. Cohibido, sujeto por una mano invisible. Valdría más que me hubiesen dejado en el arroyo, descalza, porque á los dos meses de mendigar, ya no mendigo--, ya he resuelto mi problema. Lo malo fué que me dieron un puñado de alpiste y las obligaciones de «señorita decente». Arrinconada, sólo pude vegetar...--Rectifico otra vez: ha vegetado mi cuerpo; que mi espíritu, ¡buenas panzadas de vida imaginativa se ha dado!
Entregada á mí misma, en un pueblo decaído, pero todavía grandioso en lo monumental y por los recuerdos, no hice amistades de señoras, porque á mi alrededor existió cierto ambiente de sospecha, y no atendí á chicoleos de la oficialidad, porque, á lo sumo, podrían conducirme á una boda seguida de mil privaciones. Mis únicos amigos fueron dos canónigos, encargados de catequizarme para el monjío, y un viejecito maniático, muy volteriano y muy simple, D. Antón de la Polilla, que desde luego se declaró abogado del diablo, contando horrores de los conventos, cuando no estaban delante los que él llamaba el Inquisidor mayor y el menor, y aun á veces en su misma cara. Yo no le hacía caso sino cuando hablaba de historia y de antigüedades; en ese terreno, algunas veces recobra el sentido común, prenda desde tiempo atrás perdida. De los dos canónigos catequistas, uno, el pobre Roa, murió tres años hace; el otro, el Magistral, es C. de varias Academias, y sospecho que tiene escritas muchas cosas que nunca verán la luz, á no ser que ahora, siendo yo millonaria... La biblioteca del Sr. Carranza me la he zampado; por cierto que encierra muy buenos libros. Así es que estoy fuertecita en los clásicos, casi sé latín, conozco la historia y no me falta mi baño de arqueología. Carranza lamenta que haya pasado el tiempo en que las doctoras enseñaban en la Universidad Complutense. Se consolaría si yo fuese una de esas monjas eruditas, cuyos retratos grabados las representan pluma de ganso en mano, tintero al margen, y sobre el fondo de una librería de infolios de pergamino.
Por haber tenido yo la curiosidad de leer algunos manuscritos del Archivo, las hijas del Juez, que son las _lionnes_ de Alcalá, y que me tienen tirria, me han puesto de mote _la Literata_. ¡Literata! No me meteré en tal avispero. ¿Pasar la vida entre el ridículo si se fracasa, y entre la hostilidad si se triunfa? Y, además, sin ser modesta, sé que para eso no me da el naipe.
Literatura, la ajena, que no cuesta sinsabores... ¡Cuánto me felicito ahora de la cultura adquirida! Va á servirme de instrumento de goce y de superioridad.
En la estación me aguarda Farnesio, D. Genaro Farnesio en persona, con cara lúgubre y circunstancial. Se sorprende y hasta me figuro que se indigna ante mis ojos secos, deshinchados y brillantes, mi aplomo de heredera franca, que no se tampona la faz con el pañuelo, ni se suena cada tres minutos.
--¿Qué dices de esto?--suspira hondamente al cogerme las manos.
--¿Qué he de decir?--contesto.--¡Pobre tía! Que le llegó la suya.
Un lacayo correcto recoge mi humilde saco, me precede respetuoso, y, alzando el enlutado sombrero de librea, abre la charolada portezuela de una berlina, acolchada como un estuche de joya. _Es mi berlina, es mi lacayo._ ¡Qué sensación punzante! Lo que no pudo el anuncio del fortunón, lo puede el detalle de conforte y lujo... Cerrando los ojos, me reclino. Farnesio entra y da una orden. Arrancamos, al elástico trote de los bayos fogosos.
El intendente de doña Catalina me mira á hurtadillas, me estudia. D. Genaro Farnesio es esa persona «de toda confianza» que surge indefectiblemente al margen de las señoras viudas y con caudal. Mestizo de amigo y administrador, misterioso y enfático, D. Genaro Farnesio pasa por mejor enterado de lo que atañe á la casa de Mascareñas, ¡retumbante apellido! que su dueña lo estuvo nunca. Es el duende familiar del palacio ya mío; y su actitud cautelosa y la mirada que siento apoyarse sobre mi perfil, sin duda tienen por origen la zozobra egoísta: «¿Habrá cambio de ministerio? ¿Perderé la breva disfrutada tantos años?»
Llegamos... En el momento de bajarme en el zaguán y de cuadrarse el solemne portero--de levitón largo, cara lunar entre dos chuletas negras bien lustradas--ante la soberana nueva, recuerdo las pocas veces que he venido aquí, siempre acuciada por D. Genaro para que me reintegrase á Alcalá cuanto antes. Me asalta otra vez la inquietadora extrañeza. ¿Por qué me lega sus millones la que casi no me ha visto? Evoco memorias.
Cuando era introducida á la presencia de doña Catalina Mascareñas y Lacunza, viuda de Céspedes, medio se alzaba del sillón; las mejillas se le encendían, bajaba los ojos, como para no verme, y con voz un poco ronca me preguntaba:
--¿Cómo te va, Natalia? ¿Qué tal de salud?
--Muy bien, tía...
--¿Careces de algo? ¿Te falta alguna cosa, vamos, para tu vida?
--No señora--respondía, mortificada y altanera--. Tengo lo suficiente.
--¿Eres buena? ¿Te portas bien?
--Se me figura que sí...
Brevemente, como deseosa de cortar la conferencia (tres fueron en once años) la señora se levantaba, abría un armario, revolvía en él un poco, y me ponía en las manos un objeto, diciendo:--Para tí.--La primera vez, un rosario de oro y perlas barrocas; la segunda, un reloj-saboneta de esmalte; la tercera, una sortija-semanario, de ensaladilla. Este último regalo me gustó mucho. No he tenido otra joya, y por las joyas siento pasión magdalénica.
--Bueno, bueno--farfullaba la señora al murmurar yo las gracias.--Cuidado, no nos dés disgustos...
Farnesio, presente á la entrevista, me hacía seña. «Adiós, tía Catalina...»
--Adiós, hasta la vista, Natalia, avisa si te ocurre algo...--Y me retiraba, con la cabeza gacha y el andar tímido, oblicuo, de los parientes pobres, de los protegidos humillados.--¡Ahora!
Hinco la planta en la alfombra que trepa por la escalinata de mármol, con la energía violenta de una toma de posesión. Farnesio me coge por la muñeca, y, en voz baja, balbuciente:
--¿Quieres _verla_?
Me escalofrío como si me soplasen en los abuelillos del cogote... ¡Verla! ¡Está de cuerpo presente! ¿Y qué? ¡No me conviene mostrarme pueril, ni medrosa!
--Voy. Muy justo que rece un Padre nuestro.
La capilla ardiente es el salón, fastuoso y anticuado, con profusión de doradas tallas y espejos, magníficos tibores, cuadros de mérito y colgaduras de una estofa brochada que se tiene de pie. Han armado en el fondo el altar donde mañana se dirán las misas; un crucifijo de marfil lo preside; al pie del altar, entre blandones, el féretro. Las ventanas están abiertas, los cirios arden. Huele á lo que huelen las flores á la media hora de contacto con un cuerpo muerto, y cuando su aroma se mezcla con efluvios de cera y cloruro. Siento otro escalofrío chico: los ojos se me han ido directamente, atraídos sin resistencia, á la cara de la difunta, dorada al oro verde por la luz de los cirios tristes. La han amortajado con hábito del Carmen, y el cerco de la toca presta á su fisonomía una nobleza y una austeridad que en vida no tuvo. A todo el que entra en una cámara mortuoria le pasa lo que á mi: la cara del muerto imanta la vista. Dos Siervas de María velan sentadas, leyendo en un libro de negra cubierta; un criado antiguo, Mateo el jardinero, de rodillas, marmonea una oración, comprimiendo sobre el pecho, con ambas manos, un sombrero blando muy raído. Las Siervas, al verme, se levantan, me saludan en sordina, me acercan un almohadón rojo, para que me arrodille con comodidad. ¡Soy la heredera! Con el espíritu pegado á la tierra, murmuro rezos. Farnesio se queda en pie detrás de mí. Con esa agudeza de percepción que poseo, todo el tiempo que dura mi plegaria noto los ojos del intendente que escrutan mi nuca y mis hombros, y reprueban lo superficial de mi plática con Dios. Me incorporo, y dentro de mí zumba un acento apremiante, venido no sé de donde. «Hay que besarla... Tienes el deber de darla un beso... Será muy feo que no se lo des...» Desoigo la voz. «Desde hoy no conozco más ley que mi ley propia...» decido, al retirarme con tranquilo paso, no sin haberme persignado é inclinado al modo ritual. Al encararme con Farnesio, noto que algo semejante al rastro de baba de un caracol espejea en sus mejillas. ¿Llanto? ¿La quería de verdad á esta señora tan pava, tan poco interesante? (En el momento actual, lo de pava será irreverente, pero ¿existen irreverencias interiores?)
--¿Mi dormitorio, mi tocador?--pregunto imperiosamente. No conozco la distribución de la vivienda; pero supongo que no se les ocurrirá indicarme la habitación donde doña Catalina exhaló su postrer aliento.
Me precede Farnesio, por ancho pasillo, hasta una estancia lujosa, como toda la casa. Me tranquilizo. Se ve que no está habitada desde hace tiempo. Ostenta aparatosa cama de ébano, con colcha de raso rosa, velada de guipur, y muebles de ébano, también macizotes.
--¿Mi doncella?
Sorprendido al pronto, parpadeó D. Genaro. ¿Por qué? ¿Pues no voy á tener doncella, y también doncellas, teniendo millones? ¿Puede que crea Farnesio que he de seguir con mi maritornes alcalaina? Al fin toca el timbre, y aparece una sirviente añeja, especie de dueña azorada, prevenida contra mí (es visible) desde antes de conocerme.
--¿Es usted la primer doncella?
--Sí, señora... Para servir á la señora.
--Llame usted á la segunda.
--No... no está.
--¿Cómo se entiende? ¿No está?
--Ha salido á recados... D. Genaro sabe...
--Bueno; en lo sucesivo, no se sale sin mi autorización.
--Muy bien, señora. Yo no salgo nunca.
--Prepáreme usted un baño... ¿Habrá cuarto de baño, verdad?
--Ya lo creo.
--Ponga usted en el baño un frasco entero de colonia... ¿Habrá colonia?
--Sí, señora, sí.
--¿Y toallas finas, y jabón de violeta?
--De violeta no sé si habrá. De todos modos, será buen jabón. ¿Pediremos el de violeta á la perfumería?
--Es tarde. Estará cerrada. Es igual. Cualquier jabón. Deseo bañarme pronto.
--¿No cena la señora?
--Después del baño...
--Que te aproveche--pronunció Farnesio--. Yo no cenaré: me encuentro algo indispuesto. Mañana tenemos mucho que hablar, pero no por la mañana, puesto que...--Se le quebró el acento; sobrevino carraspera.
--Ya, ¡el entierro!--dije con naturalidad--. ¡Y yo sin manto de luto para las misas! ¿Cómo se llama usted?--pregunté vuelta hacia la dueña.
--Eladia, para servir á la señora.
--Ocúpese usted de que yo tenga manto mañana á primera hora. Y muy tupido.
II
Hasta la tarde del día siguiente, no se celebró la anunciada conferencia. Todavía el salón conservaba el olor dulzaino y repulsivo de los desinfectantes y las flores, envenenadas, en descomposición, desde el punto mismo en que las depositamos sobre un cadáver. Mandé abrir las ventanas de par en par; ordené que á nadie se recibiese, pues los contados íntimos de la tía ya habían asistido á las misas, devorándome á miradas de curiosidad frenética; y recorrí la casa. Magnífica, concedido... pero apelmazada, de pésimo gusto. Ya la airearé también. Las casas envejecen con sus dueños. Daré juventud... Mi juventud, reconcentrada por el aislamiento y llena ya de una experiencia amarga y sabrosa cual la aceituna.
Conversamos D. Genaro y yo en el gabinete inmediato á mi dormitorio. Por él se puede bajar al jardín. Un macizo verde, al través de los vidrios, me halaga. Estoy chancera y afectuosa con el sesentón.
--¿Sabe usted, D. Genaro que esta mañana, al despertarme en una habitación desconocida, creí que era un sueño lo de la herencia?
--¡Ojalá!--gimió él.
--¡Muchas gracias, mala persona!
--Ya comprendes por qué lo digo.
--Bueno, D. Genaro; usted siente sobre todo la muerte de la pobre tía, pero, además, sospecho que opina que no debí heredar estos caudales. Le advierto que yo tampoco me explico la chiripa. ¿Soy la pariente más cercana? ¿Me equivoco, ó existen allá en Córdoba los hijos de su hermano D. Juan Clímaco?
--En efecto, existen, no en Córdoba, sino en Granada.
--¿Y no soy yo hija de un primo hermano de la señora? ¿De un Mascareñas de la rama menesterosa, de la rama infeliz?
--Es la verdad, Natalia... Pero--añadió como alegando disculpa--por lo mismo; tú eras pobre, y los hijos de D. Juan Clímaco tienen bien cubierto el riñón. La señora era libre, y te dejó lo suyo, porque te quería.
Me recosté en la butaca de seda fresa rameada de verde, y canturreé:
--¿Me que-que-quería? ¿Sabe usted que lo disimulaba?
La barbilla de Farnesio tembló; se inmutó su cara, y el reflejo dorado del aro de sus quevedos zigzagueó un instante.
--Eso es cruel--tartamudeó.--No sabes lo que estás diciendo. ¡Si lo supieses!
--Don Genaro--respondí--razonemos. No me pinte usted lo que no ha existido, ¿Es querer á una muchacha tenerla recluída, darle una mesada que solo por la baratura de Alcalá me permitía no morir de hambre, y tramar una conjura para meterla en un convento?
--Que no sabes lo que te dices--terqueó él--. Cuando se trató de que abrazases ese estado--el más feliz para una mujer--, aun vivía Dieguito, el hijo de doña Catalina ¿Quien pensara que aquel buen mozo, en lo mejor de su edad, iba á sucumbir del tifus, en pocos días?
Medité un instante, cogiéndome la barba.
--Y... ¿qué tiene que ver? ¿Viviendo Dieguito, yo monja? ¿Es que temían que Dieguito se enamorase de mi?
--¡De absurdo en absurdo!--Violenta indignación soliviantaba á Farnesio.
Yo insistí, pesada:
--Pues no entiendo, señor. Y como se trata de mí, de mí misma, tengo derecho á entender.
--Y yo á que respetes lo que no te importa... ¿Qué más quieres? Cualquiera, en tu caso, se hubiese vuelto loco de alegría. Por otra parte, Natalia, mi papel no es censurar los actos de la señora, si no ponerte en posesión de tu fortuna, que es de las más saneadas y cuantiosas que habrá en España en bienes territoriales y en acciones del Banco. ¡Hace treinta y dos años que la administro, y tengo el orgullo de decir que ha crecido en mis manos y se ha redondeado bien! Si quieres cambiar de apoderado general, no haya reparo, me sobra con qué vivir; de mi sueldo poco he gastado, y soy solterón...
Volviéndose súbitamente hacia mí, con transición incomprensible, con ansiedad, me interrogó:
--¿Por qué no la diste un beso?
Mi soledad y mi género de vida me han hecho independiente. Tengo á veces la espontaneidad de gestos y movimientos de una fierecilla. No sé cómo--pero con mímica expresiva--, manifesté la repulsión á la hipótesis del ósculo en las mejillas heladas. Y hablé duramente:
--¡Qué ocurrencia! La he dado los mismos besos que ella me dió á mí...
Le ví tan consternado, que, con igual viveza, cogí su diestra desecada, rasposa y senil, y la apreté afectuosamente. Bajo la presión, la mano parecía remozarse: la sangre afluía y la piel se hacía flexible.
--Usted se queda toda la vida conmigo. ¡Pues no me hace usted poca falta! No le suelto. Que lo crea ó no, le tengo ley. Al fin, el único que se ocupó un poco de mí, fué el señor de Farnesio... por más que usted, pícaro, también estaba en el negro complot para que yo... ¿No es verdad?
Con mis dos índices alzados dibujé alrededor del óvalo de mi cara (es muy perfecto, que conste) el cerquillo de una monástica toca... Mi risa timbrada contrastaba con los crespones ingleses de mi atavío, que acababan de traerme--¡milagro de rapidez!--de la _Siempreviva_, especialidad en lutos precipitados. Noté que se le caía la baba á Farnesio... ¿Me querrá este vejete, ó es un solapado enemigo? El callaba, extático.
--¿De modo que soy poderosa?--pregunté.
--¡Ya lo creo!
--Y diga usted...--¡Diga usted!--¿Tenía joyas doña Catalina?
Sacó Farnesio del bolsillo un reluciente llavero y me lo entregó con dignidad.
--Son las de sus armarios... los de su cuarto. Las recogí cuando entró en la agonía, por orden anterior que me tenía dada. Recuerdo que hay joyas magníficas. Desde la desgracia de Dieguito, ya no se las puso. Tú, hasta quitarte el luto, no debes lucirlas tampoco.
El consejo frunció mis cejas. ¿Consejitos á mí? Tomé el llavero y resueltamente penetré en la cámara mortuoria. No era alcoba, sino dormitorio amplio, con tres balcones al jardín, un cuarto de tocador contiguo y un ropero. Cambié de opinión: este departamento, convenientemente refrescado, será el mío.
El retrato al óleo de Dieguito ocupa el lugar preferente, en el tocador, sobre el sofá. Alrededor del marco, una tira de tul negro, ajado, cogida con un ramo de violetas artificiales. Yo no conocí á Dieguito. ¿Cómo ni dónde había de conocerle? Así es que miro muy despacio su imagen. Es un muchacho guapo, elegante, lleno al parecer de robustez y vigor. Sus ojos me siguen cuando doy vuelta. Es un retrato que parece hablar, salirse del cuadro. ¡Atención! Se me parece... No cabe duda; ¡se me parece! La forma de la nariz, el corte de cara... ¿Qué tiene de particular? Bien cercanos parientes somos.
Conservo en la mano el llavero, y los enormes armarios de palosanto me atraen con su misterio suntuoso; pero otro enigma me ha salido al paso con esta imagen de mi primo, á cuya muerte debo la fortuna. La idea retorna. ¿Por qué, viviendo él, tenían que abrirse para mí las puertas melancólicas de algún monasterio? Vuelvo á fijarme en la pintura, como si en ella, en su mudo lenguaje, estuviese la explicación; después observo que enfrente, encima de la chimenea, hay otro lienzo, doña Catalina, jamona, vestida de raso azul obscuro, escotada, muy peripuesta.
Yo la conocí ya decadente. Aquí conserva buen ver; es linfática, de blancas carnes, de ojos enamorados, con ojera mazada y párpado luengo. Su óvalo de cara, todavía puro, es idéntico al mío y al de Dieguito. Lleva un estupendo aderezo de perlas como garbanzos y brillantes como habas; aderezo que me impulsa á abrir los armarios inmediatamente. En el primero, ropa blanca en hoja; mucha, muy rica, sin gracia, La _lingerie_ elegante no debe de ser así... Mantillas de blonda, abanicos, chales de Manila, pieles, frascos enteros de esencia, cajas de sombreros. En el segundo--hay cuatro seguidos formando un costado de la vasta habitación--un deslumbramiento de plata repujada y sin repujar. Plata de arriba abajo, como en las alacenas de las Catedrales. Una vajilla espléndida, que da indicios de no haberse usado apenas; sería doña Catalina de las que adquieren la argentería para legársela á los sucesores sin abolladuras. Bandejas, mancerinas, vinagreras, salvillas, jarras, palanganas, saleros, hasta... lo que no puede decirse... de plata maciza. Los cubiertos, por docenas, y los platos, en rimeros, blasonados con el león atado á un árbol, de Mascareñas.
Aquí no están las joyas. Estarán de fijo en el último armario que registre. No... En el tercero. Muchos estuches, muchas cajas. Lo saco todo y lo extiendo sobre la mesa, ante el sofá. Me siento. Una ligera fiebre enrojece mis mejillas; me late aprisa el corazón. ¡Las joyas! La ilusión de tantas mujeres, y yo me cuento entre ellas. ¡Y nunca las he poseído! En mis viajes á Madrid--tan cortos, de horas--me paraba ante los escaparates, fascinada, embobada... ¡Las piedras, y sobre todo, las perlas! Lo primero que encuentro es el estuche, forrado de felpa rosa, en forma de garganta y escote de mujer, donde se escalona el collar de cinco hilos. Me lo pruebo, temblorosa, sobre el negro de la blusa; lo acaricio; trabajo me cuesta quitármelo. ¡Ah! Al acostarme, haremos otra prueba más convincente...
¡Qué redondas, qué oriente, qué igualdad la de estas perlas! Farnesio es todo un hombre de bien, para tener en su poder las llaves y que yo encuentre tales preseas en su sitio. Hay un caudal aquí. ¿Cómo no lo resguardó en el Banco doña Catalina? Acaso, anticuada, temía á los Bancos. Hay una diadema de hojas de yedra, de brillantes; hay el soberbio aderezo del retrato; hay brazaletes, medallones, broches, sortijas, sin hablar de rosarios, relicarios de oro y pendientes colgantes. ¡Las joyas! Piel virginal de la perla; terciopelosa sombra de la esmeralda; fuego infernal del rubí; cielo nocturno del zafiro... ¡qué hermosos sois! Al fin os tengo entre las yemas de los dedos. Yo, la señoritinga de Alcalá, que por necesidad ha dado tantas puntadas, sin gozar nunca de un dedalito de oro bien cincelado!
Río de gozo á solas, y lo registro, lo revuelvo todo para cerciorarme de que es mío. Un momento, la curiosidad se sobrepone. Dale; me zumba el moscón... Si viviese Dieguito, yo estaba condenada á ganguear en un coro... Olvido los esplendores y busco las confidencias de las joyas. Profano los medallones. Hay tres: uno cuajado de diamantes, á tope, otro de oro liso con enorme solitario en el centro, otro con cifras, de rosas y rubíes--C. M., Catalina Mascareñas--. Todos encierran retratos, fotografías ya pálidas. Un niño--será Dieguito--un señor de levita, sin barba--, el marido de doña Catalina, D. Diego de Céspedes; hay otro retrato suyo en el salón, al óleo, con cruces y bandas.